Empieza lo divertido ;)
Capítulo 2 – Operación 101 Dálmatas
You know just how to make my heart beat faster
Emotional earthquake, bring on disaster
You hit me head-on, got me weak in my knees
Yeah, something inside me's changed
– Hailee Steinfeld, Starving
- ¿Qué? No, no puedo hacer eso – negando con la cabeza profusamente, Beca frunce el ceño, sus labios una fina línea.
Una de sus manos marca un ritmo nervioso contra la página abierta de su agenda – donde apunta todo y luego nunca se acuerda de mirar –, la otra sujeta con fuerza el móvil contra su oído.
- Venga, Becs, eres mi último recurso – pide Darren Mitchell desde el otro lado de la línea.
- ¿Dónde le meto? ¿No están prohibidos en el campus?
- Ya lo he hablado con el decano de la universidad, mientras le mantengas en tu cuarto no habrá problema alguno. Además, es un santo, está bien educado. Será como si no estuviera contigo.
- Pero, papá, mi cuarto…
El hombre suspira, cortando efectivamente la nueva protesta de su hija.
- Mira, Becs, ahora vives en una casa, ¿no?, como en una especie de hermandad. Estoy seguro de que a tus amigas no les importará, es solo por tres días. ¿Crees que puedes hacerle ese favor a tu viejo? ¿Por favor?
Ahora es el turno de Beca de suspirar. Se frota la frente con fuerza, como tratando de eliminar las arrugas de su ceño fruncido.
No es justo, su padre está a un paso de entrar en el terreno del chantaje emocional y ambos lo saben.
Beca no se quejó cuando su padre abandonó a su madre y se marchó de casa – bueno, sí lo hizo, bastante además, pero esa es una historia para otro día. No protestó cuando su padre conoció a otra y decidió casarse de nuevo. Tampoco dijo nada en contra de que persiguiera todos esos sueños que nunca trató de perseguir cuando estaba con su madre. No hubo problema alguno con que su padre se convirtiera en un tópico del sueño americano: profesor de Literatura en una universidad, casado con una mujer más joven que él – aún encima rubia –, con una bonita casa de dos pisos con jardín y valla delantera, y un perro. Solo les falta el hijo, cosa que Beca no duda de que también lo estén tratando de conseguir – pero en lo que no quiere pensar porque puaj, su padre y "sexo" nunca deberían ir en una misma frase.
No se quejó porque todo eso ocurrió fuera de su propia vida y no le afectó mucho aparte del equipaje emocional que hacía que rehuyera cualquier tipo de relación personal que excediera los límites de lo estricta y políticamente correcto.
Sin embargo, siempre supo que esa serpiente se volvería algún día en su contra y le mordería. Solo que tenía la esperanza de ser capaz de esquivarla, cosa que, obviamente, no ha pasado. No estaría teniendo esa conversación con su padre si hubiera podido esquivarla.
- Está bien – suspira finalmente, derrotada.
- ¡Perfecto! ¡Muchísimas gracias, Becs, te debo una grande! – exclama Darren lleno de alegría.
- Mmmm se me ocurre una forma de que me compenses – murmura la DJ con sorna.
- Ya, no voy a pagarte toda tu estancia en Los Ángeles, lo siento. – Se escuchan voces apagadas al otro lado de la línea –. Bueno, cariño, tengo que dejarte. Pásate el viernes cuando salgas de clase a recogerle.
La morena se queda escuchando el pitido que indica que la comunicación se ha cortado antes de resoplar, poner los ojos en blanco y dejarse caer de cara sobre la cama. En qué lío se ha metido…
Amy se quita los auriculares, llenando la habitación con el ruido enlatado de la música que está escuchando. Mira con curiosidad poco disimulada la actitud derrotada de su compañera de habitación. Se coloca de costado en su cama, la cabeza sujeta en su mano y dobla ligeramente una rodilla hasta parecer una modelo posando para una cámara.
- ¿Todo bien, renacuaja? – pregunta.
Beca sacude la cabeza, o lo intenta, porque sigue sin levantarla de la cama.
- Sí. No. – Su voz suena ahogada por la postura en la que está –. Era mi padre.
- Uh-oh.
- Sí, resulta que tenemos un invitado para este fin de semana – resopla la DJ. Se incorpora finalmente, lanzándole una mirada divertida a la australiana y su pose.
- ¿Un invitado? ¿Aquí? – Amy arquea una ceja, ligeramente más interesada en el tema.
- Luego te cuento, tengo que ir a hablar con Chloe primero – hace un gesto con la mano para posponer la conversación.
Eso es suficiente para que la rubia se tense en la cama y pase a sentarse en ella, observando intensamente a su capitana. Su mano sale disparada de forma automática, tanteando para encontrar el móvil entre las sábanas.
Beca se frota los ojos, suspira de nuevo y se dirige escaleras abajo hacia la habitación de la pelirroja, tan absorta en sus pensamientos que no se da cuenta de que Amy está extrañamente callada, sospechosamente inclinada sobre la pantalla del iPhone, y no ha dejado caer ningún comentario jocoso sobre la situación.
No puede evitar arrepentirse una y otra vez de haber aceptado cuando llega frente a la puerta azul de la casa blanca de dos pisos. Se gira, pensando en huir, pero un claxon la frena en seco y la obliga a mirar de nuevo hacia la barrera de madera que la separa de la vida que se desarrolla en su interior. Alza una mano, ignorando deliberadamente el timbre para golpear tres veces la base con la aldaba dorada con forma de cabeza de león. «Típico», piensa bufando para sí misma.
Tardan exactamente medio minuto en contestar y, cuando la puerta se abre, deja ver a una mujer rubia con una sonrisa tan amplia que es imposible que sea sincera.
- ¡Beca, qué alegría verte! – exclama a modo de bienvenida.
La DJ tiene que pegarse una sonrisa en su rostro a modo de contestación, ya que no confía en sí misma tanto como para abrir la boca para hablar y no soltar algún comentario sarcástico. Se da cuenta, sin embargo, de que en ningún momento la invita a pasar al interior de la casa. Cambia el peso de una pierna a otra, incómoda bajo la mirada azul de Sheila – más conocida como su brujastra, apodo que se ganó el mismo día en que Beca la conoció porque sus intentos de caerle bien eran tan cantosos y fallaron de forma tan estrepitosa que, desde entonces, ambas optaron por ignorarse de forma cordial.
- Gracias por hacernos este favor. Tu padre no habría disfrutado del fin de semana si no hubieras aceptado.
Más chantaje emocional. La DJ estira la sonrisa tanto que teme que se rompa.
- No hay problema, así de buena hija soy – añade un guiño al final y se pregunta brevemente si incluso ese pequeño gesto puede parecer falso.
La tensión se hace palpable entre ambas, es entonces que Sheila decide girarse y llamar al padre de la morena con un grito. Pasos pesados resuenan por las escaleras y pronto aparece en el umbral de la puerta el Dr. Mitchell cargado con dos maletas pequeñas, una en cada mano. La sonrisa de este es, con diferencia, mucho más honesta que la de su mujer e hija.
- Hola, cariño.
Saluda a Beca dándole un breve beso en la frente al pasar frente a ella para dirigirse al BMW plateado aparcado en la entrada al garaje de la casa. Abre el maletero y guarda ambas maletas en él antes de volver a cerrarlo con firmeza y sacudirse las manos para limpiárselas de polvo – inexistente, porque el coche está reluciente.
- ¿Preparada para hacer de canguro? – le pregunta a la DJ medio en broma.
Esta pone los ojos en blanco.
- ¿No ves mi excitación? – ironiza.
Darren ignora la actitud de su hija y le da una mochila con comida, un juguete con forma de hueso, los documentos que necesitará en caso de una emergencia médica y unos boles con un nombre escrito en el lateral que Beca no llega a descifrar. La morena se cuelga la mochila al hombro de una tira y busca con la mirada al causante del conflicto.
- Ah, todavía está dentro – informa el Dr. Mitchell con una sonrisa.
Camina hasta la puerta de la casa, asomándose a su interior y silba dos veces, corto y seguido, como si fuera un código. En seguida se escucha el sonido de garras patinando sobre la madera en su prisa por responder.
Sinceramente, Beca tendría que haberlo visto venir. Esperaba algo pequeño que pudiera pasar desapercibido en su habitación sin mucho revuelo por parte de las demás Bellas, sin embargo, la bestia peluda – porque no hay otra forma de describirlo – que aparece a la carrera y se pone a saltar de forma excitada alrededor de su padre no es para nada lo que la DJ tenía pensado.
Por supuesto que su padre se había comprado un jodido pastor alemán en vez de un chihuahua.
Y, quizá, si deja escapar un gritito y da un salto cuando ve que dicha bestia peluda se lanza – ¡tampoco hay otra forma más suave de ponerlo! – a por ella, tiene sus razones. Es terrorífico, ¿vale?, todo pelo, patas, baba y demasiada fuerza incontrolada. El perro la olfatea brevemente, decidiendo que es buena idea ponerse sobre dos patas y apoyar las delanteras en los hombros de Beca. ¡Los hombros! Por el amor de Dios, ¿es un perro o un maldito caballo?
El Dr. Mitchell observa toda la interacción tranquilamente, como si su hija no estuviera a punto de morir aplastada por un canino.
- Dickens – le llama, y el perro obedece al instante, trotando hacia su amo mientras mueve la cola alegremente, la lengua colgándole de un lado de la boca.
- ¿Dickens? ¿En serio? No podías llamarle, no sé, Toby, o Rex, o Scooby Doo. No, tenía que ser Dickens – resopla una vez recuperada del susto.
- Qué quieres que te diga, Becs, sabes que me encantan los clásicos – ríe él encogiéndose de hombros sin una pizca de arrepentimiento. Su rostro adquiere una expresión más seria y acaricia la cabeza de su mascota –. Sale tres veces al día, si vais a un parque suéltale para que corra libremente, con que le silbes vuelve a ti. Come por las noches, después del paseo, y nada de comida de humanos porque le sienta mal.
- Sí, señor. ¿Algo más? – bromea la DJ haciendo un saludo militar.
Su padre sacude la cabeza, arrodillándose frente a Dickens para pedirle "cuida de mi chica, ¿vale?". Beca se traga el comentario sobre que el perro no le entiende, escoge callarse por una vez y dejar que la fantasía continúe. Coge la correa, ya enganchada en el arnés del animal y se despide con un gesto de la mano.
- Beca, espera, ¿necesitas que te llevemos? – pregunta Sheila con un gesto que delata que es una pregunta hecha por pura cortesía y no porque de verdad quiera hacerlo.
- No, gracias, vine con Chloe – se gira, señalando hacia un Beetle antiguo, amarillo, aparcado un poco más abajo en la calle.
La aludida, como si hubiera escuchado su nombre, se inclina sobre el volante y saluda a través del cristal delantero, sonriendo de oreja a oreja. Abre la puerta del conductor para salir fuera, tirando de la manivela de su asiento para que se doble hacia delante y deje un hueco por el que entrar a los asientos traseros. La morena se acerca con Dickens caminando tranquilamente a su lado hasta que Chloe deja escapar una exclamación excitada y el perro tira con violencia de Beca para que eche a correr con él.
La pelirroja acaricia el suave pelaje marrón y negro del animal, riéndose cuando este le chupa las manos y el cuello alegremente.
- Agh, no pienso acercarme a ti hasta que te laves – anuncia Beca con cara de asco, aunque tiene que reprimir la sonrisa que lucha por hacerse dueña de sus labios porque Chloe es tan estúpidamente adorable.
Una ceja pelirroja se alza, desafiante, y la DJ lamenta de forma inmediata lo que ha dicho. Conoce esa expresión, es la misma que su co-capitana pone siempre que se encuentra ante un reto.
- No, Chloe, ni se te… ¡Ah!
No puede ni terminar su aviso, echa a correr cuando Chloe se lanza a por ella con las manos llenas de babas perrunas. Rodea el coche, la pelirroja pisándole los talones y Dickens ladrando y saltando de una a otra con inocente entusiasmo. Entonces se encuentra con la puerta todavía abierta del lado del conductor y, en su prisa, no tiene tiempo para esquivarla, todo lo que puede hacer es frenar bruscamente para no llevársela por delante.
Chloe no lo ve venir y choca contra la espalda de la morena, manos volando a la menuda cintura de la DJ para tratar de estabilizarlas. Pero Beca deja escapar un grito extrañamente agudo para ella y se sacude, girando para encarar a su mejor amiga.
- Manos lejos de mí – ordena, su voz agitada por la carrera, o el susto, o la súbita cercanía de Chloe.
- ¿Segura? – pregunta la pelirroja, ojos brillando peligrosamente y una sonrisa torcida en sus labios.
- Totalmente – da un paso atrás para poner algo de distancia entre ellas, pero la co-capitana no tarda en cerrar el hueco.
Beca siente la puerta del coche presionada contra su espalda y traga saliva, acorralada. Se le pasa por la cabeza que quizá debería sentirse agobiada por la falta de espacio personal, pero, qué demonios, con Chloe tan cerca nunca es capaz de pensar coherentemente.
La pelirroja sonríe de forma más amplia, sabe que tiene a la DJ justo donde quiere. Acerca su rostro y escucha la inhalación brusca de la morena.
- No sabes lo que te pierdes – ronronea, acompañando sus palabras con un guiño lento y sensual. Entonces, suelta una carcajada y se aleja de Beca para apreciar mejor sus mejillas sonrojadas y la forma en que sus ojos luchan por recuperar un tamaño normal. – Eres tan fácil – bromea antes de empujar la cadera de su mejor amiga para dejar espacio para que Dickens trepe al interior del coche.
La expresión perpleja de la DJ se transforma en una de fastidio y bufa, musitando algo mientras rodea el morro del Beetle para sentarse. Cierra la puerta y gira la manivela para abrir la ventanilla y que el aire enfríe sus mejillas ardientes. Por un momento, por una fracción de segundo, había pensado que Chloe la iba a besar; y si eso no es suficiente para descolocarla, más chocante es su falta de rechazo ante la idea.
Mira por el rabillo del ojo a la lengua colgante de Dickens, quien se ha sentado en el asiento del medio y ha sacado la cabeza entre ambas amigas. Al otro lado del perro, Chloe tiene una mano en el volante, el codo del brazo contrario reposa en la ventanilla bajada. Sus rizos pelirrojos vuelan con la corriente y canta suavemente al ritmo de la canción que suena en la radio. Los rayos de sol que se cuelan por el hueco de la ventana hacen que sus ojos azules brillen como diamantes.
Un pensamiento cruza su mente, no por primera vez desde que conoce a la pelirroja: Chloe es increíblemente guapa.
Todas sus implicaciones llegan a la vez, dando vueltas alrededor de su cabeza como las estrellas de los dibujos animados cuando un personaje se da un golpe. Frunce el ceño, confundida. Es algo que salta a la vista y que acaba de admitir para sí misma que no es la primera vez que se ha dado cuenta de ello. Sin embargo, nunca había llegado a procesarlo en su totalidad, porque ¿qué significa que encuentre atractiva a su mejor amiga, que siempre la haya encontrado atractiva? ¿Qué significa que, minutos antes, no hubiera sentido nada más que mariposas ante la perspectiva de que Chloe la besara?
Su cabeza es un lío confuso de millones de pensamientos que se entrelazan y chocan unos con otros.
- ¿Nunca te han dicho que mirar fijamente a alguien es de mala educación? – habla de repente la pelirroja, girándose para sonreírle a Beca.
Esta parpadea, volviendo a la realidad, y se da cuenta de que se ha pasado toda la duración de su monólogo interior con la vista fijada en Chloe. Abre mucho los ojos y de forma casi inmediata desvía la mirada, sonrojándose.
- ¿Pasa algo? – el tono jocoso es reemplazado por uno ligeramente preocupado.
- No, estaba… – «Pensando en ti» –. Estaba en mi mundo, perdona.
Chloe se limita a encogerse de hombros, no le importa en realidad. La mirada fija de Beca provoca que su estómago se llene de una calidez similar a cuando te sumerges en un jacuzzi. Es un sentimiento familiar y confortable, uno que no le molesta sentir repetidamente, uno que admitió hace tiempo que quería tener en su vida lo máximo posible.
La mañana del domingo amanece soleada a pesar de la fuerte lluvia de la noche anterior. Los rayos de sol se cuelan a través de las ventanas de la cocina y caen sobre ocho chicas, más dormidas que despiertas, dispersas alrededor de la encimera.
- Repetid otra vez por qué demonios tenemos que estar levantadas a las siete de la mañana de un domingo – gruñe Cynthia Rose.
Jessica y Ashley reparten tazas de humeante café recién hecho y todas las Bellas se sientan a darle pequeños sorbos.
- Porque tenemos que planear nuestras acciones – responde Amy la Gorda como si fuera obvio.
- ¿Qué acciones? – un bostezo acompaña a la pregunta de Stacie, quien está casi tumbada sobre la encimera.
- ¿Alguna sabe a qué hora pasa el cartero? – inquiere la australiana haciendo caso omiso a las quejas de sus compañeros.
Lilly alza la mano hasta la altura de la cabeza igual que si estuviera en el colegio y quisiera darle la respuesta correcta a la profesora.
- Nueve en punto – murmura.
- ¿Cómo sabes eso? – se extraña Emily.
La respuesta es prácticamente inaudible para las demás, pero la joven, sentada al lado de Lilly, está lo suficientemente cerca para oírla. Palidece y se separa un poco de la otra Bella, manteniendo la mirada gacha durante el resto de la conversación.
- ¡Ey! – Amy capta su atención de nuevo con un intento de chasquido de dedos –. Chloe siempre sale a correr todas las mañanas a la misma hora y vuelve sobre y media. Eso nos da una ventana de media hora.
- ¿Para qué exactamente?
- Para la Operación 101 Dálmatas, aca-zorras – la sonrisa traviesa de la australiana es suficiente para despertar a las demás Bellas, súbitamente interesadas en el perverso plan.
Justo una hora más tarde, el ruido de la puerta delantera de la casa cerrándose alerta a Dickens, quien ha tomado por hábito dormir hecho una bola a los pies de Beca. Su brinco hace que se hunda la cama y, por consecuencia, despierta a la DJ del susto.
- Ugh, no, vuelve a dormirte – murmura sin abrir los ojos, media cara hundida en la almohada, una mano sacudiéndose en el aire.
Pero el perro no la entiende y comienza a gruñir. Beca resopla y se incorpora sobre los codos, sintiendo el colchón hundirse a medida que el animal trepa por él hasta llegar a la morena y lamerle la cara.
- Sí, claro… Esto no hace que te perdone – protesta ella.
Patalea para librarse de las mantas que apresan sus piernas en un agarre prácticamente irrompible. Trata de moverse de forma lo más silenciosa posible para no despertar al bulto que es Amy bajo la colcha, porque no quiere escuchar las interminables quejas de la rubia por no respetar sus "horas de sueño necesarias para mi belleza aborigen".
- Vámonos, anda – le ordena a Dickens, que sacude el rabo y sigue con la legua caída por un lado de la boca.
Bajan silenciosamente hasta la cocina, donde el perro se echa en el suelo mientras Beca se sirve un café, que, de forma inexplicable, ya está hecho. Supone que es obra de Chloe, ya que no hay signos de vida en la casa, es demasiado pronto para que los haya.
Dickens alza las orejas, levantándose con un gruñido ya en la garganta. La DJ frunce el ceño, extrañada por su comportamiento hasta que escucha un motor acercándose hasta frenar en algún punto cercano a la casa. Se apaga y es seguido por el crujido de pasos, el chirriar de la verja delantera, y otra vez más pasos que se paran en lo que Beca supone que es el buzón. El perro corre hacia la puerta delantera, ladrando como loco a pesar de los intentos de la morena de calmarle.
La moto vuelve a escucharse y se aleja a baja velocidad hasta la casa de los Treblemakers. Dickens la sigue, corriendo del recibidor a la cocina. Antes de que Beca pueda darse cuenta de la puerta trasera entreabierta, el perro cuela la zarpa en el hueco y sale disparado a la calle.
- ¡Dickens, no! ¡Mierda! – exclama la morena cuando ve al animal corriendo como loco por el camino embarrado persiguiendo al cartero. - ¡Mierda, mierda, mierda!
Se pone las deportivas de cualquier forma y sale tras el perro de su padre lo más rápido que puede, el lodo le salpica las piernas cada vez que su pie entra en contacto con el suelo y tiene que sujetarse las tetas con ambas manos porque duerme sin sujetador y, claro, eso bota. Si no estuviera tan asustada por lo que el perro le puede estar haciendo al cartero, encontraría toda la situación divertida.
Llega a la casa de los Treblemakers sin apenas respiración, con un punto en el costado derecho que le da la sensación de que le están apuñalando cada vez que trata de llenar sus pulmones de aire. Busca con la mirada al cartero, pero solo ve su moto medio tirada en la entrada.
- ¡Dickens! ¡Dickens! – silba un par de veces para atraerle.
Le escucha antes de verle. Se gira hacia el ruido de patas haciendo "chof chof" en los charcos del suelo y siente la colisión del excitado perro contra su costado. Pierde el equilibrio y aterriza sobre el barro con un chapoteo.
- Yo. Te. Mato. – musita entre dientes cuando el animal le chupa la mejilla.
Beca agarra firmemente a Dickens por su collar para que no se le vuelva a escapar y eso le fuerza a ir torcida. Vuelven caminando a casa con paso rápido antes de que algún Treblemaker salga a preguntar qué demonios ocurre.
El sol mañanero, aunque no fuerte todavía porque es demasiado pronto, seca el barro que se ha pegado a su piel, y el dolor de su culo por la caída le recuerda demasiado a su experiencia cercana a la muerte por culpa de una trampa para osos. Aprieta el paso, tirando del collar para llegar más rápido a la casa. Tiene frío y quiere darse una ducha de agua caliente.
Dickens sacude su pelaje y gotas de barro salpican a Beca con la fuerza de piedras.
- ¡Auch, para, para! – grita esta, extendiendo ambas manos como si eso fuera a parar los proyectiles.
Observa con ojo crítico al perro, que ahora es más marrón que negro y tiene pegotes de pelo apuntando a todas direcciones. Suspira, sabe lo que le toca hacer y no cree que vaya a ser nada fácil, teniendo en cuenta que un bicho peludo de cuatro patas tiene prácticamente más fuerza que ella.
Entran por la puerta trasera de la cocina, silenciosos si no se cuenta el ocasional clink de una gota de barro resbalando de Dickens y cayendo al suelo. De forma disimulada, Beca guía al perro hasta el baño y cierra la puerta con brusquedad – y con una mueca porque ha dado un portazo que probablemente le traiga problemas luego – antes de que el animal pueda procesar lo que está ocurriendo. Ante el ruido seco, las orejas de Dickens se alzan en alerta y se encoge de forma casi imperceptible, sospechoso.
La DJ se quita las deportivas manchadas, los calcetines empapados y los pantalones de pijama embarrados y los deja hechos un guiñapo en el suelo entre la ducha y el lavabo para acordarse de meterlos más tarde en el cesto de la colada. La camiseta también tendría que quitársela, pero ni loca entra en la bañera con un perro semi desnuda. No está tan desesperada.
Recoge sus rizos morenos con un moño tirante para que no se le deshaga con la pelea. Desengancha el collar del perro y lo tira junto a la pila que ya forma su ropa. Antes de tirar de él, abre la cristalera de la ducha y prepara la pastilla de jabón para tenerla a mano.
Cuando se gira para encarar a Dickens, este se aleja de ella, bien consciente de lo que está a punto de pasar.
- Sshh – murmura para tranquilizarle mientras se acerca despacio, las manos extendidas en señal de paz –. No pasa nada, solo vamos a darnos un chapuzón con agua caliente y jabón.
Hablando con tono suave, consigue llegar hasta su lomo erizado. El animal trata de recular, pero está acorralado contra la pared. Beca le agarra por la zona de las costillas, pasando un brazo entre sus patas y tirando de él hacia la ducha. Dickens clava las zarpas delanteras en el suelo, sus uñas arañan los azulejos provocando un sonido que a la DJ le da tanta grima que casi suelta al animal, pero se repone sacudiendo la cabeza y da otro empujón.
Se tambalean hacia delante, desequilibrados. Beca no se detiene mucho antes de volver a arremeter contra el perro hasta lograr que sus patas delanteras estén al otro lado del bordillo de la ducha. Le levanta por las caderas y gira hasta que ella también entra. Cierra la puerta como una exhalación y se gira para sonreír de forma triunfal a Dickens, quien la mira como si acabara de traicionarle.
- Lo siento, pero, mírate, estás hecho un desastre – señala la morena mientras coge la alcachofa de su enganche de la pared.
La dirige hacia el suelo para que el chorro no golpee al perro de repente y le asuste, además de que tiene que regular la temperatura para no achicharrarle. Cuando la nota templada, se moja ella primero las piernas.
- ¿Ves? Es solo agua, Dickens, no pasa nada – le tranquiliza.
A pesar de todo, el animal da un pequeño brinco y se arrincona contra la pared, asustado. Beca continúa mojando su pelaje con normalidad, para que se acostumbre a ello poco a poco. Ve que su táctica funciona, el perro se separa un poco de la pared y relaja los cuartos traseros.
- Muy bien, eso es – murmura acariciando su cabeza todavía seca.
El agua cae al plato de la ducha de color marrón, colándose entre los pies desnudos de la DJ hasta irse por el desagüe. Esta comienza a pensar que no es tan difícil bañar a un perro una vez se obvia la pelea inicial por meterles dentro de la ducha, y resopla, divertida, al recordar todas esas escenas en películas o series de televisión donde los dueños terminan más mojados casi que el propio animal. «Exagerados», se dice a sí misma.
Cierra el grifo y se acuclilla para coger la pastilla de jabón. No la ha apoyado todavía sobre el pelaje de Dickens cuando este se estira y sacude el cuerpo entero. El agua que tiene acumulada aterriza en Beca, empapándola, quien deja escapar un grito que oscila entre la sorpresa y el fastidio.
Eso le pasa por hablar demasiado pronto…
Un piso más abajo, Chloe llega a la casa después de su sesión de deporte mañanera. Su pecho sube y baja con rapidez, una ligera capa de sudor cubre su piel y lo primero que hace es entrar en la cocina a beber agua. Le sorprende ver la cafetera ya llena y una taza solitaria a medio tomar, su contenido ya frío, en la encimera. Al probarla, descubre que es de Beca: café negro con mucho azúcar, bastante representativo de la personalidad de la joven.
Sube las escaleras con energía a pesar de la hora a la que se ha levantado y de haber salido a correr. La puerta de su habitación está abierta de par en par, como siempre, y se dirige a su armario para coger ropa limpia y su toalla, que cuelga de un gancho detrás de la puerta. Tararea para sí misma la canción que suena en sus cascos, los cuales todavía lleva puestos para no despertar a las demás con la música. Deja las deportivas a un lado de la cama para guardarlas después de limpiarles el barro, coge las cosas y se dirige al baño.
Cierra tras ella, dándole la espalda a la ducha y encarando el váter, donde coloca la ropa que se va a poner en la tapa bajada. Sus manos se cruzan en la base de la camiseta, agarrándola del borde y sacándosela por la cabeza, dejándola caer junto a la pared para echarla a lavar luego. Su voz adquiere más volumen y deja que la letra de la canción llene el baño con su melodía.
Beca observa todo demasiado atónita como para hacer ruido alguno. La pastilla de jabón, resbaladiza por el agua, se escurre de su mano falta de fuerza y golpea el plato de la ducha con un sonoro gong que no es suficiente para llamar la atención de Chloe. La pelirroja se deshace de los shorts deportivos y la cantidad de piel al descubierto, reluciente por el sudor, hipnotiza a la DJ. Sus ojos recorren el esbelto cuerpo de su mejor amiga de arriba abajo, grabando en la memoria cada curva, cada lunar, la forma en que los músculos de su espalda se contraen cuando Chloe va a desenganchar el broche de…
«Oh Dios mío», piensa Beca a punto de sufrir una taquicardia.
La pelirroja da un brinco y se gira, entre asustada y sorprendida. Una mano vuela a su boca para sofocar el grito que casi se le escapa, la otra se agita sin sentido en el aire. Si la DJ no estuviera muy ocupada procesando que su reacción ha sido en voz alta en vez de pensada, lo habría encontrado extremadamente adorable.
Pero por el momento solo puede concentrarse en tratar de ocultar el rubor que hace que sus mejillas ardan y la ola de mortificación que amenaza con ahogarla.
- Becs – chista Chloe con tono de reprimenda, quitándose los cascos bruscamente –. ¡Casi me matas del susto!
La morena se limita a abrir la boca como un pez, sin una réplica preparada para ser soltada. No puede concentrarse cuando hay tanto expuesto. Fuerza a su mirada a quedarse fija en los ojos de Chloe, pero supone un gran esfuerzo y no puede centrarse en eso y pensar en algo que decir al mismo tiempo.
- Oh – parece que la pelirroja se da cuenta de golpe de lo que está pasando porque mira su cuerpo antes de volver a mirar a la DJ y sonreír con picardía –. ¿Ves algo que te guste?
El calor acumulado en el rostro de Beca aumenta a cien grados y siente que está a punto de empezar a soltar vapor por las orejas.
- No tienes por qué esconderte para verme así, sabes que siempre puedes pedírmelo directamente – guiña un ojo, disfrutando al máximo de la vergüenza de la morena.
Esta carraspea de forma audible y tantea para encontrar la pastilla de jabón. Sus dedos se cierran con firmeza sobre ella para evitar que se le resbale de nuevo y comienza a restregarla de nuevo por el pelaje de Dickens, quien ha asistido a todo el intercambio alegre por la presencia de Chloe, la lengua colgándole de un lado de la boca.
Las acciones de la DJ atraen la atención de la pelirroja sobre el perro y le saluda. Dickens ladra, moviendo la cola con más fuerza y lanzando espuma a la cara de Beca. La morena gruñe, cerrando los ojos a tiempo para evitar que le entre el jabón. Hace caso omiso a las risas de su mejor amiga y regaña al perro indicándole que se esté quieto de una vez.
Pero el animal está demasiado centrado en Chloe como para hacerle caso. Y el hecho de que esta se acerque hasta el otro lado de la mampara de cristal y comience a hablarle, no ayuda.
- Chloe, así no hay manera de limpiarle – bufa Beca.
- ¿Quieres que te ayude? – dice la pelirroja, su mano moviéndose ya hacia el tirador de la cristalera sin esperar a la respuesta.
La DJ abre mucho los ojos ante la perspectiva de estar en la ducha – otra vez – con Chloe y tan poca ropa entre ellas – aunque más que la última vez. Algo en el interior de su estómago se agita, similar a los retortijones, pero mucho más placentero.
- Eh, tía – vacila, su mente en blanco –. Ponte más ropa, ¿no? – logra decir.
- ¿Qué? – por unos segundos, la co-capitana parece genuinamente confundida, entonces se acuerda de que está en sujetador y bragas y deja escapar un "oh, claro" antes de coger la camiseta olvidada en el suelo y ponérsela por encima.
Entra en la ducha y en la consecuente nube de vapor acumulada dentro. Coge la alcachofa apagada que Beca le tiende y observa cómo la morena sigue embadurnando al perro en jabón, sus dedos dejando caminos en la espuma marrón a medida que masajea el pelaje de Dickens para liberarlo de todo el barro. No se ha fijado antes porque el cuerpo del animal ocultaba en su mayor parte a la DJ, pero la camiseta que Beca lleva está mojada y es más transparente que blanca.
Chloe traga saliva, retirando la vista y tropezando por el camino con los ojos azules de Beca. Sonríe de lado, algo inestable, y se acuclilla ella también de forma que Dickens esté entre ambas.
- ¿Cómo se ha puesto así? – pregunta mientras dirige la alcachofa hacia el perro a la señal de la morena y comienza a lavarle.
- ¿La versión abreviada? Alguien se dejó la puerta trasera abierta y escapó cuando vino el cartero.
- ¿Y a ti qué te ha pasado? – hace un gesto con la cabeza hacia las manchas de barro que todavía resisten en la escasa ropa que lleva Beca.
Esta se mira y se da cuenta por primera vez de su camiseta y los dos bultitos inconfundibles que se marcan contra la tela blanca. Se sonroja ligeramente y tira de la prenda para separársela del cuerpo.
- Él me ha pasado – contesta, resentida.
En un cómodo silencio, vuelven a enjabonar y lavar a Dickens hasta que todo rastro de lodo ha desaparecido por el desagüe de la ducha y el pelo del perro brilla, lustroso como nunca.
- ¿Chlo, sales tú primero y coges una toalla limpia para secarle? Se me ha olvidado prepararla.
La pelirroja sonríe y asiente, cerrando el grifo y dejando la alcachofa en el suelo. Dickens se toma eso como una señal de que ya han acabado y sacude todo su cuerpo para escurrirse el agua. Una vez más, la DJ recibe todas las gotas que salen despedidas de él, pero ahora Chloe también le hace compañía.
Ambas gritan, pilladas por sorpresa, y extienden las manos para protegerse cuando el perro repite el gesto.
- ¡Dickens! – exclama Beca con fastidio mientras Chloe se limita a reírse a carcajadas.
La puerta del baño se abre de golpe, chocando contra la pared, y ocho chicas entran en tropel en el diminuto espacio con caras que van desde la preocupación hasta la simple curiosidad.
- ¿Estáis bien? Hemos oído gritos – inquiere Ashley.
- Y no parecían gritos sexys – comenta Flo.
- Todo bien, perdonad si os hemos despertado – responde la pelirroja con su sonrisa más encantadora.
Amy entrecierra los ojos, notando la falta de ropa y las transparencias de la poca que tienen puesta.
- ¿Estabais haciendo un concurso de camisetas mojadas sin avisar? – se cruza de brazos fingiendo estar herida –. Ah, seguro que era porque no queríais que os machacara.
Beca resopla, Chloe se ríe silenciosamente y Stacie se abre paso entre las Bellas hasta estar delante del todo.
- ¿Tú? Perdona, pero ¿has visto esto? – sus manos rodean sus pechos y los empujan hacia arriba en un gesto tan típico en ella que ya ha dejado de sorprender a las demás.
Antes de que la australiana pueda replicar, la DJ alza ambas manos en actitud apaciguadora.
- Vale, vale, no queremos saber quién ganaría…
- Habla por ti – murmura CR con un guiño.
- …Estábamos bañando a Dickens – continúa la capitana haciendo caso omiso a la interrupción –, porque una de vosotras se dejó abierta la puerta.
De repente, las ocho chicas parecen haber perdido todo interés en la situación y comienzan a señalarse entre ellas y mascullar excusas, escapando de forma precipitada del baño. La puerta se cierra tras ellas con un golpe sordo que hace encogerse a Chloe, pero arranca una sonrisa triunfal a Beca.
- Sabía que habían sido ellas.
- Ya, bueno, tampoco quedaba otra opción, Becs – comenta la pelirroja.
Su amiga le lanza una mirada y se cruza de brazos. El acto cubre sus pechos y Chloe siente una punzada de lástima. La urgencia por compensarlo es tanta que no puede frenar las palabras que caen de su boca sin apenas ser pensadas:
- ¿Qué te parece si nos duchamos, tú y yo? – curva sus labios en una sonrisa que advierte peligro en todos los idiomas.
- Ya, estaba pensando en hacerlo cuando terminara con este – replica Beca sin pillar el doble sentido, demasiado centrada en Dickens.
Su respiración se atasca en su garganta cuando la pelirroja se inclina sobre el cuerpo del perro, sus ojos cargados de una intensidad que la DJ no había visto nunca, o casi nunca. Recula hasta chocar contra la pared.
- Me refería juntas, ya sabes, para ahorrar agua – un guiño lento y sensual acompaña a sus palabras y convierte a Beca en un desastre sonrojado y balbuceante que no sabe dónde meterse.
- Ya te gustaría, Beale – replica con voz temblorosa tras cinco minutos de musitar incoherencias.
Sale de la ducha apresuradamente, sin importarle que Dickens escape con ella, y escucha la alegre carcajada de Chloe a su espalda.
- Sabes que sí, Mitchell – replica esta.
Beca aprieta los dientes y saca una toalla del armario bajo el lavabo, envolviendo al perro en ella. Algo rosa pasa volando frente a su cara antes de aterrizar en el suelo. Para de frotar a Dickens para mirar y traga saliva al ver que es la camiseta que llevaba Chloe. Cuando un sujetador se une a la primera, agacha la cabeza y se centra en lo que está haciendo para terminar cuanto antes.
La última prenda cae en el montón y la toalla resbala de entre las temblorosas manos de la DJ. El agua comienza a sonar tras ella y sabe con exactitud qué vería si se girase en ese preciso momento. Solo el pensamiento causa que se le seque la boca.
«¿Qué me está pasando?», se pregunta a sí misma mientras tropieza con sus prisas por salir del baño y huir de la noción de Chloe completamente desnuda a menos de un metro de ella.
