Salieron al exterior y se encaminaron hacia el castillo a ritmo rápido. Snape iba en cabeza abriendo la marcha, seguido por los dos chicos y Granger, cerrando la fila, resollando.
Pronto traspasaron las puertas guardadas por sendos cerdos alados y Severus se detuvo. Los otros por poco no chocaron con él ante tal abrupta parada.
- ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos detenemos?- susurró Ron con una voz demasiado chillona.
- Vosotros seguid, yo me quedaré por aquí, a vigilar- Snape no se había dado la vuelta para mirarlos.
- No- dijo Harry con una voz seria y dura que no parecía la suya- Usted entra y nos cuenta a todos qué narices está pasando, profesor- y le confirió una nota casi despectiva a la última palabra.
Snape, por fin les dio la cara y los miró de uno en uno. Por fin su mirada se detuvo en Harry y, resignado, explicó:
- Soy un traidor, Potter. Soy el mortífago que asesinó a Dumbledore. ¿Qué piensas que harían tus amigos al verme? ¿Sonreírme? ¿Invitarme a una copa? No, Potter. Todavía no puedo entrar- y su voz se tiñó de algo que parecía amargura.
- Podría habernos delatado y no lo hizo- Harry estaba enfurecido- Mis amigos, como usted los llama, tendrán en cuenta ese gesto. Además…
Pero su disertación se vio interrumpida. Snape parpadeó rápidamente y se tambaleó, tuvo que sujetarse a Ron para no caer.
- Mierda…- susurró con los ojos muy abiertos.
- ¿Pero qué?
- El veneno de Nagini. El bezoar es incapaz de contrarrestarlo pero me da tiempo. Aunque si continua avanzando no veré un nuevo día y me temo que el cupo de resurrecciones ya lo he cumplido.
Se incorporó lentamente y se llevó una mano al corazón. Latía de forma perezosa y pesada y exhaló un suspiro. Una hora o dos, quizá lo suficiente.
La verdad cayó sobre los chicos como una losa. Si no hacían algo, Snape moriría. En otro momento incluso se hubieran alegrado pero no ahora. Harry sentía que necesitaba a ese hombre vivo costara lo que costara.
- Seguramente podrá prepararse un antídoto cuando entremos.
Snape abrió muchos los ojos.
- No puedo entrar
- Sí que puede y lo hará. No puede dejarse morir aquí fuera y además, me debe algo, nos debe algo a todos.
Las palabras de Harry parecieron hacer mella en Snape, quien dejó que lo ayudaran a caminar de regreso al colegio ante la mirada atónita de Ron y Hermione, mudos testigos de la conversación.
Cuando los cuatro traspasaron el umbral se encontraron con Minerva McGonagall repartiendo órdenes entre profesores y algunos alumnos.
Su rostro anciano se crispó al ver a Severus Snape apoyado en Potter.
- ¡TÚ! Maldita serpiente venenosa- y se acercó a ellos con lágrimas de rabia y la varita en ristre.
Hermione salió a su encuentro con las manos en alto.
- No profesora, espere. Parece que nos equivocamos.
- Señorita Granger, ese fue el que asesinó a Albus, ¿cómo se atreve usted a…?
Harry trasladó su carga a Ron y con un gesto de la cabeza le ordenó que se marcharan rumbo a las mazmorras. Snape, al pasar junto a Minerva, no dijo nada y ni siquiera levantó la vista del suelo. McGonagall le siguió con la mirada.
- Profesora- la interrumpió Harry- Creo que Snape esconde más de lo que parece. Nos ha protegido cuando estábamos en la Casa de los Gritos y algo me dice que debemos mantenerlo con vida.
- Pero Potter- la profesora se atropellaba con las palabras- De entre todos, tú fuiste el que lo sintió más y ahora dices esto.
- Porfavor, profesora, confíe en mí.
Minerva valoró durante un minuto la última frase de su alumno. Al fin, asintió y siguió organizando de la que sería una auténtica batalla.
Por su parte, Harry y Hermione, corrieron por los corredores tan familiares hasta llegar a las mazmorras.
Allí se encontraron con que Ron estaba ayudando al profesor a buscar ciertos ingredientes. El chico parecía estar nervioso y Snape cada vez más enfurecido. Tenía los ojos inyectados en sangre y le costaba respirar y tragar saliva.
- No es tan complicado, Weasley. Es un tarro de cristal con una etiqueta grande y amarilla que pone "raíz cortada de mitra"- el profesor estaba inclinado sobre un enorme caldero que soltaba extrañas chispas de color rojo sangre.
- Que no es tan complicado- susurraba Ron, quejándose- Que se ponga él a buscar ingredientes con un loco homicida a punto de morir gritándole en el cogote.
- Aquí profesor.
Hermione se acercó con el tarro de cristal debidamente etiquetado y se lo entregó a Snape ante la cara de total disgusto de Ron. El profesor vertió unos cuantos pedazos y la poción se soldificó tomando el color del ébano más oscuro.
Con un golpe de varita, partió unos trozos. Unos se lo llevó a la boca y los otros, los metió en un saquito que guardó en un bolsillo de sus pantalones.
Se sentó en un sillón del despacho y dejó que el antídoto actuara. Pero Potter no iba a dejarlo tan tranquilo mientras se curaba, se plantó frente a él y le miró cruzándose de brazos.
- Bien, bien. Será mejor que toméis asiento.
Snape desgranó con detalles todo lo sucedido. El plan de Dumbledore para su asesinato, la idea de Mundungus de crear a siete Potter para la huida de Privet Drive, los esfuerzos que tuvo que hacer para que Él volviera a confiar en él y antes, les relató que ocurrió la noche que se presentó ante Dumbledore implorándole el perdón. Les iba a contar todo menos lo que guardaba en su interior con celo, el verdadero motivo de su traición.
Los chicos asistieron a un relato teñido de soledad, amargura y rencor. Hermione se revolvía incómoda en su asiento y Ron clavaba su mirada al suelo. Harry se mantenía impertérrito mirando a su profesor.
- Así que quiere hacernos creer que todo esto fue concebido por Dumbledore, ¿no?
- Pensad lo que queráis pero es la verdad. Pedías explicaciones y las has tenido, haber pensado que quizá las explicaciones no eran de tu agrado.
- Esto es ridículo. Dumbledore nunca hubiera organizado su propia muerte- Harry se levantó y se puso a deambular por la habitación mientras hablaba- ¡Es ridículo! Todavía no me lo había mostrado todo, todavía había cosas que yo no conocía…
- Parece mentira, Potter. Has conocido a su hermano en Cabeza de Puerco, sabes cómo era Dumbledore, le encantaba intrigar y confiaba en ti plenamente, por eso te encargó la búsqueda de los Horrocruxes.
Ante tal palabra todos miraron al profesor. Snape sabía que había hablado más de la cuenta.
- Sí, sé de los Horrocruxes. Lo sabía desde hace mucho antes que Albus pero nunca pude decir nada. El Señor Tenebroso se encargó de mantenerme la boca cerrada.
- ¿Eso quiere decir que usted sabe qué son y dónde estaban?- preguntó Hermione anodada, con esa información hubiera sido todo mucha más sencillo.
- Sé qué objetos eran ya que presencié la creación de alguno de ellos pero no el lugar dónde estaban escondidos. Nunca pude hablar claramente con Albus acerca de ellos aunque intenté ayudarle dentro de lo posible. Ahora, que vosotros conocéis su existencia, puedo hablar sobre ello.
- Los Horrocruxes… Debemos acabar con ellos- un resorte saltó en la mente de Potter que le apremiaba a llevar a cabo su misión.
Snape le miró y asintió.
- Buscad la diadema de Ravenclaw. Id ya.
Ron y Hermione se levantaron de sus asientos. Miraban al uno y después al otro como expectantes.
- Sí, sólo nos quedará ese y la serpiente. Tenemos que apresurarnos- Harry se adelantó hacia la puerta y antes de abrirla se giró hacia su profesor.
- Marchaos, estaré bien. Necesito descansar unos minutos y luego… saldré. Intentaré que Minerva no me vea- añadió algo divertido.
Los chicos salieron del despacho dejando a Severus solo en la penumbra.
