El frio aire roza sus pálidas mejillas, haciendo que tiritara del frio, metió sus manos a los bolsillos del pantalón para protegerlas de éste.
La tenue luz iluminaba las solitarias calles, en su mente seguía rondando la imagen de aquellos ojos color miel que le miraron atentamente. Pero unos pasos le hicieron salir de sus pensamientos, aceleró los suyos al sentir que alguien se acercaba a él, sintió un escalofrío en su cuerpo pero el miedo no le dejó voltearse y ver de quien se trataba.
Corrió por la desolada calle, faltaban algunas cuadras para llegar a su casa, cuando siente una mano gélida taparle la boca y sintió otra tomándole de la cintura, haciendo que retrocediera contra su voluntad.
Sentía pánico, no podía gritar, ni correr, el tipo era más fuerte que él y ahora no podía ver nada.
Sólo un oscuro callejón, en donde le tira al suelo, sólo puede percibir la respiración entrecortada de su captor y un olor a alcohol, que da asco, le pateó como pudo, pero éste le inmovilizó con sus piernas.
Pensó en su cuerpo, violado y maltrato, todo lo que él mas quería, todo lo que tenía para vivir, no quería vivir con un cuerpo profanado, no.
Notó una mano en su cinturón y, como puede se suelta, con una feroz mordida aleja la mano de su boca, liberándose mientras el hombre se quedaba tirado en el suelo.
Corrió lo más que pudo, pero una voz conocida hizo detenerse, volviendo su rostro, ahí estaba su amigo Andreas, riéndose como un loco, burlándose de él y de su miedo.
-Eres un estúpido, Andreas. -le dijo, caminando hacia él.
- Lo siento, estaba en el bar, te vi salir y decidí jugarte una broma. –le abraza y le da un beso en la mejilla, haciendo que Bill retroceda en su saludo.
- ¿Irás a casa? –indaga el pelinegro.
- No, me está esperando Georg, quedamos de hacer unas cositas juntos. –el rubio rió tontamente.
- Son unos sucios, no pueden pensar en nada más, sólo en sexo. –da media vuelta y se aleja de él, dejándole solo.
- Gracias por la mordida. –grita el chico.
Bill le hizo una señal grosera con el dedo medio y emprendió otra vez su camino.
La nostalgia se apodera de él y cada paso un nuevo recuerdo afloraba su piel, sacando su dolor. No lloraría. Sus ojos ya se habían secado de tanto llorar.
Toda su vida, o la mayor parte de ésta, la pasó llorando. Y ya se había prometido no hacerlo más. A sus 18 años su vida era muy difícil. Y aunque no lo quisiera admitir, sentía miedo. Muchísimo, porque sabía que en el fondo estaba solo.
Trataba de vivir en el presente, puesto que no se imaginaba un futuro. No pensaba que tendría uno. Se consideraba a sí mismo un enfermo, un fenómeno. No merecía vivir. Pero más que todo, pensaba que sería infeliz, pues nunca conseguiría cumplir su sueño.
Él se amaba.
A falta del cariño de alguien más, lo consiguió en sí mismo, llegando a caer tan bajo, que sentía la necesidad masturbarse frente al espejo cada noche. Era como tener a alguien más y ya comenzaba a temerle a los espejos, eran su delirio. Era vanidoso, pero tenía sus razones. Además de que era un ser perfecto y hermoso.
Pasó delante de la tienda de víveres y el ambiente de iluminación que había adentro trajo a su mente el recuerdo de cuando, siendo más pequeño, su mamá lo llevaba a hacer las compras con ella. Deseaba volver a tener esa edad y sentirse querido otra vez por su madre.
A su padre no lo conoció, se fue poco después de que Bill nació, no recuerda nada de él y tampoco le importa, sabe que la belleza de su cuerpo, la aportó su madre.
Le atormentaba la miseria en que vivía, así es como su madre empezó a prostituirse, para no morir de hambre, pero después de eso, los años pasaron tan rápidamente que llegó a sentirse solo y sólo teniéndose sí mismo, que se amó con todo su corazón.
Atravesó el parque, sin detenerse siquiera a ver los columpios que tanta felicidad le traían de pequeño. Recordaba cómo se mecía en ellos, empujado por algún amigo olvidado. Y esa noche se mecían solos, como si el fantasma de quien solía ser aún estuviera ahí, viviendo libre.
Hacía tanto tiempo que no recordaba.
Se había hecho la meta de no dejar que nada le afectara. Sería su único escudo y espada. Porque se tenía sólo a sí mismo, para sí mismo. No sería de nadie más. Nadie más le merecería.
Pero esa noche, a la luz de la media luna, esos ojos cafés y ese nombre que por primera vez oía le abrieron esa herida.
No sabía por qué, pero no podía olvidarlo. Rondaba su mente, todo el camino fue así.
Con cada recuerdo, se preguntaba si quedarse en el club y tratar de entablar conversación con aquel chico hubiera sido una mejor opción que vagar por la noche, solitario.
Sandeces… no lo quería admitir o le daba miedo hacerlo. ¿Le había gustado? Era imposible. No. No le había gustado Tom. Le atrajo la persona que vio en Tom. Se vio a sí mismo en él, y le había gustado.
Sin darse cuenta llegó a la puerta de su casa.
Sus pies, sin traición, le llevaron directamente a la puerta. Las luces estaban apagadas, lo que podía indicar dos cosas: su mama se había ido dormir o aún no había llegado.
Prefirió no pensar en nada, sólo abrió la puerta y entró en el oscuro lugar.
Había sido una de las noches más raras de su vida. Sólo quería pasar un rato y resultó en una contemplación a su vida pasada.
Y ese maldito nombre… ¿No lo dejaría dormir?
Articuló las tres letras que lo habían hecho pensar más que nunca, en realidad.
-Tom… -
Una luz brillante violó la oscuridad del lugar, y cómo una convocación, a algo o a alguien…
- ¿Me llamabas? – le dice el de rastas con una gran sonrisa.
