Siento la demora. Mi computador tuvo problemas y estuvo fuera por mucho tiempo. Tal vez es por eso que me arrepentí de agregar más partes a este pedacito de historia. La primera la tenía escrita y lo demás lo agregué porque lo prometí en el primer capítulo, me refiero a lo de Rose con Emmett. Iba a agregar una parte sobre Jasper y Alice pero me arrepentí, no me creo capaz de emular la relación que describe la autora de la saga.

Olvidé dejar en claro anteriormente que todo sobre el hospital es ficción. Sólo tomé prestado el nombre. Y también la ubicación de universidades y departamentos. No tengo idea de como es New York, así que todo es producto de mi imaginación.

Espero que lo próximo sea de su agrado. Son tan sólo recortes de las situaciones. No es una historia continua.

La primera quise hacerla tan humana como me fuera posible. Gracias de antemano a quienes leen mis historias.


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—… despierta.

El sonido de la música envolvía el aire, mientras Edward movía un dedo con suavidad sobre la nariz de Bella.

— Des… pier… ta, Be…lla — susurró cantando con diversión cerca de su oído.

Deslizó una mano por su pierna desnuda, casi sin tocarla, hasta llegar a la remera gris que ocultaba la parte superior de su cuerpo, también oculta por la sábana de seda. Ella se removió sonriendo y suspirando. Cambió su postura, alzando un brazo y dejándolo caer sobre las costillas de Edward, quien resopló con dolor. Lo ignoró aprovechando la oportunidad de abrazar a Bella una vez más.

Se apegó a ella tanto como pudo, sintiendo sus pequeños pechos acariciar su torso desnudo a través de la tela.

Juntó los dientes tratando de alejarse, sintiendo como su cuerpo comenzaba a responder a sus pensamientos.

La besó, pensando que aquello la iba a despertar, y no se equivocó.

Consternada al principio, le devolvió el beso tocando su espalda desnuda con lentitud.

— Eso es algo que no me ocurre todos los días — murmuró ella, risueña.

Edward continuó con su férreo abrazo, pero alejando sus caderas de ella.

Sentía una necesidad casi irreprimible de tocarla cada vez que podía. Pero aquello no podía ser, porque la conocía hacía tres días, tan sólo estaban comenzando. Podía asegurar con total convicción de que aquella chica era tan inocente como él lo fue hasta los dieciséis…

Habían hablado hasta las seis de la madrugada. Todo lo que le había contado ella sobre chicos, y dijo sólo un par de palabras 'tuve un novio y no resultó bien', lo convenció de que Bella era virgen y que no esperaba dejar de serlo aquella noche.

Se durmieron tan abrazados como les fue posible, aunque la imaginación de Edward le jugaba malas pasadas cada vez que las piernas de Bella rozaban inocentemente aquella parte tan sensible de su cuerpo.

— ¡Dios Santo! ¿Qué hora es? — el grito de Bella y el salto que dio, alejándose de él por completo, hizo que Edward se sentara a su lado.

— Calma. Son las nueve y…

— ¡Tengo clase a las nueve y media!

Edward la tomó de la cintura y volvió a recostarla en la cama.

— No me dejas terminar, Bella — replicó con diversión ante el rostro preocupado de ella — Llamé a la universidad y como ya sabían de tu caída, no me ha costado mucho explicar tu estado de reposo…hasta el jueves — confesó escondiendo el rostro en su cuello.

— Vaya.

— ¡No te enojes mucho!

Bella se carcajeó sonoramente.

— No me enojo… mucho — respondió acariciándole el cabello cobrizo.

— No puedo resistirme a ti — besó su piel y finalmente enfrentó sus ojos — no quiero que te alejes de mí.

— E-Edward, no lo haré — tartamudeó, roja de vergüenza — t-tampoco quiero hacerlo.

— Bien, sólo quédate ahí.

Edward salió de la habitación y Bella soltó todo el aire contenido, respirando con dificultad. Observó a su alrededor y creyó estar viviendo nuevamente una fantasía.

Miró con curiosidad al doctor entrar a la habitación, con una bandeja en sus manos. La depositó en la cama dejando su cuerpo totalmente a la vista.

Aún no conseguía acostumbrarse a mirarlo sin sentir vergüenza. Había comprendido que a él le gustaba ir por su departamento con poca ropa. Y cuando había hecho alusión a ello, tartamudeando, Edward le contestó afirmativamente. Sólo porque estaba ella ahora, no dormía en ropa interior.

Con la boca un poco abierta observó su tonificado cuerpo y el pantalón de franela que traía puesto.

Edward carraspeó con burla y ella se sonrojó.

— Volviste rápido — observó con curiosidad. Porque aquella bandeja estaba repleta con comida y café.

— Lo hice antes de despertarte, lo que me llevó bastante trabajo — dijo juguetón, haciendo que ella desviara la mirada tocándose los labios.

La música que llevaba rato sonando en la habitación se cortó al haber Edward apuntado el mando hacia el equipo. Después apuntó hacia el plasma y la dejó encendida a un volumen bajo.

Comieron en silencio, aunque Edward no dejaba de mirarla cada pocos segundos, haciendo que ella sonriera con nerviosismo, sonrojándose.

— Debo estar horrible — murmuró ella, tocándose el cabello.

— Luces adorable — vaciló un poco y continuó — aún con el enredo de cabello que traes.

Bella rezongó, tratando de pararse de la cama, cosa que él le impidió hacer, enredando sus piernas con rapidez entre las suyas. Bella no pudo más que sonreír y suspirar con felicidad.

— ¿A qué hora tienes tu turno? — inquirió luego de unos minutos de silencio. No pudo evitar entristecerse al pensar en que pronto tendría que irse.

— A las nueve — iba a decir que estaba totalmente atrasado cuando la voz de Edward impidió su réplica — del jueves de la próxima semana.

— ¡Oh! — exclamó más feliz de lo que nunca había estado — pero, ¿Cómo lo has hecho?

— Sólo he pedido unos días libres, no me fue muy difícil. Sobre todo cuando amenacé con pedir una licencia médica por estrés… eso me habría dado al menos un mes y mi jefa no puede darse el lujo de tener un empleado menos durante tanto tiempo. Así que no le quedó más remedio que aceptar mis mini vacaciones — agregó juguetón — tenemos un par de días para estar juntos.

— Eso me hace más que feliz.

Él sonrió con calidez y súbitamente, rompiendo el romanticismo del momento comenzó a reír.

— Había olvidado decirte que Alice ya llenó mi teléfono con sus mensajes. Pidiendo explicaciones y por último amenazando con que iba a estar en mi puerta hoy a primera hora porque no contesté sus llamados.

— ¿Y cómo le vas a explicar esto?

— Yo sólo me esconderé y tú tendrás que lidiar con ella.

Bella abrió la boca indignada.

— ¡No! ¡Es tu departamento! Tramposo.

Edward rió de buena gana, recostándose sobre su frágil cuerpo.

Se dedicó besar cada parte de su rostro con paciencia y una sonrisa dibujada en sus labios.

— ¿Sabes que me encantas?

Bella soltó una risilla que fue apagada por el arrebato de Edward al besarla.

No la había besado con tanto frenesí antes, ni siquiera en el coche cuando la había sentado sobre su regazo.

Su cuerpo tibio sin duda había causado estragos en él. Porque en otro arranque de lujuria restregó con suavidad sus cuerpos haciendo que Isabella gimiera sobre sus labios.

— Lo siento — murmuró con leve irritación por no poder consumar lo que pasaba por su mente — sé que esto es nuevo para ti.

Ella lo observó roja y jadeante.

Asimiló cada movimiento de él. Su rostro contrariado a medida que se alejaba, su brazo izquierdo soportando su peso mientras se afirmaba en la cama y el despeinado cabello que caía sobre sus cejas dándole aquél toque coloquial que le gustaba.

Volvió a observar los músculos contraídos del brazo y cuando Edward se estaba alejando para separar sus cuerpos totalmente, sintió en su pierna la evidencia de lo que llevaba pensando unos cuantos segundos atrás, mientras lo escrutaba.

No había estado más cerca de un hombre en toda su vida, y con tan poca ropa mucho menos. No tenía experiencia empírica. Sólo recordaba vagamente haber visto pornografía con su mejor amigo de la adolescencia, Jacob Black.

Y aquella no había sido una bonita experiencia.

Sin embargo, se aventuró a agarrar la espalda de Edward, poco segura de sus movimientos, recostándolo sobre ella nuevamente.

— Bella— Su réplica se vio interrumpida por los labios ávidos de ella.

En su mente Edward esbozó una gran sonrisa aprovechando la oportunidad. Aunque estaba teniendo grandes problemas para tratar de esconder la gran erección que parecía gritar por un poco de atención.

— Bella, Bella — alejó sus labios de ella con un sonido que la hizo reír — No tienes por qué hacer esto…

— Pero quiero hacerlo — aseveró acalorada — y…

Se quedó mudo de la impresión cuando sintió la pierna de la chica acariciar de arriba abajo su miembro.

Soltó un gemido lastimero mientras volvía a besarla con ímpetu.

Se restregó entre las piernas de Bella y ella lo alejó con ambas manos.

Observó la expresión sorprendida con una pizca de pánico en los ojos de Bella. Después, poco a poco, esbozó una sonrisa vivaracha.

— Eso ha sido bastante… no lo había sentido nunca.

— ¿Te refieres a esto? — preguntó enterrándose entre sus piernas nuevamente, procurando rozar sus intimidades todo lo que pudo, con ritmo y suavidad.

Ella asintió, con los ojos cerrados y el ceño fruncido, pero con una leve sonrisa.

— ¿Nunca…? — Edward titubeó — ¿Nunca te has masturbado?

Bella se sonrojó, sintiendo el calor arrebolar sus mejillas. Negó con la cabeza, mordiéndose el labio completo.

— M-Me da vergüenza… de sólo pensarlo.

Se sintió culpable al pensar que lo único que quería era satisfacer aquel deseo extenuante que sentía por ella, sin pensar en lo que ella quería.

Hizo amago de alejarse nuevamente pero volvió a quedarse sin palabras cuando sintió su miembro ser aprisionado, y nada menos que por la pequeña mano de Bella.

Farfulló un par de palabras y cerró los ojos sin poder decir nada coherente.

— Lo haría… mejor si me dijeras c-cómo hacerlo — Bella se atragantó con su saliva, pero no se amedrentó y sintiéndose valiente agarró la pretina del pantalón con su mano enyesada e introdujo la otra sintiendo por primera vez en su vida un miembro masculino.

Irguió su espalda y miró a Edward que rechinó los dientes una vez con expresión de sufrimiento.

Pensó que estaba haciéndolo terriblemente mal por su rostro, pero él le farfulló que no se detuviera entre dientes.

Sintió la mano de Edward agarrar el dorso de la suya y moverla con lentitud y a un ritmo constante.

Siguió con su tarea, con una mirada curiosa y excitada a la vez. Edward quitó su mano y echó el cuello hacia atrás, recostándose en la cama.

— B-Basta. No puedo soportar la idea. Es tu primera vez y esto no es justo.

Bella iba a replicar, diciendo que aquello no le molestaba en lo absoluto, que le gustaba otorgarle placer, pero Edward se sentó en la cama, y apoyó sus manos en sus alabastrinas piernas.

— Calla — le apremió cuando se dio cuenta de que ella iba a hablar.

Después se dedicó a besar desde sus tobillos hasta que llegó a la remera que ocultaba parte de sus muslos y el resto de la parte inferior de su cuerpo.

Antes de dar el siguiente paso le echó una rápida ojeada al rostro de Bella, tapado parcialmente por sus manos.

Se inclinó sobre ella, alejando sus manos, y la besó con suavidad, con sus labios levemente posados sobre los de ella.

Y entonces introdujo la mano entre sus piernas, haciéndola dar un respingo, pero sin abandonar el beso, porque ese era su cometido, distraerla.

La acarició por sobre su ropa interior, describiendo pequeños círculos y a la vez indagando la expresión de Bella. Su ceño fruncido y su boca entreabierta le instaron a continuar con más rapidez.

— Puedes moverte — le dijo al ver su total rigidez, sonriéndole para alentarla — Bella, no te asustes.

Guió su mano hasta el borde de su ropa interior de algodón y sin encajes, algo que, sorprendentemente, le había encantado, y se la quitó bastante rapidez. Antes de que ella pudiera decir algo volvió a acariciarla, sintiendo el vello bajo su mano.

Las caderas de Bella arremetieron contra su mano. Se alegró al oír sus jadeos mientras yacía contra la cama, con sus ojos fuertemente cerrados y los labios entreabiertos.

Se acercó para besarla mientras su mano seguía moviéndose sobre su pelvis para darle placer.

Con extremado cuidado se alejó de ella y comenzó a bajar por la cama, sin dejar de acariciarla. Esperaba a que ella no se diera cuenta.

Con su otra mano, alejó sus rodillas, la una de la otra y con mucha rapidez y suavidad bajó la cabeza y…

— ¡E-Edward!

La vergüenza invadió a Bella cuando sintió la resbaladiza lengua de él jugar en el lugar más recóndito de su cuerpo.

De no haber sido por la sensación que recorrió cada una de sus células, con seguridad se hubiera alejado lo más posible de él.

En un momento de pánico pensó en el aroma y en los vellos y se aterró completamente.

— Detente. Por favor — Suplicó presa de la inseguridad, y del placer por otro lado.

— Sólo relájate. No es algo malo para mí — Edward le guiñó un ojo, comprendiéndola. Besó una vez más sus labios y empujó sus hombros hasta que ella se dejó mover por él.

Comprimió las sábanas con su puño bueno y maldijo entre dientes, sintiendo la sensación más maravillosa de su vida, que comenzaba donde estaba siendo acariciada y se propagaba con leves punzadas por el resto del cuerpo.

Se fue haciendo cada vez más poderosa hasta que la contracción rítmica de los músculos de su cuerpo hizo que su espalda ya no tocara la cama y que su cabeza se enterrara en la almohada.

Finalmente se tendió en las sábanas, respirando con dificultad, luego de unos segundos en los que se concentró en ponerle especial atención a su cuerpo.

— Gracias — la voz de Bella fue un susurro, mientras Edward acariciaba con un dedo su rostro y cuello.

Él sólo sonrió, sin dejar de observar sus ojos.

Pensó en ir a tomar una ducha, y bastante fría, pero Bella se lo impidió cuando se sentó y tiró ambos lados de la remera que Edward le había facilitado, hasta dejarla olvidada en la punta de la cama.

Ella soltó una risotada, olvidando por completo la vergüenza de estar plenamente desnuda ante él.

— Tu rostro… no tiene… precio — farfulló entre carcajadas. Aunque su risa se apagó al instante cuando sintió ambas manos de Edward posarse sobre sus pechos desnudos.

Lo miró expectante, parecía un niño con un juguete nuevo. Eso la hizo sonreír con nerviosismo.

— Me encantas — musitó con los ojos brillantes y ligeramente más abiertos de lo normal.

— ¿De verdad? — inquirió estúpidamente, cuando recordó que observándose al espejo, siempre odiaba ser tan delgada y no tener más carne en el trasero, o en sus pechos.

Edward asintió ligeramente, sin abandonar su labor de acariciar los pezones erguidos y los pechos hinchados.

Aquello le provocó un estremecimiento en el estómago, y una inusitada felicidad. Así que arremetió contra él, quedando a horcajadas, besando su boca.

Sintió el aire y el pantalón de Edward rozar su intimidad, recordándole que estaba más desnuda que nunca frente a otra persona… que no era su madre.

Se olvidó de aquello cuando comenzó a sentir una ligera picazón por cada lugar donde Edward la rozaba con la punta de sus dedos.

Sus cuerpos se juntaron finalmente en un abrazo implacable, haciendo que Isabella soltara un gemido de excitación. Comenzaba a sentir nuevamente aquella palpitación en sus entrañas.

Casi enloqueció cuando sintió una pierna de Edward interponerse entre las suyas y acariciar su húmedo centro.

Llegó a creer que por ser la primera vez que hacía aquello, las sensaciones eran mayores y deseó con todo su ser que no fuera así. Deseaba sentir lo mismo un millón de veces más junto a él.

Se sentó sobre el miembro de Edward, el que pudo sentir finalmente, erguido contra ella pero cubierto por la franela.

Tan sólo una tela. Se estremeció al pensarlo y la presión de la erección aumentó cuando Edward alzó sus caderas ante un ligero espasmo de su cuerpo.

Bella se puso de pie, haciendo que Edward pudiera ver su cuerpo virginal y translúcido con total claridad. Se paró a su lado y Bella sonrió al obtener lo que deseaba. Llevó sus manos al pantalón y lo bajó, agachándose hasta el suelo.

Se paró con deliberada lentitud, y finalmente pudo verlo de frente, sin nada que obstruyera su visión.

— Oh — murmuró media agachada, con la vista clavada en aquella… monstruosa erección — ¿T-Tienes condones?

Edward sonrió. Un sonido relajado y comprensivo. Agarró sus codos y la hizo pararse frente a él. Después la abrazó, estremeciendo a Bella, que sintió en su estómago aquello que iba a estar dentro de ella.

Por un momento se arrepintió de su valentía. Aunque sintió una punzadita en su intimidad que le recordó el placer de hacía un momento y olvidó lo del arrepentimiento.

— Creo que tengo unos por ahí — murmuró la respuesta en su cuello, agarrando su pequeño trasero con suavidad, acercando su cálido centro hacia él. Bella dio un respingo cuando Edward la agarró obligándola a enredar sus piernas sobre su espalda baja.

Su centro ardió en expectación, sintiendo la erección pegada a él en todo momento.

Bella gimoteó cuando sintió nuevamente las olas de placer. Se apegó a su cuerpo y hundió su rostro en el hueco de su cuello mientras Edward daba vueltas por la habitación.

— Ya está. Sólo debes bajarte un segundo…

— ¿Puedo… hacerlo?

Con timidez le quitó el condón y lo abrió con los dientes, aunque con cuidado, ya había oído sobre destrozos de condones y embarazos no planeados…

Edward apoyó ambas manos en sus caderas y Bella se agachó nuevamente. Sintió su siseo cuando apoyó sus dedos en él y fue acomodando el condón, estremeciéndose ante tal acto y ante el tamaño.

— Ya ves… me excitas bastante — dijo juguetón cuando la mirada de Isabella se quedó anclada en el extremadamente erguido pene de Edward.

— Eres tan descarado.

— Ya me lo han dicho, querida. Ahora ven — estiró una mano y Bella la tomó hasta que estuvieron pegados nuevamente — hum, espera — murmuró, con el ceño levemente fruncido y una sonrisa torcida.

Bella siguió el recorrido de la mano de Edward y se sonrojó cuando introdujo un dedo entre sus labios.

— Sólo comprobaba la lubricación.

Le asestó un golpe en el hombro con las mejillas arreboladas y Edward acercó su rostro dejando dos besos sobre ellas. Tomó su mano y la guió hasta la cama donde la recostó para luego hacerlo él sobre ella.

Con su rodilla abrió las pequeñas piernas de Bella y se acomodó con lentitud, soltando un quejido por la forma en que sus cuerpos se tocaban.

— Dime… cuando no puedas soportarlo.

Bella le dio un corto beso, asintiendo. Acercó la cabeza de Edward hacia ella, hasta que no pudo ver más que su cabello.

En la universidad era habitual que sus pocas amigas hablaran sobre sus vidas sexuales, por eso sabía que el dolor en las primeras veces sí era verdadero, y el sangrado igual, sólo esperaba que fuera como ellas decían, sólo un par de gotas la primera vez, no quería embarrar todo, porque de lo contrario, estaba segura, se iba a desmayar de la vergüenza.

Sólo debes relajarte, Bella. Sólo relájate.

Se sorprendió cuando espiró lentamente y se relajaron sus músculos, aquellos que ni sabía estaba contrayendo. Sonrió nerviosa en extremo cuando los de su trasero se relajaron, porque recién en ese instante se había dado cuenta de que estaban totalmente contraídos contra Edward.

Cerró la boca con fuerza, cuando sintió una mano que no era suya serpentear entre sus cuerpos hasta que se instaló ahí, en medio de ambos, moviéndose contra ella. Tragó saliva y su cuerpo vibró en anticipación cuando sintió la erección justo a la entrada de su templo.

Aquella estúpida palabra que usaba su madre…

¡Dios! Debía estar volviéndose loca como para estar pensando en su madre justo en ese momento tan importante de su vida.

El pensamiento se esfumó al segundo, ante la presión que significó el ínfimo movimiento de Edward hacia ella. Aquella presión aumentó gradualmente, hasta hacerse insoportable. Se sentía como si su piel estuviera siendo estirada hasta un punto en que la elasticidad ya no existía. Apretó los dientes y aunque intentó mantenerse callada, la traicionó un pequeño grito.

Pensó que las disculpas de Edward no tenían lugar, y así se lo hizo saber. Porque ella sabía que iba a doler, hiciera lo que hiciera, iba a doler.

La presión aumentaba por segundos para luego disminuir. Estuvo así por unos minutos en que ninguno de los dos se movió. Edward se desvivía besando su rostro, mientras Bella farfullaba objeciones ante la actitud de él.

— Deja de culparte — gruñó cuando fue capaz de decir un par de palabras sin jadear en busca de aire — Puedes… moverte ahora — susurró en su oído cuando estuvo segura de que el dolor había dimitido casi por completo, aunque aún sentía una leve molestia que al parecer no pensaba largarse.

Lentamente, con toda la voluntad que fue capaz de encontrar, Edward se separó de Bella un par de centímetros y volvió a acercarse con sumo cuidado.

El calor que nacía en su interior lo estaba prácticamente enloqueciendo. No estaba acostumbrado a tener que contenerse de esa forma que lo torturaba por completo, restregándole en su nariz que no podía tocarla de forma que había hecho con otras chicas. Ella no era cualquier chica.

¡Era una maldición! Justo ella. Tan frágil y… virgen.

Aunque deseó con vehemencia que tuviera aquello que no tenía; experiencia, para poder acariciarla sin temor, se consoló al saber que después podrían disfrutar ambos.

Y se llenó aún más de satisfacción al saberse el primero en su vida.

Con un esfuerzo inhumano Edward se aguantó hasta que Bella tuvo el segundo orgasmo. Fue lo más difícil que recordaba haber hecho. Sabía, tenía conocimiento de que la primera vez era extremadamente dura, en la mayoría de los casos, pero nunca lo había vivido en carne propia. Porque no había dejado sus días de inactividad sexual atrás con una muchacha virgen.

No había habido una novia amorosa con la cual vivir aquella experiencia. Sólo una experimentada amante, con la que había gozado una noche entera. Sólo gozado.

La trató con máximo cuidado, moviéndose lentamente contra aquél punto de gran concentración de nervios, enfocándose en él, tocándolo siempre, hasta que sintió los dedos de Bella aprisionar la piel de su espalda, y un jadeo ahogado contra su cuello.

Y entonces, finalmente, dejó que el orgasmo retenido inundara sus terminaciones nerviosas.

Se recostó sobre ella, soltando una gran cantidad de aire. Procuró retirar su miembro con suavidad y ternura, sintiendo la respiración errática de Bella.

Ella suspiró al sentirse libre de la sensación asfixiante entre sus piernas.

— Lo lamento.

— Shh. Sabía que iba a pasar esto. No tienes por qué culparte, Edward, aunque si tu, ya sabes, fuera más pequeño…

Después soltó una gran, gran risotada.

Ya no quedaba lugar para la vergüenza, después de todo lo que había sucedido entre ellos.

Edward resopló, aún no relajado del todo. Bella rodó los ojos y se dispuso a tratar de convencerlo nuevamente.

— Sí que eres cabezota. Te aseguro que nadie habría sido tan gentil como tú, Edward… nadie… bueno, nadie me habría provocado dos… — titubeó, sonrojándose — ¡Ah, ya sabes a qué me refiero! — chilló tapándose el rostro con las manos. Soltó un quejido cuando se golpeó con el yeso y Edward maldijo en voz alta, sentándose en la cama.

— Eres tan descuidada — gruñó observando su pequeña nariz. Se aseguró de que no tuviera nada y se fue al baño — espera ahí mismo.

Ella bufó en respuesta.

¿Dónde más iba a estar sino ahí?

Sonrió, cautivada ante la visión de la ancha espalda de Edward, y de su pequeño pero trabajado trasero. Desapareció tras una puerta y no pasó ni un minuto cuando volvió sonriendo ladinamente.

— No llevas ropa — Bella rió. El calor en sus mejillas no la abandonaba en ningún momento.

Siguió con su escrutinio, hasta que él llegó al borde de la cama. Se acercó a Edward, dándose cuenta de que ya no llevaba condón.

De repente, inesperadamente, sin darse cuenta ni ella misma, alzó una mano y la depositó en su pene.

— Vaya.

Él frunció el ceño, observándola con diversión.

— Ése es el órgano reproductor de los hombres — aclaró con un deje de burla.

— Está… laxo.

— Y si sigues moviendo tu mano así ya no lo estará, Bella — dijo entre dientes, subiendo a la cama, alejando cualquier parte de ella de su masculinidad — Tu curiosidad es peligrosa.

Ella sonrió con felicidad, obviando el dolor allá abajo, lanzándose a sus brazos.

— Aún no consigo entender la facilidad con la que estoy contigo.

Edward esbozó una amplia sonrisa, besando su frente. Atrajo su pequeño cuerpo hacia él y envolvió sus brazos en ella, dejando sus pechos completamente adheridos.

No halló palabras para describir la sensación de su piel contra la de Bella. La calidez que emanaba de su cuerpo parecía llegar hasta lo más adentro del suyo. Se estremeció de dicha, hasta que el gritillo de Bella lo sobresaltó, haciendo que su corazón latiera con más rapidez.

— ¿Qué? ¡¿Qué?

Ella no contestó, sólo asió las sábanas con más fuerza, cubriéndose hasta el cuello. Edward frunció el ceño, tratando de averiguar lo que la inquietaba.

Captó un milimétrico movimiento de su cabeza y el desvío de sus ojos más abajo de la sábana, y quedó aún más confundido.

La agonía de su mirada lo aterró.

— ¡Bella! ¡Dime qué ocurre! — rogó, acariciando una de sus mejillas.

— La s-sangre… — dijo en un murmullo, volviendo a desviar su mirada hacia abajo por un segundo.

Edward respiró, negando con la cabeza.

— Suelta la sábana, Bella — dijo la tercera vez en que intentó quitarle la tela de sus puños. Oyó el gemido suplicante de ella e ignorándolo, le quitó la sábana de una vez por todas.

Luego de otra discusión por hacer que ella abriera las piernas, finalmente el diagnóstico fue de lo más satisfactorio.

— Sólo hace falta un baño— aseveró pensativamente y con una mirada de perversidad, la agarró con fuerza de acero y la llevó hasta el jacuzzi de su baño.

Pasó una larga hora hasta que decidieron que el momento de asearse había acabado. Estaban vistiéndose cuando Edward tapó la boca de Bella, haciéndola callar con un suave 'shh'. Apuntó a su oído, en un claro intento de hacerla escuchar.

— Alice — susurró, abriendo la puerta de su habitación.

¡Contéstame! ¡Maldito Edward! ¡Eres el peor hermano de la historia! ¿Bella? ¡Sé que están juntos! ¡Aunque no sé por qué! ¡Y quiero saberlo! ¡Ahora! ¡Los odio! ¿Oyen eso? ¿Uh? ¡Es mi Porsche! ¡VOY EN CAMINO!

Luego de los berreos de Alice desde el teléfono, Bella casi sufre un desmayo por el sofocamiento que le provocó la risa. Y Edward la sermoneó por ello.

— Llegará en media hora. Voy a arreglar la pieza ¿Vienes?

Asintió, siguiéndolo de cerca.

Luego de la mini pelea, ya que Bella no quería darle las sábanas a Edward, quería asegurarse de que quedaran listas en la lavadora, tendieron unas limpias sobre el colchón y se recostaron en el sofá de la sala.

Hablaron por unos minutos, mientras Edward pasaba su mano vagamente por el cabello de Bella y ella acariciaba su mandíbula.

— Respira más fuerte —dijo con una risita.

Volvió a reír cuando se elevó sobre el cuerpo de Edward, mientras él juntaba más aire en los pulmones.


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Rosalie.

Comprarme unos nuevos zapatos. Y una cartera. Que sean dos. O mejor tres carteras y tres pares de zapatos. Y aretes.

¡Wo! No olvides los vestidos ¡Dios, Rosalie! ¿Cómo puedes olvidar los vestidos?

Agregué los vestidos a la lista de las cosas que me hacían falta y cuando estaba por escribir ropa interior, sonó el teléfono, sobresaltándome por completo.

Oprimí, hablé y oprimí sin prestar mucha atención. Sólo la suficiente para saber que ya había llegado el próximo paciente.

Metí el cuadernillo en el cajón de mi escritorio y me paré hasta llegar a la puerta. La abrí con parsimonia y pude ver a un hombre caminando hacia mí.

Comencé a sentir calor en todo mi cuerpo y estuve a punto de abanicarme el rostro con la mano.

¡Contrólate por todo lo santo!

Ya han pasado siete meses…

¡Rosalie Hale!

Fruncí los labios al darme cuenta de que estaba contestándome a mí misma como una demente. Esperaba no llegar a la demencia cuando envejeciera. ¡No podía estar comenzando ya!

Debe ser aquel individuo el culpable. Sí… murmuré en respuesta, casi abofeteándome por aquello.

…Y casi me atraganto al darme cuenta de que él era mi paciente.

¡No-puede-ser!

P-pero… p-pero…

Después de haber creído que iba para algún otro lado, me sentí una estúpida. Porque la planta entera era de urología y andrología… ¿Qué otra cosa iba a estar haciendo aquí?

— Buenos días, doctora Hale.

¡Y la voz!

Con ese tono ronco y bajo. Con ese matiz en las palabras exactas; doctora Hale.

¡Alguien debe amarme mucho!

— Buenos días, señor…

Emmett McCarty.

¿Sería una exageración si dijera que su nombre pronunciado por aquella voz casi me provocó un orgasmo?

No. No era una exageración.

— Adelante, señor McCarty.

Sonreí para mis adentros. Ahora era cuando él debía decir...

— Sólo Emmett.

Observé, embobada, su boca y la hilera de blancos dientes, hasta que desapareció de mi vista.

Observé a ambos lados de la puerta, como si estuviera cometiendo un crimen y la cerré rápidamente, turbada ante mi actuar.

— ¿Ocurre algo malo, doctora Hale?

El hombre me miraba con una sonrisa educada desde su posición.

Carraspeé con evidente vergüenza. Mi comportamiento…

¡Jamás antes me había comportado así frente a un hombre!

Las cosas, generalmente, eran al contrario.

— No, para nada. Asiento, Emmett — indiqué el amplio sofá en la esquina de la sala y caminé, inspirando y espirando disimuladamente, hasta mi escritorio.

Me senté y al hacerlo me envolvió la calma que usualmente me caracterizaba.

Tan sólo era un hombre.

Uno muy bueno. Uno con músculos… trabajados. Y con cabello rizado.

Sabes que te encanta el cabello rizado en los hombres, Rose.

Y sus músculos son grandes. Observa aquellos hombros…

Si pareciera que también los dedos estuvieran ejercitados.

— Bueno. Puedes comenzar por contarme qué te trajo hasta aquí, Emmett.

Comencé a sentir extrañeza cuando ya había pasado un minuto en el que no había dicho una sola palabra.

— ¿Emmett?

La primera sospecha fue que estaba muy avergonzado por el problema que lo aquejaba.

Él continuaba en silencio, escrutándome muy seriamente.

Normalmente los pacientes se sonrojaban en extremo, sudaban, se movían incontrolablemente, hasta que les sonsacaba lo que necesitaba para el diagnóstico final.

Yo era la persona más comprensiva del mundo. Bueno, no para tanto, pero nunca me había parecido algo de risa los problemas de ellos. Por eso tenía una buena reputación y recibía tantos pacientes al día, aunque avergonzados, dispuestos a contarme sus problemas.

Aquel hombre no parecía dispuesto a cooperar.

— Señor McCarty…

— Emmett.

Su corrección me perturbó nuevamente. El tono de voz era realmente peligroso. Pasé una pierna sobre la otra, apretándolas fuertemente de un modo en que él no se diera cuenta.

Pude apreciar su leve sonrisa.

¡Rayos!

Me removí inquieta pensando en que se había dado cuenta de mi incomodidad.

Bufé internamente.

Los hombres no provocaban aquello en mí. Por muy buenos que estuvieran. Me estaba irritando realmente conmigo misma.

Me esforcé en mostrarle una sonrisa educada, ya que aún pensaba que su problema le hacía sentir vergüenza y por eso no hablaba.

— Emmett — pronuncié poniendo énfasis en la palabra — Supongo que viniste hasta mí porque conoces lo que todos dicen; no siento la necesidad de reírme de mis pacientes… Ya ves, ahora puedes decirme algo como… ¿Qué te trajo hasta aquí?

Junté los dientes esperando a que respondiera de una buena vez. Emmett se removió en el sofá llevando una mano hasta su cuello, rascándose levemente la zona.

Bingo. Pensé. Porque de verdad creí que iba a hablar, pero eso no sucedió…

¿Cual podía ser su problema?

¿Eyaculación precoz? Casi todos venían por eso… Descarté la idea. Con ese cuerpo, Dios… las inseguridades estaban demás. La mayoría de ellos tenía aquel problema por la inseguridad.

Emmett destilaba seguridad por cada poro de su jodido varonil cuerpo.

¿Pene pequeño? Me pegaría un tiro si era por eso. Adiós hombre perfecto.

¿Pene gigante? Que me manden al infierno si no rogué porque fuera aquello.

Pervertida.

— ¿Pretendes que adivine? — Pregunté media enojada cuando aquella vocecilla que me contestaba en mi cabeza me dijo que seguramente no tenía el pene gigante — Tengo una lista de al menos treinta problemas comunes, espera y la saco.

— No. No es realmente necesario.

Volví a mi asiento, satisfecha.

— ¿Entonces me dirás qué tienes?

— Temo que se enoje, doctora Hale — admitió, bajando el rostro, pero sin un ápice de remordimiento. Más bien, sólo tenía una marcada sonrisa seductora y sugerente.

— Dime Rosalie. Y no veo el motivo por el cual me enojaría — agregué, sin quitar los ojos de su brazo izquierdo, el que apoyó en el sofá provocando la contracción de aquel bestial bíceps.

— Te enojarías, Rosalie…

Uff. Inspira, espira. Inspira, espira.

¡Di mi nombre otra vez!

¡Cálmate!

¡No puedo! ¿No escuchaste esa voz? ¿ESA VOZ? ¿DICIENDO TU NOMBRE?

—… Si supieras que no tengo ningún problema.

Me quedé estupefacta. Y un poco irritada por aquella manía de contestarme a mí misma.

Si supiera la gente…

— ¿Podrías ser más específico? — apoyé las manos en el escritorio, cruzando los dedos. Aguardando a que volviera a mover esos sensuales labios…

— Bueno… — Se irguió completamente, después de estar repantigado en el sofá y apoyó los codos sobre sus piernas abiertas, dejando ambas manos en el medio.

Otra vez volvió el impulso de abanicarme el rostro con una mano.

— Hace un mes aproximadamente, tuve una reunión con el jefe del área de neurología y neurocirugía para un puesto de trabajo y te vi — sonrió, achicando los ojos. Sus labios de contrajeron hacia el lado derecho, haciendo su boca más pequeña y sus labios más carnosos — Le saqué información a una enfermera y me dijo todo cuanto sabía sobre ti.

Me quedé más estupefacta que antes. Y más confundida.

— Sólo quería invitarte a comer.

¡Pero bueno! Eso habría bastado.

No sabía qué decir después de su breve relato. Él continuaba sonriendo sin sentirse ni amedrentado ni avergonzado ni ¡Nada!

Podía palpar en el aire la confianza que destilaba. Se sabía un jodido ardiente y atractivo hombre. Casi podía asegurar que nunca nadie lo había rechazado.

¿Y por qué debía hacerlo yo?

Tal vez, porque su expresión, su corpulencia, todo él podía ser entendido en una sola palabra; mujeriego.

Y entonces, cuando ya habían pasado minutos, se puso de pie.

Lentamente.

Pasando su mano por los rizos de su cabeza, arreglando su camisa levemente.

Lo observé, con la boca cerrada, gracias a Dios, desde la cabeza a los pies.

Mi mirada se quedó anclada en la porción de su pecho que quedaba a la vista.

Y entonces sí que me abaniqué el rostro con una mano, cuando imaginé ese pecho blanco y a simple vista, suave, acariciando el mío con vigorosidad.

Estoy segura de que se llevó una sorpresa ante mi gesto, aunque no soy capaz de afirmarlo con certeza ya que se acercó a mí, presuroso y quedé entre el escritorio y él.

Estampó, literalmente, su boca contra la mía, mientras que una de sus manos acariciaba la pierna que, sin mi permiso, se acomodó en su cadera.

Podía sentir su oblicuo…

— ¿Y bien? Estábamos hablando de una invitación a comer… — su voz sofocada y jadeante desde mi oreja hizo vibrar los nervios de todo mi cuerpo.

— Lo que sea con tal de que me digas el problema que te trajo aquí — dije con perversidad y después, sin poder resistirme, mordí la carne de su cuello luego de haber dejado una marca roja por el chupón recién hecho.

— Claro, si es que se considera un problema el querer poseer a una mujer una y otra vez.

— Sería un problema serio si fueran muchas mujeres. Un problema muy serio — argumenté entre jadeos, sintiendo su mano colarse con destreza por debajo de la falda.

Qué bueno que me depilé ayer.

Me besó de una forma salvaje y me sentí desfallecer cuando comenzó a penetrarme sin detenerse, segundo tras segundo.

No recordaba tanta rapidez en alguien, murmuró mi conciencia.

El escritorio se tambaleaba con ritmo mientras trataba de aplacar mis gemidos contra el hombro de Emmett.

En un momento de lucidez, me alejé de él con fuerza y con la misma rapidez le quité la camisa.

Solté un gruñido femenino entre dientes cuando me di cuenta de que llevaba una sudadera. Se la quité y al fin pude deleitarme con sus músculos de acero que se contraían para mí. Pasé las manos por ellos y Emmett volvió a pegarse a mí, continuando nuestro vigoroso vaivén.


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Alice.

Algo me parecía extremadamente extrañísimo.

¡Se suponía que la libertad era un derecho en la universidad!

Al menos eso fue lo que pensé cuando entré. El director gordo se encargó de hacerme saber que lo que yo pensaba no era completamente cierto.

Me enfurruñé como niña pequeña cuando no me dejó ir con Bella, mi nueva amiga, hasta el hospital.

Hasta pensé que tal vez podría molestar a Edward un rato.

Mis planes a futuro se derrumbaron como mi casa de barbies cuando tenía trece, cuando el entrometido de Edward me dijo que ya estaba grande para jugar con ellas.

De todas formas me fue imposible salir y tuve que aguantar las clases que me quedaban y aún así no saber nada del brazo de mi mejor nueva amiga, Bella.

Pobrecilla. Aunque me reí al principio cuando se cayó de bruces al suelo… me sentí fatal cuando supe que seguramente tenía roto algún hueso.

Por eso mi risa se apagó tan rápido como vino, fue casi caricaturesco, verme desternillarme de la risa por dos segundos y al próximo estar tan seria como jamás lo había estado.

Pero todo eso no me parecía extremadamente extrañísimo. Lo que sí me parecía extraño era haber escuchado, con bastante certeza, la voz de mi increíblemente adorable hermano, ja-ja, en el teléfono de Bella.

La llamé bastante preocupada, como una mejor nueva amiga debería hacer, para saber cómo estaba su muñeca.

¡Y con qué sorpresa que me encuentro!

La risotada de Cullen. Esa que odiaba. Esa que usaba cuando sentía pena, y no sé por qué, de alguna de mis amigas, cuando les decía que fuéramos al centro comercial. Todas las chicas deberían amar el shoping.

Después el móvil se cortó.

Para qué decir que quedé tiesa y en total incertidumbre.

¿Acaso se conocían y Bella no me había contado?

Aunque… no lo había mencionado en ninguna de mis conversaciones con ella, según recordaba…

Ese pensamiento no me quitaba esas consumibles ansias de saber todo, todo.

Quería saber todos los detalles acerca de 'Bella conoce a Edward'.

Porque, estaba segura, no era solamente, un conocimiento de pasar por el lado y decir 'hola'.

¡No! Porque Edward no se reía con esa familiaridad ante extraños o semi-conocidos.

Y como yo soy tan lista, también me di cuenta de que mi hermano tenía un serio problema con la edad entre las personas, una estupidez según yo.

Por eso jamás lo vi con una novia mucho menor que él. Y Bella tenía un año más que yo que tengo veintiuno.

Entonces era aún más improbable que se relacionara con Bella, era muy joven para él.

¡¿Entonces qué diablos estaba pasando en el mundo?

Me arreglé bien los lentes de sol, aunque no había sol, pero me hacían ver bien, y caminé sumergida en mis pensamientos hasta el porsche aparcado bajo la sombra de un árbol en el aparcamiento de la universidad.

¿Era posible que ellos dos…? Mi intuición femenina me gritaba que sí, pero mi raciocinio argumentaba todo lo contrario, tomando en cuenta la personalidad de mí jodido hermano y la de Bella, eran en extremo distintas.

Iba en eso cuando se me dobló un tobillo y para no terminar con la ropa sucia mis manos terminaron en el primer carro que encontré. Comenzó a sonar de una forma escandalosa haciendo que me alejara al instante.

Me reí como una loca por un par de segundos aunque aquella risa se fue apagando lentamente cuando lo hizo la alarma del coche.

Se me agolpó el calor en el rostro porque los estudiantes que pasaban también se rieron al oír mi risa sin ser opacada por la alarma que estaba en silencio por fin.

Observé hacia atrás, desde donde provino el sonido característico que apagaba las alarmas de los carros y pude ver al hombre que caminaba hacia mí, con la mano levemente alzada apuntando hacia el coche con la llave.

Mi boca terminó de cerrarse cuando me percaté del gesto reservado que traía en su rostro.

Me dio la impresión de que era bastante más viejo que yo, aunque sus rasgos a simple vista lucían suaves y el cabello rubio lo traía largo y medio ondulado.

—Lo siento… yo… — chillé cuando me di cuenta de que seguía ahí mismo sin mover ni un músculo.

Mi voz se vio perturbada al cerrarse mi garganta, lo que provocó un sonido extraño. Fruncí el ceño al ver mi extraño comportamiento, jamás me veía amedrentada por otras personas. Era tan extrovertida que a veces llegaba a dar miedo.

Por eso me quise acuchillar a mí misma, con vergüenza.

—No hay problema — me cerebro capturó débilmente la voz del rubio, seguía empecinado en acuchillarme por avergonzarme frente al tipo ese — ten, se te cayeron éstos.

Bajé la cabeza y vi mis lentes de sol en su mano.

— ¿Estás bien? — Asentí vagamente, aún en una nebulosa — no te golpeaste — afirmó cuando vio mi gesto.

— ¿¡Viste aquello! —

Chillé nuevamente, haciendo alusión a mi patética casi caída. Lancé una maldición al aire. Y no fue precisamente porque la hubiera visto, sino porque a menudo me importaba nada lo que la gente pensara de mí. Estoy segura de que si hubiera sido un nerd el dueño del auto no me habría estado comportando como lo hacía.

Él atinó a sonreír, dejándome ver sus amplios dientes blancos.

Le recibí los lentes, acercándome un poco y fue cuando pude ver una pequeña inscripción anclada en la camisa celeste pálida que llevaba.

— ¿Eres doctor? — pregunté con cierto temor, alejándome cada vez más — ¡¿Trabajas en el hospital presbiteriano? — exclamé aún más cuando él asintió.

Los pensamientos se sucedieron uno tras otro, mientras continuaba alejándome de él, y llegué a una sola conclusión: Conocía a mi grandísimo hermano ¡Lógico! Trabajaban en el mismo jodido lugar.

Y aquella mirada del rubio, esa mirada de reconocimiento, me hizo voltear y correr hasta el porsche unos metros más allá. Me metí, y haciendo maniobras para no chocar a nadie, conduje hasta el departamento.

Fueron los ojos. Tenemos el mismo color de ojos.

Bufé, haciendo una recreación mental del momento en que el rubio de ojos azules le contaría a mi hermano mi estúpida reacción luego de mi vergonzoso choque contra su coche, que pensándolo bien, no debía estar ahí.

¡¿Qué hacía él ahí?

Desperté sin recordar lo del día anterior, porque me provocaba movimientos de estómago que odiaba.

Y lo primero que hice fue llamar a Edward. Por lo del rubio desconocido no había tenido tiempo de pensar en Bella.

Amenacé a ambos con llegar hasta el departamento de Edward la noche anterior y cuando desperté también lo hice.

Sospechaba y estaba un no venta por ciento segura de que estaban ahí, en el departamento de mi hermano. Seguramente era mi impecable intuición.

Así que eso fue lo primero que hice en la mañana, obviando que tenía clases en la universidad.

Me duché y comí con rapidez. Me subí al porsche y conduje a más de cien hasta donde vivía Edward.

Saludé al conserje y me metí en el ascensor con la expectación en cada uno de mis hidratados y exfoliados poros.

Llegué al quinceavo piso, maldita manía de Edward irse a vivir al piso quince, y aporreé la puerta con vigorosidad y excitación.

Estaba a punto de comenzar a gritar cuando la puerta se abrió y Edward me observó desde su altura con visible fastidio.

Me colé por debajo de su brazo sonriendo con bribonería. Él odiaba aquello.

— ¡Hey! — gruñó cerrando la puerta.

Escruté mí alrededor.

—Si la tienes escondida en algún lugar la encontraré, mal hermano.

—Eres una entrometida, Alice. Vete ya…

—La encontraré.

—Eres una insufrible. Vete.

— ¿Bajo la cama? No. No eres tan tonto. Entonces debe estar en la ducha. No. Eso sería aún más tonto.

— ¡Joder! No puedo descansar de ti ni cuando vas a la universidad. Esme se enterará de que faltas a clases.

—Oh, por Dios, Edward, no puedo creer que, peludo como eres ahora, sigas acusándome con mamá.

— Te arrastraría hacia la puerta, Alice, pero probablemente Bella me lo impediría, así que sólo me recostaré en el sofá a observarte.

— ¡Lo reconoces! ¡Dime dónde está, jodido puto!

—Enana insoportable.

—Grrr.

La carcajada de mi hermano no ayudó en nada a mi paciencia.

—Gruñir no es lo tuyo, Alice.

Me callé, ignorándolo cuando sentí el agua del baño. Me volteé con rapidez y vi la puerta de la habitación ser abierta.

Bella caminó con lentitud sin dejar de mirarme.

—Hola, Alice — saludó alegre, aunque noté su incomodidad de todas formas.

Entrecerré los ojos, mirándolos a ambos. Bella se situó al lado de mi hermano, como a veinte centímetros de él.

— ¡AJÁ! — Solté triunfante — ¡Par de sin vergüenzas! — El sonrojo de Bella me hizo convencerme de lo que estaba pensando — No sé cómo se conocieron pero me lo dirán, sí o sí. Los obligaré.

Edward me miró arrogante. Le saqué la lengua y estaba a punto de hablar nuevamente cuando sonó su móvil.

— ¿Jasper? Sí, más que bien, de hecho estoy excelente — Abrí la boca cuando él le guiñó un ojo a Bella y se alejó un poco para seguir hablando con el tal Jasper.

Me senté al lado de Bella en el sofá sin decir nada, observando su expresión y escuchando al zopenco de Edward hablar por teléfono.

— ¿Por qué preguntas? — Soltó una risotada — Sí, como uno cincuenta y de pelo negro y escandaloso — Fue ahí cuando dejé de prestarle atención a la vergüenza de Bella y miré a Edward que ahora sonreía malignamente, observándome de vez en cuando — ¿Es verdad eso? — volvió a reírse y colgó, luego de despedirle.

— ¿¡Qué fue todo eso! Parecía como si estuvieras hablando de mí — bufé, parándome, realmente extrañada.

—Jasper te manda saludos y dice que su coche no sufrió ningún daño con tu caída — me guiñó un ojo y luego se situó detrás de Bella, abrazándola por la cintura. Aquello se me olvidó al instante porque ahora tenía otra cosa en mente.

Apreté los puños pensando en el tal Jasper, en el rubio, en el de ojos azules.

¡Dior, Dolce and gabbana, Armani!

Joder, maldición, por la mierd—

¡Jamás pensé que le fuera con el chisme tan rápido!

—Es soltero, aunque la diferencia de edad me disgusta, hermanita.

— ¡Cállate! ¡Yo no tengo nada que ver con él! ¡Es un chismoso, además!

— ¿Avergonzada? — se burló con mojigatería.

Después de eso me fui, hiperventilada, luego de que Edward me confirmara que el maldito rubio estaba trabajando en ese momento.

¡No tenía el derecho para nada! ¡Sólo porque hubiera pensado que era atractivo y me hubiera dado un repentino ataque de introversión no tenía por qué llamar a Edward para decírselo!


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Dashian.