—P-Pues… porque… eh…
—¿Por qué? Es fácil, Mai. Puedes confiar en mí y decírmelo.
—¡No lo vas a entender! ¡Dirás que es una tontería!
Él sonríe. A ella le tiemblan las piernas.
—Pruébame y ya veremos si lo creo así —responde temblando a la par de ella.
28
—un número sin significado—
II
Mai caminó detrás del joven empleado y admiró la gracia con la cual se movía su cuerpo, la elegancia de cada paso que daba, la juventud expresada en la actitud de sus ademanes. Era bello y feliz, un muchacho que estaba aprendiendo, aún.
No, él no podía entenderla. Aunque ella sintiera que sí, no, nunca.
Al entrar, algo la perturbó: todos los miraron. En la recepción de la empresa nadie se mostró indiferente a la imagen de los dos avanzando hacia un ascensor. La recepcionista, una mujer de unos treinta años que bastante sobradora se había mostrado hacia Mai en el primer encuentro, se inclinó ante el muchacho con algo que parecía miedo mezclado con algo que parecía respeto. Abrió la boca ante él, pero él la silenció con esa misma sonrisa que tanto había logrado calmar a Mai. Después, ascendían hacia el piso al que Mai ya había ido, al del Departamento de Ingeniería del sector automotriz. Bajaron y Mai se endureció detrás del muchacho.
—Por… ¿Por qué…?
¿Por qué estaban en ese piso? ¿Por qué el muchacho le sonreía así? ¿Por qué la llevaba a la oficina del jefe con tal libertad, sin que ninguno de los anonadados empleados lo frenase? ¿Por qué a ella? ¿Por qué…? Cuando reaccionó, Mai estaba justo donde le habían tomado la entrevista, delante del mismo escritorio y el mismo hombre, el Jefe del Departamento. Vio cómo éste se levantaba impresionado ante el muchacho, que a Mai le seguía sonando pero no sabía de dónde. Recibió la primera gota del baldazo de agua cuando lo comprendió:
—¿Señor Brief, qué se le…?
Brief.
Mai se cubrió el rostro con las manos. ¡Brief! ¡Brief! ¡El apellido de los dueños de la empresa, los Brief de Dr. Brief, de Bulma Brief, de…!
—¡¿Eres Trunks Brief…?!
Cuando el muchacho asintió, sonreía de otra manera, con una suerte de picardía que a Mai le resultó irritante por algún motivo. En total confianza, él le pidió el currículum. Mai se lo dio sin rechistar, le entregó en mano la hoja mentirosa. Después, vio cómo se dirigía al Jefe de Departamento.
—Señor Schorr, hablé con la señora… —Trunks Brief frenó con los ojos hundidos en el currículum. Levantó las pupilas hacia Mai y le guiñó un ojo. ¿Por qué?—. «Señorita» Mai, disculpe, y tomé personalmente una nueva entrevista con ella. Se le dará un periodo de prueba de diez días —dijo observándola en detalle—; está perfectamente capacitada para cubrir el puesto de supervisión. Le aseguro que la señorita Mai pasará el periodo de prueba sin esfuerzo y con resultados satisfactorios.
¿Entonces…?
Mai quiso llorar. Atónita ante ese muchacho que no era otro más que Trunks Brief, el joven presidente de la Corporación Cápsula, y ante la mirada de quien sería su superior, es decir el Jefe de Departamento, estrujó en sus manos el pañuelo del muchacho. Acababan de darle la oportunidad de su vida y tendría que dejar de lado los pensamientos negativos, la depresión, la mierda, para así poder aprovechar lo que de milagro acababa de suceder. ¡¿Pero cómo diablos iba a lograrlo?! Vio al muchacho por última vez, su sonrisa, su mirada cómplice, y no le quedó más que realizar una reverencia que explicitaba sólo un poco cuán agradecida estaba.
—Haré mi mejor esfuerzo, mi señor…
Quedaba cumplir con su palabra, nada más.
…
Diez días de prueba: se mató, literalmente; en realidad, se esforzó menos de lo necesario. Aunque su pasado fuera ciertamente cruento si se tenía en cuenta cuánto había luchado por la dominación mundial del Gran Pilaf e incluso antes, en las filas del ejército, Mai demostró en el Departamento que sí, era capaz de hacer ese trabajo, ser supervisora de prototipos del sector automotriz de la Corporación Cápsula. El señor Schorr, que al inicio se mantenía escéptico, terminó por rendirse a su capacidad. Estaba pronto a retirarse luego de una vida de trabajo en esa empresa, por lo cual buscaba personal idóneo para dejar el Departamento listo para continuar sin él; en Mai encontró, inesperadamente, una mujer capacitada y que, aunque peculiar y algo difícil en el trato, también era una buena compañera. Conforme con la elección del joven presidente, dio la noticia a Mai al décimo día:
—Ha pasado el periodo de prueba —dijo—. Bienvenida a la Corporación Cápsula.
Y Mai largó ahí mismo el llanto contenido los últimos diez días: lloró de emoción y dejó que la satisfacción le viajara por las venas. ¡Le había salido algo bien, al fin! Estaba emocionalmente desbordada y la depresión aún continuaba amenazándola, pero este era un primer paso a dejar todo atrás y seguir adelante. El cuchillo seguía clavado en el tocador y continuaba susurrándole lo peor de sí misma rodeado por los fantasmas que tanto se le reían, pero si era lo suficientemente fuerte podía dejarlo atrás. Tenía que hacerlo; se lo había prometido al Gran Pilaf.
En esta misión estaba prohibido fallar.
Pidió permiso al señor Schorr para agradecerle al presidente. Éste la autorizó, y Mai, así, se encaminó al último piso de la empresa, aquel donde se hallaba la oficina más importante, la del presidente Trunks Brief. No lo había vuelto a ver después de aquella escena que le había salvado la vida, literalmente; continuaba pensando que él no era más que una especie de aparición, de ángel guardián que se había manifestado ante ella en el momento más propicio de la historia. Continuaba sin creerse la sonrisa cómplice, lo desinteresada que había sido su preocupación por ella; continuaba sin creerse que tan importante ejecutivo se preocupara por lo menos un mínimo por ella o por cualquiera, en realidad.
En el ascensor, se observó a sí misma en el espejo. Cuarenta y nueve años tenía, y aún no podía acostumbrarse a esos tacos horribles que había comprado. Había observado otras mujeres de su edad en la empresa y ninguna de ellas usaba tacón tan alto, por lo cual, tal vez, sería buena idea que comprara otros: sabiendo que había ganado el puesto, un nuevo horizonte parecía abrirse ante sus ojos.
El traje le lucía bien y su rostro tenía más color; se notaba que había recuperado los kilos que había perdido mientras lloraba con el cuchillo en la mano por semanas y semanas. El cabello, por su parte, era negro, pero hebras blancas lo cubrían aquí y allá, dándole al total un aspecto más bien gris. Marcas de expresión resaltaban en su rostro, como testimonios de la vida que había vivido: ojeras que indicaban llantos, líneas en el ceño que denotaban preocupación, y sus favoritas, las de cada lado de su boca, dos líneas que remembraban sonrisas plasmadas junto al Gran Pilaf y a Shuu. Sonrió apenas al recordarlos en los buenos momentos, los tres juntos felices en lo simple, comiendo un rico helado en el castillo y con la televisión a todo volumen. ¡Esta sí que es una vida de dioses!
—Sigo adelante, Su Excelencia… ¡Míreme, por favor!
Cuando se quiso dar cuenta, tenía el rostro lleno de lágrimas que hacían juego con las líneas, pues se relacionaban con la misma clase de felicidad.
Llegó al último piso. Habiéndose secado el rostro, bajó allí por primera vez y quedó pasmada ante el blanco impoluto del espacio. El piso era pequeño, pero brillaba. Resultaba acogedor a donde fuera que se mirara, transpiraba modernidad y minimalismo.
Una mujer de unos treinta años de cabello rosa y rodete se levantó de su escritorio y se acercó a ella.
—¿Sí?
Con cierta torpeza propia de su espíritu antisocial, Mai explicó quién era, de qué parte venía y por qué deseaba ver un instante al presidente, si es que no era molestia. La mujer, que no era otra más que la secretaria del señor Brief, con mucha amabilidad le pidió que aguardara un momento. Fue a su escritorio y se comunicó con el presidente por altavoz. Éste tardó un minuto en responder. Cuando lo hizo, la secretaria respondió:
—La señora Mai del Departamento de Ingeniería desea hablar con usted un momento.
—«Señorita» —la corrigió el presidente para sorpresa de Mai y también de la secretaria—. Dile que pase, que la recibiré encantado.
La secretaria, sin más, la condujo a la puerta de la oficina del jefe, la del medio de tres. Cuando iba a abrirla, la puerta se abrió sola y por ella salió un monumento andante, una inmensa y preciosa mujer de unos treinta y tantos años que iba vestida con un entallado vestido negro y traía su cabello, rojo como la sangre, suelto y eterno tras su espalda. Puso una mano sobre el hombro de la secretaria y le dio un beso en la mejilla.
—Nos vemos luego, Wanda —dijo, y su voz exudó confianza y autoestima, sonó imponente a oídos de la siempre atolondrada Mai.
—N-Nos vemos, Isa… —susurró la empleada denotando nerviosismo por el contacto.
La desconocida pasó junto a Mai y le guiñó un ojo seductoramente. Mai se puso tan roja como el cabello perfecto de esa mujer. Volteó por instinto: la pelirroja le sonrió justo antes de que el ascensor se cerrada y la trasportara lejos de allí.
¿Qué diablos…?
Asombrada, una vez que estuvo ante el presidente a solas en su oficina, Mai se dijo que quizá esa hermosa mujer era su novia. De seguro, el joven Brief tenía un ejército de mujeres detrás.
No era para menos.
Se sujetó las mejillas con las manos con cara de póker, apenada por el pecaminoso pensamiento.
—¿El señor Schorr le ha comunicado nuestra decisión? —escuchó que le preguntaba Trunks Brief.
Mai volvió en sí. Se paró derechita ante él y asintió. ¡Señor, sí, señor!, bramó cual militar. Dotó a sus gestos y palabras de excedida solemnidad. Torpe, pero solemnidad al fin.
—Mi señor, no quería dejarle de agradecer su cálido gesto conmigo. Me… había puesto muy nerviosa y usted me… ayudó. —Sacó de su bolsillo el pañuelo que él le había prestado limpio y perfumado. Se lo extendió—. Nunca me alcanzarán las palabras para expresar mi agradecimiento para con usted, mi señor.
Él, con encanto sin igual, le sonrió justo como aquella vez junto al lago artificial; Mai sintió que el piso temblaba bajo sus pies. Trunks sujetó su mano y la apretó entre las suyas en total calidez.
—No hay nada que agradecer —aseguró—. Es un placer tenerla oficialmente en la empresa desde hoy. —Apretó más su mano; Mai, por la mirada insistente de ese muchacho sobre ella, sintió en sus pulmones una repentina falta de aire. La voz del presidente bajó su tono en lo consecuente—. Si precisa algo, venga a verme cuando lo desee. —Y la voz bajó un poco más hacia el final—. Por lo que sea, señorita: estoy a su disposición.
A Mai la atravesó un potente escalofrío, uno que parecía abrirla en dos. Sintió deseos de irse y de quedarse. Ese hombre la engullía con ese tono íntimo y la insistencia de su hipnótica mirada, tanto que apenas alcanzaba a comprender la situación.
Mai miró sus manos cuando él al fin la soltó: no había tomado el pañuelo.
—Pero… —farfulló ella al ofrecérselo de nuevo.
Trunks Brief, tranquilo, negó con la cabeza.
—Téngalo. No se preocupe por eso.
Mai le hizo una nueva reverencia en agradecimiento.
Se marchó no sin antes balbucear un «gracias» sofocado; no había entendido nada de nada.
Ni se imaginaba aquello que lejos estaba de comprender.
Esa misma noche, comiendo arroz ante la pantalla de la computadora en su mono-ambiente, Mai escribió el nombre de su jefe en el buscador. No pensó en hacerlo, no lo planeó; ya lo había hecho cuando lo entendió. Entró en el artículo de la enciclopedia, leyó su edad y no fue hasta hacerlo que se cuestionó la atrevida búsqueda que había realizado. Veintiún años. Veintiuno. Veintiocho años de diferencia.
Él era un bebé de pecho y ella, según el cuchillo, una vieja.
Él jamás la entendería.
…
Los siguientes días transcurrieron sin sobresaltos: continuaba aprendiendo todo lo que concernía al puesto de supervisora y ganaba la simpatía de sus compañeros, aunque nunca dejaron de considerarla en exceso peculiar. No obstante, su peculiaridad no molestaba; se podía convivir con ello. La distancia que el resto guardaba con ella debido a su extraña manera de ser le daba espacio a la soledad que con nada podía quebrantar; Pilaf y Shuu habían sido todo en su vida, no necesitaba nada más. Sólo trabajo, sólo dedicarse a sus deberes para poder sobrevivir, para no tener ni un minuto para pensar, pues pensar en exceso la hundía en la depresión que ansiaba dejar atrás. Es que, como siempre se decía ante el espejo del tocador y el cuchillo clavado en su superficie, su tiempo ya había pasado; lo único para lo que no había llegado tarde, gracias al joven Trunks, era para trabajar. Lo demás, no. No, gracias.
Pasada una semana más, Trunks Brief comenzó a aparecer en el Departamento. Faltaba poco para los lanzamientos automotrices de temporada y ultimar detalles era menester. Mai lo vio pasar junto a su escritorio, rumbo a la oficina del señor Schorr, por lo menos cinco veces al día. Cada vez que iba y que venía, él le dedicaba la misma mirada cómplice de antes a ella.
Al cuarto día, frenó ante su escritorio. Tenerlo adelante bastó para que Mai sintiera escalofríos de nuevo, como en la oficina. Se abría en dos, en cuatro, en seis.
—Me da mucho gusto verla de nuevo, señorita —dijo él, casi galante, casi como un amigo y no como un jefe—. ¿Qué toma? Se ve rico.
Mai observó la taza que humeaba junto a ella.
—C-Café de la máquina, señor. ¿Gusta tomar uno?
—Me encantaría.
—Tome asiento si gusta, se lo traeré en un momento.
Mai saltó cual resorte de su asiento y al minuto trajo un café cortado para él en una taza con el logo de la empresa al frente. Lo dejó ante él junto con la canastita donde guardaban el azúcar en la oficina.
—Sírvase.
El presidente agradeció. Mai retornó a su asiento y lo observó al otro lado del escritorio: él puso dos sobres de azúcar en el café y lo batió lentamente antes de sorprenderla al levantar los ojos hacia ella. Al toparse las miradas, Mai, como tantas veces, se quedó sin habla.
—Está intenso el cierre de temporada —comentó él como quien comenta los resultados deportivos del fin de semana sin denotar favoritismo por equipo alguno, tranquilo, despreocupado—. ¿Qué opina usted?
Mai parpadeó varias veces seguidas antes de responder. Se sonrió como una muchacha que ya hacía décadas que no era, honrada por el interés de su jefe en conocer su insulsa opinión:
—Está… intenso y nuestros competidores se posicionan bien, pero pienso que las innovaciones a nivel diseño, sobre todo en todo lo que concierne a los aero-jets, marcarán la diferencia. D-Digo… —Mai se vio sin palabras ante la mirada insistente del presidente. Tragó saliva y miro su taza de ahí en más—. Encuentro fascinantes las innovaciones que se han realizado en los aero-jets, sobre todo en lo que concierne al ahorro de energía, gran problema de los otros aero-jets presentes en el mercado y motivo por el cual muchos compradores no apelan a esta clase de vehículo aún, el sobre-consumo de energía que significa y que se traduce en gastos de más en combustible. Con las renovaciones, pienso que los aero-jets explotarán esta temporada.
—Pienso igual —comentó Trunks Brief luego de beber un sorbo de café—. Y dígame, ¿cómo se siente?
Mai volvió a parpadear de manera reiterada, otra vez confundida. Contestó mecánicamente:
—Estoy muy feliz con mi trabajo, mi señor. Gracias por tan valiosa oportunidad.
Trunks la miró mientras bebía el café, la miró de manera penetrante, sin parpadear, sin titubear.
¿Por qué?
—No —respondió él entonces—. Me refiero a cómo se siente con respecto a aquellas cosas que la tenían a mal traer. ¿Subió su ánimo? ¿O es que continúa deprimida?
Mai apoyó la taza sobre la mesa sin haber llegado a beber el café; no esperaba esa pregunta. Mucho menos esperaba ese inusitado interés del empresario más poderoso de la Tierra en su insignificante estado de ánimo.
¿Seguía deprimida? Ni ella sabía la respuesta. Pero pensó en el cuchillo, en las ausencias, y entonces pensó en el ocaso, en la soledad que era elegida con respecto al mundo pero no con respecto a la muerte de aquellos a quienes había amado, y sí, sí estaba deprimida, muy deprimida, excesivamente deprimida. El trabajo era su vida y lo demás ya no le importaba; al cruzar la puerta de la empresa, volvía a ser una vieja inútil, un trozo de mierda insignificante, la persona más inservible del universo: Mai, la sobreviviente a la que nada más que sobrevivir, no vivir, le salía.
Una lágrima cayó de uno de sus ojos.
—Yo… —farfulló nerviosa, habiéndose limpiado en un violento ademán la lágrima de su mejilla—. Lo siento, yo…
El presidente tomó sus manos. Las estrujó entre las de él como las veces anteriores, sonriéndole, cómplice de ella, amigo y no jefe.
Cercano, demasiado.
—Ya hablaremos al respecto, lo prometo —afirmó él enigmáticamente—. Ahora, acompáñeme a la oficina del señor Schorr: hay mucho por hacer y la necesitamos. —Se puso de pie, la instó a lo mismo, la acercó a él, jamás la soltó; la miró—. La… necesito.
Los ojos de Mai, ante el presidente, se desorbitaron.
El lapso pasó y las cosas siguieron su curso en lo que a asuntos laborales se refería; Mai no pudo, aunque lo intentara, alejar esa última frase de su mente.
Pasó la jornada y, por la noche, se encontró ante el buscador una vez más escribiendo una te, una erre, una u, etcétera. Trunks Brief, nacido veintiocho años después de ella, en el reciente setecientos sesenta y seis. Hijo de Bulma Brief, nieto del célebre Dr. Brief, heredero de la Corporación Cápsula. Vio fotos de él sacadas por los típicos medios amarillistas, saliendo de un bar o al presentarse en un evento de caridad; lo vio como participante en un Tenkaichi Budokai; lo vio presente en eventos de distinta índole; lo vio en las noticias del corazón con fecha del día. Rumores, la pelirroja que había visto en la entrevista del brazo con él el último sábado por la noche. Tragó saliva al leer, el «la necesito» en modo repetición en su fuero interno:
—«¿Nuevo romance? El empresario Trunks Brief y la fotógrafa Isabelle Cort, ¿juntos?».
Siguió con los ojos, y «la necesito», y «la necesito» repitiéndose mientras tanto: al parecer, eran ya tres veces que se los veía coincidir en distintos eventos sociales, una fiesta, una presentación, una cena. Ella venía de sonoros rompimientos con un músico, después con un deportista, después con un actor, después con un modelo; él venía de rumores que lo habían vinculado con distintas mujeres que jamás se habían confirmado, es decir que no se le había conocido nunca pareja oficial. Tampoco se lo había visto tan seguido con la misma mujer. Decían que ella deambulaba por la Corporación Cápsula, lo cual era cierto y bien lo sabía Mai, pero que no quedaba claro qué sucedía entre ellos. Y «la necesito», y «la necesito», ad infinitum.
¿Por qué le había dicho algo así? ¿Para qué le había dicho algo así?
~continuará~
Nota final II
¡Hola! Mil gracias por su apoyo con el primer capítulo de 28. ¡GRACIAS! Me hace feliz tener un pequeño long fic en el cual trabajar y al cual ponerle los sentimientos que tanto preciso descargar en este momento de mi vida. Gracias por estar del otro lado, junto a mí.
Sobre Isabelle Cort, el señor Schorr y Wanda: tooooooodos personajes de Triángulo, otro de mis fics. Respecto de Wanda y el señor Schorr, los usé porque me dio vagancia volver a inventarme empleados de la empresa de nuevo, así que decidí resucitarlos a ellos. XD Sobre Isabelle, bueno…
Isa, quienes leyeron Tri, saben que es una persona bastante jodida. Sin embargo, acá le quiero dar otro papel, porque pienso que Isa, aunque esté muy mal de la cabeza, puede tener un lado «amigable», el cual quiero sacar a relucir acá. Amo a Isa y no me pude resistir a darle un papel secundario que, aunque parezca que venga por el lado de la tercera en discordia, mmm, nop. XD
Y lo dejo ahí.
Para darle un pantallazo del personaje a quienes no hayan leído Triángulo, este es un pequeño resumen: Isabelle es una fotógrafa de celebridades al más puro estilo Annie Leibovitz o David Lachapelle. Es una mujer imponente, carismática, pero está un poco tocada de la cabeza o eso denota en ciertas actitudes que tiene. Pueden verla, además de en Triángulo, maravillosamente plasmada por Kuraudea en su fantástico Hielo en la escarcha, un Trunks x Mai que amé. ¡Ay, Clau! Aún suspiro… :')
MUCHÍSIMAS GRACIAS POR SUS HERMOSOS RWS, POR DARME ÁNIMO E INSTARME A SEGUIR ESFORZÁNDOME CON SUS PALABRAS, por hacerme sentir que vale la pena hablar un poco de la vida y lo que sucede en ella a través de los fics. Ashril, andreabunny20, NancyCephiro, Joyce, Diana Candy, SpyroTJ, Sara, OdetteVilandra, Livra, SteelMermaid, Shadir y Kuraudea, MUCHAS GRACIAS. =')
Diana, te quiero. Gracias por todo y por más y más.
Nos leemos en el III. Sé que aún no narro el punto de vista de Trunks de las cosas y que la idea de que haya asumido la presidencia a los veintiuno es curiosa, pero todo eso encontrará fundamento: Trunks va a tener su momento a partir del próximo capítulo.
¡Gracias por todo!
Besos miles y nos leemos.
Dragon Ball © Akira Toriyama
