Ya sabéis que tenéis el enlace a la imagen que usé en mi perfil ;)
Aviso: Pensamientos y otros en cursiva.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tadatoshi Fujimaki.
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La vida está llena de momentos de todo tipo, y siempre he pensado que esos momentos nos van definiendo poco a poco. Ahora soy un idiota que te grita y se mete contigo, y al momento siguiente me encuentro suspirando por ti cuando no miras. Dos acciones completamente dispares, sólo separadas por un momento intermedio en el que la única diferencia son tus ojos contemplando los míos.
Y así fue, pasando a través de momentos, que no sé en cuál de todos había pasado de sentir ganas por jugar contra ti a sentir ansias; en cuál pasé de la duda a la realización; o en cuál pasé del interés ingenuo a la desesperación.
Te odiaba, no había de otra, eras ese tipo que me había humillado ganándome a pesar de que yo lo creyera imposible, ese que no se había rendido cuando lo dejé en el suelo de la paliza que le di, ese que seguía lanzándome esa maldita mirada que yo tanto odiaba porque me desafiaba. Una mirada que nadie se había a atrevido a echarme antes de que aparecieras. Y un día no aguanté más, te intercepté volviendo de un entrenamiento y te reté a que me ganaras de forma individual.
—Luego no llores cuando muerdas el polvo. —Fue la respuesta que me diste bajo una sonrisa de suficiencia que creía que sólo yo poseía. No pude sino reírme ante eso y encaminarme dándote la espalda hacia el parque con cancha más cercano. No hubo más palabras, sólo el agarre del balón, el roce momentáneo de tu cuerpo sobre el mío, y las miradas afiladas por la concentración. Te gané, como era obvio.
Comenzamos a quedar para jugar partidos de uno contra uno, esperando sobre el césped cada vez que la cancha estaba ocupada por críos porque habíamos llegado demasiado temprano. ¿En qué momento fuimos adelantando la hora de quedar? Jamás lo sabremos. ¿En qué momento se volvió costumbre charlar sobre nuestras vidas mientras comíamos algo después de los partidos? Otro momento del que yo no me enteré… Pero sí, poco a poco pasamos de ser rivales, a ser amigos; y yo pasé de odiarte a sentir algo más intenso que el propio odio.
Tampoco me enteré de cuándo llegaron las tardes soleadas, ni de qué día fue en el que comencé a tumbarme bajo el sol, mientras tú me contabas cómo Tetsu te seguía asustando, las canastas que debía ver de la NBA, o cómo el inglés que dábamos en Japón no tenía sentido porque no se usaba. Yo cerraba los ojos y te respondía a casi todo con "Me da igual, Bakagami", "¿Acaso crees que no he visto el partido?" o "Eres tan idiota que ni tu propio idioma conoces", y tú sólo entrecerrabas los ojos para lanzarme una mirada de odio y seguías respondiendo mis quejas con algún que otro "Ahomine" de por medio.
Me acostumbré a ti y a todos esos pequeños momentos que compartíamos: tu calor, tu sonrisa, tus insultos, tu apetito voraz, tu inocencia… porque si algo me atrajo de ti, fue ese maldito sonrojo que te cruzaba la cara cuando yo hablaba de relaciones con mujeres. Intentabas ocultarlo, pero era inevitable apreciarlo, y más cuando tu siguiente frase siempre era algo como "N-no seas idiota…" o cosas por el estilo.
Y pasó. Entre momentos que yo ni notaba, hubo uno en el que reíste ante una estupidez que dije y por mi mente se cruzó esa frase, esa que sólo podía significar una única cosa en este mundo.
…Quiero verle reír siempre así…
Abrí los ojos, anonadado ante mi propio pensamiento, y no sé qué cara tendría en ese maldito momento, pero tú te percataste.
—Eh, Ahomine, ¿te has sonrojado? ¿En qué mierdas estás pensando ahora, pervertido?
—No sé de qué hablas, Bakagami. —Me levanté, y el destino quiso que en ese momento la pista se vaciara.
—Estás rojo, Aomine… dime qué perversión te ronda la cabeza.
—Es el sol, llevamos aquí tirados más de una hora. —Ya ibas a comenzar a reírte, pero me adelanté—. Además, si te la contara te pondrías como un tomate y me daría vergüenza ir a tu lado, ¿o crees que no me doy cuenta de cómo te pones siempre que saco el tema? —Y ahí apareció de nuevo, ese ligero sonrojo que siempre intentabas disimular mirando hacia cualquier otra parte.
—¡Cállate, idiota! Yo no me pongo rojo… Vamos a jugar, ya está libre. —Y volvimos a concentrarnos sólo en el esférico y nuestros movimientos.
Esa noche la pasé divagando entre mis recuerdos y tus sonrisas, contemplando los momentos de mi memoria que antes había pasado por alto por ser normales y que ahora atesoraba porque se habían convertido en especiales en algún otro momento del que yo tampoco me percaté. Al pensar en ello, me di cuenta de que poco a poco nos habíamos vuelto cercanos, de que los roces casuales en nuestros partidos empezaban a ser tan comunes que deberíamos recapacitar sobre si eran tan casuales como creíamos, y de que esa calidez que sentía en mi pecho cada vez que estaba contigo, quizás no se debiera sólo a que el baloncesto estuviera de por medio. Suspiré y me acosté, ese momento sí que lo fiché como aquel en el que me di cuenta de que estaba enamorado de ti.
Al día siguiente nos sentamos como era costumbre sobre el césped a esperar a que se vaciara la cancha. Tú hablabas sobre una receta que viste la noche anterior en la televisión y que querías probar, y yo giré sobre la hierba y me tumbé como era costumbre, pero esta vez usé tus piernas como apoyo, cerrando los ojos al sentir tu calidez en mi nuca. Levantaste los brazos un poco sorprendido, y yo esperaba los gritos y un "¿Qué haces, Ahomine?" que nunca llegó. Colocaste los brazos hacia atrás, dándome espacio y apoyándote sobre el suelo, y miraste hacia el cielo con ese sonrojo que a mi tanto me gustaba en tus mejillas.
… ¿Y si…?
No me lo pensé, en ese momento sólo me dejé llevar. Abrí los ojos, con el balón aún sujeto sobre mi abdomen, y estiré mi brazo hacia tu rostro, acariciando tu mejilla para bajar por el mentón y rozar ligeramente tu cuello. Atrapé ese odioso anillo que ahora se me antojaba indiferente y esperé con la cadena en tensión. Tú me miraste, sin sonrojos, sin nervios, sólo resuelto y confiado; y yo te devolví la mirada.
No hizo falta más, el momento y nuestras pupilas hablaron sin nuestro consentimiento. Sonreí ligeramente como tanto odias que haga y tiré de la cadena hacia mí muy despacio. Te inclinaste con tus rojos ojos fijos en los míos, y cuando nuestros labios se alcanzaron sentí que era el mejor momento de mi vida. Tu calidez se mezcló con la mía, y mi corazón decidió seguir un ritmo diferente al que tu lengua marcaba. Tampoco supe en qué momento nuestras lenguas se habían fundido entre sí, pero me dio igual.
Cuando nuestras respiraciones comenzaron a aumentar, solté la cadena y te alejaste, dejando un dulce beso sobre mi frente y mirando de nuevo al cielo, esta vez más sonrojado que nunca. Sonreí.
—Estás sonrojado, Bakagami…
—Es el sol… —Nos quedamos ahí disfrutando del momento. Ese día no jugamos a baloncesto porque habíamos encontrado algo mucho mejor: al otro.
La vida está llena de momentos de todo tipo, y esos momentos nos van definiendo poco a poco. Los míos pasaron imperceptibles, pero me hicieron enamorarme de ti.
