Al amparo de la noche
Capítulo 02 — El hacha de guerra
— Soy Antonio. —le dijo, para que supiera cómo podía llamarle en caso de querer hacerlo.
— Yo Robert. —respondió antes de que se apartara.
Hizo un gesto con la cabeza, una especie de reverencia, expresando que era un honor conocerle. Así fue como Antonio, en un momento de delirio, dejando que su cerebro, claramente inoperativo, tomara las riendas de la situación, se marchó a dar una vuelta por Venecia de la mano de un hombre que decía llamarse Robert. Pasaron por calles más tranquilas, pero siempre terminaban desembocando a alguna pequeña plaza, decorada con banderines y repleta de gente comiendo, bebiendo o bailando. La festividad, que ya se prolongaba desde hacía meses, era entonces el alma de Venecia y se había ido convirtiendo cada vez más en la manera de huir al anonimato.
No habló mucho con Robert, puesto que temía que se diera cuenta de que no podían establecer una conversación decente. Sorprendentemente, con ese hombre no le hacían falta demasiadas palabras para poderse entender. Con gestos, con un simple toque en el hombro, con un murmullo o con la manera en la que sus cejas se arrugaban, podían saber qué era lo que el otro quería. El hombre adquirió bebidas para ambos, le invitó a pasear entre la gente y le señalaba cuando veía algo interesante. Las horas pronto pasaron, volando, y cuando quiso darse cuenta estaba bien entrada ya la madrugada. El hispano se sentía contento, tirando a borracho. En un rincón, alejados, sentados sobre un banco, Robert y Antonio miraban el ir y venir de gente y se entretenían con los juglares, que realizaban un espectáculo de fuego impresionante. Su brazo rozó con el de Robert y entonces dejó de prestarle atención a la gente. El hombre, a su vez, le devolvió la mirada y le sonrió, con cordialidad. Si le preguntaban, Antonio afirmaría una y otra vez que no entendía por qué ese varón le hacía actuar de esa manera que ni él mismo entendía. No comprendía por qué en ese momento, ahora que estaban el uno junto al otro, cerca, Antonio se vio irremediablemente atraído hacia ese rostro, hacia esos ojos claros que no le rehuían.
Se inclinó hacia él, sin pensarlo, sin mediar palabra alguna, y cuando sus labios estaban a punto de rozar los unos contra los otros, se detuvo. Seguramente el motivo era que estaba borracho, bastante, y ya no pensaba con la cabeza, si no con otra zona de su cuerpo. Claro, Robert había sido muy amable con él, así que estaba confundiendo la amabilidad de éste con otro tipo de comportamiento. Los ojos del hombre se habían abierto como platos al notar al español tan cerca, atónito. Sin embargo el contacto nunca llegó tener lugar porque Antonio retrocedió, arrepentido, y miró hacia otro lado.
No sabía cómo salir de la situación y agradecía que aquella máscara que Feliciano le había prestado le cubriera el rostro tan bien. Entonces pudo notar que algo le pinchaba suavemente el hombro derecho. Se dio la vuelta, para mirar a su acompañante, y la mano derecha de éste tomó su mentón, con suavidad, mirándole a los ojos. De repente, la tensión que habían vivido por un momento con un simple roce había regresado. El moreno se inclinó, lentamente, como un felino cuya intención era no asustar a su presa. Ladeó el rostro, con cuidado de que el choque de las máscaras no fuese a ser incómodo y, en última instancia, fuese a hacerles daño, y entonces presionó los labios contra los de Antonio, suavemente.
Aunque le veía borroso, le miró por un momento, asimilando que era Robert el que finalmente se había apoderado de sus labios, a pesar de que la intención inicial había sido única y exclusivamente suya. En dos segundos, había concluido que ese tipo sabía besar bien y que su boca tenía un gusto a alcohol que le agradaba. El contacto, lamentablemente, no duró demasiado. Aún así, Robert no puso tanta distancia entre ellos, mientras continuaba observando a su compañero español. Ahora era su turno, la hora de ver si aquel contacto le había disgustado o quería más. No había pasado ni un minuto cuando Antonio se inclinó sobre él parcialmente y juntó de nuevo sus labios. Tampoco fue durante mucho rato y supo qué era lo que pasaba cuando el de cabellos cortos se separó y miró alrededor, preocupado por el que dirían.
Era curioso pero, a pesar de que la homosexualidad públicamente estaba condenada, era bien acogida por la población en esa época. Nadie les había mirado durante demasiado rato. De repente sintió que la mano enguantada de Robert le asía la muñeca y le obligaba a levantarse. No le dijo nada, sólo dejó que le guiara por las calles hasta que, poco antes de cruzar un puente, le arrastró hacia un pequeño portal. Le empujó hasta hacer que su espalda chocara contra la pared de piedra y, con los brazos apoyados a los lados de su cuerpo, el moreno le observó fijamente. Echó un rápido vistazo alrededor y luego clavó los ojos en Antonio. ¿Era esa la manera que tenía de demostrarle que ahora estaban solos? ¿Es que se había dado cuenta de que temía que les vieran? Se dio cuenta de que sí, de que se trataba de eso mismo, porque de repente Robert estaba cerca de sus labios, rozándolos como provocación, buscando cualquier reacción por parte del hombre al que había acorralado contra la pared.
Las neuronas de Antonio se estaban apagando, una a una, lentamente, desde que le tenía tan cerca. Había química entre ellos y tenía conocimiento de aquel hecho desde que se habían visto hacía horas. ¿Para qué negar lo evidente durante más rato? Se movió hasta que sus labios estaban unidos, finalmente, pero fue un gesto que duró un momento. Le observó con una sonrisa prepotente, dándole a entender que estaba jugando a su mismo juego, que buscaba provocarle. En ese momento la fachada de Robert, aparentemente calmada, se vino abajo. Le apretó contra la pared, con las manos apoyadas en su cuello y parte de su mentón y le besó con pasión, con ansia inesperada. Antonio se apoyó contra la pared mejor, buscando estabilidad después de que le empujara con ese ímpetu. Tardó muy poco en besarle, en responder a cada movimiento. Podían oír la respiración del otro, más rápida, esforzándose en proporcionarle aire mientras seguían devorando sus bocas. Mientras, las manos de ambos recorrían el cuerpo del desconocido delante de ellos, intentando descubrirlo por debajo de las ropas.
El hispano entrecerró los ojos y suspiró al sentir el roce sobre su entrepierna, aún por encima de las telas. Fue ése el instante en el que supo que estaba peor de lo que había imaginado en un principio. Los movimientos de Robert eran bruscos, pasionales, como si tuviera prisa por continuar con lo que estaban haciendo. Daba la impresión de que temía que fuese a apartarse, arrepentido. Lo que no sabía él era que España hacía un rato que se estaba dejando dominar por sus instintos más bajos. Bajó la cabeza y aguantó un jadeo, tratando de hacerlo lo más silencioso posible, cuando la húmeda lengua del varón de cabellos negros recorrió directamente su miembro. Estiró la mano, para aferrar sus cabellos y empujarse contra él, necesitado, pero Robert le apresó las manos contra la pared y succionó, para castigarle. Al poco, Antonio estaba tan delirante por el placer, que ni lo intentaba, así que sus manos se dedicaron a otra parte de su cuerpo, con el mero objetivo de prepararle para lo que vendría a continuación.
Los pantalones terminaron por molestar a Robert así que le hizo quitarse una bota y sacarse una pernera del mismo. Con lo que había costado quitarle el calzado, con una sola sería más que suficiente. Alzó la pierna, torneada, morena comparada con su piel y la apostó contra su cintura. El rostro estaba apoyado contra el hueco entre su cuello y el hombro e iba repartiendo besos contra el mismo, mientras la cabeza de Antonio estaba alzada, mirando hacia el techo debajo del que se habían resguardado. La diferencia entre sus dígitos y el miembro era notable, así que cuando empezó a penetrarle, los dedos del hispano se apretaron contra aquella espalda desconocida, mientras Robert besaba su lóbulo, lo mordisqueaba, y le chistaba con un tono cariñoso, animándole seguramente a relajarse cuando no lo estaba.
Tras algunos minutos, Antonio no podía pensar en nada que no fuera en el placer, mientras ese hombre se adentraba en su cuerpo, repetidamente. Sí que le hizo caso cuando le chistó, porque se dio cuenta de que se escuchaban pasos no muy lejos de allí. Robert le ocultó, intentando que se viera lo menos posible de él. Con un poco de suerte, si les pillaban, pensarían que se estaba tirando a una mujer y les ignorarían. Aún así, ni por esas dejó de penetrarle, a un ritmo constante, que cuando se quedaron a solas aceleró. Le empujaba contra la pared, haciéndole chocar repetidamente, hasta que al final eso fue insuficiente, así que sujetó la pierna en el antebrazo, a la altura del codo y sus manos se aferraron a sus nalgas para así poder empujar su cintura con más precisión. Le escuchó gemir deliciosamente contra su oído, le notó contraerse alrededor de su miembro y poco le importó que se manchara la ropa cuando alcanzó su deseado orgasmo. Se observaron, respirando agitadamente, intentando adivinar un rostro que quedaba oculto por las máscaras, y nada más ocurrió.
Robert fue amable con él tras aquello: le ayudó a adecentarse y le acompañó hasta la plaza en la que se habían encontrado, que ahora estaba llena de borrachos echados por el suelo, durmiendo la mona. Los fuegos estaban apagados y la gente se había marchado a su casa o a otro lugar en el que proseguir con la fiesta. Tomó la mano del español y besó el dorso, gentil, mientras le observaba de reojo, con una sonrisa tenue que se le contagió a España.
Robert se incorporó, soltó su mano, se dio la vuelta y se perdió por las calles de Venecia. Él aún se quedó un par de minutos allí plantado, mirando el lugar por el que se había ido. Todavía se sentía un poco mareado por el alcohol, así que lo mejor sería empezar a intentar ubicarse para volver a la casa de Feliciano.
Sumido en una oscuridad profunda, una voz empezó a hacerse cada vez más fuerte. A medida que pasaba el rato se volvía más clara y finalmente la reconoció como la voz de Feliciano Vargas, la cual llamaba su nombre y le pedía que se despertara. La luz le cegó cuando abrió los ojos y, además, vino acompañada de un dolor de cabeza que le taladró toda la calavera. Tenía la boca seca y cuando se levantó para sentarse sobre el lecho, se dio cuenta de que además le dolía el trasero. Por un momento se sintió desorientado, casi como si hubiera estado durmiendo durante siglos y no supiera exactamente cuánto tiempo había estado sumido en ese letargo. Segundos después recordó la aventura que había tenido la noche anterior; la fiesta, el jolgorio y entonces Robert: su sonrisa, el paseo por Venecia, el sexo en la calle... Salió de su delirio cuando Italia, a su lado, le miró preocupado.
— Perdona, que aún estoy despertándome. ¿Qué es lo que me decías? —le preguntó Antonio.
— Te preguntaba si te encuentras bien. Has llegado bien entrada la madrugada, creo que has estado bebiendo, ¿no?
— ¿Cómo lo sabías?— inquirió sorprendido el español. Bueno, esa parte de volver a la casa no la recordaba realmente. Llegados a ese punto, sólo sabía que tenía ganas de llegar a dormir porque se sentía agotado.
— Bueno, tiraste sin querer una mesita que hay en la entrada y se te escuchó reír por lo bajo. Nos asustamos al principio pensando que podía ser algún ladrón.
Tuvo que reírse al imaginar una escena por el estilo. Le daba algo de vergüenza el pensar que el joven le hubiera visto en ese estado, pero tampoco es que pudiera hacer nada al respecto. Si iba y le decía que no debía seguir su ejemplo y que beber estaba mal, se iba a reír en su cara directamente. La conversación prosiguió, ligera, y le fue ayudando a despertar sus sentidos. Se enteró de que eran ya las dos de la tarde y le informó de que estaban esperándole para comer. Le pidió un par de minutos, suficientes para ponerse ropa medio decente y peinarse. El italiano le sonrió, asintió, concediéndoselos, y le dejó intimidad para que se arreglara.
La casa parecía diferente a la luz del día. Por las ventanas de la zona noreste, que a esas horas se encontraban abiertas, entraban los rayos del sol. Se engalanó con una sencilla camisa y un pantalón cómodo de color marrón. Feliciano le había prestado un calzado ligero, descubierto, para que sus pies pudieran descansar de las botas, que tanto calor producían en verano. Se notaba la hora que era porque entraba un aire húmedo y calentorro del exterior, provocado en su mayoría por el agua que se acumulaba en los canales. Bajó la escalera y una vez en el rellano tomó el pasillo de la derecha, que se alargaba hasta doblar la esquina. Al fondo del todo había una puerta grande, de madera rojiza, tras la cual se encontraba el comedor.
La estancia era una combinación de arte y mobiliario refinado. Las paredes estaban adornadas con cuadros de pintores famosos de la época y había pequeñas mesitas con jarrones de porcelana fina, los cuales contenían flores que daban vida al lugar. En el centro, bajo una lámpara de techo dorada que en ese momento se encontraba apagada, había la gran mesa rectangular de caoba, parcialmente cubierta por un mantel rojizo sobre el que descansaban los alimentos. Cada comensal tenía un tapete cuadrado del mismo color, en el que estaba su plato y los respectivos cubiertos al lado del mismo.
Feliciano estaba sentado al lado del hueco en el que se suponía que España debía ir. En frente del italiano, entretenido en desplegar la servilleta y colocársela en el regazo, estaba Francia, el cual no había levantado por ahora la mirada para recibir al recién llegado. Tampoco era algo que le quitara el sueño al español, el cual tomó asiento en su lugar e hizo lo mismo con la servilleta. Los ojos azules se despegaron del trozo de tela y observaron al español fijamente, percatándose de ciertos detalles. Cuando, presto, fue a servirse un vaso de agua, los labios del galo se entreabrieron.
— Ojeroso, fotosensible y sediento... Me parece que alguien bebió demasiado anoche, ¿me equivoco? —le comentó ligeramente divertido.
— No te incumbe. —replicó tajantemente Antonio.
La intención de Francia no había sido burlarse de él en ese momento, lo prometía, pero la respuesta le tocó la moral y se notó porque entrecerró los ojos un segundo, ofendido por la manera en que el de cabellos castaños y ojos verdes le había contestado. Por su parte, el español no tenía ganas de soportar nada que proviniera del francés. Si tenía ganas de reírse de alguien de buena mañana, que buscara a otra persona. Era innegable que había bebido. Es más, le conocía lo suficiente como para saberlo con sólo echarle un vistazo. Recalcar lo evidente, en ese momento, le parecía una manera de burlarse de él. No quería entrar en su juego, así que por eso mismo le había respondido frío.
Feliciano volvía a sentir el ambiente tenso y se maldecía a sí mismo por haber tenido aquella brillante idea. En su cabeza, había imaginado que realmente pensarían en la posibilidad de hablarse, de descubrir que sus diferencias no eran más que tonterías que podían pasar por alto. Lo que no esperaba era que los dos fueran tan tercos como para no dar su brazo a torcer y que fuesen a provocar ese tipo de situaciones. Le gustara o no, ahora le iba a tocar intentar salvar ese silencio tenso.
— ¿Y qué tal ayer el carnaval, España? Te tuvo que gustar mucho, ¿no? Llegaste tardísimo —dijo Feliciano con una sonrisa tensa. Le estaban sudando hasta las manos de los mismos nervios. No podía controlarlo, era irremediable cuando lo único que sonaba era el ruido del reloj.
— No te hagas ilusiones, Feli~ —añadió Francis antes de que España pudiera responder, con un tono divertido y esta vez burlón—. Seguramente iba tan borracho que, a pesar de intentar regresar pronto, se perdió y estuvo dando vueltas hasta que encontró la casa. ¿Qué? ¿A que no me equivoco? Tu orientación borracho es horrorosa.
— Sí, me lo pasé genial —contestó Antonio, mirando directamente a Feliciano. Por supuesto que había escuchado toda esa basura que había rezumado de la boca del francés, pero no iba a hacerle caso. Ojalá se atragantara con sus propias palabras y se ahogara—. Conocí a un hombre y estuvimos por ahí disfrutando del carnaval. Compañía grata, compañía muy grata de hecho.
— Vaya, qué bien... —murmuró tenso el italiano, pasando la vista de uno a otro. Francis se había quedado enfadado al ver que le habían ignorado. Además, por su expresión, podías saber que en cualquier momento contraatacaría para hacer notar su presencia a los demás. Al parecer no era el único que había notado aquello, puesto que antes de que le diera tiempo a decir nada más el hispano continuó hablando.
— Es de esa compañía de la que nunca te quieres separar, ¿sabes? —continuó España, con una sonrisa en el rostro—. Nada que ver con las viejas amistades que he tenido. Si lo comparamos, eso era pseudo-entretenimiento. Es un chico majo, agradable y caballeroso, nada que ver con la purria traidora con la que solía compartir mi tiempo.
La expresión de Francia se ensombrecía a cada frase que decía e Italia del norte observaba aquello con miedo. ¿Iban a empezar una pelea física? Porque como eso pasara, no iba a ser capaz de detenerles. Ellos eran prácticamente adultos y él, comparado con ambos, no era más que un niño. Iba a ser patético pero, si ocurría, tendría que llamar a la gente del servicio para que le echaran una mano. Los ojos azules helados seguían clavados en su vecino español, como si quisieran fulminarle. Bueno, si no le hubiese ofendido aquel comentario le hubiera sorprendido. Aunque no había ido dirigido hacia él, Feliciano había sentido dolor por un momento al escucharle decir aquello. Como el italiano no le prestaba ya atención, con la mirada dorada puesta en Francia, él mismo se vio obligado a observarle. Encontrar aquella expresión de rabia le produjo regocijo por dentro al saber que le había molestado de aquella manera.
— ¿Qué? ¿Qué te pasa? Las verdades duelen, lo sé. Aunque no sólo eso. Además fue el polvo perfecto: sabía dónde y cómo tocar. Deberías llamarle para que te enseñara, porque debes ir repartiendo decepciones a tus ocasionales ligues. Te lo digo por experiencia.
Era complicado que dejara llevarse por sus sentimientos de manera tan brutal, pero Francis mandó aquello a la porra después de esa última vejación. Se levantó de la silla, se inclinó hacia delante, sin importarle tirar un par de copas sobre el mantel, y con la mano derecha agarró el cuello de la camisa del hispano, obligándole a levantarse un poco si no quería que la tela le asfixiara levemente. Aún estando en esa situación, la sonrisa de Antonio no se difuminó y eso le produjo unas ganas terribles de golpearle en el rostro. Si el golpe hacía que le retumbara la cabeza durante horas, se sentiría satisfecho. Pero se había levantado parlanchín, al parecer, así que continuó hablando.
— ¿Qué? ¿Vas a golpearme o no? Aunque no creo que ése sea el mejor ejemplo que le puedas dar a Feliciano, ¿no? Mírale, le estás asustando con tu comportamiento bárbaro. Después te quejas de que yo soy el poco civilizado~
Los ojos azules miraron de soslayo al italiano. Ni siquiera se había dado cuenta de en qué momento se había levantado, pero seguramente había sido cuando había tirado de España. Tenía los brazos estirados hacia ello, pero no se atrevía a tocarles, por miedo a que eso provocara finalmente la pelea. En su rostro estaba escrito el horror, la preocupación que le invadía porque la trifulca estaba a punto de estallar. No le dejó un sabor agradable en la garganta el saber que estaba de esa manera porque él había actuado impulsivamente.
Aflojó los dedos y la tela de la camisa se resbaló entre sus dedos lentamente, permitiendo al español volver a sentarse sobre la silla. De un tirón, se atusó la ropa y regresó la atención al almuerzo. Apretó el puño, clavando sus dedos contra la palma de la mano, de ésa que había estado asiendo la prenda de vestir de su vecino, y le miró con frustración. A continuación observó a Feliciano que, aunque parecía más relajado, aún estaba preocupado. Le sonrió un poco, resignado.
— Lo siento, Feli, creo que ya he tenido suficiente comida por hoy —comentó el galo a desgana—. Así que, con tu permiso, me retiro a mi habitación.
Le hizo una sentida reverencia y entonces se dio la vuelta y se marchó. Justo cuando se quedaron a solas, Feliciano se acercó a Antonio, que había estado impasible hasta el momento, con cara de enfado. Era extraño ver ese tipo de emociones reflejadas en el rostro del joven italiano, así que España le miró sorprendido, con el tenedor a medio camino de su boca.
— ¡Eso ha sido horrible! —le reprochó—. Has sido muy cruel con Francia. Os he invitado para que intentéis que las cosas se relajen entre vosotros, no para que empecéis la guerra aquí. Así que te agradecería que no le atacaras verbal de esa manera. Para mí es terriblemente incómodo y me da miedo que paséis a los puños en cualquier momento.
— Lo siento... —murmuró, ligeramente apenado al escucharle decir aquello directamente—. Sé que no ha sido un comportamiento ejemplar, pero él ha empezado metiéndose conmigo por tener resaca. Es evidente que la tengo, no es necesario que lo recalque —se justificó.
— No sé si lo ha hecho con esa intención, España, pero hay que decir que tú has sido tremendamente cruel con él y que estabas buscando que se fuera a por ti, buscabas sacarle de sus casillas. Por favor, mientras estéis aquí intentad soportaros el uno al otro. Eso también se lo voy a decir a Francia. Me gustaría que dejarais de comportaros como chiquillos.
Le chocó bastante que precisamente alguien tan joven como Feliciano Vargas tuviera que pedirle que se comportaran como adultos. En ese momento se sintió avergonzado y terminó por asentir, para darle la certeza de que intentaría controlarse. El rencor que sentía hacia Francia era algo que costaba digerir, por eso mismo se le repetía hasta el punto de volverse desagradable.
No es que se lo pasara bien estando en la situación en la que estaba, pero sabía que estaba planeando algo, que en cualquier momento volvería a atacar. Ese Rey que tenía era la peor calamidad que había caído sobre Francia. Intentó decírselo en una ocasión, para que no se dejara influenciar hasta ese punto, pero lejos de comprenderlo y hacerle caso, el francés le había dicho ofendido que él no se metía con su Rey y que Francisco le iba a llevar muy lejos. En aquella ocasión había sido amable con el rubio, el amigo que consideraba entonces que era, pero había recibido un tratamiento muy frío por su parte que le había hecho daño. Claro que no había reconocido abiertamente que aquella respuesta le había hecho sentirse como si fuera víctima de una patada en la entrepierna; pretendió que estaba tranquilo y que no le importaba. No era asunto suyo, ¿verdad? Pues ya está.
Ojalá las cosas fueran tan sencillas como Feliciano pensaba, pero no era así. Para que volviesen a estar como antes, para empezar, sus reyes tendrían que llevarse bien y, para terminar, Francia debería dejar de ambicionar territorios que no le pertenecían. Pedirle aquello era como pedirle que dejara de ser tan presumido. Por ahora no veía una rápida resolución a ese conflicto, que se estaba prolongando. Tan mal estaban las relaciones que ni habían podido firmar la paz, estaban en una especie de tregua en la cual intentaban negociar, sin ganas.
Después de comer, lo mejor que pudo hacer fue tomar un baño. Estaba sudado de la noche anterior y había ciertas partes de su cuerpo manchadas de otras cosas que no eran sudor. Tan relajado se encontraba, aliviado momentáneamente de las contraindicaciones de una noche de alcohol sin control, que no se dio cuenta de que cada vez estaba más adormilado. Fue consciente cuando se despertó, un par de horas después, metido en una bañera con agua ya fría. Salió, se secó, se vistió y fue a ver qué era lo que Feliciano hacía, aburrido.
Por una parte, no le apetecía ir a buscarle porque no deseaba volverse a encontrar con el galo, pero por otra no le parecía educado pasarse el rato por ahí, ignorando la compañía del anfitrión. Sin embargo, la diosa fortuna estaba de su lado y encontró al menor de los Vargas pintando sobre una superficie que ya contaba con algunas capas de óleo. Se aproximó y estuvo admirando la habilidad del muchacho, la destreza con la que rozaba con el pincel sobre el lienzo. Tenía el conocimiento suficiente para que, con un trazo, supiera reflejar la luz a la perfección.
— Siempre me sorprende la facilidad con la que haces eso. Si yo me pusiera, seguro que el resultado sería muy pero que muy diferente.
— Supongo que es cuestión de práctica. Cada rato que tengo libre, aprovecho para ponerme a pintar —confesó el joven con una sonrisa resignada en el rostro—. A veces me dicen que pierdo demasiado el tiempo en este tipo de cosas.
— Déjame adivinar: Romano, ¿no? —le dijo después de reírse por un instante. Aquello se volvió a repetir cuando, como toda respuesta, el italiano asintió—. No se lo tengas en cuenta, creo que desearía pintar como tú. En el fondo te admira.
— Le cuesta expresar lo que siente, lo sé. Por eso mismo, cuando me dice esas cosas, no me las tomo a mal. Con él siempre ha sido así, desde que éramos pequeños —dijo con una sonrisa agradable, sin poder esconder el cariño que sentía por su hermano.
Cuando le escuchó decir aquello, se rió un poco. Era lo bueno de ese muchacho, que nunca se tomaba demasiado mal las cosas porque, al parecer, lograba leer a las personas pronto. Echó un vistazo alrededor, dejando que durante un rato Feliciano pudiera volverse a centrar en lo que estaba pintando. Las ganas de preguntar se le acumularon en el estómago e intentó de todas las maneras aguantar, resistir la tentación. Se mordió el labio inferior levemente, con los incisivos, pero ni aún así logró detenerse.
— ¿Dónde está el otro? —preguntó al final—. No le veo por aquí.
Aún habiéndole escuchado, el italiano prosiguió repartiendo la pintura sobre el lienzo. En serio que no comprendía esa manía que al parecer ambos tenían. Era como si pronunciar el nombre del otro les costara un esfuerzo monumental. Francis también lo hacía y usaba descriptivos como: el otro, el español estúpido, ése, el tipejo ése, etc. Así que, como estrategia, haría lo mismo que le había hecho al francés.
— ¿Qué otro? —dijo a su vez el italiano, haciéndose el despistado. Cuando quería, fingir se le daba de miedo.
— Ya sabes a quién me refiero... —murmuró entre dientes España, reticente a decir aquel nombre de esa persona que tanto le había decepcionado y enfadado.
— No, no sé a quién te refieres. Por eso te lo estoy preguntando —ladeó la mirada y puso su mejor expresión confundida. Viendo cómo Antonio hizo rodar los ojos, había sido lo suficientemente convincente.
— Estoy hablando de Francia, del franchute del demonio que se dedica a tomar lo que no es suyo. Pensaba que estaría por aquí, paseándose pomposo, con ganas de tocar las narices —dijo Antonio, intentando quitarle importancia al hecho de que estaba preguntando acerca de su vecino.
— Pues no le he visto desde que se ha marchado después de ese comentario tan cruel que le has dicho —aquella puñalada el español pudo sentirla en la nuca. De vez en cuando, Feliciano podía ser puñetero de manera adorable, lo cual era desconcertante. A fin de cuentas era como si estuviera probando de su propia medicina—. Deberías disculparte en cuanto le veas, España.
Abrió la boca y frunció el ceño, ofendido al escuchar aquello. Vale, lo admitía, no había sido el colmo de la amabilidad y el saber estar, pero es que Francis tampoco era un santo. ¿Por qué de repente él parecía la única víctima en todo aquello y Antonio estaba quedando como el malo de la película? No era justo. Aunque tenía aquella expresión en el rostro, Feliciano ni se inmutó.
— ¿Yo? ¿Acaso se ha disculpado él por todas las veces que ha intentado invadir mis territorios? ¿O por las veces en las que se ha comportado también de manera ordinaria? ¡No, claro que no lo ha hecho! Por eso las cosas están como están. Él también tiene sus momentos y está muy orgulloso de ellos, ¿por qué tendría que ser yo el que le pidiera disculpas?
El italiano suspiró. Nunca hubiese creído que con dos naciones de ese calibre, que llevaban más años que él rondando el mundo, fuese a sentirse como el mayor. No era sólo con España, también le había pasado antes con Francia, mientras trataba de hacerle recapacitar sobre la situación. En otros temas eran adultos, con la cabeza bien amueblada e incluso más sabios de lo que él era, sin duda. Pero era hablarle del vecino y su comportamiento pasaba a ser el de un niñato que quería tener la razón. Se dio la vuelta y le encaró. No parecía enfadado, pero su gesto estaba entre entristecido y ligeramente decepcionado, cosa que disgustó a Antonio.
— Bueno, sé que Francia también te ha hecho cosas, pero ahora estoy hablando de vuestro comportamiento en mi hogar. Me gustaría al menos que intentarais llevaros bien, aunque fuese mentira. Y eso, por supuesto, incluye dejar de lado los comentarios hirientes. No me gusta veros pelear cuando os he visto antes llevaros genial. ¿De veras tenéis que estar discutiendo cada dos por tres?
— No, no tendríamos que discutir si Francia dejara de hacer lo que no toca.
— Por favor, por mí, prométeme que le pedirás perdón. No tiene que ser hoy, pero al menos dime que mañana a la hora de comer te disculparás por tu comentario. No es nada habitual que salgas con comentarios de este tipo, España... —le comentó preocupado.
El punto en el que se encontraba se denominaba "chantaje emocional". En ese tipo de situaciones una persona jugaba con los sentimientos de la otra para conseguir que hiciera lo que quería. No sabía si era consciente o no de lo que estaba haciendo, lo que tenía claro era que cuando miraba los ojos dorados de Veneciano, España sabía que no podía resistirse a la voluntad de ese joven. En el fondo quería lo mejor para ellos. Tenía razón en que era su casa, en que les había invitado y en que debían comportarse, aunque fuera por respeto a él. Suspiró con pesadez, derrotado, y ladeó la mirada hacia su derecha.
— Está bien... Te prometo que mañana a la hora de comer me disculparé con él. Lo haré delante de ti, para que veas que no miento cuando te estoy prometiendo esto. Pero eso será mañana; en un rato me voy a arreglar y saldré al carnaval. —apuntó muy digno.
— ¿Saldrás de nuevo? —dijo Italia del Norte con una sonrisa—. No había imaginado que te fuese a gustar tanto. Francis dice que estuvo un rato fuera y que, por muy tentador, no le gustó el ambiente poco salubre que se respiraba. Por un momento, temí que te pasaría lo mismo. ¿Es por el hombre con el que estuviste anoche? —añadió con picardía.
— ¿Eh? —murmuró anonadado al verse descubierto con tanta facilidad. ¿Es que era tan sencillo leerle? Se rió, nervioso, frotándose la nuca con la mano derecha—. Bueno, es que anoche fue muy divertido —al darse cuenta de que la sonrisa del italiano se acentuaba, se tensó—. ¡No es lo que piensas! Aparte de lo otro, estar con ese hombre fue muy divertido. No podíamos hablar, porque el idioma no lo compartimos, pero con poco entendía lo que quería decir. Estuvimos bailando, me invitó a beber y todo. No sé. Con todo lo que tengo encima últimamente, no pensaba que fuera capaz de divertirme así de nuevo.
— Deberías relajarte con más frecuencia. Tanto trabajo no es bueno, ya deberías saberlo —le comentó risueño—. Así que hoy tienes que volver a arreglarte y salir. Quizás le encuentres y todo. Si no, siempre puedes buscar a otra persona con la que pasar el rato. ¡Es el Carnaval de Venecia! ¡Seguro que encuentras a gente dispuesta!
Eso no lo dudaba: En aquel continuo estado festivo, la gente daba rienda a todos los deseos que su mente pudiera elaborar y no les importaba lo que ninguna persona pudiera pensar de ellos.
¡Hola!
Asdfasf... Quería actualizar hace cosa de dos semanas y entre una cosa y otra se me ha pasado el tiempo y no he hecho nada. ¡Perdonadme! No sé mucho qué comentar de este capítulo así que cualquier duda me la expresáis por review y estaré encantada de contestaros. Paso a responder review
Guest, jajajaja Me alegra que te guste que sea Canonverse, Guest.
Yuyies, ¡Hola! En realidad me gusta mucho escribir cosas históricas pero requieren un tiempo de documentación que muchas veces no tengo. Cuando escribí este pasé penurias para documentarme. Lo hacía a hurtadillas en el trabajo... xD No es un buen ejemplo. Eso sí, cuando vaya pudiendo, iré haciendo cosas así. Están los dos como niños pequeños, como bien ha puntualizado Feliciano xD Gracias a ti por leer y sobre todo por comentar. Espero que te vaya gustando :3
Fujisaki Vargas, No te mueras mujer ;A; ... Sorry, ya sabes, mi nuevo ritmo de actualización es un poco veleta uwu... Pero como dije, no voy a dejar por ahora este pairing. Tengo cosas por publicar uvu Por ahora tienen pique impresionante, como habrás podido ver en este capítulo XD. Tienes razón, Feliciano va a demostrar ser la voz de la razón en todo esto. Yo soy de las que consideran que este chico es más inteligente de lo que muchas autoras ponen. Lo de la isla XDDD Ay, sí, quizás la necesitan XD. No voy a dar detalles sobre Robert porque todo va a quedar muy atado, así que lo siento si no te digo mucho. Pero me parece muy interesante, así que tus teorías me gustan. Me encanta escuchar ovo ¡Nos leemos!
Hethetli, omg xD ¿Qué haces tú por aquí de nuevo? Encantada de verte XD ASDF gracias por decir que nadie escribe Frain como yo ;v; Es que Fraspa parece que se pronuncia peor XDDD Pero bueno, el tag del Frain nunca ha tenido demasiado en tumblr, ahora va un poco mejor XD. De vez en cuando me gusta escribir canonverse uvu. Precisamente quise escribir algo en una época en que se llevaran muy mal y se pelearan muchísimo xDDD Ésa es la premisa de este fanfic xD Yo siempre pienso que, con como somos los españoles, Antonio debe tener un carácter que no veas. Yo hice un fanart en el momento, pero ni lo pinté ni nada y me da vergüenza enseñarlo porque no se me da muy bien XD *se esconde* Interesante tu teoría owo No te voy a decir, tendrás que leerlo hasta el final o7o hue hue hue.
Y eso es todo por esta vez.
Gracias por leer. Hasta la próxima :3
Miruru.
