Como a la mayoría no le extraño, el Partido Reformista ganó las elecciones y (como era de esperarse) Homi Bhabha se convirtió en el Primer Ministro Omega de la Nueva Bretaña.
Cuando John y Sherlock regresaron al 221 de Baker Street, después de la fiesta, John estaba vibrando de emoción.
—Estás feliz —observó Sherlock, en tanto colgaba su abrigo.
John sonrió y avanzó los pasos necesarios para colocar su chaqueta lejos del espacio personal de Sherlock.
—Tenemos un Omega como Primer Ministro y me pediste que resolviera crímenes contigo. Tengo todas las razones para estar feliz.
—Sabía que eso te gustaría —Sherlock levantó una ceja, probablemente con el objetivo de parecer despreocupado, pero, por la forma en la que esos ojos parpadeaban sobre sus labios, John lo descartó.
—¿Sabes lo que más me gustaría? —La voz de John estaba cargada de insinuación y, en ese preciso momento, ni siquiera le importaba si esa era una frase cliché. Se desplazó hacia adelante, hacia Sherlock, que se mantenía contra la puerta del apartamento. Los dos cuerpos estaban enfrentados, sin tocarse, a unas pulgadas de distancia.
Los ojos de Sherlock estaban dilatados y John podía oír su respiración deteniéndose antes de tragar saliva; el movimiento de su Nuez de Adam lo distrajo.
—¿Por qué no me enseñas?
John cerró gradualmente la brecha entre sus cuerpos, presionando sus torsos juntos con placer. Sherlock permaneció quieto, permitiendo que fuera él quien tomara la iniciativa en ésta ocasión.
Con un lento movimiento de caderas, John tuvo a Sherlock jadeando, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo el dulce punto de su pulso. John se prendió a este, lamiéndolo y chupándolo con fuerza. Sus manos estaban ocupadas con la corbata y los botones de la camisa de Sherlock, tirando de la tela de los pantalones del traje.
La boca de John se movió hacia más abajo, sobre la clavícula de Sherlock, mordiendo sobre el hueso hasta que la respiración de Sherlock se volvió entrecortada y John tuvo que abrir su bragueta.
Con un rápido movimiento John empujó sus pantalones y los pantalones de Sherlock, juntos hacia abajo, dejando al descubierto sus pollas ya duras.
John sonrió hacia arriba, a los ojos medios abiertos de Sherlock, mientras se deslizaba hacia abajo; cerrando sus labios alrededor de la punta del glande de Sherlock. Deslizando su lengua sobre la rendija, sabiendo muy bien que la acción volvería loco a Sherlock, y ésta vez no fue la excepción, el gemido que escapó de su garganta le indicó que él podía ir por cualquier cosa.
John lo llevó más profundo, tan profundo que pudo sentir la mojada punta golpear contra la parte posterior de su garganta. Él se retiró y tragó a Sherlock otra vez, marcando un ritmo tan rápido que tuvo a Sherlock retorciéndose contra la puerta, moliendo sus caderas, conduciéndose a sí mismo más profundo dentro de la tibia boca de John.
La mano derecha de John se deslizó desde las caderas de Sherlock hasta sus testículos, masajeándolo justamente como sabía que a su pareja le gustaba, antes de retirarse unos centímetros hacia atrás.
Sherlock gimió cuando el primer dedo entró en él, e inmediatamente le siguió el segundo y el tercero, porque John encontró a Sherlock ya mojado y listo para él. John empujó hacia arriba, hundiendo los dedos tan profundo dentro de él, hasta que encontró su próstata.
Un momento más tarde, Sherlock arqueó la espalda y gritó mientras el orgasmo se deslizó a través de él y John se tragó hasta la última gota.
Sherlock todavía tenía los ojos medio cerrados cuando él atrajo a John para un apasionado beso.
Sherlock uso su altura para empujar a John hacia abajo, sobre su espalda, acostándolo medio sobre la alfombra, medio sobre el piso de madera dura, pero él ni siquiera tuvo tiempo de desvestirse por sí mismo, ya que Sherlock le había quitado sus zapatos, su ropa interior y su corbata, tirando todo a un costado. Ni siquiera se molestó en quitarse su propia camisa y chaqueta antes de arrodillarse encima de John, tratando de alcanzar con ansiosas manos su miembro.
La ropa interior de John estaba enredada alrededor de sus tobillos. Sherlock se movió hacia adelante, agarrando la polla de John y apretándola. Él gimió al sentir el húmedo calor envolviéndolo.
Completamente llenó, Sherlock empezó a moverse, únicamente rotando sus caderas, una y otra vez, aumentando rápidamente su ritmo. Con cada sonido que a John se le escapaba, se sentía más y más cerca del borde. John no pudo evitar sorprenderse por la claridad con la que Sherlock había descubierto qué era, lo que le hacía volver loco.
Justo antes que John se deslizara sobre el borde en su propio orgasmo, Sherlock cambió el ángulo y continúo más lento. Tarde, John se dio cuenta que Sherlock estaba duro de nuevo, su calor no podía estar muy lejos. Así que él se sentó, envolviendo sus brazos alrededor de Sherlock y sosteniéndolo en su lugar. Si John fuera capaz de formar cualquier tipo de pensamiento coherente, estaría orgulloso de sí mismo por haber golpeado la próstata de Sherlock en su primera embestida.
John podía sentir la sangre acumulándose en el nudo de su polla, pero su voluntad decayó, al recordar que estaban sentado sobre el incómodo suelo, y, ese no era un buen lugar para estar anudados durante media hora.
Sherlock parecía no compartir su sentimiento porque él no se detuvo, no forzó el nudo fuera en su interior, como ya lo había hecho en un sinnúmero de ocasiones. En cambio, Sherlock se movió más rápido, arriba y abajo, sobre la polla de John, sincronizando sus embestidas hasta que ambos tenían los ojos cerrados y sus respiraciones aceleradas.
El orgasmo golpeó a John primero y Sherlock se aferró a él como si se les escapara la vida, atrapando su polla entre ambos cuerpos. Sherlock aún montaba a John a través de las placenteras replicas, restregándose contra su abdomen, hasta que él también consiguió su liberación.
Se derrumbaron en el suelo, uno sobre el otro, con la dura madera golpeando su espalda baja. Sólo tardaron unos minutos en darse cuenta de cuán incómoda era esa posición, y por un acuerdo tácito, se dirigieron juntos hacia el cuarto de baño para limpiarse.
Lanzaron sus ropas sobre el respaldo del sofá antes de apresurarse a subir las escaleras hacia el dormitorio de John (porque la cama de Sherlock todavía funcionaba como un improvisado estante, para Dios sabe qué cosa) y subieron a la cama.
Sherlock cubrió a medias el cuerpo de John, apoyando la cabeza en el hueco de su cuello con el brazo echado sobre su pecho. La posición se había vuelto tan familiar, que se sentía como una segunda piel.
—Gracias por venir conmigo ésta noche —dijo finalmente él.
—Si yo hubiese sabido lo que me estaría esperando cuando llegáramos a casa, no hubieras tardado tanto tiempo en convencerme —murmuró Sherlock sobre la piel de John, y él pudo sentir a Sherlock sonreír.
Riendo, John beso el cabello de Sherlock y dio una profunda respiración, lo que permitió que sus olores mezclados, le llenaran los pulmones.
Él se quedó dormido con una sonrisa.
Bhabha no sonreía cuando John le dijo que se retiraría para ayudar a Sherlock Holmes a resolver sus casos.
—La Nueva Bretaña te necesita —insistió él, pero John se mantuvo firme.
—Los Reformistas no me necesitan. No soy un diplomático, Bhabha, y mis hombres son perfectamente capaces de manejarlo todo por aquí. Ya he sangrado lo suficiente durante la revolución.
—¿Hay algo que yo pueda decir para influenciarte? Te ofrecería más dinero, pero, yo sé que eso no es una preocupación para ti.
—Bhabha, me gusta ayudar a Sherlock y, ¿realmente puedes imaginar mi partida del Ministerio de Defensa algún día? Yo necesito estar afuera en el campo.
Le tomó un tiempo, pero al final, el Primer Ministro estuvo de acuerdo, aunque a regañadientes, y sólo porque John le prometió que él iba a ayudarlo en caso de una emergencia.
Con el gobierno oficial en su lugar, había llegado la hora de una nueva legislación.
La Carta de Derechos y la Ley de Igualdad, se decretaron tres semanas después que Bhabha tomara el cargo como Primer Ministro, suspendiendo la antigua constitución del Imperio.
Lenta pero segura, la Nueva Bretaña se estaba poniendo de pie, ya que todavía se encontraban débiles. Las campañas de alfabetización se hacían cumplir y una gran parte del presupuesto, desembocaba en la financiación para el empleo de los Omega.
Los tribunales tenían las manos llenas con los Betas que habían sido degradados a la condición de Omega, por delitos que habían cometido, por los que ahora se enfrentarían a un juicio justo. Algunos recuperarían su libertad, después de haber pagado el tiempo suficiente por sus pecados, mientras que otros, pasarían unos cuantos años más en la cárcel.
Las leyes contra la discriminación se veían bien sobre un papel, pero, resultaba que no todos los Omegas tenían los medios para hacerse uso de ellas si les era necesario. El gobierno había instado a todos los ciudadanos a mantener un ojo vigilante, ha cabo de garantizar la igualdad de las personas por las que habían luchado tan duro.
Por supuesto, Sherlock ni se inmutó por nada de esto (su atención pertenecía a sus casos), pero John aún seguía las noticias con la esperanza que todo saliera bien y que el nuevo sistema no se vendría abajo a su alrededor.
Los primeros dos meses con Sherlock pasaron de un borrón: Scotland Yard les tenía suficientes investigaciones pendientes, ahora que los Omegas no podían convertirse en chivos expiatorios, se requería de la reapertura de varios casos antiguos.
Sherlock y John pasaron por tantos casos como los miembros del Yard podían manejar entre sus manos y eran raros los momentos en los que no estaban ocupados, Sherlock se balanceaba entre el Hospital de St. Bart y llamar a un joven patólogo para que le consiguiera unas cuantas partes de cuerpo para reponer sus experimentos.
En el momento que John encontró una cabeza cortada en la nevera, la marcó como primera en la lista de los momentos más espeluznantes de su vida. Y eso que había luchado en una guerra civil.
—¿Una cabeza cortada? ¿Qué es lo que quiere hacer con algo como eso? —le preguntó Greg, con la nariz arrugada por el disgusto. Él colocó su cerveza en la mesa de pub de nuevo.
—No me preguntes, ¿algo acerca de la coagulación? La mayoría de sus experimentos están más allá de mí.
Greg resopló.
—Sin embargo, no pongas eso en tú blog. Dudo que eso sea legal.
—La idea ni siquiera se me había ocurrido —Él se resistió a la tentación de hacer rodar los ojos.
—¿Sabes cómo vas a nombrar tú caso más reciente?
—No. Pero algo con astillas, parece adecuado —Sherlock estaba en su resplandor; ya que había identificado al asesino por las esquirlas en el esmalte de uñas que había encontrado en la escena.
Greg tomó un sorbo de su cerveza y luego centró su mirada de nuevo sobre John, con una expresión curiosa.
—Así que, ¿tú y Sherlock finalmente tuvieron la charla?
—¿De qué hablas? —John se hizo el desentendido, pero, sabía que eso era una tentativa ridícula delante de un ID.
—Sobre de a quién le toca hacer el pastel de cumpleaños de Anderson; vamos, tú sabes lo que quiero decir.
—¿Acaso Judy ya te dio una respuesta?
La punzada sobre la potencial esposa de Greg fue muy notoria.
—Deja de desviarte.
—Así que eso es un, ¿no? No sé, yo siempre pensé que, si alguien me pedía que me casara con él, no me concedería más de una semana para pensar sobre ello —bromeó él. Estar cerca de Sherlock ya había afilado las habilidades deductivas de John. Aunque, de cara a las acrobacias mentales de su compañero de piso, sus logros seguían siendo un poco menos que patéticas.
—¿Por qué crees que no quieres zanjar el tema? ¿Qué es lo que dijo Sherlock? ¿Lo siento, pero después de todo, esto no es más que una aventura?
Viendo que, no habría manera de salir de esa conversación, John gimió con frustración y enterró la cabeza entre sus manos.
—No sé, Greg. Nunca hemos hablado sobre nada de esto. Nunca. Esto siempre ha sido algo muy natural entre nosotros. Y Sherlock no maneja muy bien las emociones. Eso simplemente sería algo incómodo.
—Si es tan natural, ¿por qué no me contestas si ustedes dos son compañeros o no?
John considero al Alfa al otro lado de la mesa, preguntándose cuánto podía soltar. Ellos habían estado reuniéndose regularmente durante las últimas semanas, después de las elecciones se habían convertido en amigos, pero John aún no estaba muy seguro de todo lo que él se permitía soltar.
—Antes que nos conociéramos, Sherlock no tenía amigos, e incluso en ese entonces, no nos hicimos amigos... Éramos un rehén y un secuestrador. Sí, hablábamos, y siempre me sentí atraído por él, pero... No éramos amigos. Éramos un Alfa y un Omega. Yo no te puedo decir exactamente cuándo cambió. Jesús, yo incluso creo que ese primer calor fue tan íntimo, completamente diferente a todo lo que había experimentado antes. Tal vez es por eso que no puedo ponerle un nombre a lo que compartimos; es que siempre ha sido así. Tú y Judy, se conocieron, se acercaron y comenzaron a salir juntos, pero Sherlock y yo; nos saltamos todo eso… —Con un suspiró John miró hacia arriba—. ¿Eso tiene sentido?
Greg soltó una carcajada.
—¿Quieres saber mi opinión? —John se encogió de hombros y el ID continúo: —. He conocido a Sherlock desde hace bastante tiempo. Yo lo he visto rodeado de Alfas, Betas, Omegas, funcionarios importantes, políticos, ministros, millonarios... Él siempre se mantiene distante; siempre lleva una máscara. Sólo lo he visto sonreír alrededor de personas muertas. Hasta que llegaste tú —Greg le lanzó una sonrisa—. Él es diferente contigo, John. Los hechos indican que él en realidad tiene un corazón. Él valora tú opinión y busca tú participación activamente. ¿Qué dirías tú, si un hombre que nunca dejó que nadie se le acercara, hiciera una excepción con una persona?
John agachó la cabeza, con los ojos clavados sobre su cerveza como si fuera la cosa más interesante del mundo.
—Por la forma en que yo lo veo, tan sólo son dos sujetos que están locamente enamorados, pero, ninguno de estos hombres tiene lo que se necesita para admitirlo.
—Entonces, ¿qué sugieres que haga?
—¡Joder, hablar claro con él, ahora! Luchaste en una guerra civil, debería poder manejar una conversación.
—Yo no quiero perderlo, Greg.
—No lo harás. Confía en un ID.
Greg sonaba tan seguro y si era completamente honesto, John también sabia la verdad, pero... pero, no. Greg tenía razón, John necesitaba hablar con Sherlock sobre eso.
—Está bien.
Greg levantó su pinta.
—¡Por los compañeros!
John tintineó su vaso.
—¿Así que tú puedes estar seguro que Judy dará un sí?
—Cierra la boca y bebé, Watson.
Justo cuando bajaron sus cervezas y John quiso cambiar de tema, hacia asuntos más seguros, el teléfono de Greg sonó.
El ID agarró su chaqueta antes de siquiera terminar la llamada.
—¿Nuevo caso? —John levantó sus cejas inquisitivamente.
—Si. Voy a mandarte un texto si te necesitamos —Greg dejó unos billetes sobre la mesa y se precipitó hacia la puerta.
Pues resultó que Greg realmente los necesitaba.
El taxista los llevó hacia arriba a un complejo de apartamentos en Chelsea, uno de los lugares más bonitos de la ciudad, el único que en realidad había sobrevivido en su mayor parte indemne a la revolución y John suspiró con alivió. Éste podría ser el primer caso en mucho tiempo, que no tuviera nada que ver con la nueva legislación, Betas celosos o una esposa cuyo marido decidió dejarla por su antigua esclava Omega, quien ahora era una ciudadana con plenos derechos.
Greg se reunió con ellos afuera de uno de los amplios apartamentos, detrás de la cinta policial azul y blanca. Su expresión no presagiaba nada bueno.
—Supongo que la víctima era joven, ya sea un Alfa o Beta, y ha sido asesinada de una forma brutal —dijo Sherlock antes que Greg tuviera la oportunidad de abrir la boca.
El ID asintió de manera cortante.
—Annie Wilson, 20 años, segundo año en la universidad. El resto será mejor que lo vean por ustedes mismos... —Él sostuvo la cinta para que ellos la atravesaran y John siguió los pasos de Sherlock.
Ellos encontraron a Annie Wilson en la sala de estar, despatarrada sobre el sofá. Su asesino debió de haber arreglado su pose, porque los brazos de la chica estaban echados a los lados, con los ojos arrancados y lanzados salvajemente antes de morir.
Ella también había sido destripada, sus intestinos salían de su estómago y caían sobre el suelo. El olor casi hizo que John tuviera arcadas.
Sherlock ya estaba al lado del cuerpo, de pie entre el sofá y la mesa de centro, analizando a la chica con fría indiferencia en los ojos.
—Ella murió hace un par de horas, presintiendo que el asesinato ocurrió entre algún momento de las cuatro y las siete de la tarde —inició Sherlock, mirando rápidamente alrededor de la habitación—. No forzaron la entrada, eso sugiere que ella conocía al asesino, por lo que necesitamos centrarnos en su círculo más cercano.
—¿Qué crees que significan los ojos? —le preguntó John, dando un paso más cerca. Pudo sentir el olor de Annie debajo del olor de la descomposición. Ella era una Alfa.
—Supongo que se ajusta al resto de sus heridas —acortó Greg—; el asesino fue brutal.
—No necesariamente. Si el asesino usó la misma arma, tanto para la herida abdominal como para los ojos, puede que tengas razón, pero tengo la teoría que las armas no van a coincidir.
Sherlock se movió alrededor de la sala, John se dio cuenta que estaba siguiendo la línea de visión de Annie Wilson, pero, al parecer ella estaba simplemente mirando a la distancia, con sus ojos centrados en algún lugar del techo.
—Te llamaré tan pronto como el forense le allá echado una mirada —Greg se pasó la mano por el pelo, ligeramente agitado—. Mientras tanto yo te enviare una lista de sus amigos más cercanos, los que encontramos en su computadora portátil. Me gustaría anunciar lo resuelto en la conferencia de prensa de mañana.
Sherlock continuaba perdido en sus pensamientos, por lo que John asintió en su lugar, mirando cómo el ID sacaba su teléfono y apretaba unos cuantos botones.
Unos segundos después, el móvil de Sherlock sonó y John lo recuperó del bolsillo del otro hombre sin dudarlo.
—¿Sherlock, vamos a empezar de inmediato?
Él despertó de su ensoñación y siguió a John sin decir nada más.
Él estuvo encima de Sherlock en el preciso momento en que entraron al taxi.
—Dilo de una vez, ¿cuál es tú teoría?
—Los ojos, tienen que significar algo.
—¿Alguna idea sobre qué es exactamente?
—Varias —Él no especificó y John no lo empujó porque sabía que era lo mejor.
Eran casi las diez cuando ellos salían de la tercera casa, la de un amigo universitario de Annie y el teléfono de John le alertó de un mensaje de texto.
—Hay otra escena de crimen —Fue todo lo que tuvo que decir antes que ambos se apresuraran a encontrar el taxi más cercano.
Esta vez había dos mujeres jóvenes: Amy Shirley, 21 años, Beta, y Britney Paxton, 24 años, otra Beta.
Annie y Amy ambas asistían al Universidad de Londres, mientras que Britney iba a la Universidad del Rey. Una rápida revisión, mostró que Amy y Annie coincidían en varios cursos.
—Entonces, ¿qué papel juega Britney? —exigió Anderson desde su puesto junto a las vísceras de Amy. Sus ojos eran grandes agujeros, John hacia todo lo posible por no observarles.
—Por supuesto que el asesino estaba apuntando hacia Amy —escupió Sherlock de forma cortante. John podía decir que, de nuevo, estaba inspeccionando la línea de visión de la víctima—, pero resultó que sus compañeras de cuarto también estaban allí, y el asesino cambió sus planes.
—¿Sus? —Anderson levantó una ceja, sin convencerse.
—Usa tus sentidos, ¿no hueles el persistente aroma masculino? —respondió Sherlock irritado y seguro, cuando John inhaló y se concentró, ahí estaba. Él no podía decir si era un Alfa, un Beta o un Omega, pero era definitivamente un hombre.
—Sin embargo, ¿por qué los ojos? —murmuró Sherlock, más para sí mismo que para cualquier otro.
—¿Tal vez las chicas vieron algo que no debían ver? ¿Un crimen, tal vez? —intentó John.
—Sería un poco obvio, pero, es una posibilidad. Sin embargo, ellas sabían quién era su asesino, ninguna entrada forzada; le dejaron entrar, también le ofrecieron algo para beber.
John siguió la mirada de Sherlock y encontró la puerta del armario entreabierta, dejando al descubierto una selección de whisky y vodka.
Sherlock murmuraba en voz baja, moviéndose alrededor de la habitación, los ojos deslizándose sobre el lomo de los libros, los DVDs, los cuadros en las paredes, hasta que regresó a las dos víctimas.
—Estamos buscando a un hombre, Annie y Amy le conocían, y les gustaba lo suficiente como para invitarle a tomar una copa. Un hombre que disfrutaba de la matanza.
—Estás diciendo que, ¿crees que se tratá de un asesino en serie? —Greg se había puesto pálido. John pudo empatizar; un hombre jugando al asesino, no era lo que Londres necesitaba en tiempos tan inestables como estos.
—Sólo el próximo asesinato lo dirá —concluyó Sherlock con una sonrisa.
John se aclaró la garganta y dio un paso más cerca de su compañero de cuarto.
—Sherlock, deja de sonreír.
El hombre se limitó a arquear una ceja.
—Tres niñas han sido asesinadas.
—¿Preocuparse por sus muertes nos ayudara a atrapar a su asesino?
—No.
—Entonces voy a seguir sin cometer ese error. Vamos, tenemos sospechosos que entrevistar.
Un poco horrorizado, John negó con la cabeza, disparando una sonrisa de disculpa en la dirección de Greg y siguió Sherlock por la puerta.
Dos días habían pasado y lo mejor que había encontrado era que, Matt Dahler, era compañero de estudios de Annie y Amy.
Tras su primer encuentro, Sherlock dedujo que Matt estaba locamente enamorado de una amiga de Amy, Jennifer Mason. El único problema eran Amy y Annie. Matt era un auténtico chalado, y había mantenido su campaña de desprestigio por tanto tiempo que finalmente Matt había decidido tomar el asunto entre sus propias manos.
O al menos eso era lo que resolvió la deducción de Sherlock, la obsesión de Matt con Jennifer Mason. John lo veía tan claro: Matt definitivamente estaba un poco loco, con todo lo del acechó y las fotografías secretas que había tomado. Pero, ¿por qué destriparlas? ¿Por qué arrancarle los ojos?
Él se lo dijo el lunes cuando estaban en Baker Street, teniendo su primer descanso desde que ellos se encontraron con Annie Wilson, y Sherlock resopló.
—Por supuesto que no es Matt. Cuando el próximo cuerpo aparezca, Lestrade también lo verá.
—¿Por qué estás tan seguro que va a haber un próximo cuerpo?
—El asesino quiere que su trabajo sea visto. ¿Si no por qué iba a poner tanto esfuerzo en la organización de sus víctimas? ¿Por qué arrancarle los ojos, cuando eso no quiere decir nada?
—¿Tal vez está escondiendo su verdadero motivo, intenta despistarnos colocando una pista falsa?
Sherlock negó con la cabeza y levantó su violín.
—Los criminales como esos siempre pierden algo. No había nada fuera de lugar con las tres últimas víctimas. Él no tiene ninguna agenda oculta.
Él acomodó su violín y comenzó a tocar.
El martes comenzó muy temprano y con demasiada sangre involucrada. Toda ésta pertenecía a Molly Lipton, 27 años, una Omega que asistir al Imperial College de Londres con una beca, y no tenía ningún tipo de vínculos con las anteriores víctimas. Ella ganó su libertad después de la guerra civil y había estado tratando de construir una vida desde entonces.
Greg se frotó los ojos y por suerte aceptó el café que John trajo para él.
—Yo realmente no quiero tener esa conferencia de prensa.
—Mirá el lado bueno —intentó John—, tal vez alguien venga hacia ti con una idea.
—¿Cómo alguien va a saber algo, cuando ni siquiera el mismo Sherlock puede encontrar al asesino?
John no tenía una respuesta para él.
Sherlock se estaba poniendo más y más frustrado, todos los sospechosos proporcionaban una coartada a prueba de balas.
Las cosas fueron de mal en peor, cuando se toparon con dos víctimas más en el transcurso de la noche del jueves a la mañana del viernes, una de estas víctimas era la estudiante Jennifer Mason, una Beta. Y con Matt Dahler, aún bajo custodia, ellos oficialmente no tenían un sospechoso.
Louise Mead, Alfa, 32 años, era una instructora de yoga y no encajaba en el patrón, como Molly Lipton lo hizo.
—Entonces, ¿él simplemente recogé chicas al azar? —John sentía el deseo de golpear algo, y no sabía cuántas chicas destripadas con las cuencas de los ojos vacías más se necesitaban para romper lo que quedaba de su autocontrol.
—¡Tiene que haber una conexión! —gritó Sherlock, con una frustración prominente en su tono. Él no había dormido en los pasados días y John podía ver los oscuros círculos de bajo sus ojos.
—La solución tiene que estar en los ojos —insistió John, sabiendo muy bien que ya habían considerado mil ángulos posibles. No había nada escrito en los ojos de las víctimas, no estaban viendo nada, sus ordenadores y los teléfonos estaban todos intactos sin nada borrado, el arma utilizada en los ojos nunca variaba...
—Lo sé, y sé que estoy tan cerca —chilló Sherlock, con la cabeza entre las manos—. ¡Cerca! El asesino se está burlando. Presumiendo. Ni uno ni el otro, no se descuidará o añadirá otra pista. Él quiere ser apreciado por su trabajo.
—¿Y si quiere que lo averigüemos por nosotros mismos? ¿Pues, qué…?
—Entonces vamos a averiguarlo.
No habría descanso esa noche para ninguno de los dos. John no había logrado convencer a Sherlock para que entrara en la cama con él, ni siquiera ofreciéndole volar lejos del trabajo.
—¿Cómo puedes pensar en sexo cuando hay un caso sin resolver? —le gruñó Sherlock, golpeando sus manos.
—Bueno. Si tú desea permanecer despierto toda la noche. Adelante. Yo me voy a descansar un poco. Tal vez si alguno de los dos fuera capaz de pensar con mayor claridad, ya tendríamos una nueva teoría.
—Mi razonamiento está muy bien —espetó Sherlock y se tiró sobre el sillón, mientras John se dirigió hacia la cama.
Pero el sueño se le escapó; en lugar de descansar, su mente estuvo divagando sobre cada escena del crimen, cada sospechoso, todas las posibles armas utilizadas y sobre cada asesinato, una y otra vez hasta que el sol del lunes despuntó y John se rindió.
Ya era mediodía cuando la señora de la limpieza finalmente descubrió a la séptima víctima. El corazón de John ni siquiera se inmutó cuando vio en el identificador una llamada de Greg.
El olor a carne en descomposición era algo a lo que se había vuelto a acostumbrar, después de meses que la guerra civil hubiera terminado.
—Debra Torres —comenzó Greg cuando Sherlock y él se habían reunido alrededor de la bañera de hidromasaje. El agua era de color roja por la sangre de la joven. Sus intestinos estaban nadando cerca de la superficie. La sangre que fluía de sus cuencas vacías, se hubiera secado desde hace mucho tiempo en sus mejillas—, 23 años, Alfa, asistía a la Universidad de Londres. Estamos comprobando cuáles de sus clases coincidían con las de Annie y Amy. Ella ha estado muerta al menos por doce horas.
—Y ella ya estaba apoyada en la bañera —señaló Anderson.
—Gracias por señalar lo obvio —La vos de Sherlock era cansina, pero John podía ver una chispa en sus azules ojos. Eso era algo nuevo, eso era algo interesante, eso era exactamente lo que ellos habían estado esperando.
—Bueno, ¿qué quiere decir? —le preguntó Anderson desafiante, cruzando sus brazos enguantados delante de su pecho.
—Él está jugando con nosotros. La bañera de hidromasaje es una pista. Primero los ojos, luego el jacuzzi...
—¿Qué, por un sangriento torbellino, se supone que significa? —exigió Anderson, pero Greg no esperaba una respuesta.
—Realmente no me importa, necesitamos una nueva pista, Sherlock, o el…
—¡TODO EL MUNDO QUIETO! —bramó Sherlock y la sala se quedó en silencio. John tuvo que reprimir una risita cuando Sherlock, el Omega, era intimidante con bastante éxito, dentro de una sala llena de Alfas y Betas—. Vamos. Yo. Piensa —Sherlock oprimió sus sienes, masajeándolas.
El tenso silencio que siguió fue una de las cosas más incómodas que John hubiera experimentado alguna vez en su vida. Casi nadie se atrevía a respirar.
Entonces, todos se asustaron por el movimiento tan brusco que Sherlock hizo al alzar la cabeza, con los ojos dilatados y la boca abierta por la comprensión.
—Poe…
Todo el mundo miraba inquisitivamente a Sherlock y luego a John que, igual a los demás, no tenía ni idea de lo que su compañero de piso estaba hablando.
Sherlock inspeccionó la habitación, cogiendo sus expresiones en blanco y luego suspiró.
John se preguntó, y no por primera vez, si debía ser agradable estar dentro de su cabeza.
—¡Edgar Allan Poe! Los ojos eran símbolos recurrentes, así como los jacuzzis. Poe creía que los ojos eran la ventana del alma de las personas. En el Manuscrito Hallado en una Botella, el remolino simboliza la locura. Libros de Poe estaban en los apartamentos de Annie Wilson, Amy Shirley y en el de Jennifer Mason.
Un asombroso silencio sobrevino. John fue el primero en romperlo.
—Entonces, ¿qué significa esto para nuestro asesino?
Sherlock respiró hondo antes de contestar.
—No lo sé. Tenemos que encontrar a un experto en Poe.
Antes que Greg, o cualquier otra persona, tuviera la oportunidad de decir algo, Sherlock ya estaba fuera de la sala con John pisándole los talones.
