CAPITULO 2

El viaje fue inusualmente tranquilo para las fechas en las que encontraban, en pleno invierno. Pero todo cambió cuando aterrizaron en el aeropuerto Ted Stevens, de Anchorage. Una tormenta procedente del ártico lo había dejado todo cubierto de nieve, mucha más de la que solía haber en aquella época del año. Tanto Clint como ella habían estado en sitios fríos, más parecidos a congeladores que a otra cosa. Ella era rusa, o lo había sido, pero no había esperado aquel clima, pese a todo lo que había leído sobre el invierno en Alaska.

Las comunicaciones por tierra estaban colapsadas y tardaron más de medio día en recorrer los veinte kilómetros que los separaban de la Academia Jaeger.

Cuando por fin llegaron la actividad en el inmenso vestíbulo, de techos altos y paredes tapizadas con el emblema del PPDC, les dio la bienvenida. El gobierno no había escatimado en gastos en aquel lugar y todo hablaba de en qué se derrochaba en los últimos tiempos el dinero del contribuyente.

Era un hervidero de gente, que iba y venía sin reparar en nadie en concreto a su alrededor. Todos con papeles en las manos, leyéndolos e intentando descifrar hacia dónde tenían que dirigirse. Todos miraban a un lado y a otro, descolocados y expectantes. Clint se paró junto a ella, a su lado, dejando en el suelo el petate que llevaba colgado del hombro. Todavía llevaba calado hasta las orejas su gorro de lana y tenía la nariz roja. Natasha tuvo que contener una sonrisa al mirarlo. Desvió la mirada hacia cuanto les rodeaba.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Clint, con la voz algo gangosa. Estornudó una vez y luego otra más.

Natasha lo miró por el rabillo del ojo.

—Tú, tomarte algo para ese resfriado. Cuando lo hayas hecho, iremos a la oficina de registro.

Clint bufó.

—No estoy resfriado. —Y estornudó de nuevo. Natasha sacó de su bolsillo un pañuelo de papel que le entregó con aire distraído, y que él tomó de inmediato—. Es alergia.

—Claro, alergia —le respondió, frunciendo los labios y mirando hacia el alto techo—. Venga, tenemos que decirles que hemos llegado.

La oficina de registro de los nuevos aspirantes estaba atestada. Muchos de ellos habían recalado allí aquel mismo día, así que tendrían que aguardar la cola hasta que fuera su turno. Natasha miró a su alrededor. No le diría a Clint que se veían un poco fuera de lugar, pero era lo que pensaba. La mayoría de las personas que allí se encontraban apenas llegaban a la veintena. Algunos, tal vez ni eso. Caras ilusionadas y ojos resplandecientes que lo miraban todo con expectación y con el entusiasmo propio de quien no ha visto y vivido atrocidades en su vida. Jóvenes que se aferraban a sus maletas, nuevas y sin un solo rasguño. En cambio, ellos… No podía decir que estaba cansada, porque no era del todo cierto. Se sentía con energías y ganas de comenzar una nueva vida, un nuevo trabajo, una nueva etapa. De no haber sido así, le habría dicho a Clint que no le había gustado su idea. No era el caso, no, pero su bagaje personal no le permitía ser tan exaltada como todos aquellos jóvenes que los rodeaban.

En cierta manera, sentía envidia. Casi no recordaba cuándo había sido la última vez que se había sentido realmente entusiasmada por algo. De la clase de exaltación que te hace batir palmas y sonreír como loca. Tal vez no lo había hecho nunca, no estaba en su naturaleza exteriorizar de aquella manera sus sentimientos.

Un nuevo estornudo de Clint le hizo girar la cabeza y fijar la mirada en él. En apariencia, su compañero estaba leyendo uno de los panfletos que habían encontrado en el vestíbulo de entrada, pero ella sabía que, a pesar de ello, Clint estaba al corriente de todos y cada uno de los que los rodeaban. Lo podía ver en el ligero pulso que, de vez en cuando, se manifestaba en su mandíbula. O en sus hombros, no del todo relajados. Tenía su petate ante él, pegado a sus piernas. El papel que tenía entre sus manos agarrado con fuerza. Se fijó en él una vez más, de manera concienzuda. Clint era un hombre hecho y derecho, y destacaba como un faro en el puerto entre todos aquellos jovencitos, casi imberbes, algunos de ellos aún por alcanzar su máxima estatura.

Cuando les llegó el turno había transcurrido más de media hora. Un hombre de mediana edad, con cara de estar profundamente aburrido, les dio la bienvenida a la Academia Jaeger, junto con un dossier para cada uno. Explicó dónde se encontraban sus habitaciones y señaló el ajetreado horario que debían seguir ese mismo día, lleno de test psicotécnicos y pruebas médicas. Abandonaron el lugar con la documentación, dejando que el siguiente aspirante a piloto de jaeger tomara su lugar.

Con la ayuda del mapa de las instalaciones que les habían facilitado se dirigieron a la zona que les habían indicado, dispuestos a dejar allí su equipaje y prepararse para la exhaustiva tarde que los aguardaba.

Los pasillos que llevaban a la zona de las habitaciones le recordaron a una película de universidad. Los jóvenes, dejándose llevar por su innato entusiasmo, iban y venían con sus maletas a cuestas y grandes sonrisas prendidas en los rostros. Muchos de ellos ni siquiera aprobarían las pruebas iniciales y pronto volverían a sus respectivos hogares, pensó Natasha, pasando junto a ellos, precediendo a Clint.

Cuando llegaron a las habitaciones, comprobaron que éstas eran contiguas. Natasha se alegró de que estuvieran en uno de los extremos más alejados del pasillo. El tránsito de personas sería mucho menor y a ella le gustaba el silencio y la tranquilidad cuando era necesario. Dejaron sus bártulos y, sin entretenerse, se dirigieron hacia la primera cita que les indicaba el horario: el reconocimiento médico.

Natasha no recordaba la última vez que se sometió a un examen médico tan exhaustivo. Tal vez fue cuando la agencia la reclutó, muchos años atrás. Pero aquel estaba siendo un poco más concienzudo. Los estudios encefalográficos ocuparon gran parte de la tarde, así como los test neuronales y los escáneres tomográficos. Las salas por las que había pasado eran frías, inhóspitas y asépticas. Nadie hablaba, tan sólo se escuchaba el ruido de las máquinas y los generadores eléctricos que las alimentaban. Los técnicos intercambiaron pocas palabras con ella, las justas para darle las instrucciones sobre qué hacer o dónde ponerse. Ella lo siguió todo a pies juntillas.

Habían pasado más de tres horas cuando, por fin, dieron por finalizada la última prueba. No se había dado cuenta hasta ese momento de lo cansada que estaba. Todo lo que quería hacer era tumbarse en la cama y dormir hasta el día siguiente. Incluso se había olvidado de que llevaba horas sin probar bocado. Salió al pasillo, igual de aséptico e impersonal que todas las habitaciones en las que había estado. Era el pasillo trasero, en el que desembocaban todas las consultas, para que quienes habían acabado sus exámenes, no tuvieran que mezclarse con quienes todavía aguardaban su turno de ser llamados.

Al final del pasillo, a su derecha, había una puerta más ancha que las demás, con un pequeño cartel luminoso sobre ella, indicando la salida. Se encaminó hacia allí con paso calmado. Oyó como la puerta de una de las consultas que había dejado atrás se abría tras ella. Continuó caminando.

—Nat—la voz de Clint a su espalda la detuvo. Se giró sobre sus talones. Su compañero estaba colocándose la cazadora. Tenía la nariz roja y los ojos algo llorosos.

—¿Qué tal la alergia? —le preguntó, con sorna. Clint entornó los párpados, convirtiendo sus labios en un rictus de seriedad.

—Me han recetado un antigripal —respondió, enseñándole un pequeño tubo lleno de pastillas blancas, que zarandeó, haciéndolas sonar. —¿Qué tal te ha ido a tí?

Natasha se encogió de hombros mientras volvía a ponerse en camino, en dirección hacia la puerta de salida.

—Bien. Sin problemas. Pero estoy cansada y creo que voy a mi habitación. A dormir.

Alcanzaron la puerta de salida. Cuando traspasaron el umbral, el silencio que reinaba en el pasillo que acababan de dejar atrás se convirtió en un bullicio de personas yendo y viniendo. Antes de poder mezclarse con los que iban y venían, Clint la detuvo, poniendo una mano sobre su hombro, reclamando así su atención. Natasha giró para enfrentarlo, pegando su espalda a la pared que tenía más cercana. Dos jóvenes, bromeando entre ellos, pasaron a su lado. Clint dio un paso hacia su compañera, dejando espacio a los dos chicos.

—¿No vas a cenar? —le preguntó, tan cerca de ella que podía notar el calor de su cuerpo. Clint miró a su alrededor antes de continuar—: No tengo ni idea de dónde podemos ir pero debe de haber algún sitio.

—No tengo ganas, en serio —contestó Natasha, con una mano masajeándose ligeramente la sien izquierda y rehuyendo la mirada de Clint a propósito—. Sólo quiero tumbarme en la cama.

Clint no se movió. Despacio, alzó la vista para encontrarlo con los ojos fijos en ella, medio entornados y con los labios unidos en una fina y severa línea que hacía endurecer la mandíbula oscurecida por la sombra de la barba.

—Deberías tomar algo. Hace horas que no comes. Pero si prefieres irte a dormir, adelante — dijo al fin Clint, dando un paso atrás, separándose de ella. De repente, Natasha sintió como una brisa helada cruzaba entre ambos, ocupando el lugar en donde había estado él hacía unos instantes. Se separó de la pared, enderezando los hombros. Al fin, asintió con la cabeza.

—Nos vemos mañana, Clint —su mano rozó con suavidad el antebrazo de su compañero, ejerciendo una ligera presión a modo de despedida.

Sin esperar a que él hiciera lo propio, pasó a su lado y se alejó, en dirección a su habitación, sabiendo que los ojos de Clint seguían fijos en ella a pesar de la distancia.

El reloj acababa de dar las cuatro de la mañana cuando Natasha se despertó sin saber bien el porqué. No había dormido tanto y aún se sentía cansada. Se revolvió en la cama, intentando buscar una postura diferente para favorecer de nuevo la llegada del sueño. Pero no lo logró, sólo consiguió con ello que le doliera la cabeza. Se tumbó bocarriba, encendió la pequeña lámpara que había en la mesilla junto a la cama y posó la mirada fija en el techo de la habitación.

El dormitorio no tenía ventanas. Un gran poster de las Montañas Rocosas, que ocupaba casi toda la pared que había enfrente, ejercía la función de ventana imaginaria y creaba la ilusión de estar viendo el exterior. La temperatura era agradable y la habitación estaba lo suficientemente aireada a falta de ventilación natural. Miró de nuevo el reloj. Apenas habían pasado cinco minutos desde la última vez que lo hizo. Pensó que el responsable de aquel desvelo inapropiado sería el desfase horario con Nueva York, cosa que le sorprendió pero no le extrañó en absoluto. Cuatro horas no eran mucho pero su cuerpo aún no estaba acostumbrado a ello. Tumbada en la cama, posó las manos sobre el vientre, cálido y plano, palmeándolo con suavidad con la yema de los dedos. Notaba cómo subía y bajaba, acompañando a la respiración. De repente, el estómago rugió con ferocidad, haciéndole saber así que había hecho mal en saltarse la cena. La mano se movió sobre la zona, intentando calmarlo pero fue inútil, pues un nuevo rugido, más audible aún, hizo que se agitara, buscando una nueva postura para calmarlo.

En el silencio de la noche, un suave toque en la puerta de su habitación hizo que se incorporara sobre sus codos. No estaba segura de si, en realidad, lo había oído, o había sido producto de su imaginación. O un efecto de su ruidoso estómago. Un nuevo toque la sacó de dudas. Extrañada, se levantó de la cama con cuidado, sin molestarse en ponerse las zapatillas. Antes de aventurarse un poco más, miró en dirección a la mesilla, en donde había escondido el arma que solía llevar, decidiéndose entre ir a por ella o no. Decidió que estaba bien en el lugar en el que estaba y se dirigió con cautela hacia la puerta.

—¿Quién es? — preguntó, apenas en un susurro y con la mano sobre el pomo.

—Nat, soy yo — oyó decir a Clint al otro lado. Se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Cerró los ojos y suspiró, dejando caer la cabeza, hasta que su barbilla casi rozó su pecho. Descorrió el cerrojo.

El aire frío del pasillo le azotó en el rostro nada más abrir. Clint aguardaba frente a la puerta, con el pelo revuelto, el pantalón de chándal ajado que solía usar a modo de pijama y una camiseta gris. Encima de ella, su cazadora a medio cerrar.

—¿Qué demonios haces aquí, Barton? —la pregunta sonó como un escopetazo incluso a sus oídos. Se pasó la mano por los ojos, antes de volver a hablar, con el tono de voz más sereno—: Son las cuatro de la mañana.

Clint asintió.

—Sé perfectamente la hora que es, muchas gracias.

Natasha pasó el peso de su cuerpo de una pierna a otra. Colocó una mano sobre el pomo de la puerta y lo agarró con fuerza.

—Si no has venido a saber la hora, ¿qué es lo que quieres?

Hasta ese momento, Clint se había mantenido con las manos ocultas tras su espalda. Con lentitud, las sacó hacia adelante, entregándole una servilleta grande de papel que envolvía un objeto cuadrado.

—Pensé que te despertarías y tendrías hambre.

Nat lo tomó de manos de Clint. Antes de desenvolverlo, el aroma le llegó a la nariz: un sándwich de jamón, queso y tomate y un pequeño toque de mostaza verde. Se quedó mirando el trozo de pan como si no hubiera visto algo parecido en su vida. Levantó la mirada hacia él.

—¿Cómo sabías que estaba despierta? —le preguntó, intrigada.

Clint desvió la mirada hacia el interior de la habitación, a algún punto sobre la cabeza de Natasha. Se encogió de hombros.

—No lo sabía.

Una pequeña ráfaga de aire helado circuló por el pasillo, haciendo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Natasha de arriba abajo. Se abrazó a sí misma, teniendo cuidado con el sándwich.

Clint se arrebujó en su cazadora.

—Buenas noches, Nat.

Antes de que él se girara, la mano de Natasha lo detuvo.

—¿No quieres pasar? —preguntó, con una media sonrisa—. No podía dormir. Así me acompañas mientras me como el bocadillo, ¿quieres?

Clint no contestó, se limitó a mirarla con seriedad. Natasha no estaba muy segura de si el frío que sentía se debía a la baja temperatura que hacía en el pasillo o era debido a los escrutadores ojos de Clint, fijos en ella. O, tal vez, no era frío lo que sentía después de todo. Sólo sabía que la sensación recorría su espina dorsal de arriba abajo, cosquilleándola bajo la piel.

Natasha se hizo a un lado y abrió más la puerta de su habitación.

—Anda, entra. O te pondrás peor de ese resfriado.

Clint pasó delante de ella con andar calmado y las manos metidas en los bolsillos de su cazadora. Natasha cerró la puerta en cuanto él estuvo dentro y anduvo hasta la cama. Se sentó en ella con las piernas cruzadas y el sándwich en la mano. Su compañero retiró de la única silla que había en la habitación la ropa que Natasha había dejado ahí antes de acostarse y la depositó sobre la mesa que había a su lado. Se dejó caer en ella, dejando su cuerpo resbalar sobre el asiento y descansando sus manos sobre ambas rodillas.

Natasha dejó a un lado la servilleta con la que había estado envuelto el sándwich y dio el primer bocado. Su estómago rugió.

—¿Cómo estás del resfriado? —preguntó Natasha cuando su boca estuvo otra vez vacía. Dio un nuevo mordisco mientras esperaba la respuesta de él.

Clint asintió.

—Creo que estoy mejor. Esas pastillas son geniales. Me hubiese gustado tenerlas mucho antes. Me hubiesen venido de perlas—le respondió, sonriendo a medias.

Natasha dio un nuevo mordisco a su sándwich, que menguaba poco a poco. Estaba delicioso pese a su sencillez. O tal vez era el hambre que sentía lo que lo hacía tan exquisito, pensó.

—Me alegro de que te encuentres mejor, Clint. Mañana nos espera un día duro a juzgar por ese horario que nos entregaron. No tendremos tiempo para nada.

Clint no contestó, se limitó a asentir de manera lenta, con la mirada fija en algún punto del embaldosado del suelo.

Natasha tragó el último bocado que le quedaba, se limpió la comisura de los labios con la servilleta y, dejándola a un lado sobre la cama, bajó las piernas, sentándose al borde del colchón, frente a Clint. Estiró un brazo y llamó su atención con un ligero toque sobre su mano.

—¿Qué te ocurre?

Distraído como estaba, Clint alzó la vista, sorprendido. La miró y negó con la cabeza.

—Nada.

Una arruga profunda surcó la frente de la mujer. Alzó una ceja en su más característico gesto que hizo que Clint retrepara en su asiento y enderezara la espalda.

—A otro puede que lo engañes, Barton. A mí, no —le dijo, con un cierto tono reprobatorio en su voz—. ¿Qué te ocurre?

Clint se pasó una mano por el mentón. La sombra de la barba crecida endurecía sus rasgos faciales, pero fue un pequeño tic en la mandíbula apretada lo que le confería un aire de preocupación que no tenía cuando, minutos atrás, llegó hasta su puerta.

—Cuéntamelo —insistió Natasha, tomándolo de la muñeca. Clint fijó sus ojos en la mano de la mujer sobre la suya. Inmediatamente alzó la mirada y la clavó en los ojos claros de Natasha. Vio cómo la nuez de Clint subía y bajaba al tragar.

—¿Hemos hecho bien en venir hasta aquí, Nat? —comenzó diciendo, posando su mano izquierda sobre la de Natasha, que aún aprisionaba su muñeca—. ¿Has visto a todos esos chicos? Su entusiasmo, sus… ganas de aprender. Nosotros ya estamos de vuelta de todo eso.

Natasha bajó de la cama y se arrodilló delante de Clint. La palma grande de su compañero cubría su mano por completo. Podía sentir su calor y la fuerza que de ella emanaba. Unas manos acostumbradas al trabajo duro, a no rendirse, a no desfallecer. El pulgar del hombre le acarició el dorso de su mano, despacio, arrancando un cosquilleo en la base de la espalda de Natasha. Por unos instantes, se olvidó de lo que iba a decirle, tan solo pendiente de esa ligera caricia.

Tuvo que concentrarse con ahínco para que su mente volviese a funcionar como era debido. Con reticencia, su vista viajó de la mano que cubría la suya al rostro que la miraba con ojos entornados, aguardando. Natasha tomó aire. Se sentó sobre sus talones, elevando la mirada.

—Todo va a ir bien, Clint. Es cierto, esos chicos poseen algo que nosotros ya no tenemos y que, tal vez, no volvamos a tener nunca más. Pero sí tenemos algo que ellos necesitan: nuestra experiencia. Sabemos lo que es el trabajo duro. Sabemos lo que es enfrentarse a situaciones que nos desbordan y en las que, a priori, llevamos las de perder. Podemos ser muy valiosos aquí, Clint.

Ambos se quedaron en silencio, mirándose mutuamente. El sonido de la calefacción central, escapando por las rejillas, de la habitación era lo único que se podía escuchar. Tras unos momentos, una sonrisa leve, apenas una elevación de la comisura de los labios de Clint, hizo que Natasha sonriera.

—Bien, creo que me marcho—. Clint se puso en pie y le tendió las manos para que ella hiciera lo mismo. Natasha se sostuvo en ellas y se levantó, quedando frente a él.

Clint se dirigió hacia la entrada del cuarto, seguido de Natasha. Puso una mano sobre la manija de la puerta y, antes de abrir, se giró hacia su compañera.

—Buenas noches, Nat —le dijo, mientras se inclinaba hacia ella para depositar un beso en su mejilla. Sin pretenderlo, Natasha se movió unos centímetros, los suficientes para que, en lugar de la mejilla, Clint terminara depositando ese beso en la comisura de su boca. Su compañero se retiró con rapidez, dando un paso atrás sin soltar el pomo de la puerta.

Los ojos de Natasha se clavaron en él. La había cogido completamente por sorpresa aquel beso. Pero sentir sus labios tan cerca de los suyos, su aliento tibio, el calor de su boca, había hecho que contuviese la respiración y que, cuando él se separó, sintiese una profunda decepción que no había esperado sentir. Sin permitir que su cabeza tomara el control de la situación, se acercó hasta él y lo besó.

La sorpresa inicial de Clint duró tan sólo un instante, el tiempo que los labios de Natasha tardaron en adueñarse de los de él. Las manos de Clint subieron hasta atrapar el rostro de Natasha entre ellas, sin posibilidad para que se retirara. Ella no lo pretendía. La boca de Clint era exigente. Se abría a ella casi con desesperación, arañando su labio inferior con los dientes, pidiendo acceso en silencio. Él dio un paso al frente y luego otro más, hasta hacer que su espalda se topara con la pared, atrapándola entre ésta y la dureza de su cuerpo. Natasha no se quejó en absoluto al sentirlo pegada a ella, su calor y su firmeza. Alzó los brazos y le rodeó el cuello. No quería que se alejara.

Un sonido grave, surgido de la garganta de Clint, le erizó la piel de todo el cuerpo. La besaba con hambre, como tantas veces había soñado que él haría. Había sido una estúpida al creer que podría contener todo lo que sentía por él, acallado dentro de ella durante todo aquel tiempo. Sentía que era una bomba de relojería y que estaba a punto de estallarle en la cara.

Se afanó en besarlo, en devolverle punto por punto todos los besos. Su lengua batallando con la de él en una guerra que ambos deseaban ganar y que la estaba dejando sin respiración. Las yemas de sus dedos acariciaron la parte trasera de su cuello, la suave piel en donde terminaba su pelo y comenzaban los hombros.

A su pesar, Clint abandonó su boca, pero su decepción duró los pocos segundos que él tardó en dedicarse a sembrar de pequeños besos y caricias la línea de su mandíbula y el hueco del cuello. Natasha echó hacia atrás la cabeza, otorgándole todo el acceso que él estaba pidiendo, mientras sus propias manos bajaban por la espalda masculina hasta encontrar la cintura elástica de su pantalón y quedar atrapadas allí.

Hizo que se pegara aún más a ella, si eso era posible. Él no se hizo de rogar. Natasha pudo notar la erección de él presionando la parte baja de su vientre y eso encendió su sangre más de lo que ya lo estaba. Se puso de puntillas y volvió a besarlo con ansia.

—Tasha —susurró Clint en su oído, arrastrando la voz. Una corriente eléctrica, como un relámpago, surcó su cuerpo. Natasha cerró los ojos con más fuerza y se agarró a sus hombros, hundiendo los dedos en los músculos.

La pierna de Clint se introdujo entre las suyas, aprisionándola contra la pared más aún. Su necesidad sólo hizo crecer al notar la excitación de su compañero, que rivalizaba con la suya. Lo quería entre sus muslos, desnudo, dentro de ella y no aquel frustrante simulacro que la estaba encendiendo por momentos y que le erizaba todos los poros de la piel.

Alguien pasó por el pasillo, al otro lado de la puerta, tosiendo y estornudando. La realidad le llegó como una bofetada imaginaria en el rostro, sin esperarlo ni desearlo.

Allí estaban ambos, besándose como si lo necesitaran para seguir viviendo, el primer día de lo que sería su nuevo trabajo; eran las cuatro de la mañana y ambos debían descansar después de una jornada agotadora. ¿Había un momento más inoportuno para ello? A su pesar, Natasha pensó que no. Deseaba con todas sus fuerzas acallar a su conciencia, escondiéndola bajo las manos de Clint, que le acariciaban los costados, subiendo y bajando, dejando su piel encendida y a ella completamente excitada. Se resistía a negarse aquello. A negárselo a ambos.

Pero, sin pretenderlo, sus besos se volvieron más distraídos, no devolviéndoselos de la misma manera en que él los entregaba. Su mente se había adueñado de la situación, relegando el deseo que su cuerpo sentía a un segundo plano. Sus manos se ralentizaron y bajaron por sus costados hasta descansar a ambos lados del cuerpo de Clint, sin tocarlo apenas.

Un segundo después, él dejó de besarla. Se separó de ella un paso, con la mirada baja e intentando recuperar el ritmo normal de su respiración.

—Creo que tendríamos que parar antes de que sea demasiado tarde —señaló Clint con voz ronca y entrecortada.

Sabía leer en ella como si se tratase de un libro abierto y estaba segura que había notado cómo había cambiado su actitud. Se maldijo en voz baja.

Natasha se fijó en sus labios: estaban rojos de por sus besos. Sabía que los suyos estaban igual o, tal vez, más enrojecidos si cabía. El roce con su barba los había irritado ligeramente. Se pasó la lengua por ellos, acallando un suspiro de insatisfacción por no ser la lengua de Clint la que recorriera sus labios. Bajó la mirada, sin querer buscar el contacto con los ojos de él.

—Sí —le respondió en un tono tan bajo que le fue difícil oírlo incluso a ella misma.

Bajó la cabeza, lentamente, para apoyar su frente contra el pecho de él. Notó el bombeo descontrolado del corazón de Clint a través de la fina tela de la camiseta y la respiración agitada. Igual que estaba la suya.

Las manos de su compañero no abandonaron su cintura. Todo lo contrario: se cerraron en torno a ella con fuerza, como si no quisiera soltarla nunca. Clint chasqueó la lengua.

—Lo sé. Y lo entiendo, Nat. No quiero que te arrepientas de hacer algo que sientas que no debes hacer.

Natasha apretó con fuerza los párpados, intentando controlar su respiración y sus ganas de tomarlo de la mano y llevarlo hasta la cama. Quería aquello, lo quería con todas sus fuerzas, pero no estaba segura de si era el momento o no. No quería darle excusas tontas y sin sentido. Él no se lo merecía. Ni ella tampoco.

—Siento que te debo una disculpa. No quiero que te sintieras incómodo. Es lo… último que pretendo —dijo, aún con su frente pegada a su pecho y la voz amortiguada por el cuerpo masculino. No sabía si él la había escuchado hasta que le contestó, un instantes después.

—No, nada de disculpas. No las necesitas —. La besó en la coronilla una última vez y agregó—: Buenas noches.

Natasha levantó el rostro para mirarlo y encontró los ojos de él a apenas unos centímetros de ella, clavados en ella, como queriendo asomarse a su interior. Una nueva corriente de electricidad recorrió su cuerpo de arriba abajo. Pensó que sería muy fácil olvidarlo todo, volver a besarlo y terminar con lo que habían comenzado. Aún estaba a tiempo de impedir que se fuera. ¿A qué venía aquel miedo de repente? Le había llevado mucho tiempo conciliar la idea de que estaba enamorada de Clint Barton. Tal vez demasiado tiempo. Y cuando se decidía a dar el siguiente paso, su conciencia se rebelaba y el miedo la paralizaba. Le habría dado un bofetón si hubiese podido hacerlo.

Sintió el frío del exterior golpearle las mejillas azoradas cuando Clint abrió la puerta pero, sobre todo, sintió el frío de no tenerlo a su lado. Un pequeño y casi inaudible gruñido abandonó la garganta de Natasha.

Clint le había dado la espalda ya, para dirigirse a su habitación, cuando lo detuvo.

—¡Clint!

Él se giró con rapidez sobre los talones de sus zapatillas deportivas.

—¿Sí?

Natasha cerró las manos en puños, por completo en tensión, clavándose en las palmas de las manos sus cortas uñas.

—Hablaremos mañana de… esto, ¿de acuerdo?

Por primera vez desde que apareciera delante de su puerta aquella noche, Clint le sonrió de manera genuina, alcanzando sus ojos y arrancando en ella una sonrisa idéntica. Asintió sin dejar de mirarla, asegurándole sin palabras que estaba completamente de acuerdo. Natasha se abrazó a sí misma, echando de menos los brazos en los que había estado envuelta sólo unos minutos atrás. El aire frío le acarició la sensible piel de los labios enrojecidos. Clint alzó el cuello de su cazadora.

—Buenas noches, Nat.

Ella lo despidió con un gesto de su cabeza.

—Buenas noches —respondió, apenas en un susurro. Y añadió: —Gracias por el sándwich.

Clint llegó a su habitación sabiendo a ciencia cierta que le iba a costar Dios y ayuda volver a quedarse dormido. Su cuerpo estaba más despierto de lo que nunca lo había estado. O eso proclamaba el prominente bulto que apenas escondían sus pantalones. Los besos y las caricias de Natasha lo habían llevado hasta aquel punto. No quería pensar qué hubiese ocurrido de haber continuado. ¿A quién quería engañar? ¡Claro que lo pensaba! Pensaba en cómo habría continuado todo, con ambos desnudos y con las piernas y los brazos entrelazados en la estrecha cama de Natasha. No pudo evitar que una sonrisa embarazosa se dibujara en su rostro, mientras se pasaba una mano por el pelo. Seguramente se habría puesto en evidencia. Llevaba demasiado tiempo esperándolo para que su cuerpo no tuviese prisa por unirse al de ella. Sólo pensar en las manos de Natasha sobre su piel hacía que su erección se volviese más relevante aún, casi dolorosa. Maldita fuera.

Pero creía haber hecho bien en detenerlo antes de que uno de los dos se hubiese arrepentido de ello. Había notado cómo Natasha se había tensado entre sus brazos. No sabía por qué, lo único que supo era que, de aquella manera, no debían continuar. Cuando se acostaran por primera vez sería cuando los dos estuviesen plenamente seguros de lo que estaban haciendo. Si tenían que aclararlo antes, eso harían.

Lo que restó de noche fue casi una pesadilla. Tal y como había esperado, le fue muy difícil volver a dormirse. Cuando cerraba los ojos sólo podía ver la imagen de Natasha entre sus brazos, besándolo tal y como él la besaba a ella, acariciándole la espalda, sus manos quemando sus costados. Imágenes de algo que no había ocurrido se atrevían a aparecer tras sus párpados cerrados. Las intentó desechar, enviándolas al fondo de su mente, con un gemido que salió de lo más profundo de su garganta.

Parecía que la culpa de aquel insomnio era de la almohada, a tenor de los muchos golpes que recibió, pretendiendo acomodarla para poder dormir. Pero no, el culpable (si en realidad había alguno) era sólo él. Sabía desde hacía mucho tiempo que aquello que había ocurrido era inevitable. Debería haber sido franco con Natasha y no andar ocultándole lo que sentía. Se suponía que ella, además de su compañera, era su mejor amiga y a los amigos no se les ocultaba cosas. Al menos, no cosas tan importantes como que la quería. Eso lo hacían los niños de instituto y él había dejado atrás esa etapa hacía mucho, mucho tiempo. "Eres un idiota, Barton", se repetía una y otra vez, intentando que su cuerpo dejara de rememorar el de Natasha entre sus brazos.

Se movió de un lado a otro en la cama, con más ímpetu de la cuenta. La estructura crujió por el movimiento. Dejó caer la cabeza con fuerza sobre la almohada una vez más, pero el sueño se las apañaba para no presentarse. Miró el reloj. Las cinco. El día siguiente iba a ser muy interesante si no lograba dormirse. Volvió a colocarse boca arriba, mirando el techo, o donde debía estar el techo, porque todo estaba a oscuras, tan sólo iluminado por el tenue resplandor procedente del pasillo que se filtraba por debajo de la puerta y que apenas era una fina línea de luz.

Respiró en profundidad, intentando relajarse, con ambos brazos extendidos junto a él. Procuró vaciar su mente y dejarla en blanco, echando mano de sus muchos años de entrenamiento e imaginando cualquier escenario que le pareciera tranquilo y adecuado para calmar sus ánimos, destensando cada miembro de su cuerpo. Tras unos minutos, el caprichoso sueño se presentó y fue capaz de dormirse.