Hola mi gentee. ¡Volví! He tardado porque tengo mucha tarea y bueno, eso. Esto va para Mills (por pesada, igual te quiero) Ahí me dicen qué piensan. Besitos.
Salió enojada del baño, más enojada que cuando entró. Más enojada que cuando vio la foto. ¿Qué se creía? ¿Que con un orgasmo le iba a sacar la rabia que traía? Era una… se acomodó el cabello y se encontró a Jennifer sentada en el sofá, con los brazos cruzados y la mirada fija en la entrada del cuarto.
- ¿me vas a decir qué te pasa?
- Estoy muy cansada y tú vienes como una adolescente hormonal a querer follar como conejas, eso me pasa – se ajustó la bata a la cintura y fue a la cocina por agua y algún analgésico. Su cabeza iba a explotar.
- Antes te gustaba que viniera así – gritó, acomodándose el cabello en una coleta alta - ¿sabes qué? No sé ni para qué intento arreglarlo. Siempre encuentras algo por qué discutir.
- No, si no te importa. Por eso no se lo has dicho a nadie – gruñó una vez que estuvieron en la misma estancia. Otra vez con el mismo cuento, pensó Jennifer y suspiró pesadamente.
- Lana…
- Mañana viene mi hermana y no te quiero ver aquí. No vaya a ser que se dé cuenta, ¿verdad? No te conviene, no conmigo.
- ¿sabes qué? Haz lo que se te venga en gana.
Con las últimas palabras de la morena, Jennifer comenzó a arreglar su pequeño espacio, desempacando, arreglando cosas que no necesitaban arreglo. Llegando a la conclusión de que debía hablar con su agente de bienes raíces urgentemente. ¿No te conviene, no conmigo? Se frotó las sienes y salió en búsqueda de su… ¿novia? ¿Amante? Al fin y al cabo, salió en busca de respuestas. Cuando cerró, Colin estaba en el umbral, tan pulcramente peinado y arreglado como siempre.
- Buenos días. Me dijeron que volviste, ¿quisieras ir a tomar un café?
- Sí… bueno – Lana los encontró cuando salió de su propio cuarto y frunció la boca como diciendo te lo dije, sus ojos centellaban pero sólo Jennifer podía verlos así. Sólo ella la conocía.
Debió haberse quedado demasiado tiempo mirando a la mujer de baja estatura porque Colin giró la cabeza, una cordial sonrisa en sus labios.
- Lana, ¿qué tal?
- Muy bien, ¿tú? – sonrió más calmada, a veces ser actriz le convenía un montón.
- Muy bien… le estaba diciendo a Jen de ir por un café, ¿vienes? Quiero saber sobre algo, es por Helen, y quisiera algún consejo.
- Qué mono eres – dijo riendo mientras se acercaba – Lo siento, pero tengo que ir por Lola, me ha llamado su cuidadora. Quizás otro día – le palmeó el hombro y susurró algún hasta luego que sólo Colin respondió.
- Bien… ¿qué dices?
- Vámonos – murmuró, su corazón dolía. La había ignorado totalmente.
Lana dio algunas vueltas con la perra tirando de su correa, incitándola a correr pero no estaba de humor. Jennifer parecía más enojada, pero ella no era quien debía estar enojada. Claro que no. Los buenos días parecían haberse esfumado con el paso del tiempo, como hojas que crecen nuevas y tiernas, llenas de vida: así había sido su amor. Habían resistido bastantes tormentas, sin poder ser arrancadas de su estabilidad. Pero como todo tiene que pasar, el tiempo marchita las hojas y estas terminan por caer y pudrirse o ser llevadas por el viento. Y no sabía cuál de los dos era peor. Y tenía miedo de estar marchitándose o a punto de caer.
Jennifer escuchaba sin escuchar, solo lo necesario, Colin planeaba un regalo especial para Helen y no sabía cómo sorprenderla y necesitaba ayuda. Entonces comenzó a recordar los regalos que le había hecho a Lana año tras año, los que Lana le había entregado también vinieron a su mente. Sorpresas que sellaban días largos de trabajo, la mayoría de ellas en locación, mirando las estrellas en el puerto del pequeño pueblo donde nadie podía molestarlas. Prometiéndose un para siempre que ahora parecía lejano. Y quiso llorar al ver cómo estaban, y peor porque no sabía por qué estaban así. Miro a Colin, el amor en sus ojos, y apretó la taza entre sus manos.
- Estoy saliendo con Lana. Desde hace tres años – le cortó de golpe. El moreno mantuvo la sonrisa una milésima de segundo antes de quedarse serio – Lo siento, no te quería interrumpir, yo sólo…
- ¿en serio?
- Yo… sí…
- Wow… yo nunca pensé que… - titubeó, notando lo nerviosa que Jennifer estaba – Hey, está bien.
- No le digas a nadie, no aún – pidió en voz baja, casi quebrada y él le levantó de la barbilla.
- ¿qué sucede?
- Es la tercera pelea que tenemos en menos de dos meses, pensé que sólo era otra pequeña crisis pero…
- ¿qué pasó?
- No lo sé, no me quiere decir. Desde hace días que no contesta mis mensajes o llamadas. Realmente la extrañé y todo lo que encuentro al llegar es su mal humor, su alejamiento y lo fría que está conmigo.
Volvió a mirar la foto, sintiéndose hervir nuevamente. Jamás se había sentido así, con nadie. Dicen que los celos son reflejos de nuestras inseguridades, y quizás sí estuviese sintiéndose insegura a cerca de lo que estaba dando y lo que no en su relación. Trataba de mantener en secreto aquello porque quizás Jennifer no estaba preparada para que la apuntaran con el dedo, porque la amaba, la respetaba y quería que se sintiese segura antes de dar ese paso. Por otro lado ya no aguantaba no poder decir que estaban juntas, no poder tomarle la mano y pasear con Lola y Ava por allí, como una pequeña familia. Detestaba tener que estar en un anonimato que de alguna manera les daba la libertad de amarse. Quizás la estaba presionando mucho. Y ahí se enojó consigo misma por estar enojada con Jennifer. Nadie tenía la culpa de eso, ellas lo habían elegido. Pero tenía miedo, estaba aterrorizada. Arrastrando los pies, se dejó guiar por Lola hasta el complejo de departamentos donde estaban quedándose.
Habían pasado tres días en los que no se buscaron, Lana casi no estaba. Se la pasaba afuera intentando disfrutar de sus días libres por días de trabajo extra que había hecho. Pero no se sentía feliz del todo. Había estado pensando demasiado últimamente. No quería perder lo que tenía con Jennifer, no porque fueran muchos años, sino porque sabía que aun valía la pena, que siempre lo haría. Que cuando una cayera, la otra estaría a su lado para caer juntas o levantarse, curarse las heridas y seguir adelante. Que el dolor era para compartirse también, que podrían encontrar la felicidad. Juntas. La foto tal vez no importara. Tal vez sólo estaba viendo cosas donde no debía. Jennifer por su lado grababa y cometía error tras error, ganándose un gesto de extrañeza por parte del productor. Ginny trataba de hablar con ella, pero era evitada a toda costa. Sabía por qué Lana se había puesto mal, pero no podía entrometerse y descubrirla. Podía ayudar, tratando de aconsejarlas en cómo arreglar ese enredo del cual sólo una de las dos sabía por qué estaba enojada.
Pero un día Jennifer se presentó en su puerta, con una botella de vino y comida italiana. Sus ojos no brillaban como siempre, tenía las ojeras algo marcadas y arrugas junto a los ojos. El corazón se le estrujó. Era su culpa.
- ¿será que podemos hablar?
- Pasa – murmuró, haciéndose a un lado.
Se quedaron sin hablar un buen rato, sólo el sonido de los cubiertos rompía el ruidoso silencio. Alguna que otra mirada esquiva, algún roce del que huían despavoridas. Había algo sin resolver, era obvio.
- Yo… lo siento – dijo Lana, con aire bastante compungido. –, por todo. No sólo por estos días, hablo de todos los errores que vengo cometiendo. No… quiero que las cosas terminen mal entre nosotras, Jen – sus ojos estaban en los de la rubia que había detenido el cubierto a mitad de camino – Si ya… si ya no puedes con esto, se acaba… si quieres seguir, aquí estoy, pero de cualquier manera no quisiera ser un mal recuerdo.
- ¿qué te pasa? – preguntó tiernamente, como si de un animalito asustado se tratase.
- Siento que estoy haciendo mal algo, ya no es como antes. Creo que yo lo arruiné.
- No, no digas eso – se levantó y se puso de rodillas junto a ella, tomándole las manos – No pasa nada. No quiero acabar contigo, no quiero que nada acabe entre nosotros porque me costó mucho trabajo aceptar que me gustabas, que te quería y lo sabes. No has hecho nada.
- La mayoría de las discusiones son mi culpa, Jen. Eso no es normal, no está bien. Tú no haces nada mal, todo está en mí. No te quiero herir y lo hago, no quiero alejarte y quien se aleja soy yo, no quiero estas cosas oscuras dando vueltas dentro de mi cabeza, apartándome cada vez mas de nosotras.
La rubia se irguió y la abrazó, haciendo que reposara la cabeza en su pecho, acariciándole el cabello que empezaba a crecer con rapidez. Lana se veía indefensa, presa de fuertes sollozos, aferrada a su cintura como un náufrago se aferra a un salvavidas. Las lágrimas pronto empaparon su blusa y no importó, los minutos pasaban rápidamente y no importaba, tampoco el dolor de su brazo por seguir en la misma posición.
- Ven, vamos a la cama – susurró, ayudándola a ponerse de pie y caminando a la pequeña habitación.
Jennifer le rodeó la cintura y dejó que escondiera su cara contra su cuello, deleitándose con su aliento haciéndole cosquillas en la piel.
- Podemos resolver lo que sea juntas, pero dime qué pasa.
- Es tonto…
- No, no es. No es tonto si te hace sentir mal, si te hace llorar, si hace que peleemos. – le acarició la espalda y puso su mejilla s obre la coronilla de Lana.
- Tengo miedo, Jennifer, a que me dejes de querer y encuentres a alguien más. – no le iba a decir que se había puesto celosa por las fotos con Rose en aquel auto y lo bien que se veían juntas, dadas de la mano, y… apretó los ojos. No quería recordar.
- Pequeña…
- Lo sé… es tonto.
- Está bien. Yo también tuve miedo, al principio. Pero luego lo superé, ¿verdad? Ahora es tu turno, y como tú estuviste conmigo, yo voy a estar contigo. Somos una pareja, mi vida… no podemos dejar que algo nos venza, no a nosotras.
- ¿sabes? Estuve pensando mucho… en todo. Y quiero que… cuando ya no puedas más, me lo digas, ¿sí? No quiero hacerte sufrir – alejó su rostro de su cuello y le acarició la mejilla- ¿lo harás? Prométeme que lo harás.
- No lo haré – le tomó la mano y besó su interior – porque cuando yo ya no pueda más, sé que vas a estar ahí para recordarme por qué es que he luchado tanto. Y la respuesta serás tú, y volveré a ponerme fuerte y seguir tirando. Porque vales la pena, Lana. Con todo lo que traes incluido, lo vales – se inclinó y rozo sus labios. El sabor salado de las lágrimas en ellos. Se besaron suavemente, la mano de la morena en su mejilla, la suya en su cintura. Se besaron, en una tácita promesa de que cuando todo se pusiera difícil, estarían juntas. Se separaron a los pocos segundos, sus frentes unidas, el corazón volviendo a latir con normalidad. – Se lo he dicho a Colin.
- ¿Qué?
