II
Eran las 06:00 p.m. Prim y su madre se estaban preparando para el desfile de los tributos, es la primera vez que verían a Katniss desde la cosecha. Estaban aterradas, no sabían qué había pasado o como estaba Katniss desde la última vez que la vieron.
La madre de Prim ya estaba en casa. Pero Prim seguía en el Quemador comerciando los quesos restantes de las ventas ambulantes del día. Después de que no quedara ningún queso por vender, Prim se dirige hacia el puesto de Sae la grasienta para dar el dinero con el que patrocinar a Katniss y Peeta. En el Quemador se reunía una buena cantidad de gente alrededor de un televisor por el cual veían los juegos. Para la temporada de los juegos, los comerciantes aportaban unos pequeños aperitivos gratis para las personas que acudían, que normalmente, eran las personas que si no tenían un televisor en casa, significaba un bajo nivel económico. Si se sumaban dos más dos, era obvio que las personas que acudían al Quemador a ver los juegos, era porque ni siquiera tenían dinero para comer. Los comerciantes del Quemador eran muy generosos en muchos aspectos.
—El distrito 12, donde si el Capitolio hace injusticia, nosotros hacemos caridad. —dice Prim en voz alta mientras mira como se le sirve un pequeño plato con un poco de todo a las personas que se reúnen para "celebrar" los juegos. —Al menos algo bueno sale de esto.
Cuando se dispone en dejar el Quemador, nota al chico que visitó su casa un poco más temprano ese mismo día. Un agente de la paz estaba tomando el brazo de Jace, se veía que bruscamente. Jace hacía lo posible por liberarse de las manos del agente de la paz.
—¡Suéltame! —gritaba mientras se movía desesperadamente.
Prim se les acercó.
—¿Qué sucede? —pregunta al oficial con un tono asustado e indefenso, era su tono de naturaleza.
—Señorita, retírese por favor. —le ordena el agente sin siquiera haberla mirado antes, mientras seguía forcejeando con el chico.
—¡Prim! —grita Jace. —¡Vete de aquí! ¡Ahora!
—¿Qué sucede? —repite Prim con el mismo tono.
Nota que el agente de la paz esta vez ni se molestó en contestarle. Tenía que hacerse escuchar.
—Dije, ¿Qué sucede? —esta vez, con lo firme que sonó su voz, detuvo el forcejeo de Jace y el agente.
El hombre que tenía agarrado por el brazo a Jace, la quedó viendo fijamente.
—Este chico estaba criticando la unidad principal de dominio de nuestro país… —le responde.
—O sea, el Capitolio. —interrumpe Jace.
—…Que nos ha traído paz y libertad…
—¿Paz y Libertad? —interrumpe Jace. — ¿Estás oyendo lo que dices?
—…Después de la sangrienta guerra que desató la revelación del desaparecido distrito 13. —continúa el hombre con uniforme como si tuviera preparado todo ese discurso.
—Del eliminado distrito 13. —corrige Jace. — Y no hay que olvidar por quién fue eliminado. —dice con un tono de ironía y enojo en su voz, parece no importarle lo que le pase.
Prim mira a Jace desconcertada, no puede creer que no vea la importancia de sus palabras.
—¿A dónde lo llevará? —pregunta Prim.
—Ojalá… —intenta decir Jace.
—¡Tú, ya no digas más! —le ordena Prim.
—Lo trasladaremos frente al Capitán de los agentes de la paz que lo mandará a una corte donde decidirán su sentencia. —responde el Agente de la paz.
—¿Cuál sería su sentencia?
—Un castigo de tortura. —dice el hombre como si lo que dice no tuviera nada de malo e inhumano.
Prim no sabía si darse la vuelta y actuar como si no había visto nada, y dejar que Jace se pudriera entre látigos o fuera fusilado, o buscar la manera de ayudarlo. Mira su morral que está lleno de comida para esta noche y mañana en la mañana.
—Le doy medio litro de leche y deja libre al muchacho. —ofrece Prim, con un tono que ya no es de ella.
El agente de la paz ve cuidadosamente a la chica que tiene en frente de ella. Le está ofreciendo algo que es muy costoso para conseguirlo por méritos propios.
—Un litro de leche y lo libero. —exige firme el agente de la paz.
—Está bien. —accede Prim indignada.
Abre el morral y saca dos envases de vidrio con medio litro de leche cada uno. Se los entrega al hombre parada frente a ella y él suelta, con un empujón de pocos amigos, a Jace hacia Prim. El agente se aleja de ellos sin decir palabra.
Jace mira a Prim estupefacto.
—¿Por qué me ayudaste?
—Porque necesitabas ayuda. —responde Prim.
—¡No necesitaba tu ayuda! —explota Jace.
—Lo siento. —se disculpa.
—¡No te disculpes!
—¿Entonces qué quieres que haga? —explota Prim también casi saltándole encima de la frustración. —Las personas normales sólo dirían gracias.
—¡Yo no pedí que me salvaras!
—Es por esa razón que deberías de decir gracias. —le reprime Prim. —Mi madre de seguro está preocupada. No llegaré a tiempo para ver a Katniss. —lo último lo dice en un susurro porque piensa que a Jace no le interesa.
Cuando está decidida a marcharse hacia su casa. Jace la toma por el hombro.
—Te acompaño a casa.
—No hace falta. Gracias. —responde Prim muy enojada.
—No… —la detiene Jace cuando ve que tiene la intención de marcharse. —Yo… Prim… —balbucea Jace sin control. — Lo que quise decir es… —hace una pausa. — ¿Puedo acompañarte a casa?
Prim examina la actitud de Jace. Sonríe tiernamente y dice: —Me encantaría.
En eso Caesar Flickerman, el presentador de los juegos, se proyecta en la pantalla colocada en el centro del Quemador. Prim trata de pensar en una manera de salir de entre todo ese mar de gente y llegar a tiempo para presenciar la entrevista de Katniss y Peeta.
—No lo lograré. —dice Prim decepcionada.
Jace mira a Prim detenidamente. Sólo se habían hablado directamente una vez y aun así, lo salvó de las manos de un agente de la paz.
—¿Prim? —dice un poco apenado, y ella se vuelve hacia él. —Mi casa está cerca. Si corremos un poco, podríamos…
—Puedo llegar a casa. —interrumpe Prim. — No es necesario.
—No, no lo es. —concuerda Jace. — Pero quiero hacerlo. —le ofrece su mano con una sonrisa.
Prim duda un momento, pero antes de poder reaccionar su mano ya estaba sobre la de Jace. Corren fuera del Quemador, como dos pequeños niños que son. Mientras corrían de la mano, para Prim, fueron unos segundos de felicidad. Pudo olvidar un poco a Katniss y enfocarse en ella.
Llegaron a casa de Jace. Era rústica y muy diferente a la suya. La sala era un tanto espaciosa y lo que era de admirar en la Veta, y la mayoría del distrito 12, su cocina tenía una cantidad considerable de alimentos.
Al entrar Jace enciende precipitadamente la televisión. Para la suerte de Prim, el presidente Snow estaba empezando con su típico discurso de todos los años.
Suspira de alivio y cansancio.
—Gracias. —dice Jace cabizbajo.
—¿Gracias a mí? —dice Prim sorprendida. — Gracias a ti. —corrige inmediatamente, con una amplia sonrisa en su rostro. — Voy a poder ver a Katniss, gracias a ti. —dice y lo abraza de la emoción. Un tierno abrazo que Jace acepta y corresponde.
En unos minutos el primer carruaje se enfoca ante las cámaras.
—Wow. —exclama Prim un poco asustada. — ¡Se ven geniales! —la preocupación aumenta.
Jace no soporta ver a Prim con esa expresión en el rostro. No es la expresión que el admira de ella.
—Oye, escucha. —dice tomándola por los hombros. — Esos distritos pueden verse geniales, pero ninguna de esas chicas es tan hermosa, inteligente, valiente o especial como lo es tu hermana, ¿cierto? —hace una pausa y traga saliva. — Todo va a salir bien. —pronuncia esas palabras lentamente.
Cuando Jace termina su discurso, un ruido ensordecedor proveniente del televisor llama su atención. Katniss y Peeta eran los únicos enfocados en las cámaras.
—¡Son Peeta y Katniss! —dice Prim casi gritando de la emoción.
—Y están en llamas. —bromea Jace mientras Prim salta y aplaude de la emoción entre él y la televisión.
—¡Eso Katniss! —alentaba Prim como si ella pudiera oír todo lo que decía.
Cuando el desfile termina Prim sigue emocionada aplaudiendo.
—¡Gracias, Jace! —grita y lo abraza fuerte y afectuosamente. — ¡Tengo que irme! ¡Mamá seguro está preocupada!
—¿Te acompaño? —se ofrece Jace.
—¡No hace falta, Jace! ¡Hiciste bastante por mí hoy! —le agradece Prim con su actitud que le saca una sonrisa a cualquiera, incluso a Jace.
Prim toma su morral, se despide por última vez de Jace y corre hacia su casa. Al mirar a su madre, ambas se abrazan de felicidad, lloran lágrimas de felicidad y celebran la chispa de esperanza que acaba de volver a nacer en sus adentros.
