CAPITULO II
Londres estaba cumpliendo las expectativas de Mione, aunque de cuando en cuando la asaltaban los escrúpulos por haber engañado a su familia. Escaparse de su casa como lo hizo solo podría acarrearle Funestas consecuencias si llegaban a enterarse.
Desechó el incomodo resquemor de culpabilidad y se centró en cuanto la rodeaba. Había acudido a aquella fiesta para divertirse y eso pensaba hacer. Se miro de reojo en el ventanal y arrugó la nariz. El vestido prestado de su amiga era horroroso. Y rosa. No le gustaba aquel color, pero no había otro que le sirviera y Ginny había insistido en que le sentaba estupendamente. No era verdad, parecía una muñeca sosa e infantil. Le fastidiaba transmitir aquella imagen. Si no se hubiera rasgado su traje de fiesta con las prisas...
— ¿En qué piensas, Hermione?
Se volvió hacia su amiga y se obligó a sonreír. Ginny... Ginevra, nombre que la muchacha odiaba y nunca utilizaba, se encontraba a su lado. Hija del conde de Ravenclaw, se conocieron en la escuela y se convirtieron en inseparables. Ahora vivían distanciadas, pero su amistad permanecía inamovible, aunque eran muy distintas. Mione era una escocesa terca con ideas propias. Apreciaba por igual ir a una fiesta que salir a cazar al monte envuelta en un tartán y con una daga al cinto. Ginny, por el contrario, era corno una mariposa: siempre inmaculada, correcta, sin saltarse nunca las normas. Tal vez sus diferencias eran las que las mantenían unidas.
—En la pareja que elegiré para el siguiente baile —contestó Mione —. Y en lo espantoso que es este vestido.
—El vestido no tiene nada de espantoso, cariño, solo a ti te lo parece. Fíjate en los jóvenes que no dejan de mirarte. A juzgar por la cantidad de peticiones de baile que te han hecho, te sienta estupendamente. Creo que te lo regalaré. Y ahora en serio, ¿en qué estabas pensando?
Mione se rindió. Ginny parecía a veces algo cándida, pero tenía el olfato de un podenco.
—No puedo ocultarte nada, ¿verdad? Pensaba en mi padre. Y en mis hermanos.
—Mira que eres aguafiestas.
—Olvidaremos que existen por esta noche.
—Si hubiese sabido que ibas a cometer la locura de presentarte en Londres sin decir nada en tu casa, me habría mordido la lengua y no te habría puesto al corriente de las fiestas.
—Te agradezco que no lo hicieras, Ginny. Edimburgo me resultaba aburrido y no podía resistirme a pasar unos días contigo. No tienes la culpa de mis locuras.
—Pero las alimento.
—Gracias a Dios. Le guiño un ojo.
—Solo espero que no descubran el engaño.
— Pavarti me cubrirá, le escribí antes de venir. Ya sabes que es una vieja amiga de la familia y seguramente está tan loca como yo. Dije que me iba a Aberdeen, así que nadie tiene por qué saber que no estoy allí.
Ginny arrugo cómicamente su nariz, sin acabar de tenerlas todas consigo.
— Cualquier día te buscarás un problema gordo.
Mione asintió y suspiró. Lo sabia, si. Pero le era imposible soportar el tedio y necesitaba evadirse de vez en cuando de Ia monotonía de su casa. Y lo que era más importante, de Ia agobiante protección de su padre, Remus Granger, y sus tres hermanos.
Los músicos regresaron tras un corto descanso y un nuevo compás invito a las parejas a ocupar Ia pista de baile. De inmediato, ambas muchachas se vieron rodeadas de caballeros. Ginny apretó el codo de su amiga en un silencioso mensaje de afecto y, desestimando con una sonrisa a quienes Ia invitaban, se tomó del brazo de un admirador abandonando a Mione a los suyos.
Mione aceptó bailar con un joven atractivo y de aspecto melancólico. Pero tan pronto salieron a Ia pisa lo lamentó. Hizo lo posible por seguir los torpes pasos de su pareja mientras volvía a fustigarse pensando en su escapada. Si la descubrían estaría metida en un buen lio.
Nadie de su familia compartía su afición por Londres. Recelaban de los ingleses que durante siglos les habían perseguido y que habían hecho sufrir a uno de sus hermanos. Así que siempre planeaba ardides para poder visitar a Ginny y disfrutar del ambiente distendido de Ia capital. Ahora, lo que Ia preocupaba era un posible castigo. Los que se había ganado hasta entonces no pasaron de unos cuantos días encerrada en Ia torre sin poder salir a cabalgar con sus hermanos. Sin embargo, en esa ocasión, su arresto domiciliario podría llegar a durar una década. O dos. Eso si su padre no la mataba después de volver a gritar por millonésima vez que estaba harto de sus intrigas.
Su compañero de baile tropezó, la pisó y dejó de bailar. Mione le miró, un tanto molesta. El no disimulaba un gesto de desagrado y ella siguió Ia invisible línea de sus ojos al tiempo que los rumores se extendían por la sala.
— ¡Por Dios! — Murmuro su acompañante— Nunca pensé que tuviera el valor de presentarse hoy aquí.
— ¿Qué sucede?
— Gryffindor— dijo él por toda explicación.
— ¿Quién?
El soso adonis señaló con la barbilla.
—Hay que tener mucho valor y muy poca vergüenza para venir a la fiesta. Después de lo sucedido...
— ¿Sucedido? quién?
El joven la sujetó por el codo y la condujo fuera de la pista.
— Lo lamento, señorita Granger, debo marcharme.
Mione se quedó perpleja al ver alejarse a aquel cretino. Los invitados cuchicheaban en grupos y no dejaban de echar ojeadas hacia la entrada del salón. Se aupó de puntillas cuanto pudo para tratar de averiguar qué era lo que había causado tanto revuelo. Un individuo, junto al anfitrión, parecía captar la atención de todos. Alguien se le situó delante y lo perdió de vista. Palmeo levemente el hombro del caballero y le dijo:
— Le importaría hacerse a un lado?
El hombre que acababa de llegar era alto, ancho de hombros y cabello oscuro. ¿Qué tenia de especial, aparte de un porte excelente?, se preguntó Mione. ¿Por qué todos parecían tan afectados?
— Es increíble — oyó que decía Ginny a su lado.
— ¿Quién es?
—Gryffindor.
Lea aguardó a recibir más información. Pero no la obtuvo. Era corno si aquel apellido, a secas, lo aclarara todo.
— ¿Quién demonios es ese tal Gryffindor, si puede saberse?
— ¡Cuida tu vocabulario, Hermione!
— Vamos, vamos, vamos— Ia apuró— Mi pareja de baile se ha esfumado Como si hubiera visto a un fantasma, los demás no pueden disimular su incomodidad y tú no me aclaras nada.
Ginny se la llevó hasta Ia salita donde se servían los refrigerios.
— Es Harry James Potter, el duque de Gryffindor.
—Nunca he oído hablar de él.
—Porque hace mucho tiempo que no vienes a visitarme. No estás al día. Es un individuo extraño y tosco que se mantiene alejado de la aristocracia. Vive aislado en Hogwarts House.
—Ese nombre si me suena.
—Todo el mundo lo conoce por el Castillo de las Brumas.
—Bueno— Mione estiró el cuello en dirección al recién llegado. —Pues desde aquí no parece tan extraño— murmuró fijándose en su elegante figura.
—Se dice que mató a su esposa embarazada.
Mione presto toda su atención a su amiga, ahora ciertamente intrigada.
— ¿Estás de broma?
—No. — Se sonrojó un poco, como si de un secreto se tratara—Bueno, todo el mundo dice que Ia mató. De todos modos, no pudieron probarlo. Se despeño desde una de las tones del castillo durante la noche. No hubo testigos.
Las perfiladas cejas de Mione se arquearon.
— Si no hubo testigos, como dices, entonces son solamente habladurías.
— Es un hombre horrible.
— ¿Porqué?
—Pues porque... porque… —se acentuaba el sonrojo en el bonito rostro de Ginny. —No disimula lo que piensa. Dice que somos unos parásitos.
—Eso también lo dice mi padre. Le he oído decir mil veces que las personas deben hacer algo productivo en lugar de vivir de las rentas y mariposear entre salones de baile o clubes de caballeros. Y no me atrevería a decir que mi padre es un hombre horrible. Terco, si. Recalcitrante, posiblemente. Pero nunca horrible.
— Ya salió tu vena de abogada de causas perdidas. ¿Alguna vez te pondrás en el lugar del resto de los mortales? — Se irritó su amiga—Potter es un tipo... intrigante, sombrío. Hasta se rumorea que tiene poderes.
— ¿Poderes'?
—Ya me entiendes... Poderes ocultos.
— ¡Qué tontería! La gente tiene demasiada imaginación. — Centró de nuevo toda su atención en el recién llegado. Le hubiera gustado que él se volviera para poder verle Ia cara—Lo único que yo veo es un cuerpo impresionante. No me lo imagino hablando con espíritus.
—Además, se ha acostado con la mitad de las mujeres de Londres.
— ¡Qué potencia! — bromeó. Mione De inmediato se puso seria ante el gesto enfurruñado de su amiga
—Los libertinos no me asustan, Ginny. En todo caso, me desagradan.
— ¡Eres imposible! Supongo que será a sangre escocesa. Pero, por una vez en la vida, deberías tener en cuenta lo que te digo, querida. Gryffindor es peligroso. Algunas veces me he preguntado qué es lo que ven las mujeres en él. Resulta tan amenazador...
Ginny se marchó con un revuelo de faldas, moviendo su abanico con celeridad, como un escudo contra los malos presagios.
Y Mione se propuso observar más de cerca a Satanás. Un demonio con una apariencia inmejorable, de negro riguroso, muy a contrapié de los colores de moda. Emanaba un halo intrigante que excitaba su curiosidad. Si, ¿por qué no decirlo?... Resultaba ligeramente enigmático. Se preguntó si su rostro haría honor a su cuerpo. ¿Y Ginny no entendía qué veían las mujeres en aquel sujeto? Seguramente estaba perdiendo vista.
Se acercó cuanto pudo sorteando invitados. Fantaseó con la idea de que se lo presentaran, pero ei anfitrión dejó escapar un disimulado suspiro de tranquilidad cuando el sujeto se despidió con una ligera inclinación y se dirigió a la salida.
Mione solo acertó a ver unos mechones de cabello oscuro que caían sobre un rostro atezado. Pero justo en ese instante, antes de cruzar el umbral, Potter se volvió hacia los presentes, como si los retara. Y algo se agitó en Mione ante unos ojos verdosos, suspicaces e inteligentes. Y un punto amenazador. Ojos de diablo. Pero, eso sí, un ángel del mal excitantemente atractivo.
Entonces, Potter se fijo en ella.
A Mione se le paró el tiempo cuando se encararon en la distancia. Aquellas pupilas quemaban y una desazón incómoda corcoveo por su columna vertebral.
Pero el hechizo se rompió: una dama se acerco a Gryffindor y poso la mano en su brazo. Potter pareció perder su interés e intercambió algunas palabras con ella.
Surgió en Mione una repentina y estúpida animadversión hacia la mujer, que aumentó al auparse para susurrarle brevemente al oído, levantando apagados murmullos.
Gryffindor encogió un hombro, ahuecó de su brazo Ia mano de la dama, desanduvo sus pasos hacia el anfitrión y dirigió su vista a Mione. El conde de Hufflepuff escudriño a su alrededor, Ia miró directamente y cuchicheó algo al duque. Este asintió, se volvió ligeramente para verla una vez más, como lo hiciera antes, y a ella le sobrevino la sensación de que la estaba desnudando en público. Un leve rubor le cubrió las mejillas, aunque nunca había sido propensa a las muestras de timidez. Pero, a pesar de la comezón, se mantuvo firme, sin desviar su atención de él. Se propuso tratarlo con el mismo descaro y así lo hizo. La incomodaba sobremanera ser el centro de atención, pero sacó fuerzas de flaqueza y elevó el mentón.
El parecía un lobo entre ovejas. O algo peor, se dijo Mione . Un ángel caído entre devotos creyentes.
¿Fue fruto de su imaginación o el duque le hizo una ligera inclinación de cabeza?
Mione no reaccionó cuando él se hubo ido, pero si cuando Ginny se la colgó del brazo.
— ¡Te ha mirado! ¡Oh, Dios, te ha mirado, Hermione!
— Me haces daño.
— ¡Dime que no le conoces!
—Pues claro que no le conozco, Ginny. ¿Qué es lo que te pone tan nerviosa?
— ¡0h, Señor...!
— Por cierto, ¿quién era esa mujer?
— ¿Qué mujer?
— La que ha estado hablando con él.
—Pansy Zabinni. Es viuda de un aristócrata austriaco, aunque nunca ha vuelto a utilizar el titulo desde que murió su esposo. Seguramente es Ia única amiga de Gryffindor y se rumorea que mantuvieron un romance. Ella parece estar lo bastante loca como para insistir en volver a conquistarlo.
Mione rastrea a la dama, que se perdía ya entre los bailarines que ocupaban de nuevo la pista. El demonio se había ido y los mortales retornaban a la actividad, se dijo.
Durante el resto de la velada no hubo otro tema de conversación que no fuera la corta e inquietante visita, y Mione escuchó tantas historias disparatadas que acabó hartándose y decidió abandonar Ia fiesta.
Mientras el carruaje que la devolvía a casa de los Ravenclaw traqueteaba por las oscuras calles londinenses, no pudo dejar de pensar en Potter. ¿Realmente era un asesino?, se preguntaba, Mione no se dejaba influenciar fácilmente por comentarios maliciosos. Para hacerse un juicio de valor siempre intentaba conocer las dos partes. Sin embargo, algo le decía que cuanto más lejos estuviera de Gryffindor, mejor para su tranquilidad.
