Capítulo Uno

Dos semanas antes…

Todo empezó cuando Akane me confesó lo que sucedía. No es que yo fuera ignórate del acoso que sufría constantemente por infinidad de imbéciles, pero nunca llegué a pensar que apenas me distraía un momento, sucedieran cosas como esa.

Akane había perdido su fuerza cuando se deshidrató, y ahora, para mi terrible desgracia, ya no podía deshacerse de sus pervertidos seguidores como antes, golpeándolos y mandándolos volar muy lejos. Ahora era frágil, como cualquier chica o más, y si antes despertaba en mi la necesidad de protegerla, ahora era una parte esencial de mi alma. Sin no la protegía, no era nada ni nadie.

Delante de mí estaba temblando el idiota de…¿Cuál era su nombre? ¿Sato, Kato? ¿Qué más da? Era, según las listas que cada mes las chicas hacían sin falta, el segundo más apuesto de toda la maldita Universidad. El primero era yo, y me daba gusto porque así todos al menos tenían presente que Akane estaba con el mejor, y al menos en apariencia física, ya iban perdiendo.

Bien, Kato o Sato o lo que fuera, sangraba de la ceja izquierda y del labio inferior, por los dos sencillos golpes que le había acomodado sin el menor esfuerzo. Me observaba asustado pero a la vez furioso por pisotear con tanta facilidad su fuerza de hombre.

-¡Eres un cerdo! –me gritó-. ¿Por qué lo has hecho? ¿Cómo te atreves a tocarme?

Sonreí de medio lado, maliciosamente, y con tanto coraje que tenía atravesado en el pecho, ser malicioso no me costaba ni el más mínimo trabajo. Él retrocedió un paso más.

-¿No sabes por qué? –pregunté sarcástico, dando el paso que él había retrocedido. Le sacaba por lo menos cinco centímetros-. Permíteme aclarártelo, no queremos malos entendidos, ¿verdad? –Dios, hacía un esfuerzo enorme por no estallar en gritos y lanzarme a él para destrozarlo-. Akane Tendo –susurré lleno de ira.

Él abrió desmesuradamente los ojos, como si de verdad no se esperara que fuera por eso, ¡pues estaba seguro que Akane no me diría nada!

-Ah, ¿ya entiendes? –pregunté, y de un movimiento tremendamente rápido lo apresé del cuello de la camisa y lo estrellé contra la pared más cercana. Escuché que gemía de dolor al perder el aire en los pulmones, y luego abría poco a poco los ojos para encontrarse con los míos, que debían ser dos esferas de hielo-. Besaste a mi prometida –dije, ¡y no sé cómo no lo grite a los cuatro vientos lleno de coraje, lanzando llamas!

-E-Escucha…

-¡No! –alcé la voz, que fue como un doble trueno, dejándolo completamente mudo y lleno de pánico-. ¡Escúchame tu a mi, maldito imbécil! ¡No sólo no te vas a volver a acercar A MI PROMETIDA! –grité exasperado, entonces me acerqué hasta que sólo un par de centímetros me separaban de su rostro-. No… Eso es obvio, ¿verdad? No vas a volver a mirara, ¡jamás! Porque si descubro que apenas le lanzas una mirada, por más pequeña e insignificante que sea, o si sólo la ves de reojo, te lo juro, voy a romperte todos los huesos, uno por uno, hasta que me supliques que te mate.

Y no sé si lo decía en serio. Como dije, ya no era el mismo. No podía serlo siempre tan angustiado de que algo le pasara a Akane, que alguien me la arrebatara como tantas veces había sucedido, porque, si llegaba a repetirse, ya no lo podría soportar. Y el sólo hecho de imaginar que ese estúpido engreído había osado a hacer algo que yo nunca había hecho, me mataba de celos, llagaba mi corazón, mi orgullo. La había tocado, en contra de su voluntad, la había apresado y ella me buscó asustada ¡pero yo no estaba cerca, cómo se suponía que debía ser! Y la besó, probó su sabor, un sabor que debía ser sólo mío y de nadie más, ¡nunca!

-¡Ranma! –escuché su voz de cristal tras de mi-. Ya basta, suéltalo.

No quería, pero lo hice, me alejé de él y sentí los dedos agarrotados de la fuerza con la que lo sujeté. El muy infeliz se deslizó por la pared hasta acabar sentado, sudando frío y temblando de miedo; pero eso si, con la mirada baja, cómo debía ser.

-Fue él, ¿verdad, Akane?

Ella se acercó a mi y sentí sus delicadas manos aferrándose a uno de mis brazos.

-Ya, por favor, Ranma, te lo suplico.

La miré, tan hermosa, tan delicada como nunca antes, y eso me volvía aún más loco de amor y de celos. Sus ojos brillaban llenos de angustia.

-Ya –murmuré dándole la espalda al tal Sato, Kato, lo que fuera-. Quedas advertido –dije finalmente, alejándome a lado de Akane.

Íbamos de regreso a casa, ahora ambos asistíamos a la Universidad, ahí mismo, en Nerima, y recorríamos el mismo camino de siempre, el que tantas veces nos había marcado. Yo iba intentando hacer hasta lo imposible por tranquilizarme, pero había otra cosa que me preocupaba y alteraba mi poca paciencia. Me detuve y detuve a Akane aferrando una de sus delicadas muñecas en mi puño.

-¿Qué pasa? –me preguntó sorprendida.

-¿Cuántas veces sucedió? –la duda me estaba matando, ¿fue una o más? ¿Fue sólo él o había mas idiotas tratando de aprovecharse de ella en mi ausencia?

-Ranma… -pero no dijo más, la vi sonrojarse y bajar la mirada. Me sentía perdido sin esos ojos.

-Mírame, Akane. ¿Cuántas veces sucedió? ¿Hay más que lo han hecho? ¿Se han atrevido a tocarte?

Y es que yo tenía practica tres veces a la semana de estilo libre, era el capitán del equipo y no podía faltar. Era uno de los pocos momentos donde yo la apartaba de mi vista, y la verdad es que no conseguía estar tranquilo.

-No –pero sé que mentía, la conocía como a nadie más en el mundo.

-¿No? –apreté mas mi agarre y la acerqué a mi de un leve jalón. Sin poder evitarlo, mi brazo izquierdo pasó por detrás de su cintura, apresándola, y alejando cualquier distancia entre los dos. Pegué su cuerpo al mío, su escultural figura contra mi me sacaba de quicio, quería besarla y decirle que la amaba, quería suplicarle de rodillas que jamás viera a otro como lo hacía conmigo, que me dijera que también me amaba. Era la única persona que me hacía sentir inseguro. Muy inseguro.

Ella me observó aún más sonrojada, ¡y se veía hermosa, como una revelación! Estaba anonadada porque nunca la había obligado a estar tan cerca de mi si no era para salvar su vida. Puso su mano libre contra mi pecho y arqueó la espalda para alejarse un poco y poderme ver bien.

-Ranma, suéltame. ¿Quién te crees para agarrarme así? –me preguntó sacando su carácter fiero que jamás cambiaría.

-Contéstame –espeté, casi rugiendo.

-¡Qué me sueltes! –intentó alejarse, pero mi fuerza era muy, muy superior a la suya. No lograba apartarse ni un milímetro-. ¡Ranma!

-¡No te voy a soltar hasta que me contestes! –exclamé alzando la voz, y esta vez con más fuerza, con un tono grave y sumamente serio que la aplacó en seguida.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué actúas así desde que volvimos de Jusenkyo?

Sentí una punzada en el corazón y perdí la fuerza, lo que la liberó de mi inmediatamente.

-¡¿Por qué lo mencionas? ¡Odio que me lo recuerdes!

-No quiero hacerte sentir mal, sólo quiero entender qué te pasó. Ya no eres el mismo de antes, aterrorizas a todos en la Universidad, hasta los de último semestre de temen. ¿Por qué? –no contesté y ahora fue mi turno de apartar la mirada de la suya-. Dímelo, por favor.

No podía, cómo aceptar frente a ella, y oírmelo decir en voz alta, que parte de mi furia era que me odiaba a mi mismo, que jamás dejaría de culparme por no haberla podido defender, y porque por mi culpa casi perdió la vida. ¿Cómo podía no detestarme y estar constantemente enojado, después de haberle fallado a tal grado?

Se hizo un pesado silencio entre nosotros y al final ella desistió, molesta.

-Si tu no confías en mi, ¡nunca volveré a confiar en ti, y ya no te contaré uno sólo de mis problemas! –dio media vuelta y siguió su camino.

Sus palabras me crisparon la piel y alcé la vista rápidamente, como si una mano me hubiera guiado bruscamente. ¿Estaba diciendo que ya no me diría si otro de esos estúpidos la acosaba? ¡Eso jamás! Corrí hacia ella y en un par de zancadas ya estaba de nuevo a su lado, la volví a sujetar de la muñeca y la giré hacia mi, apresando con la otra mano su otra muñeca y pasándolas tras su espalda, acercándola de nuevo a mi peligrosamente, y dejándola indefensa.

-Mas te vale que no lo digas en serio, Akane, porque si me entero que otro cerdo se te acerca y no me lo dices, te juro que lo mato. ¡Te lo juro! –la solté y ahora yo tomé la delantera, pero no mucho, para no dejarla tan atrás, y a los pocos segundos escuché sus suaves pasos tras de mi.

Me sentía terrible por haberle gritado, antes había sucedido, claro, pero nunca así. Y lo que era peor, ese sólo era el principio, mi furia se estaba desatando a tal grado, que no podía ni imaginar lo que sucedería después.