Capítulo 1
La invitación más codiciada en la temporada de este año tiene que ser sin duda alguna la del baile de máscaras en la casa Grace, que se celebrará el próximo lunes. En efecto, una no puede dar dos pasos sin verse obligada a escuchar a alguna mamá de la alta sociedad haciendo elucubraciones sobre quién asistirá y, tal vez lo más importante, quién se disfrazará de qué.
Sin embargo, ninguno de estos temas son ni de cerca tan intere- santes como el de los dos hermanos Grace solteros. (Antes que alguien señale que existe un tercer hermano Grace soltero, permitid que esta cronista os asegure que conoce muy bien la existencia de Connor Grace. Pero sólo tiene catorce años, por lo tanto no corresponde hablar de él en esta determinada columna, la que trata, como suelen tratar las columnas de esta cronista, del más sagrado de los deportes: la caza de marido.)
Si bien los señores Grace no poseen ningún título de nobleza, se los considera dos de los principales partidos de la temporada. Es un hecho bien sabido que ambos son dueños de respetables fortunas, y no hace falta ser muy observador para advertir que también poseen la belleza Grace, como la poseen los ocho miembros de esta prole.
¿Aprovechará alguna damita el misterio de una noche de máscaras para cazar a uno de los cotizados solteros?
Esta cronista ni siquiera hará el intento de elucubrar.
Ecos de Sociedad de Lady Iris, 31 de mayo de 1815
¡Piper! ¡Piper!
Continuaron los gritos, fuertes como para romper los cristales, o por lo menos un
tímpano.
-¡Voy Quione! ¡Voy!
Cogiéndose la falda de lana basta, Piper subió a toda prisa la escalera, pero en el
cuarto peldaño:, se resbaló y alcanzó justo a cogerse de la baranda para no caer sentada. Tendría que haber recordado que los peldaños estarían resbaladizos; ella misma había ayudado a la criada de la planta baja a encerarlos esa mañana.
Deteniéndose con un patinazo en la puerta del dormitorio de Rosamund, tratando de
recuperar el aliento, dijo:
-¿Sí?
-El té está frío.
«Estaba caliente cuando te lo traje hace una hora, holgazana pesada», deseó decir
Piper, pero dijo:
-Te traeré otra tetera.
Quione sorbió por la nariz.
-Procura hacerlo.
Piper estiró los labios formando un gesto que los cegatones podrían llamar sonrisa, y
cogió la bandeja.
-¿Dejo las galletas?
Quione negó con su hermosa cabeza.
-Quiero de las recién hechas.
Con los hombros ligeramente encorvados por el peso del contenido de la bandeja,
Piper salió de la habitación y tuvo buen cuidado de no comenzar a refunfuñar hasta cuando se
había alejado bastante por el corredor. Quione vivía pidiendo té y luego no se molestaba en tomárselo hasta pasada una hora. Entonces, lógicamente, el té ya se había enfriado, por lo que tenía que pedir que le llevaran otra tetera con té caliente.
Lo cual significaba que ella vivía subiendo y bajando la escalera a toda prisa, arriba y
abajo, arriba y abajo. A veces le parecía que eso era lo único que hacía en su vida.
Subir y bajar, subir y bajar.
Y claro, también estaban el arreglar ropa, el planchar, peinar, limpiar y abrillantar los
zapatos, zurcir, remendar, hacer las camas, en fin.
- ¡Piper!
Se giró y vio a Posy caminando hacia ella.
-Piper, quería preguntarte, ¿encuentras que este color me sienta bien?
Con mirada evaluadora contempló el disfraz de sirena que le enseñaba Posy. El corte no
era el adecuado, pues Posy continuaba conservando la gordura de cuando era niña, pero el color
sí hacía resaltar lo mejor de su piel.
-Es un hermoso matiz de verde -contestó, sinceramente-. Te hace ver muy sonrosadas
las mejillas.
-Ah, qué bien, me alegra tanto que te guste. Tienes un verdadero don para elegir mi
ropa. -Sonriendo, alargó la mano y cogió una galleta azucarada de la bandeja-. Madre ha estado absolutamente insoportable conmigo toda la semana por el baile de máscaras, y sé que no veré el fin de eso si no me veo bien. 0 -añadió arrugando la cara en un mal gesto- si ella encuentra que no me veo bien. Está resuelta a que una de nosotras atrape a uno de los hermanos Grace que quedan solteros, ¿sabes?
-Lo sé.
-Y para empeorar las cosas, esa mujer Iris ha vuelto a escribir sobre ellos. Eso
sólo -Posy guardó silencio para terminar de masticar y tragar- le abre el apetito.
-¿Era muy buena la columna esta mañana? -preguntó Piper, apoyándose la bandeja en
la cadera-. Aún no he tenido la oportunidad de leerla.
- Bah, lo de siempre -repuso Posy agitando la mano-. La verdad es que puede ser muy
aburrida, ¿sabes?
Sophie intentó sonreír y no lo consiguió. Nada le gustaría más que vivir un día de la
aburrida vida de Posy. Bueno, tal vez no le gustaría tener a Medea por madre, pero no le molestaría una vida de fiestas, salidas y veladas musicales.
-Veamos -musitó Posy-. Había una reseña sobre el último baile de lady Atenea, un corto comentario sobre el vizconde Guelph, que parece estar bastante enamorado de una muchacha de Escocia, y luego una larga columna sobre el próximo baile de máscaras de los Grace.
Sophie exhaló un suspiro. Llevaba semanas leyendo acerca de ese baile de máscaras, y aunque no era otra cosa que una doncella de la señora (y de tanto en tanto criada también, siempre que Medea consideraba que no trabajaba bastante) no podía dejar de desear asistir a ese baile.
-Yo por mi parte estaré encantada si ese vizconde Guelph se compromete en
matrimonio -comentó Posy, cogiendo otra galleta-. Eso significará que madre tendrá un soltero menos del que hablar y hablar como posible marido. Y no es que yo haya tenido alguna esperanza de atraer su atención de todos modos. -Tomó un bocado de la galleta, haciéndola crujir fuerte-. Espero que lady Iris tenga razón respecto a él.
-Probablemente la tiene -contestó Sophie.
Leía la hoja Ecos de Sociedad de Lady Iris desde que empezara a aparecer en
1813, y la columnista de cotilleos casi siempre tenía razón cuando se trataba de asuntos de Mercado Matrimonial.
Lógicamente ella no había tenido jamás la oportunidad de ver ese Mercado en persona, pero si alguien leía la Whistledown con suficiente frecuencia casi podía sentirse parte de la Sociedad londinense sin asistir a ningún baile.
En realidad, leer la Iris era para ella un pasatiempo verdaderamente agradable.
Ya había leído todas las novelas de la biblioteca, y puesto que ni Medea, Quione ni Posy eran particularmente aficionadas a la lectura, no tenía esperanzas de que entrara algún libro nuevo en la casa.
Pero la hoja Iris era divertidísima. Nadie conocía la verdadera identidad de la
columnista. Cuando hizo su primera aparición la hoja informativa hacía dos años, las
elucubraciones estuvieron a la orden del día. Incluso en esos momentos, siempre que lady Iris comentaba algún cotilleo particularmente jugoso, la dama volvía a ser tema de
conversación y de suposiciones; volvía la curiosidad sobre quién demonios podía ser esa persona que informaba con tanta rapidez y exactitud.
En cuanto a Piper, para ella Iris era un seductor atisbo del mundo que podría
haber sido el de ella si sus padres hubieran legalizado su unión. Habría sido la hija del conde, no la bastarda; su apellido habría sido Gunningworth, no McLean.
Aunque sólo fuera una vez, le gustaría ser ella la que subía al coche y asistía al baile.
En lugar de eso, era la que vestía a las demás para sus salidas nocturnas, ciñéndole el
corsé a Posy, peinando a Quione o limpiando un par de zapatos de Medea.
Pero no podía, o al menos no debía, quejarse. Tal vez tenía que servir de doncella a
Medea y a sus hijas, pero por lo menos tenía un hogar, lo cual era más de lo que tenían la mayoría de las muchachas en su situación.
Su padre no le dejó nada al morir; bueno, nada aparte de un techo sobre la cabeza. Con su testamento se aseguró de que no la pudieran echar de la casa hasta que tuviera veinte años. D ninguna manera iba a perder Medea el derecho a cuatro mil libras anuales echándola de casa. Pero esas cuatro mil libras eran de Medea, no de ella, y jamás había visto ni un solo dracma de ellas. Desaparecieron los hermosos vestidos que se había acostumbrado a usar, siendo reemplazados por los de lana basta de las criadas. Y comía lo que comían las demás criadas, lo
que fuera que Medea, Quione y Posy decidieran dejar de sobras.
Sin embargo, hacía casi un año que llegó y pasó su vigésimo cumpleaños, y continuaba viviendo en la casa Penwood, seguía desviviéndose en el servicio a Medea. Por algún motivo desconocido, ya fuera porque no quería formar (o pagar) a otra doncella, ésta le había permitido seguir viviendo en la casa.
Y ella continuó, claro. Si Medea era el demonio que conocía, el resto del mundo era
el demonio que no conocía. Y ella no tenía idea de cuál podía ser peor.
-¿No te pesa mucho esa bandeja?
Piper cerró y abrió los ojos para salir de su ensimismamiento y centró la atención en
Posy, que estaba cogiendo la última galleta de la bandeja.
-Sí, pesa bastante. Y ya debería estar en la cocina con ella.
Posy sonrió.
-No te detendré más tiempo, pero cuando hayas acabado eso, ¿podrías plancharme el
vestido rosa? Me lo voy a poner esta noche. Ah, y supongo que tendrías que limpiar los zapatos a juego también. Quedaron un poco polvorientos la última vez que me los puse y ya sabes cómo es madre con los zapatos. Que más da que no se vean bajo mi falda. Ella se fijará en la más mínima motita de polvo en el instante en que me levante la falda para subir un peldaño. Piper asintió, añadiendo mentalmente esas peticiones a su lista de quehaceres diarios.
- ¡Hasta luego, entonces! -dijo Posy y, tragándose lo que quedaba de galleta,
desapareció en su dormitorio. Y Piper bajó a la cocina.
Pasados unos días, Piper estaba arrodillada con unos cuantos alfileres entre los
dientes, haciendo los arreglos de último momento en el disfraz de Medea para el baile. El traje Reina Isabel había llegado perfecto de la modista, pero Medea insistió en que le quedaba un cuarto de pulgada más ancho en la cintura.
-¿Cómo está ahí? -preguntó, hablando entre dientes para que no se le cayeran los
alfileres.
-Demasiado ceñido.
Piper cambió de sitio unos pocos alfileres.
-¿Y ahora?
-Demasiado suelto.
Piper sacó un alfiler y lo prendió justo en el punto donde había estado antes.
-¿Y ahora, como está?
Medea giró el cuerpo hacia un lado y hacia el otro y, finalmente, declaró.
-Así está bien.
Sonriendo para sus adentros, Piper se puso de pie para ayudarla a quitarse el vestido.
-Lo necesitaré dentro de una hora si queremos llegar a tiempo al baile -dijo Medea.
-Sí, por supuesto -repuso Piper.
Había descubierto que en sus conversaciones con Medea era más sencillo decir
muchas veces «por supuesto».
-Este baile es muy importante -declaró Medea muy seria-. Quione tiene que lograr
un matrimonio ventajoso este año. El nuevo conde... -se estremeció disgustada; seguía considerando un intruso al conde heredero, aun cuando era el pariente vivo más cercano del difunto conde-. Bueno, me ha dicho que éste es el último año que podemos usar la casa Penwood de Londres. Qué descaro tiene el hombre. Yo soy la condesa viuda, después de todo, y Quione son las hijas del conde.
«Hijastras», corrigió Piper en silencio.
-Tenemos todo el derecho a usar la casa Penwood para la temporada. Qué planes tiene él para la casa, no lo sabré jamás.
-Tal vez desea asistir a las fiestas de la temporada y buscar esposa -sugirió Piper-.
Deseará un heredero, seguro.
Medea frunció el ceño.
-Si Quione no se casa con un hombre rico, no sé qué haremos. Es muy difícil
encontrar una casa de alquiler adecuada. Y muy caro también.
Piper se abstuvo de comentar que por lo menos no tenía que pagar a una doncella. De
hecho, hasta que ella cumplió los veinte años, Medea había recibido cuatro mil libras al año simplemente por tener una doncella.
Medea hizo chasquear los dedos.
-No olvides que Quione necesitará que le empolves el pelo.
Quione iría vestida de María Antonieta. Piper le había preguntado si pensaba
ponerse una cinta color rojo sangre alrededor del cuello. A Quione no le hizo ninguna gracia la broma.
Medea se puso su vestido y se ciñó el fajín con movimientos rápidos y tensos.
-Y Posy -arrugó la nariz-. Bueno, Posy necesitará tu ayuda en una u otra cosa, seguro.
-Siempre estoy feliz de ayudar a Posy -replicó Piper.
Medea entrecerró los ojos, como tratando de determinar si eso había sido una
insolencia.
-Procura hacerlo -dijo al fin, pronunciando bien cada sílaba. Acto seguido, salió en
dirección al cuarto de baño.
Piper se cuadró cuando se cerró la puerta.
-Ah, estás aquí, Piper -dijo Quione irrumpiendo en la sala-. Necesito tu ayuda
inmediatamente.
-Creo que eso tendrá que esperar hasta...
-¡He dicho inmediatamente! -ladró Quione.
Piper cuadró los hombros y le dirigió una mirada acerada.
-Tu madre quiere que le arregle el vestido.
-Quítale los alfileres y dile que ya lo arreglaste. No notará la diferencia.
Piper, que había estado considerando la posibilidad de hacer justamente eso, emitió un gemido. Si hacía lo que le pedía Quione, ésta iría con el cuento al día siguiente y Medea despotricaría y rabiaría toda una semana. No tenía más remedio que hacer el arreglo.
-¿Qué necesitas, Quione?
-Hay un descosido en el dobladillo de mi disfraz. No tengo idea de cómo se hizo.
-Tal vez cuando te lo probaste...
-¡No seas impertinente!
Sophie cerró la boca. Le resultaba mucho más difícil aceptar órdenes de Quione que
de Medea, tal vez porque en otro tiempo habían sido iguales, y compartían la misma aula y la misma institutriz.
-Tienes que repararlo enseguida -insistió Quione, sorbiendo afectadamente por la
nariz.
Piper suspiró.
-Tráelo. Lo haré tan pronto como acabe con lo de tu madre. Te prometo que lo tendrás
con tiempo de sobra.
-No quiero llegar tarde a este baile -le advirtió Quione-. Si me retraso, querré tu
cabeza en una bandeja.
-No llegarás tarde -le prometió Piper.
Quione emitió una especie de resoplido malhumorado y salió corriendo a buscar el
traje.
- ¡Uuf!
Piper levantó la vista y vio a Quione chocar con Posy, que iba entrando
precipitadamente por la puerta.
-¡Mira por dónde andas, Posy! -regañó Quione.
-¡Tú también podrías mirar por dónde andas! -replicó Posy.
-Yo iba mirando. Es imposible sortearte a ti, gorda.
Con las mejillas teñidas de rojo subido, Posy se hizo a un lado.
-¿Se te ofrecía algo, Posy? -le preguntó Piper, tan pronto como desapareció
Quione.
-Sí. ¿Podrías reservarte un tiempo extra para peinarme esta noche? Encontré unas cintas verdes que tienen un cierto parecido a algas.
Piper hizo una larga espiración. Las cintas verde oscuro no se verían muy bien sobre
el pelo oscuro de la muchacha, pero no tuvo valor para hacérselo notar.
-Lo intentaré, Posy, pero tengo que remendar el vestido de Quione y arreglarle la
cintura al de tu madre.
-Ah.
La expresión de Posy era tan afligida que casi le partió el corazón a Piper. Aparte de
los criados, Posy era la única persona que era medio amable con ella en la casa de Medea.
-No te preocupes -la tranquilizó-. Yo me encargaré de que lleves el pelo bonito esta
noche, tengamos el tiempo que tengamos.
-¡Ay, gracias, Piper! Yo...
-¿Aún no has empezado a arreglar mi vestido? -tronó Medea, volviendo del cuarto de
aseo.
Piper tragó saliva.
-Estuve hablando con Quione y Posy. Quione se rompió el vestido y...
-¡Ponte a trabajar!
-Sí, al instante. -Se dejó caer en el sofá y dio vuelta del revés el vestido para entrarlo en la cintura-. Más rápido que al instante -masculló-. Más rápido que el aleteo de un colibrí. Más rápido que...
-¿Qué dices? -le preguntó Medea.
-Nada.
-Bueno, deja de parlotear inmediatamente. Encuentro particularmente irritante el sonido… la señora Hestia le guiñó un ojo desde la puerta.
-¡Piper! ¿No me has oído?
-Perdón. ¿Qué decía?
-Te estaba diciendo -contestó Medea en tono antipático-, que será mejor que te
pongas a trabajar en mi vestido al instante. Si llegamos tarde al baile tú responderás de eso mañana.
-Sí, por supuesto -se apresuró a decir Piper.
Enterró la aguja en la tela y comenzó a coser, pero su mente seguía puesta en la señora Hestia.
¿Un guiño?
¿Qué demonios significaba ese guiño?
Tres horas después, Piper estaba en las gradas de la puerta principal de la casa
Penwood mirando cómo Medea, Quione y luego Posy cogían una a una la mano del lacayo y subían al coche. Le hizo un gesto de despedida a Posy, que se lo correspondió, y luego se quedó observando el coche avanzar por la calle hasta desaparecer en la esquina. La mansión Grace, donde se celebraría el baile de máscaras, estaba a sólo seis manzanas de distancia, pero Medea habría insistido en hacer el trayecto en coche aunque la casa hubiera estado al lado.
Era importante hacer una grandiosa entrada, después de todo.
Exhalando un suspiro, subió la escalinata para entrar en la casa. Por lo menos, con la
emoción del momento, Medea había olvidado dejarle una lista de tareas para hacer durante su ausencia. Una noche libre era un verdadero lujo; tal vez releería una novela. O tal vez podría encontrar la edición de Iris de ese día. Le pareció recordar haber visto a Quione entrar con la hoja en su habitación esa tarde.
Pero en el preciso instante en que entró por la puerta, se materia lizó la señora Hestia,
como salida de ninguna parte, y le cogió el brazo.
-¡No hay tiempo que perder! -le dijo.
Piper la miró como si hubiera perdido el juicio.
-¿Cómo ha dicho?
La señora Hestia le tironeó la manga por el codo.
-Ven conmigo.
Piper se dejó llevar los tres tramos de escalera hasta su habitación, un diminuto cuarto
metido bajo el alero. La señora Hestia actuaba de modo muy peculiar, pero ella le dio el
gusto y la siguió. El ama de llaves siempre la trataba con excepcional amabilidad, aun cuando
estaba claro que Medea desaprobaba eso.
-Tienes que desvestirte -le dijo la señora Hestia al coger el pomo de la puerta.
-¿Qué?
-Tenemos que darnos prisa.
-Pero, señora Hestia... -se le cortó la voz y se quedó mirando boquiabierta la escena
que tenía lugar en su dormitorio.
En el centro había una bañera, humeante del vapor de agua caliente, y las tres criadas
estaban ocupadísimas alrededor. Una estaba vaciando un cubo de agua caliente en la bañera, otra estaba tratando de abrir la cerradura de un arcón de aspecto misterioso, y la otra sostenía una toalla, diciendo:
-¡Deprisa! ¡Deprisa!
Piper las miró a todas, desconcertada.
-¿Qué pasa?
La señora Hestia se giró a mirarla y sonrió de oreja a oreja.
-Tú, señorita Piper McLean, vas a ir al baile de máscaras.
Una hora después, Piper estaba transformada. El arcón contenía vestidos de la difunta
madre del conde. Todos eran anticuados, de cincuenta años atrás, pero eso no importaba. Era un baile de máscaras; nadie esperaba que los trajes fueran de la última moda.
Al fondo del arcón habían encontrado un precioso vestido de brillante seda color plata,
con un ceñido corpiño con incrustaciones de perla y el tipo de falda acampanada sobre enaguas que fuera tan popular el siglo anterior. Piper se sintió como una princesa con sólo tocarlo.
Tenía un cierto olor rancio por haber estado años en el arcón, y una de las criadas lo sacudió para airearlo y lo roció con un poco de agua de rosas.
La habían bañado, perfumado y peinado, e incluso una de las criadas le aplicó un poco
de pintalabios.
-No se lo diga a la señorita Quione -le susurró mientras se lo aplicaba-. Lo cogí de su
colección.
-Ooooh, mirad -exclamó la señora Hestia-. Encontré unos guantes a juego.
Piper levantó la vista y la vio sosteniendo un par de guantes largos hasta el codo
-Mire -dijo, cogiendo uno de los guantes y examinándolo-. El blasón Penwood. Y lleva
un monograma, justo en el borde.
La señora Hestia le dio la vuelta al que tenía en la mano.
-"S", "L", "S". Sara Louisa Gunningworth. Tu abuela.
Piper la miró sorprendida. La señora Hestia nunca se había referido al conde como a
su padre. Jamás nadie en Penwood Park había reconocido con palabras sus lazos sanguíneos con la familia Gunningworth.
-Bueno, pues, es tu abuela -afirmó la señora Hestia-. Todos hemos bailado en torno al
tema durante mucho tiempo. Es un crimen que a Quione y a Posy se las trate como a las hijas
de la casa y que tú, la verdadera hija del conde, tengas que barrer y servir como una criada.
Las tres criadas asintieron, expresando su acuerdo.
-Por una vez -continuó la señora Hestia-, por una sola noche, serás tú la reina del
baile.
Sonriendo, hizo girar a Piper hasta dejarla de frente ante el espejo.
Piper retuvo el aliento.
-¿Esa soy yo?
La señora Hestia asintió, con los ojos sospechosamente brillantes.
-Estás preciosa, cariño -susurró.
Piper levantó lentamente una mano para tocarse el pelo.
-¡No lo chafes! -gritó una de las criadas.
-No lo chafaré -prometió Piper, con los labios temblorosos al sonreír, a la vez que
trataba de impedir que le saliera una lágrima. Le habían puesto un toque de brillantes polvos en
el pelo, por lo que toda ella brillaba como una princesa de cuento de hadas. Le habían recogido los rizos castaño oscuro en lo alto de la cabeza, en una especie de moño suelto, dejando caer una gruesa guedeja a lo largo del cuello. Su ojos, antes verde musgo con los años se habían vuelto cambiantes como caleidoscopios, es decir, cambiaban de color, constantemente, y ahora brillaban con la más pura alegría.
Aunque ella sospechó que el brillo tenía más que ver con las lágrimas no derramadas
que con cualquier otra cosa.
-Ésta es tu máscara -dijo enérgicamente la señora Hestia. Era un antifaz, del tipo que
se ata atrás, por lo que Piper no tendría que ocupar una mano en sostenerlo-. Ahora sólo nos
falta un par de zapatos.
Piper miró pesarosa sus zapatos de trabajo, prácticos y feos, que estaban en un rincón.
-No tengo nada adecuado para estas elegancias -dijo.
La criada que le había pintado los labios levantó un par de delicados zapatos blancos.
-Del ropero de Quione -declaró.
Piper metió el pie derecho en el zapato correspondiente y lo sacó con la misma
rapidez.
-Demasiado grande -dijo, mirando a la señora Hestia-. No podría caminar con ellos.
-Ve a buscar un par en el ropero de Posy -dijo la señora Gibbons a la criada.
-Son más grandes aún -repuso Piper-. Lo sé. He limpiado muchas marcas de rozaduras
en ellos.
La señora Hestia exhaló un largo suspiro.
-No hay nada que hacer ahí, entonces. Tendremos que asaltar la colección de Medea.
Piper se estremeció. La idea de caminar a cualquier parte con los pies metidos en
zapatos de Medea le producía repelús. Pero era eso o ir descalza, y no creía que los pies
descalzos fueran aceptables en un elegante baile de máscaras de Londres.
A los pocos minutos volvió la criada con un par de zapatos de satén blanco, cosidos con
hilo de plata y adornados con unas preciosas rosetas de diamantes falsos.
Piper seguía sintiendo aprensión por usar zapatos de Medea, pero de todos modos
se puso uno. Le calzaban a la perfección.
-Y son a juego también -dijo una de las criadas señalando las puntadas en hilo de
plata-. Como si estuvieran hechos para el vestido.
-No tenemos tiempo para admirar zapatos -dijo repentinamente la señora Hestia -.
Ahora escucha atentamente las instrucciones. El cochero ha vuelto de ir a dejar a la condesa y las niñas, y te llevará a la casa Grace. Pero tiene que estar esperando fuera cuando ellas deseen marcharse, lo cual significa que tienes que salir de ahí a medianoche, y ni un solo segundo más tarde. ¿Entiendes?
Piper asintió y miró el reloj de la pared. Eran algo pasadas las nueve, lo que significaba que podría permanecer más de dos horas en el baile.
-Gracias -susurró-. Oh, muchísimas gracias.
La señora Hestia se limpió las lágrimas con un pañuelo.
-Tú pásalo bien, cariño. Eso es el el único agradecimiento que necesito.
Piper volvió a mirar el reloj. Dos horas.
Dos horas que tendría que hacer durar toda una vida.
