Hice este capítulo especialmente largo por que quería abarcar todo de una vez en una sólo capítulo e ir directamente a donde ocurrirá mucha de la acción de ahora en adelante.
Espero les guste este nuevo capítulo, aquí ya veremos una interacción más profunda entre los personajes y cómo formarán un vinculo que les sirva de piedra angular el resto de la historia.
Sin más preámbulos con ustedes:
PD: Contiene escenas de violencia.
-2-
Hallazgo.
Había algo familiar en él. Fue el pensamiento que se sembró en Marinette mientras lo remolcaba en medio de la humedad dentro de la casa. Estaba bastante pesado y sucio. Supuso que la mejor idea era darle un buen baño antes de meterlo a la casa. No obstante, la copiosa lluvia que los rodeaba estaba haciendo un excelente trabajo.
El joven estaba caliente, extraño para alguien que ha estado tanto tiempo a la intemperie o al menos eso era lo que aparentaba. Lo dejó en la entrada y se apresuró a abrir la puerta. Estaba bastante pesado, por lo que tardó un tiempo considerable en trasladarlo del establo a la casa.
Cuando pudo entrar lo arrastró con pesadez a la sala, la cual era la habitación más cercana a la entrada. Al dejarlo ahí corrió por toallas para secarlo a él y a ella. Había mucho lodo en el piso, seguro a su tía de daría un ataque al ver la suciedad… eso y que tenía a un hombre semidesnudo en el piso. Marinette se apresuró a secarlo y mientras lo hacía notó que la herida volvía a abrirse y sangrar. Hizo un mohín, ahora que lo recordaba, su tío le había dicho que en el cuarto de baño había un botiquín con equipo de sutura en caso de ser necesario.
Ella nunca había suturado una piel humana, pero sabía coser y de forma esplendida, por lo que no tendría por qué ser diferente, ¿O sí? Sin chistar más cubrió al joven en varias toallas secas y apretujó la herida con otra más pequeña. Vio una mueca muda en su rostro así como un rubor febril identificable, claramente estaba enfermo y no dudaba el por qué. Tan cubierto de mugre y herido como estaba era sólo cuestión de tiempo.
No fue hasta que entró al cuarto de baño que pudo verse en el espejo. Estaba llena de lodo y tan mojada que su cabello goteaba. Detuvo un momento su carrera y volvió a secarse. Había una muda de ropa que ella misma había puesto ahí, para ducharse después de recorrer su cabalgata, así que se cambió rápidamente, pues si se descuidaba ella también podría enfermar. Después tomó algunas píldoras, jeringas, ámpulas y la aguja con el hilo para suturar. Regresó apresurada a la sala, pero cuando llegó ahí se detuvo al contemplar que el piso estaba vacío.
El muchacho no estaba donde lo había dejado y tampoco parecía haber salido pues las ventanas y la puerta estaban cerradas. Tragó saliva y cuidadosamente dejó el equipo en una mesita que estaba al lado de ella y con la misma suavidad tomó un florero de cerámica a modo de protección. No era la mejor arma, pero en el instante que colocó el botiquín supo que al menos debía tener algo con qué protegerse, estaba segura que esa cerámica era lo suficientemente gruesa como para noquear a alguien.
Caminó en silencio, afianzando sus pisadas con ligereza y descubrió que la puerta de una de las habitaciones, la suya para ser precisos, estaba semi abierta. Se posó a un lado de la puerta y tragó saliva, con una mano empujó levemente y con la otra alzó un poco el florero, lista para golpear al "visitante" si este se portaba sospechoso. Cuando la abrió lo suficiente como para que entrara avanzó a pasos pequeños.
La cama estaba perfectamente tendida, como la había dejado, la ventana cerrada, la lluvia continuaba cayendo con copiosa algarabía. Estaba oscuro y sólo daba la luz del pasillo, por lo que Marinette palpó la pared buscando el interruptor.
Todo pasó demasiado rápido para su gusto, por lo cual sólo alcanzó a encender la iluminación. Para cuando activó el botón y la habitación se iluminó algo la haló de la ropa y la empujó contra la cama. La puerta se cerró de forma abrupta, giró sobre sus tobillos debido al impulso y se apresuró a voltearse para acertarle un buen golpe en la cabeza a su atacante. Sin embargo, él le sujetó de las muñecas y le obligó a tirar el objeto que pretendía usar como arma.
Marinette intentó luchar contra él, pero evidentemente la diferencia de masa muscular y tamaño le jugarían una mala pasada. El muchacho la empujó y dio contra el colchón. Aferró sus manos en las muñecas de ella y la desarmó colocándoselas alrededor de la cabeza. Marinette apreció el peso enorme de él contra su cuerpo. Asustada comenzó a patear y él, aferrándose como un depredador entrelazó sus piernas con las de ella para impedírselo, no obstante, en su forcejeo, la morena consiguió tocarle la herida de su flanco.
Eso deformó la cara del muchacho en una mueca de dolor. Siseó como una auténtica pantera y lanzó un grito muy similar a un rugido. La impresión la dejó tiesa. La rodilla del muchacho se trabó con la suya, la misma que lo había golpeado y presionó lastimándole la articulación a Marinette, llamándole la atención y haciéndole ver que él era más dominante. Sintió la calidez de su sangre en su abdomen, la herida se había abierto con su golpe y de nuevo goteaba. Con razón estaba molesto. Pero además, su rostro se destensó al sentir miedo, pues la distancia que separaba sus rostros se hizo más pequeña, casi como si estuvieran a punto de darse un beso.
Marinette sintió cosquillas en sus mejillas al sentir el cabello largo y húmero del chico sobre su piel. Cerró los ojos para no verle, pues no quería que el miedo la delatara, sin embargo, cuando el aire caliente de su respiración le bañó por completo, el morbo pudo más que ella y con cuidado abrió sus ojos para rivalizar con sus fanales ojos verdes.
Fue como una posesión, habría de describirlo Marinette tiempo después. Los ojos verdes del muchacho, que cuyo rostro estaba fruncido presa del dolor, la fiebre y la agresividad, le parecieron extrañamente familiares. Al quedar tan distraída con sus ojos ella dejó de luchar y concentró toda su atención en la mirada del hombre. Él, por su parte, se topó con los celestes orbes de ella y, por extraño que pareciera, se relajó al ver que no tenía malas intenciones, sino que por el contrario, estaba asustada.
Eso mejoró el agarre, pues lo aflojó un poco. El hombre cambió la expresión violenta que tenía a una más suave y afianzada por el dolor. Marinette sin pretenderlo demasiado quedó hipnotizada por la mirada tan profunda que le dedicaba el joven. ¿Qué rayos le pasaba? Debería estar aterrada, gritando injurias y luchando contra aquel extraño que se posaba sobre ella para domarla de alguna forma. ¿Por qué demonios no se echaba a la fuga? ¿Por qué no estaba luchando? ¿Qué era esta familiaridad?
Las facciones de ambos se relajaron considerablemente, el muchacho poco a poco aflojó la tensión en sus músculos y como si estuviera hecho de trapo terminó de recargar su cuerpo contra el de ella. Marinette se encogió un poco, su anatomía tan rígida como un trozo de acero. La barbilla del muchacho descendió hasta recostarse contra uno de sus hombros. Su cabello rubio se desparramaba sobre las sábanas, estaba muy caliente y pesado, por lo que se sentía sofocada. Temió que perdiera el conocimiento y se dejara caer sobre ella completamente.
Él por su parte, podía escuchar el acelerado corazón de la joven y su respiración entrecortada dada la ansiedad. Cuando terminó de posarse sobre ella logró sentir su diminuto cuerpo al compás del suyo. Era una joven menuda, no más madura que él, con bastante fuerza a pesar de su complexión y sin duda alguien sin malas intenciones o al menos eso suponía. Le había golpeado en el granero, sí, pero al parecer no tenía propósitos egoístas y perversos como ellos. Por un momento se sintió culpable de haberla asustado. Quizás era la fiebre pero, ¿Sería ella una amenaza real? Con cuidado y no queriendo ser brusco, se separó de ella hasta rodar en el colchón y quedar boca arriba.
La mujer se quedó muy quieta del otro lado. Era como si quisiera asimilar lo que sucedía. Un trueno iluminó afuera y el sonido la trajo a la realidad. Marinette se encogió y le miró con temor. Él por su parte dejó que su largo cabello se le pegara en la frente y sostuvo cuidadosamente la herida que continuaba sangrando.
—Lo siento. – dijo en un mandarín perfecto, pero con una voz gastada, ronca y poco audible. Marinette respingó ante esto. No esperaba que le dedicara una disculpa. Le miró de soslayo, aún en la misma posición en que la había dejado. El chico siseó entre dientes mientras se recostaba boca arriba con parsimonia, se sujetaba la herida de antes, era evidente que dolía y además que pese a ser con lentitud, el sangrado llegaría a ser abundante.
—¿Cómo te hiciste eso? – preguntó de forma casual, incluso ella misma se sorprendió, no obstante su voz no perdió el timbre de timidez que era requerido.
—Un disparo. – dijo tras una pausa.
—Tienes fiebre. – continuó Marinette, hablando en chino tal y como él le respondía.
—Me duele. – gimió él. Entonces la chica se enderezó un poco, se revisó las muñecas sin poder evitar que la marca de los dedos de él habían dejado un rastro ruboroso. Volvió la vista al muchacho, quien ahora lucía tan indefenso como un cachorrito. Supuso, que lo más sensato sería llamar a la policía o una ambulancia, así que se levantó por el botiquín.
—¿Quién te hizo esto? – especificó cuando estaba por cruzar la puerta.
—Gente mala. – mencionó en voz baja.
—¿Gente mala? – Marinette sintió un escalofrió. Ahora que lo veía desde el umbral se notaba bastante peor. La sangre había manchado las sábanas, estas estaban revueltas y él sudaba mientras se retorcía. —Llamaré a una ambulancia. – le anunció mientras se perdía por el pasillo. Tomó el teléfono pero no pudo escuchar nada del otro lado, era como si la línea estuviera inactiva. Susurró una maldición y se fijó por la puerta. El problema estaba justo en el poste de dónde provenía la línea telefónica. El relámpago de hacía un rato le había dado de lleno a éste, ocasionando una suspensión del servicio por el sobre voltaje. Esto ya no parecía una simple lluvia de temporada, sino una tormenta.
—Qué extraño que la luz aún esté… Ah, claro, el dispositivo de emergencias. – su tío tenía una planta eléctrica portátil que usaba para echar andar un gran refrigerador y el invernadero en donde cultivaba hortalizas, la cada tenía otra terminación y en el instante que los circuitos de poste se frieron ésta se activó.
Ella sonrió, al menos así tendría luz para poder ver, por lo que tomó el botiquín y fue donde el chico. Marinette se posó a su lado, estaba peor que antes.
—Déjame ayudarte. – ella se relajó un poco. Estaba sumamente nerviosa por todo lo que estaba sucediendo. El muchacho asintió. —El teléfono está muerto pero… pero yo te ayudaré. Sé coser y creo que puedo cerrarte esa herida. La lavaré… o, ¿Prefieres tomar un baño? – el muchacho esperó un momento para contestarle y después haló una mano para tomar unas gasas que sobresalían el botiquín.
—Suena bien. – estaba empezando a darse cuenta que no decía frases muy largas, sólo contestaciones sencillas; de hecho, ahora que lo veía mejor no era de origen chino, al menos no su biología. Era claramente de apariencia europea, demasiado sospechoso para su gusto.
—¿Tu herida es muy profunda? – no tenía muchos conocimientos médicos, salvo los primeros auxilios que le habían enseñado en la escuela.
—No creo. – contestó mientras lanzaba una ojeada rápida. La sangre empezaba a coagularse, pero estaba segura que si se movía volvería a fluir.
—Espera, traeré agua caliente y ropa seca, ya limpió te sentirás mejor. – tragó saliva, sentía un inmenso deber en ayudarle. Minutos más tarde le tragó una olla con agua tibia, una esponja, jabón y antiséptico, así como más sabanas y toallas. Para él, le entregó una camiseta de su tío y unos pantalones cortos que encontró. Su tío era delgado así que buscó lo más grande que pudo ver en su armario, el joven era delgado, pero musculoso. Por lo que no estabas segura si le quedarían.
Le pidió que se levantara para colocar una toalla debajo de él. El chico lo hizo sin prisas. Marinette rápidamente tomó agua en la esponja.
—Voy a lavarte. Quizá te duela un poco.
—Entiendo. – él tomó un trozo de tela y lo metió entre su boca.
—Aquí voy. – se limpió el sudor de la cara y comenzó con la curación. Se detuvo inmediatamente cuando él dejó salir un bufido amortiguado. —¿Estás bien?
—Sí, continúa. – pidió suplicante por lo que Marinette lo hizo. Cuando pasó de nuevo la esponja él tensó todo su cuerpo, pero no la apartó. Dándole la oportunidad a la chica de lavar adecuadamente cada recoveco. Al parecer, la bala había marcado un surco en las musculatura desde el abdomen hasta la espada, trazando una herida de bordes bien definidos, con daño de los planos en la piel, a facies y el musculo, pero sin penetrar en la cavidad, una herida superficial pero con un daño lo suficientemente considerable como para que sangrase, dado que lo oblicuos se habían desgarrado en esa zona.
Mientras más tallaba más roja terminaba el agua. El jabón y el antiséptico lo hicieron aún más ardoroso, pero el muchacho sólo mordió una toalla y se tragó cada gota de dolor. Para cuando terminó la limpieza, Marinette tomó la aguja, estaba estéril o al menos eso decía el empaque, por lo que, ni tarda ni perezosa se apresuró a anudar el último extremo, tal como lo había cuando iba a coser algo.
Las miradas de ella y el muchacho se cruzaron. Sabía lo que vendría, otra sesión dolorosa. El hombre miró el botiquín y suspiró para después hablar.
—¿Anestesia? – preguntó con algo de temor. Marinette echó un ojo a los medicamentos, pero, desafortunadamente no sabía cuál era el indicado para adormecer, sólo cual podría servir para quitar el dolor y los antibióticos.
—No lo sé. – eso abrumó al joven quien febril y débil como estaba tuvo que tragar saliva. Si ella no sabía usar los medicamentos mejor no insistir, podría darle algo de forma inadecuada y matarlo.
—Así entonces. – comentó resignado para volver a apretar la toalla entre sus dientes.
—Lo siento. – se disculpó ella y se preparó para lo que vendría. Anteriormente se lavó muy bien las manos y tras unos segundos de espera procedió.
Las puntadas eran equidistantes, no se extrañaba después de todo era una excelente costurera, pero la técnica estaba mal ejecutada, Marinette tardó mucho tiempo en completar la sutura y mientras ella daba un pinchazo el muchacho resistía como un verdadero campeón. Se disculpó con él en más de tres ocasiones, resintiendo el dolor que estaba causándole y consolándole con palabras a medias.
Para cuando terminó lavó rápidamente y llevó todo lo sobrante al bote de basura. Se giró sólo un momento y fue por un vaso con agua. El chico tenía tanta fiebre que se le veía distraído, con los ojos fijos en el techo, respirando con dificultad.
—¿Estás bien? – le tocó el hombro. Temía que de un momento a otro se durmiera y no despertara jamás, pero el chico le miró de soslayo y asintió. —Esto es medicina, te ayudará con la fiebre. – le aseguró mientras le servía dos píldoras de acetaminofén. El muchacho sólo tuvo fuerzas para mover la cabeza e inclinarse sobre su costado, que aunque herido, tuvo que hacerlo para beber. Tomó con avidez los medicamentos y después volvió a recostarse mirando hacia una dirección en particular.
Todo se llenó de silencio y Marinette se sintió asustada al ver que cerraba los ojos. No sabía si lo mejor era dejarlo dormir o mantenerlo despierto. Finalmente tras un rato en el que acompasaba con tranquilidad su respiración y que la fiebre comenzaba a bajar supuso que era la mejor opción.
Cubrió la herida con una venda y unas gasas, lo arropó con una manta y se aseguró de dejar el medicamento a su alcance. Después de eso y con bastante silencio, salió de la habitación para ducharse.
No tardó mucho en regresar. Después de todo era su habitación y el lugar en donde guardaba sus objetos personales. Lo apreció a lo lejos. Estaba sudando de nuevo y en su rostro se marcaba una expresión de dolor perpetuo. Se le acercó con cuidado y tocó su frente, continuaba caliente y era preocupante. De nuevo, tuvo que actuar como una enfermera, andando de aquí para acá con compresas frías. Esta sería una noche muy larga, se dijo a sí misma, cuando al mirar el reloj que estaba en la pared vio que no era ni media noche y que por el contrario, con la lluvia afuera, el tiempo parecía rodar más lento.
…
Le hubiese gustado decir que era un nuevo día, algo así por el estilo. Pero no lo fue. Había llovido toda la noche y continuado por la mañana. No obstante y aunque podría catalogarse como mala suerte, era en realidad muy relajante.
Marinette se despertó apresuradamente. Había dormitado en la habitación junto al muchacho. Sin pretenderlo demasiado, se durmió en el piso encima de algunas cobijas mientras a cada rato echaba un vistazo al invitado. La fiebre le había subido durante la noche y por ello tuvo que cambiarle tres veces las comprensas. Ahora en la mañana, el chico estaba muy cómodo, pues incluso escuchó algunos ronquidos y a diferencia de la noche, no tenía una expresión dolorosa en sus facciones.
La chica se levantó con pesadez, odiaba dormir en el suelo, pero no se quejó, puesto que comprendía que fue una decisión de urgencia. Después de estirarse un poco caminó a la cocina. Revisó nuevamente la línea telefónica y al darse cuenta que no había servicio, prosiguió su trayectoria para ir a hacer el desayuno.
La odisea inició de nuevo mientras buscaba los ingredientes para hacer algo delicioso. Sus padres eran expertos reposteros y también buenos cocineros, vaya, incluso ella tenía un tío que era sumamente hábil en la cocina, por lo que para ella no sería un reto hacer algo decente. Prosiguió ahí sin darse cuenta que su "paciente" empava a regresar al mundo de los vivos.
Fue más bien el olor de la cocina lo que le despertó. Su nariz, sensibilizada a base de medicamentos y estrés, captó perfectamente el olor de la mantequilla, el huevo y las hierbas. Fue hasta ahí que recordó que estaba muy hambriento. Abrió los ojos despacio, primero ubicó en donde se encontraba. Revisó la cama, la cual todavía seguía algo húmeda, producto del proceso de curación, el hecho que él ya estaba empapado y su hiperhidrosis a causa de la fiebre.
Además de eso estaba cubierto por una manta, su herida estaba vendada, tenía algunos medicamentos en una mesita de noche cercana y por si fuera poco, una compresa ya seca en la cabeza; dándole a entender que alguien había tenido consideraciones con él. Sus dudas se aclararon completamente cuando Marinette ingresó al cuarto con un plato de comida y un poco de té chino. A ella le gustaba mucho y sabía de antemano que podía ser relajante.
—Oh… - no esperaba verlo despierto, en realidad su estrategia era dejar la comida ahí y marcharse ella a la mesa para comer. —Buenos días. – saludó con educación aproximándose con lentitud. Dejó la comida en la mesita de al lado, aun con la atenta mirada de él.
—Buenos días. – respondió el muchacho, su voz ahora ya no estaba tan ronca.
—¿Cómo te sientes? – continuó de pie a un lado de él, sin saber en dónde poner las manos.
—Estoy bien. Gracias. – contestó con monotonía, pero su expresión decía lo contrario. Se notaba a leguas que estaba muy agradecido.
—Tuviste algo de fiebre. – soltó de pronto ella, no entendía por qué, pero cuando él le dirigía una mirada sentía un extraño escalofrió que le debilitaba las piernas. —Quizá quieras tomar un poco más de medicina. – señaló las píldoras. —¿Te duele algo? – se refería a la herida, pero no lo dijo así, pues al estar nerviosa, olvidaba algunas palabras en chino.
—No. – el chico movió la cabeza de un lado a otro y su largo cabello rubio se enmarañó en su cara. —¿Para mí? – señaló la comida, estaba sumamente hambriento, pero no quería actuar como un bárbaro frente a ella.
—Sí, ¿Te gusta el omelet? – Marinette sonrió retacada.
—Sí, me gustan. – el muchacho sonrió, era una sonrisa perfecta para su gusto y eso la hizo sonrojar.
—Por favor come, amm, ¿Quieres compañía? – se atrevió a decir, él asintió ampliando su sonrisa, creía que Marinette era encantadora y muy amable, por lo que su compañía no le vendría nada mal. —Está bien, iré por mi plato.
No tardó mucho en llegar donde él con su plato. El olor era exquisito y reconfortante. No había comido comida casera desde hacía muchos años; de hecho, lo manifestó. Prácticamente engulló el platillo de dos mordidas y se tomó el té en un solo intento, a pesar de que estaba caliente, el sabor era tan magnífico que no resistió la tentación. Marinette se quedó con el primer bocado en la boca, atónita de la velocidad con la que podía comer. Por un momento el joven la miró con ojos suplicantes, la comida que ella tenía en su plato lo cautivaba sobremanera y ella lo comprendió tras un rato.
—¿Quieres el mío? – el chico se sonrojó ante esto y desvió la mirada con mucha vergüenza, no obstante asintió. Marinette se carcajeó un poco y estiró la comida. —Adelante, puedo preparar más. – el muchacho lo tomó con cuidado y ella se sorprendió de ver sus ojos enrojecidos y acuosos. —¿Sucede algo? ¿Te sientes mal? – por la alarma de su voz el chico sacudió un poco la cabeza y negó. Después comió más despacio el omelet y se tomó las pastillas. Tras esto suspiró agotado y recostó la cabeza en la almohada.
—Gracias. – dijo de pronto, sorprendiéndola.
—De nada. – carraspeó. —No tengo servicio telefónico, por lo que, no podré llamar a una ambulancia. Pero mis tíos no deben tardar en llegar, ellos deben venir en camino, te llevaremos a un hospital cuando lleguen. – el muchacho escuchó atento y asintió. Marinette suspiró, todo estaba resultando muy sencillo. Aunque ayer estaba tremendamente asustada por verlo merodear el establo y herido, ahora se sentía cómoda con él. Sonaba inverosímil, pero así sucedía. El chico era calmado, dócil y paciente, no un salvaje como creyó al inicio. Eso transformaba por completo el panorama.
Una idea nació en ella. Quizá inspirada por el olor a humedad y sangre, pero era buena al fin y al cabo.
—¿Quieres tomar un baño? – preguntó con timidez. El muchacho alzó os ojos y sonrió.
—Sí, sí quiero. – hizo ademán de levantarse pero Marinette lo frenó.
—No es necesario que te levantes, prepararé el baño y te diré cuando esté listo. Tomará un rato, descansa.
—¿Comerás? – ella notó la preocupación en su voz, después de todo le había quitado su desayuno.
—¿Comer? ¡Ah, sí, descuida! Puedo comer mientras te bañas. – se levantó apresurada. —No tardaré.
…
El sonido de la ducha a la distancia distraía a Marinette. Más que nada porque le impacientaba el saber lo que pasaría después. Cuando él entró se tomó la libertad de arreglar la cama, cambiar las sábanas por otras limpias, asear un poco la casa y desayunar. Ya llevaba mucho tiempo dentro, quizás media hora, pero no se atrevía a ir y preguntar, ¿Qué haría si lo veía desnudo? La vergüenza la sofocaría hasta un punto insólito… Pero, por otra parte, ¿Y si estaba desmayado? Sería peligroso que se quedara dormido en la ducha, podría ahogarse o peor aún, sucumbir ante la fiebre.
Decidida y escarmentada, Marinette se acercó al cuarto de baño y tocó con sutileza.
—¿Hola? – tocó repetidas veces pero con suavidad. —¿Está todo bien? – no hubo contestación. Marinette se sintió nerviosa, ¿Y si el joven estaba ahogado en la bañera? ¿Si se hubo desmayado o peor aún, muerto?
Nada de eso fue un hecho, la puerta se abrió de pronto con una enorme condensación de vapor detrás. Ella retrocedió y finalmente la figura del muchacho emergió a paso tranquilo. Se había quitado las gasas para ducharse y la herida, previamente suturada por ella estaba goteando un poco carmesí, seguramente él habría de haberse tocardo durante el baño.
No obstante no fue el hecho de que estaba ahí, semidesnudo, envuelto sólo en una toalla, con el cabello levemente seco, la herida goteando o él exhalando con cansancio, no, no fueron todas esas otras cosas las que dejaron a Marinette congelada… Sino que ahora, ya limpio, relajado, con el cabello sólo poco hacia adelante y sus ojos expuestos cayó en cuenta de algo.
Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Ni siquiera Marinette, quien tendría que haberse disculpado por verlo en paños menores, o él, por haber abierto la puerta sin avisar. El silencio se transformó en un inesperado aliado, en un espacio en el cual los dos se miraron fijamente y pudieron memorizarse.
Marinette apreció desde el abdomen a la cara. Estaba lleno de cicatrices, algunas exiguas, otras nuevas, también tenía un cuerpo bien formado y musculoso, pero que no rebasaba el sentido común. En su rostro, visualizaba perfectamente una postura rígida, la mandíbula estaba ligeramente apretada, como si toda la noche hubiese castañeado los dientes y continuara haciéndolo. Su estructura ósea era firme pero le daba la impresión de que en algún pasado no muy lejano había tenido la forma de un jovenzuelo de postura afable. Por último, sus ojos de un verde resplandeciente. Lo cierto es que asemejaban mucho a los de un gato, pues realzaban un color poco común y hermoso.
Ella pensó, tras esos segundos en los que nadie dijo nada, que él evocaba una sensación de familiaridad y al mismo tiempo, sentía al ver sus ojos una corriente eléctrica en su espalda y estómago. Sería posible que lo hubiera visto antes.
El muchacho ladeó la cabeza un poco y también la bajó por que se sentía cansado de estar tan erguido. Marinette aprovechó esto para verlo aún más de cerca y sin premeditarlo, se animó a palpar su cara con suma delicadeza.
Una de sus manos subió timorata hasta tocar una de sus mejillas. Estaba hipnotizada, perdida en un remolino de sensaciones y recuerdos. El muchacho suspiró dejando salir una ondeada de aire espeso por su nariz, casi como un toro que está a punto de ser domado y Marinette, interpretando esto como una señal, continuó.
Cuando sus manos tocaron su rostro, sintió que su piel estaba seca pero suave. Estaba caliente, pero no era fiebre. Además sus ojos lucían brillantes, pero sin llegar a humedecerse por lágrimas. Él siguió los actos de Marinette con atención, no creía que fuese a lastimarlo, por lo que se dejó acariciar… esto le causó confort.
La chica terminó por tomar su rostro, sus manos pasaron por sus pómulos masajeando un poco y haciendo que él cerrara los ojos en agrado. Cuando los abrió se desconcertó al ver que ella estaba a punto de llorar.
—¿Puedes hablar francés? – la pregunta emergió con el idioma que ella misma estaba preguntando. Pudo sentir el momento en el que se le tensaban todos los músculos y en el cual aguantaba la respiración.
—Sí. – respondió en el idioma pedido.
—Vivías en Paris… hace cinco años. – una lágrima rodó por la mejilla de Marinette, él por su parte sintió que pronto se contagiaría de dicho llanto.
—Sí. – exclamó asombrado.
—¿No sabes quién soy yo? – no dejó de tocarlo y no pareciera que le molestara, al contrario. El chico intensificó su mirada y sus ojos se fundieron con los azules de ella. Marinette aspiró un poco y se enfocó en el muchacho una vez más. —¿Adrien? – susurró con temor a equivocarse. Pero sus dudas se vieron desvanecidas cuando él, en un gesto de desconcierto abrió los ojos como platos al escuchar su propio nombre.
—¿Qué? – tuvo un escalofrió.
—Tu nombre es Adrien Agreste. – lo dijo con seguridad, a pesar de las lágrimas. —Tenías quince años cuando nos conocimos. – aspiró para retener su llanto, mas no podía. —Nosotros estábamos en la misma clase. – perdió fuerza en las extremidades, sentía que en cualquier momento sus dedos se deslizarían y quedarían flotando en el aire. —Tú… y yo, éramos…
—Amigos. –dijo él de pronto, Marinette asintió mientras se limpiaba las lágrimas. —Marinette. – completó él y ella, sintiendo que podría desvanecerse ahí mismo rápidamente cubrió su rostro y soltó un gemido presa de aquellas ganas tan grandes que tenía de llorar.
Adrien tomó sus manos, las apretó con ternura y descendió la cabeza hasta unir sus frentes. La respiración del muchacho se volvió pávida, tenía los ojos fuertemente apretados y ella supo que en cualquier momento lloraría.
—Marinette. – repitió usando su francés, un idioma que tenía mucho tiempo que no utilizaba. —Mi querida Marinette. – finalmente él lloró, una lágrima caliente y desgastada desveló su condición. Adrien estaba conmocionado. —Cuanto tiempo. – abrió los ojos para encararla, ella poseía el mismo estado emocional que él.
—Adrien. – empezó a temblar, el nerviosismo y la emoción eran demasiado para ella. —Al fin te encuentro, Adrien. – susurró con amor, ¿Cómo no hacerlo? Estaba enamorada de él. En sus años de adolescencia ambos eran buenos amigos, pero Marinette escondía un amor juvenil pasional por su compañero de clase.
No habían iniciado con el pie correcto, pero al pasar del tiempo el calor de la llama de sus sentimientos se hizo visible y ella comenzó a sentir cariño por él, hasta el punto en el que ese cariño y amistad se transformaría en adoración. Cuando Adrien desapareció su corazón se partió en mil pedazos, dejándola en un luto tan intenso que tardó mucho tiempo en superar el hecho de que él no estaba ya más con ellos. La búsqueda de Adrian Agreste se prolongó por cuatro años en los cuales, cuando la policía francesa y sus fuerzas de élite dejaron de investigar trascurrido un año, su padre gastó una fortuna en detectives para proseguir, teniendo participación parcial del resto de las autoridades. Quizá era por eso que Gabriel Agreste había perdido tanto dinero en los últimos años. Su estado anímico decayó bastante desde el secuestro de su hijo y sus esfuerzos por recuperarlo se vieron fútiles.
Pero ahora, como por parte de magia, Adrien Agreste aparecía frente a ella. Maltratado, semidesnudo y herido, pero vivo y eso, no podía compararse con nada. La dicha de verlo respirar, responder a sus caricias, de pie y despierto, era tan maravillosa que le dejaba exclamar con alborozo que todo ese dolor había valido la pena.
…
—¿Seguro que puedes permanecer sentado?
—Sí.
Tras un rato en el que los dos tuvieron que tomarse un rato para calmarse, Adrien, en una inesperada acción le había pedido a Marientte que le cortase el cabello. Ella había pensado que era una locura, pero aún así lo hizo. ¡Me pidió que le cortara el cabello! Habría dicho mucho después cuando relataba ese suceso en su vida, pero lo cierto era que no esperaba dicha petición y continuaba pensando en lo descabellado que era aún años después.
No obstante, ahí estaban ellos, con Adrien sentado en una silla mientras con una mano se sostenía la herida que nuevamente habían vendado y la otra, se apoyaba ligeramente en una de sus rodillas.
—Está listo. – Marinette le mostró un pequeño espejo que tenía su tía y le mostró la parte trasera de su cabeza. Adrien asintió.
—Gracias, Marinette. – tocó cuidadosamente su cabello recién trasquilado. —Me siento mejor. – confesó para sonreírle con delicadeza. Sin embargo y a pesar de mostrarse tranquilo, la chica tenía una clara expresión congestiva. Adrien podía estimar por qué, pero no quería indagar en ello.
—Adrien. – Marinette lo rodeó para sentarse frente a él. Después de su reencuentro había tenido que limpiarse a cara rato la cara por las lágrimas traviesa que osaban salir sin permiso. El muchacho por su parte ya no lloraba, pero se le notaba más sonriente y complaciente.
—Has crecido mucho, Marinette. – interceptó él. Sabía lo que su amiga intentaría pero no quería hablar de nada relacionado con sus últimos años, al menos no por ahora.
—¿Eh? – ella transformó su expresión y después se tranquilizó. —Sí, un poco. – se llevó la mano a su cabello, el cual lucía más corto que en su adolescencia.
—Me gusta cómo se te ve el cabello. – halagó Adrien con una sonrisa serena.
—Gracias, amm, aunque creo que no podría decir mucho del tuyo.
—¿No? – Adrien se tocó la nuca. —Me gusta como quedó. Siempre has tenido talento con las tijeras. – ella se sonrojó inevitablemente.
—¿En serio lo crees?
—Claro. – de nuevo hubieron más sonrisas, mas Marinette quitó la suya con parsimonia y frunció el ceño enseguida.
—Adrien, ¿Quieres hablar de…? – lo vio tensarse y supo que quizá no había sido la mejor idea.
—Es difícil. – admitió al fin, al ver que no podría mantener a su amiga a raya por mucho tiempo y que quizá podría al menos, darle una explicación vaga.
—Tú dijiste… que era gente mala. – sin pretenderlo la chica comenzó a temblar y tuvo que entrelazar sus manos para que se le notara tanto. —Ellos… ¿Te hicieron daño, no es así? – no tendría por qué haber preguntado, la mirada dura de Adrien lo confirmaba. —Lo siento. –otra vez estaba llorando. —En verdad lo siento… - hipó ligeramente sin poder controlar su respiración. El muchacho destensó su ceño.
—No tienes la culpa de nada. – se acercó un poco a ella, lo suficiente para tocar su manos con sus dedos. —No llores, por favor. – le causaba malestar verla en ese estado, considerando que el único afectado aquí era él.
—Es que… - Marinette limpió sus ojos. —Yo… no puedo soportar el saber que… Gente mala te hizo tanto daño. ¿Ellos te dispararon? – Adrien no respondió y su silencio fue suficiente para conmocionar a Marinette. —Oh, Adrien.
—Tranquila. – su mano pasó a su espalda y comenzó a acariciarla. No era algo suave, sino más bien pequeñas palmaditas como las que se les da a un compañero de juegos que se ha raspado la rodilla. Adrien se percató de esto, que quizá podría estarla lastimando, después de todo, su palma era pesada, por lo que dejó de palpar para simplemente dejar su mano.
—Me hubiera gustado haberlo impedido. – Marinette entrelazó una de sus manos con las de él. —Las cosas han sido duras sin ti. – el muchacho parpadeó intrigado. Suponía que todo había cambiado mucho en sus años de ausencia, pero no podía imaginar cuánto. El día que fue secuestrado creyó que no dudaría mucho, que sólo era cuestión de tiempo para regresar a su hogar, pero ese tiempo nunca llegaba y continuaba en manos de aquellas horribles personas.
—También han sido duras sin ustedes. – Marinette se conmovió mucho con esto. Él los había extrañado tanto como ella a él. —¿Cómo están los chicos? ¿Cómo está Alya, Nino y Chloé?
—Están bien. Alya terminó su carrera en periodismo y Nino en música, Chloé se fue de Francia para estudiar en Inglaterra y yo… terminé la universidad en diseño textil.
—Ya veo. – el muchacho suspiró. —Han seguido su vida. – sonó a un reclamo y Marinette se alarmó con esto.
—¿Estás molesto?
—¿Molesto? – las facciones de Adrien se destensaron. —No, ¿Por qué habría de estarlo?
—Te noto tenso.
—Me hubiera gustado terminar una carrera. – contestó con una amargura profunda. —Es todo.
—¡Puedes hacerlo ahora! – interrumpió la chica sus pensamientos negativos. —Regresemos a Paris, Adrien. Juntos. – el muchacho se quedó a la expectativa de tan tentadora invitación. —Es más, vayámonos de una vez. Tomemos los caballos y cabalguemos al pueblo, de ahí podemos tomar un taxi y…
—Espera, espera. – El muchacho colocó su brazo en su hombro ahora. —No hay otra cosa en el mundo que me gustara más que eso. Pero no tengo dinero y…
—¡No te preocupes por eso! – el entusiasmo de Marinette continuó, temía que se desquebrajara en cualquier momento, por lo que siguió su instinto. —Tengo suficiente. Es más, puedo conseguirte ropa y apresurar todo, le llamaremos a tu padre y conseguiremos que el paso de un país a otro sea más sencillo.
—Suena realmente bien. – asomó una sonrisa sincera.
—Haremos una parada en el hospital también. Creo que tus heridas deben ser atendidas por un profesional.
—Me siento bien, es algo menor. – ya las había tenido peores, quiso decirle, pero no se sintió con el suficiente valor de preocupar más a Marinette de lo que ya estaba.
—Creo que debe verte un médico. – repitió con cierta tenacidad, como cuando eran adolescentes. —Además… - ella pareció apagar la flama de su altivez un momento. —Supongo que deseas regresar con tu padre lo antes posible, ¿Verdad?
—Me gustaría. – Adrien suspiró y entrelazó sus manos sobre sus rodillas. Marinette miró este gesto y cayó en cuenta de lo largas de que eran las uñas del muchacho, incluso hacían pensar en zarpas si se le miraba con detenimiento. No le había comentado nada sobre sus uñas por que imaginaba que ellas, al igual que su cabello y la escasa barba que le crecía en el mentón era productos de una mala atención personal, por lo que eso podría significar el estridente cautiverio al que fue sometido. Sería demasiado sacarlo a flote de forma indiscreta.
—¿Crees que puedas cabalgar? – dijo repentinamente Marinette y Adrien distrajo su mirada hacia la suya.
—¿Era en serio?
—Sí… Amm, a no ser que no te sientas lo suficientemente fuerte como para…
—No sé montar a caballo. Al menos nunca lo he intentado. Pero si es contigo, Marinette, entonces trataré. – el rubor de su rostro emergió a niveles insospechados. La chica casi se desvanece ante tal argumento, por lo que tuvo que dar media vuelta para que no viera su felicidad; de pronto se sentía aquella quinceañera que revoloteaba de aquí para allá diciendo con dulzura su nombre.
—Prepararé las cosas. – dijo sin más saliendo de ahí con los pies tan pesados como si estuvieran hechos de plomo. Adrien la vio alejarse y sonrió. Ella continuaba siendo la chica tan formidable que solía ser.
Sus pensamientos volaron a la vieja época en donde era un ciudadano de Paris. En la cual su vida estaba ligada a decenas de horarios y estudios. Un tiempo en el que, a pesar de vivir bajo la sombra de su padre, era feliz. No como ahora. Miró sus garras un rato. Esas uñas tan largas y resistentes eran la prueba de que ya no podría ser lo que era antes. Su humanidad y todo lo que le definía como solía ser, sería realmente difíciles de recuperar.
Adrien dio un respingo. Sus sentidos se alertaron precipitadamente. Abrió bien las narinas y olfateó con calma el ambiente. Tenía una sensación inequívoca de peligro. Se levantó con cuidado de la silla y se acercó a una de las ventanas de la casa. Había dejado de llover hacía unas horas, por lo que ahora que había sol podría abrir los cristales.
Sacó con cuidado la cabeza. Estaba todo mojado y tranquilo. Demasiado tranquilo. Una mala señal. Sostuvo su herida mientras se asomaba un poco más, su interior se removía con nerviosismo. Algo los estaba acechando, algo agresivo, pedante y sigiloso.
Una corriente de aire rozó la nariz de Adrien y su corazón se disparó.
—Oh no. – susurró. De pronto el sonido de un cristal rompiéndose le alertó junto a un grito femenino. —¡Marinette! – corrió tras el rastro, no había duda, se trataba del Sabueso.
…
Tan pronto como decidió que en ese mismo instante tomaría sus cosas, Marinette fue a la cocina. Ahí había dejado un poco de comida y quería empacarla primero. Además, quería dejar una nota a su tía sobre su repentino cambio de planes. No sabía si iba a entenderlo, pero era una cuestión demasiado importante como para dejarla pasar.
Estaba echando algunas manzanas a un pequeño saco cuando sintió mucha sed. Se inclinó para tomar un vaso del estante en donde su tía los colocaba cuando una terrible tempestad asaltó la ventana de la cocina. Marinette gritó del susto y se volvió mientras dejaba caer el recipiente de cristal. La ventana se abrió de par en par, como si el seguro de este hubiese sido roto con violencia y lo más intenso de todo era la figura humana que se inclinaba contra el suelo, en una posición que podría definirse como la de un can olfateando.
Ella gimió cuando lo apreció enderezarse. Se trataba de un hombre de mediana edad, con la cabeza rasurada, musculoso, bronceado y lleno de cicatrices. No tenía casi ropa, a excepción de unos destrozados pantaloncillos que parecían harapos. Marinette retrocedió instintivamente cuando sus ojos se toparon con los suyos. Todo pasó muy rápido, pero ella lo apreció en cámara lenta.
El sujeto gruñó y mostró sus dientes en una hilera temible. Había mucha saliva en su boca, similar a un perro rabioso y sus ojos, inyectados en sangre hacían una combinación temible junto a un rostro lleno de cicatrices y rastros de sangre seca. Abrió sus fosas nasales y aspiró profundamente. La expresión de su cara cambió radicalmente a una mucho más agresiva. Saltó sobre ella.
Marinette gritó nuevamente y se protegió con los brazos de forma automática. Pero el ataque nunca llegó, en lugar de eso escuchó el bramido de un animal y el forcejeo de dos hombres. Parpadeó asustada y comprobó que Adrien se había empecinado contra su atacante, deteniéndolo por debajo de las axilas y halándolo hacía atrás.
—¡Corre! – gritó mientras se empeñaba en hacerlo retroceder. El otro hombre había transformado su cara a una llena de furia. Estaba despidiendo espuma por la boca y retozada contar el cuerpo del rubio para liberarse. Marinette se quedó paralizada, demasiado sorprendida como para hacer lo que Adrien le había pedido. Entonces él, viendo que la chica no se movía ejerció más fuerza y despertó a su propio animal interno. Los músculos de su espalda se expandieron ligeramente y sus ojos se tornaron, de aquellos verdes calmos y humildes, a una mirada predatoria.
Agreste afianzó sus pies en el suelo y logró levantar a su oponente hasta lanzarlo al otro lado de la cocina. Rápidamente se colocó frente a Marinette y se inclinó un poco, mostrando su musculatura. Dejó salir un rugido ronco de su garganta, llamando toda la violencia bestial que tenía. Después se volteó contra Marinette y a pesar de que su rostro estaba cambiado, logró hablar con ella.
—¡Huye! – no era su voz, era la de una criatura. Fue el pensamiento de la chica, aun así ella obedeció y corrió a la sala para salir por la puerta.
Más le hubiera valido a ella no haber hecho eso. La motivación del Sabueso era la caza. Al ver correr a Marinette era como si despertara esa parte intrínseca en él. Se lanzó sobre ella y Adrien se apresuró a embestirlo.
Los dos rodaron por la sala, destrozando las figuras de cerámica de la tía Cho y sus mesitas de madera hechas a mano. Las astillas se le pegaron al cuerpo y la herida en el costado de Adrien comenzó a sangrar nuevamente. El muchacho resintió el dolor, bajando la guardia, dándole la oportunidad al Sabueso de levantarse y apararse de él.
El hombre se regresó contra Adrien, le rodeó ferozmente como un animal al acecho. El muchacho se apresuró a ponerse en la misma posición. Estaba encorvados, con los brazos abiertos y mostrando las uñas, a pesar de que no fueran auténticas zarpas. Cada uno se comportaba como un animal salvaje.
Adrien flaqueó, una punzada de dolor le distrajo y fue el momento perfecto para el Sabueso, quien tras ladrar y exclamar saltó contra él mientras buscaba morder en su punto débil. Agreste lo vio venir y le esquivó rodando sobre un sofá. El mueble cayó derribado y Adrien con él, se había puesto literalmente como un gato panza arriba y el Sabueso se arrastró por la estructura para alcanzarse. Lo tomó de la camiseta que Marinette le había prestado y con una fuerza sobre humana lo haló contra él.
El cambio de peso sirvió de palanca para la forma angulada del sillón. Adrien cayó sobre el Sabueso dándole la ventaja en esta ocasión. La caía sorprendió al hombre calvo quien pareció bajar el límite de u agresividad, dándole la oportunidad a Adrien de atacar. Las manos del muchacho se apresuraron contra su rostro, le dio de puñetazos en las mejillas y tras la ráfaga inicial, una de sus manos se le rasgó uno de los parpados, haciéndole mucho daño.
El hombre perro aulló y le dio un rodillazo en la zona ensangrentada. Adrien se paralizó ante esto, así que coló una de sus manos a la mandíbula del muchacho, empujándole contra su espalda. Éste perdió el equilibrio y de pronto se vio contra el suelo y sus grandes manos. Los dedos gruesos y callosos del hombre se posaron contra su cuello mientras éste comenzaba a estrangularlo.
Las uñas del Adrien se clavaron contra la piel de sus antebrazos mientras intentaba alejarlo de él. No obstante, ese hombre era mucho más corpulento que él y por ende pesado. Si no se lo quitaba de inmediato comenzaría a sofocarse y perder la noción. Su corazón palpitó casi dolorosamente cuando descubrió que ya no podía respirar y que lentamente estaba perdiendo las fuerzas.
—¡Aléjate de Adrien! – Marinette reventó en la cabeza del Sabueso el viejo florero que en un principio ella intentó usar contra Adrien. El golpe fue suficiente para hacer que su cabeza rebotara y éste se distrajera. Aflojó el agarre del cuello del muchacho y elevó la vista mostrándole una cara de pocos amigos a la chica.
Marinette sintió un miedo irrefutable, el aura salvaje del hombre hizo que se le secara la boca. Supo identificar su sed de sangre cuando lentamente liberó a Adrien y se puso de pie, mostrándole cuan alto era. Ella retrocedió, por una parte sorprendida que su ataque no le hubiese noqueado y por otra aterrada debido a la sensación de muerte que le producía aquel hombre.
Dio un paso contra ella y Marinette retrocedió automáticamente. Justo cuando él estiró su brazo para tomarla ella se echó a correr y de nuevo, él aspiró excitado por la sensación de caza que la chica le desencadenaba. Se apresuró para correr tras ella y fue detenido del tobillo. Adrien estaba despierto y aferraba una de sus manos contra el pie desnudo del hombre.
Luchó con él y tiró de su tobillo sin importarle las marcas rojas que le dejaban las uñas de Adrien. Corrió tras Marinette, estaba más que dispuesta a cazarla. Adrien giró sobre sí para ponerse de pie. Aferró su herida con lamentación; pero sabía que no podía rendirse, si dejaba que el Sabueso alcanzara a Marinette no tendría reparo en matarla.
—Piensa… piensa en la música… - se dijo a sí mismo, respirando y tomando aire tan rápido como podía. —Piensa, recuérdala… o Marinette… - susurró con vehemencia. Entonces y tras tres segundos abrió los ojos con una intención diferente. Adrien se levantó del suelo y rugió al tiempo que se arrancaba la camiseta. Su cara de nuevo parecía a la de una bestia. Corrió tras el Sabueso, ahora él también quería sangre.
Marinette por su parte alcanzó a llegar al granero. Los caballos chillaron al verla y también al Sabueso. Intentó alcanzar a alguno de los caballos y montarlo a pelo para escapar, mas su brazo izquierdo fue tomado por algo increíblemente fuerte y la alzó en el aire despegándola del suelo e inmovilizándola.
Miró sobre su hombro y encontró la cara del cazador que respiraba agitado. La olfateó y abrió la boca para morderle, no obstante en vez de clavarle los dientes soltó un alarido temible al tiempo que abría los dedos. Marinette rodó en el suelo y se arrastró para alejarse fuera de su alcance. Cuando tuvo oportunidad se giró a contemplar lo que sucedía.
Adrien tenía la mandíbula cerrada contra la nuca del musculoso hombre. A penas podía contener la joroba del trapezoide pero estaba mordiendo con una fuerza increíble, pues el Sabueso estaba sangrando. Además de eso, le había encajado las zarpas en la espalda y se aferraba para que éste no lo lanzara de vuelta al suelo.
Sin embargo, pese a los intento del muchacho de mantenerse ahí el Sabueso consiguió rodar en el suelo para aplastarle con su propia masa. El chico debilitó sus zarpas y fue el momento indicado para quitárselo por completo. Lo tiró a unos cuantos metros y en lugar de intimidarse, Adrien se levantó correspondiendo con un grito similar al de una pantera. El otro hombre se agachó hasta posar sus manos en el suelo, aparentando ser un cuadrúpedo, Adrien hizo lo mismo.
Se gruñeron mutuamente y se prepararon para embestirse el uno al otro. Con una ira tremenda los dos chocaron contra sí, ensamblándose como jugadores de sumo en una lucha por derribarse.
El terreno del establo estaba lleno de heno y era un mal sitio para esto, pues ambos resbalaron. Entonces aprovechó el Sabueso para morderle el cuello a Adrien. Si había una forma certera de matar a un oponente era cercenándole la garganta. Mas el chico era tan ágil como un gato y flexionándose con violencia metió uno de sus brazos en medio. La dentadura del Sabueso penetró en la carne del chico en su antebrazo izquierdo.
Adrien gimió dolorido y volvió a bajar la guardia. El hombre giró sobre sí mismo, llevándose a Adrien tras él y con la fuerza del giro lo tumbó con él encima. Pero no habría de dejar de luchar, Adrien comenzó a golpearle con el puño en la cara, ladeando el rostro del Sabueso con cada impacto, pero sin conseguir liberarse. Finalmente el hombre se hartó y con una de sus manos libres aferró las suturas del rubio, le produjo tanto dolor que lo hizo parar, entonces soltó su brazo y se apresuró a atrapar con una mano a Adrien. Le tomó con sus grandes dedos de la herida que le había provocado y otra mano la apoyó en la tierra, atrapando al chico bajo su propio peso.
El cuello de Adrien estaba al descubierto y no dudó en atacar ese punto. Pero Adrien lo vio venir y lo detuvo. Su mano libre la usó para clavarle las garras en la curvatura del cuello derecha y tras sujetarlo con firmeza lo repelió con fuerza para evitar que le prendiera del pescuezo.
La boca abierta y descollante del Sabueso le rociaba de su saliva y su propia sangre. Empujó tanto como pudo y poco a poco empezó a ceder. Estaba tremebundamente agotado y el Sabueso al parecer estaba más cargado de adrenalina y testosterona que nunca. Sintió como se doblaba su codo, dándole más cercanía a su punto débil. Adrien miró a los ojos al hombre que intentaba matarlo y no apreció nada más que furia.
Estaba a punto de rendirse cuando nuevamente la vida jugó a su favor. La expresión asesina del Sabueso cambió súbitamente, sus ojos perdieron lucidez y de la misma manera su cuerpo potencia. Dio un resuello y se dejó caer en peso muerto contra Adrien. El muchacho se quedó igualmente impresionando ante esto. El hombre estaba noqueado, ¿Pero cómo?
—¡Adrien! ¿Estás bien? ¿Adrien? ¡Dime algo, por favor! – Marinette estaba a su lado y sostenía una tubería. Le había dado una buena tumba al Sabueso con el metal, al punto que lo tomó por sorpresa e hizo que se desmayara. Más sorprendido estaba el muchacho al ver a su amiga ligeramente rasguñada pero victoriosa.
Iba a abrir la boca cuando sus instintos le advirtieron. Se quitó el cuerpo del cazador de encima y se apresuró a pararse frente a su amiga, enfrentando a otra amenaza.
—¡Perímetro asegurado! – algunas paredes de madera se rompieron y las puertas del granero se rodearon de soldados armados. Adrien tomó a Marinette de un brazo y la haló contra él, pegándola a su espalda con insistencia mientras gruñía ante los agentes.
—¿Adrien? ¿Qué… qué está sucediendo? – Marinette apretó la tubería entre sus dedos, algo en su interior le decía que iba a necesitarla.
El rubio tenía la voz enronquecida y cansada de tanto rugir, así como su cuerpo, que ahora contaba con nuevas heridas.
—Confirmado, se trata de 314CN. Se confirma identidad de segundo blanco, se trata de 191SA. Hay un civil entre los blancos. – habló un hombre por radio.
—Estoy en camino. – respondió otra voz al otro lado.
—¿Adrien? – insistió ella, temerosa.
—Identifíquese señorita. – pidió uno de los agentes.
—Mi nombre es… - Adrien gruñó para silenciarla. Le miró severamente, ella palideció.
—Déjala hablar, 314. – una voz aterciopelada sonó por encima de todos. La vista de los soldados y los chicos giró bruscamente hasta el recién llegado.
—Xiao. – bufó Adrien con su voz sumamente enronquecida.
—Lo has hecho bien, en serio que sí. – miró alrededor, el granero estaba destrozado por la pelea y la entrada de los militares. —Tan sólo mira este desastre. – Adrien siseó en respuesta. —Oh, vamos, 314, ¿En dónde quedaron tus modales? – estaba usando unos lentes oscuros y conforme se acercó a la escena se los quitó. —Tú y 230 lo hicieron en grande, ¿Eh?
—¿Atrapaste a Lila? – Adrien susurró sin dejar de verle con el ceño fruncido.
—Atrapar es más bien una palabra inexacta. – Marinette sintió la tensión en el cuerpo de su amigo cuando el hombre dijo esas palabras.
—Bastardo, ¿Qué hiciste con Lila?
—No es lo que yo hice con ella, sino lo que ella se hizo a sí misma. Me dio una gran sorpresa, tengo que admitir. – se carcajeó un poco y tras esto enfocó su vista en el Sabueso, el cual estaba inconsciente en la tierra. —Fue difícil encontrarte, la lluvia casi borra tu rastro. Tuvimos que peinar la zona y 191 que trabajar mucho para ello. – rápidamente se fijó en Marinette. —Usted lo ha tumbado, ¿No es así, señorita? Con ese tubo de hierro si no me equivoco.
—¡No me metas con ella! – hizo un ademán de saltar sobre él y las armas apuntaron presurosas al cuerpo de Adrien. Marinette gimió asustada.
—Hmm, eres rápido haciendo amigos. Casi puedo apostar a que ella es quien te mantuvo vivo. – fijó su vista en Marinette. —Se lo agradezco señorita, 314 es uno de mis mejores sujetos de prueba, no sé qué hubiera hecho de haberlo perdido.
—¿Sujeto de prueba? – Marinette musitó temiendo que sus pensamientos estuvieran encajando a la perfección con sus sospechas.
—Oh, sí, este chico es toda una bestia. – se rio ante su ocurrencia. —Bueno, ya basta de tantas charlas, tenemos que irnos antes de que llamemos la atención de los vecinos. – con una señal de sus dedos los artilleros.
—¡Espera, Xiao! – Adrien soltó la mano de Marinette y ella se sintió terriblemente sola. —No dispares, deja que ella se vaya. No sabe nada de lo que está pasando, tan sólo es una víctima de las circunstancias. Mátame a mí, pero no le hagas daño.
—¿Qué? – Marinette se puso pálida. —No, Adrien, ¡¿Qué estás diciendo?! – exhaló mortificada.
—¡Promételo, Xiao! Dime que no vas a lastimarla.
—No voy a lastimarla, muchacho. – mostró una sonrisa, una despiadada sonrisa. —Se me acaba de ocurrir algo mejor. – Adrien tembló.
—¡No, eres un desgraciado! – esta vez no se controló más, se lanzó contra el militar en una carrera directa a la muerte. Entonces dispararon.
—¡No! – Marinette observó cómo dos proyectiles impactaban contra la espalda de Adrien. No obstante, no se trataban de balas, sino dardos tranquilizantes. Adrien avanzó cada vez más despacio y antes de que la droga atentara contra su sistema nervioso se volteó a su amiga.
—Vete. – pidió en un susurro antes de perder el control. Marinette corrió hacia él y sintió un piquete agudo en una pierna. Repentinamente perdió el control de su cuerpo y se desplomó. Sintió que la fuerza de gravedad era repentinamente más poderosa y con dificultad miró que una jeringa, similar a las de Adrien había entrado en uno de sus muslos.
Perdió el conocimiento intentando alcanzar a su amigo.
—General, hemos monitoreado la zona, debemos apresurarnos a salir de aquí. ¿Qué quiere que hagamos con la chica?
El General Xiao miró los cuerpos de ambos jóvenes y asomó una sonrisa, se colocó las gafas con implícito placer.
—Cualquier persona que sea capaz de noquear al Sabueso merece una oportunidad.
—¿Señor?
—La llevaremos con nosotros. Podremos usarla como un remplazo para Volpina.
—Como ordene. – los soldados corrieron hasta los cuerpos en el suelo. La cacería había terminado y un inusitado hallazgo los motivaba a tomar el botín lo más rápido posible.
Habían ido por dos sujetos para pruebas y dos sujetos se llevarían a casa.
…
Hallazgo: Cosa material o inmaterial que se halla o se descubre.
…
Continuará…
Pues bien, ahora sí ya entramos de lleno a la situación principal, ya entenderemos más adelante qué rayos pasó con Adrien, cómo fue que su comportamiento es tan primitivo y especial. Marinette afrontará una realidad en verdad desastrosa a partir de ahora.
Espero les haya gustado, me encantaría leer sus comentarios y sus opiniones al respecto :D
¿Merece un comentario?
Yume no Kaze.
