La chica de ojos verdes salió del restaurante. Gentilmente la mesera le aconsejó buscar hospedaje. Decidida y agradeciendo el gesto, tomó a su bebé, su bolso y pronto se ubicó en una posada cercana. Un sitio modesto y acogedor. El dueño del lugar, un hombre mayor, la instaló en una de las habitaciones. En lo profundo de su ser agradeció ese pequeño espacio de tiempo para poder atender sus necesidades. Después de tomar un baño, se cambió y se dispuso a hacer lo mismo con su bebé. La bañó en la bañera a temperatura tibia, la criatura en ningún momento se despertó. Llevaba la ropa que su padre mandó a hacer. Intuyendo que sería una niña, toda la ropa era rosada y estaba bordada con hilo de plata las iniciales de su apellido. En el borde de la tela e asomaba una "S". Vistió una de las finas prendas a la recién nacida y el hambre la despertó.

En tanto le ofrecía el pecho a su hija tarareaba un arrullo, ése mismo que su madre tanto le cantab de pequeña. Suspiró ante el recuerdo. Mientras alimentada a la bebé, se quedó profundamente dormida. Su joven madre no daba fe de la inocencia de la criatura.

― Regresaremos con tu abuelo, te lo prometo, mi pequeña Shai... ― dos toques firmes a la puerta de la habitación, interrumpieron. Con sigilo dejó a la niña sobre la cama y vió por la mirilla de la puerta. Era el dueño de aquel lugar. Entreabrió la puerta.― Si dígame, ¿sucede algo?

― Buenas noches jovencita, un joven preguntó por usted, sabe, no me dio buena espina, parecía desesperado y no creo que tenga buenas intenciones... Dice que usted huyó con su hija y quiere o quería, mejor dicho, subir a cerciorarse― el hombre mostraba gran nerviosismo

La chica intuyó de quien se trataba

― ¿Le dijo su nombre?

― Dijo llamarse Rafael

La mujer comenzó a sentir un mal presentimiento. ¿Qué demonios quería él? Su intuición no le mentía, seguramente él buscaba apartar a la bebe de ella, sólo por interés, vaya, era lo último que le faltaba. Suspiró y miró al hombre.

― No lo conozco, debe ser una equivocación.

― Disculpe, no quiero problemas, usted ha pagado por tres días de instancia, sólo puede quedarse ésta noche ― el temeroso dueño le extendió los euros que cubrían el pago por los días restantes. Sin más, el hombre se retiró y ella suspiró profundamente. Luego fue directo a su cama. Tomó la mano blanca pequeña de su hija y la besó con ternura.

― No podemos quedarnos, seguramente Rafael encontró una manera de obtener dinero contigo. No quiero ni pensar. ¿Por qué se atrevió?, eso no me da una buena corazonada. Mañana mismo nos largamos de aquí, por hoy, dormiremos y descansaremos― besó tiernamente a la nena. Miró su reloj de pulsera, marcaban casi las nueve de la noche.

Mañana siguiente

Caminó cerca de media hora, no conocía el lugar, a pesar de ello quiso alejarse, lo antes posible. El área parecía más despoblada y casi desértica conforme avanzaba. De pronto se sintió observada. Apresuró sus pasos. Pero al tomar un empedrado camino sintió un poco de paz, una brisa fresca la envolvió y su inseguridad se calmó. Suspiró y miro hacia atrás. Pero al volver la mirada hacia al frente, se topó con el último hombre el cual quería ver.

― ¿¡Rafael!? ― le había alcanzado y ahora obstruía su camino.

― Sara, no sé cómo has logrado llegar aquí, pero tampoco es como que me importe― la miró con esos ojos ambiciosos― dame la bebé, "alguien" me ha prometido riquezas si es que se la entrego― parecía desesperado y ansioso

― ¿¡Estás loco!? Por supuesto que no lo haré, eres ambicioso y un ser ruin. Olvídate de nosotras― la chica quiso continuar con su camino pero él se lo impidió

― No seas tonta, dámela, regresa con tu padre, continua con tu vida llena de lujos y limpia el nombre de tu familia.

― Eres un bastardo, Jamás haría algo como eso, lárgate y déjame en paz― soltó, mirando con desprecio.

Una ráfaga de aire, levantó los pétalos de las flores que adornaban el camino. La mujer, por instinto sujeto con fuerza a la bebé en sus brazos.

― Los extranjeros son bienvenidos, siempre y cuando no causen alboroto alguno― un suave voz y determinante, atrajo la mirada de ambos. Delante de ellos un hombre imponente impactó tanto a la chica como al hombre ― éste es el santuario de Athena, para poder descansar, son bienvenidos... ― el hombre que aparentaba juventud de un chico de treinta años, parecía esconder una sabiduría milenaria. Sus ropajes a la vista, parecieran a la de un alto jerarca. El cabello largo y verdoso como la vegetación llena de vida, le reconfortó a la mujer. Sintió paz a pesar de no poder mirarle el rostro completamente, dado que un yelmo cubría hasta su nariz.

― No queremos problemas y ya nos marchamos, ¿no es así, Sara? ― el hombre sujetó por un brazo a la joven oprimiéndolo en su agarre, para tratar de disuadir a la ojiverde. Pero esto no fue motivo para que ella se sintiera intimidada, al contrario de eso, el hombre frente a ella le transmitió quietud, igual que su padre. Apartó miedo alguno.

― ¡No! Yo no voy a ir contigo, suéltame, tu ambición es enfermiza. ― le miró a los ojos, decidida a escapar y no volver a ver a esa infamia de ser― Te creí cuando dijiste que me amabas, te entregué todo, ahora, como en ese entonces veo tristemente que dices la verdad... Adiós Rafael ― el hombre alto y con cabellera rubia la miró fijamente y al sentir su mirada, aflojó el agarre hasta soltarle. Y así como le había seguido pronto devolvió sus pasos y se perdió entre los árboles.

No había lugar para lamentarse, la chica lo sabía, así que en un gesto, inclinó su cabeza y fue en dirección contraria a Rafael.

― Estás en un lugar pacífico. Si no tienes a donde ir, puedes pasar el tiempo que desees en el santuario― aquella voz aterciopelada, le erizaba la piel y cortaba su andar, sólo para mirar al dueño de tanta serenidad.

― Perdón, no quiero ser una carga, gracias―lo miró por última vez y caminó. Fue entonces que se percató que se hallaba sola. El hombre casi se desvaneció. ¿A caso era un espejismo? No, era más que real.

Por cinco minutos siguió la vereda. Al final de ella, se encontraba una mujer de avanzada edad sentada sobre lo que parecían ruinas. Se abanicaba, con la mano para mitigar el calor. Con dificultad se levantó y fue a su encuentro.

― Niña, no es aconsejable que camines tanto. Podrías tener una hemorragia puesto que el camino es solo una pendiente. Ven, te llevaré a un lugar donde puedas descansar― no supo que fue, simplemente se dejó llevar por las dulces palabras. La mujer le quito a la bebé y la acunó en su pecho con gran ternura. El amplio busto de la mujer ofrecía tranquilidad a la niña.

― ¿Por qué se ofrece a ayudarme?, ¿no me conoce? ― la chica dubitativa, miró el gesto de la mujer de cabello largo y encanecido por el tiempo.

― No, no te conozco, pero sé que pasas por un momento muy alegre y triste a la vez. Sé que no eres de aquí, por tu acento, tu rostro me dice que no eres una simple mujercita, aquí encontraras lo que buscas. Anda vamos que es prudente que ésta hermosa bebé, no viaje más― sin decir más la mujer comenzó a subir. ¿Cómo negarse a la dulzura que la mujer desprendía? No existía forma, así que la siguió.

El lugar era extraño. Parecía que el tiempo hubiese retrocedido. Aquello era un lugar majestuoso y bello. Se preguntaba, que clase de gente era la que moraba ahí.

― Te quedarás cercas de las barracas de los santos femeninos. Tendrás tu espacio y lo que necesiten, tú y tu pequeña. Ven, está cerca la cabaña.

El lugar al que llegó era acogedor, dentro de la cabaña de madera y segmento, una cama, un baño y una ordenada cocina.

― ¿Qué es éste lugar? y ¿por qué tratan a gente extraña como yo, de ésta manera? - cuestionó asombrada por tanta atención

― Para ser un gesto de amor, no importa quién sea― respondió la anciana con una sonrisa maternal― por cierto, soy Anabel y el señor Shion tenía razón, eres una mujer valiente. Pide que lo disculpes, si es que te hubo importunado al desaparecer sin despedirse, espera lo comprendas, los aspirantes a caballeros dorados lo han traído muy ajetreado estos días, es cuestión de tiempo para que se acostumbren― la esmeralda mirada de la chica notó ignorancia.

― Mañana te explicaré con calma, por ahora descansa, atiende a tu recién nacida y come. Te veré por la tarde-

Templo principal.

― Y bien ¿cómo te fue con la chica? ― Shion miraba el atardecer menguar y la noche acrecentar. El cielo entonaba el azul y naranja.

― Bien.

― ¿Sólo bien? -

La mujer sonrió para sus adentros, el viejo ariano, le jugaba una treta.

― Estás muy preocupado por su bienestar. Casi creo que te está interesando, ¿por qué? ― la mujer ató el hilo con que bordaba aquella manta.

― Mañana bajaré a la choza de las amazonas a constatar lo que presiento.

― Es esa bebé la portadora de ofiuco, ¿o me equivoco? ― colocó las hilazas en una canasta y lo observó caminar en dirección de su escritorio.

― Esperemos que sí, Anabel ―suspiró.

―... ¿y, te preocupa?

― Hace días que siento un cosmos familiar... ― se llevó un dedo a la sien.

― Y te intranquiliza, ¿verdad?

― Sí, en efecto ― Shion tomó asiento y dejó el yelmo aún lado de su gran escritorio. Reposó sus brazos en gran la gran silla.

― ¿Quién es capaz de ponerte así?

―... Odyseus ―dijo por fin.

― Es imposible, el murió hace muchos años. Y aunque así fuera, no hay de qué preocuparse, según me contaste él era un santo médico y sólo vivió y murió por servir a la causa ― la mujer cruzó sus brazos su regazo.

Shion no quiso objetar en absoluto, tal vez y no significaba nada, quizá estaba confundido y pudiera ser que aquel cosmo emanaba de la criatura. Seguramente lo descubriría al día siguiente. Aunque eso era imposible, un caballero sólo podía desarrollar el cosmos en edad de uso de razón, sólo los dioses lo hacen en edad pequeña. Éste no era el caso.

― Realmente debes preocuparte por todos los niños que tienes aquí. Es complicado, cada uno tiene personalidades diferentes y su formación es relevante. Aún veo que batallas con algunos de ellos. Por ejemplo, ese niño italiano, parece frío y despiadado, no quisiera saber de qué es capaz, o el pequeño griego que recién llegó parece extrovertido, haz dejado al cuidado de Aioros a ese chiquillo y pones en sus manos una responsabilidad más a sabiendas que él tiene a su hermano para cuidar y entrenar. Milo está acostumbrado vivir con su familia ahora apartado de su madre y sus hermanas es obvio que aquí será todo un torbellino.

― Lo sé Anabel, no tienes que preocuparte, todo se cumplirá en tiempo y forma―Shion suspiró largamente.

La anciana se levantó y caminó hasta él― lo que de verdad debe preocuparte, es el gemelo mayor él tiene...

― ¿Cuál gemelo?, aquí solo está Saga y punto.

― Tal vez tú lo ocultes o finjas demencia pero sabemos que aquí han llegado esos gemelos, querer sólo que uno sea el portador de géminis es injusto y que tú has ocultado muy bien al menor, haciéndole saber a todos que es inexistente. Pero no es así. Advierto que nada bueno viene con ese par…

― Gracias por tu advertencia, Anabel, pero ya hablamos de esto, no hay nada malo con ellos― Shion sacó unos escritos del cajón del escritorio y comenzó a leer para tratar de ignorar los comentarios de la anciana.

― Sólo espero que yo ya no esté y no tenga que ver hecha realidad las tonterías que ésta boca dice. Te quiero como a un hijo... Lo sabes, ¿verdad? ― Shion le dedicó una mirada y regresó la vista al papel. La mujer dio media vuelta y salió de ahí.

― Yo también espero que no seas testigo de lo que viene. No soportaría verte sufrir. Todo está escrito. Madre― el lemuriano fue invadido por un sentimiento de amargura y continuó con su lectura.

NA: quiero agradecer infinitamente a mi bella beta, Éste trabajo es pensando en tí, haciendo honor a las bellas historias que sabes de antemano que me hacen llorar con lo hermoso que son. Gracias!

Agradecida con la aceptación de esta trama. Como saben los personajes son de sus autores. El avatar de la historia pertenece a mi querida amiga Danimel.