Hola, ¿Qué tal? Aquí les traigo otro nuevo capítulo de este fic. Espero lo disfruten ya que... hay cítricos a la vista. En este segundo capi se desarrolla un poquito la relación entre los protas, pero todavía queda para que esto termine. Habrá lio, porque, ya saben como son las relaciones de este tipo... Sin comentarios.
Gracias a Erika Tsukino, yssareyes48, princessqueen, Pao Tsukino, Guest (x2), Bepevikn, LadyOtaku8231 (oni-san mia, x3) y Giselamoon. Sus comentarios me hicieron feliz.
Diré lo de siempre, si este tipo de contenido no es de tu gusto, te ruego te abstengas de leer. Si tu sensibilidad se ve herida, queda bajo tu total responsabilidad. Me encantará saber que opinan de este capitulo, asi que, ¡dejen sus comentarios! los cuales, agradezco desde YA.
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La semana siguiente comenzó con tranquilidad para ambos protagonistas. Patricia seguía esperando intranquila que llegase su confirmación para el traslado de su expediente académico y ansiaba la llegada del miércoles para volver a encontrarse con Mauricio. La tarde del miércoles, justo antes de entrar a trabajar en la Pastelería, Patricia recibió aliviada la llamada del Director de su nueva escuela anunciándole que había finalizado satisfactoriamente el trámite de cambio de expediente y que debía presentarse la mañana del lunes siguiente en la Secretaría del centro.
Por otro lado, Mauricio también ansiaba que el tiempo corriese más rápido; la noche del martes le había mandado un mensaje a ella para confirmar la hora en caso de haber algún cambio y Patricia le había indicado que todo seguía igual.
Mauricio, no paraba de mirar el reloj con impaciencia. Se había pasado por una floristería para comprarle un detalle de agradecimiento pero no tenía ni idea de que comprar. Por fortuna, la dependiente le preguntó con motivo de qué deseaba comprar flores y al explicárselo, en líneas generales, ella le recomendó la Dalia malva, que en el lenguaje de las flores significaba Agradecimiento.
Llegó unos minutos antes a la Pastelería, desde el cristal del mostrador la divisó atendiendo a unas señoras ya entradas en años.
"– Señorita Patricia, con lo hermosa y buena cocinera que es, no nos explicamos cómo puede no tener un novio que le dé todo el amor que se merece." –Dijo la mujer más mayor.
"– Desde luego la juventud de hoy en día no tiene los mismos valores que en nuestra época." –añadió la otra mujer y su amiga le dio la razón asintiendo vehemente.
"– Por favor, no se preocupen de eso, soy muy joven todavía." –explicó Patricia mientras terminaba de envolver amorosamente los pasteles que ellas habían encargado.
"– ¡Pamplinas! Estoy segura de que el hombre adecuado para ti está cerca, en alguna parte." –aseveró sacando su monedero para pagar los dulces. En ese momento, Mauricio entró al local y sus miradas se conectaron, aislándoles de todo lo que les rodeaba.
"– Hola." –susurró Mauricio con una cálida sonrisa que le inundó la mirada.
"– Hola." –respondió suavemente Patricia con un sutil enrojecimiento en sus mejillas. Las mujeres a las que estaba atendiendo no se perdieron aquella escena y se miraron cómplices al percatarse de lo que flotaba en el aire.
"– Veo que estaba más cerca de lo que creía, niña. –Dijo una de las mujeres riéndose mientras pagaba su compra a la cajera– ¡Joven, espero que la trate bien! ¡Nuestra Patricia, aun con todo lo que aparenta, es una mujer muy sensible y femenina! No se deje llevar sólo por el envoltorio." Mauricio sin apenas apartar la mirada de Patricia, respondió.
"– Les aseguro que no tengo la intención de comportarme mal con ella, ¡se merece lo mejor!" –aseveró sonriente. Las mujeres no paraban de observarlos, parecía que no estaban allí, que solo estaban ellos dos mirándose embobados. Entre risas y comentarios, aquellas mujeres abandonaron la escena y únicamente quedaron ellos.
"– Eeeh,… llegas un poco pronto, ¿no? –dijo ella sonrojada mientras Mauricio se acercaba al mostrador– no quería tener que hacerte esperar."
"– No podía esperar más para verte." –aclaró mientras le ofrecía un pequeño ramo de flores, las dalias que había comprado para ella.
"– ¡No tenías que haberte molestado! –Dijo ella emocionada– ¡Son preciosas, gracias! Iré a cambiarme, ¿qué deseas tomar?". Patricia señaló la vitrina con los pequeños pasteles individuales que quedaban después de la venta del día. Había guardado uno especialmente para él que había preparado con mucho mimo y esmero.
"– Todo parece delicioso, –dijo él, 'como tú' pensó también– ¡sorpréndeme!" Patricia esperaba que él dijese aquello. Con una sonrisa, sacó de una nevera pequeña, un pequeño envase. Levantando la parte superior, extrajo el pequeño pastel; sirvió una taza de café y se lo llevó a una mesa a Mauricio.
"– Espero que lo disfrutes." –comentó feliz al ver la infantil cara de satisfacción y felicidad que él puso al ver el dulce. Mauricio se mordió el labio inferior sin ocultar el agrado que le produjo. Patricia se metió en la trastienda y el atacó con avidez su merienda. Minutos más tarde, con medio pastel devorado con deleite, Patricia se unió a él.
"– ¡Dios! Estaba increíble, el mejor pastel de manzana y canela de todos los que he probado, –afirmó categórico mientras paseaban por las calles aledañas a la pastelería, alejándose de ella– felicita a la repostera, tiene una mano divina con esos deliciosos pasteles."
Ella sonrió discretamente y el rubor que apenas había conseguido controlar, emergió rabioso, tornando roja casi toda su cara. Mauricio se sorprendió al verlo y se detuvo en seco.
"– Espera,… ¿no será que tú…? –comenzó a argumentar él– ¡Claro! Pero que tonto soy; ¡los hiciste tú!, ¿verdad?". Mauricio lleno de admiración sincera, la tomó de la mano y la besó dulcemente. "– Gracias por endulzar mi vida con esas delicias; en serio, cada semana no puedo resistirme a esos pequeños momentos de placer." Patricia asintió avergonzada y agradecida. La había dejado sin palabras ante aquel gesto pero le gustaba, le gusta mucho como él la hacía sentir y como se comportaba con ella.
Aquella tarde la pasaron nuevamente charlando, de todo y de nada; ella le dio varias recetas y consejos para organizar y agilizar la limpieza de la casa, y él le habló sobre libros que había leído y nuevos sitios que había conocido en la ciudad, creyó mejor obviar que antes iba a aquellos sitios a conocer mujeres. Sin saber cómo, habían acabado nuevamente en la casa de Patricia que quedaba a pocas calles de la Pastelería. Ella le ofreció quedarse a cenar, lo que Mauricio aceptó sin hacerse de rogar. 'Si le salen los dulces tan ricos, lo salado no puede ser menos' pensó Mauricio mientras la ayudaba a poner la mesa de la cocina con dos cubiertos. La cena fue tranquila, aunque a medida que se acercaba a su fin, Patricia estaba algo nerviosa por la intimidad que habían estado cocinando las últimas horas. Ella se sentía a gusto con él, había demostrado ser todo un caballero y sabía comportarse. Aunque recordaba perfectamente el estado de embriaguez en el que encontró a Mauricio cuando ella lo salvó.
Con una olorosa y digestiva infusión se sentaron en el sofá del salón, ni demasiado lejos ni demasiado cerca; Mauricio había tratado de comportarse correctamente toda la velada aunque lo que más deseaba desde que se habían vuelto a ver, era estrecharla entre sus brazos y besarla. En su mente seguía muy vivo el recuerdo de sus suaves labios cuando la besó y su cuerpo vibraba cada vez que, inconscientemente, su mirada se posaba en aquella seductora y atrayente boca. Una de las cosas que más atraía a Mauricio era que Patricia era justo lo contrario a las mujeres que por diversión, siempre había buscado. Ella era natural, apenas un poco de brillo en sus deseables labios, no iba maquillada como algunas de sus 'amiguitas' que parecían pintarse como una puerta y con brocha gorda; no vestía sexys modelos de alta costura o enseñaba más carne de la debida, si no que con sencillas prendas, resultaba terriblemente femenina y atractiva; ella tenía personalidad, carácter, no era una mujer que asintiera a todo lo que decía el hombre haciendo su voluntad; no, ella tenía algunas cosas tan claras que nadie la iba a hacer cambiar de opinión; aparte de todo aquello poseía cualidades que lo tenían totalmente encandilado: buena cocinera, hacendosa y ¡fuerte y valerosa! Un coctel imposible de ignorar. '¡Por Dios, Mauricio!, parece que estés haciendo un casting para opositar a ser la madre de tus hijos' se regañaba mentalmente. 'Sí, te gusta, ya lo has dicho, te gusta mucho' se sinceró consigo mismo.
'Por favor, ¿qué debo hacer? Es que me siento como gelatina y ni se me ha acercado, pero… está tan cerca… ¿y si me acerco yo?' pensaba presa de un fuerte nerviosismo interno.
Y entonces, de la nada, un gesto inconsciente salió de ella; Mauricio había mordido una pequeña galleta de mantequilla que ella le había ofrecido acompañando a la infusión y algunas migas habían quedado en la comisura de su boca. Alzando su mano, retiró con delicadeza mediante una suave caricia con la punta de sus dedos, aquellas migas que adoraban aquella deseable boca; Mauricio contuvo la respiración los breves segundos que duró aquella tierna caricia. Con sus ojos muy abiertos y preso del anhelo que trataba de tener bajo control, ya no pudo más. Tomó suavemente la mano de ella cuando la estaba retirando y besó su palma. Acto seguido, tiró de ella hasta que la tuvo pegada a su cuerpo. La miró ardiente, ella estaba nerviosa, ¿acaso no deseaba aquello?
"– Patricia,… yo… ¿puedo?" –preguntó en un susurro mientras observaba sus labios entreabiertos. Ella no dijo nada, suspiró en un jadeo y anuló la distancia que los separaba. Mauricio gimió contra su boca al unirse por iniciativa de ella. 'Me volverá loco, será mi perdición' pensó él. Lentamente, se fueron reclinando sobre el respaldo del sofá mientras compartían aquellas caricias dadas con sus labios. Al principio, torpes, los labios de Patricia buscaban recibir toda la fuerza de la caricia de Mauricio pero por su nerviosismo y falta de experiencia, cedió el control del beso a Mauricio, que en cuanto percibió aquello, dominó el beso con maestría. Capturaba sus labios con dulzura mientras pedía paso al interior con su lengua, dando pequeñas lamidas que ella no evitó corresponder. Así, cuando sus lenguas se acariciaron, Mauricio ahondó su invasión y profundizó el beso con anhelo. Las manos de Patricia se perdían entre el suave cabello claro de Mauricio mientras él acariciaba con reverencia su espalda y su rostro. Estuvieron besándose largo tiempo; en ocasiones se aceleraban hasta niveles dignos de un incendio para segundos más tarde, convertir el beso en un suave y sentido toque que acariciaba sus almas. En una de estas tranquilas transiciones, Mauricio se separó de sus labios no sin cierta reticencia.
"– Es mejor que pare,… –musitó a escasos centímetros de volver a besarla– si seguimos, no respondo de mí mismo." Patricia suspiró y apoyó su frente sobre la de Mauricio. Estaba flotando en aquel mundo desconocido de la pasión y se sentía bien. Mauricio era especial, no cabía duda, y no estaba segura de querer detenerse ahí, pero acababan de conocerse, como quien dice.
Mauricio, manteniendo los ojos cerrados y sus frentes apoyadas, se debatía entre seguir o separarse para no seguir tentándose. Aquello que había sentido pegado a ella, besándola, entregándose a ella por sus labios, lo tenía totalmente confundido. No era comparable a nada que hubiese sentido, ¡y únicamente se habían besado! Pero con ella todo era diferente, ella era diferente: sincera, autentica, y deseó ofrecerle un poco de lo mismo que ella le daba de manera natural.
"– Patricia, yo… siento cosas muy nuevas para mi estando contigo, –comentó rompiendo el contacto para mirarla– es algo que nunca había sentido. No me entiendas mal, es muy pronto para ciertos sentimientos, pero… ¡es que antes de conocerte, ¡yo no era así!; cuando había algo que deseaba, lo tomaba y después me olvidaba! Pero contigo… me siento como otra persona, alguien mejor, más serio y centrado, y es gracias a ti, no sé qué me pasa contigo pero… lo que quiero decirte es… ¡Ah! Sueno como un loco, lo sé, pero es que… ¡quiero ser el hombre que te mereces, Patricia! Ese que hasta que te he conocido, no he sentido el irrefrenable deseo de ser. Patricia, ¿entiendes lo que te digo? ¿Me entiendes? ¿Prefieres que me vaya? Tal vez sería lo mejor, porque no dejo de decir tonterías, mira que llego a…"
Pero fue interrumpido por la mano de Patricia a modo de mordaza. Tras su sorprendida mirada se formó una dulce sonrisa y tras retirar su mano, tomó con ambas el rostro de Mauricio y lo besó con ímpetu. Dominó desde el principio aquel beso, tanto que acabó encima de Mauricio que gimió al sentirla casi sobre él. Se exploraron nuevamente con más ansia mientras sus besos los transportaban nuevamente al reino de la pasión y el deseo. La fuerza con la que Patricia retenía el cuerpo de Mauricio con guante de seda lo excitaba haciéndole perder el poco autocontrol que todavía mantenía. Despertaba deseos que nunca había podido desarrollar, su fuerza y resistencia lo volvieron a inflamar. Deseaba girarse y estar sobre ella, poseerla con fuerza, preferiblemente apoyada contra la mesa de la cocina mientras la tomaba del cabello haciéndola curvar deliciosamente su espalda hacia atrás y sus caderas se chocaban potentes la una con la otra. '¡Dios, los deseos ocultos que esta mujer despierta en mí!' pensó segundos antes de sentir separarse a Patricia.
"– Perdona, yo… me he dejado llevar… –murmuró avergonzada retirando su peso de encima– no sé qué me ha pasado, he sentido el impulso de hacerlo,… no sé, ha sido…"
"– ¿Excitante?" –indagó incorporarse tratando de ocultar su sorpresa.
"– ¡Increíble! Jamás he sentido algo así…"–aclaró Patricia desviando la mirada.
"– Lo imagino, yo… he sentido algo parecido… –susurró tomando su mano y besándola ligeramente– Creo que debería irme, mañana tengo clase a primera hora." Patricia lo miró decaída pero tenía razón. Ella también tenía que madrugar debido a su situación escolar, por lo que no insistió en convencerlo.
"– Sí, yo también tengo que levantarme temprano mañana, aunque… –Mauricio la miró esperanzado a pesar de todo– me hubiese gustado que te quedases un poco más." Ambos sonrieron ante el trasfondo de sus palabras, los dos tenían claro que deseaban la compañía del otro.
Se despidieron con un casto beso en la puerta del apartamento de Patricia; ambos respectivamente se dirigieron a sus lugares de descanso, una la cama y el otro tomó un autobús que le acercaba a su apartamento.
Durante el resto de la semana, intercambiaron varios mensajes. Patricia quería ir poco a poco conociéndole debido a sus malas experiencias y Mauricio se sentía en otra sintonía con ella, totalmente diferente a como se había estado comportando con otros miembros del sexo opuesto. De tratarlas como herramientas para sentirse bien, y todo hay que decirlo, ellas también lo usaban a él para lo mismo, Mauricio había pasado a comportarse como un caballero de la vieja escuela, besos aparte, y la cortejaba como sentía que ella merecía, y él jamás había ido despacio con una mujer. El domingo quedaron en encontrarse en el parque número 10 para hacer un picnic. Sería su segunda cita formal y se desarrolló todo lo bien que se podía. El tiempo no acompañó, apenas tuvieron tiempo de probar algunos de los platos que Patricia había cocinado cuando las negras nubes decidieron soltar su húmeda carga y descargar sobre ellos sin avisos previos. Por fortuna, había un merendero cubierto a pocos metros de allí por lo que su romántica cita al aire libre se convirtió en una reunión multitudinaria con otras parejas y familias que también habían decidido pasar el día allí y que, por la lluvia, compartían el mismo espacio. Pasaron varias horas hasta que escampó y finalmente Mauricio pudo acompañar a su casa a Patricia. Como la anterior vez, se devoraron a besos sobre el sofá; esta vez Mauricio no esperó a que ella iniciara el movimiento, estaba seguro de lo que compartían, era recíproco; Patricia también lo deseaba. Durante el tiempo que estuvieron en el parque habían sido interrumpidos en varias ocasiones por alborotados niños que jugaban confinados en aquel lugar cubierto y que rompían cualquier mínimo atisbo de romanticismo. Se desquitaron durante varias horas, aplacando cada cierto tiempo los intensos arrebatos de pasión que les asaltaban. Mauricio intuyó que gran parte de aquello era la falta de experiencia de Patricia, pues desde el primer momento notó que no tenía mucha técnica para besar, pero aun así, le había conseguido excitar considerablemente con cada roce de sus labios y sus manos, además de sus constantes intentos de dominar el beso. La pasión creciente entre ambos era tal que Mauricio dudaba ser capaz de detenerse si su excitación llegaba a cierto punto, pero, indudablemente, ella estaba haciendo un buen trabajo con su boca y manos sobre él.
"– Patricia, amor,… será mejor… que nos detengamos… –susurró excitado Mauricio– a este paso, yo…" Pero no pudo terminar la frase pues un nuevo arrebato de Patricia, igualmente excitada, lo silenció en cuanto a palabras se refiere y pasaron a expresarse únicamente en el lenguaje de la pasión y la excitación: gemidos, jadeos, respiraciones aceleradas e intensas caricias era lo que se escuchaba y sentía en aquella habitación.
"– Mauricio, se siente tan bien… –susurró contra su boca cuando él metió su mano bajo su blusa y comenzó a atormentar sus excitados pezones– ¡oh, Dios, no pares!" Y él no tenía intención de detenerse, ya no. Su otra mano liberó el cierre de su falda y bajo la cremallera lateral de la misma; después con esa mano comenzó a desabotonar su camisa, ayudado por Patricia que tiraba de la tela con tal fuerza que hizo se saltaran un par de botones.
"– Tranquila, amor, tengo que volver a usar esa camisa más tarde,… –indicó él– no podré hacerlo si soy incapaz de cerrarla." Bromeó mientras seguía con la tarea de desnudarla.
"– Te los coseré después…" –gimió contra su boca mientras tiraba de la prenda para sacarla de sus pantalones. Mauricio se separó brevemente y se sacó por la cabeza la camisa para ganar tiempo. Patricia, excitada y encendida, le observaba tumbada en el sofá. Ella estaba permitiendo a Mauricio llevar la voz cantante, eso era algo que en general le costaba: el ceder el control, pero ella no tenía experiencia en lo que iban a hacer a continuación y necesitaba que él tomase la riendas. 'Sí hace un año me hubieran dicho que estaría dispuesta a perder mi virginidad con un chico que apenas conozco de unos días, habría dado una paliza de muerte a quien lo hubiese dicho… ¡No me reconozco! Pero lo deseo tanto, quiero hacer el amor con él, deseo unirme a él ¡ya!' pensaba agitada Patricia, observándolo con deseo. Sus manos desabrocharon el cinturón de su pantalón, soltaron el botón y liberaron la tensa zona que encerraban. Cuando Mauricio se terminó de quitar los pantalones, los ojos de Patricia se ensancharon viendo el rígido y portentoso acero que escondía el bóxer azul marino de Mauricio. Él se percató de su asustada mirada.
"– Tranquila, Patricia, –musitó mientras ofrecía su mano para que ella se levantase del sofá– no soy tan grande como te pueda parecer; estoy seguro de que me darás cabida sin problemas." Ella se ruborizó más todavía al escuchar aquello, y creyó que sus mejillas estallarían cuando, al ponerse en pie, su falda cayó por sus piernas y la blusa que llevaba se deslizó por sus brazos. Mauricio la atrajo hacia él al sentir su vergüenza, y tomando su barbilla suavemente con la mano, alzó su rostro para perderse en las esmeraldas de sus ojos.
"– No te preocupes, no tengas miedo ni vergüenza conmigo,… –aclaró con ternura– sólo quiero darte placer." Y después la besó con ferocidad. Se fundieron en un tempestuoso beso que parecía consumirles la sangre como la madera arde en un fuego. Sin saber en qué momento, Mauricio había acorralado a Patricia contra la pared, en un intento de llegar al dormitorio. Él se apretaba firme contra ella que no dejaba de suspirar y gemir por cada nueva caricia que Mauricio le daba. Sus manos la recorrían, inflamando como lava ardiente cada pequeña porción de piel por la que pasaba. Ella sentía perfectamente la potencia de su miembro contra su ingle, y su centro, húmedo y caliente, pulsaba excitado ante el inminente encuentro que se auguraba. En un instante, Mauricio tiró con fuerza de la pequeña tela que todavía cubría las caderas de Patricia y asiéndola por los muslos, la levantó contra la pared. Instintivamente, ella rodeó sus caderas con las piernas, favoreciendo su roce más íntimo. Por un momento, Patricia se sorprendió a ver como Mauricio la había levantado, ella era alta y robusta comparada con otras chicas de su edad.
"– Preciosa,… tu habitación… no puedo esperar mucho más…" –jadeó Mauricio simulando una embestida.
"– Pasillo… primera puerta… a la derecha…" –consiguió decir ella jadeante entre besos. Él la condujo hasta allí, no sin detenerse en la pared precedente al cuarto para volver a arremeter contra ella. Ahora, sólo con el tejido de su bóxer entre ambos, la fricción era una locura. El hormigueo inicial que sentían se había transformado en una cascada de sensaciones vibrantes y cada roce entre ellos, no hacía más que incrementarlo.
"– Patricia,… ¡Dios! Te deseo tanto." –musitó Mauricio contra su boca cuando por fin entró en el dormitorio dejándola tumbada sobre la cama. Patricia lo miró desmadejada, avergonzada por lo que estaban haciendo, nerviosa por lo que iban a hacer. Desde la cama, ella observó cómo Mauricio se quitó su última prenda y se arrodilló frente a ella,… entre sus piernas. Suavemente pero con firmeza, la atrajo hacia el borde de la cama, dejando sus piernas colgar por fuera como si sentada estuviera. Su centro estaba a ras del borde y eso la avergonzó. Los nervios de Patricia se dispararon y trató de cerrar las piernas pero él no se lo permitió.
"– Déjame, preciosa, sólo quiero hacerte sentir bien, –susurró acariciando sus muslos– quiero que estés bien preparada para mí." Patricia, mortalmente sonrojada e incapaz de mirarlo, sólo asintió. '¡Que hermosa! ¡Qué tentadora! Está hecha para mí' pensó él admirando un segundo el pequeño mechón de pelo perfectamente recortado en la parte de arriba de su sexo y ver los labios totalmente depilados. Patricia sintió como su cuerpo estaba levemente tensó cuando la calidez del aliento de Mauricio envolvió aquella zona y terminó de tensarse completamente y casi sentarse cuando Mauricio deslizó su lengua por toda la extensión de su sexo.
"– Confía en mí, cielo, te gustará." –pidió él ante una muy avergonzada Patricia.
"– Es que… jamás… nunca nadie…" –consiguió decir ella tapando con sus manos el rostro. Mauricio negó decepcionado.
"– No saben lo que se pierden; el mayor placer y satisfacción de un hombre también está en saber complacer a su pareja. –dijo Mauricio convencido– Te haré experimentar lo que nadie te ha hecho sentir." Patricia trató de explicarle que no sólo ser refería a que jamás la habían excitado con la boca aquella zona, si no que jamás había llegado tan lejos con nadie.
"– No es sólo eso, Mauricio,… lo que quiero decir…" –pero ella no puedo continuar. Mauricio comenzó a deslizar su lengua por su sexo, atormentando con maestría su abultado clítoris y alternando sus labios con pequeñas succiones y besos en la zona. La mente de Patricia se nubló, mil sensaciones la recorrían. El hormigueo del principio era ahora una constante de descargas que recorrían su excitado cuerpo. Era incapaz de hilar un pensamiento en su cabeza, se sentía explotar a cada segundo, llegando más alto en su excitación cada vez. Gimió con fuerza al sentir como Mauricio introdujo en su interior uno de sus dedos. La acariciaba con intensidad en sitios donde ella no creía que se pudiese sentir nada. Agitada, trataba de resistir aquella arrolladora y creciente fuerza que la invadía. Mauricio enterró otro dedo más y ella sintió una pequeña punzada de dolor que aminoró levemente su excitación.
"– ¡Cielos! Eres estrecha, preciosa." –susurró en una pausa Mauricio al separar brevemente sus labios de su excitado clítoris. Sus dedos se deslizaban fluidos, totalmente empapados, en los jugos de Patricia. Siguió excitándola un tiempo más, ella volvía a reaccionar con intensidad nuevamente y él supo que ya no podía alargarlo más. Incrementó los movimientos de su lengua sobre aquella zona tan sensible de Patricia y succionándola con mayor intensidad, la catapultó a un increíble orgasmo que arqueó pronunciadamente su espalda y la hizo golpear con fuerza la cama. Patricia gritó descontrolada al alcanzar el clímax, jamás había alcanzado tal fuerza un orgasmo que ella misma se hubiese proporcionado. Su agitada y sonora respiración acompañaba el rápido subir y bajar de su pecho mientras su extasiado cuerpo iba relajándose.
Mauricio se tumbó a su lado, deslizando sus manos lentamente por su húmeda piel y depositando suaves besos allá donde Patricia más sensible reaccionaba. Su mirada ardiente se unió a la agitada y saciada de ella, y en un rápido movimiento, ella lo atrajo para besarlo. En aquel beso, ella se saboreó con agrado. Lo había sentido tan intenso que quería devolver algo de la pasión que Mauricio le había hecho sentir a pesar de su inexperiencia. Se besaron con un ímpetu abrasador que volvió nuevamente rígido su miembro, haciéndole querer entrar en ella sin esperar a ponerse el condón, pero se contuvo ante este pensamiento tan irresponsable. Se separó sin desearlo y se levantó de la cama rápidamente, dejando confundida a Patricia. Ella se incorporó sobre sus codos sin llegar a entender qué había pasado para que él se alejara de aquella manera sin decir nada. Por un instante se sintió responsable de aquel comportamiento, pensó que había hecho algo mal y por eso, él salió de la habitación. Una lágrima escapó furtiva, rodando por su mejilla, liberando parte de su dolor. Pero al segundo de aquello, Mauricio volvió a entrar en la habitación, rasgando un envoltorio que llevaba en las manos.
"– Patricia, ¿qué…? –preguntó preocupado mientras se acercaba rápido a ella– ¿Por qué lloras?"
"– Pensé… que tú… que yo había hecho algo que no te gustó y te habías marchado…" –gimoteo secando su mejilla.
"– Lo siento, preciosa, a veces soy un completo imbécil… yo… fui a por esto… –explicó consolador mostrando el pequeño envoltorio a medio rasgar– Antes casi tuve el impulso de entrar en ti sin protección y no lo tenía a mano… perdóname, tenía que haberte dicho." Lentamente y con gran alivio, ella lo atrajo nuevamente tirando de su cara, y se fundieron en una nueva batalla de besos. Fueron de menos a más, hasta que sus agitadas respiraciones eran más que audibles en aquella habitación. La ardiente pasión y desenfreno que les controlaban en aquellos momentos, habían vuelto a su punto álgido con la misma intensidad. Mauricio, separó su cuerpo de Patricia que trataba de volver a unirlo a ella.
"– No me voy a ninguna parte, hermosa, –susurró deslizando el condón por su rígido miembro– vas a tenerme pegado a ti en unos momentos." Patricia sonrojada, gimió por sus palabras. Lo deseaba como nunca había deseado a nadie; ninguna pareja anterior había conseguido llegar a ella de la manera en que él había removido su interior y creencias. Mauricio se situó justo en su entrada, humedeciendo su miembro con los jugos que lubricaban su ardiente interior.
"– ¡Ve con cuidado, por favor!" –advirtió ella suavemente.
"– No te preocupes, cielo, estas sobradamente preparada para recibirme en tu interior. –susurró Mauricio. Empezó a introducirse en su interior y entonces ella se tensó– Relájate, no es tan grande como crees." Pero Patricia no podía relajarse; Mauricio era grande, sí; no desorbitado pero para una virgen, aquello era un obús. Él siguió avanzando. La tensión de los músculos de Patricia hacían que la fricción fuese entre placentera y dolorosa para él, ofrecía demasiada resistencia… Y entonces lo relacionó. La miró asustado, después sorprendido y por ultimo un sensación de alivio le recorrió. Se detuvo en seco ante la revelación.
"– ¡Dios! ¿Por qué no me lo dijiste, Patricia? –Dijo preocupado acariciándole el rostro y besándola con ternura– ¿te hice daño? Cielo, ¿cómo es posible? Una mujer como tú… jamás podría haber pensado que…"
"– Yo… Mauricio…" –trató de explicarse ella sintiendo la tensión de su interior relajarse.
"– No me malinterpretes, me siento honrado de que me hayas elegido para tu primera vez, pero debiste avisarme, cariño, podría haber sido menos… ¡no se! Más dulce."
"– Has sido maravilloso desde el principio, –susurró ella– es sólo que… era un poco vergonzoso decirlo… lo intenté dos veces pero tú… lo que hacías… era tan placentero…" Mauricio la miró comprensivo y la besó consolador. Al unir nuevamente sus bocas, aliviaron juntos el dolor inicial de aquella invasión. Tras unos instantes más besándose, Mauricio recorrió el camino que le restaba a su excitado miembro para enterrarse completamente dentro de Patricia. Ella se tensó un segundo nada más, pues la mayor parte de la prueba de su virginidad, había sido rasgada en la anterior embestida. Mauricio estaba emocionado, jamás habría imaginado lo que había sucedido con ella; la besaba agradecido, extasiado, entregado por aquel maravilloso regalo que de ella acababa de recibir. La pequeña tensión de los tejidos internos de Patricia se había disipado completamente, y aquel aviso fue lo que necesitaba para comenzar su danza con ella. Lenta y progresivamente se meció contra su cálido cuerpo arrancando primero suaves jadeos, que con el incremento de sus incursiones se convirtieron después en profundos gemidos.
"– Patricia… ¡es increíble! Te siento tanto… –jadeaba contra su boca– dime que sientes… ¡necesito saberlo!" Patricia abrió los ojos presa de una fuerte excitación con la mente nublada; haciendo acopio de cada pizca de cordura formó en su extasiada mente una única idea.
"– Eres tan… intenso… ¡te siento tan… dentro! Es increíble,… –gimió ella entre besos– jamás había sentido nada igual… me siento tan completa… tan llena,…" Mauricio sintió una nueva emoción embargarle mientras sus embestidas se volvían más rápidas y contundentes. A su vez, los gemidos de Patricia se extendían por la habitación, llenando cada silencioso minuto que estaban entregándose al acto del amor. Mauricio aceleró su vigoroso ritmo penetrando con fuerza en el interior de Patricia; se acercaba, lo notaba cerca… aquella excitación que lo poseía y que se había iniciado al tocarse por primera vez iba a más, incrementando una espiral de excitación que se concentraba en su centro.
Patricia había pasado de sentir un punzante dolor a un torrente de deseo y energía en su seno que quería estallar como un géiser desde el punto de su unión. Estaba cerca, él también; sus músculos se tensaban de las intensas sensaciones que Mauricio imprimía en su excitado cuerpo. Ahí estaba,… cada vez más fuerte, más intenso. Mauricio apretó su cuerpo con más ímpetu al sentir las primeras convulsiones en el cuerpo de la joven.
"– Patricia… cariño… ¡aaaah!" –jadeó frenético besándola desesperado sintiéndose morir.
"– ¡Mauricio!" –gritó trastornada por el placer Patricia al culminar con fuerza su orgasmo tras varias poderosas acometidas de Mauricio. El clímax alcanzado sumergió a Patricia en una nebulosa de frenesí, una dulce confusión se adueñó de sus sentidos mientras su cuerpo convulsionaba y arrastraba con ella a Mauricio en aquel placentero caos de emociones. Sus cuerpos unidos y sudados seguían acoplados durante su estallido; quietos y ardientes mientras sus almas volaban lejos de sus cuerpos tras la erupción de su máximo deseo. Agitadas respiraciones y entrecortados jadeos eran compartidos por sus cuerpos mientras recuperaban un poco de la cordura perdida en aquel estallido de pasión.
Mauricio, todavía vibrando con los estertores finales de su orgasmo se separó cansado del saciado cuerpo de Patricia. Ella tenía los ojos cerrados, sus hinchados labios dejaban escapar el aire que, precipitada, ella intentaba regulase su respiración a urgentes bocanadas. Temblando todavía, la acarició con suavidad el rostro y ella reaccionó a su petición, abriendo los ojos. Se quedaron mirando unos instantes hasta volverse a fusionar en un tranquilo y pacífico beso. Era una más de las caricias que habían compartido en aquel encuentro… dulce, tierno,… cálido e íntimo. En un fluido movimiento, él rodó a su lado arrastrándola y quedaron abrazados, ella ahora encima de él, recuperando sus fuerzas.
No pronunciaron ni una palabra, no era necesario. Aquella intensa entrega lo había dicho todo para ellos. Aquello había marcado un antes y un después en sus vidas, pero no sería hasta días más tarde que realmente comprenderían hasta qué punto aquello había sido el punto de inflexión.
