No sé si he sabido reflejar del mejor modo sentimientos negativos en pos de la Navidad. Lo he intentado hacer lo mejor que podía, intentando también seguir la misma linea del anterior capítulo.


Las llamas de la chimenea era el único ruido más fuerte que se escuchaba en aquella sala. Casi como si hubiera sentido que le llamaban, alzó la cabeza de sus apuntes de Historia de la Magia y miró a todos los lados, al ver que todo había sido producto de su imaginación, con una de sus manos se pellizcó el tabique nasal. En Slytherin era como si el tiempo no pasase. No llevaba ni menos de cuatro meses, y era una de las muchísimas cosas que Albus Severus Potter había aprendido casi por obligación. Mientras todo Hogwarts estaba adornado para la Navidad, era entrar en la Sala Común y saber que era invierno, pero por el frío que hacía. Salvo contados adornos que cabían en los dedos de… ¿dos manos quizás?

El niño de primero suspiró soltando la pluma encima de los apuntes. Volteó de nuevo el rostro. Alec Zabini le estaba contando a Sophie Carman su última jugada en el partido disputado haría tres días. No ha hecho más que hablar de eso desde que acabó el partido.

La puerta se abre y entra una brisa en la Sala Común que hace que las lámparas se tambaleen y el tono verdoso ese que recubría las paredes, por primera vez desde que está allí sentado, a Albus se le asemeja a un árbol.

Piensa en todas esas historias que ha escuchado acerca de lo maravilloso que es Hogwarts, recuerda las dos cartas recibidas de su hermano James y cree que todo es exagerado. Que aquella festividad no es nada del otro mundo, que vale, sí, hay regalos y los pasillos andan decorados de rojo, blanco y verde (por decir algunos colores), pero a él, en aquellos momentos, lo único que tenía ganas era de ahocarse con aquel lazo de Navidad que adornaba la chimenea.

Y no por nada, simplemente que para el joven Albus, ya desde sus once años, consideraba aquella festividad como una excusa para olvidar los malos rollos una vez al año y como quien diría, perdonarse a si mismos para el próximo año seguir comportándose igual.

O para consumir como sino hubiera mañana.

Cierra el libro que tiene encima de su regazo. Desde pequeño siempre había escuchado las anécdotas de sus abuelos, de cuando sus padres y sus tíos eran jóvenes y de las dificultades que siempre habían tenido, mientras que para el resto de sus primos y hermanos era simple anécdotas, al pequeño, por entonces, Albus, causaron mucho revuelo, hasta tal punto de convertirse en el hermano más responsable, regañaba a Lily cuando se ponía insoportable ante algo que veía por la calle, como la vez que comenzó a patalear por que quería una piruleta.

Por ello, el joven Slytherin solo pedía en navidades cosas que necesitaba. Una bolsa nueva, un nuevo set de pociones, o plumas para escribir.

Se levanta del sofá en el que está sentado, recuerda que debe de escribir a casa, entra en las habitaciones y saca varios pergaminos. Escribe primero a casa, contándole noticias, su aprobado en el trabajo de Encantamientos, la nueva travesura que ha hecho James, por que está seguro que su hermano no se la va a contar… Luego coge otro pergamino, y si quiere continuar la tradición esa que tanto ha respetado su hermano y primos, debería de escribirle una carta a Lily poniéndole los dientes largos de envidia por las navidades de Hogwarts. En su defecto, lo único que le dice es que disfrute de esas últimas navidades que pasara en casa, que disfrute por que en Hogwarts todo es diferente.


N. A. : Lo cierto es que siempre me he imaginado a Albus el más maduro de sus hermanos, desde pequeño, y aunque sé que tiene once años, a esa edad creo que uno ya sabe lo que quiere.