Capítulo I. La Rosa de los Llanos
Aquella noche Hinata permaneció muchas horas inmóvil, a la luz de la lámpara que Doña Hana había traído consigo. Las sombras borraron el color de las flores y el perfil de las matas, destacándose solas contra el cielo las ruinas de la casa vecina. Había sido una casa de dos pisos y las vigas rotas del alto apuntaban por sobre de las ramas de los árboles como extrañas quillas de barcos náufragos. Una casa muerta, entre mil casas muertas, mascullando el mensaje desesperado de una época desaparecida.
Todos en el pueblo hablaban de esa época. Los abuelos que la habían vivido, los padres que presenciaron su hundimiento, los hijos levantados entre relatos y añoranzas. Nunca, en ningún sitio, se vivió del pasado como en aquel pueblo del Llano. Hacia adelante no esperaban sino la fiebre, la muerte y el gamelote del cementerio. Hacia atrás era diferente. Los jóvenes de ojos hundidos y piernas llagadas envidiaban a los viejos el haber sido realmente jóvenes alguna vez.
Hinata había prestado siempre más atención que nadie a aquellas historias de un ayer alucinante. Cuando niña no empleó su imaginación en crear un mundo donde las muñecas son seres vivos, la tortuguita un ogro y el arrendajo un príncipe que espanta a las brujas con su canción. Eso quedaba para su hermana Hanabi que se ponía a llorar cuando a Miyuki, la muñeca, le daba calentura. Pero Hinata prefería reconstruir a Ortiz, levantar los muros derruidos, resucitar a los muertos, poblar las casas deshabitadas y celebrar grandes bailes en «La Nuñera», con orquesta de siete músicos y farolitos de papel pintado.
Y como a todos los viejos les deleitaba hablar del pasado, como ya no vivían sino para hablar del pasado, a Hinata le resultaba faena sencilla recoger evocaciones aquí y allá -un personaje, un decorado, un episodio, una canción- para reedificar con ellas una imagen viva de la ciudad muerta. Tsunade la de la casa parroquial, la señorita Kurenai la maestra de escuela, el descreído señor Orochimaru, hasta Jiraiya el de la bodega, tan gruñón y tan de pocas palabras, todos murmuraban más o menos lo mismo al ver asomar a Hinata:
-Ya viene esa muchachita con su curiosidad y su preguntadera.
Pero no les desagradaba, naturalmente que no les desagradaba, oírla indagar por las cosas de ayer y mucho menos verla escuchar subyugada cuanto le referían, verdad o mentira, y reír cuando valía la pena hacerlo y enjugarse dos lágrimas cuando era triste lo que había acontecido tantos años atrás. Más aún, si pasaban tres días y Hinata no aparecía en la casa parroquial ni en la bodega, ni en el oscuro caserón del señor Orochimaru, eran los viejos quienes se trasladaban a su casa con cualquier pretexto y la reconvenían:
-¿Has estado enferma, muchacha? -preguntaba Orochimaru.
-¿Te fastidiaste de mis historias? -rezongaba Jiraiya.
-¿No estás enamorada? -insinuaba Tsunade.
Tsunade, la de la casa parroquial, formaba parte indivisible de la iglesia, como el San Rafael que estaba al lado del altar mayor, o como la piedra rústica del bautisterio, o como las flores de papel blanco con lunares de moscas que rendían homenaje a la imagen de la Virgen del Carmen. Tsunade había nacido en una casa cercana al templo, sólido templo de construcción que en construcción quedóse para siempre. Desde muy pequeña había pasado a vivir en la casa parroquial. Primero como niña recogida por la mano caritativa del Padre Hashirama, para ir a los mandados y regar las matas del patio; luego, con el padre Ohnoki, como empleada para todos los oficios, cocinar, lavar, aplanchar, barrer la casa y cuidar de la iglesia; ahora, con el padre Sarutobi, como disponedora de todas las cosas prácticas, suerte de ama de llaves, archivo de las vidas y de las muertes de todos los habitantes del pueblo. De los tres curas para quienes había servido, mucho más de los dos primeros que del último, hablaba Tsunade sin parar cuando Hinata acudía a visitarla. Había tenido Ortiz otros curas, había trabajado también Tsunade para ellos, pero jamás desfilaron por sus evocaciones ni mencionaba sus nombres.
-No ha pasado por este pueblo un hombre más inteligente, ni más bueno, ni más sabio que el Padre Hashirama -decía-. Era un santo y era testarudo como todos los santos. No quiso nunca nacionalizarse venezolano porque le parecía que dejar de ser italiano era renegar de algo que había nacido con él. Y el padre Hashirama nunca renegó de nada. Aunque sabía que nacionalizarse venezolano, con todo lo que él tenía por dentro, significaba llegar a ser obispo...
Y comenzaba a narrar las fiestas religiosas que el padre Hashirama organizaba, justamente cuanto Hinata deseaba porque al conjuro de ese relato se iba levantando Ortiz de sus escombros.
-¡Qué procesiones, mi hijita, qué procesiones! Para la Semana Santa venía gente desde muy lejos, desde Calabozo, desde La Pascua, sin contar los de Parapara, San Sebastián y El Sombrero que se la pasaban metidos aquí. Figúrate que Ortiz tenía dos parroquias y dos jefes civiles y dos curas. Y el Viernes Santo se desprendía la Virgen de los Dolores desde Santa Rosa, tomaba después por la calle real, iba hasta Las Mercedes y volvía a Santa Rosa por otras calles, acompañando al Santo Sepulcro, al paso de una música triste de tambor y flauta, seguida por una colmena de mujeres con velas encendidas, hombres de liquiliqui y muchachos haciendo travesuras...
Era poblar las ruinas. El Padre Hashirama, con el musical acento italiano, derramaba un sermón elocuente desde el púlpito de Santa Rosa y prometía, después de hacer llorar a sus feligreses con la pasión de Cristo, convertir aquella iglesia en una de las más bellas de la provincia venezolana. Los altares estallaban de flores cortadas en los jardines de Ortiz y la Virgen del Carmen no se resignaba a las flores blancas de papel con lunares de moscas sino que al pie de su imagen terminaban de abrirse las mejores rosas del pueblo. Damas de crinolina y trajes de encajo susurraban una oración o escondían una sonrisa detrás del abanico de marfil. Hinata guardaba una fotografía de la abuela, que el sepia del tiempo hacía más evocadora, ensayando un paso de minuet. ¡Minuet en Ortiz, Santo Dios!
Pero luego Tsunade dejaba de hablar del Padre Hashirama y comenzaba Ortiz a derrumbarse. Llegó la fiebre amarilla poco tiempo después. En seguida aparecieron el paludismo, la hematuria, el hambre y la úlcera. Se esfumaron los airosos contornos del Padre Hashirama. La espléndida iglesia quedó a medio construir, desnudos los ladrillos de las paredes, arcos sin puertas, ventanas sin hojas.
-Vinieron muchos curas, mi hijita, pero ninguno soportó esto. Hasta que un Domingo de Ramos, montado en un burro como Jesús, llegó el padre Ohnoki y se quedó con nosotros. Ése sí era otro hombre. Muy distinto al padre Hashirama, es verdad, pero otro hombre. ¡Dios lo haya perdonado!
Y sonreía siempre al nombrarlo. Porque el padre Ohnoki no había tenido ni la prestancia, ni la cultura, ni la elocuencia, ni el abolengo del padre Hashirama. Era simplemente un hombre del pueblo con una sotana encima y el hormigueo del corazón por dentro.
-Hasta tomaba aguardiente -refunfuñaba Tsunade-. Cuando yo le reclamaba, me respondía que lo hacía para espantar las enfermedades, que el alcohol era un gran desinfectante, que su olor auyentaba a los mosquitos malignos. Pero la verdad, mi hijita, era que tomaba porque le gustaba mucho.
Fue realmente un gran bebedor el padre Ohnoki. Jiraiya, el de la bodega, le despachaba la primera yerbabuena -«Dame mi yerbabuenita, Jiraiya...»- cuando apenas había concluido sus oraciones matinales. Y entre yerbabuena y yerbabuena se le pasaban las horas del día y algunas de las de la noche. A la casa parroquial lo trajeron en vilo uno que otro sábado, cuando la yerbabuena podía más que él.
-Pero era muy bueno, mi hijita. No hubo casa con calentura o con hambre, aquí en Ortiz o en las afueras, donde no se apareciera el padre Ohnoki, con sus tragos encima, dispuesto a dar lo que tuviera. Primero daba lo suyo y después lo de la Virgen del Carmen y lo del templo, y lo que le cayera en la mano. Decía que la Virgen no necesitaba velas, ni la iglesia que la terminaran, ni Santa Rosa procesión, mientras se estuvieran muriendo como moscas los prójimos. Y sacaba lo poco que caía en los cepillos de los santos para comprar quinina y leche condensada. ¡Dios lo haya perdonado!
Además, la gracia llanera del padre Ohnoki no se dejó desmantelar por el turbión de desgracias. Su buen humor, agudizado por el espíritu de las yerbabuenas, logró sobrevivir no obstante que sobre sus débiles espaldas se derrumbó la ciudad y hubo tres días de recitar siete «De profundis» en el cementerio.
-Una vez -refería Tsunade- estaba diciendo un sermón contra el egoísmo. ¡Ay, mi hijita!, y con la iglesia llena de beatas, delante de las señoritas viejas más decentes de Ortiz, lo terminó de esta manera: «Y esto del egoísmo lo he dicho también por ustedes, que nada le dieron a Dios, ni tampoco le dieron al diablo. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén»... Y se bajó del púlpito. ¡Dios lo haya perdonado!
El señor Orochimaru no veía el pasado de Ortiz a través de sus curas. Por el contrario, con todos ellos había tenido argumentos porque el señor Orochimaru fue federalista en su adolescencia, liberal y crespista luego, masón siempre. Aún ahora, viejo y vacilante como andaba por el estrecho corredor oscuro de Vargas Vila que eran los únicos supervivientes de su biblioteca librepensadora.
A Hinata le placía particularmente la charla del señor Orochimaru porque ninguno como él evocaba el fausto de otros tiempos. Había sido también músico de la banda, porque el Ortiz remoto tuvo banda y el señor Orochimaru tocaba entonces la flauta bajo los robles de la plaza, como también la tocaba en la orquesta que regía los grandes bailes, y la hacía llorar en la procesión de la Dolorosa o estallar de pasodobles en las tardes de toros coleados.
A la casa del señor Orochimaru se le había caído la mitad, no obstante haber sido en su origen una sólida construcción española de dos pisos, vigas de dura fibra, calicanto y ladrillos bien cocidos. Ahora lucía como seccionada por el mandoble de un gigante, como esas casas belgas partidas por los cañones alemanes que Hinata había visto en las postales aliadas de 1917. No es que fuera la casa de Orochimaru porque éste la hubiera comprado o heredado, sino que pasó a ocuparla graciosamente cuando sus dueños la abandonaron y empezaron a poblarla los lagartijos y a espinarla los ñaragatos. A Orochimaru se le nublaron los ojos. En aquella casa había tocado la flauta con toda el alma juvenil aventada en las notas del vals, confundido en la orquesta, mientras Nanami Yamamoto, rubia e hija de godos, educada en Caracas por monjas francesas, apenas se enteró de la existencia de un músico liberal y masón que casi desfallecía mientras tocaba la flauta y la miraba. Al poco tiempo se casó con el General Tekka Uchiha y se marchó para siempre de Ortiz. Pero al pobre Orochimaru le quedó aquel recuerdo, el de una sonrisa que le concedió Nanami, el de una mirada de los insólitos ojos verdes de Nanami, punzándole el corazón con la saña del ñaragato. Por eso ocupó la casa cuando ya nadie quiso habitarla, la limpió de sabandijas y de plantas salvajes y decidió esperar en ella la muerte, solterón y solo, fumando sus tabaquitos de a locha y adivinando su Renan con ojos ya cansinos. Hasta que llegó Hinata a preguntarle por los tiempos viejos.
-Ésta era la capital de Guárico, niña. La ciudad más poblada y más linda del Guárico, la Rosa de los Llanos.
«Sol de los Llanos», por cierto, se llamaba la logia, perteneciente a la Orden de los templarios y el señor Orochimaru, que llegó a ser grado 33, se sentaba entre el Doctor Danzou y Homura Mitokado, para oírlos hablar de la Revolución Francesa o de Thiers y Gambetta. Era una logia pulcra y culta, ceremoniosa y caritativa, digna enemiga de su temible contendor el Padre Hashirama.
El combate entre los Templarios y el Cura paraba en un armisticio todos los años, el 30 de agosto, día de Santa Rosa. Por algo era ella la patrona del pueblo, la más primorosa de todos los pueblos del Llano. Ese día el señor Orochimaru olvidaba su grado 33 para tocar la flauta, montado en el alto coro de la iglesia, mezclando sus notas afiladas con las del bronco corazón del órgano y con la voz de barítono napolitano del Padre Hashirama. Y seguía tocando la flauta luego, señalando el rumbo a las tiernas voces de las Hijas de María, en todo el recorrido de la procesión. Y más tarde, bajo los robles de la plaza; y en el baile de gala hasta la madrugada y aun después del baile acompañando a los arrendajos del amanecer, cuando corría con generosidad el brandy, que todos los años corría.
-Ortiz echaba la casa por la ventana, niña. Y los orticeños nos fajábamos con los coleadores del bajo Guárico, con los Galleros del Calabozo y Zaraza, con los cantadores de Altagracia y Valle de La Pascua. Y en materia de fuegos artificiales, nadie podía con nosotros.
Medio siglo, ¡y qué medio siglo!, no había logrado marchitar el orgullo del señor Orochimaru con respecto a los fuegos artificiales de Ortiz. El amanecer del día de Santa Rosa se anunciaba por el estampido de cohetes y cohetones, más madrugadores aún que las campanas de la iglesia. Apenas concluida la misa, ya estaban allí los triquitraques y los buscapiés, culebrillas rojas serpeando entre los zaguanes, asustando a las beatas con su chisporreteo, enredándose entre las piernas de «La Burriquita». Y al promediar la tarde, cuando Santa Rosa surgía linda y juvenil por el ancho portal de la iglesia, resonaba el trueno gordo de los voladores que ascendían desde Las Topias, Banco Arriba y El Polvero.
-Eran barrios del viejo Ortiz, niña -suspiraba Orochimaru-. No intentes buscarlos ahora porque ni las ruinas quedan. Ahí mismito, tres cuadras más allá de la carretera, donde ahora no se ve sino paja seca y no se oye sino la escapada de las iguanas, se levantaban las casas de Las Topias, Banco Arriba y El Polvero, cuando Ortiz era ciudad...
Pero lo realmente grandioso era la noche. Para la noche de Santa Rosa reservaba el pueblo su atronante homenaje en luz y pólvora a la tierna patrona. Meses enteros pasaban el italiano Cecatto, su mujer y sus hijos, fabricando aquellos surtidores de llama que luego se abrían en la noche llanera. La girándula que daba vueltas enloquecidas y lanzaba chorros de luz en todas direcciones. El árbol de fuego que florecía de candela su ramazón hasta quedar convertido en el boceto otoñal del varillaje. El castillo de fuego que ardía entre estampidos como en una escena fantástica de guerra y vandalaje. El toro de fuego, resoplando llamas por las toscas narices de cartón, monstruo infernal batallando entre la hoguera que lo destruía.
-La última gran fiesta de Ortiz -precisaba el viejo Orochimaru- fue ya hace mucho, cuando Izumo preparaba el continuismo. Kenji Sawada, primo de Izumo, lanzó su candidatura a la presidencia del Guárico y lo festejó con bailes y terneras que hicieron época. En la plaza de Las Mercedes se levantó en siete días, con troncones de madera y piedras del río, un circo de toros. «Los Cimarrones» se llamaban los toreros que vinieron desde Caracas para la corrida. Y corrió el aguardiente como si hubiera sido lluvia del cielo. Y yo toqué la flauta tres días con sus noches. Y ni Izumo pudo reelegirse, ni Kenji Sawada llegó a presidir el Guárico, porque no se lo permitió mi General Joaquín Crespo, de Parapara.
Fueron los últimos destellos de «La Rosa de los Llanos». Ya había pasado la fiebre amarilla pero el paludismo comenzaba a secarle las raíces a la ciudad llanera. Sin embargo, bajo la presidencia de Crespo, parapareño que es casi como decir orticeño, vivió Ortiz horas de fugaz esplendor, debatiéndose contra un destino que estaba ya trazado. El doctor Núñez, secretario General de Crespo, había nacido en el propio Ortiz. En su casa, «La Nuñera», se celebraron grandes banquetes a los cuales asistió Crespo en persona en más de una ocasión. Orochimaru recordaba al caudillo llanero, montado entre los tranqueros de la calle real. (N/A: Habrán uno que otro personaje de la historia de Venezuela, así que no se extrañen al ver nombres comunes y no de los personajes de Naruto)
-Y desde que lo mataron -concluía Orochimaru- hubo que borrar del lenguaje venezolano la palabra «caudillo»...
En otras ocasiones el señor Orochimaru se desviaba de los acontecimientos de proyección histórica, del acampar de guerrillas famélicas en las calles de Ortiz, de la descripción de festejos y ceremonias, para referir retazos de vidas de gentes de la región. Los héroes de esos relatos estaban todos muertos y sepultados, no en el humilde cementerio nuevo de tumbas encaladas sino en el viejo y lujoso camposanto cuyos altivos túmulos abandonados podían verse aún, asomados entre cujíes y chaparrales, si se caminaba un buen trecho desde la iglesia de Santa Rosa, rumbo al noroeste.
-Cuénteme la historia de Izuna Uchiha -le pedía Hinata una noche.
-Pero niña -rezongaba Orochimaru complacido-. ¿Otra vez? Si ya te la debes saber de memoria.
Hinata esbozaba un ademán de protesta que sabía innecesario porque ya Orochimaru se disponía a reiniciar aquel relato tan propicio a las noches sin luna, cuando las pocas luces del pueblo adquirían un brillo blanquecino y emanaba una tristeza recóndita de las casas caídas.
Izuna Uchiha era un muchacho de Ortiz -Narraba Orochimaru- buen jinete y buen gallero, que llevaba amores clandestinos con la esposa del hacendado Kabuto Yakushi... Cuando el marido ensillaba la mula y tomaba la trocha que conducía a la hacienda, Rondón la esperaba en la otra orilla del río, a la sombra de un bosque que la estación de lluvias salpicaba de pascuas moradas. Hasta que una vecina -contaba Orochimaru-, extrañada por aquellos paseos de la señora, le fue con el cuento a Kabuto. Y el marido, ya en sospechas, anunció un viaje largo de cinco días, se despidió de su mujer con el más tierno abrazo y, en la mula bien provista de bastimento, salió por el camino real que iba a La Villa.
Los amantes decidieron encontrarse esa noche en la casa de ella. Era justamente su más hondo deseo, besarse entre cuatro paredes y no en el monte, no hostigados por las espinas de los cardones, no con la mitad del corazón puesta en el beso y la otra mitad encogida por el temor de que alguien, un cazador, un niño vagabundo, un caminante extraviado, los sorprendiese. Aquella misma noche -continuaba Orochimaru- esperó Izuna Uchiha que se apagaran las luces de Ortiz, que se cerraran las puertas del billar, que se retiraran los conversadores de las esquinas, antes de tomar el camino de la casa de Kabuto Yakushi. Pasada la plaza de Las Mercedes, ya apagado a su espalda el rumor del Paya, Izuna vio venir en sentido contrario una hamaca que cargaban dos hombres de larga sombra. Al principio supuso que traían un enfermo, pero luego, al observar el lado azul de la cobija hacia arriba, a la luz del farol que un tercer hombre llevaba, comprendió que se trataba de un cadáver. Ya se cruzaba con ellos. Se descubrió Izuna y formuló sin detener el paso la pregunta ritual:
-¿Quién es el difunto?
Y el del farol, flaco bejuco embozado, respondió con voz ronca que se tornaba prolongado calderón en el arrastrar de las oes:
-¡Izuna Uchiha!
Su propio nombre -contaba Orochimaru- Se estremeció y preguntó luego, como si ya estuviera enterado de la forma en que había muerto aquel desventurado homónimo suyo:
-¿Quién lo mató?
-¡Kabuto Yakushi! -le respondió la espesa voz del hombre del farol.
Y se alejaron en tanto que Izuna Uchiha proseguía su camino sin entusiasmo. Aquel muerto que tuvo su mismo nombre, asesinado por un hombre cuyo nombre era igual al del marido de su amante, lo había puesto caviloso y desazonado. En ese trance se hallaba cuando, al doblar un recodo, divisó un segundo farol que avanzaba a su encuentro.
Era una hamaca idéntica a la primera, una cobija con el lado azul hacia arriba, un cadáver de iguales dimensiones. No así los cargadores, esta vez dos ancianos desharrapados, de franelas mugrientas: ni el farolero, esta vez un enano de hinchada, monstruosa cabeza.
-¿Quién es el difunto? -volvió a decir impensadamente Izuna, como movido por una voluntad ajena a la suya.
Y el enano, con voz más ronca que la del primer farolero, aún más sostenido el calderón de las oes:
-¡Izuna Uchiha!
-¿Quién lo mató?
Conocía de antemano la respuesta que se le venía encima:
-¡Kabuto Yakushi!
Otra vez su nombre y otra vez el del marido a quien burlaba. Los dedos fríos del miedo se cerraban en la garganta de Izuna, le paralizaron el correr de la sangre, le espantaron el amor y el deseo. Conteniendo el aliento desanduvo lo andado y regresó a su casa.
Cien pasos más allá de la segunda hamaca pasó Kabuto Yakushi toda la noche, con una lanza apureña en la mano, esperando a un hombre para clavársela en el costado -concluía Orochimaru el relato-
A Hinata le agradaba en extremo aquella historia donde nada sucedía finalmente. Donde no obstante los augurios de muerte que la voz y los gestos de Orochimaru sugerían mientras la relataba, las cosas continuaban como estuvieron y los amantes seguían viéndose y besándose asustados en un umbroso recodo del río.
Fin del Capítulo 1 – ¡Hola amigos Míos, aquí aventurandome con una nueva adaptación! Pasa que casualmente limpiando mi cuarto, me encontre con esta pequeña maravilla olvidada por el tiempo en uno de mis viejos escondites. Este libro lo atesoré por siempre, (Lo encontré junto a mis tesoros personales) ya que fué un regalo de un abuelo mío muy querido para mi, y ahora quiero compartirlo con ustedes, con nuestros queridos personajes de siempre..
Se preguntarán, este quejandose de que no tiene tiempo para las historias y ahora pubica nuevamente? Pues, por un lado es cierto, pero este pequeño proyecto es diferente, ya que es una adaptación de una gran obra escrita por uno de lo grandes escritores de mi país, y me enorgullece traerselas a ustedes para que la puedan leer. ¡Por lo cual no tengo que destornillarme el cerebro pensando en como hacer la historia lo más interesante par ustedes!
Me alegra que les haya gustado mi pequeña reflexión, es que en estos tiempos, debemos estar muy unidos para salir de estas cirscunstancias. Espero que Dios escuche nuestras súplicas..
Casas Muertas, de Miguel Otero Silva: Relata la historia de un pequeño poblado olvidado de la mano de Dios, azotado por las enfermedades, el propio abandono de sus pobladores, al mismo tiempo que se enfrentaban a una de las peores dictaduras que se presentaban en esa época, bajo la mano dura del régimen del Dictador Juan Vicente Gómez. Todo desde la perspectiva de una chica que nos cuenta el como fue su vida al crecer en ese pueblo que a medida que ella crecía, más se derrumbaba. Conoció el amor, más las mismas tragedias que soportaban se lo arrebato. Aún así siguió adelante, con firme convicción de sobrevivir.
Espero se animen a acompañarme en esta nueva aventura, que una vez más les digo, no es mía, sino de Miguel Otero Silva, Descubriendo poco a poco como es la situación en Ortiz, Estado Guárico, de mi bella Venezuela.
Les agradezco infinitamenta a:
-SOS Venezuela: Lamentablemente Amig .. Pero pronto saldremos de esta te lo aseguro! Me da gusto que te haya gustado el Fic, me encanta este libro y lo que representa, así que quise adaptarlo para el disfrute de tods!
-imafangirlsowhat1: Me alegra que te guste! Y pues sí, siendo el protagonista, Moría, no quise alterar el resultado porque alteraría la trama en sí, así que ya verás más adelante porque sucede... Me alegra que te haya gistado mi pequeña reflexión.. Pero no os desfalleceis, pronto llegara el día qen que nos comprendamos los unos a los otros y podamos vivir en un mundo de paz... Tengo fe de ello... Aquí está y espero que te guste!
Y a todos los que leyeron espero les guste y sigan leyendo!
¡Nos leemos pronto amigos míos del mundo entero!
El Siguiente Capítulo Será: La Señorita Kurenai
