Esa misma noche…

Gabriel se encontraba descansando plácidamente en su cuarto, estaba cansado del agobiante viaje, del largo viaje de casi un año por gran parte de Europa, así que su sueño era aparentemente profundo, demasiado profundo. Por su parte, Francis había trepado por una de las paredes del palacio, quería espiar a Gabriel mientras este dormía plácidamente en su habitación.

-Tengo que verlo, solo un momento –se decía así mismo mientras trepaba el muro del palacio

Había conseguido llegar a la ventana, per Gabriel había notado que alguien había irrumpido en su habitación, así que tomo su báculo de forma discreta y siguió haciéndose el dormido. Entre tanto, Bonnefoy miraba con deleite al italiano, el cual se encontraba reposando en la cama de dosel, completamente desarropado, dejando ver su cuerpo cubierto solo por la larga túnica que usaba para dormir.

-Se ve tan adorable dormido… -pensó el francés, sentado al lado del italiano, quien fingía dormir, mientras empuñaba con fuerza el báculo.

Repentinamente, Francis se acerca hacia la cabeza de Gabriel, quería acariciarle el cabello, pero este inmediatamente reacciono de golpe, golpeándole la cara con el báculo, aturdiéndolo por completo y derribándolo de golpe al piso.

-RUEGA A DIOS CLEMENCIA, QUE YO NO TE LA VOY A TENER…-grito la santa sede colérico, al ver a la representación nacional de Francia en su cuarto, y peor aún, en su propia cama.

-NOOO GABRIEL, NO ME HAGAS NADA –suplicaba Bonnefoy asustado, solo quería verlo nada mas pero había conseguido algo más que solo ver al estado pontificio enfurecido.

-FUERAAAAAA DE AQUÍ, BASTARDO –grito de nuevo Gabriel, mientras atacaba a Bonnefoy con su báculo, echándolo no solo de su habitación, ni solamente del palacio, sino también de la ciudad, causando gran alboroto, y despertando de paso a su superior que se encontraba en el cuarto vecino.

-Pero esta ciudad me pertenece…-replico Bonnefoy- hace parte de mis tierras…

-HACIA parte de tus tierras, de ahora en adelante es territorio de la santa sede o sea que ESTA CIUDAD ES MIA, BASTARDO DEGENERADO.

-no me puedes echar de mi ciudad.

-¿AAAH NO?, TU SUPERIOR LE ENTREGO A MI JEFE ESTA CIUDAD PARA QUE VIVIERA AQUÍ Y ESTABLECIERA SU SEDE, O SEA QUE YO ME ESTABLECIERA AQUÍ, ASÍ QUE NO INSISTAS MAS Y LARGATE DE MIS TIERRAS BASTARDO DEGENERADO.

Aun así, cuando Francia se encaprichaba con alguien, no cedía hasta conseguirlo, a pesar de haberse enfrentado y haber perdido tres veces frente a España por tener la custodia de Romano sin éxito, y de no haber sido porque su jefe le había propuesto apoderarse de Vaticano, no se hubiera quedado con ninguno de los tres hermanos.

Al día siguiente, mientras la santa sede desayunaba con el pontífice, le llego a este una contestación severa del rey francés, pidiendo explicaciones por lo sucedido la noche anterior.

-Gabriel, ¿Por qué tanto alboroto anoche?, interrumpiste mis oraciones.

-no me gustaría hablar de eso santidad –respondió el vaticano con un gesto algo apenado, no creía que hubiere hecho tanto alboroto sacando a Francis de su cuarto.

-acaso es algo que no me quieras contar, Gabriel…

-es ese francés… irrumpió en mi cuarto mientras dormía.

-ya veo, y debido a eso lo echaste de tu cuarto.

-usted sabe bien santidad que yo nunca me dedicaría a tales cosas.

-y eso lo sé bien, Gabriel, pero Monsieur Bonnefoy es muy terco y obstinado, demasiado terco diría yo.

-eso lo se bastante bien, santidad.

El sentía rabia por estar allí, por culpa de ese francés bastardo había sido arrastrado a tierras extrañas, en medio de la apatía y las humillaciones.

-Disculpe usted santidad, pero me tengo que retirar, tengo que dirigir los maitines.

-siempre tan piadoso Gabriel. Ve entonces, pero el rey me ha solicitado audiencia, por lo que necesitare el acompañamiento de mi sede.

Gabriel no quería ver al rey, ni a Francis, ni mucho menos al Canciller Nogaret.

-pero primero están los deberes de dios, y después los deberes del estado –insistió el joven italiano de vestiduras escarlatas.

-pero tú eres el estado.

Muy a su pesar, tuvo que ceder. Era uno de sus deberes como personificación humana de a santa sede, acompañar en todo momento al papa como símbolo de la sujeción de la cátedra de san pedro al pontífice, y siendo el prácticamente "la cátedra", no podría desatender sus obligaciones.

-está bien santidad, dejare de atender los maitines por los asuntos que usted requiera.

Gabriel se retiró del comedor, se dirigió a su cuarto, se aseo y se puso su sotana cardenalicia, su capelo y tomo su inseparable báculo episcopal, bajando hacia la sala de audiencias. Tomo un racimo de uvas de una canasta, y mientras se dirigía hacia el salón de audiencias las comía tranquilamente, pero corrió con tan mala suerte que se asfixio con una de las uvas.

Su rostro había cambiado a una tonalidad purpura contrastante con las vestiduras rojas de su hábito. Cayo al piso, agarrándose del cuello, e intentando pedir ayuda, y corrió con la buena (o mala, dios sabrá porque) suerte de encontrarse con Francis en ese momento.

-Ayuda-por-fa-vor….-suplicaba Gabriel a duras penas, mientras se arrastraba por el piso.

Francis, asustado agarro al Italiano por el abdomen, lo levanto y le apretó con todas sus fuerzas el pecho, intentando sacar la uva que lo estaba asfixiando. Una, dos y tres veces lo sometió a la misma presión, hasta que el pequeño fruto salió disparado de la boca de Gabriel mientras este caía desmayado en sus brazos.

-Merde… ahora que hago, que hago... –decía Francia desesperado al ver a la santa sede inconsciente y falto de aire.

Aun así, esa oportunidad, de tener a Gabriel tan cerca sin que lo mirara de forma asesina o lo amenazase con su báculo episcopal no se presentaría, pero antes que nada, no quería ver al vaticano muerto o si no se ganaría una buena reprimenda de sus superior, el rey Felipe.

Decidió darle respiración boca a boca.

Estaba a punto de acercarse al rostro de Gabriel, el cual estaba algo amoratado por la falta de aire, pero repentinamente, el vaticano al ver tan cerca, quizás demasiado cerca a Francia, recobra la consciencia y le propina un violento derechazo que lo derriba por completo.

-MALDITO, OTRA VEZ AQUÍ, ¿Y PORQUE ESTABAS ENCIMA MIO, DEGENERADO SACRILEGO IMBECIL?

-TE ESTABAS ASFIXIANDO, MALDITA SEA, TE SALVE LA VIDA –grito Francis adolorido por el golpe.

Gabriel había recuperado algo de color en sus mejillas, y al ver al francés recostado al lado suyo, con el moretón del golpe, sintió algo de vergüenza. Le había salvado la vida, pero él le había respondido con sendo golpe en su rostro. Se sentía apenado.

-este… discúlpame… por el golpe-agrego la representación de la santa sede a su contraparte francesa- y… gracias.

Oculto su rostro con su capelo, se sentía de verdad demasiado avergonzado, y no quería darle la satisfacción a Bonnefoy de que lo viese con aquel rostro de vergüenza. "De verdad, la providencia de dios es bastante rara" pensó Gabriel al ver al francés. Se levantó apoyándose en su báculo y retomando en algo su habitual desdén le dijo:

-Ni una palabra de esto a nadie, capisci.

-seré una tumba, Mon-petit Gabriel.