Capítulo2: Química

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Vaya, hola, guapa —dijo Edward sin que su voz reflejara el menor atisbo de sorpresa—. ¿Se ha perdido?

Ella negó con la cabeza con un gesto que atrajo la mirada de Edward sobre su boca seductora y sobre el movimiento insolente de su barbilla. Aunque la luz del pasillo era muy tenue, podía ver la sorna reflejada en su rostro.

—Es que quería pillarlo al salir del baño.

Era inglesa, pensó Edward, lo cual explicaba por qué había resaltado tanto entre todas las estadounidenses. Pero que fuera británica no explicaba qué estaba haciendo allí, cerca de la puerta de emergencia y lejos de los aseos. Se le dispararon los instintos. No estaba acostumbrado a ser sorprendido.

—¿A qué debo tal placer? —preguntó él.

Porque, fuera cual fuera el motivo de aquel encuentro, lo que era seguro era que era todo un placer. Ver a aquella mujer de cerca y admirar el modo en el que se apoyaba en la pared era una verdadera delicia. Tanto era así, que no pudo evitar fijarse en las esbeltas piernas que quedaban desnudas a partir de las rodillas.

—He pensado que era una lástima seguir mirando una escultura de Eros cuando lo que quería era un poco de buena compañía —le lanzó una mirada que consiguió terminar de dispararle la adrenalina.

—¿El bueno de Mike no le daba buena conversación?

—¿Me ha visto antes? Esperaba que lo hubiera hecho, pero contestando a su pregunta… no, don Ejecutivo Yanqui no me ha impresionado ni la mitad de lo que parecía impresionarse a sí mismo con todas sus acciones en Bolsa.

Edward se echó a reír y en ese mismo instante, decidió que deseaba proseguir con aquella conversación. Por desgracia, en aquel momento no estaba libre; antes de poder seguir charlando con la encantadora dama, tendría que retirar el aparato que entorpecía la imagen de la cámara de vigilancia.

No podía hacer otra cosa, pues si lo dejaba allí, los vigilantes se darían cuenta en cuanto se hiciera de noche y notaran que la luz no cambiaba en el pasillo. Entonces investigarían lo ocurrido e interrogarían a todos los asistentes a la inauguración. Desde luego, Edward prefería no aparecer en ninguna lista de sospechosos.

Un hombre de su reputación debía siempre tener mucho cuidado.

Su bien más preciado era poder moverse por todo tipo de círculos sociales y en todos los lugares del mundo. Si empezaba a llamar la atención cada vez que cruzaba una frontera, pronto habría perdido todo lo que tantos años y tanto trabajo le había costado conseguir… entrar en contacto con un hombre de la importancia de Aro Volturi.

No quería tener que dejar de utilizar el nombre que utilizaba.

—Edward Masen —se presentó, tendiéndole la mano para luego llevarse la de ella a los labios y comprobar que su aroma era tan femenino como su aspecto—. Y usted es…

—Bella Swan.

—Bella —repitió el nombre, disfrutando de un sonido tan sensual como la mujer a la que designaba.

También disfrutó del leve temblor que sintió en su piel al entrar en contacto con su respiración. Sabía que no era más que una reacción, pero Edward había hecho carrera gracias a su habilidad para fijarse en detalles como ése.

—Un bonito nombre para una bonita mujer —le soltó la mano pero, para su sorpresa, ella no la retiró.

Bajó la mirada hasta sus manos.

—¿Lleva guantes?

—He estado colocando una estatua.

Ella siguió observando sus manos enguantadas esbozando una sonrisa y Edward pensó que tenía una boca perfecta.

—Hay unas piezas magníficas en la exposición —comentó ella mientras movía levemente el dedo sobre la tela de sus guantes.

—Es cierto. Pero estoy seguro de que aún no ha podido verlo todo. Déjeme que sea su guía.

—Encantada.

Aquella palabra era todo lo que Edward necesitaba para agarrarla del brazo y comenzar a caminar con ella hacia la sala. Una vez allí, le serviría una copa de champán y luego se excusaría durante unos segundos para terminar el asunto que tenía entre manos y así poder continuar disfrutando de la compañía de tan deliciosa dama.

Pero al llegar frente a la puerta de la sala, Bella se detuvo en seco.

—¿No se le olvida algo?

Tenía los instintos tan alterados, que apenas podía dilucidar qué tenía aquella mujer que le afectaba tanto.

—¿Qué?

Ella levantó una mano por encima de sus cabezas y señaló directamente al dispositivo electrónico.

Eso era. Aquella mujer no era sólo una belleza vestida de blanco.

—No parece que ése sea su sitio, ¿verdad? —dijo él.

—Yo creo que no.

—¿Y qué le hace pensar que me pertenezca a mí?

—La más sencilla aritmética.

—¿Cómo que dos más dos son cuatro?

—No llevaba guantes cuando salió de la sala, así que supongo que debió colocar la escultura… ¿Dónde? ¿En las escaleras? ¿O acaso hay otra galería en el piso de arriba? Porque no creo que la haya puesto en el aseo y no suelo equivocarme.

No, desde luego no se equivocaba. Pero, ¿por qué estaría jugando con él?

—¿Intenta acusarme de algo?

—¿Hay algo de que acusarlo? —replicó en tono seductor. Edward se echó a reír.

—¿Cómo sé que no fue usted la que puso eso ahí para grabarme a mí?

—No puede saberlo —miró a su reloj y después volvió a mirarlo a él, esbozando una nueva sonrisa—. Debo reconocer que estoy impresionada con usted. Según mis cálculos, que empezaron cuando salió de la sala, puso ahí ese dispositivo hace al menos nueve minutos, yo lo he entretenido aquí durante otros dos, lo que quiere decir que ya lleva ahí unos once minutos más o menos. No creo que quiera dejarlo ahí, pues ambos sabemos que los guardias de seguridad no tardarán en darse cuenta y cuando lo hagan, interrogarán a los invitados, cosa que no creo que usted desee.

—¿Y qué es lo que la tiene tan impresionada?

—Que no parece ni mínimamente nervioso.

Edward no pudo responder, porque justo en ese momento se oyeron unas risas femeninas que pertenecían a dos mujeres que se dirigían al baño.

—¿Cree que se preguntarán qué hacemos aquí? —preguntó Bella.

—No tendrán la menor duda de lo que estamos haciendo aquí.

La sonrisa se hizo más amplia.

—¿De verdad?

—De verdad.

Con un rápido movimiento, Edward la llevó hasta la pared y estrelló su boca contra la de ella. Ahora era él el que estaba impresionado. Bella no reaccionó con sorpresa, sino que se dejó llevar por los movimientos de su boca y le entregó unos labios con sabor a champán… unos labios suaves, cálidos y deliciosamente excitantes.

Unos labios que no tardaron en abrirse para dejar paso a la lengua de Edward, que cada vez estaba más excitado por la respuesta de Bella, por el modo en que le había rodeado el cuello con sus brazos y las curvas de su cuerpo se habían amoldado a él. Todo su cuerpo parecía haber despertado con el contacto de aquella mujer; se le había acelerado el pulso y toda la sangre se había acumulado más abajo de su cintura. Todo ello no le dejaba más opción que la de hacer que aquel beso se hiciera más y más profundo.

Si su boca estaba hecha para que la besaran, el cuerpo entero de Bella estaba hecho para el amor.

Había sumergido los dedos en su pelo, haciéndole sentir cosas que no imaginaba pudiera experimentar con tan inocente movimiento.

Tenía un cuerpo fuerte, mucho más de lo que parecía a simple vista, algo que hacía suponer que llevaba una vida muy activa. Aquella mujer le había provocado la erección más rápida de su vida.

Pero estaba seguro de que no era el único afectado por tan repentina intimidad.

Había algo en el modo en que se movían las caderas de Bella que le decía que no estaba fingiendo. Otro misterio más que añadir a la larga lista.

¿Sería una ladrona audaz a la que habían enviado a atraparlo?

Era británica… ¿pertenecería al servicio de inteligencia?

Sólo tenía una respuesta para tantas preguntas… se había metido en un buen lío. Había bajado unas escaleras y de pronto su vida había dado un giro radical.

Quizá no supiera quién era Bella Swan, ni por qué había estallado aquel fuego entre ellos, pero lo que sí sabía era que aquella mujer iba a suponerle un gran problema. Cuando por fin se separaron, hacía ya un buen rato que las dos mujeres habían entrado al aseo. En realidad, quizá habían entrado y salido mientras ellos se besaban; de ser así, desde luego Edward no se habría enterado. Lo único que sabía en aquel momento era que el corazón le latía con tal fuerza, que sentía la necesidad de buscar apoyo en la pared.

No podía dejar que ella supiese cuánto le había afectado aquel beso.

—Buena estrategia —susurró Bella con la respiración entrecortada—. Has vuelto a impresionarme, Edward. Reaccionas rápido.

—Gracias —tenía suerte de ser capaz de contestar.

Bella volvió a señalar al techo.

—El problema del pequeño dispositivo electrónico sigue ahí.

—Sin duda debe de ser un problema, lo que no sé es para quién.

Ella se echó a reír de un modo que le resultó a Edward enormemente sensual, tanto que tuvo que controlar el deseo de volver a estrecharla en sus brazos.

—Para ti, Edward, lo admitas o no.

—Supongo que nunca lo sabremos. Bueno, ¿qué hacemos? ¿Me dejas que sea tu guía y así puedes tenerme vigilado?

—En realidad lo que voy a hacer es salvar tu bonito trasero.

—¿De verdad?

Eso sí que resultaba prometedor. Aunque no quisiera admitirlo, lo cierto era que no le iría mal que alguien le salvara y sin duda era mucho mejor que se tratara de una mujer que además consideraba que tenía el trasero bonito.

Ahora sólo tenía que averiguar quién era y qué quería…

Bella miró al rostro de Edward, pero no consiguió ver nada revelador en él. De cerca era aún más atractivo, Peligrosamente atractivo, con esa increíble sonrisa y esos hombros tan anchos. No pudo evitar preguntarse si su impresionante aspecto era el culpable de que se sintiese como si acabara de bajarse de un barco.

¿Y sólo por un beso?

No entendía por qué todo su cuerpo era consciente de la presencia de aquel hombre, ni por qué le latía la sangre en las venas y se le había disparado la adrenalina de un modo que le resultaba demasiado familiar. Tan familiar como el peligro.

Pero enseguida se recordó que estaba en el pasillo de un museo y era una agente bien entrenada y perfectamente capaz de defenderse de Edward Masen en caso de que intentase algo raro. Por no hablar de que a pocos metros había una sala llena de filántropos.

¿Entonces por qué se sentía en peligro?

Con sólo volver a mirar a Edward a los ojos Bella se dio cuenta de que el único peligro que la acechaba era la atracción que sentía por aquel hombre de ojos verdes.

Y sabía que no era la única que sentía esa atracción. Quizá no supiera lo que estaba pensando con mirarlo a la cara, pero reconocía una reacción verdadera en cuanto la veía y la suya lo había sido. El bulto de su entrepierna no había dejado lugar a dudas.

La química… eso lo cambiaba todo.

Arrancando la mirada de su rostro, le tomó una mano y le quitó el guante.

—Déjame —dijo mientras se ponía ella el guante y pensaba en que sus manos eran tan grandes y atractivas como él mismo—. ¿Podrías levantarme?

Él enarcó una ceja fingiendo que no comprendía. Era evidente que Edward trataba de evitar por todos los medios que Bella pensase que tenía algo que ver con el pequeño dispositivo, ya que no sabía quién era ella. Bella optó por seguirle la corriente.

No podía culparlo. También trabajando del lado de la ley era muy importante tener precaución, pues muchas veces ser cauto era la única manera de no ser descubierto y seguir en el anonimato. A veces incluso era lo que podía salvarlo a uno de la muerte.

Se levantó ligeramente el vestido para mostrarle las sandalias de tacón que llevaba.

—Con estos zapatos no creo que pueda subirme yo sola —explicó fijándose en el modo en que él no apartaba la mirada de su pierna—. Pero si tú me ayudas, podré alcanzarlo.

Edward no respondió, pero de pronto Bella sintió sus manos alrededor de la cintura. La fuerza de sus manos daba fe de la agilidad y de la condición física de aquel hombre que podía levantarla del suelo sin el menor esfuerzo.

Por un momento volvió a sentir su cuerpo junto al de ella y el calor volvió a inundarla por dentro, una respuesta puramente física que la hizo desear volver a probar sus besos.

Tuvo que hacer un esfuerzo por concentrarse en lo que estaba haciendo, algo para lo que necesitaba de toda su habilidad.

Era de suponer que Edward no habría tenido que tapar la cámara de seguridad si hubiera tenido un contacto dentro del museo que habría podido desactivar el sistema de vigilancia de esa zona.

Eso le suscitaba más dudas sobre lo que había estado haciendo allí. ¿Había actuado solo?

Quizá había realizado alguna entrega o se había reunido con alguien.

¿Qué relación tenía lo que había hecho esa noche en el museo con la visita a Manhattan?

La agencia no había encontrado prueba alguna que demostrase que Edward Masen era un ladrón, por lo que Bella había llegado a la conclusión de que estaba allí para solucionar un problema surgido tras el reciente robo de la casa de subastas.

Tenía que averiguarlo y para hacerlo, no podía permitir que nada se interpusiera entre ellos y menos aún un pequeño objeto electrónico que podría ponerlo en peligro ante el servicio de seguridad del museo y más tarde, ante las autoridades locales.

Aquel hombre debía ser suyo y sólo suyo.

Mientras trataba de desinstalar el dispositivo, se concentró en no sentir el contacto de su cuerpo y el calor que traspasaba la tela del vestido.

—Ya lo tengo —dijo después de unos segundos.

—Impresionante —respondió él.

Bella no pudo saber si se refería a lo que acababa de hacer o a ella misma.

Antes de volver a dejarla en el suelo, Edward la obsequió con un lento y sensual recorrido por su cuerpo que consiguió que le resultara muy difícil encontrar fuerzas para hablar.

—Gracias.

—Me alegro de haber sido de utilidad. Bueno, Bella, ¿qué vas a hacer ahora con esa maquinita?

Buena pregunta. Por desgracia, no tenía una buena respuesta que darle… al menos por el momento. Así que dio un paso atrás sin decir nada y le obligó a que hiciera lo mismo antes de volver a enfrentarse a su mirada.

Una mirada claramente aprobadora.

Una mirada de interés.

Una mirada que le hizo preguntarse qué estaba haciendo allí.

Aquél era el hombre que le resolvía los problemas a Aro Volturi, un hombre que utilizaba su talento para manipular situaciones y ayudar a criminales. Entre ellos existía una evidente química, sí, pero Bella iba a utilizar dicha química en su propio beneficio.

—Tengo un plan —un plan atrevido que incluía conseguir la cooperación de Edward a través de la seducción.

—No me digas, Bella.

—Siempre tengo algún plan —respondió al tiempo que se guardaba la maquinita en el bolso para después devolverle el guante—. Gracias.

Él se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta antes de darle paso.

—Volvamos a la galería.

Bella dejó que la guiara hacia la sala llena de gente mientras se preguntaba qué debía hacer con el pequeño dispositivo. Sabía que allí no habría nada que incriminara a Edward; sin duda él era demasiado inteligente como para cometer tal descuido. También parecía tener un enorme autocontrol, pues sin duda se moría por hacerle mil preguntas para averiguar quién era y sin embargo seguía actuando con completa calma y normalidad.

Tenía que decidir cómo actuar con él ahora que sabía que disponía del arma de la seducción y de la evidente atracción física que había entre ambos, pero debía decidir si quería utilizar dicha arma.

Edward respondió a su promesa de ser un buen guía. Se comportó con tal amabilidad, que Bella se esforzó por impresionarlo.

—He oído que la señora de la boa de plumas es la propietaria del jarrón con dibujos de Eros y Gea —comentó Bella.

—Antes también has mencionado a Eros. ¿Te interesa la mitología?

—No, sólo Eros —le lanzó una mirada de sensualidad con la que esperaba despertar su curiosidad.

—¿Qué te interesa exactamente de Eros?

—El deseo y la pasión, por supuesto. ¿Estás de acuerdo conmigo?

—A mí también me interesa la atracción porque surge donde y cuando menos te lo esperas —explicó mientras le acariciaba la mejilla con la yema del dedo pulgar—. ¿Sabes que en la mitología más temprana Eros representaba la fuerza que atraía mutuamente a dos personas? Fue mucho después cuando se convirtió en el hijo de Afrodita y empezó a representar también el deseo y la pasión.

—¿Has estado estudiando para esta exposición o es que eres aficionado a la mitología griega?

—Digamos que me gusta aprender y aprovecho cualquier oportunidad para hacerlo.

Sin duda algo que debía de ser muy importante en su trabajo.

—Muy diplomático.

Edward levantó su copa hacia ella a modo de brindis y después se la llevó a los labios sin apartar la mirada de sus ojos, que también estaban clavados en los de él. Así continuaron varios segundos, hasta que él volvió a hablar:

—Dime, Bella, ¿quién te ha invitado a venir esta noche? No recuerdo haberte visto con ninguno de los anfitriones y creo que no lo has mencionado.

—No, no lo he hecho.

—¿Es un secreto?

—No.

—¿Quieres que lo adivine? —preguntó él—. Lo cierto es que no tengo mucha paciencia.

Bella no dijo nada, estaba demasiado ocupada en aprovechar la oportunidad que había estado esperando. Así pues, dejó la copa sobre la mesa y agarró un par de canapés de foie-gras y varias servilletas. Se metió los dos canapés en la boca ante la atenta mirada de Edward.

—¿Tienes hambre?

Como tenía la boca más llena de lo recomendable, no pudo hacer más que negar con la cabeza mientras trataba de no notar el sabor del canapé.

Edward esperó como si supiera que tramaba algo y miró con gesto distraído al camarero que justo en ese momento, estaba llenando una bolsa de basura.

Bella hizo un ruido de asco lo bastante alto como para atraer la atención del camarero, después se llevó una servilleta a la boca y echó el desagradable bocado.

—Foie-gras —protestó ella—. Pensaba que era humus. ¿Le importa? —preguntó al camarero para que le dejara tirar la servilleta a la bolsa de basura.

—Es vegetariana, ¿sabe? —añadió Edward ocultando una incipiente sonrisa.

Echó la servilleta con la esperanza de que los restos de hígado de oca disuadieran a cualquiera que tuviera intención de fisgonear en el contenido de la bolsa.

—Gracias.

Una vez se hubo alejado el camarero, Edward se echó a reír de un modo que le provocó un escalofrío a Bella.

—Supongo que el pequeño dispositivo que acabas de quitar del techo del pasillo va en esa bolsa junto con el foie-gras.

Bella se limitó a responder con una sonrisa.

—Bien hecho, Bella. Muy imaginativo y muy discreto. Supongo que el dueño de la maquinita está en deuda contigo.

—Eso espero.

—¿Sí?

—Sí —respondió, agarrando de nuevo la copa de champán.

—¿Por qué?

Bella pensó en la respuesta que debía dar mientras pensaba también en el hombre que esperaba dicha respuesta. Parecía tranquilo, pero era evidente que sentía curiosidad.

—Quiero algo a cambio.

—¿Qué?

Dio un sorbo de champán para intentar eliminar el sabor del foie-gras.

—Vamos a un lugar más tranquilo.

Edward no titubeó ni un segundo antes de alejarla de la mesa del bufé y se dispusieron a atravesar la sala llena de gente. De camino a la puerta, tuvieron que detenerse con varios grupos de gente a los que la presentó con elegancia y una habilidad social que la ayudaba a comprender por qué había llegado tan alto en aquel juego.

Era un hombre encantador que sabía exactamente cómo hacer que los demás se sintieran bien. Era un verdadero camaleón social, pues cambiaba de modo de actuar dependiendo de la persona con quien estuviese hablando en cada momento.

Por fin llegaron a un tranquilo lugar de la exposición en el que sólo había un par de vitrinas.

—Perfecto —dijo ella. Allí nadie los interrumpiría.

—¿Vas a acabar ya con el suspense? —preguntó Edward cruzándose de brazos y mirándola con expectación.

—Por lo que he oído, a ti te gusta el suspense.

—¿Lo que le has oído a quién?

—A mi agencia.

—¿El M16?

Bella fingió decepción.

—Lo has adivinado.

—Simple aritmética.

Sabía que un hombre de la reputación de Edward no había tardado en sumar dos más dos, sobre todo después de oír su acento británico.

—¿Qué quiere de mí tu agencia, Bella?

Se puso de puntillas para hablarle al oído y al hacerlo, se pegó a él tanto como pudo, rozándole el brazo con los pechos.

—En realidad, no te queremos a ti.

Edward respiró hondo, la segunda reacción sincera que había obtenido de él aquella noche.

Puesto que el beso había sido muy sincero.

—¿Entonces qué es lo que queréis?

—A Volturi. Queremos que nos digas todo lo que sabes de él.

—Si supiera algo de él, ¿por qué iba a decírtelo a ti?

—Porque… —hizo una pausa para darle más dramatismo a la oferta—. Mi agencia puede darte una nueva identidad y una vida nueva fuera del crimen organizado.


woow! o OMG, me encanta esta pareja, ejjejejeje, al segundo cap. ya se meten mano... jejejejeje... esto prometo no¿?, bueno guapas, muchas grácias por sus comentarios... de momento subiré uno diario... si me animo esta noche subo otro... un besote a todas... muakis. nos leemos... grácias a las de siempre y bienvenidas las nuevas... espero que disfruten, como se suele decir en la variedad esta el gusto e intento... que el repertorio sea variado... de cara al finde subiré una de damas y caballeros de 18... donde Bella és una pequeña e irresistible salvaje y Edward tendrá que lidiar con ella para convertirla en dama... resistiendose como siempre a sus encantos... jejeje. pero sin mucho exito. jejejeje. nos leemos guapas...