Tenía una idea muy concreta en la cabeza sobre lo que iba a ser la historia, pero se me ha ido un poco de las manos, ha cobrado vida propia y al final este capítulo ha salido así. En el siguiente volvemos al dojo y al chico misterioso de John, lo prometo.
John llevaba un rato de pie junto a la puerta del dojo, con un ojo puesto en la acera de enfrente, mientras esperaba que Mary terminara su clase. Lo mismo había pasado hace meses, salvo porque en aquel momento se limitaba a mirar aburrido a los alumnos de la escuela de danza que iban saliendo en pequeños grupos, sin que sus ojos buscaran a nadie en concreto. Entonces vio por primera vez a aquel chico moreno que salía solo y se alejaba por la calle sin despedirse siquiera de sus compañeros.
No sabría decir por qué, pero no pudo apartar la vista de él. No era especialmente guapo, sin embargo no podía dejar de mirarlo, su pelo, sus ojos, su forma de moverse… era sexy y desde entonces John pasaba sus días deseando verlo salir por esa puerta y tomar su camino sin dirigirle una mirada, mientras él se sentía como un idiota.
No sabía nada de él, ni siquiera su nombre. No se atrevía a acercarse porque tal vez ni estuviera interesado en los hombres. Se limitaba a mirarlo al salir de clase y lo veía alejarse lentamente, caminando como si todavía estuviera bailando, su largo abrigo negro ondeando tras él, y John sentía un aleteo en el estómago que subía y bajaba sin parar hasta que le perdía de vista al doblar la esquina.
A John le desagradaban profundamente los comentarios de algunos de sus compañeros de dojo, haciendo chistes sobre lo maricas que son todos los bailarines con esas mallas y sus saltitos, que tanta sensibilidad artística no era nada bueno. ¿Olvidaban que su uniforme de kendo parecía una falda larga?
Sin embargo, en este caso sólo podía rezar para que el estereotipo fuera cierto y ese chico resultara ser gay. Tampoco es que creyera que se iba a lanzar a sus brazos, loco de amor, por el mero hecho de serlo. Pero, si algún día reunía las fuerzas suficientes como para cruzar la acera y saludarlo, esperaba que al menos le diera una oportunidad de… algo.
—Hola, John. —La voz alegre de Mary le sacó de sus ensoñaciones—. ¿Ya se fue tu chico misterioso?
—Hola —respondió mientras se encogía de hombros—. Sí, acaba de salir y no es mi chico. Ya quisiera yo —continuó en un murmullo.
Mary le abrazó con cariño y tiró de él para que comenzaran a caminar hacia sus casas.
—Deberías cruzar la calle y saludarlo o algo.
—Es muy fácil para ti decirlo, pero cuando te aconsejo que hagas eso mismo con Sholto, tú no corres a hablar con él.
—Lo haré en cuanto tú hables con tu chico misterioso.
—Eso suena a chantaje.
—No, suena a que te entiendo, pero eso no quita para que crea que debes decirle algo.
—Estáis pesaditas ya, ¿eh?
—¿Quiénes?
—Mi madre con que hable con mi padre y tú con que hable con el chico misterioso.
No sabía cómo, pero Mary y su madre habían comenzado a llamarlo así y, poco a poco, él había ido usando ese nombre cuando hablaban del moreno de la escuela de danza, hasta terminar llamándolo así incluso en sus pensamientos.
—Porque son dos cosas que tienes que hacer, John —argumentó Mary—. Al menos lo de hablar con tu padre. ¿Quieres que se entere cuando te vea besar a alguien? Preferiblemente tu chico misterioso —apostilló.
—No, obviamente no quiero que se entere así.
—Es un hombre comprensivo, a mi padre nunca le ha puesto mala cara.
—Salvo cuando lo pilló en la cocina en Navidad…
Mary estalló en risas.
—Sí, pero no fue culpa de mi padre, estaba respondiendo a un ataque por sorpresa.
—Ya me dijo mi madre que no pasaría nada siempre que se lo dijera a tiempo y no me pillara en la cocina con nadie.
—Hazle caso, ella lo conoce muy bien. Y cuando soluciones eso, me haces caso a mí y hablas con tu chico misterioso.
—Y luego tú me harás caso a mí y caerás en brazos de Sholto —respondió él con una mirada cariñosa.
oOo
Mary y John se conocían desde niños, sus familias llevaban años viviendo puerta con puerta, habían ido a los mismos colegios, eran amigos y confidentes desde que tenían memoria. Mary había sido la primera a la que John le confesó lo que, por aquel entonces, él consideraba su mayor vergüenza. John fue el que la consoló cuando aquel estúpido chaval de quinto le rompió el corazón por primera vez. Mary le apoyó para que se sincerara con su madre (y ahí John se dio cuenta de que su madre sabía muchas cosas antes de que él mismo las supiera). Había muchas cosas que no se sentían capaces de hacer el uno sin el otro.
Probablemente tendría que hacerle caso a ambas y hablar con su padre. Seguro que al principio resultaba un poco extraño y el ambiente en casa estaría algo enrarecido, pero a la larga sería lo mejor. Si su padre se enteraba de otra manera sería mucho peor y John no quería hacerle daño.
Luego quedaba por decidir el tema del chico misterioso. No se veía cruzando la calle y diciendo: "Hola, soy John Watson, llevo meses mirándote cuando te vas a casa y, como no me siento lo suficientemente idiota por ello, he decidido acercarme a saludar, por si hay posibilidad de empeorar las cosas. ¿Quieres tomar algo conmigo?".
Su mente recreaba la escena con distintas variantes.
1.- Me acerco, le digo hola, mi cerebro sufre un cortocircuito y me desmayo.
2.- Me acerco, le digo hola, empiezo a babear, me toma por el descerebrado que realmente soy y se larga sin mirarme dos veces.
3.- Me acerco, le digo hola, tartamudeo, me olvido de mi nombre, me doy la vuelta y salgo corriendo a esconderme en un agujero muy profundo.
4.- Me acerco, le digo hola, consigo balbucear mi nombre, me mira raro, le digo que me gusta, me mira más raro y enfadado, me da un puñetazo y se aleja cabreado porque le haya tomado por gay.
5.- Me acerco, le digo hola, me mira asombrado, me coge en sus brazos, me da un beso apasionado, me jura amor eterno y nos alejamos de la mano con la puesta de sol como fondo mientras suenan violines y Mary y mi madre se abrazan emocionadas. Ésta era la versión de Mary y la más surrealista de todas, pero la que más les había hecho reír.
John se incorporó de la cama frotándose la cara con algo cercano a la desesperación.
—Vayamos por partes —dijo en voz alta, aunque se encontraba solo en su cuarto—. Primero "Papá, tengo algo que contarte" y luego, si sigo vivo, habrá tiempo para decidir cómo hacer el ridículo con el "Hola, soy John Watson".
Salió de la habitación y fue a buscar a su madre que estaba en la cocina, preparando la cena.
—Mamá, voy a hablar con papá —le dijo sin más—. ¿Podrías venir conmigo? Estoy… estoy un poco nervioso.
—No tienes de qué preocuparte, lo entenderá —dijo su madre dándole un abrazo reconfortante.
Con un suave beso en la frente, lo empujó delante de ella hacia el comedor, donde su padre estaba poniendo la mesa.
—Papá.
La voz estrangulada y nerviosa de su hijo hizo que Henry Watson se volviera para mirarlo preocupado.
—¿Te ocurre algo? —preguntó acercándose a John.
—No, no es nada, sólo… —dudó—. Tengo algo que contarte.
—¿Ha pasado algo en el colegio? ¿En el dojo?
—No, papá. —Miró a su madre buscando apoyo.
—Henry, sentémonos. —La intervención de su esposa no sirvió para tranquilizar a ninguno de los dos.
Se dirigieron a la sala y se acomodaron en los sillones, John frente a sus padres, intentando armarse de valor.
—Verás, papá, hay algo que quiero contarte hace tiempo.
—Me estáis empezando a asustar —dijo mirando a su hijo y a su mujer alternativamente.
—No, tranquilo, sólo que no sé cómo decírtelo.
—Empieza por el principio y termina por el final —zanjó su padre, con cierto nerviosismo en la voz—. No des más rodeos.
—Yo… no sé cómo decírtelo, no quiero que te preocupes, ni te enfades, sólo… —John tomó aire y se frotó los ojos—. Sólo es que no me gustan las chicas.
—No… no entiendo... —Su padre lo miró sin saber qué decir y volvió la vista hacia su esposa, buscando una aclaración.
—Eso papá, que no me gustan las chicas, que me gustan los chicos, que soy…
—¿Gay?
—Sí.
Ya está, ya lo había dicho. Miraba nervioso a su padre, observando sus reacciones y deseando con todas sus fuerzas que no se enfadara, que no le gritara, que le aceptara como era.
Su padre seguía mirándolo sin decir nada, con cara de asombro, buscando después la confirmación en los ojos de su esposa. Se puso en pie y salió de la habitación sin decir nada.
—Te dije que no lo iba a entender, que no me iba a aceptar así —murmuró John intentando contener las lágrimas que escapaban de sus ojos.
Su madre se sentó junto a él y lo abrazó.
—Dale tiempo, déjale asimilarlo, te quiere y te acepta como eres. Sólo necesita tiempo.
Permanecieron un rato así, abrazados. Los dedos de ella le acariciaban suavemente el pelo y la espalda, intentando consolar a su hijo, mientras John lloraba en silencio contra el pecho de su madre.
Se separó de ella cuando escuchó un carraspeo a su espalda. Se volvió y vio a su padre, de pie frente a él, mirándolo con tres botellas de cerveza en la mano.
—Toma —dijo tendiéndole una de las botellas a su hijo y dejando otra en manos de su esposa—. Y no me digas que no bebes cerveza que no soy idiota.
John cogió la botella que le tendía su padre y le siguió con la mirada mientras volvía a sentarse frente a él.
—John, yo… yo no puedo decir que lo entienda.
El gesto de dolor de la cara de su hijo le obligó a continuar apresuradamente.
—No puedo entender que no sientas lo mismo que yo cuando ves a una chica guapa, y que sí lo sientas cuando ves a un chico. Se lo dije a Dave hace años y a ti te tengo que decir lo mismo.
—Papá.
—Déjame continuar —interrumpió su padre—. No lo entiendo, pero eso no quiere decir que te rechace, no rechacé a mi vecino, mucho menos voy a rechazar a mi hijo.
John sintió como si alguien estuviera levantando una gran losa de piedra que hasta ese momento había aplastado su pecho y dejó escapar un suspiro.
—No me molesta, ni me decepciona que te gusten los chicos, pero sí me decepciona que no me lo hayas contado antes o que pensaras que soy tan obtuso que olvidaría que eres mi hijo y lo que siento por ti.
Dio un trago de su botella antes de continuar.
—Durante todos estos años en los que me has visto con Dave, ¿algo te ha hecho pensar que soy homófobo?
John se lo quedó mirando fijamente.
—Tus chistes de… ya sabes… de maricones.
Henry Watson se sonrojó levemente y miró a su hijo, un poco avergonzado.
—Perdona, no sabía, o sea, no es lo mismo que… Hago esos chistes con Dave, de hecho, ¡la mayoría me los cuenta él!
Esta vez fue John el que dio un trago a su cerveza.
—Ya, papá, pero él es mayor, no está dudando de si lo que le gusta es correcto o no, de si decirlo o no. Yo no me los puedo tomar como él. ¡Bastante tengo que aguantar en el dojo!
—¿Alguien se ha metido contigo?
—No, hacen chistes sobre los de la academia de danza que hay casi enfrente.
—Eso no me lo habías contado —intervino su madre.
—No tiene importancia.
—¿A tu madre se lo habías dicho y tenías miedo de decírmelo a mí? —Ahora era la voz de su padre la que sonaba dolida.
Su esposa y su hijo lo miraron con incredulidad.
—Henry —dijo ella con ese tono que él siempre identificaba con un "no seas estúpido".
—Dime al menos que Harriet no sabe nada.
—Yo no se lo he dicho —respondió John—. Pero a Mary, sí.
—Mary —dijo su padre con una risita—, y yo sintiéndome muy perspicaz por creer que era ella la que te gustaba y haciendo bromas al respecto. Me siento como un idiota, una vez más.
—Sólo es mi mejor amiga, te lo llevo diciendo años.
—Ya, pero como no me presentabas a ninguna chica, pensé que era por ella. —De repente miró a su hijo con cara de susto—. No tendrás novio, ¿verdad?
—No. —La respuesta de John salió más seca de lo que esperaba.
—Oh, no, no me malinterpretes. —Se apresuró a aclarar su padre—. Es normal a tu edad que tengas amigos, novios o lo que sea, sólo me preguntaba si me lo habías contado porque querías presentarme a alguien.
—No, tranquilo papá, no hay nadie.
—De momento —apostilló su madre con una sonrisa—. Si os parece bien, podemos seguir hablando en la mesa.
Siguieron hablando durante mucho rato y, poco a poco, John sentía cómo se disipaban todas las dudas y temores que había alimentado estos años y que le habían impedido hablar con su padre. Era importante sentir que su padre también lo aceptaba y que no iba a cambiar nada entre ellos.
Ahora sabía que Mary iba a resultar mucho más insistente con el tema de su chico misterioso. Una sonrisa bobalicona apareció en su cara mientras se metía en la cama, agotado por las emociones del día. Su chico misterioso, ojalá fuera cierto.
Continuará...
