Andaba silbante, como todas las mañanas, hasta su bar favorito.

Aunque no era por el café que le servían la razón por la que se levantaba temprano sin necesidad sólo para ir allí. Era la hermosa mujer tras el mostrador la que la atraía. Desde que se chocaron en la calle por las casualidades del destino hacía tan sólo un mes, parecía imposible no dejar de chocarse en cada maldito lugar por el que pasaban.

Ahora se volvió adicta a los ojos chocolate y la fuerte, picante personalidad. Los comentarios sarcásticos, la forma en la que sus ondas morenas se lucían en cámara lenta, como cada pequeño detalle, cada pequeña acción se veía perfecto. Suponía que Roni era una de esas afortunadas que nunca se ven menos hermosas en cada uno de sus movimientos.

9 a.m. decía su reloj de muñeca cuando lo miró antes de tomar un respiro y aventurarse hacia dentro del bar. Quizás hoy sería el día en el que juntaría valentía, quizás hoy al fin actuaría con respecto a sus sentimientos. Probablemente no, pensó con amargura y se movió hasta uno de los taburetes de la barra.

La morena no estaba a la vista. Raro. Pero siempre podría suceder. No tardaría en llegar, meditó, sino no hubiera dejado la puerta abierta.

El sonido de la puerta siendo abierta y la sensación del sol chocando su espalda llamaron su atención. No podía ser Roni, nunca hubiera dejado el bar abierto y solo. Nadie más que ella venía a esa hora. Henry y Rogers no llegaban hasta dentro de una hora, por lo menos. Entonces, ¿quién era?

—Parece que nuestra bartender favorita está llegando tarde.

Esa voz la reconocería en cualquier lado. Siempre acompañada por ese choque de disgusto al que nunca le encontró sentido, ni le prestó demasiada atención.

—Ivy— saludó con falsa cordialidad. —¿Y tú que haces aquí?

—Qué suerte que estás aquí. Justo la persona que estaba buscando.

—¿Te vas a explicar o...?

—Voy a tomar algo del estante de arriba y contarte.

Emma dejó salir entre dientes una risa seca.

—Mejor que esto sea bueno.

A Roni no le gustaba cuando la gente actuaba como si estuvieran en su propio bar. Le recordaba a Victoria. Así que mejor que tenga una buena razón si no quería llevarse un bate de béisbol en la nuca.

Vio a la joven servir dos vasos y entregarle uno a ella. Arqueó una ceja hacia la castaña. No era alguien que bebiera a esas horas de la mañana. Estaba por rechazarlo, cuando notó que sólo alargaría la reunión si Ivy se ponía a la ofensiva. Así que se encogió de hombros y le dió un pequeño sorbo a la bebida bajo la mirada atenta de Ivy. Se estaba manteniendo silenciosa en lugar de molestarla con lo que la vino a molestar.

—¿Entonces? ¿A qué viniste?

—Sí... Verás, esto es sobre a lo que tú viniste.

—¿De qué hablas?— dijo la rubia, frunciendo el ceño.

—Necesitaba que llegaras a ella. A Roni— aclaró, y el entrecejo de Emma se marcó aún más. —Necesitaba que la encontraras y te preguntaras: ¿y si el sueño es real? ¿Y si todo eso que sentí, es verdad? Porque una vez que empieces a preguntarte ello, podré trabajar para llevarte al límite.

Pero... ¿cómo ella sabía lo del sueño? ¿Qué estaba planeando? Debía preguntar, saber, entender qué buscaba esa chica, pero todas las preguntas se reemplazaron por sólo una. Cuando su cabeza comenzó a girar, a doler como el infierno, y las voces se sentían lejanas y las caras, dobles.

—¿Pusiste algo en mi bebida?

No recibió respuesta. En cambio, Ivy la miró pacientemente.

Entonces, las luces llegaron. Las casas de acogida, Lily, Neal, la prisión, el embarazo... Henry, Storybrooke, sus padres, Regina... ¡Roni!

Recordaba su casamiento con Killian y la maldición del Hada Negra. La Batalla Final. Recordaba como todos juntos siguieron a Henry en el otro Bosque Encantado. Recordaba el casamiento de Henry y el nacimiento de su nieta. Recordaba todo.

—Bienvenida, Emma— dijo la castaña en un tono burlesco.

—Drizella— respondió Emma con desdén, sintiendo la desesperación de tomar el bate de béisbol de Roni que estaba detrás del mostrador.

—¿Me extrañaste?

Y Emma de verdad quería ahorcarla hasta la muerte. Pero no era lo correcto y no sabía que más tonterías. Ahora mismo la Salvadora se sentía muy lejana. Sin embargo, no podía perderse. No debía.

—¿No es deliciosamente hilarante?— rió Drizella. —Tuviste que ver a la mujer que amas lanzar la maldición. Y ahora, debes verla estar bajo la misma maldición.

—Entonces, ¿qué? ¿Me despertaste sólo para alardear?

—Por más divertido que sea, no— admitió, paseando la bebida con descuido. —Te desperté porque necesito tu ayuda.

Emma dejó salir un sonido de burla.

—¿Y por qué carajos te ayudaría?

La jóven se acercó peligrosamente a ella, apoyándose con firmeza en el mostrador.

—Estoy a punto de demostrarle a mi madre lo que verdadero sufrimiento es... no puedo tener a la maldición en riesgo ahora

—Tu punto— ladró la rubia.

—Uy, estamos impacientes, ¿eh? Ese hijo tuyo y mi queridísima hermanastra... Necesito que impidas que el beso del amor verdadero alguna vez suceda.

—¿Y por qué haría eso?

—Mmm, debes seguir un poco atontada por tu siesta.

Y llegó. Recordaba la maldición, emergiendo victoriosa entre las brujas. Emma la miraba descorazonada.

—Ahí está, todo está regresando a su lugar. ¿Recuerdas lo que hice antes de que la maldición sea lanzada? Claro que lo recuerdas... Si no evitas el beso del amor verdadero, algo horrible les pasará a tus seres amados».

Ahí fue cuando los ojos verdes empezaron a irradiar odio puro. Ignoraba la humedad desbordando por sus ojos tanto como ignoraba las palabras de Drizella. Eran cortas e inútiles, ya sabía lo que debía hacer. Tendría que mentirle a sus seres queridos, mantenerlos alejados de la verdad y de las personas que aman.

Maldita Ivy... Drizella. Como sea.

La joven villana caminó con altanería hacia la salida, dejando a Emma completamente destrozada. Aunque no podía quedarse mucho más así. Debía recoger los pedazos y armarse de vuelta, antes de que Regina- Roni llegue con ella.

Justo cuando logró limpiar sus lágrimas y borrarse la expresión de sufrida del rostro, Roni caminó silbante hasta detrás del mostrador.

—Hey, Emma— la saludó, buscando algo bajo el mostrador, pero sin dirigirle la mirada.

—Hola— logró responder la rubia, sin mucho ánimo.

Roni se rascó la nuca, intentando recordar dónde dejó su celular. Dio una saltito en el lugar, abriendo los ojos y se movió a un lado. Aún no entendía cómo podría haberlo olvidado en el suelo, junto a su hermoso bate de béisbol. Volvió hasta frente a Emma, con una pequeña sonrisa victoriosa mientras daba golpecitos en la palma de su mano con el celular.

—Creí que lo había perdido— comentó la morena y fue entonces que se tomó el tiempo de mirar a su alrededor. —¿Qué diablos haces bebiendo a esta hora?

Emma estaría aterrada por ese tono de voz si siguiera bajo la maldición. Ahora, querría reírse de la expresión de la mujer si no estuviera tan miserable. Sólo deseaba gritarle la verdad, abrirle los ojos, ayudarla a dejar de sufrir. No podía. Debía mantener un personaje que nunca había sido ella realmente.

—¡Ey! Tú lo haces todo el tiempo— se defendió.

—Sí, pero yo no soy como tú— replicó Roni. —Dulce y tierna Emma no bebe, mucho menos a estas horas.

La rubia sentía un rubor emerger por su cuerpo. Dulce y tierna Emma. Esa mujer desapareció hacía unos pocos minutos. Ya estaba extrañando ser ella. Había cierto alivio en ser 'dulce y tierna Emma'. Ningún pasado horrible que olvidar, una Roni para admirar... Todo era un camino de rosas; literalmente, era una florista.

—¿Por qué no? Siempre hay una primera vez para todo— respondió y la morena rodó los ojos. —De todos modos, ¿no me das mi cafecito?

—Vale— dijo ella, preparando la bebida en la máquina. Dejó caer la espuma sobre ella y la entregó a la clienta con una ceja arqueads por su actitud. —¿No hay flores hoy?

—Oh...— Emma notó con decepción. —Las olvidé.

—No te preocupes, cariño— Roni le guiñó un ojo y la rubia se apuró a esconder color rojizo de sus mejillas dándole un sorbo largo al café.

Se quedó mirándola fijamente. Era difícil verla a los ojos sin que su pecho duela un poquito. Porque dolía que la persona más importante para ella los últimos meses no fuera real. Pero no tanto como estar frente a Regina y que ella no supiera quién era realmente.

Los jeans, las chaquetas de mezclilla y las tank tops, el cabello ondulado y el rock... No eran ella. No eran Regina. Y si Emma la conocía lo suficiente, podía saber que Roni se veía mucho más contenta, serena, que Regina. Casi temía que no quisiera despertar.

—¿Emma?— la despertó la voz de Roni. —¿Estás bien? Te ves un poco apagada.

—Sí, sí— respondió Emma rápido. —Es sólo... ¿Recuerdas el sueño que tuvimos la noche que nos conocimos?

—Cómo olvidarlo— contestó humorística, tomando de su café.

Y entonces, a Emma le llegó una señal, una forma de salvación. Miró a Regina y luego al vaso que yacía frente a ella en el mostrador. Drizella no le dió ni un sorbo. Sólo la observó hasta que la magia hizo efecto.

Sus ojos saltaron del lugar. Ya sabía cómo solucionar todo. Cómo despertar a Regina. Cómo romper la maldición— sólo necesitaba su ayuda.

—¿Emma?— escuchó a la morena llamarla en ese tono sedoso y exhalante que durante la maldición la volvía loca. Acababa de descubrir que aún lo hacía. —¿Qué pasa?

—¡Nada!— dijo demasiado rápido para ser creíble. —Nada, estaba pensado que...

—Que...— la animó a continuar.

Emma levantó el vaso y sirvió descuidadamente un poco del líquido en el suyo, para luego entregárselo a Roni. Se aseguró de dejar el suficiente para que funcione. Debía funcionar.

—¡Un brindis!— exclamó muy entusiasta. —Por los amigos, las casualidades... ¡el destino!

Roni dejó salir un risa y asintió enternecida por la alegría que portaba la rubia. Hasta dudó por un momento si ya había tomado demasiado. Pero no, Emma ya era así.

—¡Por el destino!

Chocaron sus vasos y entonces la nujer esperó pacientemente mientras la bartender daba un buen trago.

La vió desorbitar los ojos. El reconocimiento y la confusión abundando en ellos. El dolor. La alegría por un segundo. Ahora veía con la mirada vacía a Emma, parpadeando.

—¿Emma?— pudo pronunciar sin lograr ocultar la afección en su voz.

Todo lo que la rubia hizo fue saltar a abrazarla, exclamando algo similar a "Regina". La mujer respondió con igual calidez, aún sin entender bien cómo llegaron a ese punto, cómo permitieron que todo ese sufrimiento pasara. Entonces se separó, frunciendo el ceño y la nariz, como si hubiera captado algo sospechoso en el aire.

—¿Qué sucede?— preguntó Emma.

Y Regina no pudo evitar la pregunta que salió de ella:

—¿Qué diablos estoy vistiendo?