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El príncipe sonrió burlonamente mientras se llevaban a cabo las presentaciones. Su mirada, de imperturbable insolencia, recorría los pequeños
rizos azabaches que rodeaban el rostro de kagome. Bajó luego a las suaves curvas de sus pechos apenas reveladas por el vestido de muselina blanca con cinta de color esmeralda, uno de los vestidos viejos de Kikyo con mangas abombadas y falda con media cola. La dulce simetría de sus formas no afectó al Príncipe, aunque pareció encantado con el leve temblor de las manos de Kagome, embutidas en guantes blancos de encaje que le llegaba hasta los hombros.
-¿Baila usted el vals, señorita? -inquirió el príncipe con un tono que hizo rechinar los dientes a Kagome.
La joven miró de reojo a su tía, que negó con un vigoroso meneo de cabeza.
-Lamento, alteza...
-Tonterías -exclamo la anfitriona-. ¿No la he visto bailando esta noche con mi hijo?
La señora de Buys intervino con tono irritado. -Vamos, Kaede, si mi sobrina no lo desea, no deberían acosarla.
-El, mi querido. De todas las jóvenes que hay aquí, estaba segura de que ella sería la que con menos probabilidad se volvería torpe a consecuencia de la timidez. ¡Qué vergüenza rechazar a un Príncipe! Su petición ha de ser tomada por una orden real.
-Nosotros no somos súbditos suyos -objetó madame de Buys.
-¡Pero es nuestro invitado!
-No tiene importancia -intervino el Príncipe con un destello de desafío en sus ojos dorados al posarse sobre Kagome-. Si la señorita tiene miedo, no hay más que hablar.
La irritación hizo subir el color a las mejillas de Kagome.
-En absoluto -dijo.
-En ese caso... -El príncipe ofreció su brazo al tiempo que los músicos comenzaban a tocar.
¿Qué otra elección tenía Kagome? Todos los presentes los miraban con interés. Además, ¿no levantaría más las sospechas del príncipe si se
mostraba hostil? Con una expresión de inquieta altanería en el rostro, Kagome se dirigió a la pista de baile acompañada del Príncipe.
Bajo la manga en la que Kagome depositó los dedos había músculos y tendones tensos y duros. La espada que colgaba al costado con hermosas
cadenas era algo más que un juguete enjoyado. Cuando iniciaron la danza, Kagome descubrió que el príncipe era capaz de mantener apartada la espalda oscilante para evitar que se interpusiera entre ambos. Dieron la vuelta a la sala completamente solos. Tuvo una experiencia insoportable, puesto que el hombre que la sujetaba mantenía la vista fija en su rostro. Kagome no recordaba haber sido jamás tan consciente de la mano de un hombre sobre su cintura, ni del roce del muslo contra el suyo en los giros, ni de la mera proximidad masculina en el baile.
-Kagome -dijo el Príncipe con voz profunda, saboreando cada una de las sílabas-. Ese nombre hace juego con su pose de inocencia pálida y ultrajada de esta noche, pero en mi palacio la conocían como Kikyo.
Kagome se puso rígida y alzo los párpados para enfrentarse con la mirada del Príncipe.
-¿Cómo dice?
-La felicito, lo ha hecho muy bien, pero no tengo tiempo ni ganas para resolver adivinanzas. Tengo que hablar con usted.
-Creo, alteza, que ha cometido un error -dijo ella, frunciendo el entrecejo-. Yo no soy...
-¿Creía que no iba a reconocerla? No nos han presentado nunca, es cierto, pero la he visto en compañía de mi hermano, cabalgando sola por la avenida o sentada en el teatro varias veces..
-Al parecer habla usted de mi prima Kikyo, alteza. Dicen que me parezco mucho a ella, de lejos, pero le aseguro que yo soy Kagome Higurashi.
¿Por que no había previsto esa posibilidad? De niñas, ella y Kikyo parecían mellizas. Kagome se había ido a vivir con su tía, la esposa del hermano de su madre, cuando unas fiebres la habían privado de sus padres. Al hacerse mayor, los cabellos de Kikyo habían adquirido un tinte más vivo y sus maneras se habían vuelto más audaces. Algunos decían que Kagome parecía la imagen especular de Kikyo en una habitación en penumbra, con los cabellos de un tono mas azulados y el zafiros de los ojos oscurecido por una espesa hilera de pestañas. Durante la ausencia de su prima, habían cesado las frecuentes comparaciones y Kagome suponía que la semejanza había disminuido con la edad. Después de ver a su prima al cabo de los años, su opinión le pareció confirmada.
La mano del príncipe apretó la de Kagome con tanta fuerza que las costuras del guante se hicieron en los dedos.
-La paciencia no es una de mis virtudes. Como decida llamarse no es cosa mía. Lo que me interesa es lo que sabe usted acerca de la muerte de mí hermano. ¡Y juro sobre las tumbas cubiertas de musgo de mis antepasados que no toleraré una negativa!
La vehemencia del tono, aunque hablaba en voz baja, la extraña elección y cadencia de las palabras del príncipe, hicieron estremecer a Kagome, que de repente sintió compasión por su prima. En cuanto a ella misma, la frustración al ver que él no quería prestarle atención, y mucho menos creer en lo que ella decía, le provocó una ira creciente.
-Lamento la muerte de su hermano, pero eso no tiene nada que ver conmigo.
El príncipe tardo un momento en contestar, lapso en el que su rostro se volvió de hierro y la luz de sus ojos se hizo más brillante. Cerró más su brazo en torno a la cintura de Kagome, de tal modo que la acercó más a él, mucho más de lo que permitía el decoro. Sus labios llegaron a rozar la sien de Kagome cuando habló con un siseo curioso.
-¿Tiene usted idea del peligro que corre? Yo no soy Inuyasha, que era todo etiqueta envarada y buena educación. Yo he seguido mi propio camino y algunos dicen que me conducirá a la condenación eterna. Puede estar segura de que la arrastraré conmigo, desnuda y sin dignidad, si es necesario para mi propósito.
Con un jadeo de sorpresa, Kagome intento apartarse de él, pero la garra que la sujetaba era de acero. Kagome le lanzo una rápida mirada y vio que le sonreía. Recordó entonces repentinamente una carta que Kikyo había enviado meses atrás. Creyendo que un día se convertiría en esposa de Inuyasha, Kikyo se había interesado por su familia y el país en el que habría de vivir,asimismo por sus inquietudes. En aquella época se debían a la escandalosa conducta del hermano de Inuyasha, un noble que hacía alarde de sus vulgares amantes en el extranjero, que disfrutaba con la compañía de ladrones y gitanos, que había matado a varios hombres en duelo y que pocas veces estaba totalmente sobrio. Su vida disoluta por toda Europa era motivo de desesperación para su hermano y de ira para su padre, el rey. Aquel hombre, Sesshomaru, que al parecer no pensaba más que en el placer y la excitación, era una desgracia para su familia y su país. Aun así, debido a su arrolladora personalidad, a su increíble audacia que despreciaba el peligro y al frenético y dulce lirismo con que se expresaba, cercano a la poesía, gozaba de la lealtad de sus partidarios y del cariño de sus compatriotas. Lo aclamaban allí donde acudiese, le llamaban el Lobo Dorado por un símbolo que llevaba en los brazos, algo que tenía que ver con un abuelo ruso, al menos eso creía Kikyo, aunque, por lo que ella había oído decir de aquel hombre, no veía razón por la que nadie hubiera de sentir simpatía alguna por él. Lo peor de todo era que la popularidad del príncipe Sesshomaru era mucho mayor que la de su hermano Inuyasha, e incluso que la del rey.
La pista de baile se llenó. Varios de los guardas personales del príncipe habían convencido a las madres de las señoritas de que permitieran bailar a sus hijas. kagome se vio rodeada de uniformes blancos, que constituían una muralla entre ella y los demás invitados, una cortina que impedía que los demás pudieran ver con precisión el modo en que estaba siendo tratada. Kagome lanzó una mirada de impotencia hacia donde se hallaba sentada su tía. La señora de Buys tenía el entrecejo fruncido y los labios apretados; sus ojillos negros la condenaban con dureza. En ese momento, el hombro de un joven de cabellos oscuros que reía bloqueó su visión.
Kagome respiró hondo. En las profundidades de sus ojos hubo un destello de fuego.
-Ya le he dicho que yo no sé nada. ¡El hecho de que no me crea no le da derecho a insultarme con vulgares amenazas!
-No era una amenaza, sino una promesa. -Que difícilmente podrá cumplir aquí, en público, en una casa particular.
-Seria fatídico para usted -susurró el príncipe que pusiera demasiada fe en esa creencia.
Se mostraba tan seguro de sí y de su capacidad para controlar la situación que Kagome ardió en deseos de burlarse de él. El príncipe contempló con expresión irónica el modo en que el pecho de Kagome subía y bajaba rápidamente y el color rosado que había tenido sus mejillas.
-Ahora que nos empezamos a comprender tal vez me dirá exactamente como murió mi hermano.
-¡No puedo decirle nada, porque no sé nada! ¿Cómo puedo convencerle de que nunca estuve allí?
-La vieron abandonando la casa apenas pasadas las dos de la madrugada, varias horas después de que dispararan a mi hermano en su cama.
Se encontraron varios cabellos largos y azabache entre las ropas de la cama, además de una camisola bordada de seda verde que identificaron como suya. Usted estaba allí.
Kagome perdió el paso y el equilibrio y tropezó con el príncipe. Este la apretó contra la dureza de los fríos botones y ornamentos de su pecho, que se clavaron en ella. Kagome se retorció, tratando de apartarse de él apresuradamente, bajó los párpados y ocultó su turbación.
-Se ha cometido una terrible equivocación.
-Si, la cometió Inuyasha cuando le permitió a usted regresar por última vez después de haberle pagado para que se fuera. Admito que ahora, al verla de cerca, su debilidad de carácter me resulta más comprensible.
El sentido de sus palabras era bien evidente. Kikyo había sido amante de Inuyasha. A Kagome le hubiera gustado dudarlo, pero todo encajaba demasiado bien, explicaba la reticencia de las cartas de Kikyo hacia el final y su pérdida del interés por el bienestar de Rutenia, así como cierto cinismo que Kagome había percibido al tratar con ella en aquellos dos últimos días y las extrañas miradas quehabía interceptado entre su prima y su tía.
-¿Angustioso, no es cierto, que lo descubran a uno?
-Si estoy angustiada -dijo Kagome con tono irritado- es porque me ha revelado algo de Kikyo que hubiera preferido no saber.
Sobre el rostro del príncipe se extendió una expresión glacial.
-¡Basta ya, señorita! -masculló-. O coopera conmigo o...
-Por supuesto -aceptó ella, y lanzó una furiosa bravata-: ¿Quiere que hablemos sobre quién podía querer a su hermano muerto? ¿Quiere que consideremos, alteza real, a quién podía beneficiar más su muerte? ¿Quién tenía algo que ganar, riqueza, honores, una alta posición?
Su voz sé hacia oír. Con el rabillo del ojo, Kagome vio que uno de los hombres del príncipe (el fornido, con el pelo verde agua y una cicatriz en forma de media luna que daba un peculiar aspecto a su boca) los miraba sorprendido. El cambio en el hombre que la sujetaba también fue perceptible y, sin embargo, Kagome sintió un miedo repentino que no había experimentado hasta entonces.
-Creo que después de todo será mejor una entrevista privada -dijo él, arrastrando las palabras. -No le serviría de nada, aun cuando yo consintiera en ello, ¡cosa que no haré!
-Para los audaces, el consentimiento de una mujer es innecesario.
En la mandíbula del Príncipe se tensaron los músculos y un brillo de acero apareció en sus ojos dorados.
-No se atrevería, no se atrevería...
-¿No? No hay medio, por sucio o deshonroso que sea, señorita, que no utilizara yo para hallar al asesino de mi hermano y demostrar que no
fue un suicidio, o para absolverme a los ojos de mi padre y de mi pueblo del cargo que usted ha insinuado tan delicadamente.
La música se hizo más lenta, el baile tocaba a su fin. El príncipe había aflojado su abrazo, puesto que Kagome ya no se debatía, permitiéndole ampliar decorosamente la distancia entre ellos. No obstante, Kagome notaba la tensión, como si él sujetara una hoja templada, doblada por la mitad. También vibraba en ella, en un leve temblor de los dedos que sostenía el príncipe entre los suyos. Kagome no sabía que haría el príncipe cuando cesara la música, ni quería adivinarlo. Cuando se desvaneció la última nota del vals, se soltó y dio media vuelta para huir.
Hasta aquí en nuevo capítulo, espero que sea de su agrado.
Cesia843: Gracias por tus palabras.. claro que lo continuare hasta el final, (quien mejor que yo, sabe la frustración que tiene una cuando no continúan un fic que te gusta). Y si yo también amo el Sesshome.
