Advertencias: Los personajes de Rurouni Kenshin no me pertenecen. Lo primero, perdón ya que hace mucho tiempo que no escribo nada y sigo sin beta. También quería dejar claro desde el principio cinco advertencias: es un AU, con todo lo que ello conlleva; y como no puede ser de otro modo, yo elijo el papel que juega cada personaje en esta historia; los capítulos serán cortos, no es negociable y en gran medida es por haber perdido la costumbre de escribir; dudo que sean más de seis o siete, sin una trama grandiosa o fuera de lo ordinario, puede que incluso sin final claro, atar cabos está bien, cerrar una puerta, no tanto; y por último, actualizo una vez a la semana.


Una partida amañada


2. El rey

Podía sentirlo. No eran imaginaciones suyas.

Apretó el agarre de su maletín contra su pecho encogiéndose en el asiento del tranvía.

Incluso había hecho un cambio de línea innecesario para asegurarse.

Y le habían seguido. No se estaba volviendo paranoica. Menos mal que si pasaba algo, en su destino podría sentirse segura.

Cuando se bajó frente a la comisaría central de policías, ellos no lo hicieron, pero se aseguró que seguían observándola desde la ventana de atrás mientras este se iba. Le estaban monitorizando sus pasos. Lo sabía. Y eso sólo podía ser por dos razones, asegurarse que hacía lo que querían que hiciera, o averiguar qué estaba haciendo realmente. En el primer caso, sólo tendría que rechazar el caso; en el segundo, Kaoru agitó la cabeza, tampoco nadie le aseguraba que en realidad estuviera relacionado con este nuevo caso en sí y no con sus cartas como ella creía. Sólo esperaba no meterse en más líos. Aunque sabiendo que Saitou estaba al mando no era precisamente una tranquilidad.

–Estás sola ante esto, Kaoru, y ya tienes edad suficiente para saber qué significa –se dijo antes de tomar aire y entrar.

Iría paso a paso, sin querer apresurar conclusiones sobre castillos de arena. Lo primero era cerrar la incógnita de quién la había llamado, y luego, luego ya podría volver a sus preocupaciones habituales. Sí. Sonrió. Sonrió antes de soltar una carcajada nerviosa, ¿desde cuándo sufrir extorsión se había vuelto su día a día? Toda sonrisa desapareció en un suspiro, desde que en el cajón de la mesa de su despacho se reunían más de cuatro docenas de cartas iguales.

Subió las escaleras, dejó sus pertenencias en el detector de metales y se presentó ante los recepcionistas. Repitió el mensaje que le dieron por teléfono y esperó paciente a que quién le atendió consultara en el ordenador, hiciera alguna llamada interna y le diera algunos formularios a rellenar; todo era según el procedimiento habitual. Tras entregarle una identificación de visitante y sus pertenencias, un agente la acompañó por los pasillos hasta la puerta del despacho del comisario en la segunda planta.

Vaya, cómo había echado de menos esa parte de su trabajo. Sobre todo, a Saitou. Hogar, dulce hogar, se recitó.

Entró a la guarida del lobo y el mismo policía que la había acompañado cerró la puerta dejándola sin salidas; dentro, un hombre delgado pegado a la ventana fumaba sin sentirse aludido por la intromisión de la chica en sus terrenos.

–Si va a aceptar el caso, Kamiya-san, le aviso que se estará metiendo en un agujero más oscuro del que ya se encuentra.

–Agradezco que se interese por mi situación después de todo este tiempo, Saitou-san. –Quizá estaba en lo cierto y ese caso era una tercera puerta en su encrucijada, ¿acaso no era bueno? De pronto sintió interés–. Aunque todavía no he decidido si defenderé o no al acusado. Quiero saber de qué va el caso antes y, sobre todo, quién es.

–Un polluelo que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y con un expediente algo, digamos, desafortunado. –una sola frase que masculló sin aspavientos, mirándola directamente a los ojos mientras escupía el humo de su última calada.

–¿Un caso perdido? –Estaba segura que eso era lo que quería decir, un chico, quizá un ladronzuelo habitual envuelto en algún asunto de las mafias del puerto, era el pan de cada día en el bufet, o al menos, lo fue en una época mejor.

–Más bien, un caso que no interesaría a nadie. Y cuando digo a nadie no sólo me refiero a abogados,–Saitou cerró los ojos y aspiró con fuerza del cigarro–, sino que nadie quiere que vaya más allá, ¿me explico?

–Y es casualidad que yo esté desesperada por un caso, no tenga nada que perder y el acusado me haya solicitado explícitamente a mí.

Sus labios finos se curvaron en una tétrica sonrisa. Saitou tiró la colilla por la ventana y abrió la puerta indicándole el camino a seguir. Querer entenderse era una cuestión de dos, y de tiempo, sobre todo tiempo.

–Kamiya-san.

Los tiempos de bonanza y los tiempos pasados le habían hecho cruzarse más veces de las que hubiera deseado en el camino de aquel lobo, unas veces en el mismo lado de la calle, otras enfrentados sin guardarse resentimiento y de ello aprender. De pronto, la pesadez que la había machacado durante meses se estaba levantando, sus pasos parecían más ligeros, incluso notaba como una leve sonrisa asomaba en sus labios, era como si volviera atrás en el tiempo a cuando trabajaba sin más preocupación que ganar cada juicio, que vivir al día. Todas las señales se habían vuelto indicando que aquello no tenía relación alguna con ellos, al contrario que durante el tiempo que durara aquello estaría en un contacto directo con la policía de la ciudad. Afortunadamente. Qué idiota había sido. Seguro era un chiquillo extraviado. Miro de reojo al hombre, él tendría que tener la culpa, por irónico que pareciera, se estaban ayudando mutuamente porque él sabía bien que ella no iba a rechazar ninguna de sus ofertas, y ella sabía que, muy en el fondo, podía confiar en él. Sí, cierto, se lo debía a su padre.

Estaba aceptando aquel trato.

La energía volvió. Notaba como la seguridad también y de pronto las cartas, las penurias, hasta esas horas antes de llegar a la comisaría quedaban relegados a un segundo plano. Hasta los que la habían seguido quedaban olvidados. Lo que fuera que tenía entre manos, iba a ser un Santo Grial con el que salir de todo ese atolladero, al menos, durante un tiempo: refugio policial, atención mediática, puede que alguna mafia más importante involucrada, todo serviría para crear un escudo a su alrededor.

–Hemos llegado, no es peligroso, pero tampoco respondo por él.

–¿Qué va a hacerme un crío, Saitou-san?

–Yo usted, no lo consideraría exactamente un crío, Kamiya-san

–Está bien, está bien, ¿y de qué se le acusa? ¿Robo en primer grado? ¿Drogas?

––Homicidio doloso–respondió guardando otra sonrisa afilada mientras abría la puerta de la sala de interrogatorios.

No tuvo tiempo a reaccionar cuando la empujó al interior, allí un policía aguardaba sentado lejos del espacio central que estaba ocupado por una mesa, una silla vacía y otra en la que por supuesto no estaba sentado ningún niño, sino un hombre, uno bastante llamativo. Kaoru volvió la mirada sobre Saitou, luego de nuevo al detenido, otra vez al comisario, algo no encajaba. ¿Cómo iba a ser tan fácil algo que Saitou le pedía? Pero ya había tomado una resolución, y no podía bajar la guardia ni mostrar síntomas de dudas.

Dejó la cartera sobre la mesa, se quitó la gabardina y se sentó frente al acusado.

–Kamiya Kaoru, ¿está esposado? ¿Cómo se encuentra? –Le tendió la mano.

Por primera vez observó al hombre en cuestión detenidamente. Era menudo, nada discreto y parecía incapaz de dañar una mosca. En principio diría que le querían cargar el muerto a alguien que no tiene posibilidades; pero tras años en su profesión aprendes que nada es lo que parece y aquella cicatriz cruzando su mejilla no iba a jugar a su favor en el juicio cuando ella le mostrara como una criatura frágil. Y su expediente, Saitou le había dicho que era un habitual, tendría que hacerse con una copia lo antes posible.

–Himura Kenshin –respondió aceptando el saludo y desvelando que sí estaba esposado.

–Cuánto tiempo lleva retenido mi cliente y por qué está esposado. –Pasó la mirada dura sobre los dos policías antes de volverla hacia su ahora cliente –. Más del estipulado por la ley, seguro. Nos vamos. Saitou-san, suelte a mi cliente y devuélvale todos sus efectos inmediatamente, los tiempos de la dictadura ya acabaron. Mi cliente es inocente hasta que un jurado diga lo contrario, y bajo ningún concepto dejaré que coarten sus libertades.

–Por supuesto, Kamiya-san –respondió impasible el hombre haciendo un gesto al policía más joven que cumplió–. Si me acompaña al despacho resolveremos el papeleo antes de que pueda marcharse… junto a su cliente.

La mujer asintió recogió sus cosas y se acercó al hombre pelirrojo. Tomó sus manos ante su sorpresa y las observó con cuidado de que las esposas no hubieran dejado marcas en sus muñecas. Tras asegurarse elevó la mirada hacia sus ojos, unos ojos violetas e inusuales descubriendo la incertidumbre. Se detuvo durante un instante. Había algo en ellos…un algo que se le hacía conocido y que también la calmaba a ella. Estaba haciendo lo correcto. Lo sabía. Algo se lo decía. Aquellos ojos…

–Himura-san, puede confiar en mí, haré todo lo que esté en mi mano por ayudarle, se lo prometo. Me encargaré de su defensa, no se preocupe por nada; por favor, a partir de ahora, me gustaría que dejara su protección en mis manos.

Y sonrió con ternura por primera vez desde la muerte de su padre.


N/A: Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos, activar alertas y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

PL.