Disclaimer: LoK no me pertenece, sino a Bryke y a Nickelodeon. Ojalá fuera mío *sigh*.

¡Muchas gracias por sus reviews! Aw, los adoro. Este capítulo responderá algunas de las incógnitas que dejé en el anterior. Estoy segura de que les gustará.

Lamento muchísimo la demora, en serio. Planeaba subir esto dos días luego del prólogo, pero tuve muchas complicaciones personales y empecé clases... Mala mezcla.

¡A leer!

— lok —

capítulo ii

— lok —

Agradecía internamente que Asami tuviese su cartera llena de yuanes. Aunque se sonrojó cuando Asami la miró luego de que más de la mitad de la cuenta se debiera a los cinco pasteles que había pedido.

Al salir del café, Korra jugó con sus manos, pensativa. Suponiendo que estuvieses en el pasado y no en un universo alterno, o cualquier disparatada que Varrick hubiese ocasionado, ¿Cómo volverían?

Pensó en Naga, en Bolin, en Mako... En todos. Era sorprendente como sus amigos se habían convertido en su familia. Ya los extrañaba.

Asami pareció notar su semblante, porque procedió a entrelazar sus manos con las de la morena. Sin embargo, Korra la sacudióc algo distraída.

—No. No sabemos cómo se lo tomen en esta época.

La CEO frunció el ceño, y se cruzó de brazos. No se avergonzaba de su relación, ¡Para nada! Pero si en su tiempo la prensa había enloquecido, y algunos civiles aún las miraban con curiosidad, no se imaginaba en aquel tiempo.

Asami bufó.

—Por supuesto, les preocupará que una total desconocida se tomé de las manos con otra. Cuidado, quizás y te arrojan algo.

Korra alzó su mirada, enarcando una ceja. El sarcasmo jamás había salido de Asami. Nunca. Y conocer esa faceta suya la descolocaba un poco.

Unió sus manos y depositó un beso en los blanquecinos y delicados nudillos de la chica, sonrojada.

—Lo siento —masculló, rascándose el cuello—. A veces ni pienso lo que digo. Es solo que la situación me tiene algo mal.

La de cabellos negros se mordió el labio, dejando de caminar por un momento.

—Deberíamos buscar una forma rápida de llegar al templo. Estamos muy lejos.

Korra sonrió, y la jaló hacia la siguiente calle.

— lok —

—¡Pero mamá, quiero ir al templo!

Lin se cubrió la cabeza con una almohada, refunfuñando diversas maldiciones contra la tela verde militar que se cernía contra el colchón.

Los gritos de Suyin eran insoportables. Parecía una banshee.

Los veinte minutos que había permanecido en la cama, fingiendo dormir, se resumían en una discusión entre su madre y Su.

La menor quería ir al templo porque Bumi había llegado el día anterior. La mayor quería dejar su día libre e ir a trabajar en un operativo contra las tríadas.

Aunque Lin entendía a Suyin, la situación la tenía algo harta.

Era el día libre de su madre, y les había ofrecido un día familiar entre las tres Beifong con una buena jornada de entrenamiento y luego escuchar los partido de Pro-control en la radio comiendo algo de Narook's.

Pero al parecer, Toph Beifong vivía por y para su trabajo.

Pensó en salir de su habitación y gritarles que actuaran como dos mujeres maduras, pero sabía que pedirselo a ellas era algo imposible.

También pensó en escaparse por la ventana e ir al templo. Últimamente se llevaba muy bien con Kya, y pasar una tarde con ella le emocionaba, curiosamente.

Pero después Suyin haría uno de sus berrinches por no llevarla. Así que desechó esa idea también.

—¡Se más consciente! Lin estará a cargo. Dile que hay comida en el refrigerador para calentar.

Sonó un portazo, y la mayor suspiró. Su mañana de descanso se había acabado en cuanto su madre cruzó por la puerta.

Era algo cuestionable el pedirle consciencia a una niña de nueve años. No soportaba a Su la mayoría del tiempo, pero debía aceptar que la quería bastante, y le preocupaba que aquella falta le afectase en un futuro.

Se restregó los ojos, palpando su cara sudorosa con una mueca. Se oyó otro portazo, por lo que supuso que Suyin se había encerrado en su habitación. Al poner un pie en el suelo supo que era así.

Se levantó con algo de pereza, acomodando su musculosa blanca que se había subido a la altura de su ombligo.

Detestaba las mañanas. Definitivamente, recibir el sol en la cara no era lo suyo. Pero estar todo el día en la cama tampoco. Necesitaba actividad, algo que hacer, así fuera limpiar la casa.

Sonrió, tenía una idea.

Salió del cuarto, y dio cuatro pasos a la derecha y ya estaba frente a la puerta de su hermana. O media, por decirlo con franqueza, y tocó la puerta toscamente.

—¡Levanta tu trasero de ahí, iremos al templo! —golpeó la puerta otras dos veces—. ¡Vistete!

Sintió como unos pequeños pasos se acercaron a la puerta, y luego una figura pequeña y menuda apareció ante ella.

Tenía una camiseta verde manzana, de largas mangas y una falda verde pasto, con un pantalón crema debajo de ellas. Su cabello estaba arreglado, como siempre. Envidiaba que no tuviese que peinarse mucho.

Se restregó la nariz, con una pequeña mueca.

—¿En serio? —preguntó en un hilo de voz.

Lin asintió, cruzándose de brazos.

—Pon los platos que yo me encargo del desayuno. Oí que mamá dejó algo para calentar —dijo en un tono severo, aunque no era su intención—. Mientras me pondré algo decente.

Su se lanzó a un abrazo no correspondido por la mayor, aunque no pudo evitar sonreír suavemente ante el comportamiento de su hermana.

Como un torbellino verde, la de piel oscura se arrebató a la cocina, y pudo escuchar como los platos sonaban al chocarse. Entrecerró los ojos. Esperaba que no rompiera nada.

Se dirigió nuevamente hacia su habitación. Era bastante minimalista, con pieles de animales que su tío Sokka le había regalado a Suyin en un inicio, aunque a ella no le gustaron y se las dejó.

A ella sí le gustaban. Le daba un toque rudo, y le parecía entretenido tener una habitación que reflejara su personalidad. Porque bien no era un terremoto como su hermana, sí sabía hallarse en unos cuantos problemas.

Suyin los buscaba y los causaba; mientras que ella simplemente tenía el talento de meterse en ellos.

Las decoraciones, mínimas en realidad, eran grises y verde oscuro. Las cortinas eran blancas y espesas, con aroma a la Tribu Agua sin duda alguna.

Lo único ostentoso era una peinadora con un lindo espejo decorado en plata, regalo de su abuela. Era lindo, de todas formas, y tenía algunas estatuillas orientales de decoración sobre la madera de tono crema.

Abrió una de las gavetas, y sacó una musculosa verde pasto y unos pantalones de color café cremoso. Zapatos, no, sin duda era un no rotundo. A pesar de que la miraran como si fuese una demente, guardaba con recelo aquel rasgo de su madre.

Al bajar las escaleras, Su estaba sentada en la mesa, con la cabeza apoyada sobre ella y jugando con los palillos. Sonrió suavemente, y se adentró a la pequeña cocina con un caminar sublime.

—¿Qué es? —inquirió Su, levantando la cabeza.

Lin sacó una bolsa algo humeda, con una mueca de asco.

—No lo sé, y prefiero no averiguarlo.

— lok —

El radio le despertó cuando comenzó a sonar de repente, con un rápido locutor que hablaba sobre lo maravillosa que se veía Ciudad Republica en aquella nublada mañana.

La maestra agua sacudió su cabello, soltando una honda respiración para calmar la misma. Cerró los ojos nuevamente, suspirando cuando se oyó un grito.

Desde que Bumi fue herido en las Fuerzas Unidas, el Templo había vuelto a ser escandaloso. Divertido, pero escandaloso.

Mismo Tenzin se alegró en un principio de tenerlo en casa, pero a los dos días estaba a punto de explotar.

A ella le alegraba, aunque extrañaba sus mañanas de meditación pacificas.

Se levantó de la cómoda, chocando con unas campanas que colgaban del techo y que tenían un sonar armonioso y relajante. Se miró en el espejo por un momento; no se veía tan mal.

Sin duda estaba más alta. Le encantaba haber alcanzado a Bumi, quien sin duda era toda una torre. Se metió en un vestido turquesa, recogió su cabello con unos palillos y estaba lista.

Aunque su buen humor casi desaparece cuando su baño personal estaba hecho un desastre. Eso no era suyo. Y con una mueca de descontento, se cepilló.

Finalmente, bajó las escaleras rumbo al espacioso comedor. Su madre siempre tenía el desayuno listo, fuese la hora que fuese.

Al llegar, no se esperaba ver a las heemanas Beifong charlando animadamente con su madre. Su padre estaría allí, de no estar resolviendo un conflicto en la Tribu Agua del Norte. Y sus hermanos debían estar en lo suyo.

Instintivamente, se acomodó un cabello detrás de la oreja.

—Kya, cariño, siéntate —dijo Katara, levantándose del suelo—. Guardé unas albóndigas para ti.

Asintió, sentándose junto a la menor de las Beifong. Esta estaba sonriente, terminándose el último pedazo de albóndigas de vegetales que estaba en su plato.

Sin embargo, frente a ella estaba Lin Beifong, con su mirada fija en el plato y un suave sonrojo en sus mejillas.

De pequeñas nunca habían sido muy unidas. No por la edad, en realidad. Lin era más de los juegos rudos con Bumi y Tenzin, por muy extraño que sonara. Ella prefería las charlas y los juegos con bebes de tela en compañía de Izumi.

Pero hace pocos meses se habían acercado más. Lin era algo enigmática. Todos la veían como la ruda chica que se metía en problemas y no podía controlar su aguda lengua. Pero ella sabía que habían más cosas detrás de esa osada joven.

Al parecer se había quedado analizándola, porque la pequeña chica subió su mirada y enarcó una ceja.

—¿Sucede algo? —inquirió de golpe, limpiándose con la muñeca el rastro de espuma del jugo de calabaza.

Kya sonrió, encantadora, mientras apoyaba su cabeza sobre su mano.

—No. Solo que noto una nueva aura saliendo de ti. ¿Has estado practicando yoga, Lin?

Antes de que la escéptica joven pudiese refutar toscamente, Katara corrió la puerta de tela y se adentró al comedor con un plato en manos.

Las delicadas manos de su madre lo pusieron frente a ella, y luego se sentó en la cabecera de la mesa con sus manos entrelazadas.

—Lin y Su pasaran el día aquí —dijo Katara, rompiendo el silencio con una sonrisa—, de seguro entre chicas se la pasaran bien.

Kya balanceó la albóndiga en el plato con los palillos, algo perdida en sus pensamientos. A veces extrañaba la carne que disfrutaba en las visitas del tío Sokka.

—Uh, ¿Y eso? —preguntó de repente.

—Toph —fue la única respuesta de Katara, quien apretaba sus labios como si fuesen una línea recta—. Se que no importa, pero tendré una seria charla con ella. Debe ordenar sus prioridades.

Sin embargo, ante la atenta mirada de Lin, Su saltó sobre la mesa, tan enérgica como siempre. Mostraba una blanca y enorme sonrisa en su rostro, con sus ojos tono ópalo chispeando hacia ella.

—¡Nos divertiremos mucho! Nos maquillaremos, hablaremos de chicos, ¡Y haremos una fiesta de té! ¡Y jugaremos con muñecas, sí! A Lin no le gusta, por eso eres mi favorita.

Aunque la mayor de las Beifong la fulminó con la mirada, Kya sonrió algo sonrojada, soltando una pequeña y cantarina risa.

—Seguro que sí, Su —sonrió la maestra agua.

Katara, quien parecía haberse perdido en sus pensamientos, suspiró y se levantó. Se mostraba más animada de lo usual.

—Bueno, jovencitas, diviértanse y no se metan en problemas. Tengo unos problemas que solucionar con el Consejo, lamentablemente —dijo con un jadeo de agotamiento, rodando los ojos.

Lin tosió, limpiándose con la servilleta.

—¿Tiene que ver con el artículo? —murmuró—. Lo vi en el "Sol de la Republica".

—¿Saliste en el diario? —preguntó Kya, algo anonadada—. ¿Por qué?

—Lamentablemente —se quejó la maestra agua—. El Consejo no estaba de acuerdo con las nuevas clausulas sobre los maestros sangre.

—¿Pero eso no fue hace años? —preguntó Su.

Lin sonrió. Le agradaba que su hermana supiese de aquellos temas. Sin embargo, Katara arrugó los labios.

—Sí, fue hace bastante. Pero hubo algunas alertas en el Polo Norte y quise añadir más cláusulas mediante Sokka, pero no quisieron aceptarlas y... —frunció el ceño— Discutí un poco.

—¿Por eso papá viajó para allá, no? —musitó Kya, terminándose su segunda albóndiga.

Katara asintió, pero no dijo nada más. Al parecer el tema le incomodaba un poco. Pero Kya entendía. Si la persona que amaba tuviese que viajar tanto, sin duda alguna se desesperaría.

Después de observar el suelo por unos segundos, su madre sonrió y salió por la puerta corrediza, rumbo al Consejo. No se veía de buen humor, como lo estaba antes.

Lin se acomodó un cabello rebelde que caía por su costado, mirando su plato como si fuese lo más interesante del mundo.

Por otro lado, Suyin sonrió abiertamente.

—Eres muy linda, ¿Podemos peinarnos y maquillarnos, Kya?

Pudo ver, de reojo, a Lin rodar la vista. Sonrió.

—Claro que sí, Su —dijo amable y cálidamente. Los niños solían amarla, mientras que Lin discutía con ellos como una niña más. En eso dí que se diferenciaban—. Tengo mucho maquillaje de la tía Sukki.

—¡Wow! —exclamó Su, alargando el monosílabo—. ¿Viste, Lin? Kya es más divertida.

—Gracias a mí estás aquí, malagradecida —bufó Lin, ofuscada, con el ceño y la nariz arrugada.

Su le sacó la lengua, y aquello fue suficiente para hacerla reír.