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Amanecer. La lluvia caía aún a raudales y, encerrada en su habitación, María lloraba.
-¿Por qué demonios me trata como si fuera una niñita? ¡Ya no soy una mocosa de pecho, con una fregada!... Con que no sé defenderme sola, ¿verdad? Con que allá afuera corro peligro, ¿verdad? ¡Cómo desearía –gritó mientras lanzaba sendos puñetazos a sus almohadas –largarme de aquí y jamás volver a verlo!
Luego de un rato, la lluvia comenzó a debilitarse, y sólo una fría brisa húmeda recorría el campo. Un golpeteo en la puerta sacó de su rabioso ensimismamiento a la joven, y una voz débil murmuró del otro lado:
-María… te traje algo de comer… Hice sopa de tomate…
La aludida se mordió los labios y no contestó. Afuera, su padre insistía, con un dejo de súplica en la voz:
-María, por favor… No estés enojada conmigo, ¿sí? Anda, tienes que comer algo o te sentirás enfermita… -su hija no le contestó. –María, mi pequeña princesa…
-¡No soy tu princesa! –gruñó del otro lado la joven, quien después de eso se hundió en un obstinado silencio.
-M… María… -susurró Antonio, suspirando con gran pesar mientras se alejaba lentamente con la bandeja de la comida.
Durante más o menos una hora, el silencio fue total en la casa. Pero después, un suave crujido lo rompió; era la puerta de la habitación de María, que se abría lentamente y volvía a cerrarse, antes de que ella, descalza para no hacer ruido, echara a correr por entre pasillos y escaleras hasta llegar a la salida, y seguir corriendo de regreso al campo. El sol había comenzado a asomarse tímidamente tras las nubes, y con él, las gotas que colgaban de los pétalos y las hojas de las flores brillaban tenuemente, como pequeños espejos, visión sencilla que enterneció el corazón dolido de la joven, que echó a andar entre los girasoles.
Luego de un rato, se acostó sobre la fresca hierba, mirando las nubes blancas que se deslizaban discretas contra el turquesa del cielo, y sintió la brisa todavía cargada de humedad pasar velozmente sobre el campo, agitando las flores; su tristeza y su rencor parecieron mitigarse, y antes de lo esperado cerró sus ojos y dormitó tranquilamente.
Tal era su calma que no notó que el ambiente cambiaba bruscamente. El sol volvía a ocultarse tras una inmensa y misteriosa nube gris, el viento dejó de soplar, las aves que recién salían de sus nidos a trinar agradecidos por el triunfo del sol volvían a ocultarse, temerosos, mientras desde el norte, una misteriosa e imponente figura se acercaba con paso lento pero firme hasta el campo de girasoles, como si siguiera a la macabra nube aunque, quizá, era más bien aquélla nube la que lo seguía a él. Sus pasos resonaron como un crujido letal sobre el esmeralda eterno del campo, y tras él, unos diminutos copos de nieve caían sobre el pasto. Finalmente, la figura se plantó frente a la joven durmiente, y por primera vez pudo observarla a placer, pasando sus gélidos ojos violetas desde aquél rostro inocente y puro de tenue rubor hasta su largo cabello castaño que caía desparramado sobre la hierba, y sintiéndose curioso por el suave color moreno de su piel, el contorno delicado de su cuerpo y el fuerte color del vestido, que le hizo pensar con visible entusiasmo en las mismas flores que servían de santuario para ella. Sin resistirse, se inclinó un poco, quitándose los guantes de las manos para poder rozarla libremente; estiró su mano, y apenas acarició la mejilla suave y tibia de la muchacha.
El frío contraste de la piel del desconocido con la de ella la hizo abrir los ojos, desconcertada por el repentino cambio del clima, y fue ahí cuando se topó cara a cara con él. Era mucho más alto que ella, eso lo adivinó de un vistazo, y era increíblemente distinto a lo que ella jamás hubiera visto; de piel blanca y fría como la nieve, el pelo de un color platinado, los ojos violetas, la nariz gruesa y afilada como (y quién sabe porqué esa idea extraña le vino a la mente) el hocico de un oso, vestido con ropas que ella nunca hubiera usado por lo cálido del clima en su casa, y lo más inquietante de todo, una sonrisa aparentemente distraída y un aura de oscuridad que parecía rodearlo.
-¿Quién… quién eres? –murmuró preocupada. El aludido acentuó aún más su sonrisa.
-Eso no importa ahora. –replicó, con una voz suave y delicada.
María intentó ponerse de pie, pero justo cuando empezaba a incorporarse, la mano del hombre la empujó con suavidad de regreso al piso, y la sostuvo ahí apretando ligeramente su pecho.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres? –preguntó sintiendo un fuerte escalofrío que no tenía nada que ver con el frío que la envolvía.
-Quiero… -repuso él, mostrándole de pronto algo que parecía a todas luces un grifo de agua. –que estés conmigo para siempre.
-¡PA…!
En vano intentó llamar a su padre, pues el grifo cayó violentamente sobre su cabeza, dejándola inconsciente. El hombre de los ojos violetas sonrió complacido.
-Duerme, princesa. –murmuró con suavidad, guardando su grifo en el cinturón y tomando a la joven en brazos, llevándosela consigo y dejando tras de sí aquélla nube horrorosa y el viento aullando y gritando, como el eco de una horrenda pesadilla.
…
El palacio estaba rodeado de un bosque cubierto de nieve perenne, en el exterior tenía una forma singular, demasiado única y extraña para los que vivían en el Occidente, y que habría parecido más feliz de no ser porque los muros estaban cubiertos de gruesas y horrendas enredaderas que devoraban y destrozaban la cantera con la que lo habían construido; por dentro, reinaba la austeridad y el silencio, teniendo viejas y deslucidas alfombras como adorno junto con algunos retratos antiguos. No era sólo el invierno, sino la tristeza y la maldad lo que parecían habitar ahí.
El amo del palacio apareció, llevando su preciosa carga en brazos como única señal de luz en medio del paraje moribundo y helado, ya con el sólo color de su vestido parecía dominar la atmósfera, y eso era justamente lo que él quería, quería poseer esa luz, impregnar su hogar entero de ella, y de ser posible, que lo llenara también a él. Entró con paso firme cruzando la reja deslucida y afilada y llamó bruscamente a la puerta. Adentro se oyó un correteo y luego unos gritos mezclados con férreos empujones mientras tres voces chillaban:
-¡Hazte a un lado, tonto!
-¡No, déjame abrir a mí!
-¡Deja de empujarme, me aplastas!
-¡Quietos todos! –por fin la puerta se abrió y aparecieron tres muchachos, uno de cabello largo castaño vestido con una casaca verde, otro, mucho más pequeño, con el pelo del color del trigo y hermosos ojos azules que llevaba una casaca roja, y otro, el que parecía tener más edad, rubio y que usaba anteojos, vestido con una casaca azul.
-Bienvenido, señor Iván. –corearon los tres, apartándose de la puerta para dejarlo pasar. Con un gesto imperioso, el amo entró, y los muchachos se apresuraron a cerrar la puerta; el menor, sin embargo, se acercó tímidamente y murmuró:
-Qué niña tan bonita.
-¿Qué? –saltaron los otros dos al mismo tiempo, acercándose rápidamente y rodeando a su señor. Se quedaron mirando, estupefactos, a la jovencita que seguía inconsciente, desconcertados ya que nunca habían visto a alguien así en toda su vida.
-Es muy bonita… -murmuró el de cabellos castaños.
-Sí… y además huele a flores. –añadió el muchachito rubio.
-Señor Iván, ¿quién es ella? –preguntó del de anteojos.
-Ah, ella… -Iván sonrió. –Ella será mi esposa.
Los tres muchachos respingaron.
-¡Su esposa! –saltaron a la vez, mirando ya a Iván, ya a María, intentando entender cómo dos personas tan diferentes podían convivir juntas de ese modo. El muchachito menor, sin embargo, siguió contemplándola.
-Realmente es una niña muy hermosa, señor, y si me permite decirle creo que es una buena elección, pero ¿y qué hay si ella no quiere casarse con usted?
-¡Raivis! –exclamaron horrorizados los otros dos, mirando al chiquillo que parecía ni haber notado su imprudencia.
-¿Y porqué no querría casarse conmigo, hmm? –preguntó Iván, con un dejo de amenaza en la voz que al parecer, Raivis no notó.
-Ah pues… -continuó él –porque se nota que ella es de tierras muy lejanas y diferentes. Mire su cara, señor, y mire también su piel… Su piel está tibia. –añadió pinchando el brazo derecho de la joven con un dedo. –Ella viene de un lugar con mucho sol y tal vez la nieve le disguste.
-Ya pensé en eso. –lo cortó Iván. –Es por eso que me casaré con ella, ¿Da? Porque ella es primavera, y si ella se queda aquí traerá al sol y a las flores con su presencia, y entonces yo estaré muy feliz rodeado de hermosas flores.
-Pero señor, insisto…
-Y aunque no quiera, ella tendrá que casarse conmigo. –añadió el de los ojos violetas, sonriendo maníacamente antes de seguir avanzando por el salón con su preciada carga. Los tres muchachos temblaron.
-¿Y si… y si el señor Iván la lastima? –preguntó atemorizado el del cabello castaño.
-Ni soñarlo siquiera, Toris. –repuso el de anteojos con voz autoritaria. –Ésa chica quién sabe de dónde la haya traído… y es mejor no preguntar.
-¿Porqué no, Eduard? –inquirió el pequeño Raivis. El aludido lo miró con frialdad y le ordenó:
-Tú… no vuelvas a hablar respecto a ésa niña en presencia del amo, ¿entendiste?
-Ah… Está bien.
Iván siguió andando por el palacio, subiendo unas altas escaleras de caracol y pasando ante puertas y puertas, hasta alcanzar una de menor dimensión, donde entró y miró a su alrededor, murmurando:
-Da… Le gustará mucho.
Era una recámara algo triste, con una ventana alta y estrecha cubierta de una raída cortina; la cama tenía un desgastado dosel por el que colgaban también unos retazos de terciopelo, y además de una mesita sobre la que reposaba un candelabro, una pequeña alfombra y un ropero, no había nada más. Ceremoniosamente, Iván acostó a María sobre el lecho y la miró largamente, fascinado y curioso ante aquélla visión antinatural; a sus ojos, parecía que la jovencita emanaba una luz propia, desfigurando las sombras macabras de la habitación hasta volverlas imágenes amables y vivas, opuestas a la oscuridad y el silencio en que se había criado. Acarició la mejilla de ella y sonrió, contento de haber tenido éxito.
De pronto, un débil suspiro escapó de los labios de la joven, y sus ojos se abrieron pesadamente. Apenas topó con la cara de su acompañante, lanzó un gritito de horror.
-¡Tú!
-Da.
Desconcertada, María miró a su alrededor; la habitación oscurecida y helada, tan diferente a la recámara bañada por el sol donde desde que tenía seis años dormía, a veces acompañada de su padre por terrores nocturnos, le provocó un violento escalofrío.
-¿Dónde estoy?
-Estás en mi palacio. –contestó él. –Estarás cómoda aquí, ¿Da?
-¿Cómo que… tu palacio? ¿Quién demonios eres y porqué me trajiste aquí? –exclamó asustada.
-Hmm… Mi nombre es Iván Braginski, Da, y te traje aquí porque me casaré contigo.
-¡Estás loco o estás bromeando! ¿Porqué habría yo de casarme contigo? ¡Ni siquiera te conozco!
-Me conocerás. –repuso él enigmáticamente. –Creo que te dejaré aquí para que descanses y duermas un poco. Ya es muy tarde, y no creo que sea bueno que cenes ahora porque no tenemos nada listo. Así que… buenas noches… como sea que te llames.
-¡Oye, no! –gritó María. -¡No puedes dejarme aquí! ¡Eres un…!
Pero Iván ya había cerrado la puerta. María se lanzó tras él, pero tras intentar girar en vano el pomo se dio cuenta que él la había encerrado. Con el corazón palpitándole, se acercó a toda prisa a la ventana y la abrió de par en par, pero fue recibida por una ráfaga de viento helado y por la inquietante visión del bosque que crecía sin control alguno a sus pies.
-No… -gimió. –No…
Se dejó caer de rodillas frente a la ventana. Ahora más que nunca, lamentaba haber sido desobediente, haberle gritado cosas horribles a su padre… y más que nada, lamentaba entender que, quizá, ella nunca volvería a ver la luz del sol.
