El anciano se pasó un pañuelo por su arrugado rostro y posó la mirada en un cuadro de un hombre de largas barbas que colgaba en su despacho y que se mostraba durmiendo. Frunció el seño y empezó a hablar con voz lenta.

–Dumbledore, el si sabía de que iba todo esto; el otro era Snape ¿Y donde están ahora? Se los diré, muertos, muertos por un fanatismo y un racismo lamentables. Lo peor es que los jóvenes aun admiran al que no debemos nombrar; su ignorancia me sorprende ¿Conocen a su equivalente muggle? Un personajillo alemán que en lugar de hablar de sangre limpia hablaba de arios. Pero los jóvenes no saben de eso, no saben del Voldemort muggle y como no ven los horrores que causó no saben lo que pasaría si un mago tenebroso de esa índole llegara al poder.

–Por eso queremos que nos de una solución profesor Slughorn –agregó Richard.

–Miren, lo que tienen que hacer es conseguir un grupo que les apoye, y entonces podrán presionar al ministerio para que modifique el sistema educativo. Dumbledore era un hombre muy curioso, pero innovador; el les habría apoyado. Pero ahora con el director chapado a la antigua que tenemos no tiene caso discutir –El anciano dejó escapar un gran suspiro–. A fin de año se organizará una exposición en el ministerio, si presentan alguna muestra de su trabajo ahí seguro captan la atención de alguien.

–Entiendo profesor –interrumpió Miguel–. ¿Usted nos ayudará a desarrollar todo el proyecto?

–Muchacho –rió el anciano–, tienes… ¿Veinte años? Tu eres joven y das la talla, yo ya estoy viejo, de hecho pienso retirarme pronto. Pero a lo largo de los años he reunido a algunas personas interesantes bajo mi ala.

–El club de las eminencias –agregó Richard–, recuerdo que fui parte de él cuando pasé por el colegio. Supongo que tendrá a uno de los suyos en mente.

–Hermione Granger, muchacha lista, hija de muggles –agregó Slughorn–. Sus estudios fueron mágicos pero no dudo que siendo ella la definición de estudiosa haya llenado su cabecilla con infinidad de libros de ciencia. Ahora trabaja en el ministerio, seguro les ayuda a conseguir un puesto en la exposición.

–¡Perfecto! –exclamó emocionado Miguel–. Tendremos de todo, celulares, computadoras, televisores de alta definición.

–¡No! –interrumpió el anciano–. No pueden traer nada de eso, los magos lo verían como basura muggle y lo ignorarían. Si quieren realmente llevar la ciencia a sus vidas deben mezclarla con la magia, encontrar un punto medio, como lo hicieron los alquimistas en el pasado.

–¿Debemos hacer alquimia? –preguntó Richard curioso.

–No, la alquimia es muy limitada, deben enfocarse de formas nuevas a ella; una suerte de nueva alquimia.

–¡Neoalquimia! –se apresuró a agregar Miguel–, me gusta el concepto. Tendríamos que trabajar con varitas o escobas.

–Si, eso si llamaría la atención del común –dijo el anciano sonriente–. Piensa por ejemplo en una varita, es de madera y elementos naturales. Se han hecho de la misma forma durante milenios. Una de Ollivander (viejo chapado a la antigua si me permiten decirlo) tiene un componente mágico como catalizador, pero las plumas y pelos son tan caóticos que todas las varitas tienen que ser alargadas para que la magia no se esparza de forma aleatoria.

–Se soluciona fácil, podemos hacer un circuito integrado usando plumas de fénix como base –dijo Miguel emocionado–, ya se han hecho experimentos para hacerlos con plumas de gallina.

–Richard no se de donde sacaste a este muchacho –rió Horace–, pero es un genio; lo tienes que cuidar. Ahora si me tienen cautivado, ustedes son el futuro de la educación muchachos. Escribiré dos cartas de inmediato, una solicitando un espacio en la exposición y otra para Hermione, tiene que saber que tiene que mover influencias y reunirse con ustedes.

La luna se levantaba y dejaba caer su resplandor por la ventana del despacho de Percy Weasley en el ministerio de magia. A la luz de las velas se apresuraba a terminar con unos papeles cuando por la puerta entró apresurada su compañera Bridget Jackson.

–Percy –dijo colocando un papel en su escritorio–, lee esta atrocidad, es increíble.

–A ver –dijo Percy algo molesto por la interrupción–. Querido director de educación… bla bla… ¿Neoalquimia? ¿Qué cosas se trae ese viejo hacedor de pociones ahora?

–No lo sé, la verdad –dijo Bridget suspirando–, pero seguro no es nada bueno. Andan volando copias de esto por todo el Ministerio, la gente está confundida. Dicen que es una revolución en la educación o yo no sé qué.

–¿Revolución? –dijo Percy fastidiado– No podemos permitir esto, es otro de esos tontos que pretenden cambiar las cosas a su gusto. Seguro terminara haciendo un desastre, tenemos que impedirlo cueste lo que cueste.

Bridget sonrió al ver que Percy estaba de su lado, pero parecía que el no comprendía todas las implicaciones de esto. El no entendía lo que significaba mezclarse con los muggles y su ciencia. Después de todo ya era mucho mezclarse con la magia de los sangre sucia, ahora tendrían que mezclarse con los patéticos inventos de los que no podían hacer magia.