CAPITULO 1

Hay muchas cosas de mi antigua vida que adoraría recuperar. Algunas más importantes que otra, claro está. Pero sin duda, extrañaba hasta las cosas más comunes, como tener que levantarme casi de madrugada, despedir a mi madre, acomodar toda la casa, bañarme y, finalmente, estar lista y preparada para hacer el desayuno.

El cielo aún estaba oscuro cuando yo abría mis adormilados ojos. Los ronquidos de Mike eran una de las causas por las cuales me había despertado, sin embargo, lo habría tenido que hacer de cualquier forma, es como si tuviese una alarma incorporada a mi organismo.

Con pereza me senté mientras frotaba mis ojos. Otro ronquido. Suspiré y decidí tomar la almohada para arrojársela a mi hermano. Mike se hallaba en un colchón ubicado al lado de mi cama. No debería estar allí, pero ya era costumbre encontrármelo alguna que otra madrugada. La primera vez que dejó su cuarto para venir con migo, lo termine pisando sin querer. Creo que grité, lo cual no me enorgullece mucho. Pero no me pueden culpar, al fin y al cabo era muy temprano, yo estaba durmiendo y… ¿Cómo reaccionaría cualquier persona si siente que pisa a alguien cuando intenta bajarse de la cama?

-¡Auch!- Se quejó mi hermano devolviéndome la almohada de la misma forma en que yo se la tiré. Colocó su cabeza bajo su propio almohadón. –Es muy temprano.- Sentenció con una voz totalmente adormilada.

-¿No te quieres ir a tu propia habitación?- Le dije poniendo mi pie sobre su cuerpo y sacudiéndolo un poco.

-Basta.- Volvió a refunfuñar con voz de niño pequeño.

-No te quejes, tu eres el que viene a dormir aquí.- Le conteste bajando de un salto de donde hace unos minutos dormía tranquilamente. Brinqué, pasando arriba de mi hermano, tratando de no golpearlo, y me dirigí a la cocina antes de oír otra palabra por parte de Mike.

Cuando él tenía cinco años y yo ocho, se mudó a mi habitación por primera vez. Decía que tenía mucho miedo de estar solo en la oscuridad. Era la época por la cual mi madre había comenzado a dejarme a cargo. No confiaba en nadie en la ciudad, y siguió sin hacerlo por mucho tiempo, a excepción de algún que otro compañero de trabajo.

Descendí las escaleras para encontrarme a mi mamá poniéndose la campera delante de la puerta de entrada.

-Ya desayunaste, supongo.- Le dije con un gesto torpe que delataba mi cansancio.

-Hola.- Me saludo sonriente, mientras se colocaba la bufanda azul tejida a mano. Besó mi frente, siendo esa su forma de decime "Buenos días".

Bostece y le deseé suerte como siempre lo hacía. Ella me sonrió y abrió la puerta. Una ráfaga de viento se filtró adentro de la casa.

-Nos vemos.- Comentó antes de desaparecer.

Luego de que la puerta principal se hubiera cerrado suspiré a la vez que pasaba una mano sobre mi cara. No quería mirar la hora.

-Okey, aquí vamos.- Murmure observando el desorden que me rodeaba.

Estuve tentada de arrojarme al sillón para seguir durmiendo, pero supe cómo controlarme. Me dediqué a limpiar y a acomodar todo el sitio esforzándome lo más posible para no despertar a Mike.

Mientras pasaba la escoba por debajo de los sillones me distraje viendo como desde la ventana se podía apreciar la forma en la que el cielo se iluminaba cada vez más y más. Iba a hacer un bello día sin dudas.

Luego de la rápida limpieza me fui directo al baño a ducharme. Esa era la única manera que conocía de despertarme correctamente. Amaba estar bajo el agua caliente. No había nada más placentero que eso. Era como si algo me dijera que podía quedarme allí por años y aun así todo estaría bien. Sin embargo no podía hacer eso. Tenía que alimentar a mi hermano, comprar, estudiar, y repetirlo todo de nuevo. Día tras día.

Cuando bajé a la cocina otra vez me halle a mi hermano sentado en la mesa, aguardando por mí. Todavía llevaba su piyama.

-¿No te puedes cambiar de una vez?- Le dije solo con la intención de molestarlo, mientras me acercaba a la heladera para comenzar con el desayuno.

-Luego.- Contestó distraído Mike.

Me detuve tan solo unos segundos para observarlo. Sus ojos estaban clavados en la ventana. El sol era el protagonista del día. No se podía negar que era bello. Pero cuanto más lejos se encontrara esa bola de fuego gigante, mejor.

-¿Qué pasa?-Pregunté al fin, extrañada por el sospechoso comportamiento de Michael.

-Nada.- Susurró cabizbajo.

-Díselo a tu cara.- Contesté tratando de animarlo un poco. No funciono.

Cuando terminamos de desayunar, Mike seguía sin contarme que ocurría. Decidí dejarlo en paz. No era mi intención presionarlo, él ya se abriría con migo, como siempre lo hacía. Me despedí de él para dirigirme al centro. Le rogué que se cambiara, pero algo dentro de mí sabía que eso no ocurriría.