CATARSIS

NOTA DEL AUTOR – Hum, veo que la respuesta al primer capítulo ha sido más bien… tibia, por no decir inexistente. Ya me imaginaba yo que la historia no despertaría demasiado interés, al menos al principio. En cualquier caso, mi intención sigue siendo llegar hasta el final; me gusta terminar lo que empiezo.

Por otro lado, como la "nota" anterior ya era bastante extensa, me ahorraré una tan larga para este capítulo. Además, para qué molestarse, cuando puede que ni siquiera haya nadie que lea esto… ¡En fin! Prosigamos.


CAPÍTULO 2 – NO ESTÁS SOLO

Publicado el 10 de julio de 2015, con una extensión de 4.507 palabras.


Entonces Armin volvió a quedar atrapado en sus recuerdos.

En aquel momento, no le costaba mucho ver delante de él los ojos de la Traidora; su compañera, su amiga… Annie Leonhart.

Ojos azules, como los suyos; pero más fríos y más duros, como el cristal con que la joven cambiante había recubierto todo su cuerpo, al final del combate de Stohess.

Un sarcófago de hielo, una fortaleza inexpugnable, en la que ella había pretendido refugiarse cobardemente, quizás por toda la eternidad. Su cuerpo y su mente, congelados en un reposo apacible; mientras tanto, quienes se desesperaban por hallar las respuestas que la Traidora guardaba en su interior, no podían sino estrellarse contra aquella muralla gélida, apenas rozando con la punta de los dedos la solución a todos los enigmas que les atormentaban…

Lo que ocurrió al final, sin embargo, fue bien distinto.

Ni refugio, ni paz apacible, ni muralla gélida. No para Annie Leonhart.

Cuando Armin consiguió llegar por fin al lugar de los hechos, después de haberse formado ya el extraño cristal, aquellos ojos azules no estaban cerrados, como los de una bella durmiente. Todo lo contrario, sus orbes de zafiro estaban bien abiertos… y lo que se veía en ellos, como en el resto de su expresión, era terror; parecía la cara de alguien que se estuviera ahogando, que de repente sintiese cómo le faltaba el aire, su vida extinguiéndose poco a poco sin poder hacer nada para remediarlo…

Pero Annie no era de las que se dejaban vencer sin luchar con todas sus fuerzas para evitarlo.

Y de la misma forma que antes dominó aquellas fuerzas místicas, para crear aparentemente de la nada su gélido caparazón, la Traidora consiguió deshacer aquel cristal más duro que ese hielo que se veía en sus ojos, reflejo de su frío corazón despiadado.

Al principio Armin no supo si aquella sustancia sólida se derretiría de repente, dejando a su alrededor un charco azulado; o si empezaría a agrietarse lentamente, hasta que los pedazos terminasen cayendo al suelo. Sin embargo, al final, fue mucho más drástico; y él, de algún modo, pudo intuir lo que estaba a punto de pasar.

Un rayo. Después, otro. Y luego… todo pareció explotar.

Los legionarios que había allí cerca, al igual que Armin, se dejaron guiar por su instinto, que aún permanecía alerta después de aquel combate tan temible. Retrocedieron justo a tiempo; aunque, si aquel cristal hubiese estado diseñado para servir como bomba de fragmentación, seguramente ninguno de ellos habría vivido para contarlo. Por suerte, no hubo una carnicería provocada por aquella especie de metralla mágica; sólo hubo que lamentar algunos heridos, ninguno de gravedad… pero aquello ya fue la gota que colmó el vaso.

Leonhart había matado apenas un momento antes a una docena de legionarios por lo menos; aplastándolos sin piedad, acabando sin remordimiento con sus vidas, como si fuesen cucarachas. Después de aquella nueva "sorpresa", cuando su sarcófago de hielo se vino abajo, incluso los disciplinados legionarios, que solían mantener la serenidad en situaciones límite… perdieron la cabeza.

Annie estaba todavía de pie, sosteniéndose a duras penas, con restos de cristal a su alrededor; aún trataba de recuperar el aliento, tomando bocanadas de aire como quien ha estado a punto de ahogarse, la boca muy abierta al igual que los ojos…

El primer puñetazo lo recibió en toda la cara.

Su nariz se partió con el golpe que le dio aquel legionario, el primero que se había acercado; no tardó en seguirle un compañero, que no sólo no intentó separar al otro sino que también sacudió a la Traidora…

Se oyó un doloroso "crac" y Armin creyó ver que caían al suelo varios dientes.

Pronto hubo alrededor de la chica media docena de legionarios furiosos, que siguieron golpeándola sin parar, aunque sí tenían claro que no iban a matarla; las espadas permanecieron en sus vainas… no iban a ponérselo tan fácil a la Zorra Titán.

Entonces alguien le dio un rodillazo a Annie en la entrepierna, con tanta fuerza que se oyó un crujido estremecedor; y ella, a pesar de estar sin aliento, consiguió gritar de pura desesperación y dolor.

Los legionarios soltaron a la Traidora y ésta cayó al suelo, derrumbándose por completo; se encogió sobre sí misma y trató de cubrirse con las manos aquella última herida. Había recibido tantos golpes, que su ropa estaba empapada en sangre; parecía salir humo de su cuerpo. Armin temió que los legionarios siguieran golpeándola en el suelo, hasta aplastarla como ella había hecho antes con tantos compañeros suyos; sin embargo, aquel grito desesperado les paralizó a todos.

Los soldados parecieron despertar del torbellino de furia que con tanta intensidad les había invadido un momento antes; quizás fue entonces cuando se dieron cuenta de que, si ella todavía hubiera podido transformarse, ninguno de ellos seguiría respirando. Consiguieron dejar a un lado sus ansias de venganza y volvieron a actuar como los profesionales que se suponía que eran; agarraron a Annie, la maniataron y amordazaron, luego le cubrieron la cabeza con un saco… pero no antes de que consiguiese mirar por última vez a alguien.

Armin quería creer que no fue a él, a quien atravesaron aquellos ojos de hielo, llegando hasta su alma y haciéndole sentir un escalofrío casi sobrenatural; y en ese mismo instante, supo que se estaba engañando a sí mismo.

¿Quién decía que aquellos ojos azules no expresaban nada? Porque en ese momento fue más bien todo lo contrario. El odio que ardía en ellos era tan intenso, que durante unos segundos no pudo respirar; como si fuera él quien estuviese atrapado vivo en aquella tumba de cristal, ahogándose.

Por un momento, le pareció que la chiquilla derrotada, humillada y magullada… era aún más peligrosa y más terrorífica que la Titán Hembra.

Quizás otra persona no habría pasado de aquella impresión; pero Armin era más observador que la mayoría, más perspicaz, y conocía a Annie un poco… al menos lo suficiente para poder ver más cosas en aquellos ojos, durante aquel breve instante que sin embargo se quedaría congelado en sus retinas para siempre.

Porque debajo de todo aquel odio también había impotencia y rabia, absoluta y total; seguramente la misma que sintieron sus víctimas, justo antes de morir.

Era la mirada de alguien completamente derrotada, que a pesar de todo conseguía mantenerse en pie, con la resignación enfurecida de quien sabía que le aguardaba un destino peor que la muerte… y lo aceptaba.

Armin no fue el único que lo vio. Eren también estaba cerca; entre toda la confusión, había salido de su propio titán después de que capturasen a Annie… y también se había limitado a observar. Los dos chicos de Shiganshina intercambiaron una mirada y cada uno pudo adivinar en el otro las mismas emociones, duales y contradictorias.

Admiración por la enemiga que no parecía del todo dispuesta a rendirse. Odio por no verla totalmente abatida y humillada. Vergüenza por quedarse de brazos cruzados y dejar que la golpeasen de esa manera. Furioso arrepentimiento por no unirse a los otros legionarios y darle también una paliza a la Traidora… para que ella también pudiera experimentar, en sus propias carnes, el mismo dolor que ya le había causado a tantos otros.

Y cuando Armin se dio cuenta de que estaba pensando en cuál sería la mejor manera de torturar a Annie para que sufriera tanto como fuese posible… se obligó a parar; se forzó a pensar en cualquier otra cosa, para alejar de sí aquellas ideas tan siniestras.

Ideas que sin embargo también le pertenecían a él… o más bien a una parte de él mismo.

Armin preferiría no tener que conocer mejor aquel lado oscuro. Preferiría poder conservar su propia humanidad; aunque quizás eso fuera un lujo que ya no se podía permitir…

El muchacho consiguió apartar al fin aquellos pensamientos tan funestos. Debía centrarse en el presente, en vez de darle vueltas a lo que ya había ocurrido y no tenía arreglo; por otro lado, olvidar el pasado era una buena manera de cometer los mismos errores…

A su mente le costaba no quedarse atrapada, pensando una y otra vez en todo lo que podría salir mal, como siempre. Él sería incapaz de lanzarse de cabeza hacia el peligro sin dudar, como Eren; algo que ya hacía su amigo, incluso antes de saber que era un cambiante.

Pero Armin no tenía aquellas habilidades sobrehumanas, ni las de Mikasa; ni siquiera tenía la fuerza o la agilidad de un soldado normal. Se suponía que su mente era su arma; e incluso si le costaba creer en sí mismo, quizás podría creer en sus amigos. Ellos le consideraban "astuto", algo de razón debían tener…

Del mismo modo que habría una razón para que el Comandante Smith quisiera hablar con él.

Todavía le desconcertaba el ajetreo del improvisado campamento de la Fuerza Conjunta en torno al viejo Cuartel General; y seguía sintiéndose inquieto, con la sensación de estar sentado sobre una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento. Había muchos soldados de las tres ramas del Ejército; si alguien quería hacerle daño a la causa de la Humanidad, aquel sería un buen sitio para atentar… sobre todo cuando aquellos traidores tenían el aspecto de un humano normal y podían transformarse en monstruos con un solo gesto, pasando desapercibidos hasta entonces.

Desde luego, a los cambiantes infiltrados no les faltaban motivos para intentar algo: el Comandante de la Legión se encontraba allí, con muchos oficiales más; también estaba Annie, prisionera, aunque aún no había hablado que él supiera; no podía olvidarse del Pastor Nick, que debía guardar asímismo numerosos secretos… por no hablar de que podrían intentar secuestrar a Eren, otra vez.

"Menos mal que Erwin se dio cuenta de que separar a Mikasa de él no era buena idea… Desde que regresamos de Stohess, los dos han estado entrenado juntos. Me pregunto qué tal les irá."

Y volvió a pensar en el Comandante, en esa "entrevista" que tenía pendiente… y en que, quizás, con tanta preocupación, había terminado perdiéndose entre todas aquellas tiendas de campaña casi idénticas.

"Ya podrían haberme enviado a alguien que me guiara, en vez de darme sólo un aviso. Bueno, al menos no me he convertido en el centro de atención…"

A su alrededor había algunos soldados; otra vez le asaltaba la paranoia, pensando en cuál de ellos podría ser un traidor. Sin embargo, nadie se fijó demasiado en él; como mucho, alguna mirada curiosa.

"Quizás debería preguntarle a alguien…"

–¡Soldado Arlert! –le llamó una voz.

Armin tuvo que controlarse para no dar un pequeño salto por la sorpresa; ni lo había visto venir. Parecía una mujer y, a juzgar por el tono, no muy contenta. Se dio la vuelta… y tragó saliva al ver delante de él a la Capitán Anka Rheinberger, máxima representante de las Tropas Estacionarias en la Fuerza Conjunta.

La oficial de las rosas gemelas no era muy alta; pero sí más que el chico, desde luego. Los cabellos, de un color castaño claro, le caían por detrás de las orejas hasta cubrirle el cuello, con algunos mechones sobre la frente; los llevaba peinados con la raya ligeramente a un lado. Sus ojos marrones también eran claros, tanto que incluso parecían tener un matiz verdoso; al igual que todo su rostro, reflejaban determinación y firmeza, bajo un ceño fruncido en aquel momento.

A pesar de sus repetidas experiencias cercanas a la muerte en los últimos tiempos, Armin volvió a sentir miedo. Había conocido brevemente a la lugarteniente de Pixis durante la operación para recuperar Trost, y ya sabía que la Capitán no era de las que se andaban con rodeos; pero según comentaban algunos guardas, tenía la costumbre de meter buenas collejas cuando lo consideraba necesario… algo de lo que, por lo visto, ni siquiera se escapaba el viejo Comandante.

Sin embargo, también había oído que Anka era alguien razonable; el tipo de persona capaz de adaptarse a la situación y comprender que, a distintas personas, había que tratarlas de distintas maneras. Debió ser por eso que, cuando vio la cara que se le había quedado al chico, la mujer relajó considerablemente la expresión e incluso esbozó una leve sonrisa.

–Armin, ¿verdad? –dijo en voz más baja, ya cuando se acercó a él–. Sabrás que el Comandante Smith te está buscando… –Anka levantó una ceja–. No me digas que te habías perdido.

–V-vaya, pues…

Armin creyó oír algunas risas de fondo, y eso no le ayudó mucho con su nerviosismo.

"¿No tienen nada mejor que hacer? Será que no tienen otra cosa con la que distraerse… Pero eso es buena señal, significa que las cosas están tranquilas."

A veces, el chico creía que tenía mala suerte; que era capaz de atraerla sólo con palabras. Como aquel día, cinco años atrás, cuando le había comentado a sus amigos de Shiganshina que quizás los Muros no aguantarían para siempre… y acto seguido había aparecido el Titán Colosal.

Por eso, cuando de repente se oyó un trueno, lo primero que pensó fue "otra vez no".

Y con el resplandor que acompañó a aquel sonido, sólo había una explicación.

Un cambiante que se transformaba.

Los soldados que había cerca de él empezaron a maldecir, visiblemente nerviosos, y echaron mano a sus equipos; Armin casi se sintió desnudo sin el suyo, pero como casi todos los de la 104 había recibido órdenes muy concretas y su deber era obedecerlas… aunque quizás eso sería lo que terminaría matándole

Sin embargo, por un momento, se sintió mucho más tranquilo; resignado incluso. Fuera lo que fuese, iba a ocurrir al fin; lo peor era la espera, la incertidumbre de no saber qué saldría mal y cuándo… Ahora aquello escapaba a su control; se quitó un peso de encima, ya no tenía que seguir preocupándose.

Aunque por supuesto su mente, después de un breve descanso, enseguida volvió a la carga; empezó a pensar, o más bien recordar, que en realidad no era la primera vez que veía un resplandor así, viniendo del bosque cercano… donde últimamente entrenaba Eren.

Anka se llevó un susto al principio, pero pronto se dio cuenta también de esto y se relajó bastante, mientras miraba en aquella dirección.

–¡Atención todo el mundo! –exclamó con voz firme, acostumbrada a dar órdenes–. Mantened la calma, que sólo es otro entrenamiento programado. El soldado Yeager está practicando con sus habilidades en forma titán, todo está bajo control… No hay nada de qué preocuparse, así que tranquilos, ¿de acuerdo? ¡Permaneced todos en vuestros puestos!

Se oyeron varios suspiros de alivio. Los legionarios y los guardas apartaron las manos de sus armas. Anka se había ganado una reputación a pulso, y su palabra era ley entre las Tropas Estacionarias de la Fuerza Conjunta. Los de la Legión se habían dejado llevar en un primer momento por su instinto, pero no tardaron en descartar aquello como amenaza.

También había por allí algunos miembros de la Policía Militar, particularmente temblorosos. Ninguno de ellos objetó a las órdenes que les daba una oficial de otra rama del Ejército; a su propio Jefe, el tal Dennis Eibringer, no se le veía por ningún lado… Había que tener en cuenta las bromas algo macabras de los legionarios, que decían que los "unicornios" formaban parte de la Fuerza Conjunta sólo porque al Titán Rebelde le gustaba empezar el día desayunándose un par de ellos; algunos policías se lo habían tomado en serio y, en vez de abrir los ojos para informar luego de todo lo que habían visto, preferían estar lo más lejos posible del "chico titán", por lo que pudiera pasar.

"En serio, cada uno es más incompetente que el anterior…" Armin resopló para sus adentros. "Tiene que ser a propósito. Alguien está saboteando deliberadamente la participación de la Policía Militar en la Fuerza Conjunta. ¿Será que Erwin le está cobrando más favores a Dawk? ¿O acaso le estará chantajeando…?"

–¡Vamos, Arlert! –interrumpió Anka nuevamente sus pensamientos, con tono jocoso–. No tenemos todo el día. Sígueme.

Y acto seguido, echó a andar en la misma dirección en que parecía haber caído aquel rayo. Armin todavía tardó unos segundos en reaccionar, pero entonces lo hizo con rapidez; enseguida estuvo a su lado de nuevo.

–El Comandante estará allí –aclaró la oficial–. Y también habrá más gente.

–Ah… Gracias.

Se hizo un silencio, aunque no incómodo, mientras seguían andando. Los pasos de ella hacían sonar rítmicamente su equipo de maniobras. Armin volvió a pensar en lo sospechoso que era que ni él ni los demás de la 104 estuviesen utilizándolo últimamente; intuía el motivo de dicha orden… y que seguramente la conversación con Erwin trataría sobre ese tema.

–Al menos Eren todavía goza de su confianza –medio murmuró, medio pensó para sí.

Fueron dejando atrás las tiendas de campaña, mientras intercambiaban algún saludo más con los soldados con que se cruzaban, y llegaron al bosque. Cuando ya estuvieron entre los árboles, más tranquilos, con menos gente a su alrededor, Anka contestó con cierta vehemencia.

–Deberíamos haber confiado más en él desde el principio, no por nada es "la Esperanza de la Humanidad"… Encerrándolo como a una fiera en un zoo no habrían conseguido nada. ¿En qué estarían pensando esos imbéciles?

Lo último lo dijo casi farfullando, pero Armin se sorprendió al oírlo. Seguramente se refería a la Policía Militar… Sin embargo, algunos oficiales de las Tropas Estacionarias, como la Capitán Rico, también se habían mostrado más reticentes durante el juicio.

"Está claro que no todos los guardas son iguales… Con los legionarios ocurre lo mismo, no todos tienen la misma personalidad que el Capitán Levi." La sola idea le hizo sentir un escalofrío.

Pero incluso si lo de Trost no hubiese bastado para convencer a todos, después de lo de Stohess la opinión pública había dado un giro de ciento ochenta grados, gracias a la campaña de propaganda hábilmente dirigida por Erwin. Habían visto en acción a Eren… y también a la Titán Hembra; al fin se daban cuenta, no sólo de que todo aquel potencial destructivo era más útil al servicio de la Humanidad, sino que quizás el Titán Rebelde sería el único capaz de detener a otros cambiantes. Por tanto, lo más lógico era que dejasen de poner trabas al entrenamiento de la joven promesa de Shiganshina; de esa manera, estaría lo más preparado posible para el próximo ataque… porque no se trataba de un "si", sino de un "cuando", de una certeza. Sus enemigos aún no había dicho la última palabra.

–Es curioso, ¿verdad? –comentó Rheinberger, sonriendo–. No se oye nada… Normalmente, incluso cuando Eren se limita a andar en su forma titán, a esta distancia ya se siente vibrar la tierra.

Por su expresión, la Capitán ya sabía lo que estaba haciendo el joven cambiante… pero no dijo nada más; quizás pretendía darle una sorpresa. Lo cierto era que Armin no había podido ver mucho últimamente a sus amigos. Eren y Mikasa pasaban casi todo el tiempo con el equipo del Capitán Mike Zacharius; podía contar con los dedos de una mano las veces que había hablado con alguno de ellos. De hecho, parecían estar aislando deliberadamente a los demás de la 104; y el muchacho volvió a tener un mal presentimiento, sobre su situación y la inminente "charla" con el Comandante.

Lo bueno era que no habían perdido el tiempo; incluso sin el equipo de maniobras, los "apestados" seguían entrenando cada día de aquellas últimas semanas, hasta caer exhaustos. Fuerza, velocidad, resistencia, combate cuerpo a cuerpo… ¡había tantos ejercicios! Por no hablar del infernal papeleo, al menos en su caso; Armin ya había tenido que rellenar unos cuantos informes.

Anka parecía saber qué estaba pasando. ¿Merecía la pena intentar sonsacarle algo, para poder prepararse de antemano y que esa conversación no le pillara por sorpresa? Pero quizás se interpretaría como deshonestidad, como que tenía algo que esconder… ¿Hasta qué punto dudaban de su lealtad, a pesar de todo lo que ya había hecho por el Ejército? Quería creer que él también había aportado su granito de arena, en la eterna lucha de la Humanidad contra los titanes; y al fin y al cabo, fue su idea la que les dio la primera victoria contra aquel enemigo implacable, en Trost.

De vez en cuando se topaban con una patrulla de legionarios, dos como mínimo y con el equipo completo, pero simplemente se saludaban y luego cada uno seguía su camino; debían de haber recibido instrucciones para dejarles pasar.

Armin volvió a mirar a la soldado de élite de las Tropas Estacionarias. Anka no había sido la única con quien había trazado aquel plan; había otro estratega más, un hombre de confianza de Pixis, alto y moreno, de presencia imponente pero también razonable como ella. ¿Cómo se llamaba…?

–Gustav, ¿no? –pensó de repente en voz alta.

Y enseguida se dio cuenta de que había cometido un error. Rheinberger se paró en seco y, cuando se giró hacia él, tenía en el rostro una expresión dura e implacable; en sus ojos brillaba una silenciosa advertencia y, al mismo tiempo, una muda pregunta.

Quizás, en otras circunstancias, Armin se habría venido abajo al notar sobre él la mirada furiosa de una mujer que, seguramente, sería capaz de partirle en dos si se lo proponía. Sin embargo, ya había pasado antes por una experiencia similar, cuando quien le miró así fue una criatura de quince metros de alto… y aquello le había dado un poco más de confianza en sí mismo; sólo un poco, pero lo suficiente para no quedarse paralizado ahora. Consiguió dominar el miedo que le atenazaba.

–Quiero decir… –trató de explicarse con un mínimo de coherencia–. Me refería a su compañero… Les vi a los dos trabajando juntos aquel día en Trost, pero luego a él no le he vuelto a ver, y me preguntaba si…

–Desaparecido en combate –interrumpió Anka bruscamente–. Nadie le ha vuelto a ver desde entonces.

"Mierda," se desesperó Armin para sus adentros. "Podría haberme estado calladito…"

Y entonces su mente atribulada, sin poder él evitarlo, empezó a recordar a sus compañeros… a todos aquellos que se habían ido para ya no volver jamás.

Thomas, Nac, Mylius, Mina, Franz… Marco.

Pero aquel último nombre hizo resonar algo distinto en él; algo… oscuro.

Y recordó. Recordó aquella conversación, al pie de unas escaleras, justo antes de que se desencadenase el infierno.

"Tenías el equipo de Marco… ¿Cómo?"

"Yo… Me lo encontré."

Y otra idea se fue abriendo camino en su mente, poco a poco: Marco Bott, cadete de la 104 y número siete de su promoción, no había "muerto" sin más… sino que había sido asesinado por aquella zorra.

El miedo y la confusión fueron dando paso a otra cosa bien distinta… ira, tan intensa que no se creía capaz de sentirla. Por un momento, lo vio todo rojo. Siguió recordando nombres: soldados caídos, masacrados sin piedad y a sangre fría por aquella gigantesca puta que, hasta el último momento, se había hecho pasar por "uno de los nuestros".

"Los nuestros"… Muchos de ellos tampoco volverían ya; la Zorra Titán se había asegurado de eso con sus propias manos.

Dita Ness. Luke Siss. Darius Baer-Varbrum.

Eld Jinn. Gunther Schultz. Auruo Bossard. Petra Ral.

Y tantos más, cuyos nombres no podía recordar.

Entonces oyó un crujido extraño. Tardó un momento en darse cuenta de que era el rechinar de sus propios dientes.

"Annie Leonhart, espero que tengan en el infierno un lugar especialmente reservado para ti. Después de lo que has hecho, te mereces cualquier cosa que te pase… ¡Deberían desollarte viva!"

Pero junto con su nombre, no pudo evitar recordar todo lo demás: su rostro, su voz, sus gestos, sus expresiones; sus experiencias en común durante tres años, y en la única batalla que ambos libraron en el mismo bando. Recordó las dudas de ella, sobre si él la consideraba "una buena persona".

Recordó que ella también era humana… y que hubo un tiempo en que verdaderamente fue "una de los nuestros". ¿O acaso se estaba obligando a creer sus propias mentiras? ¿Y por qué haría algo así, sin con eso sólo conseguía que aquella traición le doliese todavía más?

No supo cuánto pasó hasta que se dio cuenta de que estaba llorando. No del todo, sólo unas lágrimas que se le escapaban, pero ¡qué vergüenza! Actuar así, como un niño pequeño, delante de alguien que seguramente había perdido mucho más que él…

Entonces notó unas manos sólidas que le agarraban con firmeza por los hombros; le sujetaron para evitar que se cayese al suelo, porque también le temblaban las rodillas.

–Arlert… Armin, escúchame atentamente –Anka pronunció las palabras con suavidad, su expresión todavía seria pero algo más cálida que antes–. Somos soldados. Es la vida que hemos elegido. Cada día que pasa, corremos el riesgo de morir o de perder a nuestros compañeros, a nuestros amigos. Y a veces… –aquí su mirada se quedó perdida en algún punto lejano–. A veces ni siquiera podemos estar seguro de qué les pasó.

Armin empezó a pensar en todos los compañeros a los que no había vuelto a ver desde lo de Trost. ¿Seguían vivos, habían desaparecido o algo peor? Hannah, Samuel, Daz… y muchos más que no conseguía recordar; y muchos más que seguramente se les unirían en un futuro no muy lejano.

–¿Cómo lo haces? –consiguió preguntar con un hilillo de voz–. ¿Cómo sigues adelante, a pesar de…?

–Recordándoles –contestó Anka, ya por completo recuperada, mirándole directamente a los ojos–. Asegurándome de que su sacrificio no ha sido en vano. Seguir luchando, no sólo por ti mismo, sino por todos aquellos que ya no pueden hacerlo.

–¿Y cuando una de "todos aquellos" te apuñala por la espalda? –preguntó Armin de repente, con una nota de desesperación en la voz–. ¿Qué haces para seguir adelante entonces?

La oficial se quedó perpleja por un instante, pero no tardó en adivinar a qué se refería; y el chico pudo ver compasión en aquellos ojos claros, tan brillantes y tan cálidos.

–Eso es algo que no le desearía ni a mi peor enemigo –contestó ella en un susurro.

Armin tuvo que agachar la cabeza; se fijó detenidamente en sus pies, para evitar aquella mirada. ¿Acaso no cambiaría nunca nada? ¿Siempre iba a ser el más débil, el que sólo recibía la lástima de los demás? Patético… ¿De qué le servía tener una buena idea buena de vez en cuando, si no era capaz de llevarla adelante con sus propias fuerzas? ¿Y eran realmente "buenas" aquellas ideas, que tanta muerte causaban incluso cuando salían bien?

Otra vez atrapado en su peor pesadilla: un chiquillo impotente y débil, que sólo podía mirar sin hacer nada, a merced de los demás y los acontecimientos… Patético.

Y una vez más, como si para ella fuese transparente y pudiese ver claramente a través de él, Anka volvió a hablarle con aquella voz firme y cálida al mismo tiempo, mientras le agarraba aún con más fuerza de los hombros.

–Armin, recuerda que no estás solo.