Capítulo II | Hello (and) goodbye


Primero, intentó recobrar el aliento. No lo consiguió fácilmente. Se sostenía el hombro que había recibido el disparo. Intentó recordar qué camino lo había hecho seguir, chocándose con cada marco de puerta que había en el lugar y con cuanta cosa más se encontrara delante; cuántas veces dobló, cuántas calles cruzó, qué cosas gritaba la gente, qué le gritaba ella.

Vaya, sangraba mucho.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó su voz, todavía agitada. Inuyasha se tomó más fuerte del brazo y se desmayó.


Cuando despertó, sintió dos cosas. Primero, alguien había usado su cabeza como pelota de ping pong. Segundo, seguramente ese mismo alguien le había arrancado el brazo.

Se guardó los lamentos, aunque no pudo guardarse de resoplar a cada movimiento. La luz se filtraba entre las densas cortinas blancas del lugar y bordeaba la figura de una joven de espaldas a él. Terminó de sobresaltarse casi al segundo, ahogó las ganas de gritar e intentó recordar todo con la mayor calma posible.

Había escapado corriendo de aquel lugar, tomado de su mano; ella guiándolo y él herido de bala (en su vida pensó que aquello pasaría alguna vez). Después de haber parado en un lugar casi desértico, a escondidas de la gente, y haber intentado recuperar el aliento, perdió el conocimiento. En síntesis, porque si se ponía a escrudiñar los detalles, se daría cuenta de que tenía un grave problema de memoria.

Se medio incorporó de la cama, sosteniéndose con el brazo sano. Las mantas eran blancas y estaban más limpias que él, y era posible que estuvieran incluso más limpias que las de su apartamento. La molestia en el hombro no mitigaba. Le dedicó una mirada curiosa: estaba vendada. Pasó la vista a la chica frente a la ventana, que para ese momento ya se había girado a verlo.

—Ya estás despierto —sonrió—. ¿Estás bien ahora?

Inuyasha se preguntó si había ido a parar a las manos de otro psicópata, pero más lindo que Jakotsu y sus amigos. Bueno, aunque sea era algo.

—Tuve que sacarte la camisa, está lavándose —agregó. Lo observó un momento con calma, sus ojos brillaban emocionados—. ¿Me recuerdas?

Inuyasha permaneció en silencio. Aquel había sido un amanecer muy duro para él, y lo único que estaba seguro de recordar bien era el aliento de Jakotsu golpear contra su rostro y las patadas que le proporcionó sin cuidado. Se llevó una mano a las costillas y la chica se apresuró a responder su pregunta, antes de que la dijera.

—No te rompieron nada… sólo recibiste ese balazo. —La chica entrecerró los ojos y sonrió comprometida—. Lo siento por eso, creo que fue mi culpa.

Inuyasha alzó una ceja.

—Bueno, tú me sacaste de ahí —dijo, sin saber qué cara poner exactamente. Supuso que estaban a mano, o algo parecido—. Eso está bien.

Ella sonrió, complacida.

—Te traeré algo para comer, seguro estás hambriento.

Se alejó hacia una salita separada por una puerta a la derecha de la cama donde él estaba recostado. La habitación estaba casi a oscuras. Por la ventana no lograba ver mucho, las cortinas no eran muy transparentes; pero había suficiente luz como para observar más o menos el lugar. Las paredes tenían un tono blanco añejo, y la habitación sólo estaba amueblada por esa cama y una mesita de noche a un costado. Eso y una pequeña cajonera a los pies. Tampoco era muy amplia, pero era un lugar raro para una chica.

—¿Quieres algo en especial para tomar? —Su voz surgió desde la sala.

—Agua está bien.

Agua. Por supuesto. Sentía la garganta reseca, como si no hubiera tomado algún líquido en años.

Estaba intentando poner sus pensamientos en orden. Había sido salvado de una muerte casi segura (a manos de unos secuestradores, aparentemente) por una chica (que, ja-já, se dijo espía) que apenas parecía poder tener un arma en su poder, y lo había llevado a una casa misteriosa en algún lugar que seguramente era cercano a donde se había desmayado... si no, no tenía idea de cómo lo había cargado hasta donde sea.

La joven salió de la sala. Traía en sus manos una bandeja con un plato con ramen y un vaso junto a una jarra llena de agua. Se acercaba a paso lento pero seguro y le dedicó una sonrisa cuando dejó la bandeja sobre sus piernas.

—Yo ya comí hace un rato —dijo, y le sonrió, quedándose a un lado—. Creí que ibas a tardar más en despertar.

Inuyasha susurró un «gracias» y comenzó a comer. Guardaría las preguntas para cuando dejara de rugirle el estómago. En cuanto el aroma al ramen inundó sus fosas nasales, recordó de pronto cuánto hambre tenía, y ni siquiera le importó tanto que le doliera el hombro.

La chica se sentó en la cajonera a los pies de la cama de Inuyasha y lo observó mientras comía, taciturna. Cuando Inuyasha terminó de comer, tomó otro sorbo de agua y se dedicó a mirar a la chica a los ojos.

Largos segundos de silencio de evaluación.

Ya la había visto antes, en aquel lugar, pero no con tanto detalle, y no bajo presión de ser asesinado u horriblemente torturado. Era bonita, de ojos castaños y pelo largo y negro. Parecía pálida. Se preguntó si estaría bien. Aunque... supuso que no, con todo lo que estaba pasando.

Fue un idiota al pensar que realmente sería una salvadora, una súper chica, un Batman mujer. Era otra jovencita, que probablemente estaba en el lugar equivocado a la hora equivocada, tal como él. Era alguien que de pronto se vio secuestrada por esta banda de… pues, secuestradores, y que iban a hacer con ella y con las otras chicas, váyase a saber qué cosa. Vio la oportunidad de escapar, y lo hizo. Y lo ayudó a él, a un extraño. Y también perdió a su hermana, si es que no había comprendido mal.

—Siento… lo que pasó allá —dijo, con voz conciliadora. No quería tocar el tema, pero sentía que debía hacerlo. Además, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Charlar sobre qué? ¿El clima?

Ella tenía el rostro sucio y una mirada de interrogación. Inuyasha frunció un poco el ceño y agregó.

—Lo de tu… hermana.

El rostro de ella se iluminó y soltó una sonrisa. Parecía muy relajada.

—¿Kikyō? —Inuyasha frunció más el ceño ante su sonrisa.— Ella está bien, claro.

—¿Qué…? ¿Cómo?

Ella se permitió reírse un rato, mientras él iba perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Nunca fue un hombre exactamente paciente, después de todo. Y no estar enterado de las cosas lo ponía de un humor de perros.

—¿No estabas al tanto de cómo es la operación? Soy buena actriz, ¿eh? Aunque los tiros no estaban planeados, y no estaba muy segura de si Kikyō salió mal herida… al final no… —Enfocó la vista en Inuyasha, que ya tenía en el rostro una expresión de «¿qué carajos?».

Fue ella quién frunció el ceño esa vez.

—¿De qué estás hablando? —agregó él, cuando la chica se levantó y comenzó a caminar por la habitación dirigiéndole miradas curiosas—. ¿Qué operación?

—¿Es que no eres Taishō, acaso? —le preguntó—. ¿Cómo no sabes sobre el escape si eres Taishō?¡Ay, no! ¡No me digas que perdiste la memoria!

«¿Es que hay tan pocos Taishō en la zona?»

—Soy Inuyasha Taishō, sí, pero no tengo idea de qué mierda estás hablando —murmuró con cara de pocos amigos—. Y claro que no perdí la memoria.

El silencio se hizo en la habitación mientras la chica se dejaba caer en un costado de su cama. El peso de ella hizo que las sábanas de deslizaran a un costado, pero no lo suficiente para dejar a la vista más de él que su torso desnudo.

La miró con atención. Intentó retomar la calma, pero no le fue muy bien en eso. Logró contar hasta diez mientras ella se quedaba ahí, con la mirada perdida. Finalmente, habló.

—Oye… ¿de qué hablabas recién?

La chica negó con la cabeza, con los ojos cerrados, intentando controlarse. No lo logró, en lo absoluto.

—¿Cómo que eres Inuyasha? —No dejaba de hablar a los gritos, como que hizo que él se tirara hacia atrás. Apenas era capaz de comprender lo que ella quería decir. Porque todo parecía significar que... sabía quién era.— ¡Se suponía que viajabas a Londres!

Él alzó las cejas, con sorpresa.

—No, iba a Nueva York, pero me cambiaron el viaje a Londres a último momento, y como no me pareció… ¿y cómo sabes eso de todos modos? —se interrumpió.

La chica se tomó la cabeza un momento y luego lo miró con preocupación. Estaba por demás pálida y parecía a punto de vomitar sobre él (no era algo que necesitara, por cierto).

—Esto está mal —aseguró—. Creí que eras Sesshōmaru, todo este tiempo.

Inuyasha soltó un sonoro «¿qué?», luego juntó las cejas y después se rió estruendosamente. En todo ese tiempo, la joven sólo lo miró seriamente. Como la situación no cambió, Inuyasha paró de reír y la observó un momento.

—Sesshōmaru murió hace un poco más de cinco años. —La sonrisa se borró de su rostro.— No sé de donde... o porqué creías que yo era mi hermano, pero eso no tiene sentido.

La chica lo miró con tristeza.

—Claro —suspiró con pesadez—. ¿Cómo voy a explicarte todo? —Se incorporó y comenzó a caminar de nuevo por la habitación, hablando sola mientras Inuyasha la seguía con la vista, cada vez más preocupado—. ¿Debería hacerlo? ¿O tengo que matarlo?... no, no puedo matarlo. ¡Ay, no! No puede ser… Si incluso lo vi ahí. ¡Pensé…! Y ahora… ¡eso es porque no nos dan fotos! ¡No nos dan nada y esperan que hagamos todo a ciegas y salga bien! ¡Cómo es que…!

—Eh —interrumpió, observándola con seriedad—. Si no vas a matarme, ¿podrías explicarme de qué mierda hablas?

Ella suspiró y volvió a sentarse al lado de él, sobre la cama. Que él utilizara la ironía en una situación así le sacó una pequeña sonrisa, pero desapareció rápidamente de su rostro. Lo cierto es que todo lo que estaba pasando no dejaba lugar a sonrisas.

Se dedicó a observarla con el ceño fruncido segundos que resultaron densos, pesados, casi interminables. Ella parecía estar pensando la mejor manera de encarar el asunto. Y de pronto, de la nada, Inuyasha soltó un respingo.

—¡Eres la chica! —gritó. Ella alzó la mirada, sorprendida—. ¡Claro! —Parecía fuera de sí, como si esa verdad fuera la definitiva.— Eres la chica del tren… te vi y quise hablarte, pero sonreíste y seguiste tu camino —comenzó a recordar, mirando ahora las blancas sábanas—. Y más tarde me agarraron esos tipos. Sabía que te conocía.

Ella rezongó algo en voz baja.

—Sí, incluso en ese momento pensé que eras Sesshōmaru —sonrió, luego de un momento—. Soy Kagome. —Le extendió una mano, que Inuyasha sostuvo con la mano del brazo bueno.— Siento todo esto.

Él se encogió de hombros, y, por lo tanto, hizo una mueca de dolor. Mala idea, el brazo izquierdo por completo parecía quejarse.

—Yo todavía no sé qué pasó exactamente.

—Es una larga historia.

Inuyasha la miró con escepticismo. Sus ojos parecían decir «¿No me digas? Adelante, pues, maldita loca».

—Te lo contaré —le sonrió luego—. Lento, para que puedas... asimilarlo.

Alzó una ceja.

«Ni que fuera tan idiota.»

—Sesshōmaru nunca murió —comenzó, titubeando. Inuyasha mantuvo las cejas en alto y ella se permitió seguir. Estaba demasiado nerviosa como para detenerse—, él es un espía en una organización secreta, la misma en que yo trabajo —continuó, casi sin respirar—. Y resulta que él se metió en un lío, con este tipo, Naraku, y planeamos su secuestro y el de nosotras, y luego una operación para escapar y obtener algo de información en el proceso, y todo iba bien, pero se disparó el arma y perdí el contacto con Kikyō, aunque ahora sé qué está bien y… —Se detuvo, inspirando aire.— Y no entiendes nada, ¿verdad?

—Eh... No.

Sí, la verdad, era algo idiota. O eso parecía.

No, lo cierto es que todo aquello no tenía sentido. Su hermano estudiaba en la universidad que quedaba a una buena distancia de su casa e iba en auto, de regreso junto a su madre, cuando otro auto lo embistió por delante,… y no sólo hizo trizas el carro. El velatorio fue a cajón cerrado.

Que él no estuviera muerto y, ¡aún más!, fuera un espía en una organización secreta… no-tenía-sentido. Tal vez no fueran los mejores hermanos del mundo... es decir, no lo eran. Eran hermanastros. Pero seguían viviendo bajo el mismo techo; además, había causado mucha pena a su madre.

Como sea, la relación entre ambos había empezado a mejorar cuando Sesshōmaru tuvo ese terrible accidente. La madre de Inuyasha quedó devastada, pues le había tomado mucho cariño al primer hijo de su esposo. Incluso el mismo Inuyasha había tardado un par de años en superar la pérdida.

Él no podía estar vivo; ella no podía pertenecer a una organización secreta y no podían existir operaciones para liberar y entrar en no sabía dónde, sacar información y no sabía cuánto más. Porque la vida no funcionaba de ese modo.

—Lo que dices no tiene sentido —siguió. Kagome balbuceó un momento—. Mi hermano está muerto hace tiempo, no existen las organizaciones secretas y ni siquiera sé quién es el tipo ese Kakaku,…

—Naraku.

—… pero no me interesa, y esta ya pasó de ser una simple broma.

—No es broma.

La voz de Kagome salió en un susurro, luego se quedó callada. No encontraba las fuerzas para intentar hacerle entender a ese tipo la verdad y lo complicado que se tornaba todo eso. Porque si Inuyasha estaba con ella justo en ese momento... ¿dónde estaba Sesshōmaru? ¿Y cómo mierda se suponía que tenía que proceder? ¡No había ninguna entrada en el manual de «Cuando las operaciones salen mal» para «Salvé al hermano equivocado»!

Inuyasha negó con la cabeza, molesto, e intentó salir de la cama. Kagome lo frenó, y la avalancha de pensamientos que la azotaban no se detuvo en ningún momento.

—Yo no lo haría, estás en calzones.

Él la miró con el ceño fruncido y esperó dos segundos antes de hablar, el tiempo suficiente para que su cerebro comprendiera el mensaje.

—¿Y cómo llegué a estar en calzones?

—Es una larga historia, ¿sí?

—¡Todo es una larga historia!

Inuyasha se bajó de la cama, incluso en ropa interior, y se paseó por la habitación agarrándose el hombro (que aún le dolía como el infierno), entre que mascullaba maldiciones. Kagome lo seguía con la vista, ofuscada.

—Escucha, sé que suena como una locura, ¡pero es la verdad!

Él se giró, y el cabello corto y negro, que con anterioridad se había mantenido pegado a la cara por la transpiración, siguió su movimiento con naturalidad.

—¡Por supuesto que es la verdad! ¡Qué otra explicación lógica puede haber! —estalló con ironía—. ¡Una espía! He escuchado cosas idiotas, pero ésta…

Kagome se incorporó y él quedó callado. La ferocidad en la mirada de la chica le obligó.

—Tienes dos opciones —lo frenó, con el rostro serio y las mejillas sonrojadas de vergüenza—. O me crees y sigues conmigo hasta el final…

Inuyasha la miró con cansancio. No podía negar, aún dadas las circunstancias, que no estaba interesado en sus palabras.

—O sales ahí afuera a seguir tu vida como siempre —continuó—, pero esos tipos creen que eres Sesshōmaru y te matarán en cuanto te vean. Ya no les va a importar tanto la información... porque también sabían que había otra espía allí dentro.

Él frunció el ceño. ¿Cuánto le podría costar a esa muchacha comprender que él no entendía absolutamente nada de lo que hablaba? La palabra «espía» por sí misma bloqueaba toda línea de pensamiento inteligente en su mente.

Se miraron fijamente durante un largo minuto, sin siquiera moverse. Finalmente, Inuyasha se decidió.

—Está bien —rugió—. ¡Joder!... me quedaré contigo.

Ella le sonrió. Que si se moría el hermanito de Sesshōmaru, posiblemente no tuviera mucho futuro; además de que tendría que noquearlo y esposarlo a la cama si pretendía irse sin más.

—Se avecinan días pesados… y peligrosos.

Era necesario que estuviera enterado de eso; y también quería que notara, dado que era la culpable, que ella se encargaría de protegerle el trasero. Inuyasha berreó algo por lo bajo y agregó:

—Es malo. Soy nuevo en esto.

Tal vez no era el mejor momento para las bromas, pero tal vez no tuviera más en el futuro. Además, ¿de qué otra forma podía tomarse todo ese asunto? Kagome soltó una risita nerviosa, ahora un poco más avergonzada que antes.

—No te preocupes. —Inuyasha le dirigió una mirada curiosa, presintiendo la respuesta.— Yo también soy nueva. Es mi primera misión.

Sip. Él se sintió morir. Una novata. Exactamente lo que necesitaba en ese día.

—¿Piensas ponerte unos pantalones?

Días largos. Iban a resultar días muy largos hasta que todo eso se solucionara, si es que lo hacía en algún momento.