Segunda parte
La señorita Andley corría desesperada por el hospital, con un pequeño niño en los brazos.
-¡Un médico! ¡Urgente!
Pero nadie aparecía. Todos se encontraban demasiado ocupados después de las emergencias de las últimas horas. Malcolm Granchester, que acababa de salvar él solo a tres ancianas, dos hombres y cuatro bebés, salió lleno de sangre a encontrar a la enfermera. Con solo tocar al niño, éste reaccionó y sanó. El pequeño agradeció y salió corriendo.
La gente aplaudió a Malcolm, pero éste sólo tenía ojos para la maravillosa señorita Andley que le dirigía una mirada plena de admiración y felicidad.
-Doctor Granchester, estoy orgullosa de usted. Es el mejor médico del mundo.
Entonces...
-¡Maldición! ¡La alarma!
Malcolm apagó de un manotazo la alarma del reloj y se volvió a acostar, intentando recuperar su sueño en la parte en que lo dejó. No, imposible; no iba a resultar. Además, tenía que llegar temprano al hospital. En los dos meses que llevaba allí, había tomado la costumbre de acompañar a la señorita Andley cuando ésta desayunaba en el casino. Le regalaba todos los días torta, galletas, kuchen de frambuesas, enormes ramos de flores que después ella regalaba a los pacientes abandonados, con su venia... de todo para ella.
Se quedó un momento en la cama pensando en ella. "Ella". Apenas dos meses que la conocía y ya sentía que estaban juntos toda una vida. Tan alegre, tan amable, tan bella. Esa primera cita en el cine fue perfecta. El único problema es que no les quedó otra que ver una película de su famoso padre. A la señorita Candy no le gustaba ese actor, le habían dicho, pero era la única película que estaban dando en los cines. Cuando su padre estrenaba películas, éstas acaparaban todos los locales. En fin. Al menos no era una película aburrida. Se trataba de una pareja de novios que se separaban por la guerra y se encontraban años después, pero él estaba ciego, ella casada... un drama. Hizo llorar a la señorita Andley, y eso le dio una magnífica excusa para poder abrazarla durante un minuto y reconfortarla.
Después habían hablado horas en un café... ella le contó su vida, historias del hospital, y escuchó pacientemente sus dudas y temores.
Por suerte ella quiso repetir la experiencia. Así que se había hecho costumbre en ellos salir a pasar, al cine, al parque, dos veces por semana. Sus compañeros lo envidiaban, y a veces se burlaban de la diferencia de edad. Pero él no les hacía caso. Su vida era perfecta de esa manera. No pedía nada más.
Se levantó ágilmente y estuvo listo en un santiamén; iba a salir corriendo cuando sonó el teléfono.
Su padre.
-¡Hola, campeón!
Malcolm lanzó un suspiro de resignación.
-Papá, si intentas hacerte el simpático conmigo, esa no es la mejor manera.
Silencio al otro lado de la línea.
-Creo que algunos despertaron de malas hoy. ¿Es muy temprano por allá en Chicago?
-Son las seis de la mañana. ¿Y tú, estás recién despierto o aún no te acuestas?
-Hubo una fiesta en el estudio, me escapé para llamarte y saludarte. ¡Feliz cumpleaños!
-Papá, mi cumpleaños fue hace dos meses. Y ya me saludaste. En fin. ¿Cuánto bebiste?
-No mucho, no mucho... rayos, ¿hasta cuando los hijos se van a creer con el derecho de mandar a sus padres?
-¿Con cuántas mujeres engañaste hoy a mamá?
-Malcolm, no me hables en ese tono.
-Bueno. Entonces no me llames. Oye, necesito dinero urgente, para hoy. No te olvides.
-Claro, cuando el niño necesita dinero se acuerda de su padre. ¿Y si decido no enviártelo?
-No te olvides de los gemelos – dijo Malcolm, sin hacer caso a la amenaza de su padre -. Ellos pidieron equipo para campamentos para la Navidad. Deberías encargarlo ahora para que estén a tiempo. Supongo que volverás a pasar la Navidad en tu estudio, ¿verdad?
-Es mi trabajo, hijo...
-No te preocupes. Eso es muy comprensible.
-Gracias, hijo. El dinero llegará en una hora. Pero me gustaría saber en qué te gastas tanto dinero.
-Si quieres saberlo, ven a preguntarme personalmente – dijo Malcolm y colgó el teléfono sin despedirse de su padre. Terry, en el otro lado de la línea, suspiró y murmuró: Yo también te quiero, hijo.
Malcolm, su amado primogénito, había llegado a salvar su vida, justo cuando había decidido suicidarse. Tenía decidido el día, la hora, la manera perfecta... hasta escribió una magnífica carta de despedida. Había dejado todos sus asuntos en regla, testamento, negocios pendientes. Susana tendría una generosa pensión de por vida. Cuando de pronto, Susana le da la noticia: iba a ser padre. La idea lo volvió loco de felicidad. ¡Un hijo! ¡Sería padre, tendría su propia familia!
Cuando Malcolm nació, Terry juró que jamás sería con él como su propio padre había sido.
Otra promesa rota. Simplemente, no pudo. No toleró la idea de formar una familia junto a Susana y no junto a Candy. No pudo sacrificarse, ni por su amado hijo mayor.
Durante un tiempo intentó fingir que eran una familia feliz. Pasaba tiempo con su hijo, le enseñaba cosas, jugaba con él... pero después se alejó, casi sin darse cuenta. Malcolm lo buscaba, demandaba atención, pero él siempre estaba demasiado ocupado ganando dinero y más dinero... acallaba su conciencia cumpliendo todos los caprichos del niñito. Sólo un milagro (llamado abuela Eleanor) evitó que el pequeño se convirtiera en un desgraciado.
Malcolm intentó tener una buena relación con su padre por un tiempo, pero después se aburrió. Cuando Terry se dio cuenta de esto ya era muy tarde. Trató de acercarse a su hijo, pero él lo rechazaba.
Por suerte tenía a los gemelos, Eleanor y Derek. Tenían recién siete años y eran mucho menos demandantes. Estaban acostumbrados a sus largas ausencias, y cuando lo veían, no le reprochaban nada. Terry sospechaba que era porque Malcolm hacía de figura paterna con ellos. Se lo agradecía intensamente.
Estoy haciendo lo que le reprochaba al duque, pensaba Terry, pero no hacía nada realmente por impedirlo.
Pero esa noche algo lo decidió: iría a Chicago y buscaría a su hijo mayor. Intentaría recomponer la relación. Sí, era una excelente idea.
Además, aprovecharía de descubrir por qué estaba gastando tanto dinero. ¿Alguna mujer? Debía averiguarlo. Tenía que empezar a comportarse como un buen padre alguna vez en su vida.
Aunque eso implicara ir a Chicago.
Y quizás, encontraría a Candy. Bueno, no la buscaría; no se atrevía. Pero al menos podía verla de lejos. Ella era enfermera, su hijo era estudiante de medicina. Las posibilidades de encontrarse eran altas. Y poder verla de lejos era lo más que se atrevía a esperar.
-Sigo siendo un cobarde – murmuró el actor, y se acercó a la ventana para mirar el mar en calma y recordar los momentos felices pasados con la mujer de su vida.
En Chicago, Candy se maquillaba para salir al hospital. Maquillarse. Hace tiempo no lo hacía, pero desde la llegada de Malcolm había deseado verse más bonita. No para él, por supuesto. Era sólo un niño, jamás pensaría en él como hombre, pero... era agradable sentirse elegante, arreglada. Admirada por un hombre. Sonrió para el espejo y notó con desagrado las pequeñas arrugas que antes le parecían sin importancia. Tendría que empezar a usar más crema.
Salió de puntillas de su habitación, para no despertar al resto de la familia. La extraña familia. Casa de locos la llamaba ella, para sus adentros. ¿Cuándo se imaginó que acabaría viviendo así?
En la gran casa vivían 18 personas, sin contar los empleados:
-Candy (la más cuerda, y sin duda, verdadera jefa de la casa)
-Albert (dueño nominal de la casa, habitualmente en mítines políticos con su esposa)
-Patty (su esposa; no es alcance de nombre, por las vueltas que da la vida Patty acabó casándose con Albert)
-Leaf, Flower, River, Tree, Brooke: los cinco hijos de la feliz y ecológica pareja.
-Archie (apegado al clan)
-Annie (sigue a su marido donde sea)
-Alistear, Anthony, Mary (los tres hijos de la tranquila pareja)
-Elisa (divorciada, tuvo que ir a pedir caridad a sus parientes adinerados)
-Temístocles, Elizabeth, Arabella (los tres hijos de Elisa; eran adorables, muy a pesar de su madre)
-Neil (separado, la familia de su mujer lo echó de la casa y fue a pedir albergue a la casona)
-Theodore y Theodora (los hijos gemelos de Neil, que los fines de semana visitaban a su padre en la casona)
Candy reconocía que para las fiestas era espectacular, pero la mayor parte del tiempo era un manicomio. Por eso salía tan temprano y prefería desayunar en el hospital. Un desayuno en esa casa bastaría para acabar con los nervios de cualquiera. La costumbre de desayunar en su trabajo había comenzado mucho antes, no tenía nada que ver con la llegada de Malcolm Granchester, por supuesto que no, a pesar de lo que insinuaba la doctora Joan Spencer.
Los empleados ya habían comenzado a preparar el desayuno para el familión. Candy se despidió de ellos, se robó un sándwich y subió a su auto. Neil venía llegando después de una noche de farra y saludó a Candy. Ella le respondió con una sonrisa.
-¿Cuándo te casarás conmigo, bella dama? – dijo él, arrodillándose.
-Cuando te decidas – respondió ella con un guiño. Neil lanzó una carcajada. Después tantos años, habían superado los problemas y al fin eran amigos que podían reírse del pasado.
-No arriesgues tu salud con tantas noches de juerga – le reprochó Candy antes de marchar. Neil hizo gesto de taparse los oídos y canturrear.
-¿Qué dijiste? No te oí – respondió con una sonrisa inocente. Candy meneó la cabeza y partió.
Su corazón latía cada vez más rápido cuando se acercaba al hospital. "No es porque se parezca a Terry, es sólo porque... porque me emociona comenzar la jornada" – intentaba convencerse la pecosa, mordiéndose los labios. Estacionó su auto y comprobó con alegría que el chico estaba ahí, esperándola, como cada mañana. Dejó que él la ayudara a bajar, se enlazó a su brazo y se dirigieron al casino.
En el desayuno Malcolm la hizo reír imitando a funcionarios del hospital. Las carcajadas de ambos resonaban en el casino, atrayendo la atención de los demás.
-Ella le dobla la edad – murmuró un doctor a su compañero.
-Dicen que salen juntos cada semana.
-Pues yo he oído que son amantes.
-Es un escándalo. Ella podría ser su madre. Alguien debería prohibir esto.
-¿Y quién se lo va a prohibir? – los interrumpió la doctora Spencer - ¿Usted, doctor Monroe, que persigue a las estudiantes de enfermería? ¿O usted, doctor Patenni, que mira furtivamente el baño de las pacientes? Me parece que no son más que dos viejos chismosos y harían mejor en callarse.
Los hombres callaron molestos y siguieron su desayuno. La doctora Spencer se alejó de ellos, enojadísima por las habladurías que cada día debía detener. No le había dicho nada a Candy, pues sabía que ella se avergonzaría al punto de dejar la amistad con el joven Granchester. ¿Por qué la gente insistía en meterse en lo que no le importaba?
Malcolm sabía lo de los chismes que corrían respecto a ellos, pero no se hacía mala sangre. Él no sentía que su relación con la señorita Andley fuese algo malo. Ella era todo para él: su amiga, su confidente, su mujer ideal.
"Una madre", canturreó su conciencia, pero no era cierto. Era mejor que una madre. No podía compararla a Susana, la histérica, demandante y distante madre que le había tocado en suerte.
Una sola cosa molestaba mucho a Malcolm: Candy jamás lo había invitado a su casa. Primero pensó que era porque la enfermera Andley era muy discreta, pero después se enteró que la mayoría de los que trabajaban con Candy habían sido invitados alguna vez a cenar. Pero él, nunca. ¿Acaso se avergonzaba de su amistad?
Candy pensaba en lo mismo. Llevaban dos meses de amistad, y él seguramente había notado que jamás lo invitaba su casa. La razón era simple: no se atrevía. Al conocer su apellido, los adultos de la casa pensarían que la amistad con el hijo de su antiguo amor era, como mínimo, perniciosa; nadie le diría nada al joven, estaba segura, pero no creía poder soportar los interrogatorios de sus amigos, intentando convencerla de dejar esa relación con el hijo de Terruce Granchester.
Pero se acercaba la Navidad. El joven ya había expresado su determinación de quedarse en Chicago (afirmó que tenía mucho trabajo; la verdad es que deseaba pasar las fiestas con Candy) y si ella no lo invitaba a pasar la Navidad, sería doloroso para él, sin duda. ¿Qué hacer?
Los funcionarios se dirigieron a sus trabajos, y Malcolm, a sus clases. Entonces, uno de los doctores que habían hablado de más, el doctor Monroe, se acercó al joven:
-Supongo que ya te invitó a la fiesta de Navidad.
-¿Qué?
-La fiesta. No la del hospital, claro, sino la que se ofrece en su mansión. No la da ella sino el señor Andley, pero la señorita Andley siempre invita a sus amigos más cercanos. Y tú eres su amigo, ¿verdad?
-Sí... creo que se ha olvidado de invitarme.
-La enfermera Andley siempre ha sido algo distraída. Yo creo que necesita que le recuerdes lo de la invitación pendiente. A menos que se avergüence de ti...– y sin decir más, el doctor se alejó con una sonrisa socarrona.
Malcolm se fue preocupado a sus clases y estuvo distraído toda la mañana, pensando una y otra vez en Candy, y en las palabras del doctor.
-¿Se avergonzará de mí? – pensaba, sin poner atención a sus clases. La idea era dolorosa. Él se erguía orgulloso cuando paseaba con ella en el parque, hablaba de ella con sus amigos, incluso a veces la llevó a un bar de estudiantes, donde la enfermera tuvo gran éxito entre los jóvenes por su ingenio y alegría.
Pero de pronto se dio cuenta de algo: él no le había contado nada de Candy a su familia. Bueno, les había contado a sus hermanos y abuela que conoció a una mujer muy especial, y a su madre sólo le había dicho que estaba viendo a alguien. Su padre no sabía nada.
¿Acaso yo también me avergüenzo de ella sin darme cuenta? – pensó. No, decidió. La situación era distinta. Él no podía confiarse a su abuela y hermanos porque esos asuntos como esos eran demasiado importantes como para decirlos por teléfono. Y a sus padres jamás les contaba nada, no confiaba en ellos. Pero él sabía que la enfermera Andley tenía una buena familia. ¿Acaso no les había contado a ellos de su amistad? Y vuelta a lo mismo. ¿Quizás ella se avergonzaba?
Él adoraba el suelo que pisaba Candy, pero también tenía su orgullo y no estaba dispuesto a ser dejado de lado. Hablaría con ella, y aclararían esa situación.
Candy también estaba preocupada. Sabía que tenía que invitar al joven Granchester a la fiesta de Navidad, sería muy molesto para él que no lo hiciera, pero... entonces lo verían sus amigos y comenzarían los molestos interrogatorios. Hasta que se le ocurrió la solución perfecta.
-¡Disfraces! – exclamó. Claro, cómo no pensó antes en eso. Fiesta de Navidad con disfraces. Nadie se daría cuenta de quién era realmente Malcolm Granchester, y no habría consecuencias.
Mientras, en Hollywood el actor Terruce Granchester acababa de arreglar con su agente una suspensión de sus compromisos de fin de año. Viajaría el día de Navidad a Chicago, llegaría de sorpresa y se llevaría a Malcolm con él para pasar una verdadera Navidad en familia. Era perfecto.
En Chicago, en el almuerzo, Candy hizo al joven Malcolm el hombre más feliz del mundo al invitarlo a su fiesta de Navidad y prometer su ayuda para elegir el disfraz.
¡Al fin iría a su casa! ¡Conocería a su familia! Malcolm saltaba de felicidad camino a su hotel. Pero el viejo dolor del pecho lo hizo doblarse un poco antes de llegar hasta casi hacerlo caer al suelo, sin embargo respiró hondo y después de unos minutos se sintió mejor
-Algún día sabré cómo detener esto – murmuró, y entró al lugar.
