Los ingleses habían construido una gran muralla de piedra de nueve metros reforzada con poderosas torres para sitiar Orleans. Inglaterra estaba completamente seguro de que no se encontraría con ningún obstáculo para obtener la victoria de esa guerra. Sin embargo, hubo algo que la personificación inglesa con apariencia de 19 años, no tomó en cuenta.

Jeanne d'Arc marchaba al frente del ejército francés hacia la ciudad de Orleans que se había convertido en lo que muchos creían, una fortaleza impenetrable. Una vez que se encontró frente a la imponente muralla principal, gritó a los cuatro vientos:

"El Rey de los cielos os envía por mí, la Pucelle, orden y aviso para que abandonéis y regreséis a vuestro país. Si no lo hacéis, lanzaré contra vosotros un grito de guerra que será recordado eternamente"

Francia temblaba de emoción al ver su firmeza y seguridad. Arthur la miró desde lo alto de la muralla, sumamente confundido. ¿Una chica? ¿De todas las armas secretas que hubiera podido utilizar el francés? Había escogido a una chica.

Una sonrisa burlona apareció en los labios del británico quién se negó a rendirse por lo que la chica se lanzó a la batalla con un grito de guerra. El francés estaba sorprendido, profundamente sorprendido y se apresuró a seguirla junto con el resto de los soldados.

Los ingleses lanzaban flechas a diestra y siniestra. Francis, al ver como las flechas se dirigían hacia ella, corrió lo más rápido que pudo para protegerla con su escudo. La rubia le dedicó una sonrisa de agradecimiento antes de ordenar el ataque de la fortaleza principal cuando de pronto, Jeanne comenzó a escalar la gran muralla.

Arthur estaba impresionado, incluso contra su voluntad y quizás estaba algo asustado, nunca había visto algo así. Sus hombres caían bajo el demoledor ataque francés y todo se debía a esa chica. Ella era quien llevaba el estandarte que guiaba a todos.

Después de pronunciar algunas maldiciones en su idioma, tomó un arco y una flecha para correr hacia una de las torres. Su objetivo: Jeanne d'Arc. Tensó la cuerda y apuntó, ella había demostrado ser un peligro para la victoria inglesa y por ello debía ser eliminada. Con el corazón latiendo a mil por hora, soltó la cuerda.

La flecha cortó el aire al ser disparada a gran velocidad contra la joven, impactándose en su pecho.

En lo que dura un segundo, el corazón del ojiazul se detuvo. Casi pudo ver en cámara lenta como la flecha hacía contacto con la chica y esta caía desde lo alto del muro. La adrenalina y el miedo le carcomían el corazón mientras corría hacia ella mientras su nombre salía de su boca en forma de grito.

Logró llegar a tiempo y la atrapó antes de que se impactara contra el suelo y se apresuró a protegerla con su escudo de la lluvia de flechas británicas.

-Jeanne, chérie…-murmuró el mayor antes de cargarla y comenzó a correr para sacarla del campo de batalla lo más rápido posible.

-Merci…-murmuró la joven con una suave sonrisa colocando su mano en la mejilla de la asustada nación-pero no es necesario que vosotros me alejéis de la batalla, Monsieur, me encuentro bien, recordad que nuestro Señor Todopoderoso me protege en todo momento.

Ante el asombro del ojiazul, la joven se arrancó la saeta del pecho y bajó de los brazos del galo cuando las trompetas tocaron la retirada.

-¡No podemos rendirnos ahora, Monsieur-le dijo ella con una sonrisa y tomando su reluciente espada antes de lanzarse al ataque una vez más.

-Pero chérie…-gritó el francés preocupado por su bienestar

Francis estaba impresionado de que, aun herida, ella continuara luchando. Se veía tan frágil y débil pero en realidad era una valiente leona. Una mujer dispuesta a todo y eso enamoraba al francés.

La batalla se extendió un poco más, Arthur fulminó con la mirada a la rubia, ella era la que representaba el espíritu y la esperanza de un ejército que él había considerado derrotado. Podía ver a su propio ejército caer ante la ferocidad de la chica, por más flechas que lanzaran, no lograban detener el avance francés.

Finalmente, los pocos sobrevivientes huyeron y Arthur tuvo que rendirse no sin antes lanzar una mirada fría a Francis y a la chica. La voz de la Pucelle se escuchó en todo el campo de batalla.

-¡La victoria es nuestra!-gritó Jeanne ondeando el estandarte de la flor de lis en lo alto de la fortaleza.

Francia se acercó al inglés con una sonrisa triunfal.

-Parece que en esta ocasión gané yo, mon ami-dijo alegremente esperando ver al ojiverde enojado, herido, derrotado, sin embargo el ojiverde comenzó a reír, primero suavemente y luego con más fuerza. Era una risa fría y cínica.

-No celebres mucho, wine bastard- murmuró con una sonrisa maliciosa mirándolo a los ojos-Puedes ganar las batallas que quieras pero yo seré quien gane esta guerra y lo haré deshaciéndome de la linda doncella-los ojos del menor se dirigieron hacia Jeanne quien ondeaba su estandarte para animar a los soldados a la siguiente batalla.

La seguridad en la voz del británico heló la sangre del mayor y su corazón se detuvo embargado por el miedo

-Tendrás que hacerlo sobre mi frío cadáver, Arthur!-le espetó el francés fulminandolo con la mirada. Debía detener al británico, costara lo que costara-¡Guardias! ¡Arréstenlo!

-En algún momento te distraerás... y ella será mía...-sentenció con una sonrisa maliciosa mientras llegaban algunos de los soldados con varias cuerdas para atarlo.

El miedo caló al galo hasta los huesos y miró de nuevo a la chica que corría hacia el bastión al frente del ejército. Sonrió débilmente, ella era fuerte y no se dejaría capturar, sin embargo, Jeanne había asegurado que iba a morir en un poco más de un mes.

-Ni siquiera lo pienses, Arthur...- dijo el mayor regresando su mirada al inglés pero éste había golpeado a los soldados, los había atado y amordazado cuando el ojiazul se perdió en sus pensamientos.

Rápidamente, el francés se acercó al borde de la torre para ver como Inglaterra corría por los pasillos de la fortaleza para salir por la puerta este del lugar y huía en un caballo perdiéndose en la oscuridad. Francis suspiró y caminó hacia Jeanne, debía protegerla, debía cuidarla con su vida si era necesario.


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