Cuando Edward está presente la llama BELLA, cuando está Anthony la llama ISABELLA.
CONTINUACIÓN DE TU SANGRE POR MI VIDA.
(…)
Me despierto sobresaltado y abro los ojos. Ha amanecido.
Me levanto con la intención de beber mi tradicional taza de café negra amarga y miro los frascos de tranquilizantes que siguen intactos. No los necesito. Afuera parece ser un día fresco y me preparo para salir, alistándome.
¿Dónde estarás Isabella? ¿Estarás despierta ahora? Salgo con ambas manos en los bolsillos y me coloco mi capucha para que nadie me mire directamente, no quiero hacerme notar. Mientras tomo las cuadras correspondientes para llegar al metro y me colocó unos lentes de armazón grueso, veo su silueta pequeña aparecer entre la gente. Ella se ve intimidada por el mundo, igual que siempre, aún escondida entre los metros de tela que abrigan su cuerpo. Lleva consigo una montaña pequeña de libros y no me sorprende.
Sube al andén con lentitud mientras por supuesto, nadie se ofrece a ayudarla. Mantengo mi distancia en el andén pero nunca la pierdo de vista. Ella mira su reloj de mano, parece que va tarde pero me sorprende el saber que no es hora de que entre a su trabajo ni a su escuela o al menos eso creo.
En cuanto el metro sigue avanzando, detecto que cuando es hora de bajar del andén no lo hace. ¿A dónde vas, Isabella? Sigue distraída y mueve el tacón de manera nerviosa y eso me pone nervioso a mí.
Cuando llegamos a la avenida Lincoln, se sobresalta y se levanta del asiento para poder bajar del andén. Receloso la sigo sin perderla de vista en ningún momento y me limito a averiguar a donde va esta pequeña chica. Unas calles más al norte, Isabella entra a un pequeño restaurant de pinta italiana. Ahí una mujer morena la atienda amablemente y la hace sentar en una mesa pegada a la ventana. Ella se ve ansiosa.
Oh Isabella, eres tan apetecible con esos colores pasteles adornando tu cuerpo. Me quedo estático afuera del local, mientras la observo y relamo mis labios y siento la ansiedad recorrer las palmas de mis manos, que, segundos después, son convertidos en rabia, desesperación y un nuevo sentimiento jamás experimentado.
Ella recibe a un hombre en su mesa. Él es alto, de piel oscura y es joven. Jamás lo había visto cerca de ella y no puedo evitar gruñir cuando le besa la mejilla derecha. En un eufórico recibimiento, la estrecha entre sus brazos y su pequeño cuerpo se pierde en ellos. No hace por corresponderle demasiado, no sé si es porque no puede o porque no quiere. Deseo que sea lo segundo.
Mis manos se agazapan con fuerza y camino en dirección hacia la entrada a paso apresurado. No me importa si rompo las paredes en el intento de ingresar al local o si empujo a la gente a mi paso, pero me niego a seguir viendo la escena que acabo de presenciar.
Maldita sea, odio a ese hombre, lo odio.
— ¿Estás bromeando? — dice su dulce voz y me detengo en seco en la entrada. La voz de Isabella es el freno que necesito para calmarme y pensar de nuevo las cosas. Una camarera me mira fijamente y se sonroja en cuanto me doy cuenta de su presencia—. Hace años que no te veía, ¿Hace cuánto que estás en la ciudad?
— Señor — me saluda la empleada—, bienvenido a Tarantella, ¿Mesa para cuantos?
Parpadeo y respiro pausadamente. No debo llamar la atención.
— Sólo para uno— explico con voz aterciopelada.
— Cl-aaro— contesta nerviosa por el tono de mi voz y me lleva a un lugar bastante alejado de la mesa de mi oveja.
— Quisiera un lugar más cerca de la venta si no le importa— le comento dándole un rollo de billetes en la mano. La mesera parpadea fascinada y asiente.
— Por aquí, señor.
Me acomoda en un lugar que queda frente al acompañante y a espalda de ella. La vista es perfecta. La mesera insiste en traerme el menú pero yo le digo que no estoy listo y solo ordeno un café. Coqueta me sonríe y me indica que ella estará disponible para mí para lo que guste. Niego imperceptiblemente y la ignoro en cuanto se marcha y dispongo de poder escuchar lo que él le está diciendo a ella.
— Dime, Jake. ¿Cómo te ha ido? — Pregunta la oveja.
— Bueno, Bella — sonríe con entusiasmo cuando murmura su nombre—, me ha ido bien. Acabo de llegar a la ciudad hace un par de días porque quiero pasar las vacaciones con mi padre. Por cierto, me dijo que te vio trabajando en una librería.
— Sí, Jacob. He estado solventando los gastos de la universidad.
— Esa es la Isabella que conozco. Trabajadora y estudiosa. Es la chica que me fascina.
Ella se queda en silencio y el hombre sonríe y sé por qué. Puedo jurar que se ha sonrosado por su causa y eso me hace hervir la sangre.
— Su café, señor — me interrumpe la mesera y yo remuevo las manos de manera nerviosa en cuanto comienzo a arañar la mesa.
— Claro — respondo sin mirarla y ella espera algo más. El silencio se prolonga y ese silencio le indica a la mujer que debe marcharse.
Su mesa es atendida y servida por humeantes platos de pasta, donde notó que Isabella aprovecha el momento para romper la tensión.
— Vamos, dime algo — la reta con entusiasta camaradería—. ¿Te comió la lengua el ratón?
— Sabes que soy de pocas palabras, Jake— responde tímidamente cuadrando los hombros.
— Pues no deberías, pequeña — y le acaricia un mechón con la punta de los dedos para acomodárselo detrás de su oreja—, ¿Cómo es que la dulce Isabella ha sobrevivido en Nueva York?
No hubiera visto eso. Sentí mis pupilas dilatarse y la manera perfecta en que mis fosas nasales se ensanchaban. Tenía que ser una maldita broma de mierda. Estaba a menos de una provocación para golpearle la cara y llevármela lejos echada en mi espalda, no me importaba que opusiese resistencia y que gritara.
Pero para mi suerte, ella se ha separado.
— No me subestimes, Jacob — le responde de manera fría y distante—. No soy la chica que conociste en Phoenix.
Parece que el comentario no le ha gustado en lo absoluto y sonrío para mis adentros. Ella no tiene ningún sentimiento afectivo hacia él, en todo caso, de haber sido así, le habría permitido actuar de tal modo que quisiera ser protegida, mimada por el hombre que tiene enfrente. Pero no. La chica trata de defenderse y eso me gusta. La oveja tiene un león dentro… O un gatito furioso.
— Tranquila, Bella… No era para que te molestaras… Mejor, comamos y qué te parece si más tarde vamos a bailar.
— ¿Bailar?
— Así es muñeca, bailar.
Me sonrío ligeramente porque no imagino a Isabella bailando y mucho menos en un lugar tan concurrido como un club nocturno. La comida transcurre sin ninguna anomalía, bueno al menos él hace todo lo que yo espero. Afortunadamente sé que cómo contralarme. Me es difícil al principio poder soportar las malditas ganas de ir hasta su mesa y poder darle unas cuantas patadas, pero me controlo.
(…)
Salen del lugar y paga la cuenta para después a ir a caminar a un parque. El resto de la tarde me la paso tras ellos, cuidando al listo de Jacob. Ella se nota muy nerviosa y el hecho de que haya pasado la mayor parte del día con él no me agrada en lo absoluto. Cuando vuelven a su departamento, espero desde el parque observando ansioso hacia la ventana. No me gusta que hayan entrado juntos a su departamento y la espera me vuelve loco.
— ¿Dónde estás, pequeña? — murmuro para mí, mientras miro mi reloj de mano y cuento cada maldito segundo. Mi ansia se agiganta en cuanto la veo salir con un delicado vestido color azul marino y el cabello ondulado. Jacob aprovecha cada segundo para poder adularla. Espero que no se le ocurra tocarla.
— Estás bellísima, ¿lo sabías?
— Gracias — responde agachando la vista.
— ¿Y a dónde quieres ir?, ¿Qué lugares frecuentas?
La chica baja la mirada y se toca el cabello de manera nerviosa.
— Yo no…
— Ya — la interrumpe—. No te preocupes. Sé de un lugar que me contó un amigo. No está muy lejos de aquí, así que… ¿Qué dices?, ¿Vamos? — y le tiende la mano para escoltarla.
Isabella piensa detenidamente y sin más, le da su mano.
Tiemblo de rabia, odio que la toque.
— Vamos— contesta sin más y comienzan a caminar.
Caminan a paso normal hacia un club nocturno llamado Lavo Nightclub, ubicado en el 39 East 58th St. La música es un poco ruidosa desde afuera del establecimiento y hay una enorme fila de gente esperando para entrar. Jacob toma la mano de Isabella y habla con el cadenero y entran más rápido de lo que imaginé. No me puedo permitir darles ventaja y entro casual mirando al hombre enorme que está en la entrada.
Este me mira de manera nerviosa tal vez por mi aspecto y me deja entrar sin decir nada. Me alegro de que no haya causado ningún problema. Cuando entro la música es absorbida rápidamente por mis oídos. Hay un toque de música electrónica como fondo mientras le gente está bailando y bebiendo en las mesas. Rápidamente ubico a Isabella sentada en una mesa mientras Jacob está esperando ser atendido en la barra de las bebidas, me olvido de él y me centro en ella.
Se ve apabullada entre tanta gente y me quedo estático, fascinado viendo todo. Ella es atractiva sin que se lo proponga, podría ser la diosa de las más bajas pasiones si pudiese dejar explotar toda esa sensualidad que destila. Me muerdo los labios y cierro los ojos. La imagino moviendo delicadamente las caderas y el deseo me invade la sangre. Oh sí, sus caderas.
Al abrir los ojos, parpadeo porque la he perdido ligeramente de vista y me asusto, ¿Dónde estás?
Recorro el ala oeste con la mirada y no la encuentro. ¿Cómo se pudo haber escabullido tan rápido? Busco a Jacob esperando poder ubicarla con él pero no lo logro. Él aún está en la larga espera de ser atendido por algunas cuantas bebidas y ni siquiera se ha dado cuenta de que Isabella ya no está en la mesa. De nuevo hago un sobre esfuerzo y la encuentro por fin caminando entre los pasillos apretujados de la gente, pero ¿por qué?
Mis preguntas son resueltas en cuanto la veo con gesto preocupado nervioso y un hombre siguiéndola. Isabella camina y se dirige hacia una pasillo muy oscuro y el hombre sonríe, tal parece que sabe que la ha acorralado.
— Hijo de puta — murmuro golpeando los barandales de fierro, salgo disparado ante esa dirección. Las ansias me están dominando casi al completo y el deseo — por primera vez no sexual— me recorre el cuerpo con furia. No quiero que nadie la toque, no permitiré que nadie la toque.
Empujo a la gente a mi paso y muchos me gritonean en cuanto ejerzo la fuerza. No me importa, no me importa a quien me llevo a mi paso. Tengo que llegar junto a ella.
— Aléjate— murmura la voz femenina en cuanto llego al pasillo y la oscuridad reina.
— Vamos, bonita — dice el hombre —. Sólo déjate llevar.
— ¡Déjame en paz! — chilla con improperio y sé que está a punto de llorar.
Mis manos se agazapan en la camisa del estúpido borracho que trata de tocarla en contra de su voluntad.
— ¡Ella dijo que te alejaras! — le grito dándole un puñetazo en el rostro y el tipo tropieza con sus propios pies, cayendo de bruces.
Mis manos tiemblan y ni siquiera pienso demasiado el hecho de arrojarme encima de él por haber querido atentar contra Isabella. Lo sujeto por las solapas de la camisa y golpeo su quijada y sus pómulos una y otra vez. Siento el pulso de mi propio corazón en mis orejas latir con rabia y desespero.
No puedo escuchar con claridad siquiera el sonido de la música de fondo, pero siento unas manos débiles tratando de separarme del hombre al cual golpeo con total satisfacción.
— ¡Edward, detente! — reconozco la voz de Isabella que me grita con preocupación y en ese momento me detengo.
Parpadeo un par de veces y miro mis manos temblorosas. Soy Edward Cullen. Vuelvo a tener el control de mis pensamientos, de mi cuerpo. Me veo con más detenimiento y mis puños están sangrando, pero no es de mí de donde sale o eso creo, es del hombre que he golpeado. El hombre que he golpeado porque quería tocar a Bella… Y no me arrepiento en lo absoluto.
Parpadeo de nuevo y suspiro haciendo mi cuerpo hacia atrás. Ella está llorando y se echa entre mis brazos. La aprieto contra mi cuerpo y la siento temblar. Quiero seguir golpeándolo aunque sé que ya es suficiente y que ahora está inconsciente.
— ¿Estás bien? — le inquiero con preocupación.
No me responde, pero asiente sobre mi pecho. La tomo de la cara y le obligo a verme a los ojos. Sus mejillas están rojas, al igual que sus ojos y grandes lagos salados opacan sus hermosas esmeraldas. Peino su cabello hacia atrás y le acaricio los labios y en ese instante, nos perdemos el uno en el otro.
Quiero besarla, quiero comerle la boca tan despacio que se derrita entre mis brazos. Deseo con todas mis fuerzas poder tocarla lentamente, hacer que se entregue a mí por mero placer mutuo y no por la emoción del momento, ¿Qué es lo que pido?, ¿Qué lo haga por… amor? Le acaricio el rostro y mis manos temblorosas y sangrentadas no concuerdan con la imagen pasional que quiero darle.
— Gracias — me dice con la voz temblorosa.
— No tienes que agradecer. Yo lo hice por…
— ¡Bella! — llama una voz en el pasillo y como lo supuse, la gente se comienza abollonar. Es el acompañante de ella que mira la escena con los ojos al completo abiertos y se acerca, tirando de su mano, obligándola a alejarse de mí. Siento el vacío de su ausencia contra mi cuerpo y duele.
Bella confundida, rebota entre sus gruesos brazos y su cara queda contra su pecho.
— Jacob…
— Dios santo — murmura él—, ¿cómo terminaste aquí?
— Yo… — comienza a balbucear sin sentido y luego no puedo oírla más.
Los veo y el cuadro no me gusta. Siento celos de su cercanía, yo quiero consolarla porque yo la rescaté. Él no debería tocarla, no debería hacerlo. Luego observo a la gente que me mira de manera atónica y lacónicamente me veo a mí a través de unos de los espejos de las paredes del club. Me veo tenebroso y nadie hace nada por ayudar al hombre que casi mato a golpes. Miro de nuevo mis manos y un hombre enorme — que bien podría ser un guardia de seguridad — me mira con aire despectivo.
— ¡Oye tú! — grita —, ¿qué ocurrió aquí?
— Lo que tenía que pasar — respondo con gesto molesto.
— Tienes que salir de aquí. Ahora — ordena.
— Él no hizo nada — aboga Bella por mí entre la multitud, saliendo de entre los brazos de su acompañante—. Él solo me salvó.
Me mira a los ojos y yo le sonrío de la manera más dulce en que puede darle entender, que habría de dar todo y más por ella. El hombre la mira con sospecha y después a mí. Asiente y en ese momento por órdenes suyas, todos comienzan a despejar el área como si nada hubiese pasado.
(…)
Camino casi con los pies en rastras y no tengo idea dónde estoy realmente pero pronto me guío por los letreros de las esquinas de las calles.
Es casi la medianoche y voy rumbo a casa. No he visto a Bella y tampoco sé si esté bien o si se fue con su amigo. Me duelen los nudillos, el tipo tenía la cara dura, lo reconozco. Una sonrisa burlona atraviesa mi rostro. Me doy cuenta de que cuando lo golpeaba casi al final a aquel hombre, era Edward Cullen quien lo hacía y que de verdad estoy sangrando pero no me importa, cada golpe valió la pena.
Casi llego a mi departamento, estoy más o menos a tres casas de mi destino y afortunadamente tengo las llaves en mis bolsillos. Con el dolor de mis manos, busco la indicada y la inserto en la chapa para poder entrar.
— ¡Edward!
Mi vista se gira y encuentra a una Bella sudorosa y jadeante que se para a respirar cerca de las azaleas de mi entrada.
— Bella, ¿Qué haces aquí? — le pregunto bajando los pequeños escalones que dan hacia la calle.
Ella respira apresuradamente y me mira con una sonrisa en los labios.
— Caminas muy rápido, ¿lo sabías?
Parpadeo atónito.
— ¿Viniste sola?
— Salí tras de ti corriendo pero llevas el paso muy acelerado — respondió—. Traté de alcanzarte en el metro pero el andén partió sin mí, así que tuve que esperar el siguiente. Sí vine sola. Le dije a Jake…—y se detiene apenada— Le dije que debía ver cómo estabas y aunque casi me prohibió hacerlo, salí corriendo— se bufó infantilmente.
Río, la imagino huyendo solo para verme. Bella se acerca sutilmente a mí y me sonríe. Ya no parece asustada y eso me hace pensar que está bien. Se muerde los labios y yo me remuevo por ese gesto sexi. Me toma de la mano y aquella caricia suya me envía placer en todo el cuerpo.
— Mírate— y acaricia mi palma con dulzura—, lamento tanto que…— y agacha la mirada avergonzada.
La tomo por la mano y me mira a los ojos y le sonrío.
— Estoy bien, no tienes por qué preocuparte.
— Te sangraste las manos por mí…
— He hecho cosas peores — le aseguro pero sé que ella no entenderá… Espero que no lo haga.
Hace una mueca sin mucho convencimiento.
— Lo menos que puedo hacer es curarte. ¿Puedo…?
Abro los ojos a la par y paso saliva, ¿ella quiere entrar conmigo?
— Bella… ¿Crees que sea conveniente que entres…?
— ¿No quieres…?
¡Sí quiero!
— No sé si sea buena idea…
— Es lo menos que puedo hacer… Sí no hubieses aparecido… Quizás ahora ese hombre me hubiese…
— No lo digas — le refuto con la mirada congelada y la furia casi a flor de piel.
Bella agacha la mirada y aprieta mi mano.
— Por favor, déjame hacer esto por ti— me pide y sus ojos me derriten por dentro.
Oh Bella, ¿Tienes una idea de lo que me estás pidiendo? ¡Pobre de ti! Me estás pidiendo prácticamente entrar a la boca del lobo… No compliques más las cosas. El hecho de haberte estrechado entre mis brazos, significó mucho más de lo que pudieses imaginar y ahora, no sé qué hacer… Quizá… Sólo quizá… Sea más fuerte de lo que pienso.
Giro la llave con ademán lento y abro la puerta del mismo modo, abriendo mi brazo derecho para cederle la entrada. Bella se va ahora un poco insegura pero comienza a caminar escaleras arriba de modo que cuando menos se lo espera, está dentro del departamento. Yo entro detrás y cierro en un sordo movimiento la puerta. Respiro, sé que si me mantengo así — siendo Edward—, podré mantenerla a salvo… De mí mismo.
Camina de nuevo mirando las paredes y entonces, encuentra el título universitario.
— Médico psiquiatra— murmura.
— Sí — contesto con las expectativas al borde.
Sonríe.
— Yo estudio medicina pero hice una carrera técnica en literatura— menciona y entonces todo encaja—. Debo decir que la psiquiatría es una carrera bastante interesante.
— Lo es — y camino hasta ella a paso lento y seductor.
Bella pasa saliva nerviosamente y cuando estamos cerca, siento su respiración caliente.
— De-e-debería traer el botiquín de primeros auxilios, ¿Dónde está? — me sugiere y se aleja.
Me muerdo los labios y agacho la mirada.
— Claro, yo lo traeré.
Camino hasta el baño y tomo la caja metálica entre mis manos aun sangradas. Sé que debo comportarme pero es tan difícil teniéndola cerca. Llego hasta la sala y ella está sentada sin el abrigo, dejando a la vista su precioso vestido azul. Me remuevo y siento mis pupilas dilatarse.
Niego dos veces y le entrego la caja y como buena enfermera me pide con delicadeza que me siente a su lado. Bella me limpia suavemente las heridas, como si tuviese miedo de lastimarme, cuando en realidad disfruto cada roce suyo. Ella está tan concentrada limpiándome los nudillos que no se percata de que la miro directamente a la cara y que memorizo cada detalle suyo. Me encanta esa manera dulce en que se muerde la boca pensando en me está dañando y lo hace con sumo cuidado. Esta chica destila ternura pero a la vez, creo que es una bomba de pasión a punto de explotar y si no es así, está a la espera de ser descubierta.
Es increíble que reciba tanta atención de ella, cuando nadie ha hecho nada por cuidarme en los últimos 20 años.
Verte alcohol en las heridas y creo que piensa que me duele, yo no hago ningún gesto, aún la miro fijamente.
— Lo siento.
— No es nada — le aseguro.
Bella sonríe, tal vez pensando que soy un macho arrogante pero en realidad, no me duele en lo absoluto.
Ella me unta una solución y enreda mi mano en una venda color blanco con mucha paciencia, haciendo los ajustes necesarios para que no me suelte. Pensándolo bien, creo que ella en realidad si es una enfermera.
— ¿Cómo sabes tanto de esto? — le pregunto tan curioso y fascinado por saber más de su vida, aunque ya sé que estudia para eso.
Alza la vista y se detiene.
— En la preparatoria leí unos libros de primeros auxilios básicos — contesta — y como el tema me interesó, decidí indagar un poco más en la librería, es por eso que decidí estudiar medicina— y prosigue con sus curaciones.
Al finalizar, coloca una mariposa en mi mano y me la acaricia con delicadeza y ternura. O eso me quiero imaginar yo, pero la caricia no dura demasiado en cuanto me mira a los ojos y yo la sigo mirando de la misma manera. Está nerviosa.
— Listo.
— Gracias — le digo más honesto de lo que puede llegar a creer.
— A ti — contesta y en ese instante, me sostiene la mirada. Nos miramos el uno al otro y siento que me acerco a su rostro demasiado, porque deseo besarla. Besarla para que se dé cuenta de que en verdad me encantaría escuchar todas las preguntas que tiene en la cabeza. Siento su respiración cerca de mis labios y entonces, cuando deseo hacerlo, ella se separa.
— ¿Cómo llegaste hasta a mí?
¿Qué? Y seguro mi gesto se nota perplejo.
— SÍ — repite—, ¿cómo me encontraste en aquel pasillo?
Oh no, no.
— Yo…
— ¿Sí?
— Estaba en el club y entonces… Iba a bajar por una bebida y noté que ese malnacido iba tras alguien… — y sentí la furia de nuevo en mis puños, haciéndolos sangrar ligeramente otra vez—. Luego noté que eras tú… La chica de la librería y supe que tenía que ayudarte. Luego pensé que venías sola… Y entendí que estabas con tu novio…. Y yo…
Bella parpadea asombrada, quizás creyéndome todo.
— Yo no tengo novio… Y…
La miro a los ojos y espero que termine la frase.
— Estoy feliz de que hayas aparecido — y se estrecha entre mis brazos, de nuevo dándome su calor y el aroma de su perfume. Sus brazos se aprietan contra mí y yo la sujeto ligeramente aunque todo de mí, quiere reforzar ese abrazo. Huele divinamente y su calor me reconforta. Ella está bien—: Gracias.
Y en ese instante, la abrazo con fuerza. No me importa, quiero sentirla contra mí.
— Estoy feliz de que tú estés bien — le contesto desde el fondo de mi corazón.
Me mira desde entre mis brazos y sonríe. No, quiero besarla y no puedo hacer eso y entonces, en contra de todo lo que deseo, la suelto. Es tiempo de dejarte ir Bella, no puedo arriesgar más mi racha de buena suerte, antes de que Anthony aparezca.
— Creo que debería llevarte a tu casa— le sugiero y entonces, la dejo sentada sola en el mueble. Sé que está desconcertada, pero ella no sabe que le estoy haciendo un enorme favor.
— Sí — responde solamente y yo camino hacia la cocina, en busca de mis malditos tranquilizantes. Tomo dos como de costumbre y espero que hagan efecto.
Cuando salgo, ella tiene de nuevo el abrigo puesto y me sonríe amablemente. Tengo las llaves de un auto en mis manos y las muevo inseguro. Las llaves habían llegado hacía un par de días junto con otro enorme paquete, como parte de la herencia de mi padre y formaba parte de unos de las compras que el viejo Anthony había hecho, pero con su muerte precipitada y el encargo pagado, había de pasar a mis manos.
No sé si debería, pero decido que no es muy seguro llevarla caminando casi a media noche por la calle, y le digo que me espere en la sala. Bajo al garaje de mi departamento y saco el auto que ha venido con la herencia de mí… padre. Por un tiempo ha estado ahí, bajo una lona enorme y no he querido usar nada de lo que ese maldito hombre me ha dejado, pero no me queda más remedio.
Es un Maybach Exelero y debió costar alrededor de unos 8 millones de dólares, pero conociendo como era el viejo Anthony, aquel precio no debió parecerle más que ridículo, ya que, teniendo un auto lujoso que ni siquiera él vio y que salía a la venta el año próximo, debía ser más importante que su propio hijo.
Cuando la llevo conmigo, ella por supuesto se intimida pero le hago saber que todo estará bien. Ella se sienta en el copiloto y yo entro al volante. Se queda en silencio mientras saco el auto del garaje. Avanzo lentamente entre la calle y sé que aunque son solamente seis cuadras los que nos separan de su casa, no quiero arriesgarla más. Y me quedo en silencio absorbiendo su compañía.
— Bonito auto— murmura.
— Gracias— contesto sin más.
— ¿Lo compraste hace mucho?
— Regalo de mi padre — me bufo como si aquello fuese cierto.
— ¿Lo ves demasiado? — pregunta ausente y de manera inocente. Mis manos se aferran al volante con violencia y no puedo contestarle algo coherente.
— No— digo secamente y creo que ella entiende, en ese instante no me hace más conversación.
Cuando llegamos a su casa, se mira las manos con vergüenza y yo no entiendo qué es lo que ocurre.
— ¿Estás bien? — le pregunto.
Bella me mira y antes de que me conteste, un hombre está mirando a través del vidrio y abre la puerta de golpe.
— ¿¡Dónde rayos estabas, Isabella!? — le pregunta, sacándola del brazo y yo siento hervir de nuevo. Salgo del piloto y lo golpeo del brazo, obligándolo a soltarla.
— ¡¿Qué carajo te pasa?! — le grito y sé que el estúpido de Jacob quien está tocándola. ¡Hijo de puta!
— ¿Qué rayos te pasa a ti?, ¿Tú quién eres?
— ¡Anthony Masen! — le replico y quedo pecho con pecho contra él.
— ¡Basta ya! — grita Isabella y nos separa levemente con las manos—. ¡No puedo creer que estés haciendo esto como si fuese lo más adecuado! ¿Qué rayos ocurre contigo Jacob?
Y entonces la mira atónito.
— ¡Desapareciste! ¿Qué querías…?
— ¿Y tratarme de esa manera es la solución? — pregunta furiosa.
No puedo quedarme atrás, quiero romperle la cara al malnacido. Camino desafiante ante él y mi pecho comienza a moverse violentamente, siento las venas saltarse bajo mi piel y una gota de sudor fría recorre mi nuca.
— ¡Aléjate de ella! — le grito empujándolo con todas mis fuerzas y Jacob cae de espalda aturdido sin entender que ha sucedido. Me tiene miedo, lo puedo notar tras sus ojos nerviosos y su respiración errática. No hará nada, más desea con todas sus fuerzas poder golpearme… O asesinarme.
— ¡Edward! — chilla Isabella, pero se queda estática.
Y entonces, vuelvo a mí. Soy Edward, otra vez. Los miro a los dos. Bella está arrodillada frente a su amigo y me mira con ¿miedo? No, no quiero que me tema, no quiero que me temas nena.
— Lo-o sien-to-o — me disculpo agachando la cabeza, subo al auto y me pierdo en la carretera.
Tengo que salir rápidamente de ahí. No quiero lastimar a nadie, de verdad que no.
(…)
16 de Diciembre del 2012.
9:32 pm
Hoy se ha cumplido ya una semana desde la última vez que vi a Bella. Me siento extrañamente vacío desde que la dejé de ver. Aún la recuerdo. Ella estaba con su amigo, Jacob (ahora sé cómo se llama) e hice muchas cosas estúpidas. Me he estado medicando más desde ese ataque violento que tuve y que hizo salir "momentáneamente" a Anthony. No puedo permitirme perder el control y menos estando cerca de ella.
Me he restringido salir y pasar por los lugares donde ella frecuenta y más estar cerca de los lugares en donde podría estar. Me estoy reprimiendo el impulso de querer salir corriendo y buscarla, y decirle que la extraño tanto. Sí tan solo entendiera mis sentimientos hacia su persona, tendría la noción del por qué me alejé. Quizás esté enojada conmigo, pero es mejor así.
También, últimamente me he sentido vigilado, debía ser de que tengo la intuición de que la policía me está siguiendo desde el asesinato de Judith. Tengo la ligera impresión de que soy el sospechoso número uno de la lista y que ellos están vigilando al tipo correcto.
No me queda más que rehacer mi vida, en esta misma ciudad. Quizás hasta cambiarme de casa sea la mejor opción para mí. Empaco algunas cosas sin mucho ánimo, dejaré el departamento y reharé mi vida. De hecho, he conseguido uno. Es un sitio pequeño pero pintoresco, tiene la pinta de ser un buen barrio cerca del centro, nada pretencioso. Haré lo que sea necesario para no hacerle daño. Tengo que olvidarme de Bella… Por su bienestar…
Edward Cullen.
…
Termino de meter algunos libros y cuando menos me doy cuenta es la última caja de mis pertenencias. Afortunadamente no soy un acumulador de basura como la mayoría de las personas. Echo un último vistazo hacia las paredes desnudas del departamento y suspiro, el lugar no tiene nada de especial.
Salgo hacia al garaje y tomo el auto para llevar mis pertenencias. Conduzco aproximadamente una media hora y por fin llego a mi nuevo hogar. Es agradable y no llama la atención de manera sugerente, me agrada. De manera perezosa comienzo a desempacar mis cosas y mientras miro por la ventana, mis pupilas se dilatan.
Es la señora Arnolds. Jennifer Arnolds. Mi paciente que, junto con su esposo asistían a terapia de pareja desde que su hijo había fallecido. Hacía tiempo que no la veía. Ella está ausente haciendo el quehacer y yo la miro por la ventana. Me sorprende demasiado el hecho de que sea mi vecina. Respiro profundamente tratando de que esto no me altere y vuelvo a mi quehacer habitual.
Después de un rato, salgo del departamento a caminar por el parque. El lugar me parece sutilmente conocido pero no le presto demasiada atención. Mientras camino me doy cuenta de que el ruido disminuye y que cuando menos me doy cuenta, entro a una de las partes más bosquejadas. Eso tiene sentido, ya que la gente no se atreve a aventurarse por aquí. Su instinto natural alude que es peligroso. Vuelvo porque está oscureciendo pero sin pensarlo, no me dirijo a mi casa. No quiero estar ahí, me hace sentir mal, enfermo hasta cierto punto. Sin lugar a dudas, camino en dirección sureste y cuando menos me lo pienso, estoy ahí, frente a la cafetería donde trabaja Bella. Comienza a llover y la miro a través del vidrio. Su semblante se nota decaído y triste y yo reprimo mi impulso de estar cerca.
Aprieto mis nudillos contra mi ropa y suspiro cerrando los ojos. No Edward, no. Deberías marcharte si quieres mantenerla con vida, pienso para mí. Un subidón de adrenalina me retuerce por dentro cuando la veo parada de puntillas y sus largas piernas se ven a través de la falda de tablones escolares la cual, se sube un poco. Cierro los ojos y gruño por la excitación. Oh sí. Anthony Masen, está de vuelta.
(...)
Es el final de su turno y la sigo por la calle directo a su casa. No soporto que esté lejos de mí. Ha pasado ya una semana desde que la vi y hasta ahora tengo la oportunidad. La sigo desde el auto a velocidad sugerente mientras los vidrios polarizados me hacen pasar desapercibido. Isabella entra por fin a su departamento y yo estaciono el auto a un par de calles desde su hogar. Salgo del auto y camino hasta la parte trasera de edificio. Con fuerza y con el menor ruido posible, me cuelgo por las escaleras de emergencia que hay y abro la venta que da hacia una de las habitaciones. Si no me equivoco es la sala.
Escucho el ruido de la regadera y silencioso me infiltro en el lugar hasta llegar a su habitación. Es pequeña pero no desordenada. Hay colores beige y azules por el lugar y me da la impresión de que ella misma lo ha decorado. Me siento ansioso y camino por el lugar husmeando. Cerca de la ventana, está su cama de tamaño matrimonial, al lado hay un buró pequeño con una lámpara y una pila de libros con el borde desgastado, si no me equivoco los libros están bastante usados.
Tiene un closet organizado, muy limpio. En el tocador está la foto de una pareja con un bebé en brazos, sonrío porque sé que es ella. Isabella y sus padres. Pero mi paz se va a la mierda cuando veo otra más. Ella y el hijo de puta de Jacob. Están vestidos con birretes de graduación y se ven muy sonrientes. Él la abraza por la cintura con una sonrisa jovial y siento celos. Escucho momentáneamente que la llave de la regadera se cierra y corro a ocultarme cerca de la ventana, detrás de un enorme espejo que está cerca de un perchero. Isabella entra caminando lentamente y se seca el cabello con una pequeña toalla mientras yo la devoro con la mirada mientras me remojo los labios. Solo trae puesto un pequeño bóxer y una pequeña playera que le llega arriba del ombligo de color azul, de tirantes… sin sostén.
Cierro los ojos y espero a que se recueste para dormir y sin más, ella hace lo que espero. Me quedo un momento ahí, absorbiéndola desde mi posición, agazapado. La deseo. Miro el reloj, son apenas las 10:30. Me hace pensar que está realmente cansada y unos momentos después, su mano cae perezosamente fuera del colchón y sé que está realmente dormida. Salgo de mi escondite y me paro junto a su cama, para observarla muy cerca. Ella está es tan hermosa, tiene mechones de cabello en su cara y las piernas enredadas entre las sábanas. Los labios los tiene entre abiertos y parece que sueña muy tranquilamente porque no hace gesto alguno.
Tomo un pequeño banco y me siento cerca de ella.
— Isabella — murmuro cerca de su rostro—. No sabes cuánto te deseo en este momento— y paso mi mano, quitando algunos mechones. Ella no se inmuta, parece tener el sueño pesado—. Eres tan hermosa como peligrosa para ti misma. No debiste haberte cruzado en mi camino.
Quiero tentar a la suerte y no puedo evitar hacerlo. Paso mi nariz por su cuello, oliendo su perfume. Mi lengua sugerente, desea pasarse por su piel pero eso lo evito, no quiero despertarla. Ella suspira y se mueve levemente alzando su blusa, dejando expuesta aún más su deliciosa piel. Gruño, quiero hacerla mía. Tengo una dolorosa erección apretándome el pantalón. Rodeo la cama y aún de pie, la observo. Sus senos son hermosos y quiero probarlos con la lengua. Niego dos veces y puedo escuchar los latidos de mi corazón detrás de mis orejas y sin más, me recuesto al lado de Isabella.
La observo de cerca, siento su calor cerca de mi cuerpo y quiero tocarla suavemente hasta despertarla excitada y con hambre de mí, de sexo. Quiero que gima mientras la acaricio y murmure mi nombre hasta que me vea a los ojos, clame mis besos y suplica que la haga mía toda la noche. Acariciarle la cintura, que aruñe mi espalda mientras me pida casi a gritos que le vuelva a tocar y acabar gritando mil veces más mi nombre en un sinfín de orgasmos llenos de lujuria y placer. Así poder visitarla cada noche hasta saciarla, o mantenerla siempre con hambre de más.
Suspiro cerrando los ojos y quiero besarla, quiero comenzar a excitarla. Me muerdo los labios y…
— Edward… — gime bajito y yo abro los ojos de golpe.
Isabella lo llama a él. Mis pupilas se dilatan y parpadeo frenéticamente parándome de su cama y quedándome estático muy cerca de ella. ¡No! ¡Él no puede estar en sus pensamientos! ¡Él no puede…! ¡Isabella es mía! ¡Mía! Quiero gritar de la rabia, quiero matarlo… Quiero que Edward Cullen desaparezca, quiero que él no exista. Sólo debe existir Anthony Masen para la vida de Isabella Swan. Yo y nadie más, ¡Nadie más! Camino por la habitación con rabia y tiemblo, queriendo golpear lo que se me cruce en mi camino.
— Debo salir de aquí — murmuro y camino hacia la salida de emergencia, pero incluso antes de poder dar un paso hacia esa dirección, me regreso hasta donde está la cabeza de Isabella y me paro frente a su cara y me acuclillo frente a ella. La observo detenidamente y le quito los mechones de la cara y deslizo los mechones entre mis dedos—. Estaré más cerca de ti de lo que puedas imaginar— le juro casi tocándole los labios con los míos y entonces, la beso.
Es un beso casto, el único casto que he dado en toda mi vida. Siento el calor de su boca instalarse en la mía con lentitud y puedo saborear el dulce manjar de sus labios. Cierro los ojos lentamente y antes de cometer una reverenda estupidez, salgo de su habitación a paso apresurado, no sin antes llevarme una blusa que recién había usado y que descansaba de manera perezosa sobre una silla. Cuando estoy en la calle, camino veloz hasta el auto y me encierro en él. Agradecido de que los vidrios estén polarizados, comienzo a la oler la pequeña blusa de tirantes con ambas manos apuñándose con fiereza sobre la tela. La huelo como si la misma prenda contuviera cocaína. Su perfume exquisito y natural está en cada minúscula fibra de la misma.
La imagino quitándose la prenda para mí, recostándose en la cama mientras se abre de piernas y se toca para mi deleite. Gruño y sin pensarlo, me comienzo a masturbar con el poderoso poder de mi imaginación y el recuerdo mismo de mis fantasías eróticas.
Al llegar al orgasmo, abro los ojos gruñendo su nombre. Mi respiración errática y mis ganas locas de volver a la habitación y hacerla mía, son palpables. Y cuando de nuevo huelo el perfume en su ropa, hago un juramento casi de sangre. No estoy satisfecho aún, quiero más pero no debo, no aún.
— Tienes que ser mía, por voluntad o no— murmuro y en contra de mi voluntad, me voy.
Vuelvo a mi departamento a velocidad apresurada y cuando llego, meto el auto al garaje. Camino hacia adentro cuando empiezo a escuchar los gritos de una clara pelea marital entre el matrimonio de los Arnolds. Michael comienza a maldecir a su esposa tan fuerte que cualquiera podría apostar que de por medio habrá golpes. O los hubo.
— ¡Cállate puta! — le grita y me quedo estático mirando por la acera. El recuerdo de lo sucedido hace 20 años me golpea con fiereza y cierro los ojos intentando calmarme. Nadie me vería gracias a la poca luz que hay afuera. Michael salé golpeando la puerta de su casa y enciende el auto, sin mirar más. Me quedo a la expectativa y sé que no debo meterme pero la curiosidad y las expectaciones que tengo en el pensamiento son más grandes de lo que puedo imaginar. Camino en dirección a la casa y me quedo frente a la puerta. Tomo la manija entre mis manos y la giro con lentitud. Entro en silencio cuando escucho el sollozo de Jennifer desde el suelo de la sala.
— Jennifer… — murmuro para no asustarla y ella alza la cabeza sorprendida.
— Doctor Cullen… ¿Qué…? ¿Qué hace aquí?...
Me acerco a ella y le sonrío. Tiene un fuerte moretón en la mejilla derecha pero no hago ningún comentario, la ayudo a pararse y la siento en uno de los muebles.
— Dime Anthony— le pido.
Ella asiente y comienza a llorar en silencio. Miro alrededor y le comienzo a acariciar la cabeza con lentitud.
— ¿Estás bien? — Pregunto cuando comienzo a escuchar sus sollozos un poco más fuerte de lo normal.
Jennifer niega con la cabeza y entonces alza la vista y me sostiene la mirada. Oh no, Jennifer quiere…
— Gracias Anthony, no pensé encontrarte por aquí… Es decir… Hace semanas que el consultorio está cerrado. Supuse que fue por el caso de… Judith.
Me remuevo de mi lugar y me remojo los labios con lentitud, asintiendo.
— Fue una pena su pérdida — le rectifico—, Judith era… Una buena muchacha.
La señora Arnolds asiente y vuelve a llorar.
— No sé qué ocurre con Michael, él está cada vez más descontrolado con lo que siente y desde que dejamos de ir a sus consultas, está cada vez más histérico. Le supliqué que los buscásemos en su domicilio privado pero alegó que si tú y yo… Ya sabes… — comenta sonrojada y yo asiento entendiendo que su marido creía que ella y yo teníamos un amorío. Jennifer baja la mirada y se mira los dedos de manera nerviosa.
Quisiera poder decirle algo, pero sonaría como Edward y él ahora no está presente. Yo no puedo hablar. Mi mano acaricia su espalda de manera lenta y siento las ganas de Isabella quemarme la piel, sé cuál es la solución inmediata para liberarme. Me muerdo los labios y jadeo un par de veces, como si un repentino pero leve ataque de asma me convulsionara los pulmones. Señal de que estoy completamente ansioso y Jennifer Arnolds es la única a mi alcance para poder liberar mi psiquis y mi cuerpo.
—… ¿Qué puedo hacer? — me pregunta mirándome fijamente a la cara y yo no sé qué responderle porque no he escuchado el resto de la conversación. Parpadeo y la tomo de la barbilla. Jennifer se hace hacia atrás pero al notar que yo la veo de manera diferente, se queda estática. Cree que la besaré. Me acercó más a ella y de la nada la cargo sobre mi regazo mientras sus piernas son abiertas torpemente para instalarse justo encima de mí. Ella tiembla por el roce de su sexo con el mío. No digo nada, no lo he dicho porque estoy pensando en Isabella. Las cosas que me gustaría hacerle.
Y entonces, comienzo a olisquear sus senos, enterrando la nariz entre sus dos pechos y pasando la lengua aún por encima de la ropa. Jennifer se comienza a excitar y tira de mi cabello con fuerza con ambas manos, alzando su trasero, cabalgando sobre mi erección sin penetrarla.
Le abro la blusa con ambas manos y los botones — o quizás la tela de su blusa— se rompen y queda solamente en un solo sostén de color blanco. Jadea en cuanto paso mis manos por su piel desnuda y mis ojos se instalan en los suyos. Su mirada no es igual a la de Isabella, así que evito volver a mirarla a la cara otra vez.
— Anthony… — jadea cuando tiro de la copa de su sostén y me meto el pezón a la boca para poder succionar con fuerza. Quiero marcarla, como si fuese Isabella la que estuviese encima de mí. Comienzo a chupar y jugar con la lengua y la punta contra su piel sensible. De mi garganta comienza salir un enorme gruñido y eso parece excitarla demasiado. Comienza a desabrocharme la camisa, pero la posición en la que está, le es casi imposible poder hacer lo que desea.
La tiro sobre el mueble y ella cree que comenzaré a penetrarla. Abre los labios cuando paso mi lengua por su abdomen. Y en ese momento mis manos pasan por sus pechos hasta su cara. Me quedo encima de ella y en esa posición sumisa, le es imposible mover los brazos y las piernas.
Apoyado sobre sus caderas, comienzo a sentir el calor llenándome cada rincón del cuerpo. ¡Mierda! Necesito esa liberación, necesito sentirla, necesito a Isabella y me es cada vez más difícil estar lejos de ella. ¡Carajo! Las manos me son instaladas en su cuello y comienzo a apretarla con fuerza. La cara de Jennifer se comienza a poner roja, comienza a patalear y la vena de mi frente su salta en todo se esplendor. Siento el pulso de mi corazón al máximo, cuando la sangre me bombea tan rápido que siento las fosas nasales abrirse con violencia por cada mínima respiración y cada parpadeo de mi mirada. Estoy muy concentrado en sus facciones, en la forma en que aprieto mis manos para que deje de ejercer fuerza debajo de mí. Pero entre más se resiste, más disfruto someterla.
Comienzo a moverme, cabalgando sin penetrarla contra mis caderas. Sólo rozando mi sexo con él de ella, porque no es Isabella. No quiero penetrarla porque no es ella. Y al ver lo difícil que es, decido fantasear con ella. Me imagino sus pechos debajo de su blusa azul, cómo se sentiría la piel de su cintura mientras la aprieto, la penetro y su espalda esté contra el colchón, dándole duro, haciendo que su cama rechinara en cada embestida que le diese. Su cabello castaño y oscuro entre mis manos y ella abriendo los labios en cada beso y lamida que le diese a la piel de su cuello. Siento mi erección dura contra Jennifer, ¡Mierda! Quiero que sea Isabella…
— Bella — murmuro y abro los ojos de golpe. ¡No! Edward está consciente… Y excitado como yo. No puedo dejar de moverme, Edward la desea y no hace nada para detenerme y lograr que Jennifer sobreviva.
Yo sigo ejerciendo fuerza mientras la mujer que tengo debajo de mí, ya casi no hace ningún movimiento, ni con sus piernas ni sus manos.
Y en último respiro, el cuerpo de Jennifer deja de ejercer fuerza. Siento mis manos duras y entonces me alejo. La asesiné… Asesiné a Jennifer Arnolds.
Me paro de mi lugar y entonces, comienzo a acomodarme la camisa y me acomodo el cabello de manera nerviosa, dejándolo salvaje por los movimientos de mis manos. Mis manos cuelgan a mis costados y alzo la mirada hacia el techo cerrando los ojos. Me siento liberado.
— ¡HIJO DE PUTA! — grita alguien en la puerta—. ¡Mataste a Jennifer!
Giro mi cabeza y Michael me observa con los ojos llorosos y el cuerpo tembloroso. Yo me he quedado estático, no digo nada. Michael Arnolds se abalanza contra mí y yo lo esquivo. Mantengo las manos agazapadas frente a mi cuerpo y él insiste en poder golpearme, afortunadamente, logro quitarme de su paso.
— ¡Te voy a matar, hijo de puta! — me reta y yo sonrío. Corre en dirección hacia mí y sus manos se sujetan con fuerza en mi cintura, arañándome la espalda y gritando como loco. Mi espalda golpea fuertemente una de las paredes de la casa y ambos caemos estrepitosamente en el suelo. Se coloca encima de mí y tratando de golpearme el rostro. Lo logra un par de veces pero no lo suficiente como para poder decir que tiene la ventaja.
Con fuerza lo aviento sobre su espalda y esta vez para mí, los golpes comienzan a ser serios. Bastante serios. Lo miro a los ojos y soy incapaz de sentir algo. Michael tiene miedo pero una parte muy grande en él, quiere partirme en dos. Me aviento ahora contra él y lo golpeo en los pómulos, la quijada, y principalmente en la cabeza. Comienzo a golpear repetidamente su nuca contra el suelo y entonces siento su cuerpo flaquear.
Sus manos — que estaban aferradas a mis brazos— se van desvaneciendo en el aire. Yo sigo golpeando su cabeza en el suelo y esta vez gruño con furia cuando su cráneo rebota contra el marfil manchado en sangre. Miro mis manos salpicadas en ese líquido tibio y mi respiración es trabajosa y errática. Me limpio las gotas que han saltado a mi cara y me paro viendo a mí alrededor. Hay dos cuerpos frente a mí, y yo los asesiné.
Camino hacia el cuerpo de Jennifer y entonces, la echo en mis brazos y la llevo escaleras arriba. Voy a lavarla completamente para quitar rastros de mi ADN en ella — restos de mi piel en sus uñas cuando me arañó, mi saliva cuando la toque con la lengua, etc—, afortunadamente no hice por penetrarla.
Cuando camino hacia su habitación, me siento agradecido de que haya una pequeña bañera y la deposito suavemente en la cama. Ahí desnudo a la señora Arnolds. Mierda, debí haber traído una cámara.
Sin pensarlo más, lleno la bañera con agua y comienzo a tallarla meticulosamente. Mientras remojo su piel, pienso en Isabella. Dios, que bien se ha de sentir bañarla a ella. Cierro mis ojos y niego dos veces, intentando centrar mis pensamientos descarriados. No puedo negarlo la necesito.
Cuando termino de lavar su cuerpo, me es necesario hacerlo más rápido de lo que acostumbro, colocando el cuerpo de la mujer sobre la cama y enredándolo sutilmente entre las sábanas de algodón.
Bajo las escaleras y miro el cuerpo de Michael. Estoy feliz de no haber tocado demasiado al hijo de puta, así que no me inmuto en pasar junto a él y paso de largo hacia la salida. Vigilo que no haya nadie viendo afuera. Son más de las 12 am, casi la 1 y supongo que la mayoría, están dormidos. Salgo rápidamente de la casa de los Arnolds y alzó las solapas de mi cazadora por si hay mirones y rápidamente entro a mi departamento a paso apresurado. Tengo la sensación de que alguien me ha visto y no tengo más remedio que mandar todo a la mierda y salir de ahí. Tomo mis cosas, afortunadamente aún no he desempacado y me maldigo por haber asesinado a dos de mis nuevos vecinos.
Camino hacia el garaje y deposito las cosas con fiereza en el asiento trasero y comienzo a sentir remordimiento y culpa. No, no puede ser. Soy Edward Cullen de nuevo y mi cobardía me obliga a huir. Quiero salir de ahí, lo antes posible. Saco el auto y doy reversa con mucha velocidad.
Mis manos están temblando, las lágrimas amenazan con salir y yo siento el pulso de mi corazón tronando en mis orejas. ¡Mierda Anthony, qué hiciste! Desaparezco en la carretera y quiero morirme. Una parte de mí, se siente nauseabundo, quiero tirarme de un puente, quiero dispararme en la cabeza… Pero otra parte de mí, está feliz porque sé que Bella me provocó esto, pero ella no fue la que pagó el precio. Sí tengo que matar a otros para que ella viva, lo haré. No me importa quien caiga ante mí, pero tengo que controlar mis ansias de sangre.
(…)
23 de diciembre del 2012.
11: 29 pm
Hace cuatro días que han pasado desde que la cuidé cerca de su trabajo, noté que estaba bastante distraída. No me quedé tranquilo pensando en cuál sería la razón por la que ella se veía tan absorta en sus pensamientos. Noté que miraba con ansia la puerta por la que quería que alguien la visitara. ¿Será que ella esperaba que Jacob la buscase? Me moría de rabia del solo pensarlo y las ganas locas de llevarla conmigo me estaban ganando. El día transcurrió sin ninguna anomalía hasta que su compañero en turno, tomó su cintura a manera de "juego" y la sostuvo más tiempo de lo debido, quería partirle el cuello a ese imbécil. No la volví a buscar, su cercanía me destroza los sentidos y me hace cegar la lucidez. Aún tengo su blusa y su aroma está desapareciendo poco a poco, ya no me está bastando.
¡Mierda! Ahora sueno como él.
Tengo que controlarme muy bien, antes de poder arremeter contra la vida de Jacob o del compañero enclenque de su trabajo, inclusive de alguien más. En fin, he pasado una noche tormentosa después del asesinato de los Arnolds. No he comido hace tres días y no he dormido en lo absoluto. Me mantengo despierto a base de cafés y tranquilizantes, que sé que poco a poco me irán matando de cansancio y dopando mi sistema para luego colapsar. Pero está bien, lo hago para estar en alerta. He estado deambulando por las calles y la noticia del asesinato de la pareja de los Arnolds, ya es noticia nacional.
Me preocupa ella, me preocupa no verla. ¿Cómo estará y con quién? Me muero de celos al pensar que esté con alguien más, compartiendo el olor de su perfume, el calor de su cama, el sonido de sus labios al dar un beso. Me muero de celos al pensar que nunca podrá ser mía. ¿O sí podría? ¡No! No la sometería jamás a una vida conmigo, a estar al lado de un asesino… Porque ella no me ama. No me ama como yo la amo a ella.
Sí, la amo. He aceptado los sentimientos que le tengo porque simplemente no puedo estar sin ella a pesar de que me he alejado lo suficiente como para pensar que no me interesaba en lo absoluto. Mi vida es una balanza que juega cruelmente conmigo y no puedo aceptar lo que yo mismo me he inventado: que solo es un capricho, una obsesión. Ella es más, mi más. Estoy incondicional e irrevocablemente enamorado de ella… Tan enamorado como lo está Edward Cullen desde la primera vez que la vio y yo desde la primera vez que la tuve cerca.
Anthony Masen.
(…)
Han pasado 5 días desde la última vez que… Dios, estoy agotado y cansado. Son cerca de las 8 de la noche y estoy aparcado afuera de la casa de ella. Sin saberlo, ni pensarlo, terminé en la casa de la oveja porque creo que moriré de inanición y me gustaría verla antes de. Bueno, este mundo es una porquería de mierda, pero disfruté lo poco que pude y no me arrepiento. ¿Por qué carajo no compré alcohol? Eso sería bueno, alcohol… Mi cuerpo estaría entumecido y así no podría sentir el dolor de mi estómago.
Parpadeo un poco y a lo lejos veo venir a una pareja que viene caminando en la acera donde estoy aparcado. La chica se ve distante de él, pero presumo que su novio quiere tener sexo con ella por la manera en que la abraza. Bufo. Es tan tonto el modo en que pretende seducir a alguien cuando noto que en realidad ella quiere estar lejos de él, ¿de verdad será su novio? No presto atención demasiado y giro mi vista hacia la venta que está en la habitación de Isabella.
— No, Jake. Está bien, no es necesario que me acompañes hasta adentro de la casa — murmura una voz conocida que me hace girar al completo el rostro y se enfoca en la pequeña figura delgada y temblorosa que viene en la calle.
Es ella, Isabella. Y verla es como un golpe de adrenalina que despierta a mis músculos cansados.
— Por favor — pide él, el hijo de puta llamado Jacob—. Sólo podría pasar…
— Gracias por todo, Jake. Sé que pasado mañana te regresas a la escuela militar y no quisiera desvelarte aquí conmigo, con mis tonterías. ¿Hablamos después? — e Isabella se aleja un poco pero Jacob la toma de la mano con mucha propiedad.
— Bella… No digas eso. Sabes que me encanta pasar tiempo contigo— y en ese peligroso acercamiento, la toma de la cara y casi la obliga a besarlo.
Siento mi cuerpo retorcerse de rabia pero me calmo, arañando el volante de cuero que se pierde entre mis manos. Por primera vez, Anthony Masen quiere asesinar a alguien pero se reprime por solo una persona: Isabella Swan. No quiero que me vea en el acto, me odiaría, me repudiaría con todas sus fuerzas y por supuesto, tendría mucho miedo de mí. Ella después lamentaría la muerte de su amigo.
— Sí — se aleja para su buena suerte—, pero no creo que pueda corresponder la forma en que tú quieres estar conmigo. Lo siento, Jake. Hasta mañana y que descanses— y lo besa de la mejilla con amabilidad y en ese segundo, entra a su casa sin decir más.
Jacob Black se ha quedado estático en la puerta, quizá hasta esté en estado de shock por la expresión tan fría de su cara. Es bastante cómico si me lo propongo. Sonrío burlesco, él no es correspondido.
Toma eso, hijo de puta, pienso y luego me remuevo en el asiento incómodo.
¿Qué me hace pensar que yo si podría ser correspondido? Hasta donde pude adivinar, Jacob Black no es más que un hombre correcto socialmente, estudia como cadete en una escuela militar y posiblemente tenga un buen logro llegando a ser médico. No lo sé, su futuro pinta bien. Isabella podría tener una vida sin restricciones gracias a su trabajo honrado y jamás viviría al acecho de ser atrapada junto a un asesino serial. Me muerdo los labios y niego dos veces con la cabeza. Ella merece algo mejor que yo, algo incluso mejor que Jacob, pero ¿qué puedo hacer? La amo. Pensar en un futuro sin ella, es… Doloroso.
— ¡Mierda! — gimo retorciéndome de dolor y apretando mis manos sobre mi estómago. Duele mucho.
Tengo espasmos por todo el cuerpo y siento un dolor que me atraviesa la cabeza. Abro la puerta del auto de golpe y salgo tambaleándome sobre mis pies y caigo estrepitosamente al suelo. Gruño con fuerza. ¡Carajo! Me paro apoyado con la punta de mis dedos y levanto la cabeza. Me siento mareado y dolorido. Camino lentamente mientras de vez en cuando me dejo caer en el asfalto y vuelvo a avanzar. Quiero llegar al único lugar del cual me he querido mantener alejado estos últimos días: la casa de Isabella.
Cuando por fin llego hasta su puerta — y aún desde el suelo—, toco el timbre con la punta de los dedos. Me dejo caer sobre mi pecho y aún desde el suelo me retuerzo de dolor. Espero desde ahí y entonces, la puerta se abre.
— ¡Dios santo! — grita ella—. ¡Anthony! — me llama y yo abro los ojos de golpe, es la primera vez que me llama a mí, no a Edward. Cierro los ojos y me dejo ir en la obscuridad.
(…)
Siento un paño húmedo sobre mi frente y la mano izquierda inmovilizada. Los ojos me pesan tanto que apenas puedo mantenerlos abiertos. Veo una figura borrosa y entonces, la veo. Ella me está mirando fijamente mientras me acaricia el cabello, trato de sonreírle. No puedo. La oscuridad me adormece.
(…)
No sé cuánto tiempo ha pasado pero el dolor se ha esfumado de la mayor parte de mi cuerpo. Siendo honesto conmigo mismo, me siento mejor que en mucho tiempo.
— Hola — me sonríe a medias con el gesto preocupado—. ¿Cómo te sientes?
No puedo más y me vuelvo a dormir.
(…)
La luz incandescente de una lámpara me lastima la vista. Abro los ojos lentamente y en un momento, me encuentro parpadeando frenéticamente. Me siento en la cama y lentamente reconozco el lugar: es la habitación de ella. Miro alrededor con mucha velocidad y estoy solo. Me siento en la cama y miro mi mano izquierda y estoy con una aguja en la vena que me da suero. Sin lugar a dudar esta intravenosa me ha funcionado a la perfección para poder mantenerme con vida. Me giro, sacando las piernas de la cama.
— ¿Qué estás haciendo? — me pregunta su dulce voz desde la puerta y yo giro la cabeza. Ella está parada con una charola en las manos y la coloca en una mesa y se para frente a mí. Me toca la cabeza y me mira directamente a los ojos—. ¿Cómo estás?
— Yo… Yo…
— ¿Tienes hambre?
Asiento sin más.
Dulcemente, comienza a colocarme una toalla en las piernas y me ofrece una cucharada rebosante de sopa tibia. Asiente esperando a que abra la boca y dudoso acepto sus cuidados. La sopa es cremosa y muy rica. Mi estómago la recibe de manera gustosa, a pesar de que sus intenciones no son malas, me siento avergonzado. Nunca había recibido tanta atención…
Me mira a los ojos con gesto dulce, no quiero que me tenga lastima. Afortunadamente, no lo noto en su mirada. Isabella… Eres tan hermosa, en cuerpo y alma. Cuidas al hombre que quiso asesinarte… Y que ahora te ama. Sería mejor si Edward estuviese ahora al mando, así no podría estar alerta en cuanto el deseo me sofoque… Debería darle la batuta del mando a él. Edward es más sensato. Cierro los ojos y suspiro.
— ¿Aún te sientes mal…? — me inquiere con voz preocupada.
Los abro y le sonrío. Bella, estás aquí. Quiero besarla, abrazarla, decirle cuanto le agradezco que me haya salvado de mí mismo.
— Gracias — le respondo.
Está atónita.
— ¿Qué pasa contigo? — me regaña ahora con un gesto serio surcando su dulce rostro—. Pudiste morir de inanición, deshidratación y cansancio.
— Lo siento — me disculpo como niño pequeño y sin pensarlo, miro por la ventana y veo que está atardeciendo, ¿Atardeciendo? —. ¿Qué hora es?
— Las 7 de la tarde— responde mirando su reloj de mano.
— ¿Cuánto tiempo he estado aquí? — parpadeo frenéticamente.
— Shh, shh. Traquilo, has estado casi dos días durmiendo.
— ¿Dos días?, ¿Todo ese tiempo me has cuidado?
Bella asiente.
— No podría haberte dejado morir…
— Edward… Esta noche soy Edward — le digo y creo que he hablado más de lo debido.
— ¿Acaso sufres de un trastorno de personalidad múltiple? — se burla para romper el hielo y yo paso saliva sin contestar. Bella se queda callada ante mi afonía.
— Creo que debería de irme…— le sugiero y me trato de parar de la cama pero ella me sostiene, ya que mis piernas aún están débiles.
— ¿A dónde vas…? ¿Estás loco?
— Está mal que esté aquí… Contigo… Debo irme.
Bella hace un movimiento sugerente para poder mantenerme en mi sitio, pero pese a mi debilidad, logra poder mantenerme dentro de las sábanas. Remuevo los labios a modo de desaprobación, de verdad se tomará en serio lo de cuidarme.
— ¿Qué es lo que ocurre contigo? — me pregunta lo bastante atónita como para poder decir que está tranquila—. Hace un par de días por la noche te encontré casi muriendo de inanición. Estuve a punto de llevarte al hospital pero me pediste que te cuidara yo, que no querías ir ahí. Te hice caso en todo lo que me pediste y te cuide de madrugada a noche hasta que supe que estabas fuera de peligro, y ahora — pidió con gesto demasiado serio para ser ella misma—, te pido que hagas lo que yo te pido, por favor.
Sonrío. Me siento de 5 años de nuevo.
— De acuerdo— y le sonrío, aunque sé que mi aspecto no es el mejor en estos momentos. Mis labios de seguro están blanquecinos y tengo una ojeras enormes que bien podrían intimidarla—, estoy bajo tus cuidados.
Bella sonríe, me gusta hacerla feliz.
— Gracias, Edward.
— ¿Por qué? — pregunto confundido.
— Por hacerme sentir útil— y en ese instante, me sonríe de manera cristalina, dejándome ver su alma. Me retuerzo horrorizado dentro de mí mismo. Ella es pura y buena, ¿A dónde te estoy llevando, Bella? Por favor, no permitas que te arrastre conmigo.
Se separa de mí y de nuevo me ofrece una rebosante cucharada de comida tibia. Yo la detengo y le indico que puedo hacerlo solo. No le parece la idea pero asiente y se marcha tocándome delicadamente el hombro y saliendo de la habitación.
Como lentamente, con cuidado ya que mi estómago se retuerce apenas y los alimentos se deslizan por mi garganta. Es doloroso aún, pero no tanto como para decir que no podré ponerme fuerte.
Cuando termino, trato de mover mis piernas y lo logro con toda satisfacción. Camino por el lugar con la aguja enterrada en mi mano y me dispongo a ver la habitación de Bella. Es tan ordenada y limpia. Veo todos los volúmenes de libros de medicina apilados en una esquina de la cama, como si hubiese estado estudiando toda una noche y los hubiese olvidado ahí. Estamos en vacaciones, ¿por qué estudia tanto? Me dirijo hasta su tocador y ahí están las fotos de ese hombre. No me gusta la manera en que la abraza. Me hace sentir celoso, me pregunto cómo se sintió Anthony al ver la foto. Sí, estoy seguro de que él ya estuvo aquí. Sin prestarle más atención, sigo caminando por la pieza y me quedo absorbiendo cada detalle del pequeño espacio de la dulce Bella.
(…)
Es de noche ya y he dormido toda la tarde y parte de la mañana. Me siento mejor. He comido mucho mejor que cuando estaba sano. He bebido del café dulce de Bella. No sé qué sentí cuando ella dijo que lo había preparado especialmente para mí y me regaló esa hermosa sonrisa. Me he aseado y aunque todavía me siento extrañamente cansado — aún—, reposo en su cama y me dispongo a encender el pequeño televisor que tiene en su habitación.
— Mientras tanto en temas más recientes, tenemos el caso de los homicidios de tres personas en las dos últimas semanas. Se trata de la señorita Judith Adams, quien fue encontrada en su casa por su hermana y sin ningún rastro de su agresor y recientemente, el caso de la pareja de los Arnolds. Esposos sin más familia, que también fueron brutalmente asesinados en su casa. Tal parece que tratamos con un asesino serial. No hay rastro del posible homicida, si usted tiene alguna pista de lo…
— Hola — me saluda ella desde el marco de la puerta y me sonríe cruzando los brazos. Yo me sobresalto y apago la televisión.
— Hola — respondo nervioso pero logro calmarme.
— ¿Cómo te sientes? — pregunta sentándose cerca de mí y muy al borde de la cama.
— Mejor.
Asiente y sé que tiene muchas dudas.
— ¿Qué te pasó?
No, no puedo decirte por qué terminé así.
— No lo recuerdo.
— Dime la verdad, por favor— sus ojos muestran decepción porque sabe que lo oculto algo.
— No puedo— le digo con todo el dolor de mi alma, cuando quiero ser lo más honesto posible.
Ella asiente dolida y entonces toca mi mano.
— Nos vemos más tarde… Debo… Irme al trabajo— se levanta, pero se detiene en la puerta y gira el rostro—. He traído tus pertenencias del auto— y yo abro los ojos de golpe —, pensé que los necesitabas— y sin más se va.
Me quedo mudo desde la cama, no sé qué hacer. Recuesto mi cabeza en su almohada perfumada. Dios, huele a ella y el olor es fresco. Fantaseo con la idea de que ella durmió conmigo. Basta eso sólo pasaría en mis sueños. Cierro los ojos pensando en lo que me ha dicho y sin más, me quedo dormido otra vez.
…
Siento el calor tibio al lado derecho de mi brazo. Mis manos están enredadas entre suaves ropas y perfumados y un cuerpo suave que se acurruca cerca de mi pecho y mis costillas. Muevo el cabeza, confundido. No sé qué hora es, ni que día, pero afuera está oscuro y nevando fuertemente y los árboles se mueven con fiereza.
— ¿Qué diablos…?— pregunto embrollado y entonces, giro mi vista y ella está ahí. Las piernas las mantiene enredadas a las mías y su brazo sujeta mi cintura con poca fuerza. Está profundamente dormida. Parpadeo frenéticamente, su perfume me golpea con fuerza y mi corazón se acelera al verla muy junto a mí. Debo estar soñando. Y al verla, entre sueños, sonríe.
Ella es tan… Hermosa. Levanto mi cabeza a la par que me acomodo y me tomo la libertad de sujetarla con más propiedad. Pero en cuanto levanto la vista, veo que su mano sostiene algo perezosamente y por mi movimiento, su mano se mueve torpemente y deja caer un libro o una libreta al suelo.
Fascinado me pregunto si estaba estudiando aún en vacaciones de invierno y en ese instante, mi corazón se detiene. Ella tenía mi diario. Bella… Isabella lo sabe todo.
Tiemblo, he vuelto. Soy Anthony otra vez. Quiero salir corriendo de una puta vez de aquí, pero no puedo separarme de ella. Me dolería. Me dolería estar lejos de Isabella, pero si lo sabe, por qué no ha llamado a la policía, por qué no ha salido corriendo como las demás personas cómo en su completo y sano juicio lo harían. De seguro ya soy el principal sospechoso de los asesinatos. Tengo una conexión directa con los tres casos y yo… Yo… No podría alejarme de la oveja otra vez. Casi muero en el intento por permanecer lejos. Me quedo estático mientras sus brazos refuerzan el agarre en mi cuerpo. No quiere que me vaya, pero quién, ¿Edward o yo? No puedo seguir pensando como dos, si habitamos en el mismo cuerpo. ¡Mierda! Soy Edward Anthony Cullen Masen… Aunque no lo quiera, lo soy.
— Nena, ¿qué he hecho contigo? — le pregunto acariciándole el cabello y en ese instante, la siento removerse de su lugar. Alza la cabeza y me mira un poco adormilada y me sonríe. Yo alejo los brazos de su cuerpo y entonces Isabella refuerza su abrazo una vez más.
— Hola — me saluda dulcemente, como si fuese una mañana cualquiera aunque me he dado cuenta de que son las 3 de la madrugada. Parpadeo asustado ante su tranquila reacción.
— ¿Por qué? — le pregunto, impotente de poder formular algo más en la cabeza.
— ¿Por qué, qué? — responde y yo me alejo de ella—. ¿Qué pasa?
Me paro frente a ella y fuera de la cama. La veo detenidamente y veo que viste unos pijamas bastante bonitos y de suave lino, paso saliva y me concentro de nuevo.
— Tú lo sabes… — digo sin más.
Isabella baja la mirada y mueve las manos nerviosamente. Ante su silencio, vuelvo a repetir la pregunta.
— ¿Por qué?
— No me hagas esa pregunta. No puedo responderla.
— Sabes lo que hice, sabes de lo que soy capaz y aun así, estás completamente tranquila conmigo, durmiendo— mi cuerpo se congela cuando ella se para frente a mí y busca mi cuerpo para poder abrazarlo, pero yo se lo impido.
— No quiero que te ocurra nada.
La alejo de mí con los brazos, en un intento por calmarme, por mantenerla lejos.
— ¿Hace cuánto tiempo lo sabes?
Isabella está avergonzada, se muerde el labio y me mira a través de sus largas pestañas.
— Desde que llegaste— contesta y yo me quedo atónito.
Suspiro.
— ¿Por qué no me denunciaste?, ¿Sabes en el peligro al que te has expuesto? — le exijo saber.
Las lágrimas amenazan con salir de sus hermosos ojos y ella acomoda sus manos en su cara perfectamente y luego se desmorona, clamando su cama como lecho de sus lágrimas. Está llorando cara a las sábanas. Me siento impotente por abrazarla y no puedo más que quedarme en mi lugar.
— Debo irme — le aviso tomando mi chaqueta de piel.
No hace ningún sonido ante mi advertencia y entonces entiendo que es hora de marcharme. Cuando tomo las llaves del auto, su voz me detiene.
— ¿Por qué yo? — inquiere de manera sentimental mientras un hipo le confunde la voz. Giro mi rostro y la veo sentada, con las mejillas bañadas en riachuelos pequeños y salinos. Esa imagen me rompe el corazón de inmediato y contra todos mis instintos, me acerco hasta donde está y me arrodillo ante ella. Agacho la cabeza y coloco mis manos en sus rodillas, como pidiendo perdón.
— ¿Qué es lo que realmente quieres saber? — y la miro a la cara—. Hoy es la noche en que todo te lo diré, si es que así lo deseas, Isabella.
Se moja los labios y suspira.
— ¿Por qué yo?
— ¿Por qué, qué?
— ¿Por qué yo si estoy con vida?, ¿Por qué a mí sí me dejaste vivir?
Sus ojos verdes me miran con curiosidad y no me quito la oportunidad de acariciarle la cara. Ella es tan suave y tan frágil. Jamás podrías dañarla. Yo sólo soy un hijo de puta que se… No, no puedo condenarla a algo así. Jamás podría hacerle esto, pero ella me pidió honestidad y se la daré.
— Estás viva porque…
— ¿Sí?... — pregunta acercándose más a mí. Su perfume me golpea, como un alcohólico viendo una copa rebosante de vino después de años de abstinencia. Me muerdo la boca, Dios, o quien sea que me hayas condenado a esta vida, quiero a esta mujer para mí.
La acerco a mí, tomada por la nuca. Siento su respiración acelerarse y sus manos se enredan en mi cuello. Quiere besarme, como yo deseo hacerlo. Pero si lo hago, esto no serán caricias ni besos, será aún más.
Nos mordemos los labios al mismo tiempo y en ese instante, la miro a los ojos.
— Estás viva porque… Te amo, Isabella. Te amo perdidamente— le aseguro y ella tiembla, deseo que no sea por temor.
— ¿Quién me ama? — pregunta desconcertándome completamente.
— No entien…
Alza la vista y me acaricia el rostro.
— Anthony o Edward, ¿Quién me ama?
Y ante su pregunta, solo tengo una respuesta.
— Los dos.
Isabella cierra los ojos y se acerca a mí. Me da un pequeño beso en los labios, enredando sus brazos en mi cuello.
— Yo quiero que hoy seas ambos — me pide y yo abro los ojos, contrariado—. ¿Puedes?
Y ante su petición, solo la beso, intentando ser el mismo hombre que yo he repudiado en los últimos 20 años, al mismo tiempo.
Ella me corresponde y lo siento en mí, puedo ser él y yo al mismo tiempo. Puedo ser rudo y dulce a la vez. Ella es mía, mi Bella. Quiero hacerle el amor tan duro para que sienta la desesperación que he tenido estos últimos días al estar lejos de ella, pero tocarla tan suave hasta que el cuerpo se le derrita junto al mío. La tomo entre mis brazos y la cargo hasta recostarla en la cama, sus piernas se enredan rápidamente mientras nos fundimos en un beso apasionado, descargando toda la pasión que ha estado a punto de explotar en los últimos días. La miro a los ojos y ella me sostiene la mirada, está tan necesitada como yo.
Acaricio su cintura por debajo de su blusa y voy quitándole su pijama inferior rápidamente, pues la necesidad por hacerla mía me hace actuar de este modo. Ella no tiembla, mi Bella, mi Isabella no tiembla. Desea ser mía y yo deseo ser suyo. No puedo más que besarle la boca en un sinfín de gemidos que hacen que sus manos se desplacen rápidamente también por debajo de mi ropa. Sus dulces manos se deslizan por mi espalda y luego por mi pecho, con la necesidad de poder sentirme mucho más cerca en ese roce.
Me encanta lo que estoy viviendo. La idea de hacerla mía me ha mantenido aquí desde el principio de nuestro encuentro. La amo. Beso sus pechos cuando subo su blusa, está tan excitada que no puedo evitar mirarla a los ojos y en ese segundo, asiente a mi petición silenciosa. Gimo.
— Quiero hacerte el amor— le murmura mientras le beso las mejillas.
— Yo… Nunca…
Paso su cabello entre mis dedos y le sonrío.
— No te preocupes… Yo… Tampoco he hecho el amor en mi vida — le aseguro y sé que es verdad. Siempre he follado, quizás hasta cierto punto, eso ni siquiera es verdad… Sólo revolcones y ya, pero jamás he hecho el amor.
Me sonríe y toma mi cabeza entre sus manos y sus labios vuelven a mí boca. Su sabor me enloquece, me excita.
— Te amo… Te amo demasiado… — y yo me quedo estático ante sus palabras—. No me importa lo que hayas hecho, ni lo que haya pasado. Quiero estar junto a ti… Quiero que me hagas el amor.
Me quedo mudo al completo y sé que realmente no fue porque no le importaba el hecho de que yo fuese un maldito asesino, si no que deseaba estar conmigo a pesar de toda la mierda de mi vida y que quiere que le haga el amor. ¿Cómo puede ser tan buena?
— Te amo — le respondo y no tiene idea de que eso es más cierto que nada en el mundo.
Bella se sonríe y comienza hacer ese ritual de amor que solo se hace una vez en la vida. La descubro de su torso y comienzo a besar toda su acaramelada y blanca piel. No tiene idea del tiempo que he querido hacerle esto, me fascina al completo. Tomo su cara entre mis manos y delineo su boca con la lengua. El aliento es húmedo y caliente al mismo tiempo. No puedo controlarme más, no puedo. Comienzo a recargar su espalda contra el blando colchón y nuestros pechos ahora desnudos se tocan. Sus senos erectos me tocan de manera lenta en cada movimiento que hacen y los comienzo a masajear con la palma entera de la mano. Mi pecho jadea junto con el suyo y en el momento en que comienza a jadear fuertemente contra mi oído, la despojo de toda su ropa.
Me paro de la cama para poder admirar todo su cuerpo desnudo y dispuesto para mí. Todas las curvas de su cuerpo están en cada lugar que deben. No hay ningún rincón de ella que no sea perfecto. Me muerdo la boca cuando recorro desde sus pies hasta sus manos, las cuales alzadas hasta su cabeza me muestran en plenitud su desnudez. Ella es perfecta.
— Eres tan hermosa…— digo remojándome los labios.
Su sonrojo sensual se muestra al momento y entonces se sienta en la cama. Me hala por las caderas, atrayendo la base del botón y abriéndolo lentamente. Las manos le tiemblan y yo estoy ansioso por estar desnudo como ella.
— Tranquila, mi amor — le pido cuando me mira a los ojos y tomo sus manos cuando no dejan de temblar. Bella me sonríe y en ese instante, la tela desciende lentamente hasta tocar el suelo, así quedándome completamente desnudo frente a ella. Sus ojos se abren al completo y la tomo de la mano para que ambos nos paremos uno frente al otro. Me abraza, fuertemente.
— Te amo — me promete.
Acaricio su cabeza y huelo su cabello.
— Te amo, mi dulce Isabella.
Y en ese instante nuestras lenguas comienzan a danzar una contra la otra. Nos recostamos contra el colchón y luego de un rato de besos y caricias para prepararla para el momento, la miro a los ojos para poder observar la expresión de su cara. Se muestra tranquila, pero a pesar de todo, tengo que preguntarle.
— ¿estás segura de que deseas esto?
— Sí, por favor — responde y esa afirmación, me da todo el valor de continuar.
— Seré tan dulce como pueda — prometo y Bella asiente.
Me coloco entre sus piernas y entonces la miro a los ojos.
— Te amo — le juro.
— Te amo — responde.
Y desciendo hasta ella, tocándola por primera vez en mi vida. Sus ojos se abren por el acercamiento y sostengo su mano fuertemente. Sus labios son mordidos con fuerza mientras un jadeo sordo sale de su boca. Le duele, lo sé. Ella es… Virgen. O lo era… Cuando desciendo aún más, lleno de besos su cara y los cierro junto con ella. No me muevo, aunque nuestros cuerpos estén completamente conectados y entonces sonrío. Isabella es mía, toda mía.
— ¿Estás bien?
— Sí.
— Me moveré — le anuncio—, sí algo no te gusta…
— Está bien — contesta y atrapa mis labios con los suyos.
Coloca ambas manos alrededor de mi cuello y yo comienzo a ascender lenta y pausadamente. ¡Mierda! Que rico se siente el roce de nuestros cuerpos, uno contra el otro son… Perfectos. Apuño los ojos, intentando concentrarme en el vaivén lento, porque no quiero lastimarla, pero es tan difícil mantener el ritmo. Me muevo acelerando de a poco cuando enreda las piernas a mis caderas y yo la miro a la cara. Lo está disfrutando.
— Bella…
Ella me mira, aún aferrada a mi cuerpo.
— No sabes cuánto había deseado hacerte el amor — jadeo subiéndole una pierna más arriba de mis caderas y ella jadea incontroladamente porque la he penetrado más.
— Y yo — contesta sorprendiéndome completamente.
— ¿Tú? — contesto sin dejar de moverme ahora fuerte, como me gusta y un 'mmm' prolongado sale de entre sus labios rojos.
— Sí-í — contesta siseando y arañando mi espalda de manera fuerte, haciéndome sentir aún más excitado.
Bajo mis labios hasta sus pechos y comienzo a succionar de manera descontrolada, con la lengua enredo sus pezones y los comienzo a mordisquear. Sus manos atrapan mi cabello y tira de él, incontrolablemente y lo siento venir.
Entro y salgo de ella en repetidas ocasiones, primero lento y luego estocadas rápidas y repetidas. Me gusta y sé que a ella también porque me ha pedido más. Y en ese instante, los dos culminamos.
Bella me araña la espalda y después me besa la boca sin pensarlo mucho y yo me siento bendecido por tenerla conmigo. La amo, la adoro. Sé que es una locura pero no puedo estar sin ella, porque el solo intentarlo, me mataría esta vez sin dudarlo.
— Te amo, te amo… No me importa nada… Te amo profundamente.
Me quedo estático y le tomo de la cara para después meterle la lengua y besarla profundamente. Jugamos ahí un rato hasta que las respiraciones se nos calman y entonces pienso con claridad lo que voy a decirle.
— ¿Es verdad que no te importa?
— En lo absoluto — y besa mi cara con dulzura.
— Entonces… Huye conmigo le propongo.
Su cara se turbia y parpadea frenéticamente.
— ¿Huir?
— Sí — contesto entusiasmado—. Podremos vivir cómodamente en algún lugar del mundo… Sólo tú y yo… Nunca nos encontrarían. ¿Qué dices, mi amor?
Ella se queda callada y entonces me sonríe pero en ese instante, la puerta principal comienza a ser golpeada con furia y ella se asusta.
— ¿Qué pasa?
Yo parpadeo frenéticamente y entonces, la miro a los ojos.
— ¡Bella! ¡Bella! ¡SOY JACOB! ¡Abre la puerta, bastardo! ¡No le hagas daño!
Y tras la ventana que a la calle, las luces de la patrulla se ven venir.
— ¿Jake?, ¿Qué hace él aquí?
Mis oídos se agudizan en cuanto escucho la puerta abrirse con fuerza y alguien grita escaleras abajo.
— ¡Bella!
Abro los ojos y escucho las sirenas acercarse lentamente y entonces, la miro y sus ojos gritan pánico.
— Tenemos que irnos.
Ella asiente y comenzamos a vestirnos a paso apresurado mientras alguien camina por el pasillo y golpea la puerta de la habitación con fiereza.
— ¡Sal, hijo de puta! ¡Sé que estás ahí, maldito asesino! ¡No te atrevas a tocarla! — y entonces, un sonoro golpe, hace que la frágil puerta tiemble.
Bella está asustada y entonces, tomándola de la mano, le pido que guarde la calma con un beso rápido en los labios pero en ese instante, la puerta se abre y yo protejo a mi mujer tras mi espalda. Los ojos de Jacob parecen inyectados en ira y veo a su alrededor, dándose una idea de lo sucedido.
— Aléjate de ella, hijo de puta.
— Vete de aquí, Jake — le pide Bella desde atrás—. Por favor, déjanos irnos.
— ¡No!, ¿Cómo eres capaz de decirme eso? — y entonces saca un arma de atrás de su espalda y me apunta—. Aléjate de ella, malnacido.
Paso saliva, intentando hacer las cosas más fáciles.
— Nos amamos — le respondo—, déjanos irnos. No queremos que nadie salga herido — y entonces, las patrullas se instalan frente a la casa de Bella.
— ¡Bella! — grita—, ¿Cómo puedes estar enamorado de alguien que ha asesinado personas? ¡¿Cómo? — Y entonces, agacha la cabeza por un segundo y apunta a la mía con el arma—. Ven conmigo, Bella. Por favor. Te prometo que todo estará bien y que no saldrás implicada en esto.
— ¡No! — responde ella—. Yo lo amo, no puedes alejarme de él. Él es mi vida.
Y entonces, pienso con detenimiento, cuando alguien en un alto parlante comienza a gritarme que salga de la casa y la gente se abollona alrededor. Siento las manos de mi amor aferrarse a mí con todas sus fuerzas y el ímpetu leal que muestra al no querer alejarse de mí. La amo, la amo profundamente, pero no puedo condenarla a una vida donde ella no merece vivir.
— ¡Isabella Swan, aléjate de ese mal nacido de una vez! — le grita Jacob con fiereza y escucho que Bella comienza a llorar.
La tomo de la mano y entonces, cierro los ojos.
— Haz lo que dice, mi amor.
— ¿Qué? — pregunta confundida—, ¿me quieres dejar…?
— Esto no es lo que te mereces Bella. Necesitas a alguien mejor, una persona que no te de una vida llena de mierda y con la que tengas que estar huyendo todo el tiempo— y entonces me giro, consciente de que Jacob podría dispararme y matarme pero no me importa y la sujeto de la cara con ternura, viendo como sus esmeraldas se llenan de lágrimas—. Te amo, Isabella… Pero estoy podrido por dentro. Tu luz me ciega y no creo que pertenezcas a mi mundo… Tú eres pura y necesitas alguien que te iguale o que se acerque a lo que eres.
— No quiero dejarte.
— Hazme caso, preciosa. Te amo, por favor… No permitas que esto sea más difícil para mí.
Y entonces, agacha la cabeza y la recarga en mi pecho con dolor.
— Te amo, siempre te amé con tus demonios y con tus ángeles. Siempre te amé.
Le beso la cabeza y en ese instante, siento el dolor de mi brazo quemarme la piel luego de un disparo.
— ¡TE DIJE QUE TE ALEJARAS! — grita Black y entonces, Bella grita.
— Hasta pronto, mi amor. Te amo — Le digo besándole suavemente los labios y a paso apresurado, salgo por la ventana donde hay una escalera de emergencia que me permite saltar a otro edificio.
No escucho nada, solo corro con todas mis fuerzas sin detenerme y logro rodear las patrullas por encima de los tejados hasta que me bajo a la calle y corro a mi auto. Entro tan rápido como puedo y lo enciendo, si me lo propongo, la policía no podrá alcanzarme y entonces, ando en la carretera sin mirar atrás con mi mente marcada con el rostro de ella.
Y entonces, cuando menos me lo espero, las luces de la ciudad se pierden y he salido de Nueva York, con la promesa de que volveré por quien más amo en este jodido mundo: Isabella M. S.
...
ESTE ES EL FINAL, PERO QUIERO HACER UN EPÍLOGO,
¿USTEDES QUÉ PIENSAN?
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