Gracias a quienes le habéis dado una oportunidad a la historia y seguís leyendo. Actualizo algo seguido esta vez (raro en mí).
Igual el título del fic os parece algo desconcertante ahora, pero lo iréis comprendiendo conforme avance la historia.
Como ya dije, esta historia es AU, y la muerte de Johanna aquí no será cosa de Bracken ni nada de eso. Lo explico porque tampoco lo menciono demasiado en el fic, pero es simplemente por un robo que se tuerce y ella acaba muerta.
Gracias por las reviews, como siempre digo, animan bastante a continuar.
Se limpia las lágrimas que resbalan por sus mejillas, mientras termina de recoger algunos de los vasos que han quedado por el salón del pequeño apartamento de los Beckett, el cual ha servido de recepción para los asistentes al funeral.
Cuando se da la vuelta, dispuesto a llevar un par de vasos a la cocina, se encuentra con Martha, que, cruzada de brazos frente a él, lo observa con cariño. Rick no se molesta en limpiarse las lágrimas, pues su madre es la única delante de la cual se permitiría llorar.
-¿Cómo lo estás llevando? – le pregunta ella, sabiendo que la abogada era un referente importante para su hijo.
Él se encoge de hombros, preguntándose a sí mismo cómo lo está llevando. Johanna era una gran persona y ahora simplemente no estaba, le costaba asumir que no volvería a verla nunca más, que su sonrisa no volvería a alumbrar el salón en el que se encontraban en esos momentos. Pero sobretodo le preocupaba cómo lo estaba llevando Kate.
-No sé cómo ayudarle mamá, yo… - consigue decir, con la voz rota.
-No puedes – dice Martha, en un tono de compresión, acercándose a su hijo y poniendo una mano en su hombro.
Rick deja los vasos que llevaba en las manos sobre la pequeña mesa del salón y se sienta en el sofá, dejando que Martha lo acompañe, sentándose a su lado.
-Esa muchacha acaba de perder a su madre, querido, nada, ni nadie, puede hacerle sentir mejor en estos momentos.
-¿Y qué hago? – dice él, llorando, dejando escapar toda la rabia que siente por lo sucedido.
-Estar a su lado. Es lo mejor que puedes hacer – dice ella, acariciando la mano de su hijo entre las suyas.
-Ella lo sabía, ¿sabes? – Dice, de repente – Estuvo… Kate estaba nerviosa, como si supiese que algo malo le habría pasado a Johanna. Quizás deberíamos haber salido a buscarla o… Tal vez habríamos podido llegar a tiempo, antes de que esos dos ladrones se cruzaran en su camino y…
-No. No… - Martha sacude su cabeza, arrimándose a su hijo para darle un abrazo – Nadie podía evitar que sucediera. No podíais saber lo que iba a pasar, no podríais haber hecho nada Richard.
Él se agarra al abrazo de su madre, sabiendo que tiene razón, pero sin poder dejar de sentir esa horrible sensación por no poder hacer nada, por no poder devolver a Johanna a su vida.
Continúa abrazado a su madre y se desahoga durante un buen rato, hasta que siente que ya no tiene nada más que soltar.
-¿Te vas a quedar con ella? – le pregunta Martha después de un rato.
Él asiente, creyendo que es la mejor opción. Nunca había visto a Kate tan hundida como lo había estado esos dos días y, aunque no pueda hacer nada por aplazar el dolor que le provoca haber perdido a su madre, lo mejor es estar con ella, hacerle saber que él está a su lado y no piensa abandonarla.
Martha se marcha a su casa, mientras Rick termina de recoger el salón. Hace rato que los asistentes al funeral se marcharon, después de que Jim cogiese a Kate de la mano y se marcharan juntos. Él había querido acompañarlos, estar con Kate porque apenas se veía capaz de dejarla sola viéndola pasar por ese dolor, pero Martha le había puesto una mano en el hombro y le había hecho ver que Jim y Kate necesitaban un tiempo a solas.
Miro su reloj. Hacía ya más de dos horas que se habían marchado y él estaba preocupado. Ni siquiera se habían llevado el teléfono móvil así que no podía llamar a ninguno de los dos para asegurarse de si estaban bien o no… Dirigió su mirada hacia la cocina, recordando los últimos momentos que había pasado allí con Johanna. La promesa que le hizo de que cuidaría a Kate…
Gira la cabeza al escuchar el ruido de la puerta. Kate y Jim han vuelto. La tristeza es notable en el rostro de ambos, pero se podría decir que ambos están mejor que cuando se marcharon. Él se queda allí parado, sin saber muy bien qué hacer, hasta que Kate se acerca a él, pidiéndole refugio en sus brazos. Rick la aprieta contra él, besando su cabeza.
Ambos caminan juntos hasta el dormitorio de ella, donde Rick fija su atención en el muñeco que ella lleva en la mano, aparentemente hecho con palos.
-Lo hemos hecho mi padre y yo – dice ella, tocando el muñeco con cuidado, antes de colocarlo en su mesilla de noche.
-¿Habéis estado en la playa? – pregunta él, tras fijarse en los trocitos de cuerda que atan los palos y las piedras, formando las extremidades del muñeco, recordándole a los restos de materiales que quedan encallados en la arena.
-Hemos ido a Coney Island – dice ella, tumbándose en la cama boca arriba y tapándose la cara con las manos.
-¿Te duele la cabeza? – pregunta él, seguro de que así es al ver el gesto de ella.
Ella se limita a encogerse de hombros, pues realmente ya no sabe qué le duele.
-Te traeré una aspirina – dice Rick, saliendo del dormitorio.
Cuando llega al salón se encuentra a Jim, vaciando las últimas gotas de una botella de whisky sobre un pequeño vaso. Rick lo observa, pero no le dice nada, no puede culparlo por querer ahogar sus penas en alcohol. Comienza a buscar las aspirinas en uno de los armarios de la cocina, donde otras veces ha visto a Kate cogerlas, y lo vuelve a cerrar cuando se hace con una. Después coge un vaso con agua.
-Jim… - dice, carraspeando – ¿Te importa…? Yo… ¿Te importa si me quedo a pasar la noche? No quiero dejar a Kate sola, ella…
-No… Claro. Quédate – dice el abogado, asintiendo.
Rick asiente y emprende su camino de vuelta al dormitorio, mientras Jim lo hace hacia la puerta de la entrada.
-¿Te vas? – le pregunta.
-Sí, voy… - dice, alzando el dedo hacia la puerta, para después marcharse sin decir nada más.
Rick suspira cuando éste se marcha, pues lo más posible es que se marche a buscar un lugar donde desahogar sus penas. Un bar donde nadie haga preguntas, donde simplemente acepten su dinero a cambio de unos tragos.
Decide no preocupar a Kate y no contarle nada, y regresa a su dormitorio. Ella sigue tumbada en la misma posición en la que la dejó cuando salió. Se sienta al borde de la cama, a su lado.
-Kate… - le susurra. Ella no contesta – Kate, te he traído una aspirina. Te vendrá bien para el dolor de cabeza.
Sigue sin responder, pero emite un pequeño ruido, el necesario para hacerle saber que está llorando. Rick suspira también, sintiendo cómo un pequeño dolor se apodera por dentro de él al escucharla llorar. Deja la pastilla y el vaso de agua sobre la mesilla de noche y agarra los brazos de Kate, obligándole a retirarlos de su cara, empapada en lágrimas.
-No puedo estar sin ella, Rick – dice ella, acompañando la frase de un gran sollozo que apenas le permite hablar.
-Lo sé – susurra él, haciendo que Kate se incline un poco para poder abrazarla.
-La necesito – dice ella mientras llora, ahora refugiándose en el hombro de él.
La abraza durante unos minutos, haciendo pequeños círculos sobre su espalda para tratar de calmarla, hasta que finalmente se separa de ella. Lleva demasiadas horas sin dormir siendo, además, presa del dolor que le causa la muerte de su madre. Sin decirle nada él le acerca el vaso con la aspirina que le trajo antes y ella lo acepta, tomándoselo.
Él se descalza y le quita los zapatos a ella también, ayudándole después a ponerse el pijama, pues todavía llevaba la ropa que había utilizado en el funeral. Después le ayuda a abrir las mantas de la cama y espera a que se tumbe para hacerlo él después.
-¿Te quedas? – le pregunta ella, en apenas un hilo de voz.
-Me quedo, sí. No voy a dejarte sola Kate – le dice, tumbándose detrás de ella, abrazándola por la espalda.
Ella arrima su espalda al pecho de él, haciéndose un ovillo mientras comienza a llorar de nuevo.
-Shh… Estoy aquí – le susurra él, mientras la abraza fuertemente.
Tras un rato cesan los sollozos y Kate consigue quedarse completamente dormida. Rick suspira, aliviado, sabiendo que así ella descansará un poco. Trata de cerrar los ojos y hacerlo él también.
Escucha unos gritos, aunque no consigue entender nada y averiguar de dónde provienen las voces. La cabeza le pesa demasiado y los ojos le duelen. Pronto comprende que no ha sido un mal sueño, que lo que ha pasado es real y que su madre ya no está. Siente de nuevo un gran nudo en la garganta y unas inminentes ganas de llorar, sin embargo ya no cree tener más lágrima que derramar.
Recuerda que Rick se quedó a su lado anoche, que la abrazó con fuerza calmando un poco u dolor. Sin embargo ahora no está allí. Vuelve a escuchar los gritos, fuera, seguramente en el salón. Se levanta, a pesar de la pesadez que siente en todo su cuerpo y observa en el reloj de la mesilla de noche que es casi medio día. Ha dormido más de doce horas.
Los gritos comienzan a hacerse más fuertes así que se da prisa en salir del dormitorio, sin ni siquiera molestarse en calzarse. Un fuerte olor a alcohol le golpea en cuanto sale al pasillo, haciendo que casi sienta nauseas. Cuando llega al salón encuentra a su padre, tendido en el suelo, con medio cuerpo apoyado sobre el respaldo del sillón y una botella de algún tipo de bebida alcohólica que ni siquiera reconoce, en la mano. Rick estira de su brazo, tratando de levantarlo.
-Te he dicho que me dejes, no pienso moverme de aquí – le grita Jim, sacudiendo su brazo, casi golpeando a Rick.
Kate observa la escena, paralizada. Jamás había visto a su padre en esas circunstancias. Él simplemente no es así. Aunque supone que la muerte de Johanna le ha afectado tanto como para llegar a esa situación.
-¡Papá! – su grito suena al borde del llanto y cargado de rabia.
-Kate – dice Rick, sorprendido de verla allí – Ha venido así hace media hora, ha empezado a golpear los muebles y dice que no se quiere levantar. Yo lo he intentado pero…
Ella mira a Rick, agradecida por su ayuda, aunque apenas puede apartar los ojos de su padre, a quien le cuesta levantar la cabeza hasta donde su hija se encuentra. Tiene los ojos enrojecidos y desprende un fuerte olor a alcohol.
-Papá – dice, agachándose ahora a su lado, tratando de controlar las lágrimas que de nuevo están a punto de desbordarle - ¿Por qué has hecho esto?
-Katie… - es lo único que él consigue decir, mirándola con cierta compasión en esos ojos inyectados en sangre. Sin embargo después dirige su mirada a la botella que tiene en la mano y la levanta, llevándosela a la boca y dándole un largo trago.
Kate lo mira, incrédula, incapaz de creerse lo que su padre está haciendo. Entiende cuánto se ha visto afectado él por la muerte de su madre, Johanna era el amor de su vida, siempre lo decía, pero… También era su madre. Y ella lo necesita. Él… simplemente no puede hacer eso.
-Dame la botella, papá – dice, casi suplicándoselo.
Él no le hace caso, dirige su mirada al suelo para después soltar una carcajada cargada de amargura. Kate mira a Rick sin saber qué hacer.
-Papá, por favor… Necesitas una ducha y dormir. Te sentirás mejor después de eso.
-¿Sentirme mejor? – Pregunta él, mirando a su hija directamente a los ojos, acompañando la pregunta de una risa irónica – ¡Tu madre no está Katie! – Le grita - ¿Te puedes sentir tú mejor?
Las palabras de Jim se clavan como pequeños puñales en el pecho de Kate, que siente unas enormes ganas de llorar. Las lágrimas que antes creía no tener, aparecen ahora, brotando de sus ojos sin siquiera poder controlarlas.
Rick parece tomar las riendas de la situación y agarra la botella que Jim tiene en las manos, tirando de ella y consiguiendo arrebatársela. Sin embargo el abogado agarra al chico por la pierna, gritándole que le devuelva su botella. Rick trata de agarrarse al sofá, pero cae al suelo, haciendo que la botella se rompa y restos de vidrio y el líquido que había dentro queden esparcidos por todo el salón.
-¡Mira lo que has hecho! – Le grita Jim - ¿Quién te crees que eres para venir a mi casa y hacer lo que te dé la gana?
Kate se lleva las manos a la cabeza, desesperada por la situación y sin saber qué más hacer, mientras Rick se levanta del suelo, comprobando que se ha clavado un pequeño trozo de cristal en el brazo, provocándole una herida.
Jim comienza a sollozar, al mismo tiempo que dice palabras incomprensibles. Kate se agacha junto a él y Rick hace lo mismo.
-Vamos a levantarlo – dice Rick.
Kate asiente y entre los dos consiguen levantarlo del suelo, esta vez sin que Jim ponga ninguna resistencia. Rick carga con la mayor parte de su peso sobre sus hombros y lo llevan hasta el baño, donde lo meten en la bañera con agua helada y vestido.
Cuando parece lo suficientemente despejado, Rick le obliga a quitarse la ropa y le ofrece una toalla, mientras Kate va al dormitorio de sus padres y le saca algo de ropa limpia. Minutos después, consiguen hacer que se acueste en su cama y Rick y Kate vuelven al salón.
Ninguno de los dos es capaz de decir nada sobre lo que acaba de suceder.
-Tienes… - Rick se da la vuelta, para ver cómo Kate señala la herida e su brazo – Déjame que te cure.
-No te preocupes, esto… no es nada.
Se dirigen al baño y él se limpia la herida con agua, mientras ella comienza a sacar un apósito y un pequeño bote de agua oxigenada.
-Siento que te haya hecho esto – dice, mientras comienza a desinfectar la herida.
-No es tu culpa Kate. Ni suya, no era realmente consciente de lo que estaba haciendo – dice, soplándose después sobre la herida para calmar el escozor.
-Él no es así – dice ella – Mi padre no hace estas cosas.
Rick mira a Kate y ve cómo una lágrima resbala por su mejilla. Se la limpia con el pulgar, haciendo que ella pose sus enrojecidos e hinchados ojos sobre los suyos.
-Sé que no es así, pero si sigue haciéndolo acabará mal – Kate asiente, sabiendo que tiene razón – Hay que esconder las botellas que haya en casa.
De pronto Kate se agarra al borde del lavabo, sintiendo un leve mareo. Todo esto es demasiado para ella. Hasta hace dos días era una chica de veinte años, feliz, que lo tenía todo y ahora simplemente… Ahora todo su mundo se venía abajo de repente.
-¿Estás bien? – dice Rick, preocupado, sujetándola por el brazo.
Ella asiente, pero todavía con dificultad por mantenerse en pie.
-Vamos, siéntate en el sofá, yo limpiaré los cristales del suelo – dice él, agarrándola y caminando con ella hasta el salón, donde le ayuda a sentarse en el sofá.
-Rick – ella le agarra del brazo, antes de que él se aleje – Gracias – le dice casi en un susurro.
-Siempre, Kate.
