Las reuniones al inicio le parecían aburridas; claro que para un niño esto podría considerarse normal. Las charlas de los ancianos parecían ser siempre las mismas y detestaba vestir de forma tan elegante, cuando lo que más quería en ese momento era ir a jugar a la pelota en el parque.
Sus hermanos mayores le reprendían cuando notaban que no estaba prestando atención, entonces un día una pequeña mano se alzó en una de las reuniones y con algo de dificultad una niña rubia hizo un comentario que todos parecieron aprobar, los ojos azules de Elsa Darrell se habían cruzado con los suyos y entonces el pequeño de 9 años comenzó a temblar.
En ese momento una pequeña y pecosa pelirroja pareció notar su nerviosismo y rápidamente lo apuntó con su dedo y comenzó a reír con poca discreción. Rápidamente su hermana mayor la tomó de la mano y le pidió que se comportara; esto no salvo a la pequeña de ganarse una llamada de atención por su progenitora.
Todo el resto de la reunión, los ojos verdes de Hans estuvieron fijos en la niña rubia, con el paso de los años esto no cambió demasiado.
Hans se había involucrado más en la religión con tal de poder verla e incluso hablar con ella después de las reuniones. No hablaban sobre muchas cosas, ella simplemente le preguntaba sobre lo dicho en la reunión y él fingía conocer mucho del tema; sin dejar en evidencia que la mayor parte del tiempo había estado atento en ella.
Le hubiese gustado sentarse a su lado durante las largas reuniones, pero que un chico y una chica se sentaran juntos sin ser "nada" era muy mal visto por la comunidad. Aún así Hans Westergaard no se rendía y siempre se las arreglaba para convivir con la muchachita.
— ¿Cuántas horas de predicación te hacen falta? — Cuestionó el pelirrojo.
— ¿Vamos a empezar a hablar de eso? — Intervino Anna. La hermana menor de Elsa era una especie de efecto secundario en su intento de relación con la rubia. —, detesto predicar, ¿Qué sentido tiene?
— Jehová dice...
— Se lo que dice. — Interrumpió a su hermana mayor. —, aún así, ¿No es bastante obvio que molestamos a las personas? — Cuestionó Anna. —, si quieres mi opinión, no podemos obligar a las personas a cambiar su forma de pensar.
— Deberías bajar la voz, te meterás en líos. — Comentó su hermana. —, se que no te agrada, pero es nuestro deber como verdaderas cristianas dar las buenas nuevas, no obligamos a nadie a venir a las reuniones, simplemente tratamos de que conozcan la verdad.
— Hans, tú no puedes estar de acuerdo en esto, ¿Cierto? — Dijo la pecosa.
— Predicar es una tortura. — La pelirroja lo señaló como diciendo "¿Lo ves? Tengo razón". —, pero igual lo vas a hacer, no nos engañemos. Tu padre es un anciano, tú madre es precursora; no permitirían que una de sus hijas se alejara del camino de Dios.
— Ni me lo recuerdes. — Dijo la pelirroja poniendo los ojos en blanco. —, además, ahora como Elsa decidió que quiere ser bautizada insisten en que yo también debería hacerlo ya sabes por eso de que estamos en el final de los tiempos y que la tierra se convertirá en un paraíso en donde solo estarán los verdaderos testigos...
— ¿Vas a bautizarte? — Cuestionó Hans sorprendido a Elsa. —, tienes 15 años, ¿Estas segura de querer hacerlo?
— ¿Por qué no lo estaría? — Preguntó ella. —, he estudiado la biblia y quiero hacerlo, de verdad. Igual los tres lo haríamos tarde o temprano, ¿No? — Argumentó. —, ¿Tu piensas hacerlo algún día, cierto? — Cuestionó curiosa a Hans.
— Supongo que si. — Respondió él. —, es una decisión importante, aunque claro, mis hermanos se bautizaron todos al cumplir los trece años y digamos que por el momento soy la oveja negra de mi familia...
— Ellos te aman y quieren lo mejor para ti. — Dijo la rubia. —, pero se que es una decisión personal y lo respeto. Aún así, si decides hacerlo algún día avísame. — Ella le sonrió antes de marcharse junto a su familia.
Quizá fue una decisión estúpida acceder a bautizarse solo para darle un lindo gesto a la chica que le gustaba. Elsa le había sonreído como siempre después de su bautismo y Hans se sintió mejor que nunca.
Toda la comunidad se alegró por él e incluso sintió un aparente alivio creyendo que había tomado la decisión correcta, porque no había algo mejor que pertenecer a ese lugar...
... O eso decían.
