Capítulo I

Enji Todoroki

Ya casi era hora. El rey se encontraba saliendo de su estudio tras repasar las líneas del discurso que daría esa noche. No era algo diferente a lo dicho en años pasados; la paz y la prosperidad eran abundantes. Estaba tranquilo al respecto, aunque su semblante duro podía intimidar a cualquiera con tan sólo recibir una mirada de su parte, aun siendo de reojo. Los sirvientes evitaban dirigirse a él con la cabeza alzada, pues temían que pudiera hacerles algo.

La capital de Ionad, la Ciudad Amurallada, era el corazón de Áit, una masa terrestre inmensa, perdida entre el azul del océano y el cielo. Ese día el pueblo entero estaba de fiesta, al igual que el resto del continente. El festival de Herfst era el más importante de todos, un evento anual donde corrían ríos de la mejor hidromiel por las calles y la comida era tan abundante que solía quedar la suficiente como para alimentarse por un mes después de terminado el evento. Las empedradas veredas inclinadas de la ciudad estaban engalanadas por altos y angostos edificios pintados en tonos cálidos que, durante esa época del año, eran decorados con coloridas banderillas con el emblema de la dinastía Todoroki que colgaban sobre la cabeza los caminantes y en su centro, erguido por encima de sus magníficos barrios, se encontraba el sobrio castillo tan blanco como el alabastro, cuyas tejas rojas brillaban a la luz del sol. En sus jardines se estaban también alistando, poniendo una larga mesa donde se llevaría a cabo la cena del rey, su corte e invitados de otros reinos y clanes, como era la costumbre. Se esperaban diversos actos para amenizar el festín después del esperado discurso real.

No muy lejos de los preocupados siervos del castillo, se encontraba el príncipe heredero sentado en uno de los arcos decorativos del jardín, observándolos de vez en cuando con un aire desinteresado mientras disfrutaba de una lectura ligera antes de tener que verse obligado a tomar parte de todo aquello. A este punto le parecía monótono, todos los años era lo mismo, al menos, en el interior del palacio. A veces llegó a plantearse huir un rato y perderse entre los desconocidos. Este año no era la excepción. Mientras se lo pensaba, escucho unos pasos bastante pesados acercándose a él y eso le puso de mal humor casi al instante.

—Shoto.

El muchacho se volteo para encontrarse con su padre, quien no parecía estar muy contento con verlo ahí.

—Buenos días, padre— Respondió el príncipe por simple cortesía, aunque no se movió ni un centímetro de donde se encontraba sentado.

— ¿No te parece que es un momento inoportuno para hacer lectura?— Le cuestionó, inspeccionando el título que el muchacho traía entre manos con desaprobación.

— Al contrario, pienso que es el mejor momento para leer sobre nuestro país—Respondió perspicaz— De todas formas, hoy iba a ser mi lección de historia, pero por el festival, quedó suspendida— Se excusó, esperando que se fuera.

Bueno, en eso el príncipe tenía razón— Entonces deberías saber la importancia que tiene este día para nosotros.

El joven solamente le dirigió una mirada, permaneciendo en silencio.

— El festival de Herfst no solo se trata de embriagarse y comer por simple gula— Continuó — Su significado va más allá de una fiesta para dar la bienvenida al otoño.

— Lo sé.

—Y si lo sabes, tienes consciencia de que hoy-

—Hoy se cumple un siglo de paz en Áit— Interrumpió el príncipe.

El rey Enji parecía impresionado— Has estado leyendo — Aunque no lo demostrara, el saber que el heredero a la corona estaba consciente de la situación le hacía sentir orgulloso.

— Padre, no es tan complicado cuando he escuchado la frase "faltan tantos años para que se cumpla un siglo de paz" venir de la boca de toda la corte— Respondió con cierto fastidio— Al fin ha llegado el día que tanto han esperado y se siente tal como el del año pasado.

— Este año quiero que me acompañes al balcón donde daré el discurso— Soltó el monarca de golpe— Un futuro rey debe saber a quienes estará gobernando.

— Otro rey Todoroki, no creo que encuentren una distinción entre nosotros.

— Puede que tengas mi apellido, pero demostrar que eres digno de portarlo es aquello que te hará memorable para ellos.

— ¿Y eso te ha hecho memorable? — Le cuestionó. El joven suspiró y cerró su libro para luego levantarse e irse caminando, ignorando por completo a su padre.

El entrecejo del monarca se fue frunciendo, a la par que llamaradas comenzaban a cubrir su cuerpo y sus puños se apretaban con fuerza.

—¡Shoto! ¡Regresa aquí! ¡Te estoy hablando!— Vocifero el rey Enji al verlo irse rumbo al castillo sin siquiera inmutarse. Sus fosas nasales se encontraban agitadas al igual que su pecho; estaba intentando contenerse, pero el enojo le ganó a la paciencia— ¡SHOTO!

El nombre del príncipe retumbó en cada pared y ventana con una fuerza tal, que una bandada de pájaros salió volando despavorida para no volver. Los sirvientes se voltearon a ver los unos a los otros unos instantes antes de continuar su trabajo. Iba a ser un día muy largo.

….

El rey volvió de nuevo a su estudio; era su refugio, un lugar cuya calma le ayudaba a estar tranquilo cuando alguien lo sacaba de juicio, siendo la principal fuente de su ira el príncipe Shoto. La habitación era amplia, con un solo ventanal angosto donde se filtraba la luz, siendo la razón por la cual siempre el candelabro tenía las velas encendidas sin importar la hora. No obstante, había un par de cortinas cubriendo una pared entera cuyo color era semejante al del vino veraniego traído del sur. Esa era, tal vez, la única parte que no le gustaba al rey, sin embargo, se veía incapaz de hacer algo al respecto; era un peso con el cual debía cargar, o por lo menos, así lo pensaba.

Tras cerrar la puerta detrás suyo, no pudo evitar sentirse atraído hacia las pesadas telas. Casi siempre lo ignoraba; hoy estaba más presente de lo normal. Caminó en dirección a las cortinas y una vez las encaró, tomó de sus pliegues y las apartó de un solo tirón. Ahí, frente suyo, la imagen idílica que alguna vez tuvo entre manos, regresaba a atormentarlo: un cuadro tan alto como él le hacía frente, sin sentir ningún remordimiento del dolor que causaba a su espectador. Ahí estaba Rei, la reina, vestida con un vestido azul de terciopelo decorado con perlas y una tiara plateada adornando de cabello recogido. Su mirada era fría y vacía, incluso cuando se mostraba sonriendo con modestia. Ahí estaban ellos, sus cuatro hijos, tan pequeños que aún ahora le costaba pensar que Natsuo y Fuyumi se encontraban lejos, cumpliendo con sus deberes reales en tierras lejanas. Shoto, aún demasiado pequeño para poder sostenerse por sí solo, se encontraba sentado en el regazo de su madre, siendo sostenido por las mismas manos que le ocasionaron la cicatriz al lado derecho de su cara. Por último su primogénito, Touya, con una expresión ladina en su rostro; aun siendo una pintura, los ojos del pelirrojo parecían dos flamas vivas y le aterraban. Ahí estaba también él, completando la escena de una familia feliz. Le causaba un remolino en el estómago que solo podía ser calmado al cubrir de nuevo el cuadro y así lo hizo, preguntándose, como siempre que se hacía ese daño, porque continuaba aferrándose tanto a esa imagen.