Cinco autos ingresan uno por uno a través de las puertas de hierro, adentrándose cuidadosamente a la imponente mansión. Seis hombres de perfecta vestimenta esperan la llegada de cada auto y con ellos la de las nuevas novias de sacrificio. El primero se detiene por completo y uno de los mayordomos abre la puerta extendiendo su mano al interior, una pequeña mano enguantada toma la suya ayudando a la persona que está dentro a bajar. La elegancia de sus movimientos es abrumadora, pero lo es aún más la corta edad que refleja su rostro y su figura.

— Señorita Rokujo —el hombre se inclina en una respetuosa reverencia mientras la niña responde con un ligero asentimiento.

La pequeña da un par de pasos alejándose del auto, del que en ese momento el mayordomo sacaba sus maletas. Su llamativo vestido negro, su pálida y tersa piel combinado con su cabello perfectamente peinado en dos largas coletas, haciéndola lucir como una muñeca de porcelana. El auto desparece al igual que el hombre. Mira hacia atrás justo cuando el siguiente auto se detiene y otro de los hombres, un poco más joven al anterior, habré la puerta. Su entrecejo se frunce al ver el inconfundible rubio del cabello de Leah. A la distancia puede ver el emblema de la familia Van Ewen bordado finamente en sus guantes cortos.

El mayordomo hace una reverencia y ella niega con la cabeza, Leah extiende su mano al interior del auto despertando la curiosidad de la aristócrata menor que la observa desde lejos.

— Toma mi mano, sigue mi voz —Yuriko escucha a la rubia hablar con alguien dentro del auto y pasados unos segundos una cabellera castaña y alborotada se deja ver.

— Señorita Hanada —una vez más el hombre se inclina antes de marcharse por las maletas de ambas chicas. Leah cierra la puerta del auto y aun tomando de la mano a la castaña comienza a caminar. Su mirada se encuentra con la de la menor y su semblante se contrae en un gesto de desagrado.

—Yuri-chan ¿qué haces aquí?

—Siempre tan vulgar Van Ewen. Hazme el favor de no usar ese apodo y ese honorifico tan fuera de lugar cuando te refieras a mí.

— Eres menor que yo así que el "chan" no está fuera de lugar.

— ¿Leah-san?

— ¡Oh cierto! Kyoko, ella es Yuri-chan, una niña malhumorada y antipática, que se cree una adulta, aunque solo tiene... ¿Cuántos años tienes? 7, 8... —a la menor el comentario le desagrado por completo, pero evito crear una escena innecesaria de comportamiento vulgar he inapropiado.

— Yo...

— Perdona por esa presentación tan poco educada. Mi nombre es Rokujo Yuriko —se acercó a la chica y extendió la mano, pero no recibió respuesta alguna por parte de la castaña, ni siquiera una mirada—. ¿Disculpa?

— Oh perdón, no sabía lo que estabas haciendo precisamente, veras yo... soy ciega, es por eso que no me di cuenta de tu saludo, pero mucho gusto en conocerte Rokujo-San, mi nombre es Hanada Kyoko —extendió su mano y la niña la tomo apenada por no haberse dado cuenta de la ceguera de la chica.

El sonido de una puerta cerrarse termino con el saludo, previniendo el momento incomodo que se hubiese presentado después. Tres chicas caminan a un punto apartado del otro tercio, dos peli-azules y una albina intercambian un par de palabras antes de alzar la vista hacia las demás.

La de menor estatura sonríe y saluda con un pequeño movimiento de su mano, la mayor solo sonríe mientras que la albina pasa su mirada por cada una haciéndolas sentir incomodas. Sin apartar la mirada de ellas le dice algo a las de cabello azul y ellas en automático dejaron de saludar para mirar una vez más a la albina. Leah siempre había sido buena leyendo el movimiento de los labios, pero esta vez no supo descifrar lo que aquella chica le decía al otro par, parecía hablar en un idioma que no pudo identificar.

Otro auto se estaciono delante de la mansión y de el bajo una joven de largos cabellos albinos quien sonrío al ver la mansión frente a ella. Sin prestarles atención a las presentes comenzó a caminar hacia la puerta.

— ¡Hey! —la llama Leah, pero la albina la ignora.

— Aun no puedes verlo, Anissa —las palabras de Yuriko detienen los pasos de la chica.

— ¿Tu eres Yuriko- san? —pregunta ella sin volear atrás.

— Sí —la rubia mira confundida la escena mientras que Kyoko escucha atentamente. A lo lejos el extraño trío también observa la situación, pero se mantienen al margen.

— Esta bien —la albina voltea y una amplia sonrisa adorna su rostro. Se sienta al pie de las escaleras mirando hacia un punto perdido en el horizonte.

— Extraño.

— ¿Y cómo sabía cuál era su nombre Yuriko-san?

— Es algo que no puedo responder, ahora si me permiten tengo que asegurarme de que las demás lleguen a tiempo —Rokujo pasa por un lado y va a donde el siguiente auto se encuentra deteniendo su marcha—. ¿Son ellas?

La respuesta llega cuando al abrirse la puerta dos mayordomos ayudan a los ocupantes del auto a bajar. El cabello rubio, los labios rosas y con brillo, su ropa tan llamativa como sus azules ojos y su blanca sonrisa solo podrían lucir tan bien en ella, los dos hombres se ponen nerviosos con una simple mirada de su parte, sus seductores movimientos captan la atención de todos los presentes y a ella parece gustarle. Es tanta su llamativa y dinámica imagen que nadie se percata de la pelirrosa que sale detrás de ella sin ayuda de nadie. Su largo habito de tonos negros, grises y blancos es completarte opacado por los azules, verdes y dorados de la ropa de su acompañante.

— Gracias. Ahora, les pido que tengan cuidado con las maletas, no queremos que nada se pierda ¿verdad? Eso sería muy desafortunado y sumamente problemático para ustedes —aun si sus palabras son una latente amenaza los dos sujetos de traje sonríen como si aquello hubiera sido un poema.

La rubia pone una mano en su mentón mientras pasa su mirada por todo el lugar, es bonito, pero no es completamente de su agrado. Se percata por fin de la presencia de las otras chicas quienes no quitan su mirada de ella.

— Hiramiya-sama creo que...

— Voy a hablar con esas de ahí, se ven más agradables que las otras tres —Ignorando por completo las palabras de la chica a sus espaldas se dirige a donde se encuentran Leah y Kyoko

—Es...espera —corre para seguirle el paso.

— Hola, mi nombre es Hiramiya Reiko, un gusto en conocerlas —

— La Idol —comenta Leah de forma fría.

— ¿Idol? —pregunta la castaña.

— Así es ¿No me conoces? —no sabía si sentirse ofendida o enojada por la pregunta de la chica.

— La verdad es que no, de donde vengo no es muy común que la gente tenga un televisor.

— ¿Viven en el bosque?

— En el campo para ser exactos.

— ¡Qué horror! —Reiko hace un gesto de desagrado.

— Como sea. ¿Tú quién eres? —le pregunta Leah a la de cabellos rosas que se encuentra escondida detrás de Reiko. La mencionada dio un pequeño salto y comienzo a jugar con sus dedos de forma nerviosa.

— Pi...erce, Marely Pierce.

— Un gusto Marely —Leah extiende su mano y aunque la chica duda unos segundos termina por corresponder al gesto.

Después de que las cuatro se presentaran entre ellas Yuriko las llamo. Anissa se encontraba ya a su lado impaciente por entrar, mientras que las otras tres chicas se acercaron al grupo manteniendo una pequeña distancia entre ellas y el resto de las presentes.

— Yuriko-san ¿ahora sí puedo entrar?

— Todas debemos hacerlo Anissa —Su imagen y voz parecían seguras, pero si cualquiera la hubiera mirado a los ojos se habrían dado cuanta del miedo que creía en ella.

— Entonces vamos —La albina comenzó a caminar dejando atrás al resto.

Las miradas de confusión, miedo e incluso emoción se mesclaron cuando las ocho chicas restantes intercambiaron miradas antes de seguirla a ella. El sonido de tacones, botas y zapatos de piso hacían un sonido perturbador y para nada acompasado, pero eso era lo que menos les importaba en ese momento, lo único en lo que podían pensar era en lo que adentro les esperaba pues a diferencia de algunas de las presentes otras no tenían idea de lo que les aguardaba y aquellas que creían saberlo pronto descubrirían que nada era seguro y que sus conocimientos sobre el tema eran tan escasos como sus esperanzas de escapar una vez cruzaran las puertas de madera que justo en ese momento se habrían para ellas.

Kuromori se quedó congela apenas respirar el aire dentro de la mansión, Yuriko se puso a su lado y aunque nadie más lo noto Anissa pudo darse cuenta de la intención de la menor, sonrió ante el gesto y le cedió el paso a ella para que esta vez fuese la pelinegra quien dirigiese al grupo. Pares de ojos curiosos que se paseaban por los alrededores mientras otros se limitaban a mirar al frente atentas a lo que pudiera ocurrir.

Rokujo se detiene a unos metros de las escaleras, haciendo entender al resto que deben seguir su acto. La menor se aclara la garganta y dando un paso hacia adelante habla con total seguridad.

— Buenas tardes, perdón por la repentina irrupción, pero nos han pedido que viniéramos a esta dirección, hoy y a esta hora también —la fuerte educación y modales de la niña tomaron por sorpresa al resto del grupo con excepción de Leah quien solo rodo los ojos por el comportamiento de la menor—. Me gustaría presentarnos como es debido por lo que les pido que ustedes hagan lo mismo.

— No estás en posición de exigir nada niña —una voz masculina llamo la atención de todas las presentes.

Una melena albina con toques rosados se removió cuando el chico se teletransporto a la parte media de las escaleras, recargando su cuerpo en el pasamanos.

— Me disculpo si mi comportamiento le ha parecido inapropiado, sin embargo, quiero aclarar que no he exigido nada, yo solo he pedido…

— ¡¿Acaso no vas a callarte jamás?! —ante el grito del albino algunas de las chicas dieron un paso hacia atrás, pero la niña solo camino hacia adelante.

— Que modales tan decadentes tienes.

— Por lo visto Reiji no es el único que piensa eso de ti, Subaru —una picara risa acompaño al comentario del castaño que apareció repentinamente.

— Tú no te quedas atrás Laito, los tuyos son aún peores que los de él —ambos hermanos miraron hacia arriba topándose con la mirada reprobatoria de su hermano mayor.

— Me pareció que ya te habías tardado en venir y dar tu charla sobre modales —el de lentes miro con disgusto a su hermano pelirrojo que venía bajando las escaleras con una chica rubia detrás de él.

— Me disculpo por el comportamiento de mis hermanos sin embargo coincido con Subaru en que no están en posición de exigir algo estando aquí.

— Te equivocas Reiji, ellas tienen más derecho del que deberían —el mayor de los hermanos apareció de forma abrupta recostado en el primer escalón.

Los murmullos de las chicas comenzaron a hacer bulla y a ninguno de los hermanos les gusto aquello, Reiji iba a regañar a las jóvenes por su comportamiento, pero un grito agudo lo interrumpió.

— ¡Aléjate de ella! — la albina le grito a Kanato cuando se dio cuenta de que el de cabellos lilas tenía su rostro a escasos centímetros del cuello de la menor de las peliazules.

— Tiene un olor muy dulce, ¿no crees tedy? —todas las demás miraban con miedo la escena, incluso aquel par que ya en el pasado habían tenido algún encuentro con él.

—Kanato, además de llegar tarde todavía te atreves a tener ese comportamiento tan vergonzoso.

— Que molesto eres —Kanato se alejó de la chica quien seguía temblando de miedo. Paso por el lado de algunas provocando un escalofrió en ellas, en todas excepto en una.

— Kanato-kun —aquellas palabras salieron de sus labios como quien recita un poema.

El de ojos lila la miro por encima de su hombro clavando sus orbes en la mirada carmesí de ella. La albina parecía un cordero dentro de un pequeño rebaño y tanto él como sus hermanos eran animales hambrientos. Las victimas acababan de conocer a sus depredadores.

"Las piezas están en posición y la partida está por comenzar"