El presente…

En alguna parte de Europa

Claire

Qué más da…

Otro día perdido, atrapada en este cuerpo el cual ha dejado de ser el mío…

La nieve cae serena acariciando los prados, dejando su estela cristalina a su paso. La brisa helada mueve las copas de los árboles a un ritmo casi melodioso. Mientras espero paciente a que se abra la puerta metálica, escucho el canto de las cigarras que están escondidas en la hierba, me pregunto si ellas también me temen como lo hacen los demás. Cierro los ojos e intento deleitarme con el aroma del campo, sin embargo no lo consigo. Quiero llorar… quiero gritar de rabia, pero mi boca se niega a emitir sonido alguno. El mecanismo de entrada se acciona de forma ruidosa y me adentro a mi escondite.

Camino por el amplio pasillo hasta llegar a mi celda —aunque Wesker suele llamarlo "tus aposentos"—. Una vez ahí me quito el traje de combate y lo dejo caer por el piso. Deshago el moño simple que sostiene mi cabello y comienzo a deambular por la habitación. Una cama individual, una mesita de noche y una silla metálica es todo mobiliario que decora el lugar donde he pasado los últimos once años de mi vida, cautiva. Una pequeña ventana es lo único que permite que un poco de luz del día entre en esta alcoba, a veces paso las horas mirando a través del sucio cristal como el sol se despierta al alba y se despide con sus últimos rayos, para dar paso a la noche. Entonces la luna llega y la miro mientras en mi fuero interno le cuento lo mucho que echo de menos mi vida anterior, a los chicos del cuartel, a Barry pero sobre a mi hermano. Ella es mi confidente y amiga, ha sido testigo de todo calvario que he vivido a manos de ese malnacido. Sé que me escucha, ¿Por qué lo sé?, porque cada vez que hablamos le pido que no me deje sola, y así, aunque las nubes cubran el cielo nocturno o se desate una feroz tormenta, la luna siempre está ahí brillando para mí.

Me detengo frente al espejo y miro mi cuerpo desnudo. Hay cardenales oscuros alrededor de mi cuello, producto de la pelea con un grupo de soldados, hace unos días atrás. También noto un par de marcas rojas, las tocó y los recuerdos de Albert besando cada rincón de mi piel mientras me posee con lujuria, azotan mi mente y me producen una mezcla de desprecio y asco. Apenas la noche anterior, Wesker se había colado en mi habitación —y en mi cama—, y me tomó sin que yo pudiera evitarlo. Lo único que puedo hacer es imaginarme a mí misma viviendo otro momento; refugiándome en los recuerdos de mi vida anterior, mientras él satisface conmigo sus instintos más carnales. Así ha sido siempre, desde que soy su prisionera.

Ya no soy dueña de mi propio cuerpo… Aquello me hacía sentir frustrada

Ya no queda nada de la figura inocente de aquella chica que soñaba con un futuro lejos de Raccon City; mis curvas se hicieron más pronunciadas y que decir de mi rostro; mis ojos perdieron su brillo y mis labios no han esbozado una sonrisa de alegría en años.

Doy un vistazo a mis manos y noto que hay manchas de sangre en ellas. De nuevo otro inocente pagó el precio de la ambición de Albert. Si tan sólo el Doctor Newman me hubiese entregado las muestras sin oponerse, quizá no habría tenido que pelear con él y golpearlo hasta romperle el cuello. El trabajo ya estaba hecho: Wesker obtuvo lo que quiso y yo vuelvo a mi confinamiento.

No era el primer hombre que asesinaba usando únicamente mis puños. He hecho cosas terribles bajo el control de Albert; él dice estar orgulloso de mí y de lo que ha logrado conmigo. Yo no puedo gritarle lo mucho que lo desprecio, el suero que corre por mis venas me ha hundido en el silencio y me ha robado el control de mis acciones; sin embargo, no ha podido apoderarse de mi conciencia, de mis recuerdos y de la que alguna vez fue Claire Redfield.

El ruido de unos pasos logra sacarme de mi ensoñación. Seguro es Albert quien ya notó que he vuelto de mi último trabajo. No obstante, conozco muy bien el ritmo del caminar de Wesker y sé que no es él quien anda deambulando por el pasillo exterior. Recojo del suelo mi traje de combate y me visto de prisa. Tomó la 9 mm que está en el cajón de la mesita de noche y me pongo en alerta.

El sonido se hace cada vez más fuerte. Quito el seguro de mi arma y salgo de la habitación. Seguro es algún enemigo de Albert y si viene a matarlo, con gusto le ayudaría; aunque eso es imposible, ya que estoy programada para proteger a ese infeliz, gracias al dispositivo que brilla en medio de mi pecho.

Me dirijo hacia la fuente del ruido, caminando de forma sigilosa. Las lámparas incandescentes apenas si iluminan el pasillo, una de ellas parpadea; señal de que su luz se extinguirá en cualquier momento. Llego hasta la sala de entrenamiento y veo a dos personas de espaldas mirando hacia el techo. Son un hombre y una mujer. Desde mi posición puedo darles un disparo certero en la cabeza y terminar con la amenaza. Ella le murmura algo a él y asiente. Camino a hurtadillas y me escondo detrás de una máquina de ejercicios. La chica se vuelve hacia mí y logra divisarme tras la estructura de hierro fundido.

Sus ojos se encuentran con los míos…

De pronto, desde lo más profundo de mis recuerdos, salta la imagen de una chica con la melena revuelta, sosteniendo una taza de café en la cocina de mi casa, vestida únicamente con la camiseta de mi hermano.

No puede ser ella pensé.

Otro recuerdo.

Esta vez, ella se mete a la ducha mientras Chris se da un baño. Se da cuenta de que la atrapé en el acto, me giña un ojo y pone un dedo sobres sus labios, indicándome que no haga ruido. Me tumbo de nuevo sobre el sofá y miro una mala película de terror; es sábado por la noche y no estaba de ánimos para salir por ahí con mis amigos. Tuve que subir el volumen de la televisión algunos niveles más para no escucharlos mientras los dos tenían sexo bajo la regadera.

— ¿Claire? —Jill bajó su arma y se dirigió hacia mí—. ¿Claire, eres tú?

La alegría inundó mi pecho. Quería abrazarla y decirle que a ella también la eché de menos estos años. Deseé que me perdonara por gritarle aquella vez que era una buscona por salir con aquel tipo mientras mi hermano se hundía en alcohol por ella. Todo había sido un malentendido, el mismo Chris me lo explicó y me sentí fatal los siguientes días. Después del concierto de los Guns N' Roses, tenía pensado pasar a su apartamento y disculparme con ella. Jill me agradaba, aunque nunca tuve oportunidad de decírselo.

Jill extendió su mano e intentó tocarme. El dispositivo en mi pecho se encendió y sentí una carga poderosa de suero correr por mis venas.

Albert estaba cerca.

Mi juicio se estaba nublando. Quería gritarle a Jill que se alejara, en unos segundos me convertiría en una persona peligrosa. Ella sonrió y le lanzó un chiflido al hombre que la acompañaba, éste se giró y mis ojos se encontraron con los de él.

¿Chris?... ¡Oh, Dios mío!... Es Chris

Mi hermano me miró con los ojos desorbitados. Jill me ofreció su mano para que yo saliera de mi escondite.

—Vamos, Claire. Salgamos de aquí —dijo Jill.

Chris se acercó, cauteloso. Dios, cuanto había cambiado mi hermano. Era más corpulento de lo que lo recordaba, su rostro ya no era el del joven aventurero y lleno de vida; las marcas del cansancio de habían apoderado de sus facciones y tenía un par de pequeñas cicatrices cerca de la ceja izquierda. Ya no usaba su uniforme de los STARS, esta vez traía puestas ropas de combate —con un emblema en el brazo que no pude identificar—, y portaba una pistola 9 mm en la mano. Su mirada era fría, como la de un hombre que fue endurecido a golpes por la vida, no obstante; sus ojos aún brillaban como los del niño que me robaba el último trozo de pastel o como cuando peleó con la trabajadora social para que no me llevaran con una familia de acogida y se hizo cargo de mí, apenas cumplió los dieciocho años.

Él estiró el brazo y acarició mi rostro con el dorso de la mano. Quería comprobar que yo era real. Su toque era cálido y suave. Me sorprendí de sentir aquella caricia, a pesar de que el suero corría por mi sangre evitaba que tuviera sensaciones humanas.

Otra punzada en mi pecho... Mi voluntad se estaba haciendo añicos.

Tomé la mano de Chris y la estrujé con fuerza. Él dio un paso atrás y se percató que no era su hermana la que estaba frente a él, sino un monstruo. Jill se puso de pie y me apuntó con su arma.

Dispara Jill y acaba con esto de una buena vez

— ¿Claire, qué te pasa? —Inquirió Chris—. Soy yo, tu hermano.

—Chris, ella no es Claire —dijo Jill con amargura y puso el dedo en el gatillo—. Mírala bien, tu hermana no te miraría con tanto odio. Ya dejamos vivo a Wesker, no podemos volver a cometer errores, Chris. Tenemos que acabar con ella.

Escúchala Chris, ella tiene razón. Si me dejan viva, los atacaré y no me detendré hasta matarlos. Acaben conmigo y luego maten a ese bastardo de Albert

Jill empuñó su arma y justo antes de jalar el gatillo, Chris la detuvo.

—No puedo hacerlo. Es mi hermana —soltó Chris con una de dolor en su voz—. Wesker la convirtió en un monstruo, es cierto, pero sé que en su interior, aún está la Claire Redfield que conocemos. Cuando todos dijeron que estaba muerta, no lo creí. Siempre supe que estaba viva, mi instinto me lo decía. La busqué por once años y por fin la encuentro, Jill. No volveré a perderla.

Jill bajó su arma y esbozó una leve sonrisa. Me llenó de dolor el enterarme del infierno que vivió mi hermano por mi ausencia. Yo también lo extrañé y siempre albergué la esperanza de volver a casa con él.

—Debemos sacarla de aquí y ayudarla —dijo Jill, dándole una palmada en la espalda a Chris.

—De acuerdo —Jill asintió.

Me puse en posición de combate, lista para atacar. No quería hacerles daño, pero ya era demasiado tarde.

El primer golpe había sido lanzado.

.

.

Albert

Había sido un día largo.

Uroboros aún no estaba listo y ya tenía un comprador final.

Las pruebas no salieron como esperaba. Los conejillos de indias reaccionaron de forma negativa al virus y tuve que acabar con ellas, antes de que rompieran sus jaulas y dejaran una estela de infección a su paso —tal y como sucedió con el T-Virus en Raccon City—. Quizá debería escuchar a mi fiel asistente, el doctor Davis y comenzar las pruebas en humanos. Encontrar sujetos de experimentación sería un problema, sobre todo porque mi laboratorio estaba cincuenta kilómetros del pueblo vecino. Decidí establecerme es esta finca, al sur de Escocia, y comenzar mi trabajo alejado del bullicio de la ciudad, —y de las autoridades del gobierno americano, que gustan de meter las narices donde no los llaman—.

Por fuera, la propiedad lucía como una pequeña granja. La casa principal, a simple vista era sencilla; construida la mayor parte de madera y tejas de arcilla. En el porche descansaban dos mecedoras, había un columpio improvisado, atado al sauce llorón que estaba junto a la vivienda. Cualquiera que pasase a ver, creería que es una familia la que habitaba aquella construcción —lo cual era bueno—, sin embargo; debajo del suelo, a unos diez metros de profundidad, se encuentra mi laboratorio.

Guardé las muestras del uroboros en la cámara de refrigeración y me puse a escribir las notas del día. Me sentía exhausto. Comencé a teclear en el ordenador los últimos hallazgos del virus en los conejillos de indias y lo que éste había hecho en ellas. A pesar del fracaso, descubrí que agregando un elemento catalizador, uroboros se volvía más estable, es decir; le daba habilidades sobrehumanas a quien lo portara en su sangre durante más tiempo, antes de convertirse en una criatura grotesca y sin forma.

Sólo faltaba ajustar la dosis del catalizador y el virus estaría listo.

Comencé a apagar las luces del laboratorio y miré el ajuste del aire acondicionado. El indicador marcaba veinte grados, pero el ambiente se sentía más frío y helado, seguro estaba cayendo una nevada afuera, pensé. Salí de mi lugar de trabajo y fui directamente al cuarto de control para asegurarme que todo estaba en orden, antes de irme a dormir. Había cinco monitores sobre la pared, los cuales me mostraban cada uno de los sitios de mi pequeña fortaleza: la bodega de suministros, la entrada principal y la puerta emergencia, mi laboratorio, el cuarto de entrenamiento y finalmente —y sin duda, mi habitación favorita—, la alcoba de Claire.

Fue difícil domar el espíritu rebelde de esa chiquilla. Recuerdo los primeros días del ensayo del suero. Claire se negaba a cooperar, por lo que tuve que sedarla durante días, retrasando con ello mi trabajo. Comenzó a perder peso, debido a que había dejado de comer y su salud desmejoró ya que tampoco dormía lo suficiente. La escuchaba sollozar desde su habitación y algunas veces me gritaba a través de la cámara de vigilancia lo maldito hijo de puta que era por tenerla como prisionera, lanzando cualquier cosa que tuviera a su alcance contra la pared. No era un espectáculo agradable, sin embargo; debía quebrar su voluntad de alguna forma, y la mejor era haciéndole ver que no cedería ante sus peticiones.

Tuve que hacer las pruebas médicas con ella bajo el efecto de poderosos calmantes. Cuando por fin le suministré la primera dosis del suero, Claire sufrió un colapso. Su corazón se detuvo y su cuerpo convulsionó de forma violenta. Por un momento creí que estaba muerta, ya que por cinco minutos no dio señales de vida. La conecté a un soporte vital y durante una semana se mantuvo en un sueño profundo.

No podía esperar más tiempo y administré una segunda dosis. Fue entonces que su cuerpo comenzó a experimentar cambios notables: su cabello se volvió más rojo al punto que parecía un río de sangre corriendo sobre las sábanas blancas de su cama, su piel se tornó más pálida y fría como el alabastro, y sus facciones se cobraron un tono tan fino que lucía como una muñeca de porcelana.

Mi princesa de hielo dormía en su lecho como si fuese un ángel. Algunas solía pasar horas mirándola y no me cansaba de contemplar su belleza. La Claire Redfield que rescaté de las garras de aquel idiota quedó atrás; la chica indomable estaba muerta o atrapada en algún rincón de la mujer que yo había creado, lo supe en cuanto abrió los ojos y no encontré atisbo alguno de su inocencia.

Claire Redfield era perfecta, y lo mejor es que era sólo mía.

Coloqué el dispositivo que sumistraría las dosis adecuadas sobre el pecho de ella. Esta vez no hubo necesidad de aplicar sedantes o atarla a la cama con cintas de cuero. Se mantuvo obediente y sumisa, sin decir palabra alguna, le entregué el traje de combate y sin pudor alguno, se quitó la bata de hospital para quedar completamente desnuda frente a mí. Algo en mí se encendió en mi interior como una llamarada; su piel lucía tentadora, tenía que tocarla, probarla aunque sea una vez… y lo hice.

Entonces todo resto de cordura se fue por la borda.

La empujé sobre la pared más cercana y besé sus labios con urgencia. Por un momento pensé que me rechazaría, sin embargo; enredó sus finos dedos en mi melena y correspondió a mi beso con fiereza. ¿Claire Redfield estaba consciente de sus actos?, por supuesto que no. Ella sólo satisfacía una necesidad primaria, como el beber agua o dormir para conseguir descanso. Era joven y tenía deseos estar con un hombre como cualquier mujer normal. El suero la dejó en un estado el cual sus instintos eran tan elementales como los de un animal salvaje. Yo lo sabía y no me molestaba en lo absoluto.

La levanté del suelo y ella abrazó mis caderas con sus piernas. Podía sentir su calor a través de la tela de mis pantalones. Aquello me volvió loco, estaba lista y dispuesta, así que me deshice la barrera de la ropa y sin más preámbulo me enterré en ella con fuerza. Claire soltó un gemido ahogado, seguido de una sonrisa de satisfacción. Comencé a moverme de forma lenta—ya que por lo que noté, yo era el primer hombre en su vida y la había tomado con la delicadeza de un animal en celo—, no obstante; Claire comenzó una danza sensual con sus caderas que me obligó a ir cada vez más rápido. Ella me guio como una sílfide salvaje por el valle del deseo hasta llevarme a la cima y grité su nombre antes de liberarme en su interior. Mi nueva amante me siguió enseguida, entregándose a su propio placer, mientras se aferraba a mi hombría en un poderoso orgasmo.

Esa fue la primera de muchas noches que compartí con Claire Redfield.

Días después le encomendé su primer trabajo. Debía secuestrar a un poderoso empresario farmacéutico, Alec Brown, y robar datos confidenciales acerca de la investigación de agentes patógenos inyectados a simios del Amazonas. Aquello era vital para que uroboros naciera como el pequeño ángel de la muerte en el que se convertiría más tarde. Tenía mis dudas respecto a que si lo lograría, pero Claire se encargó de que me tragara mi inseguridad al entregarme el disco con la información que necesitaba, así como también el pesado anillo de oro que Brown usaba con todo y el dedo de su mano en él.

Vuelvo de mi ensoñación y fijo mi vista en los monitores de la pared. Noto que la alcoba de Claire se encuentra vacía. Muevo los controles de la cámara para buscarla mientras que un escalofrío recorre mi espalda.

¿Se habrá ido?, imposible. Claire era leal a mí. En los once años que ha estado bajo mi control, jamás ha dado muestra de querer escapar por su cuenta.

Busco en las pantallas, para ver si logro encontrarla en alguna otra parte de la fortaleza. Veo que hay movimiento en el cuarto de entrenamiento. Un par de intrusos inspeccionan a detalle el lugar.

— ¡¿Cómo demonios lograron entrar?! —exclamé golpeando con fuerza el tablero de control.

Acerqué un poco más la cámara para ver si podía identificarlos —después de todo, debían ser parte de mi lista de enemigos jurados—. Hay un hombre que sostiene un arma al tiempo que lee unos documentos sobre el escritorio. Algo me dice que es una cara conocida pero no logro reconocerlo. De pronto éste mira hacia la lente y mi cuerpo lanza un disparo de adrenalina al darme cuenta de que se trata de Chris Redfield.

— ¡Chris! —chillé apretando los puños—. ¡Debí matarte cuando tuve oportunidad!

Una sombra avanzó en forma sigilosa y se ocultó detrás de uno de los aparatos de entrenamiento. Su silueta era inconfundible, lo que me hizo esbozar una sonrisa.

—Vamos princesa. Hazte cargo del problema —animé a Claire.

Pasaron los minutos, pero no vi que ella hiciera algo por atacarlos. ¿Qué estaba pasando? Saqué el control del dispositivo que controlaba a Claire y suministré una dosis extra del suero.

Vi como Claire se llevó la mano al pecho e hizo una mueca de dolor. La mujer que acompañaba a Chris la identifiqué como Jill —dolor en el trasero—Valentine. La recuerdo como la única mujer en mi equipo Alpha, así también como la que logró que uno de mis mejores hombres, Hans Dorety —el mejor sniper que haya conocido en mi vida—, tuviera que dejar el cuartel porque a la chica se le ocurrió acusarlo de acoso por espiarla en los vestidores, después de salir de las duchas.

Así que después de todo, esos dos se traían algo pensé.

Claire estaba agazapada y en posición de combate.

Salí del cuarto de control. Saqué un habano de mi bolsillo y lo encendí al tiempo que me encaminaba al salón de entrenamiento con una sonrisa divertida en los labios.

La fiesta estaba a punto de comenzar… y yo no podía faltar.