Era otoño en Indiana y el sol matinal aparecía poco a poco, surgiendo entre las semidesnudas capas de los árboles. Las aves despertaban, poco entusiasmadas gracias a la noche pasada. El frío había aparecido demasiado pronto y eso auguraba un crudo invierno, quizá el peor en décadas.
En el automóvil, lujoso aunque fuera de época, que circulaba trabajosamente por el accidentado camino, dos pasajeros intentaban desperezarse, sabiendo que su destino estaba cerca, posiblemente tras la última cima por escalar, un poco más allá del bosque de abetos que se alcanzaba a distinguir pese a la neblina.
Era aún muy temprano, supuso Dorothy, bostezando. Instintivamente, como cada día nada más despertar, su mirada se dirigió hacia William, que ahora permanecía en un resentido silencio, mirando distraídamente por la estrecha ventanilla. No dudó que hubiera permanecido despierto gran parte de la noche. Él era así: reservado, frío y tremendamente reflexivo. Poseía un sentido innato de supervivencia que siempre le advertía cuándo y porqué debía estar alerta.
Y no ponía en duda que las alarmas internas del muchacho rezumbaban en ese momento con descontrol inusitado, ensordeciendo sus aguzados instintos, demandándole escapar y al mismo tiempo impidiéndole hacerlo. Era como si la campiña entera le llamara. Sí, Dorothy casi podía escuchar el cántico de bienvenida que Lakewood entonaba esa mañana para recibir a otro de sus hijos. Las voces místicas de las colinas donde había sido concebido, llenando su alma con una ensordecedora cacofonía que le aterraba y emocionaba por igual.
Candice había dicho, alguna vez, mientras acariciaba distraídamente el lugar sagrado donde se gestaba el heredero del imperio Ardley, que todos ellos llevaban Lakewood impreso en cada parte de su ser. Luego, había reído al ver su expresión confundida y procedido a corregir; pues en realidad más que Lakewood era un sentido de permanencia y perenne relación con la tierra. Al verla aún más embrollada, su risa había incrementado de volumen y, transcurridos interminables momentos de gozo, cuando por fin consiguió calmarse, terminó diciendo aquellas frases que Dorothy había decidido considerar una bendición de ahí en adelante: "Los Ardley aman más que a nada aquello que es singular y que les cuesta conquistar...y una vez que aman pueden pagar el precio que sea para mantener junto a sí lo amado".
Dorothy había creído firmemente aquello. Y también había sabido en lo profundo de su alma que Candice siempre sería una auténtica Ardley.
Sin importar cuanto dijeran algunos de los miembros de la familia más quisquillosos, Candice era más Ardley que ninguno. Lo era por partida triple: porque amaba lo singular y difícil de conquistar, porque ella misma era una singularmente difícil conquista y, lo más importante, porque había sido amada por alguien singular que era difícilmente conquistable y que le amó por ser precisamente así: un Ardley. El más importante entre ellos.
Sí: Candice había conservado a quien amaba pagando un precio irracional, como toda una Ardley. Y lo había pagado gustosa, céntimo a céntimo; sorprendiendo a propios y extraños, ganando y perdiendo amigos y enemigos por igual e indiscriminadamente. Lo ocurrido con ella era un vivo testimonio de los desconocidos poderes de la voluntad. La perplejidad se mezcló con la vergüenza en los corazones más sinceros al comprender que ninguno de ellos había nunca alcanzado semejantes cotas de autenticidad. El linaje sanguíneo pasó a segundo plano ante la grandeza de un alma indómita e inquebrantable y pronto el orgullo inútil se trocó en humildad, alterando vidas y destinos.
Muy lejos quedaron los días en que era Candice una chica despreocupadamente feliz, y vinieron días de confusión y certeza, de dichas y llantos, mezclados tan perfectamente que la felicidad nunca se fue, aunque tampoco se quedó. El tiempo pasó, dejando su huella y también un tributo de amor para la joven huérfana que había trocado los rancios y agrietados cimientos Ardley en una fuerza volátil y cambiante, controlada tan sólo por una única convicción: su capacidad para conservar cuanto se ama, sin importar el precio a pagar.
A pesar de su dolor, que se acrecentaba conforme se acercaban a su destino, a medida que la nueva realidad de una de las familias más distinguidas de la región iba tomando forma en su mente. Dorothy sonrió de verdad. En su corazón se expandió el calor familiar del aprecio que había llegado a sentir, de forma especial, por aquélla niña de espíritu indomable y tierno corazón que una lejana mañana primaveral entró cual travieso e inesperado tornado en las vidas de aquella rancia familia, para convertirse en la razón y sentimiento que, durante tres décadas, condujeron la barca de los Ardley, por entre nubes y tormentas, al puerto seguro de una nueva era.
Dorothy miró a la lejanía, conjurando la visión que conservaba de aquella mansión, un cuadro que había permanecido demasiados años en su mente. No tenía al alcance una imagen actual, ya que aún Lakewood no podía distinguirse. Cerró los ojos y aparecieron las rosas, las verjas de hierro forjado y los cristales brillando al sol. Su memoria, tan elogiada como útil para los Ardley, evocó el recuerdo más perfecto y hermoso que conservaba: a William y Candice en el balcón central de la mansión, aquel lejano día de noviembre, hacía casi tres décadas. Justo cuando, formada entre las doncellas, escuchó por primera vez aquel mote tan convenientemente asignado por madame Aloy a la finada señora Ardley: El capricho de William.
Dorothy sonrió aún más ampliamente, sin poder evitarlo, puesto que nada definía mejor a Candice que aquel sustantivo. Candice era volátil, un espíritu inquieto, intenso, que sólo encontró su propio reflejo en el alma del heredero Ardley, a quien había subyugado desde el mismísimo instante en que se conocieron. Dorothy aún tenía presentes cada uno de los rumores que circularon sin piedad entre los miembros de la familia respecto a su unión. Los mayores coincidieron siempre de pleno con la definición de madame Aloy, aunque muchos de ellos, sobre todo los varones, se limitaron a sonreír entre dientes y a mover la cabeza con incredulidad y una secreta satisfacción por la invaluable adquisición de su líder moral: habían temido que Aloy dispusiera un matrimonio muy diferente para Sir William y agradecieron, desde el fondo de sus nostálgicos corazones escoceses, la aparición de Candice. Podía ser un capricho, solían decir, secundando la broma del propio William; pero… un capricho que ostentaba pecas en la nariz, valía una tonelada en oro por cada una de ellas.
