NdA. En principio iban a ser dos capítulos nada más, pero al final salieron tres y ni uno más. Esto empieza a trasmutarme. Gracias por los reviews (también estáis en vuestro papel, eso me gusta xD) y espero que soportéis a Liz dos capis más. Juro por Circe, mi ancestro, que acabaré con ella. Ningún lector merece sufrir tanto.

Respuesta a quién me lo preguntó: los Inefables son los tipos del Ministerio que trabajan en el Departamento de Misterios.

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2. Un mundo perfecto

Llamó suavemente a la puerta del despacho. Al cabo de varios minutos, un malhumorado Severus Snape abrió con brusquedad. Liz Kath sonrió. Un hombre con carácter éste, como a ella le gustaban. Con un pestañeo exagerado saludó cordialmente al confundido maestro y se encaminó hacia el interior del despacho sin haber sido invitada. Cuando el profesor se disponía a protestar y de paso quitar algunos puntos a su propia casa, se encontró con dos ojos celestes que le tenían prisionero. Hipnotizado por aquel brillo mágico, se acercó a su alumna como un muñeco sin voluntad.

—Siéntese, profesor —rogó Liz con voz hechizante.

El hombre obedeció en seguida y acto siguiente tenía a la primogénita y única heredera de Sirius Black sentada sobre él, cada una de las largas piernas a un lado de su cuerpo. Ella le aprisionaba sensualmente rozando sus protuberantes y magníficos pechos contra él y susurró en su oído.

—Eres tan sexy, Sev. Te deseo casi tanto como tú a mí.

Severus no podía resistirse al poder de la Heredera de Circe, de modo que la tomó en brazos para besarla con pasión. Y aquella escena habría terminado mucho más caliente de no ser por un mensaje de Dumbledore vía chimenea. El hechizo que le aprisionaba menguó y Snape se levantó aún confundido. El mensaje resultó urgente y le ordenaba presentarse en la Sala de Profesores inmediatamente. Cuando hubo terminado de quemar el pergamino, se giró pero no había nadie más en su despacho. Sacudiendo la cabeza, decidió dejar de tomar aquella poción tranquilizante hasta haber comprobado todos los efectos secundarios. De momento tenía que tomar una buena ducha para poner remedio a una erección que no sabía a razón de qué se le ha producido, pero que asociaba con la maldita poción.

Entretanto, las compañeras de cuarto de Elisabeth Ann Kathiana se debatían en combate por quién debería ser la primera en usar la nueva laca de uñas dorada creada por Liz la noche anterior. Kassandra alegaba que el objeto le pertenecía, pues fue un regalo para ella. Leonora rebatía diciendo que el regalo era para todas. Y Pansy, la tercera muchacha de la habitación de las chicas, aparte de Liz, por supuesto, leía un libro de aspecto intragable con su look desarreglado de siempre. Kath ya había avisado a sus amigas que aquel patito feo no se transformaría en cisne ni con toda la magia que porta ella como Heredera y que lo mejor era que nadie las asociara con Pansy. Lo primero debía ser conservar (y aumentar) su popularidad en la escuela y con un esperpento por compañera jamás lo lograrían. Las demás estuvieron de acuerdo en seguida.

Quedaba un solo día para el gran acontecimiento, cuando Elisabeth cumpliría los 17 años y el legado de su antepasada, Circe, sería suyo para siempre. Liz apenas podía esperar. Su padre adoptivo le había prometido una gran fiesta y alguna sorpresa y el viejo suele tener buenas ideas.

En un solo día que lleva en Hogwarts, Liz había recibido más de 150 cartas de amor con chocolates finos, regalos de peluche y todo tipo de poemas que halagaban su belleza e inteligencia. No le sorprendió aquello, claro, porque su influencia era muy superior a cualquier otra chica del colegio. Pero hubo algo que la irritó. Fue ese Potter. Parecía que no se había dado cuenta de su existencia y seguía con esa pecosa pelirroja sabelotodo como si fueran novios o algo así. Sí, por supuesto que Potter tenía su propia Profecía, pero era patética si se la comparaba con la de ella.

¿Quién se había creído ese cuatro ojos de cara rajada para ignorarla así? Buff, estúpidos Gryffindors, resopló fastidiada al tiempo que se peinaba su eternamente larga melena azabache con tonos plateados. Los hombres son demasiados estúpidos como para tratar de entenderlos, se dijo. Las mujeres debían gobernar, son más astutas, más rápidas de mente y su inteligencia es claramente superior. Los hombres cumplirían con su papel, las alabarían y obedecerían sus órdenes. Así debía ser. Circe fue una gran hechicera y sabía lo que hacía. Había que imponer una jerarquía y qué mejor lugar que Hogwarts para empezar su plan para un nuevo mundo mejor…

A mediodía se encontró con Albus y le pareció que el anciano andaba algo inquieto, pero Liz no tardó en atribuirlo a que se trataba de su fiesta de cumpleaños. Ella es muy exigente con los detalles y su padre lo sabía. El pobre seguro que estaría estresado para que todo saliera al gusto de su niña. Era un encanto ese ancianito.

—Cariño, voy a tener que ausentarme unas horas. Me han llamado del Ministerio.

—¿El Ministerio? Pero papá, mi fiesta…

—Estará lista para el momento, confía en mí —sonrió Dumbledore con cariño. Sabía que a veces mimaba mucho a Liz, pero nunca pensó que tendría una hija y mucho menos que sería tan dulce y encantadora.

Además, al anciano también le molestaba tener que ir al Ministerio. ¿Es que no sabían hacer nada sin su ayuda? A saber de qué estupidez se trataría esta vez. Se abrigó con su capa de viaje y, despidiéndose con una sonrisa de su niña, de encaminó hacia las los terrenos. El Ministerio tampoco permitía el uso de la Red Flu. No quería ni pensar en qué lío habrán montado esta vez. Mientras se marchaba a cumplir con su deber como director de Hogwarts, Liz fue a visitar a su pegaso, Hermes, y se montó para dar una vuelta sobre el castillo al atardecer.

Y mientras el viento azotaba su hermoso rostro y el sol desaparecía por el horizonte, Liz Kath no dejó de pensar en cómo mejorar el mundo mágico. Era en parte su deber, era una Heredera. Pero había más Herederas como ella, estaba segura. Su instinto le decía que no estaba sola. Si se unieran, si todas colaboraran con ella, sus poderes unidos podrían crear cualquier cosa. Ya no habría hambre entre los magos, ni se obligaría a alumnos brillantes (como ella) a estudiar siete años en un colegio sin necesidad, y las maestras serían dulces y hermosas, habría flores por todas partes y a las pequeñas brujas se les enseñaría a maquillarse desde muy jóvenes, pues es un conocimiento básico de toda mujer bruja. ¡Mucho más que replantar mandrágoras, que chillan y manchan las manos, exigiendo manicuras urgentes!

Los magos, en cambio, serían adiestrados para ser galantes y caballerosos con las brujas, se les enseñaría cómo hay que declararse o qué clase de presentes son mejores para cada ocasión. Aprenderían también a luchar, desde luego, pues un caballero debe defender el honor de su dama, aunque ella pudiese fulminar al enemigo con la simple mirada. Porque existirá un protocolo. Y en todo caso, alguna utilidad hay que dar a los hombres, a parte de la básica, que es satisfacer los instintos de sus brujas…

Al anochecer, Liz se sorprendió de que su padre aún no hubiera vuelto. Qué pesados pueden ser esos tipos del Ministerio. Podrían dedicarse a buscar a las otras Herederas perdidas en vez de gastar el tiempo administrando el mundo mágico, visto lo mal que se les daba. Pero eso pronto cambaría. Elisabeth Ann Kathiana había decidido buscar y encontrar a sus hermanas herederas y junto a ellas, crear el mundo perfecto.

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NdA. ¿Logrará Liz crear ese mundo tan perfecto? Miedo me da pensarlo. ¿Y qué hay de Severus, no es el hombre perfecto para ella? Por cierto¿será sexto sentido eso que le dice a nuestra Liz que tiene infinitas hermanas perdidas por ahí o es que ha leído muchos fics? xD

Nos vemos en el próximo y último capítulo.

PD. ¡Quiero reviews! Debo recibir las mercedes que merezco y… ¡Creo que empiezo a delirar, mi badficker interior me devora, un exorcista, por favoooor!