|Razones para Odiarte
Razón número I
No puede evitar ser el centro de atención, porque es un narcisista insufrible.
La niña pegó un grito ahogado y Kirara erizó el lomo. Kagome, alarmada, alzó la vista de la hoja de papel y dejó el lápiz a un lado: ni Shippō ni Inuyasha habían regresado aún.
—¿Pasa algo, Satsuki? —le preguntó con cariño. Ella tiritó.
—Alguien pelea —intervino el monje, incorporándose. Sango tomó su arma de inmediato y no tardó en replicar.
—¿Siente la presencia demoníaca, Su Excelencia?
Miroku frunció el ceño, indeciso.
—Aunque débil —concordó, con paciencia.
La niña se levó las manos al rostro, tapándose la boca.
—¡Shippō fue a pelear! ¡Lo sé! —exclamó luego, asustada, corriendo a aferrarse al brazo de Kagome.
Sango le quitó un poco de importancia al asunto con una sonrisa cálida.
—Está con Inuyasha —le aseguró y su voz llena de tranquilidad logró calmar a la pequeña.
Kagome farfulló algo. Incluso así, estando ausente, lograba molestarla. La sola mención de Inuyasha, con quien llevaba peleada unos días, la irritaba. Sentía repentinos deseos de gritar ¡Siéntate! como experimento para comprobar si funcionaba a distancia.
—¿No deberíamos… ir a ver?
A pesar de que no deseaba encontrarse con el malhumorado de Inuyasha, temía por si algo le ocurría… a Shippō, por supuesto.
—¡Sí, sacerdotisa Kagome! Por favor —chilló la pequeña, tirando de su mano.
Kagome asintió. La pequeña Satsuki, con sus ocho años de edad, se había integrado al grupo durante su estadía en esa aldea con suma facilidad. Para su tristeza, todos ahí sabían que, en cuanto tuvieran que partir, ella se quedaría atrás.
Tomaron las pocas cosas que tenían con ellos y comenzaron a seguir a Kirara, que se había posicionado delante y los guiaba. Se internaron en el bosque, donde altos árboles tapaban la luz solar. Kagome notó que Satsuki se apegaba a ella, así que le tendió la mano. La pequeña no vaciló en tomarla con fuerza.
—Estamos cerca —aseguró Sango en algún momento incierto. Kagome no percibió la presencia de ningún fragmento y tampoco escuchó algún sonido de lucha, pero confió en la palabra de la exterminadora. Lo bueno era que, si no había fragmentos de por medio, el enemigo sería, seguramente, mucho más fácil de vencer.
Los árboles habían disminuido en número, abriendo paso a un claro escondido detrás de unos arbustos. Kirara soltó un respingo, pegó un pequeño salto que resultó cómico y corrió hacia delante, desapareciendo detrás de ellos. La joven sacerdotisa intercambió miradas con sus amigos, sin decidirse en estar preocupada o divertida, por eso apenas se percató cuando la niña soltó su mano y persiguió a la pequeña gata de fuego.
—¡Espera!
Del otro lado del arbusto, una vez que alcanzó a Satsuki, Kagome pudo apreciar cómo Shippō sacudía su ropa e Inuyasha observaba a un demonio desagradable (y con un aspecto de lagarto de lo más patético) que yacía a un lado, inconsciente.
—¡Shippō!
—Satsuki —soltó el zorrito en respuesta—. ¿C-cómo estás? —Sus mejillas se colorearon y Kagome notó que, como otras veces, intentó parecer más maduro, más fuerte, más macho. Sintió unas ganas incontrolables de correr y abrazarlo; pero podía esperar a otro momento para desprenderse de su ataque de dulzura.
—¡Estaba preocupada por ti! —musitó la niña—. Tú acabaste con ese monstruo, ¿no es cierto?
El kitsune tartamudeó, sin saber donde posar su mirada.
—No… en realidad fue Inuyasha —susurró, mientras sus mejillas se coloreaban.
La niña pasó a mirar al hanyō, que había cruzado sus brazos sobre el pecho.
—Hmpm —interrumpió él, mirando de reojo al lagarto—, cuando yo llegué ya le habían dado una buena paliza a esa cosa.
Entonces, Shippō lo miró con los ojos entornados y Satsuki los abrió como platos, impresionada.
—¿De verdad le diste una paliza a ese monstruosote? —exclamó, y el zorro pasó a verla sin saber qué decir.
—Claro que sí —respondió Inuyasha, empujando a Shippō un paso adelante—. Bien hecho, zorro del demonio.
Shippō sonrió, asintió a Satsuki y continuó con su charla. Inuyasha los dejó solos, acercándose hacia donde estaban Miroku, Sango y Kagome con una expresión divertida.
La chica del futuro observó al hanyō con una mirada fuerte, sin dejar de pensar. Su mente estaba todo el tiempo jugándole en contra.
—¿Qué? —replicó él, malhumorado, con un leve rubor en las mejillas.
—Nada —contestó ella, encogiéndose de hombros y pasando a mirar al zorro y a la niña.
Sintió una calidez que la envolvía desde el centro mismo de su existencia, pero hizo caso omiso.
Kagome intuía (y no era difícil darse cuenta) que Inuyasha no necesitaba la ayuda de nadie para vencer a tan ridículo personaje. Pero de eso no dijo ni una palabra.
Sonrió.
Tal vez podía tachar la razón número uno de su lista. Se le ocurriría alguna otra.
