"Un Rayo de Amor"
By Karen Pttzn
Capítulo I
Enfrentando
Esperando la llegada de esos momentos de respiro, Edward dejó que su mirada se posara en los objetos que recordaban una vida normal. A Makenna la visitaban flores todos los días de personas que no eran de la familia y vecinos con frases como: Cúrate Pronto, esperamos impaciente tu regreso, como si de Makenna dependiera ponerse bien. O los dibujos que le habían hecho sus hermanos, Katie de seis años, y Garrett, de ocho. También había una foto de Makenna, Zenna y Zafrina en unas montañas nevadas, sonriendo como si nada pudiera hacerles daño. Edward recordó su olor aquel día. A viento helado y sol invernal. Fue la última vez que la joven salió de excursión con sus compañeros de clase.
De pie junto a la cama, Edward intentó recordar la última vez que no estuvo en todo el día en un hospital, o en la consulta de un medico, o pensando en las enfermedades y muerte. Se sentía como un coche lento atrapado en una autopista. Todos a su alrededor pasaban volando, mientras él se arrastraba lentamente, incapaz de avanzar más deprisa. Como si sólo estuviera esperanzado.
Afuera era una soleada tarde de primavera, un día perfecto para probar su nuevo carrito motorizado, pero estaba atrapado en aquella habitación, viendo como Makenna se iba consumiendo y sin poder hacer nada.
-Eddie, Eddie
El dolor que teñía la voz de la joven le destrozó el corazón, pero Edward no pudo levantar la cabeza. La joven tendida en la cama, tan delgada y tan demacrada, totalmente sin fuerzas, no era su mejor amiga, sino alguien que se había rendido por completo. El Cáncer se había extendido desde los huesos a los pulmones, y después al cerebro. Era el fin. Sólo quedaba esperar. Aquella espera interminable de agonía.
-Venda Eddie, mírame- insistió Makenna en un hilo de voz, pero con la misma determinación con que le había perseguido y amado desde los cinco años, antes de convertirse en su inseparable compañera de juegos y su ayudante en el taller donde él preparaba y probaba sus inventos. La misma determinación con la que siempre afirmó, desde que tenían cinco años, que algún día se casarían. La misma determinación y adoración con la que ella aceptó en el instituto cuando el resto de sus compañeros pensaban que era un raro con la cabeza llena de ideas tontas y sin sentido.
-Ya se que detestas mirarme, pero no te lo pediría si fuera importante.
Edward no detestaba mirarla, en absoluto, pero sí odiaba lo que ella le iba a pedir, porque era lo mismo que le había estado pidiendo durante días, más bien semanas.
Hacía un mes que Edward había cumplido diecisiete años, y parecía ayer cuando, con apenas trece años, Edward le había prometido a Makenna que inventaría algo para que la curase.
-Edward, por favor. Te necesito.
-Sí, Maquita ¿Qué quieres?
Edward y Makenna bromeaban siempre con sus nombres, era su hobby.
La Sonrisa de Makenna era débil, pero su rostro no podía ocultar el amor que siempre había sentido por él.
-Aún no me lo has prometido, vampiro- continúo ella.
Ella siempre le llamaba así cuando quería ser graciosa, porque sabía que a Edward la causaba gracia. Aunque en estos momentos nada le hacía sonreír.
-Te juro que no me moriré hasta que me lo prometas – bromeó ella, con los ojos empeñados por las lágrimas, unas lágrimas por los años que ya no podrían compartir.
-Entonces no te lo prometeré nunca- respondió él con voz ronca.
Ella se puso seria.
-Por favor Edward, hablo en serio. Estoy muy cansada. Sé que te va a costar mucho vivir sin mí, pero tienes que prometérmelo…- Makenna cerró los ojos, pero no pudo evitar que las lágrimas le rodaran por las mejillas-. No dediques todo el tiempo a aprender o a tus inventos. Tienes que encontrarte a otra chica de quien enamorarte y tener hijos cuando seas mayor…
Edward se llevó una mano al pecho. Sabía perfectamente lo mucho que le costaría vivir sin ella, y lo duro que era para ella extraerle aquella promesa, porque si fuera él quien estuviera tendido en aquella cama, no podría soportar la idea de que otro chico la tocara o la besara.
La náusea le subió las fuerzas desde el estomago y Edward tuvo que salir corriendo, seguro de que no iba a aguantar a llegar al baño. Salió por la primera puerta al pequeño jardín y vomitó.
Sabía que ella iba a continuar tratando de sacarle aquella promesa, e insistir a sus padres.
Prométeselo Edward. Hazlo por ella.
Las mismas palabras que llevaba cinco años oyendo, y ante las que se sentía sin elección.
-Toma- dijo una suave vocecita detrás de él.
Edward no se volvió, pero supo quién era.
-Hola Marie Swan.
Le gustaba llamarla así. Ella tampoco lo llamaba nunca por su nombre. Si no se llamaban por sus verdaderos nombres, era como si la situación no fuera real, como si no sucediera nada, y su anonimato compartido los alejaba de la dura realidad.
La joven de trece años, de rodillas a su lado, le ofreció una toalla húmeda.
-Póntela en la cara y en el cuello, te aliviará.
-Gracias- dijo él pasándosela por la cara y la garganta. Enseguida notó el frescor en la piel.
-Déjatela ahí- continuó ella, y le ofreció un vaso de agua-. Bebe un poco.
Edward asintió y bebió un sorbo. El agua sirvió para mitigar el ardor que le quemaba la garganta y el estómago.
-Gracias.
-De nada-. Dijo ella, y estirando la mano le rozó la suya.
Edward sintió el temblor de la pequeña mano, y el movimiento incontrolable de su cabello castaño.
-¿Te encuentras bien?- preguntó el sin alzar la voz. Ella sonrió temblorosa.
-El médico nos ha dicho que nos despidamos- dijo la niña con resignación-. Mamá me ha dicho que tengo que ser valiente y cuidar de mis hermanos- continuó ella con los ojos empañados de lágrimas que aduras penas trataba de reprimir.
"Qué Dios te ayudé "pensó él. Que Dios nos ayude a los dos a enfrentarnos a lo que nos espera cuando salgamos de aquí y nos enfrentemos a la vida solos.
-Ven- dijo rodeándola con los brazos y ofreciéndole su cuerpo como refugio.
Cuando la joven se apoyó en él, el único sonido que se escuchaba era el de los intermitentes hipidos que escapaban de sus labios. Edward le secó las lágrimas con la misma toalla que le había ofrecido, y la llevó hasta un tronco donde se sentaron. La niña cerró los ojos y apoyo la cabeza en el pecho del joven, dejándose llevar por el cansancio que arrastraba desde muchos días atrás.
Nadie conocía la historia de la familia Swan, pues ninguno de los miembros hablaba de su situación. Lo único que sabían era que Marie Swan era la mayor de los cuatro hermanos, y, por lo que decía la gente, su madre no debía tener al pequeño, a causa de una grave enfermedad cardiovascular. El niño había nacido hace tres años por cesárea, y desde entonces la mujer había estado agonizando lentamente, esperando un trasplante de corazón que para cuando llego era demasiado tarde.
Y mientras el señor Swan lloraba desconsoladamente la inminente muerte de su esposa, Marie Swan se ocupaba de las necesidades de sus tres hermanos pequeños. Era un escándalo entre los trabajadores de la residencia, pero la niña lo hacía todo con una sonrisa serena y desafiante, sin quejarse y negándose a admitir que necesitaba la ayuda de los servicios sociales.
-¡Marie! ¡Marie!
El grito aterrorizado los despertó de repente. Sobresaltado, Edward miró a su alrededor con ojos sangrientos. Lo último que recordaba era un bostezo y el peso de la niña contra él. Ahora el sol se había puesto por completo y apenas había luz en el jardín.
La niña dio un respingo y Edward la soltó. Frotándose los ojos y medio tambaleándose por el sueño, se puso de pie.
-¿Papá?
Un hombre se asomaba por una de las ventanas de ala opuesta a la de Makenna.
-Se ha ido- dijo, sin reparar siquiera en la presencia de un joven desconocido que había estado abrazando a su hija-. Se ha ido Marie.
Una tos infantil y un lamento llegó desde el interior de la habitación y Edward vio el temblor de los labios y el rápido pestañeo de la niña llamada Marie.
Lo más sorprendente fue que en lugar de echarse a llorar, la niña se encogió hacia delante y dijo:
-Ya voy.
Perplejo, Edward vio la expresión de alivio en el rostro del hombre.
-Gracias, hija- dijo, y se retiró de la ventana.
Edward observó a la pequeña de trece años alejarse con una serenidad impropia de su edad y de su situación. Tenía trece años y acababa de perder a su madre. ¿Cómo podía estar tan tranquila?
-¿Isabella?- dijo él, llamándola por su nombre por primera vez.
Marie volvió la cabeza y lo miró. En ese momento Edward vio no a la niña sino a la mujer que sería en el futuro. Porque ya había una mujer en su interior, y sus ojos eran dos ventanas abiertas a su alma, un alma bella y madura que él deseaba conocer. Y en ese momento se dio cuenta de que aquella iba a ser la última vez que la viera: la niña se marchaba hacia un insoportable mundo sin él.
-¿Estarás…bien? –balbuceó.
La niña se mordió el labio inferior y tenía las mejillas cubiertas de lágrimas, pero se mantuvo serena.
-Lo prometí – se limitó a decir-. Adiós Edward. Tengo que irme.
Y se alejó definitivamente.
Edward permaneció en el jardín hasta que la oscuridad de la noche lo envolvió. Después regresó a la habitación de Makenna donde estaba toda su familia, todos con idénticas expresiones de dolor y acusación en los ojos al mirarlo, incluso Zenna y Tanya.
La exhausta expresión en el rostro de Makenna lo desarmó por completo. Sin duda Makenna llevaba toda la tarde tratando de reunir fuerzas suficientes para hacerle prometer lo que llevaba días insistiendo: que buscaría rehacer su vida y ser feliz con otra mujer cuando ella no estuviera.
Con un gesto frío, Edward indicó a los demás que salieran de la habitación.
-Te lo prometo- prometió por fin a Makenna en cuanto quedaron solos.
Los delicados y frágiles ojos de la joven se cerraron y su expresión se relajó.
-Gracias- susurró, y se llevó la mano de su esposo desde hacía apenas un mes a la cara-. Te amaré por siempre Edward.
-Siempre- le respondió, acariciándole el pelo. Al mirarla, a pesar de que Makenna, seguía siendo una belleza, lo único que él pudo ver fue el rostro de la niña que acababa de abandonarlo. Quizá porque en la serena aceptación de la muerte de Makenna veía un reflejo de la actitud de Marie: la dignidad, la elegancia y la valentía para despedirse, hacer una promesa y cumplirla.
Odiándose a sí mismo por lo que acababa de prometer, Edward apretó el puño y se sentó en una silla junto al lecho de su esposa, mirándola. Esperando otra vez, y echando terriblemente de menos a su única amiga.
Triste final ¿no? u.u
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