Nunca lo había hecho, y obviamente esa noche, sobre su cama, mirando al techo, no sería la primera vez en hacerlo.
Quería apartar de su mente la imagen de John, NO, corrección: Del Doctor John, esposo de la enfermera Mary. No debería siquiera recordarlo, él hombre sólo lo había ayudado para que aquellos alfas no le partiesen la cara. Y definitivamente no quería recordar lo que le había dicho, sobre la posibilidad de que lo hubiesen violado. ¡Qué ridiculez! Pero, ahora que lo pensaba, ambos mantenían relaciones sexuales entre ellos, así que no era muy difícil imaginar que la manera de cobrarse aquella vergüenza, sería abusando de él, sólo por el simple gusto de poder hacerlo.
Una violación sin duda era algo muy distinto a una golpiza; las heridas sanan con el tiempo, pero el ser víctima de una violación es más un factor para el daño psicológico, al igual que el físico, pues, aunque no le gustase pensarlo, el miembro de un alfa es lo último que alguien quiere tener dentro de sí, a menos que seas un Omega en celo.
Y una vez más, su mente lo traicionó, haciéndolo pensar en cierta parte de la anatomía del Doctor John. Sabía que era un alfa, de ello no le quedaba duda. ¿Cómo será?, se preguntó. Definitivamente grande…, respondió una vocecita en su cabeza. La imagen de algo que sin duda nunca había visto, lo hizo sacudir la cabeza de un lado a otro, apartándola de su mente en un instante.
Había cosas más importantes en que pensar, se dijo a sí mismo. El día de mañana, cuando regresase a la escuela, aquellos sujetos seguramente le estarían esperando para cumplir con la promesa que le habían hecho. Quizá fingir que estaba enfermo sería una buena opción para faltar a clases, pero aquello implicaba a su vez, tener a su madre todo el tiempo a su lado, asegurándose de que su pequeño tuviese todo lo que necesitase para mejorarse. Y puede que fuese feo decirlo, pero en verdad no deseaba tener a su madre todo el día junto a él.
Suspiró pesadamente, girándose en la cama para quedar de lado, observando la puerta de su habitación. ¿Por qué no podía dejar de pensar en lo que John le había dicho? Nunca había dudado de su biología. Era cierto que una vez había pensado que quizá era un Omega, y esa vez había sido cuando Mycroft le había dicho que olía como un Omega, pero él rápidamente lo tomó como una broma, pues ambos solían decirse cosas que molestasen al otro.
Nunca lo había hablado con su padre, mucho menos con su madre, sinceramente no sentía la necesidad de hacerlo, y no creía que a sus 16 años, fuese el momento apropiado para comenzar con el cuestionario sobre su verdadera biología. Confiaba en su cuerpo, eso era todo lo que debía hacer. Además, nunca había sentido un cambio en él, como los que suelen comenzar a notar los Omega, y los celos no se digan, jamás había sentido algo parecido, pero tampoco había reaccionado de alguna manera cuando uno de sus primos lejanos, estando en su casa por una fiesta, había entrado en celo sin advertencia alguna. Los Omegas en la fiesta se había quedado al cuidado del chico, y los demás, incluido Mycroft, habían abandonado la habitación. Nunca se lo había preguntado, pero parecía que ese era el momento adecuado, pues en verdad se sentía extrañado de que él no hubiese sido echado de la sala.
— ¿Sherlock, cariño? — Llamó su madre al otro lado de la puerta. — ¿No bajaras a cenar?
— No, hoy en martes — Objetó, sabiendo que aquella no era ninguna excusa para su madre.
La mujer, como siempre, simplemente se retiró, dejando a Sherlock con el lío que merodeaba en su cabeza. Volvió a girarse hasta quedar sobre su espalda, se llevó ambas manos al rostro y en una fracción de segundo las apartó, como si recordase que las hubiese puesto en un lugar desagradable. Sus ojos se abrieron como platos, sintiendo en su nariz el aroma de John en su mano. ¿Cómo podía ser posible que aún siguiese ahí? Era simplemente imposible.
En ese momento, algo cambió en él. Una suave oleada de calor recorrió todo su cuerpo, terminando por dejarse de sentir en su estómago. Se sintió mareado por un momento, y en un segundo se encontró a sí mismo recordando el aroma de John cuando había atacado a uno de los brabucones. No se había dado cuenta, o más bien, no había querido pensar en eso, pero a pesar de su estado, había notado como un aroma se había hecho más fuerte cuando John lo había protegido, y sin duda el aroma había sido embriagador.
La repentina reacción en el cuerpo de Sherlock lo hizo estremecer y sentir como la parte inferior de su pijama se sentía ciertamente ajustado en una zona en la que no quería pensar. Sin esperar siquiera un segundo, se puso de pie y se metió corriendo al baño. Se quedó de pie un par de segundos frente al lavamanos, observando su reflejo en el espejo. Sus mejillas estaban ligeramente encendidas, y no lo había notado pero en los anteriores minutos, había estado relamiéndose los labios en varias ocasiones, haciéndolos lucir brillantes y con un color más llamativo al de siempre.
Respiró profundo un par de veces y abrió una de las llaves frente a él, haciendo correr el agua. Acunó un poco del frío líquido en sus manos y se las llevó directo al rostro, mojando en especial sus mejillas, que tenían por completo la temperatura contraría a la del agua. Con su rostro completamente húmedo, tomó los bordes de su camiseta y secó con ellos el agua. Para cuando retiró su camisa, no pudo evitar sentir como sus costillas sobresalían un poco. Salió del cuarto de baño y se plantó frente a un espejo de cuerpo completo.
Su piel era demasiado pálida, casi lechosa, no como la de otros alfas que mostraban un color más vivo y saludable. Era alto aún para su edad, pero no contaba con la masa corporal que otros alfas tenían a pesar de no ser aún mayores. Alzó nuevamente su camiseta, dejando al descubierto su notablemente poco nutrido cuerpo. Las costillas sobresalían y los huesos de su cadera hacían lo mismo. Guió sus ojos más abajo, sobre la cinta en el pantalón de su pijama, y sin poderlo evitar, visualizó el pequeño y casi imperceptible bulto bajo la tela. Tomó ambos bordes y deslizó la prenda junto con su ropa interior, quedando desnudo de la cintura para abajo.
En el espejo se veía el reflejo de su pequeña y completa erección, sobresaliendo entre un par de vellos azabaches. El tamaño de su miembro nunca había sido objeto de su atención, pues simplemente asumía que el cambio vendría al hacerse mayor, pero dejó de tomarle completa importancia cuando decidió que su cuerpo no era más que un simple transporte. Pero ahora, aunque no quería pensarlo, aquella no podía ser más que una clara señal de que lo que había dicho John, era cierto, y si no le bastaba la palabra del Doctor, siempre estaban sus libros, en los que se mostraban detalladamente la anatomía de los Omegas, Alfas y Betas.
Y una vez más ahí estaba, la imagen de John en su mente, luciendo tan dominante y como todo un alfa, protector con un omega indefenso. Sherlock cerró los ojos lentamente, comenzando a acariciar su abdomen con sus largos dedos, notando el cambio de temperatura en todo su cuerpo. Era algo completamente distinto, algo que nunca había experimentado, pero en ese momento, parecía lo más correcto y natural del mundo.
Respiró largamente, exhalando el aire como si temiese que se fuese a acabar. Su mano, climatizada a la temperatura en todo su cuerpo, se deslizó hasta su pelvis, sintiendo bajo las yemas de sus dedos los vellos en esa zona. Podía sentir el calor que irradiaba de su miembro y parecía que de alguna manera aquello lo incitaba a tocarlo, y así lo hizo. Su miembro se vio cubierto por completo en su mano. El contacto lo hizo reaccionar al instante, haciéndolo separar sus labios y proferir un casi femenino gemido. Quiso apartar su mano, pero cuando el primer roce de piel sobre piel se hizo, supo que no quería que parara. Comenzó a mover su mano, marcando un ritmo tímido e inseguro, no sabiendo del todo cómo es que debía hacerlo. Pensó entonces en John, en aquel Doctor explicándole detalladamente lo que debía hacer, y las reacciones que tendría su cuerpo hacia aquellos estímulos.
Sus piernas temblaron por un momento, sintiéndose repentinamente débil y sin poder soportar el ligero peso de su cuerpo. Terminó sobre sus rodillas, aún acariciándose con movimientos tímidos e inexpertos. Con su mano libre, acarició su vientre y subió, deshaciéndose de su fina camiseta a favor de calmar un poco el calor que se había apoderado de su cuerpo. Sus largos dedos recorrieron su cuello, acariciándolo con suavidad y teniendo en mente que su mano era la del Doctor John, cuidando de sus movimientos.
Su mirada estaba fija en su reflejo y podía apreciar fácilmente que sus mejillas se habían tornado rosadas y sus pupilas claramente se habían dilatado. Pensó, entonces, en cómo sería el comportarse como un Omega, o más exactos, en cómo sería si él fuera el Omega del Doctor John, cómo cuidaría de él cada vez que alguien quisiese molestarlo y cómo lo tomaría cuando le apeteciera, sin siquiera pedir permiso, pues esa era la tarea de un Omega, entregarse a su Alfa sin resistirse. Imaginó la fuerza con la que John podría fácilmente someterle y aprisionarlo contra la pared, dónde se acercaría a él como en esa tarde y hundiría su nariz en su cuello, haciéndolo tiritar y obligarlo a comenzar a dejar que su propia lubricación emanase de su ser, preparándose para recibir a su Alfa. ¿Sería capaz de soportar el falo de un Alfa a su edad?, ¿uno de un Alfa mucho mayor que él? Nunca había experimentado un celo, si es que en realidad era un Omega. No quería pensar en lo doloroso que quizá sería, pero, quizá, teniendo a un buen Alfa, las cosas no serían tan malas.
Fue entonces cuando se permitió explorar un poco más su cuerpo, continuando masturbándose mientras con su mano libre acariciaba sus muslos. Separó sus piernas y se alzó sobre sus rodillas, dándose el espacio suficiente para pasar su mano entre ellas y rozar suavemente su perineo, haciéndolo temblar y empujar sus caderas. Una vez más, su mano fue remplazada con la de el Doctor John, quien se aseguraba de tocar donde su miembro era más sensible, esparciendo las pequeñas gotas de pre-semen que hacían brillar su glande. Dejándose llevar por las sensaciones y pensamientos de John tocándole, aumento la velocidad con la que se masturbaba, arrancando de sus labios jadeos interminables y que temía que fuesen escuchados. La mano sobre su perineo, se aventuró a ir más a fondo, rozando la piel entre sus glúteos, cuando posó uno de sus dedos en su entrada, gimió sonoramente y sin siquiera pensarlo o sentir que estaba cerca, se corrió sobre su mano, manchando un poco el suelo frente a él. Agradeció estar de rodillas, pues estaba seguro de que habría caído en ese momento por la fuerte sensación que recorría todo su cuerpo.
Cuando fue capaz de volver en sí, se sintió mareado. Se sentía sucio pero a la vez sentía su cabeza en completa calma. Jamás se había masturbado, pues no lo había tomado como algo de importancia, pero el Doctor John cambió por completo eso.
s.w.s.w.s.w.s.w.s.w.s.w.s
Sherlock miraba de un lado a otro, buscando algún rastro de aquellos dos brabucones que muy difícilmente olvidarían lo que les hizo. Su "escondite" tras uno de los árboles le permitía observar detalladamente la entrada de la escuela, y estaba seguro de que en ningún momento había visto a aquellos dos entrar.
— Dudo que un viejo árbol pueda ayudarte a esconderte — Apuntó alguien a espaldas de él.
Sherlock sintió que cada vello de su cuerpo se erizó, no por pensar que lo habían descubierto, sino porque la voz de esa persona le era más que conocida. Se giró rápidamente, encarando al Doctor John, quien le sonría ampliamente. John no llevaba su bata puesta, sólo un pantalón de vestir negro y una camiseta perfectamente blanca. Sherlock tuvo que concentrarse en no dejarse envolver por el aroma que emanaba del hombre frente a él. John olía a loción para después de afeitar, a té, algo de mermelada y sin duda, el olor que opacaba por completo a esos, era el picante e insistente aroma de su biología. Sherlock se encontró a sí mismo dejando escapar un pequeño suspiro cuando el aroma llegó a su nariz.
— No me estoy escondiendo — Replicó, bajando rápidamente la mirada. No podía verlo a los ojos, no después de lo que había hecho la noche anterior.
Escuchó a John reír y una extraña calidez se hizo sentir en su vientre.
— Que bien, porque con ese aroma tuyo, cualquier Alfa podría encontrarte sin hacer el mayor esfuerzo — Apuntó.
La sangre de Sherlock hirvió por un momento. ¡El no es un Omega!
— ¡Paré de decir cosas sobre mi aroma! — Exigió, alzando la mirada con firmeza y cerrando sus manos en puños. — ¡Yo soy un Alfa, y nadie vendrá a decirme que soy un maldito Omega!
John sonrió ampliamente, no preocupándose siquiera un poco por la actitud de Sherlock para con él. Sherlock no sabía si aquello lo hacía enojar más o sólo intensificaba el calor en su vientre. La pasividad con la que John lo miraba lo desarmaba por completo. Cuando un Alfa respondía de aquella manera a otro Alfa, inmediatamente se daba comienzo a una pelea, pero John no reaccionaba de manera agresiva, ni siquiera un poco parecido a lo del día anterior, en el que casi había estrangulado a ése otro Alfa que había intentado acercársele.
— Mírate, Sherlock… — Comenzó John, acercándose a él con ambas manos en sus bolsillos. — Jamás había visto a alguien tan confundido — Susurró.
Sherlock se tensó de inmediato, sus manos no estaban más en puños, pero su mirada seguía fija en John, a sólo un palmo frente a él. Separó sus labios y antes de poder detenerse, las palabras salieron.
— ¿Afganistán o Iraq?
Las facciones de John cambiaron por una de completo desconcierto. Se detuvo y retrocedió, mirando a Sherlock.
— ¿Perdón? — Replicó John, atontado.
Sherlock inmediatamente sintió que había recuperado un poco del control en la situación. Tragó saliva una última vez y se relamió los labios.
— ¿Cuál, Afganistán o Iraq?
John parpadeó un par de veces. Absolutamente nadie sabía sobre aquello, a excepción de Mary y el director de la escuela, pero NADIE más.
— Afganistán — Balbuceó. — ¿Cómo lo supiste?
— Desde que… me ayudó, noté que había estado en el ejército, y por su profesión es obvio que es un médico del ejército que fue regresado de Afganistán con una cojera psicosomática.
John separó sus labios, dispuesto a pregunta cómo demonios es que sabía aquello, pues hacía bastante tiempo que había dejado su bastón y su cojera pasaba desapercibida para todo el mundo. Pero Sherlock no se detuvo.
— Lo noté ayer, cuando sujetó a uno de esos idiotas contra la pared. Al moverse note que lo hizo con cierta molestia en su pierna, pero tan pronto como tomó el control, parecía tan firme como cualquier otro Alfa.
Antes de que John pudiese decir algo, el timbre de clases sonó, tan ruidoso como siempre, apurando a los estudiantes a entrar a sus clases. John se relamió los labios inconscientemente, su mirada seguía fija en la de Sherlock, quien siguió el movimiento de los labios de John.
— Uhm… será mejor que vayas a clases — Apuntó, haciendo un gesto vago con su mano en dirección a la entrada de la escuela.
Y sin más, se giró y caminó en dirección a su auto, dejando a Sherlock tras se sí, estático.
