Hola a todos! Arrghh denuevo para hacerles feliz. Este cap será más que nada como fue la vida de ambos en el transcurso de los años, lo sé.. No es taaaaan interesante pero espero que lo disfruten!

pd: Agradezco cada review, me hicieron muy feliz.

Capítulo II

-Por el amor de Dios, Francis ¡Ya quítate de encima! – Exigía el joven inglés de vistosas cejas mientras, en su inútil empeño intentaba quitarse de encima a un alegre francés que intentaba a toda costa quitarle el ropaje que llevaba puesto.

-Vamos Arthie, solo déjate amar, sé cuan inexperto eres, se te nota pero… Tú hermanito Francis te enseñará todo lo necesario… Tenemos tiempo de sobra – Las manos del mayor sujetaban el cinturón del pantalón del más pequeño, intentando despojarle de su prenda. Y Arthur, lloroso hacía hasta lo imposible por huir de allí.

-N-no estás siendo amable! O te quitas… o juro que… que… Ah! Solo hazlo! – El menor le propinaba reiterados golpes en el pecho, lo que al parecer solo le provocaban cosquillas a su ataque quien solo en un movimiento, le sujetó firmemente de las muñecas, inmovilizándolo.

-¿Qué harás? ¿Pedirás "Cambio de habitación"? –Se burlaba Francis, divertido ante el forcejeo del menor, antes su adorable sonrojo, y esas pequeñas lágrimas que comenzaron a caer por sus mejillas… -No, no puedo hacerlo – Suspiró finalmente, soltando el agarre que tenía sobre Arthur, haciéndose a un lado para que el otro pudiera incorporarse en la cama.

-¿Sabes que eso… casi me produce un infarto? – Exaltado, Arthur dirigió una mirada asesina a Francis, luego prosiguió- No llevo ni un día aquí y ya quieres violarme, no te entiendo.

El francés no contestó, solo miró hacia otro lado, llevaba un par de meses allí y ya estaba cansado, a veces la desesperación se apoderaba de su ser del solo pensar que no estaría con ninguna señorita en tanto tiempo. Haría pagar a todos y cada uno de los que lo habían metido a la cárcel. Nada iba a quedar así de eso estaba seguro. Entonces retomó la vista hacia su compañero de celda, dedicándole una sonrisa.

-Es la hora de comer, vamos – Y sin más tomo la muñeca del más joven, arrastrándolo prácticamente al comedor, nuevamente Arthur se sintió invadido por las miradas de todos los presos, en aquellos rostros pudo identificar tanta gente que había visto en los típicos carteles de "Se busca".

-¿Qué hago aquí…?- Se preguntaba confundido, él jamás hizo daño a nadie, solo esperaba el bien de su único ser querido ¿era eso un delito? Quería llorar, gritar, patalear. Pero hiciera lo que hiciera, su posición no le ayudaba en nada. Como un títere solo siguió e imitó cada movimiento que hacía Francis, hasta que finalmente ambos se ubicaron una mesa desocupada. Entonces Arthur se percató de algo, ninguno de los dos había comentado su razón para estar ahí. Lo miró largo rato pensativo pero Francis era demasiado enigmático como para pensar en qué clase de delitos había estado implicado.

-¿Cómo llegaste aquí? –Se atrevió a preguntar el de ojos verdes, tomando un trozo de pan de su bandeja, y partiéndolo por la mitad.

-En automóvil – Contestó con sencillez el mayor, revolviendo con desgano su sopa y luego prosiguió –Cuando era libre comía maravillas, ahora sé cómo se siente un perro…

-Bueno, mi comida no es mi diferente a esto –Se atrevió a admitir avergonzado, cuando dio cuenta de sus palabras cambió el tema de golpe – ¡Ignoraste mi pregunta! –Lanzó una mirada amenazante, como exigiendo una respuesta.

-Mi padre, bueno mi familia entera… Somos los propietarios de los mayores prostíbulos clandestinos de la ciudad, y bien… Dueños indirectos de muchos negocios ilícitos, sin contar que tenemos influencias en todas partes. Autores intelectuales de muchos delitos… Y aquí me tienes, la otra familia más influyente de Nueva York ha arremetido contra mí, el sucesor de los negocios – Hablaba con total naturalidad, como si contara una anécdota cualquiera de su vida. Pero el rostro de Arthur era un poema, el trozo de pan que se había llevado a la boca ahora flotaba sobre su sopa, lo que produjo un enorme sentimiento de ternura en Francis, quien solo sonrió.

Ahora ambos caminaban hacia el patio, y Arthur notó algo bastante llamativo, nadie parecía acercársele mucho a Francis, mantenían una cierta distancia, y a pesar que algunos le miraban con notorio rencor, ninguno decía palabra alguna. Lo mantuvo pensativo hasta que un bullicio enorme le hizo mirar hacia el frente, un grupo de hombres parecía estar avivando una pelea, estaban reunidos en círculo en medio del patio, bajo el sol y sobre el cemento con polvo. Arthur miró a Francis, y éste tenía una extraña sonrisa en el rostro.

-Mi querido Gilbo, siempre haciendo de las suyas… -Murmuró, y apresuró el paso, indicándole al más pequeño que le siguiera de igual forma. Hasta llegar a escasos metros del punto en conflicto. Arthur se paró en puntillas, buscando ver quiénes eran los protagonistas de la batalla campal, pero más que una pelea entre dos personas, parecía la masacre de una sola. Un chico albino y de ojos rojos se encontraba casi despedazando a un pobre tipo, que ya estaba llorando y rogando que se detuviera, pero la sonrisa sádica no abandonaba el rostro de aquel que Arthur supuso, era aquel "Gilbo".

-Gilbert, ya… Fue suficiente, vas a matarlo y no es la idea tenerte aquí más años de los necesarios. Después me saldrá un ojo de la cara pagarte la fianza – La voz de Francis se hizo sonar, y los reunidos se dispersaron. El albino se puso de pie, y escupió al suelo.

-Hace siglos que no mato, Francis… solo una vez ¿sí? – Gilbert sonreía con tal grado de locura que perturbó a Arthur, haciéndole retroceder un paso, lo cual el de ojos rojos notó al instante, casi como instintivamente se puso de pie y camino con ligereza hacia el pobre y asustado chico. -¿Juguetito nuevo, Francis?- Cuestionó mirando analíticamente al jovencito. El de ojos verdes dio un respingo, a lo mejor si era eso ¿qué otras razones tenía Francis para tratarlo bien? Pero, ahora eso no le importaba, estaba rodeado de gente peligrosa, y hacer lo posible por cuidar su integridad era lo que más le movía. Sobrevivir, ese era el instinto de todo humano.

Por otro lado, en uno de los sectores más acomodados de la ciudad, se hallaba una mansión imponente, cuyo propietario era el famoso cabecilla de la mafia siciliana ahora instalado en New York, Vincent Morello quien se encontraba sentando frente a su escritorio, y observaba a un silencioso niño, de ojos azules desafiante que se negaba a tomar asiento, y esperaba de pie junto a la silla.

-Dime tu nombre niño… -Habló con voz ronca el mayor, jugando entre sus dedos con una pluma de apariencia costosa.

-Alfred F. Jones – Contestó el niño, cortante –Y quiero saber cuándo me sacará de aquí, porque no soporto este lugar, ni su acento extranjero… Sé como son ustedes, han corrompido esta ciudad y no crea que…

-Eres bastante insolente para ser un niño, y ni siquiera puedes considerar en qué lugar te encuentras, pero me gusta tu seguridad, es lo que le hacía falta a todos mis hijos. A partir de ahora eres parte de esta familia, y no te preocupes que conservarás tu nombre y apellido con orgullo, pero desde hoy, toda tu lealtad irá con nosotros y para nosotros. Nada te faltará nunca, hijo mío… -Habló el hombre, luego de haber interrumpido al menor, en su rostro se formaba una sonrisa comprensiva.

Al contrario, Alfred hacía cada vez más notoria su mueca de disgusto, no le gustaba para nada las palabras de aquel hombre. No iba pertenecer allí, de eso se aseguraba, solo quería irse y sacar a Arthur de donde lo tuvieran escondido.

-Mire señor, agradezco su… amabilidad –Comenzó a decir Alfred, algo que había aprendido y muy a regañadientes de su hermano, era ser algo de caballeroso, definitivamente lo odiaba, pero comprendía que era la mejor manera de salir rápido de cualquier metida de pata – Pero ahora solo tengo una cosa en mente y es sacar a mi hermano de la cárcel, él no cometió ningún delito y mi promesa con él es permanecer juntos, siempre.

-Se nota que aún eres un niño, si piensas que tú solo podría sacar a ese joven de la cárcel, y eres aún más iluso al pensar que está ahí injustamente ¿sabes que es una obligación apartar a niños y mujeres de los "negocios"? Tu hermano fue un irresponsable, y te metió en esto lo cual es sumamente injusto…

-¡Él no sabía que eran negocios sucios! ¡Lo hizo por mí! Por mantenernos a ambos de la mejor manera… solo buscaba lo mejor, él es… -Alfred apretaba los puños y miraba directamente al severo rostro del hombre.

-Él es un idiota, un egoísta… alguien que no supo cuidarte como debía y mírate ahora, abandonado a tu merced, menos mal que mis contactos en la policía te trajeron hasta mi, sino ¿qué sería de ti? Metido en un vil orfanato, solo sabrías robar carteras en la calle –Morello alzaba la voz, su mirada era profunda, imponía sin lugar a dudas.

-No, Arthur jamás… -Ahora la voz de Alfred flaqueaba, no podía aguantarlo más. Aún era un niño y… Pero no podía ser, Arthur no era egoísta, no, siempre le dio todo lo que tenía. Cada vez que podía le llevaba a los lugares que quería ir, ahorraba dinero para llevarlo a aquellas convenciones de vaqueros, que el tanto amaba. Arthur, él…

-Sí, él es así, un monstruo que solo quiso que tuvieras la vida que él tuvo, si hubiese sido más inteligente te habría dejado en manos de alguien que de verdad se hiciera cargo de ti ¿pero qué hizo en cambio? Te mantuvo a tu lado ¿cuántas cosas has vivido por su culpa? El incidente que te trajo hasta aquí… No te ha dejado dormir ¿verdad? –Ahora una sonrisa triunfante adoraba el rostro de Morello, el niño estaba cayendo, sus palabras no podían sonar más seguras.

Y era verdad, desde aquel día que en sus sueños se repetía la imagen de aquel hombre siendo atravesado por miles de balas, la sangre, el grito de Arthur… Alfred se apoyó en la silla, y finalmente se desplomó sobre ella, con el rostro empapado en lágrimas, no había llorado hasta entonces, ahora comprendía porque se lo había intento aguantar.

-Duele mi querido hijo, duele… pero ahora cada vez que sueñes mal estará mi mano para que la tomes con fuerza… El destino del hombre que te hizo esto se ha llevado a cabo como se debe, está tras las rejas, y de allí no saldrá bien –Le tranquilizó el hombre, ahora parándose y yendo hacia él, tomó entre sus manos la mano de Alfred y la sostuvo, mirándole fijamente. Lo que no sabía era que más que calmar al pobre niño, lo atormentaba aún más, Arthur era la única persona que admiraba, pero este hombre estaba rompiendo con todo esquema que se había formado en sus 13 años de vida.

Entonces el tiempo pasó, y ese niño de 13, ahora tenía 17 años, era un joven alto, tal vez demasiado alto en comparación con otros jóvenes de su edad. Apuesto y bastante inteligente aunque un pequeño problema a la visión le obligaba a usar lentes. Pero nada era impedimento para que sobresaliese en todo lo que hacía, deportista, mujeriego, algo torpe pero por sobretodo, era el mejor el orgullo de su padre. Morello había elegido bien y ahora estaba seguro que su "negocio" iría cada vez mejor, teniendo a Alfred como su mayor cabecilla.

Mientras Morello se encontraba en una de sus tantas reuniones, donde solo se observaban grandes hombres imponentes y en su mayoría italianos. Alfred por su parte no quería meterse aún, no terminaba sus estudios así que solo se limitaba a ver de lejos o encerrarse en su habitación a dormir, y así mismo lo había hecho ahora. Acostado sobre su cama miraba el techo sin mucho interés, luego desvió la mirada hacia una mesita de noche, en ella había una lámpara y un pequeño cajón. En ese instante había recordado aquello que siempre intentaba ocultar en lo más profundo de sus recuerdos, abrió el cajón, metió más a fondo la mano y tomó en su mano una pequeña fotografía, en ella se plasmaba la imagen de un niño pequeño sonriente, con un típico sombrero de vaquero, sobre un caballo falso y a su lado, con una enorme sonrisa también, un jovencito unos cuantos años mayor, con grandes y vistosas cejas.

-¿Por qué tenías que hacerme esto, Arthur? Te hubiese perdonado… tan solo si… - Cerró con fuerza los ojos, no iba a llorar, ese era asunto olvidado, ahora estaba mejor y agradecía que ese idiota se fuera a la cárcel pero no iba a negar, que cada día se levantaba con la ilusión de hallar aunque fuese una carta escrita para él -¿Te olvidaste de mi, Arthur? Supongo que fui una carga menos cuando nos separaron… Espero nunca volverte a ver, porque si lo hiciera… te golpearía tan fuerte… - Volvió a guardar la foto, antes de romperla. Sabía que si lo hacía, tarde o temprano lo iba a lamentar.


Arthur se levantó a medias de la cama, frotándose los ojos y ladeó el rostro para ver a un Francis adormilado justo a su lado, que lo rodeaba con un brazo por la cintura.

-Oye Francis… ¿Estás seguro que la dirección que me diste está bien? Llevo… estos 4 malditos años intentando contactar con Alfred y… no hay respuestas… -Los ojos Arthur comenzaban a llenarse de lágrimas.

-Arthie, querido no llores, llevas tanto tiempo preguntándome lo mismo y te responderé igual… La dirección está bien, mis hombres nunca se equivocan, si no te contesta es por algo, era un niño cuando se separaron, quizás ya te olvidó o simplemente ya no le importa- Respondió Francis, lo que siempre le había molestado de Arthur era que siempre terminaba hablando de su querido "Alfie", él era parte de su pasado ¿tanto le costaba asimilarlo?

El de ojos verdes negó con la cabeza, volviéndose a acostar pero ahora dándole la espalda al francés. Alfred jamás le olvidaría, Francis era un imbécil… Después de todo lo que le había contado seguía con sus estúpidas conclusiones. Mucho podía quererlo pero no se lo perdonaba… Tal vez le había dado la dirección mal a propósito… No, no podía ser así, algo que tenía Francis era que nunca le había escondido nada. Lo que Arthur si no sabía, y tal vez le hubiera aliviado un poco el peso de los años era que cada carta enviada era leía, pero no por su querido Alfred, si no por Morello quien, con algo de lástima en su interior, metía carta por carta dentro de un cajón con llave, antes de que cualquier otra persona pudiese verlo.


Bien, si, hubo algo de FrUk y bueno un aviso...

EL PROXIMO CAPITULO SERÁ EL REENCUENTRO!

Asi que ya estoy en ello, espero que hayan disfrutado tanto como yo escribiendo, luego de ver El Padrino me sentí inspirada.