Acto II: Adepto

Snape hizo que dos de sus alumnos arrastraran a Harry Potter hacia su rincón en el área residencial. El aludido se había desmayado a causa del dolor sufrido durante la sesión de tortura de su maestro. Los demás pupilos miraban, asustados, lo que le había ocurrido al mejor de ellos por desafiar a su superior. Por supuesto, todos los demás habían presenciado el acto de desafío de Potter y, contrario a lo que uno podría pensar en esas circunstancias, el resto del reducido grupo no podía hacer otra cosa más que admirar al joven de cabello revuelto y ojos verdes. Muchos magos adultos le tenían un temor reverente a Severus Snape por su habilidad en los duelos, y lo que hizo Potter no pasó desapercibido por nadie. Y, pese al aislamiento del lugar en el que nuevos guerreros eran formados, el boca a boca fue implacable. Pronto, otros colegios supieron de la proeza de ese joven llamado Harry Potter y las consecuencias se sintieron sólo días después de la batalla.

Tres días después que Harry fuese torturado, tres hombres de avanzada edad entraron en el complejo de entrenamiento de Severus Snape. Los alumnos se dispusieron en fila a ambos lados del pasillo principal, rígidos como tablas, con sus brazos pegados al cuerpo y las piernas juntas, como lo haría un militar en posición de saludar.

Los tres hombres pasaron casi sin darse cuenta que había personas en ambos lados del frío corredor de piedra. Los dos que flanqueaban al que parecía ser el líder aparentaban tener unos cincuenta años, con cabellos cortos y bien peinados y usaban togas blancas que cubrían unas túnicas de color azul. El que iba al medio, sin embargo, usaba una toga blanca que cubría una túnica roja y su cabello era enteramente plateado y largo. No lucía como un anciano, sino que más bien parecía no tener edad, como si hubiese vivido miles de años sin que su apariencia se viese afectada por el tiempo.

Severus Snape apareció al final del corredor y reconoció a los tres visitantes de inmediato. Sin embargo, no tenía idea del motivo de la visita: los tres miembros más poderosos e influyentes de lo que restaba de la sociedad mágica jamás avisaban cuándo iban a venir o a realizar una inspección de rutina.

—Gran Maestro —dijo Snape, ya no con el tono duro e impasible con el que se dirigía a sus alumnos, sino con una inflexión un tanto sumisa y que revelaba la jerarquía de los hombres frente a él, sobre todo, el de la barba plateada.

—Buenas noches Maestro Severus —dijo el del cabello blanco y largo—. Parece que sus alumnos han aprendido bien a respetar a sus superiores.

—Me alegra saberlo, Gran Maestro —repuso Snape con una ligera inclinación de cabeza—, pero me temo que no todos tienen en estima aquellas reglas.

—Desafortunadamente, así es, Maestro Severus —dijo el hombre del cabello plateado—. Me enteré del destino del joven Potter pero, contrario a lo que le pueda parecer a usted, no estoy para nada decepcionado de usted y de sus enseñanzas. Todo lo contrario. Estoy impresionado por la fuerza y la determinación de Harry Potter, y más todavía por la forma en que lo desafió. Casi lo derrota. A usted. ¡Vaya!

Snape sintió que le temblaba un labio.

—No veo al joven Potter entre sus alumnos, Maestro Severus. ¿Le ocurre algo?

Severus se sintió, por fracciones de segundo, muy incómodo. Lo que él le había hecho a Potter no debía hacerse público bajo ninguna circunstancia porque a muchos Maestros les parecería muy extrema la medida tomada por él, Severus, para que Potter le tuviese un mínimo de respeto.

—Él está… indispuesto, Gran Maestro.

—Me gustaría comprobarlo por mi cuenta, si no es mucha molestia para usted.

—Por… por supuesto. No… no hay problema.

El de más edad de los presentes arrugó el entrecejo, como siempre hacía cuando hallaba una situación sospechosa, pero no dijo nada. En lugar de usar las palabras, hizo señas a sus dos acompañantes para que lo siguieran.

—Si desea, yo puedo conducirlos…

—No habrá necesidad de aquello, Maestro Severus —dijo el Gran Maestro, alzando una mano para realzar sus intenciones—. Conozco cómo llegar al área residencial. Haga el favor de esperar aquí hasta que mi inspección haya concluido.

El hombre del cabello plateado y sus dos acólitos desaparecieron del pasillo principal, dirigiéndose por otro pasillo más estrecho hacia el área residencial. Snape se quedó mirándolos con muchos nervios hasta que tomó una decisión. Una elección que podría costarle muy caro.

Harry Potter yacía inconsciente sobre su cama de paja. No era que estuviese demasiado agotado para levantarse o que alguien le hubiera abierto la cabeza con una piedra, ni siquiera que hubiese visto algo demasiado desconcertante o que desafiaba a su lógica. Harry estaba en aquella lamentable circunstancia por culpa del dolor… mucho dolor. Snape jamás había usado la tortura con alguno de sus alumnos alguna vez, pero este chico lo ameritaba. El Maestro caminaba apresuradamente por un estrecho pasillo hecho de piedra en cuyos bordes abundaba el musgo. Nunca creyó que alguna vez iría a usar ese pasadizo secreto hacia el área residencial, ni menos con el propósito que tenía en mente. Aquella soberana ridiculez era la única forma de salvar su reputación; Snape dudaba que el Gran Maestro aprobara la tortura de uno de sus alumnos para enderezarlo.

Snape llegó al final del claustrofóbico pasillo y su nariz agradeció el cambio de aroma. Allí estaba, Harry Potter, todavía desmayado y tirado de lado sobre la paja, haciendo que la horrible herida que Snape le provocó se viera en toda su horrible dimensión. Le asaltó unas ganas de vomitar, que las supo contener. Snape se acercó al cuerpo inerte de Potter y lo levantó, dando tumbos a veces para encontrar su nuevo centro de gravedad. Tuvo que entrar de costado en el pasadizo para que ambos cupieran en la estrecha abertura y la túnica de Snape desapareció justo cuando la puerta de la habitación se abrió y la placa de piedra que ocultaba el pasillo secreto tapó la entrada.

Snape comenzó a sudar minutos después de tomar a Harry en brazos y pudo escuchar los rezongos y maldiciones de los invitados. Fue cuando supo que debía apresurarse. El Gran Maestro era un hombre que jamás dejaba algo al azar, era alguien metódico, con una mente estructurada y una maestría sobre las fuerzas mágicas que nadie había visto antes. Había una razón por la cual era llamado Gran Maestro.

Parecieron pasar muchos minutos desde que Snape escapó del área residencial con Harry a cuestas hasta que salió al pasillo principal, y lo notó mucho. Snape casi creía escuchar pasos apresurados desde las profundidades del complejo cuando abrió con un pie la puerta de salida y corrió a toda la velocidad que le permitían sus piernas en dirección a un paisaje poco común en aquel páramo.

La tierra era marrón y se extendía hasta donde alcanzaba la vista, pero en medio de tamaña desolación había un pequeño bosque de abedules. A juzgar por los troncos caídos y putrefactos que rodeaban a la floresta, el bosque fue una vez mucho más grande de lo que era ahora, una triste postal de un mundo que ya se fue por el desagüe.

Snape depositó a Harry sobre el suelo cubierto de hojas y esperó, y esperó, y siguió esperando por largos treinta minutos hasta que el joven abrió los ojos y vio a su maestro, quien ostentaba un rostro que denotaba mucha preocupación. No se sorprendió al ver que Harry tembló de pies a cabeza al verlo y trató de huir lejos, alejarse lo más que se pudiera de quien lo torturó de la peor forma posible, pero Snape alzó su varita y Harry quedó congelado justo cuando iba a correr lejos de su dolor.

—¡No huyas, que te van a descubrir!

—¿Dónde estoy?

Snape bajó la voz. A lo lejos divisó al grupo que fue a inspeccionar el complejo. Lucían como delgadas paletas de carne en medio de los troncos.

—Está a salvo, por el momento.

La mentira de Snape era increíble.

—¡No estaré a salvo mientras usted esté conmigo!

Harry no dijo aquellas palabras con violencia, sino que más bien con miedo y, Snape notó que por primera vez en todo el tiempo que llevaba entrenando a Potter, él lo trató de usted. Es un comienzo, pensó el maestro de magia.

—Nunca estarás a salvo —dijo Snape, empleando una voz dura, pero no tan dura como la que acostumbraba usar con él en los entrenamientos—. No lo estarás si no disciplinas tu mente ni peleas con la cabeza fría. Eres bueno porque tienes la cabeza caliente y eso claramente te hace más rápido, fuerte y atento que los demás. Pero si quieres ser un verdadero maestro, debes ordenar tus pensamientos y enfriar tu cabeza.

—¿Me está entrenando?

—¿Qué otra cosa me ves haciendo, Potter? —gruñó Snape, bajando la varita y liberando a Harry del encantamiento que lo tenía rígido como un mausoleo—. Es obvio que tienes talento, pero no sabes cómo usarlo. Atacas a tontas y a locas, aunque no lo parezca, aunque los demás piensen que todos tus movimientos están calculados. Tienes que trabajar más tu mente, ordenarla, remover ese caos que tienes adentro —Snape golpeó suavemente con los nudillos la cabeza de Harry, realzando su idea—. ¿Me oíste?

Harry no dijo nada por breves segundos antes de responder.

—¿Por qué hace esto? ¿Por qué no lo hizo antes?

Harry sintió que Snape le zamarreaba los hombros.

—¿Acaso no escuchaste nada de lo que te dije? ¿Acaso eres sordo? ¿Acaso tienes la cabeza tan caliente que no aceptas más ideas que las tuyas? ¡Escúchame con atención, Potter, porque no voy a repetírtelo otra vez! Enfría… tú… cabeza. Hazlo ahora. Respira profundo.

Harry hizo lo que Snape le ordenó. Inspiró y espiró, lenta y rítmicamente. Snape, mientras tanto, observó cómo los puños de su alumno se fueron aflojando, las venas en su cuello comenzaron a desaparecer lentamente y ya no lucía tan tenso como en la pelea masiva que miró hace varias horas atrás.

—¿Cómo sientes que piensas? —preguntó Snape, diagnosticando la situación—. ¿Notas cómo tus ideas son menos caóticas, más distinguibles entre la bruma mental que calentaba tu cabeza? ¿Las puedes ver mejor?

—Sí, creo que sí —respondió Harry después de unos minutos de relajación.

—¿Ves? Cuando ordenas tus ideas, las ves con más claridad y puedes usarlas a tu favor. Muchos dicen que la lucha es una reacción instintiva. En parte lo es, pero si no le impones un orden a tus ideas, éstas comenzarán a controlarte y esa no es la idea. El punto es que tú controles a tus ideas, que trabajen para tu beneficio, así podrás explotar tus fortalezas y neutralizar tus debilidades. Olvídate del cliché "pelea y escapa". No te va a servir en este mundo.

Harry miró extrañado a su maestro.

—¿Pero, no fue esa una de las reglas más básicas que nos enseñó? ¿Se está contradiciendo?

—No entendiste el verdadero significado de la frase —replicó Snape, tratando por todos los menos necesarios de reunir paciencia—. Es cierto eso de pelear o escapar, pero debes hacerlo con la cabeza, no con otra cosa. Tú debes decidir si pelear o escapar, no tu instinto. Por eso es que debes mantener la frialdad, aun frente al peligro. Si tienes delante a un enemigo al que puedes vencer, ¿para qué escapar?

Harry sentía sus articulaciones como desencajadas como consecuencia de respirar de manera tan deliberada. Casi era capaz de tomar con las manos sus pensamientos y examinarlos.

—¡Pelea! —gritó Snape de forma sorpresiva. Harry, lejos ser pillado con la guardia baja, se arrojó al suelo y rodó encima de las hojas justo en el momento en que un maleficio proveniente de la varita de Snape casi lo tumbó en el suelo. Harry, guiado por su intuición y no por su instinto, desistió de atacar por hallarse en una posición que sacrificaba mucha precisión. Decidió esperar el siguiente ataque.

Media hora después, Harry comenzó a sentir los beneficios de tener la cabeza despejada de emociones. Snape atacaba cada vez más lentamente y Harry necesitaba menos energía para evadir sus maleficios, hasta que llegó un punto en el que Harry apenas requería movimiento alguno y tuvo la oportunidad de propinar un maleficio, el cual impactó de lleno en el pecho de Snape. El maestro cayó al suelo con un golpe sordo y Harry cometió un pequeño error al aproximarse a su oponente para asestarle el golpe final. Snape vio en fracciones de segundo que su alumno le había dado un punto ciego de regalo y lo aprovechó sin vacilaciones. Segundos más tarde, Harry cayó de espalda al suelo pero Snape no avanzó. Siguió apuntándolo con su varita, pero desde una distancia segura para tener una vista perfecta de cualquier movimiento inesperado que pudiera sorprenderlo.

—¿Cuál fue tu error?

Harry reflexionó, volviendo a hacer el ejercicio de inspirar y espirar.

—Fui a matar demasiado pronto y demasiado cerca.

—Exacto —aprobó Snape—. Recuerda la lección más básica, ¡y que no se te olvide para la próxima! ¡El enemigo más peligroso es aquel que nadie teme!

—S… sí maestro —balbuceó Harry, recordando lo que le hizo la persona frente a él. Snape, en un raro gesto de amabilidad, le tendió la mano para que Harry pudiera ponerse de pie, pero el maestro tiró un poco más fuerte de lo normal y el cuerpo del alumno impactó con el del maestro. Ninguno de los dos supo cómo reaccionar y el contacto se mantuvo y se fue alargando a medida que la incomodidad no hizo otra cosa que aumentar.

Al final, fue Snape quien alejó a Harry, de una forma un poco más violenta de lo que tenía planeado, pero ninguno de los dos mostró la más leve emoción.

—¡De nuevo! —exclamó Snape—. Haremos esto una y otra vez hasta que aprendas.

—¿A qué se refiere? —inquirió Harry con una leve inflexión que sonaba un poco a desafío—. ¿A levantarme del piso y a repetir esa escena hasta que la perfeccionemos? —añadió en tono sarcástico.

—¡No bromees conmigo Potter! —chilló Snape, aunque un leve tinte rosado en sus mejillas lo traicionó. Harry, por fortuna o por desgracia, no se dio cuenta—. ¡Ahora! ¡Recuerda relajarte antes de la pelea! ¡Cabeza fría Potter, cabeza fría!


—Así que —decía Snape, tres meses después de haber escapado con Harry desde el complejo—, ¿tus padres fallecieron?

—Asesinados —puntualizó Harry sin mostrar un ápice de emoción, gracias al entrenamiento proporcionado por su maestro—. Un clan rival quería apoderarse de nuestros víveres y ellos se opusieron. Los masacraron a maleficios. Sin embargo, ellos fueron descuidados y me pasaron por alto. Por supuesto, robaron todo en la casa y me abandonaron con ella—. Harry narró todo eso con una frialdad de la que no hizo gala mientras entrenaba junto con sus camaradas en el complejo—. Unos tíos me adoptaron, pero me trataban como si yo fuese ganado. Tuve que ganarme la vida desde el día uno.

—Bueno, eso explica por qué eras como eras —comentó Snape mientras masticaba un trozo de carne de lo que era llamado un ciervo antes del invierno nuclear—. Creo que si hubieses tenido una familia, me habrías respetado desde el comienzo. Pero estoy razonablemente contento con tu progreso.

—¿De verdad?

—Claro —repuso Snape—, pero no lo suficiente, Potter. Creo que has perdido un poco de iniciativa, aunque reconozco que fue mi culpa. No debí haberte torturado.

—Veo que no soy el único que tiene la "cabeza caliente" —opinó Harry, acercando un pedazo de carne mutada a la fogata que arrojaba sus cenizas al aire nocturno. No hacía frío. El efecto invernadero producto de la guerra todavía llevaba muy poco tiempo para que tuviese un impacto significativo en el clima.

—Supongo —dijo Snape, no hallando nada más que decir. Se limitó a mirar a su pupilo, aunque lo hizo más allá de lo que mostraba. Harry Potter había cambiado mucho desde que Snape se lo llevó a la intemperie. Fue una buena decisión después de todo. Al fin, Harry lo respetaba, aunque tenía la clara sensación que había algo más rondando en los ojos verdes de su pupilo. Aquello venía pasando desde ese "incidente" al final del primer entrenamiento en el bosque.

Harry se puso de pie para buscar más leña a la pila de troncos que había cerca. Cogió unos cuantos troncos que estaba secos e iba a arrojarlos al fuego cuando una raíz hizo que Harry tropezara y cayera sobre Snape. Afortunadamente, los leños fueron a parar directamente al fuego, pero la suerte no estaba del lado del maestro. Snape quedó de espaldas sobre un tronco que usaba de asiento y estaba terriblemente incómodo, sobre todo con Harry directamente encima de él.

—¿Podrías salir de encima? —gruñó Snape, pero Harry no se amilanó. No era que no quisiese salir de esa situación tan embarazosa, pero el ángulo en el que estaba con respecto al suelo no era el mejor. Tenía que pasar por encima de Snape y el maestro no tenía tanta fuerza para levantar un cuerpo de una gran musculatura. Harry se arrastró lentamente sobre su maestro y, la mala suerte, ¿o la providencia? tuvo que obrar su misteriosa fuerza sobre ambos.

Los labios de Snape rozaron los de su alumno, y ninguno de los dos pudo reaccionar en lo absoluto. ¿Cómo podrían? Esto hizo que el roce se prolongara en el tiempo; los segundos pasaban y el roce pasó a ser algo más que eso. Snape se dio cuenta, sólo en ese momento, de lo que ocultaban los ojos de Potter y fue él quien se atrevió a ir un poco más profundo, y el roce labios se transformó, sin que Snape pudiera impedirlo de ninguna forma, en un beso, con todas sus letras.

No sabía si era conmoción lo que estaba sintiendo o si estuviese esperando secretamente ese momento, pero Snape no podía reaccionar para nada. Tenía sus labios enganchados a los de Harry sin que su voluntad consciente tuviera algo que decir al respecto. Sin embargo, la estupefacción estaba durando demasiado. No podía ser simplemente un truco de su mente; había algo en él que deseaba que continuara ese mórbido experimento del que repentinamente era partícipe y espectador a la vez.

Algo en la mente de Snape cliqueó y se separó violentamente de su pupilo, de repente recuperando la fuerza que la anterior incomodidad le había negado. Apartó a Harry a un lado, respirando de manera rápida y superficial. ¿Por qué su corazón latía tan desbocadamente? ¿Era la adrenalina, sea lo que fuese aquello? ¿Era otra consecuencia de su incomodidad? De alguna forma, no lo sentía así. Severus Snape no era una persona que se dejara llevar fácilmente por las emociones, pero en ese momento, se sintió como el que más, como si de golpe y porrazo, las emociones tomaran el control. ¿Pero qué era lo que sentía? Mientras miraba a Harry observarlo con un rostro de profunda decepción, él se sintió como "tocado" por su decepción. Y, aunque tratara de espantar a sus sentimientos, reclamando que la lógica volviese a él, las emociones, por primera vez en mucho tiempo, ganaron la batalla y Snape se acomodó sobre el tronco de abedul, meditabundo y abrumado.

Harry se dio cuenta que algo le pasaba a su maestro y supo que su inicial decepción fue infundada. Normalmente, era él quien se sometía a la voluntad de su maestro y, en cierta medida, se sentía refugiado, seguro, protegido por su rigidez. Pero esta vez, los papeles habían cambiado. Todo era al revés. Era Snape quien necesitaba protección en una materia que él no dominaba para nada. En consecuencia, Harry se acercó a él, tomó asiento junto a su maestro y lo abrazó, largo y tendido.

Snape no reaccionó ni impidió ser abrazado.


A la mañana siguiente, Harry y Snape yacía abrazados junto al tronco que este último había usado como asiento la noche anterior. Fue Harry quien despertó primero y se puso de pie de tal forma que no molestara a su maestro. Había amanecido, como siempre, nublado, pero no a causa de las nubes, sino que por la densa capa de polvo radiactivo que había levantado la guerra nuclear, la cual no iba a desaparecer hasta que hubiesen pasado diez mil años cuando menos. Esto hacía que los bosques fuesen milagros, aunque toda la flora dependiente de la luz del sol iba a morir tarde o temprano… o iba a adaptarse para sobrevivir al radical cambio del entorno.

Harry salió a cazar el desayuno. No tenía que ser algo muy grande, de otro modo lo que restara de la comida se iba a perder por culpa de la descomposición. Tampoco había mucha variedad para elegir por lo que cualquiera que necesitase cazar tenía que hacerlo con mucho cuidado, si no quería regresar con las manos vacías.

Harry pilló una cría de ciervo con escamas en lugar de pelaje. Tenía una pata torcida y caminaba con mucha dificultad. Era la presa perfecta. Cualquier ser vivo que tuviera alguna herida no sería capaz de sobrevivir bajo las estrictas y crueles leyes de la selección natural. Harry no necesitaba lanza alguna para matar a su presa; su varita bastaba. Se aseguró que no hubiese nadie en las cercanías, por si el malogrado ciervo fuese una trampa. Fue acercándose lentamente, siempre mirando a su alrededor, sin dar ningún paso en falso que alertara su posición.

Faltaba un metro para matar. Medio metro.

Harry enarboló su varita, listo para cazar.

Segundos más tarde, todo se fue a negro.


Snape se despertó como una hora más tarde que su aprendiz y se dio cuenta que Harry no estaba a su lado. Una oleada de miedo lo sacudió antes que su conciencia se diera cuenta que, posiblemente, Harry hubiera ido a obtener el desayuno. Sintiéndose más tranquilo, se restregó los ojos y se dispuso a limpiar todo indicio de que alguien estuvo allí. Mientras arrojaba lejos las cenizas, oyó pasos, como si pesadas botas pisaran hojas y ramas. Snape, se sintió traicionado por sus instintos, de las pocas veces que le había pasado aquello, y corrió a esconderse tras una pila de troncos caídos, del cual escapó una araña del tamaño de un perro pastor alemán. Snape halló un hueco entre los troncos para observar sin ser observado.

Unos cinco hombres, todos ataviados con armaduras de cuero, llevaban a otra persona, la cual estaba atada de pies y manos una rama gruesa de árbol. Todos dialogaban entre ellos, hablando de la recompensa que les esperaba cuando llegaran con el Gran Maestro.

Snape sintió un involuntario miedo recorrer su médula al ver con más detenimiento al hombre que colgaba de sus extremidades, porque le resultaba familiar, demasiado familiar.

No. No puede ser. ¡Malditos!

Snape esperó a que la extraña comitiva se alejara lo suficiente para poder seguirlos sin levantar sospechas. Caminaba apenas levantando los pies para hacer el menor ruido posible en la vasta arena que dominaba casi todo el paisaje, sin preocuparse de si alguien lo estaba observando o no. Su única meta era averiguar la última parada de esa manga de imbéciles que raptó a su mejor alumno, a su adepto… aunque no estaba seguro de si era algo más, sobre todo después de lo que ocurrió anoche, pero sí estaba seguro de algo: iba a hacer cualquier cosa para que su pupilo número uno no cayera bajo las garras del Gran Maestro. A Snape no le gustaba los métodos que usaba el Gran Maestro: él era demasiado blando con sus aprendices, privilegiaba la sabiduría por encima de la fuerza y la habilidad. El mundo en ese entonces no necesitaba hombres sabios, necesitaba guerreros con la capacidad para sobrevivir en un entorno hostil, y la inteligencia sin fuerza no servía para nada.

Pasaron dos horas de ininterrumpida caminata y una estructura gigantesca apareció en el horizonte. Los chamanes decían que en ese lugar se celebraba una tertulia gigantesca donde veintidós personas se pasaban una pelota usando los pies, tratando de pasar aquella esfera a través de un rectángulo hueco con una malla en su extremo posterior. Dicho en palabras sencillas, aquella estructura solía ser un estadio de fútbol.

Pero en esos tiempos, aquel lugar no era usado para el deporte. Bueno, en cierto modo así era, pero no era, ni por asomo, un pasatiempo o una entretención. Ese estadio era el lugar donde las leyendas nacían, el lugar del cual provenían los Grandes Maestros de antaño, un lugar que había conocido la sangre de incontables hombres y mujeres que aspiraban a grabar su nombre en la historia.

Ese lugar sagrado era llamado, el Circo Máximo.