.Sigue luchando.
por. Bechan in wonderland.
Capítulo 02. Cuénteme todo lo que sepa.
Bruce Irvin salió del coche chasqueando la lengua molestamente. Lei le había pedido que fuese todo lo discreto que pudiese pero Bruce se preguntaba cómo un afroamericano hipermusculado como él iba pasar desapercibido en el Chinatown de San Francisco. Si se trataba de pasar desapercibido Bruce creía que el indicado era Lei, que para algo era chino. Pero claro, a Lei siempre le tocaba interrogar a las chicas monas y desamparadas fácilmente impresionables mientras que a él le tocaba dejarse el culo en aquella chatarra que tenían como coche viajando de Estado en Estado, esta vez a California desde Arizona. Al menos el clima mediterráneo de San Francisco era mucho más agradable que el de Phoenix.
Seguramente si el testigo fuese un hombre feo y maloliente sería a Bruce entonces a quien le tocase interrogarlo. Aunque Bruce debía reconocer que él era más intimidante que su compañero, sabía manejarse mejor con los barriobajeros y conocía las jergas y los movimientos necesarios para sonsacar información de esa chusma. Al fin y al cabo su infancia y juventud en los barrios bajos del Bronx le habían servido para algo. Esas cosas no se aprenden en una academia de policía. Lei en cambio era más... sofisticado. Tenía don de gentes, era sociable y tranquilo, siempre hablando con ese respeto y ese registro de voz que hacía que las personas no se sintiesen amenazadas ante su presencia cuando él las paraba por la calle para preguntarles, o para sacar información al camarero de algún bar. Bruce le había insistido en que la chica india era muy linda, pero como ya era de esperar Lei lo había mirado crudamente diciéndole que le llevaba diez años. "¿Y qué son diez años? ¡Al menos es mayor de edad! Eso es lo que importa" bromeó pero Lei se perdió en el pasillo que daba a la sala de interrogatorios diciendo que eso sería ante todo poco profesional. A veces Bruces le daba rabia que Lei no viese más allá de su deber. Coño, él también había sufrido en su vida, pero sabía ver que había algo más que el trabajo.
Finalmente llegó al Dōjō Law. Según su información Lee Chaolan entrenaba en aquel Dōjō viejo y humilde, escondido detrás de un restaurante chino. Para Bruce no pasó desapercibido un coche descapotable rojo carmín marca italiana que había aparcado al lado del Dōjō, tan elegante y glamoroso que llamaba poderosamente la atención en un barrio chino como éste. Dudando un poco en cómo entrar en el local (pues Bruce había visto demasiadas películas de chinos-mete-patadas para saber que el cómo se entra en un Dōjō es muy importante para definir la clase de impresión e intención que se quiere dar) escuchó a dos hombres discutir el chino. Con cierto sigilo asomó la cabeza y vio a Lee Chaolan discutir con un hombre chino. Al lado del chino un tipo alto de aspecto rudo y musculoso parecía darle apoyo visual, pues aunque Lee pareció enfadarse ante unas palabras dichas por el chino, cuando el rubio se cruzó de brazos de forma intimidante, Lee se lo pensó. Finalmente le escupió unas palabras en chino y se dio media vuelta ante la atenta mirada de los otros dos y salió por la puerta, encontrándose con Bruce. Bruce reaccionó con rapidez:
—¿Lee Chaolan? —lo llamó. Lee se detuvo y lo examinó de pies a cabeza.
—No estoy de humor para hablar con la policía —dijo airadamente saliendo del Dōjō—, así que dispénseme, señor...
—Bruce Irvin —el afroamericano se interpuso en medio de Lee y su camino—. Perdone que te pregunte, pero ¿cómo sabías que era policía?
Lee sonrío y pasó su mano por su cabellera plateada:
—Oléis todos igual —Bruce frunció el ceño—. Da igual que unos se vistan de traje y otros de raperos.
Bruce puso mala cara y respiro hondamente. Sabía que sacarle de quicio era exactamente lo que Lee Chaolan buscaba. Si Bruce caía en sus provocaciones, Lee podría denunciarlo por "violencia policial". Pero asustarlo un poquito, sólo un poquito, no podía acarréales demasiados problemas ¿no? Así que moviendo su cabeza de un lado a otro hizo chasquear su cuello.
—Entonces ya sabrás por qué he venido, ¿no, señor Chaolan? —intentó en lo posible que cada palabra arrastrase cierto desafío. A ese juego podían jugar dos.
Lee se acercó al automóvil que estaba aparcado cerca del Dōjō y entró en él salteando la puerta y cayendo en el asiento del piloto.
—No, no lo sé —sacó unas gafas oscuras de sol y se vio en el espejo retrovisor. Bruce hizo lo mismo y saltó la puerta del copiloto:
—¡Vaya amigo, tu buga es impresionante! —silbó acariciando con la yema de sus dedos la carrocería de la puerta y se acomodó en el asiento tapizado de negro—, nada que ver con la mierda de chatarra con la que he venido desde Phoenix, ¿sabes?
Lee respiró entrecortadamente por los dientes y apartó las zapatillas llenas de barro de Bruce del salpicadero con tanta elegancia que hasta no parecía un gesto ofensivo.
—No es un buga. Es un Alfa Romeo Spider último modelo —informó con un perfecto acento italiano—. Y créeme cuando te digo que es el asiento más caro en el que tu culo negrata podrá sentarse. Y ahora, por favor, bájese.
—¡Ey, ey, ey! —bramó Bruce levantando las manos en señal de paz—. Ya está el blanquito americano niño de papá rico hablando de su última adquisición y marginando a la plebe. ¡¿Es por qué soy negro?! ¡¿Ése es tu problema?! ¡¿No quieres hablar conmigo porque soy negro?! —a Lee le hubiese gustado decir que no era su última adquisición, ni mucho menos.
—No soy americano, soy japonés.
—Oh, es verdad —dijo fingiendo acordarse—; que eres el hijito de Heihachi Mishima —Lee apretó muy fuertemente el volante y enfocó su mirada al horizonte cuando Bruce se estiró y colocó su desarrollado brazo digno de un boxeador en el borde del asiento de Lee, muy cerca de él—. Es que como aún conserva el apellido Chaolan a veces se me olvida que el señor Mishima te adoptó, ¿sabes? Dime, ¿por qué no cambiaste el apellido por Mishima? ¿Es en honor a tus padres biológicos? Aunque según sé el señor Mishima te adoptó cuando aún eras muy niño... ¿Quizás sea porque el señor Mishima no te considera aún digno here...
—Bájese de mi coche ahora mismo—siseó Lee interrumpiendo a Bruce. El policía chasqueó la lengua:
—Tienes razón. No he sido muy cortés. Asumo la culpa de que hayamos empezado mal —Lee se atrevió a enfocar su rabiosa mirada oculta tras las gafas de sol en Bruce— Bueno, en realidad quería hacerte unas preguntitas acerca de la tribu Chang ¿te suena de algo?
—No, de nada.
—¡Curioso! ¿Sabes? Según mi información financiaste un proyecto arqueológico a Quanah Chang, hijo del líder del pueblo.
—La Mishima Zaibatsu es una compañía financiera, tenemos franquicias a lo largo de todo el mundo, ¿no le dicen eso sus informes? Financió a muchas personas como para acordarme de todos mis clientes. De esto se encargan generalmente mis secretarias.
—Ya, ¿y sabe que su cliente y toda su tribu ha sido masacrada hace veinticuatro horas? —espectó algo cabreado. Lee lo miró como si nada.
—Qué tragedia —dijo como si le hablasen del aleteo de un mosquito. A Bruce finalmente se le acabó la paciencia:
—Señor Lee Chaolan debo pedirle que sea tan amable de acompañarme hasta el Departamento de Policía de Phoenix.
—Phoenix está muy lejos de aquí, señor Irvin.
—¡Y tan lejos! ¡Como que está en otro Estado! Pegadito-pegadito a California, eso sí. Y en este buga tan cómodo seguro que se nos pasa el tiempo volando.
—Alfa Romeo Spider, señor Irvin —volvió a recalcar—. De todos modos me temo que soy un hombre de demasiados negocios como para poder permitirme una escapada a la comisaría de Phoenix —Bruce iba a decirle que podían ir en realidad a la comisaría de San Francisco, si quería, pero Lee le leyó la mente cuando dijo—: ni a la de San Francisco. Así que si no tiene una orden judicial, bájese de mi coche y hable con mi abogado —y sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta de Giorgio Arman y se la lanzó déspotamente al policía.
Bruce puso mala cara, pero aceptó la tarjeta. En cierto modo sabía que no tenía mucho más que hacer contra Lee Chaolan. Cuando cerró la puerta una vez fuera del coche, Lee le dedicó una fanfarrona sonrisa y el motor de su Alfa Romeo Spider ronroneó con fuerza antes de salir disparado dejando una estela de humo en su camino.
—Capullo —siseó Bruce.
Entonces recordó que el chino y el rubio del Dōjō habían observado de forma poco sutil la escena. Los analizó con ojos críticos. El chino era bastante alto para ser oriental, aunque menos fuerte que Lei también tenía un cuerpo atlético y fibroso, digno de cualquier artista marcial. Tenía la piel broceada, y su rebelde pelo era negro y corto, con un espeso flequillo que caía sobre los rasgados ojos marrones. Llevaba su pecho descubierto y un pantalón bombachos de algodón naranja de artes marciales atado a los tobillos. Era bastante apuesto y a Bruce le recordaba a Bruce Lee. El otro, el rubio, era aún más alto y fuerte de lo que percibió en un primer momento y parecía ser tan fuerte y corpulento como el propio Bruce. Lo que más llamaba la atención de él era su extravagante peinado, una cresta rubia enorme que se mantenía por encima de su cabeza. Tenía la sombra de una barba rubia de varios días y sus pobladas cejas no podían esconder el brillo de sus ojos azules. Vestía un judogi rojo, el uniforme usado en el judō. Cuando Bruce llegó al Dōjō los había visto discutir con Lee Chaolan así que decidió acercarse a hacerles un par preguntas. En cuanto se encaminó hacia ellos pudo notar como los dos parecían ponerse algo tensos.
—Buenos días —sonrió Bruce enseñando su placa de policía—. Soy el Detective Bruce Irvin, de la Brigada Contra el Crimen Organizado de la INTERPOL. ¿Puedo hacerles unas preguntas?
—¿La INTERPOL? —repitió algo nervioso el oriental mirando a su colega.
—Oiga, amigo —habló el rubio, colocándose parcialmente delante del chino de una forma algo protectora—. Nosotros no tenemos nada que ver con ese pajarraco.
—¿En serio? —el policía volvió a guardarse la identificación—. Pues yo creo haberlos visto discutir con Lee Chaolan.
—Lo que haya hecho el señor Chaolan no nos incumben, por favor, déjenos tranquilos —respondió el rubio.
—Relax, socio, sólo quiero haceros unas preguntas sobre Lee Chaolan y me iré por donde he venido, ¿sí?
El rubio iba a contestar algo pero el chino se adelantó, hablando con voz gentil y temerosa:
—No... no queremos problemas— pidió suavemente.
—Creo que haber discutido con Lee Chaolan ya son suficientes problemas —Bruce se rascó la perilla y vio como sus palabras parecían afectar al chino, que empezó a morderse el labio inferior angustiado—. Escucha, sólo son unas preguntas, ¿vale?
—Está bien —aceptó el chino—. Pero no hablemos aquí. Ven.
El chino y el rubio llevaron a Bruce al restaurante chino que había delante del Dōjō. Era un restaurante de comida rápida de colores vivos y galerías orientales bastante bonito, en opinión de Bruce. Una mujer joven, de piel pálida y lustrosa melena negra sujetada en un moño imposible con dos peinetas los saludó en chino desde detrás de la barra dónde cocinaba en el orno unos panecillos:
—Oh, Mars, Paul. Qué raro que estéis ya aquí tan temprano —El chino cruzó el pequeño local de dos zancadas y estirándose sobre la barra besó a la mujer en los labios haciendo sentir al rubio y a Bruce como unos intrusos. Cuando se separó la mujer sonrió tímidamente—. ¿Tenéis hambre? —aunque Bruce no entendía lo que decía, notó la dulzura con la que hablaba. También observó que en su dedo anular llevaba un humilde anillo de oro y plata. El rubio se sentó en los taburetes cerca de la barra y empezó a engullir los panecillos. La mujer entonces se percató en la presencia de Bruce—: Oh, ¿Quién es? ¿Un nuevo alumno? —dijo en un torpe inglés y le sonrió gentilmente.
—Linda —la llamó el chino—. Este señor es un detective de la INTERPOL.
—Bruce Irvin, de la Brigada Contra el Crimen Organizad —se presentó el negro—. Mucho gusto en conocerla.
La mujer pareció ponerse tensa y le dijo algo a su marido en chino y éste le respondió tranquilizándola. Bruce volvió a maldecir que no fuese Lei quien estuviese aquí. Al menos él entendería lo que decían en su idioma para que el policía no se enterase. Carraspeó un poco para llamar la atención y la pareja dejó de discutir.
—Perdóneme —el chino se dirigió nuevamente al policía—. Linda, cariño, el señor Irvin sólo quiere hacer unas preguntas sobre el señor Chaolan. Todo está bien.
Linda pareció dudar algo, pero finalmente colocó un tercer plato de panecillos y siguió cocinando. Bruce se apoyó en la barra, al lado del chino. Los dos hombres parecían estar a sus anchas en aquel restaurante.
—Por lo que sé, Lee Chaolan entrena en el Dōjō Law, ¿me equivoco? —empezó a preguntar.
—Entrenaba —corrigió el rubio tragándose entero un panecillo.
—¿Ya no?
El chino bebió algo de licor que Linda le sirvió en un pequeño cuenco de sake.
—Desde hoy ya no es bienvenido en el Dōjō Law —suspiró algo derrotado.
—¿Por eso discutíais con él? ¿Sabéis porque no es ya bienvenido?
El chino bebió otro trago y asintió con la cabeza.
—Porque yo lo he echado de él. Y no pareció sentarle muy bien que digamos.
—¿... Usted...?
—Soy Marshall Law, el maestro y señor del Dōjō Law —Bruce se sorprendió bastante ante esta información. Marshall señaló al rubio—, y él es mi amigo Paul Phoenix.
—¿Y por qué...?
—Mire —Marshall se acercó a Bruce. El policía ya había notado que el chino era incapaz de relajarse, y su mirada se movía nerviosamente—, el señor Chaolan no es la clase de discípulo que quiero tener ¿entiende? En mi Dōjō implantó clases de Jeet Kune Do; no se trata sólo de artes marciales, también es una filosofía —Bruce arqueó una ceja y Marshall sintió la necesidad de explicarse—: El arte del Jeet Kune Do es sencillamente el de simplificar. Favorecer la carencia de forma para poder asumir todas las formas. Usando el no camino como camino y la no limitación como limitación.
Bruce abrió mucho los ojos, creyendo que si tal vez veía más concretadamente a Marshall llegaría a comprender lo que decía. Paul carraspeó y Marshall entendió que volvía a irse por las ramas alejándose de lo principal, así que algo avergonzado prosiguió:
—El señor Chaolan era agresivo. Usaba el Jeet Kune Do para ejercer su poder, sometiendo aquellos que le llevasen la contraria. Incluso con sus propios compañeros de Dōjō. Mis enseñazas son para buscar el equilibrio interior y exterior.
—Ya, "mente sana, cuerpo sano" ¿no?
—Sí. El Jeet Kune Do busca la perfección del ser para alcanzar un estado pleno con uno mismo, no para usarlo como un arma en contra de los seres humanos. Así que tras varias advertencias hoy decide expulsar al señor Chaolan.
Marshall suspiró pesadamente y Paul colocó una mano en su hombro para darle fuerza. En ese momento entró por la puerta un niño de unos siete años del mismo semblante que Marshall vestido del uniforme escolar. Saludó a sus padres e hizo un gesto de palmas con Paul. Linda lo llamó:
—Señor Irvin, le presento a mi hijo, Forest Law —el niño rió y miró para Paul.
—Paul, ¿has traído tu motocicleta? ¿Puedes llevarme a dar un paseo en ella? Por fa, por fa —Paul miró a Marshall y a Linda que negaron con la cabeza.
—Otra vez será, pequeño —Paul le pasó la mano por la cabeza cariñosamente y Forest hizo un puchero simpático.
Marshall miró con cariño la estampa de su familia (incluido su amigo que ya era parte de la familia) y se dirigió a Bruce con cierto tono de preocupación:
—Señor Irvin, sé que el señor Chaolan es peligroso. Yo a penas soy un humilde trabajador, intento sacar a delante el Dōjō, el restaurante y mi familia como puedo. No quiero tener problemas con el señor Chaolan.
Bruce entendió.
—Comprendo. Pero tú ya has lanzado la pelota, sólo es cuestión de tiempo que él te la devuelva —Marshall bajó la mirada derrotado y Bruce se sintió algo mal por él—. Oye, escucha, amigo. Si algún día tienes algún problema, tú, Paul o tu familia, no dudéis en llamarme, ¿si? —y apuntó su número de teléfono en una servilleta limpia y se la entregó a Marshall. Éste sonrió agradecido y Paul pasó sus dos brazos por los hombros de Marshall y Bruce, con su boca llena de dientes.
—No te preocupes Mars, si ese idiota se atreve a molestarte tendrá que vérselas conmigo —y estalló a carcajadas.
Bruce notó como algo le andaba por el bolsillo de su pantalón y cuando bajó la mirada vio que el pequeño Forest le quitaba la cartera y veía asombrado la placa de policía.
—¡Forest, no! —la regañó Linda y Marshall se apresuró a quitársela de las manos y devolvérsela al policía—. Disculpe a mi hijo, es muy curioso, jeje —rió nerviosamente. El niño siguió clavando sus ojos asiáticos en el afroamericano.
—¿Es usted policía? —preguntó y Bruce afirmó con orgullo. Le encantaba que los niños los admirasen y quisiesen ser como él de mayor. Forest ladeó la cabeza—. ¿Ha matado alguna vez?
El Detective Lei Wulong dejó un vaso de plástico humeante de café en la mesa de metal y se sentó en la silla enfrente de la chica, Michelle Chang. Michelle era la única superviviente de los Chang, una tribu amerindia que había sido encontrada masacrada a las 13:50 por un comerciante del pueblo de Tombstone que viajaba con sus tres hijos y su mujer cuando divisó el humo del fuego y avisó a la Policía de Condado, para más tarde ellos avisar a la Brigada Contra el Crimen Organizado de la INTERPOL.
La chica debía de tener unos dieciocho años, quizás los veinte. Estaba cruzada de brazos sentada en la silla, y jugaba a darse toquecitos con las punteras de las botas de piel con flecos. Michelle tenía unos clarísimos ojos azules que resaltaban por el tono rojizo de su piel como la arena del desierto de Arizona. Era realmente inusual, una india con ojos tan azules. La nariz se dibujaba con trazado suave, afilado, y un ligero maquillaje de pigmentación artesanal se emborronaba por las lágrimas secas que manchaban su cara mezclándose con la tierra. El olor a pólvora camuflaba un regusto a perfume de sándalo. Tenía un agraciado cuerpo de bailarina; delgado pero fibroso, acentuado aún más por las vestimentas típicas de su tribu. El cabello negro, liso y brillante trenzado sobre su larga y pequeña espalda dejaba ver la sensual curva de su cuello despejado, marcado por una fina gargantilla de conchas de colores, y un segundo collar adornado por plumas de ave caí suelto hasta el nacimiento de sus senos que una vieja y desgasta camiseta blanca tapaba escasamente, dejando su ombligo y su entrenado vientre al aire. Llevaba por encima una cazadora de cuero marrón gruesa y bien curtida, llena de adornos y flecos. Seguramente no era suya, puesto que le quedaba muy grande. Las piernas se le veían perfectamente gracias al corto pantalón; eran largas y atléticas, se notaba que había corrido mucho de un lado a otro por los desiertos, por su reserva. Una cinta de colores vivos del que colgaban un montón de abalorios y plumas se ataba a la frente. Toda ella reflejaba el espíritu de los indios americanos típicos de las películas del oeste y Lei la vio claramente en su mente aferrada a un arco, corriendo por una zona empedrada en busca de algún animal que cazar.
En el hospital le habían devuelto sus cosas y Lei la había llevado al Departamento de Policía de Phoenix. En el camino estuvo callada y ausente. Pobrecilla. Ahora se encontraban en una sala de interrogatorio, como el de esas películas que Lei se preguntaba si Michelle habría visto en su reserva. Pero ella parecía tranquila incluso con el cansancio, la tristeza y el miedo que cargaba desde hacía horas. La chica aseguraba no conocer a los hombres que atacaron su reserva. Según su información, un pelotón de unos veinte hombres armados incendiaron y mataron a la población, ella consiguió salvarse porque su padre la ocultó debajo del suelo y tapará con una alfombra el lugar. Había permanecido allí durante horas hasta que el Detective Lei la encontró. Michelle había exigido ver el cuerpo de su padre, pero por desgracia primero tenía que ser el papeleo del interrogatorio, y ella se había echado a llorar. Ahora parecía más calmada, totalmente ausente.
—¿Qué tal se encuentra, señorita Michelle, ya está mejor? —preguntó Lei torpemente. Ella contestó a su pregunta con un leve movimiento de cabeza de afirmación no muy convencida—. Está bien —suspiró—. ¿Conoce a estos hombres, señorita Michelle? —Lei abrió una carpeta oscura y sacó de hay dos fotos que entregó a Michelle estirando el brazo por encima de la mesa metálica.
Michelle las cogió con desgana y observó a los dos hombres japonés que se fotografiaban en cada una de ellas. Uno era un hombre de edad media de compresión exageradamente musculosa, con una pronunciada calva en la coronilla que se enmarcaba con unas extensas patillas que subían detrás de las orejas simulando unos cuernos de demonio. Su oscura y penetrante mirada quedaba semioculta debajo de unas pobladas cejas negras y su boca torcida en una expresión severa se acentuaba con un bigote negro estilo revolucionario. Vestía un kimono negro y un hakamacomo los usados por los samuráis en el periodo Edo. Era realmente un tipo intimidante. El segundo hombre, éste más joven, ya era otra cosa totalmente diferente. Lo que más llamaba la atención de él era que se trataba de un albino, con el pelo rozando el largo de las orejas y peinado hacia atrás salvo el flequillo cortado a lo media luna que se dividía en dos mechones gruesos que caían a cada lado de la cara. Su mirada era fría y soberbia, como todo él. Por lo demás, era un hombre bastante atractivo e interesante, vestido impecablemente de hombre de negocios con un maletín negro y guantes de cuero, su bufanda ondeaba al viento dando un toque dramático a la fotografía.
—El primero no sé quién es —comenzó Michelle sin separar la vista de las fotos—; el segundo —levantó la mirada para ver a su interlocutor—, es el señor Chaolan.
—¿De qué lo conoce?
Dudó un segundo, confusa:
—Hacía negocios con mi padre, por lo de la expedición arqueológica...
—¿Su padre? —Michelle asintió—. Hábleme de su padre, por favor.
—Mi padre es... —se detuvo, pensando en qué tiempo verbal debería emplear ahora al hablar de su padre. Ante ese pensamiento un sentimiento de tristeza abrumadora la recorrió haciéndole temblar como una hoja a punto de desmoronarse—. Mi padre era uno de los hijos del jefe de la aldea, mi abuelo. Él era de los pocos de la reserva que se había ido a estudiar fuera y de los poco que había regresado. Era arqueólogo, y llevaba acabo una expedición arqueológica para encontrar restos de nuestra civilización al Suroeste de la reserva.
—¿Y qué papel jugaba el señor Chaolan?
—Iban a edificar en las tierras que históricamente pertenecían a nuestro pueblo, donde mi padre quería hacer la excavación. Pero para conseguir los papeles, y sobre todo, para que lo escuchasen, mi padre necesitaba dinero.
—...y el señor Chaolan fue quien se lo financió, ¿no?
—Sí...
—¿Y pasó algo? ¿Los viste alguna vez discutir?
—No, al contrario, parecían muy contentos por los avances arqueológicos que se estaban haciendo.
—¿Qué se descubrió?
—Ruinas.
—¿Sólo eso? —insistió Lei.
—Sí... ruinas, restos de artesanía, estatuas, pequeñas edificaciones... ¡ruinas! —Michelle comenzaba a desesperarse. Se llevó las manos a las sienes para masajearse y aliviar el dolor de cabeza, pero no pudo detener las lágrimas que rodaron por sus mejillas.
Lei sintió verdadera lastima por la chiquilla. Si por él fuese, la dejaría tranquila. Hacía nada habían matado a toda su tribu y a sus padres y ahora tenía que estar ahí, dando la talla y respondiendo a preguntas de un policía que ni conocía cuando debería estar llorando y honrando la muerte de los suyos. Se levantó de su asiento y bordeó la mesa hasta llegar a su lado, donde se agachó de cunclillas hasta estar a su altura y posó una de sus fuertes manos en un hombro de la chica para darle fuerza y seguridad:
—Señorita Michelle —la llamó suavemente—, sé que esto es duro para usted, pero realmente es necesaria su colaboración para saber qué ha ocurrido.
—¿Acaso cree que el señor Chaolan fue el responsable? —hipó, su voz se ahogaba en su propio gimoteo, pero intentaba mantenerse serena.
—Este hombre —dijo Lei señalando la foto del hombre mayor—, es Heihachi Mishima, padre del señor Lee Chaolan y dueño de la compañía multinacional Mishima Zaibatsu. ¿Le suena de algo ese nombre?
Michelle pareció recordar algo importante y entre hipos preguntó:
—¿Mishima? ¿Mishima Zaibatsu? —absorbió un poco los mocos—. Sí... ¿la multicompañía, no...? —Lei asintió—... no, eso no es posible, ¿mi padre trabajando con...?
Michelle soltó las fotos atemorizadas. ¿Por qué su padre nunca dijo nada al respecto? ¡No podía creer que su padre se hubiera involucrado en algo tan peligroso! ¡¡Ahora todos estaban muertos!!
—¿Qué sabe acerca de Mishima Zaibatsu? —Lei se levantó y se sentó en el borde de la mesa al lado de ella.
—¡Mi tribu no quiere saber nada acerca del Diablo! —de repente los ojos de Michelle se llenaron de un odio inapagable—. ¡Mi padre no podía saber que el señor Chaolan era el hijo del Diablo! ¡¿Cómo sino haría tratos con él?!
Lei rascó la cabeza algo apesadumbrado:
—Bueno, no es desconocido que Lee Chaolan es el hijo de Heihachi Mishima...
—¡Pues yo ese detalle los desconocía! —le escupió entre dientes. Pero luego su voz se calmó—: mi padre también debía de desconocerlo. No sabía quién era él...
—Señorita Michelle, ¿cuándo hablas del Diablo te refieres a Heihachi Mishima o la compañía Mishima?
—Da igual. Referirse a uno es como referirse a la otra. Es hablar de Diablo que trabaja en el Infierno... —a Lei le parecieron unas palabras muy sabias aquellas.
—Pero no me has contestado, ¿qué sabes de Mishima y su imperio? ¿por qué tu tribu no quiere saber nada de ellos pero desconocía que Lee Chaolan es el heredero de la compañía?
Michelle suspiro y apoyó suavemente la frente en el borde metálico de la mesa. Estaba tan cansada.
—Los sabios de mi aldea decían que la Tribu Chang eran guerreros de Gaia, la Madre Tierra, cuya misión era luchar contra los seres diabólicos que amenazaban con destruir el equilibrio reinante de la Tejedora. Según nuestra leyenda el clan Mishima es un destructor del equilibrio natural, que desde que nació el primer Mishima su única naturaleza ha sido destruir y matar, como el resto de su prole. Mi clan y el suyo han estado en conflicto desde generaciones. Ellos son demonios. Ellos fueron los responsable de la primera caída de mi tribu, en el lugar donde mi padre tenía la expedición. Los pocos supervivientes tuvieron que huir y esconderse. Mi padre quería recuperar nuestras tierras de las que fuimos exiliados por los Mishima. Esas tierras representan mucho para mi tribu.
—Según esa leyenda entonces, los Mishima ya atacaron anteriormente a tu tribu —Michelle afirmó convencida—. Está bien. Desde luego ya tenemos por donde empezar. Ya antes estaba seguro de que la Mishima tenía que ver, ahora con su declaración no hay duda —Lei sonrió para sí. Era egoísta pero dentro de él una sensación de la victoria cercana lo invadía de esperanza y de deseos de continuar con la operación—. No sé preocupe, señorita Michelle, le prometo que los voy a atrapar cueste lo que cueste y les haré pagar muy caro, ya va siendo hora de que la Mishima caiga y se den de bruces con la justicia —la promesa del Detective sólo hizo llorar más a Michelle—. ¿Qué le ocurre? No se tiene que preocupar por nada, está bajo protección policial ahora...
—¡Usted no entiende nada! —espectó entre sollozos—. ¡Toda mi gente ha sido asesinada! ¡Toda! ¡Y por culpa del Diablo! ¡Porque mi padre no supo ver! ¡Estoy sola, totalmente sola! ¡Mi familia, mis amigos, mi aldea... TODOS muertos! ¡Y lo único que les importa a ustedes, los rostros pálidos, es que con esta desgracia pueden aprovecharse para acabar con un enemigo en común! ¡Ni si quiera se dan cuenta que poniéndome como testigo sólo revelan que hubo un superviviente! ¡Y no dude en pensar que Mishima vendrá a por mí!
Lei hubiese deseado abrazar a Michelle en aquel momento, pero ella era una testigo y él un policía, no podía haber ese tipo de contacto entre ellos. Ante sus ojos ella sólo era una chiquilla que, como bien le espectaba, lo había perdido todo y que ahora corría el riesgo de sufrir la misma suerte que su tribu. Y se sintió culpable en cierto modo por no haber caído en que esto no era ningún As en aquella partida de cartas que tenía con la Mishima, esto era una tragedia, algo muy triste.
—Tranquila, todo va a salir bien... —pero entonces los brazos de Michelle lo rodearon por la cintura, llorando fuertemente. Lei acarició su larga trenza—: la pondremos en el programa de protección de testigos, ¿de acuerdo? Y tendrás a dos custodios protegiéndola siempre, ¿sí? —ella lo miró desolada, con la nariz y los ojos rojos de tanto llorar—, yo y mi compañero Bruce, ¿le parece bien? Estaremos siempre tan cerca suya que no le dará tiempo a sentirse sola —Michelle agachó la mirada y Lei pensó que quizás no fue adecuado el último comentario. La tomó por los hombros y suavemente la obligó a soltar aquel abrazo. Con una mano limpió sus mejillas—. Ahora lo más importante es su seguridad. Ese fue el último pensamiento de su padre antes de morir, resguardándola en aquel sitio; su seguridad —se atrevió decir, pero pareció funcionar cuando ella cerró los ojos y asintió con la cabeza—. Y entre usted, mi amigo Bruce y yo, vamos hacer justicia. No dejaremos que los Mishima sigan haciendo lo que les venga en gana.
Michelle sonrió débilmente y Lei sintió satisfacción propia.
—... por favor... —rogó la chica después de unos segundos de silencio—, necesito descansar... por favor, lléveme a un sitio en el que pueda dormir, ¿si? Me quiero ir de este lugar...
Lei la sacó de la sala de interrogatorio y la ayudó a rellenar todo un formulario de papeleo a la vez que él mismo rellenaba el suyo propio, cuando entonces llegó Bruce Irvin por la puerta de la comisaría.
—¡Qué hay hermano! —Bruce hizo sonar las palmas con Lei que le devolvió una sonrisa cansada.
—¿Has conseguido algo?
—Por lo visto Lee Chaolan ya no practica en el Dōjō Law. He hablado con el sensei del Dōjō, Marshall Law, y lo expulsó por comportamiento agresivo.
—Qué novedad —Lei hizo girar sus ojos.
—Por lo visto ahora el señor Law teme que Lee tome represarías contra él y su familia.
—Maaás novedades.
—Le he dicho que puede pedir asilo a la policía pero se ha negado. Tuve la oportunidad de hablar con Lee, pero no se presentó muy receptivo a una charla amistosa. Habrá que empezar con el papeleo si queremos una confesión suya. Si hubiese ido tú a Chinatown seguramente Law se hubiese sentido más a gusto y hubiese accedido a hacer una declaración.
—¿Y eso por qué?
—Coño, porque tú también eres chino —Lei arqueó una ceja y Bruce se encogió de hombros—. Venga hombre, no me negarás que los chinos sois demasiado cerrados.
Lei negó con la cabeza:
—Para ser negro eres bastante racista ¿sabes? Es como si ahora yo digo que todos los negros sois unos hiphoperos.
—Pero eso sólo porque intentan imitarme a mí, hermano —Lei sonrío divertido y Bruce dejó al lado las bromas—. Bueno, ¿y tú qué has conseguido?
Mientras Lei hablaba con su compañero, Michelle observó al policía afroamericano y su buena retaguardia. Creyó recordarlo. Sí, él había sido el tipo que la había atrapado cuando ella intentó huir. Ahora, más calmada, ya no lo veía como una terrible amenaza contra su vida, aunque seguía siendo intimidante. Su pelo estaba rapado por los laterales, dejando una cresta recogida en tres rastas atadas en una pequeña coleta alta. Llevaba una ajustada camiseta de basket blanca que dejaba ver el tatuaje con tribales que se extendía por todo el brazo y se perdía de vista por el pectoral. Los pantalones piratas vaqueros eran anchos y parecían sujetarse sólo por la curva exquisita de su cadera atlética. Usaba zapatillas deportivas y una sudadera gris diez tallas más grande que él, con un graffiti bordando en la espalda.
—Michelle —le habló Lei tras unos segundos de cuchichear con su compañero algo apartado de ella—, él es Bruce Irvin. Será tu segundo custodio, junto conmigo, ¿sí?
Lee Chaolan bebió otra copa de champán mientras observaba la ciudad desde el gran ventanal de su alcoba a más de cincuenta pisos de altura en el edificio más caro de la ciudad de los Ángeles. Unas manos armadas de manicura francesa se deslizaron desde la espalda por sus hombros hasta su pecho y unos labios pintados de rojo italiano comenzaron a besarle el cuello.
—No te preocupes, querido —le susurró ella al oído—, yo me encargaré de todo.
—Ellos no saben lo que buscamos. Jugamos con ese factor. Quiero que lo encuentres y me lo traigas —ella comenzó a desabrocharle la camisa. La corbata hacia tiempo que había acabado en el suelo, junto con la chaqueta.
—¿Y que hay de los policías y de la cría?
—Que tu hermana se encargue de ellos.
Kazuya se despertó violentamente empapado de sudor entre las sábanas de su cama mientras ahogaba un grito gutural, despertando también a la mujer que dormía a su lado. Jun hizo una mueca de dolor al ver a Kazuya con todos sus músculos tensados en posición de combate, respirando agitadamente y con los ojos abiertos mirando a un punto inexistente. Con toda la ternura propia de Jun, pasó suavemente sus finas manos en el brazo tensado más próximo a ella y lo incitó a relajarse. Kazuya pareció reaccionar y posó lentamente su mirada en ella, obligándose a suavizar su respiración.
—¿Otra pesadilla? —Jun le limpió el sudor de la frente con la mano.
—No consigo olivar... —la voz de Kazuya temblaba.
Jun le acaricio la mejilla y besó su hombro y él se recostó en su regazo, apoyando la cabeza en su pecho. El sonido del corazón de Jun siempre conseguía calmarlo. Jun tarareó una vieja nana japonesa mientras ensortijaba su cabello revuelto y lentamente Kazuya volvió a quedarse dormido. Sin dejar de tararear, ella pasó los dedos por la extensa cicatriz que recorría el pecho de su amado y se entristeció al notar como ésta ardía.
Con cuidado para no molestar su sueño, lo acomodó en la cama y besó su frente antes de levantarse de la cama y dirigirse al ordenador portátil. Hay tecleó algo y apareció información sobre la tribu Chang y la Mishima Zaibatsu. En algunas páginas se comentaba sobre el genocidio ocurrido del que Lei Wulong le había hablado el día anterior y Jun volteó para ver a Kazuya dormir inquieto por el dolor de su cicatriz. Esto no podía ser coincidencia, pensó.
CONTINUARÁ
Notas de la autora: Fin del segundo capítulo y yo no sé si alguien se habrá leído las 10 páginas de Word que dura este capítulo (XD). Espero que sí, je, je. De todos modos reconozco que éste no ha sido muy interesante y realmente se puede pasar del primero al tercero sin mucho apuro, pero creo que era necesario poner las partes de los interrogatorios y las de búsquedas.
Bueno, en el próximo capítulo ya habrá un poco más de acción ¡por fin! Y espero que ahora el fic vaya más rápido ahora que tengo las ideas más asentadas.
Nos vemos en el capítulo tres titulado "Sálvame, chico duro" y como siempre recordar que toda critica constructiva es bienvenida ^^.
