CAPÍTULO SEGUNDO
1
La mujer observó el horizonte desde la cofa del palo mayor: el mar, inmenso y reposado, con su oleaje a penas perceptible y su agradable brisilla; a lo lejos, se dibujaba el contorno de una ínsula muy particular, Paradise. Mikasa esbozó una leve sonrisa. Muchas veces había sentido morriña y, en los últimos días, había pensado mucho en aquel lugar que la vio crecer y pelear.
Y ahora la vería regresar.
2
Cuando bajó del coche de punto, Eren, que había salido de la nada, se lanzó a abrazarla. El gesto le resultó muy extraño, pero lo correspondió. Habían pasado casi cinco años desde que lo vio por última vez. Qué efusividad, pensó. No dejaba de sentirse perpleja. El Eren Jaeger que recordaba jamás abrazaría a nadie de aquel modo.
—Recibí tu carta —susurró.
Se separaron y Mikasa lo miró; no se había cortado el pelo en mucho tiempo, pero su barba sí que parecía cuidada. Lo que más resaltaba eran sus ojos, un par de aguamarinas, que, cuando no tenía las cejas fruncidas, se veían vastos y profundos. Se miraron el uno al otro; el mar contra la luna. Un arrebol coloreó la cara del teniente, que torció la boca y desvío la mirada.
—Ah, ¿sí...? —dudó él. Le daba vergüenza, y Mikasa lo notó.
—Así es —asintió—. Me alegro de verte, Eren.
Mikasa le acarició una mejilla y le plantó un beso en la otra. Le hizo cosquillas con la barba. Mantuvo la boca presionada durante un instante que pareció una eternidad, y así, contra su piel, recordó por todo lo que habían tenido que pasar en sus vidas, los años ominosos transcurridos para llegar a algo tan sencillo como dos viejos amigos que se reencuentran en una concurrida calle, en un mundo pacífico. Cuando retiró los labios, Eren le besó la mano con la que lo había acariciado y se volvieron a mirar, cerca, deleitándose con la visión del otro, como el que no ha visto la luz en mucho tiempo y renace en cada destello. Hubo una chispa de electricidad.
Entonces, volvieron a abrazarse, con calma.
—Te he echado de menos —admitió Eren; su tono era bajo, parecía contar un secreto.
Deslizando las manos por la ancha espalda masculina, ella recordó la carta que había recibido. Se había alborotado al ver quién la remitía. ¿Era posible que aquellas palabras salieran de un hombre como Eren Jaeger? La misiva decía así:
«Mikasa;
Te sorprenderá recibir una carta mía, y créeme que estoy yo más sorprendido que tú, pero tenía que preguntarte: ¿Cuándo vas a volver? ¡Llevas casi cinco años fuera! ¡Cinco! Últimamente, me cuesta recordar tu cara, pero dudo que continúe igual que en mi recuerdo: quiero verte ya. Todos queremos verte. Te echo de menos; no paro de pensarlo y a veces lo digo: ¿Volverás? Armin asegura que lo harás, y quiero creerle (porque él casi siempre tiene razón), pero, por favor, trata de comprender mi inquietud: nos conocemos desde hace muchos años, hemos crecido juntos y, ahora que no nos hemos visto en un lustro, tu ausencia se me hace pesada, pues nunca nos separábamos y, si alguna vez nos hemos separado, nunca ha sido tanto tiempo.Espero que mis palabras guíen tu actuar y decidas volver a casa.
—Eren Jaeger, teniente de la Legión de Reconocimiento».
Una voz mencionó el nombre de la mujer. Entonces se alejaron, pero se comieron la distancia con los ojos, en un observar recíproco.
—¿Mikasa, eres tú? ¡Dichosos los ojos! —exclamó alegremente Connei. Le dio una palmada en la espalda a Eren—. Ahora entiendo por qué este cabrón ha echado a correr. ¡Qué gusto verte!
Ella le sonrió. Connei seguía siendo tan vivaracho como siempre, además de bajito.
—Pues nada, vamos al cuartel —continuó Springer—. Los demás querrán verte y tienes que ponerte al día, que no se te ha visto el pelo en cinco años, mujer. Ya te lo habrás pasado bien por el Este, ¿eh? Seguro que tienes muchas cosas interesantes que contar.
3
La casa cuartel de Shigansina era enorme y, en lo alto, ondeaba la bandera con las alas de la libertad. Cuando llegaron, inmediatamente se dirigieron al despacho de la comandante Zoe, que charlaba con Jean. Los dos abrieron los ojos de par en par al verla.
—Bienvenida, Mikasa —dijo Hanji—. Realmente es un placer volver a tenerte por aquí; soldados como tú siempre son necesarios, incluso en los tiempos de paz.
—Vuelvo a estar a disposición de la Legión de Reconocimiento, comandante. —Realizó el saludo militar y Hanji sonrió—. Volveré a pasar por el cuerpo de reclutas, como me corresponde.
El capitán Kirstein rodeó el escritorio y se plantó ante ella.
—Aunque abandonaras la Legión, no tienes que volver a pasar por el cuerpo de reclutas. Mikasa, eres una heroína de guerra, la soldado que vale más que cien hombres; para nosotros es todo un honor tenerte entre nuestras filas. —Jean le puso las manos en los hombros—. Te desempeñarás como teniente y se te asignará un escuadrón. Por supuesto, tendrás una habitación en el ala de los oficiales.
Jean era alto y esbelto, envuelto en prestancia. Ya no se ponía colorado ni tartamudeaba cuando hablaba con ella. Sus ojos avellana tenían un brillo particular. Le recordó al difunto Erwin Smith. No le extrañaba que ocupara un cargo tan elevado en la Legión, pues siempre había tenido dotes de liderazgo. ¡Qué irónico! Si bien, en un principio, un jovencísimo cadete Kirstein, arrogante y un tanto camorrista, deseaba unirse a la Policía Militar, ahora estaba destinado a comandar a aquellos que una vez tachó de lunáticos y suicidas.
—El honor es mío, capitán.
Los labios de Jean se curvaron en una sonrisa.
—Bueno, Mikasa, tendrás que firmar unos papeles —informó—. Teniente Jaeger, vaya a ver cómo van los novatos. Sargento Springer, prepare la alcoba de la teniente Ackerman —ordenó.
—Y Springer, avisa a Levi de que Mikasa está de vuelta —añadió la comandante.
—Sí, señora.
Los dos abandonaron la estancia.
4
—Pss, odio cuando ese cara de caballo se comporta como un capitán capullo —despotricó Connei—. Y encima tengo que ir a hablar con Levi... ¡Con Levi! Que últimamente está de muy malhumor. Ese carcamal... Se ve que la edad lo ha vuelto un cascarrabias. Bueno, más cascarrabias de lo que era. Eh, Eren, ¿por qué no me encargo yo de los novatos y tú de nuestro queridísimo subcomandante?
—Va a ser que no.
—¡Jooo!
Eren tenía el ceño fruncido.
—Por cierto, ¿has visto los ojos que le ha echado Jean a Mikasa? Tío, si se la ha comido con la mirada.
—¿Eso crees? —inquirió Eren, y su ceño se frunció todavía más.
—¡Pues claro! Y no me extraña, porque es una mujer muy guapa y los años le han sentado muy bien, ¿a que sí?
Eren pensó en sus facciones finas, en sus ojos platas y en su pelo negro. Se tocó la mejilla que ella le había besado.
—Sí...
