Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: P. Jordan.
Harry miró a través del ventanal de su lujoso ático en el mismo edificio de la oficina. Había comprado ese apartamento para ahorrarse tiempo entre su casa y el trabajo y había contratado a un interiorista para que lo decorara. El resultado era un espacio de diseño donde él sentía que sobraba, como si constantemente rompiera la simetría estéril de los grises, cromados, vidrio y granito.
A Hermione no le gustaría ese lugar y lo despreciaría a él por vivir allí. Ella era una mujer más natural y sencilla. Y en el fondo, Harry sospechaba que una parte suya también deseaba peligrosamente convertirse en un hombre sencillo con cuatro hijos, que elegía trabajar desde casa para poder estar con ellos.
¿Debido a Hermione?, se cuestionó frunciendo el ceño. ¿Por qué se había enamorado de ella? ¿Cómo había sucedido? Sólo había necesitado mirarla para saber lo que su pelo castaño y su apasionada energía significaban. Y eso, antes de saber que ella estaba obsesionada por un hombre que no la correspondía. Si él tuviera sentido común… ¿Qué haría? ¿Darse media vuelta y distanciarse de ella?
Entonces, ¿por qué estaba allí reviviendo la sensación de la sedosa melena de ella entre sus dedos y el efecto de sus increíbles ojos marrones cuando lo miraba?
Si él no hubiera tenido la presencia de ánimo suficiente para apartarla, no sabía qué habría sucedido…
¿Cómo que no?, se burló de sí mismo. Lo sabía perfectamente: ¡lo que él había querido que sucediera y donde él había querido que sucediera!
Le había sorprendido cuando, últimamente, un socio había alabado con envidia su reputación de playboy al destacar la cantidad de mujeres con las que se sabía que había salido. ¡A él no se le había ocurrido que el método que había elegido para intentar eliminar sus sentimientos hacia Hermione le proporcionaría la fama de un semental! Una fama del todo infundada. Sus numerosas citas para cenar habían sido sólo eso, cenas. ¡Y porque él lo había querido así! De hecho, no recordaba la última vez que…
Inquieto, se puso en pie y se acercó al ventanal con vistas sobre la ciudad.
«Mentiroso», se reprendió mentalmente. Por supuesto que podía recordarlo. Y también podía recordar cómo en mitad de la cena había mirado de pronto a su rubia acompañante y se había dado cuenta con una punzada de ira de que estaba al mismo tiempo nada excitado y totalmente aburrido.
Eso había sido la noche después de haber entrevistado a Hermione para el puesto. A su cita no le había gustado que la llevara a su casa en lugar de acostarse con ella, y se lo había hecho saber.
Harry frunció el ceño al oír el telefonillo. Se acercó hasta él a grandes zancadas.
—Harry, soy Ron. Necesito hablar contigo.
Harry dudó unos instantes antes de responder.
—De acuerdo, sube.
Al abrirle la puerta, Harry vio que Ron se maravillaba ante su piso.
—Qué impresionante, Harry —comentó entusiasmado—. Pero a Herms no le va a gustar.
Se detuvo al darse cuenta de lo que había dicho y lo miró con timidez.
—No te preocupes, Ron. Ya sé que este lugar no es del gusto de Hermione —replicó Harry con ánimo de tranquilizarlo.
Para su sorpresa, Ron lo miró iracundo.
—Hermione ya ha estado aquí, ¿verdad? —preguntó.
—Estamos saliendo juntos —le recordó Harry con una sensación desagradable y poco familiar de haber sido pillado desprevenido.
La actitud de Ron no era la de un hombre joven a quien le molestara que Hermione dependiera emocional-mente de él y quisiera perderla de vista a toda costa.
—Precisamente he venido a verte por ella —anunció Ron con firmeza, como un padre protector dirigiéndose al joven que fuera a llevar a su hija a su primer baile de graduación.
—Ya veo. ¿Quieres sentarte? ¿O va a ser una conversación breve? —preguntó Harry secamente.
Ron se sonrojó ligeramente pero apretó la mandíbula con tenacidad. Había ido allí con un propósito: asegurarse del bien de Hermione.
—Herms no me ha contado casi nada de cómo empezasteis —comenzó—. De hecho, nunca hubiera dicho que tú eras su tipo. La conozco desde que éramos niños, es mi mejor amiga.
Se detuvo, tomó aire profundamente y continuó.
—Has dicho que vas en serio con ella y espero que lo digas de verdad, Harry, porque Hermione no es el tipo de mujer que permitiría entrar a un hombre en su vida a un nivel personal si él no le importara. Un desgraciado le hizo mucho daño cuando estábamos en la universidad. Afortunadamente, ella tuvo el buen juicio de hacerme caso cuando se lo advertí y las cosas no fueron demasiado lejos, tú ya me entiendes. Ya sé que no es asunto de nadie cuántas parejas haya tenido una persona, y por ejemplo a mí no me gustaría encontrarme con una virgen entre mis brazos…
Harry lo miró estupefacto. ¿Ron estaba intentando avisarlo de que Hermione era virgen?
Dos emociones muy diferentes lo inundaron. Una fue una salvaje furia protectora hacia Hermione por amar a Ron hasta el extremo de estarse reservando para él en esos tiempos modernos. La otra fue su instinto masculino más primitivo, una firme determinación de ser él el hombre que liberara a Hermione de la cárcel de su virginidad.
—Por lo tanto, si tus intenciones hacia ella no son honestas, será mejor… —continuó Ron.
—Ron —lo interrumpió Harry con firmeza—. Te aseguro que mis intenciones son muy honestas.
—¿Te refieres a… compromiso? ¿Matrimonio?
Harry frunció los labios.
—Sí, a eso me refiero.
Y era cierto, admitió. Después de todo, no era posible comprometerse más a nivel emocional de lo que ya estaba. Ella ocupaba sus pensamientos las veinticuatro horas de día. Y en cuanto a matrimonio…
El corazón se le encogió de dolor. Si las circunstancias fueran diferentes, si Hermione correspondiera a sus sentimientos, él por supuesto que querría casarse, admitió con tristeza. Lo mismo que ella, o eso esperaba después de haber oído a Ron.
—¿A eso te refieres? Entonces no hay ningún problema —dijo Ron con una sonrisa reluciente.
Se puso en pie y le estrechó la mano.
—Herms es una chica maravillosa —aseguró con entusiasmo—. Tiene buen sentido del humor… y unas piernas preciosas. Debo admitir que estaba preocupado, creí que tú tal vez serías… Bueno, me pareció necesario advertirte de que Hermione no es «ese» tipo de mujer.
No lo era. ¡Y él sospechaba por qué!, pensó Harry sombríamente.
—Gracias, Ron —dijo y le acompañó a la puerta.
Media hora más tarde, cuando Hermione abrió la puerta de su casa a Harry, sus preciosas piernas eran evidentes pero su sentido del humor no.
El tampoco se encontraba en su mejor momento. La euforia sexual al conocer que Hermione era virgen había dado paso a una furia igual de potente al concluir que ella estaba conservándose para Ron, que no la deseaba y desde luego no era el hombre adecuado para ella. Ése era el tipo de locura que una mujer tozuda como ella haría: conservar su regalo y su amor para un solo hombre.
Claro que si él hubiera sido ese hombre…
Hermione dio un paso atrás al ver cómo la miraba Harry. Sin duda ella ni se aproximaba al tipo de mujer sofisticada y elegante con las que él solía cenar. Su vestido tenía cuatro años, un modelo sencillo de crepé negro con el que hasta aquel momento se había sentido favorecida. Lo combinaba con su único par de zapatos de tacón carísimos que, a decir verdad, eran un poco incómodos.
—¿Vives aquí sola? —inquirió él frunciendo el ceño al mirar a ambos lados de la estrecha calle.
—Sí. Compartí la casa con Ron durante la universidad, pero…
—¿Ahora él quiere su propio espacio? —la interrumpió Harry.
Hermione elevó la barbilla altanera.
—De hecho, fui yo quien decidió que quería mi propio espacio. Y mi propia lavadora y mi propia cama —añadió ella recordando lo que le había enfurecido haberse encontrado un día, al volver a casa, a uno de los amigos de Ron durmiendo en su cama.
Harry frunció los labios. ¿Cuándo aceptaría que Ron no quería nada con ella?
—Si intentas convencerme de que compartiste cama con Ron, pierdes el tiempo —dijo él de mal humor.
Hermione dio un par de pasos atrás y estaba a punto de cerrar la puerta de un portazo cuando Harry adivinó sus intenciones y la sujetó por la muñeca.
—¿Por qué no afrontas la verdad? ¿Qué problema tienes que te resulta tan difícil aceptar que Ron no te desea? —le espetó él brutalmente.
Si ella realmente hubiera amado a Ron de la forma que Harry creía, aquellas palabras hubieran sido increíblemente crueles, pensó Hermione.
—¿Qué problemas tienes tú, que te crees con derecho a decirme lo que debo hacer? —se le enfrentó, intentando soltarse.
—Yo ya te he dicho qué es lo que me motiva —contestó Harry negándose a soltarla.
—Y yo te repito que estás equivocado. ¡Yo sólo quiero a Ron como amigo!
—¿Cómo puedes decir eso cuando…?
—¿Cuando qué? —lo desafió Hermione al ver que enmudecía.
—Cuando no puedes pronunciar ni una frase sin incluir su nombre —dijo él a modo de evasión.
¿Qué diantres le ocurría?, se reprendió. Casi había soltado lo que Ron le había contado.
—Será mejor que nos pongamos en marcha o llegaremos tarde —añadió secamente.
Hermione se lo quedó mirando.
—Si crees que voy a cenar contigo después de esto…
Ahogó un grito cuando Harry tiró de ella y la atrajo hacia sí.
—Si crees que no vas a venir… —la amenazó él suavemente.
Debía de ser la falta de abrigo y el frío de la calle lo que la hicieron temblar, se auto engañó ella. Lo cierto era que el aroma masculino de él estaba volviéndola loca, haciéndole desear hundir su rostro en la piel de él. Quería acurrucarse en su calidez, quería…
La recorrió un escalofrío y Harry, maldiciendo en voz baja, la rodeó con sus brazos y la apretó contra su cuerpo al tiempo que tomaba posesión de su boca.
En aquel momento lo único que él deseaba era llevarla al piso de arriba, quitarle la ropa y demostrarle lo tonta que estaba siendo por perder su tiempo deseando a Ron cuando podía tenerlo a él. El perfume de Hermione le excitaba tanto que casi estaba volviéndose loco.
Ella gimió de placer ante las embestidas de aquella lengua. Hundió sus dedos en los musculosos hombros de Harry conforme el placer explotaba en su interior como fuegos artificiales, bañándola en erotismo. Podía sentir la mano de él en su cabello, su dedo pulgar acariciando un punto muy sensible detrás de su oreja y encendiéndola aún más.
Con sólo tocarla, él había activado un deseo feroz en su interior que la dejaría toda la noche sin dormir intentando aplacarlo.
Tal vez ella, gracias a la firme y a veces incómoda protección de Ron, era la mujer virgen con más edad de la ciudad, pero eso no significaba que su cuerpo no supiera responder al ardiente placer que podía poseerlo y hacerlo convulsionarse.
Aquellos meses trabajando para Harry le habían enseñado que con sólo pensar en él se activaba ese placer, y en aquel momento sus sobreestimulados sentidos clamaban por lo real.
—¿Por qué no nos olvidamos de la cena?
Hermione parpadeó atónita. ¡Él acababa de pronunciar justo las palabras que ella tenía en mente!
Harry gruñó al darse cuenta de lo mucho que estaba perdiendo el control.
—¡Olvida lo que he dicho! —pidió.
¿Que olvidara que él lo había dicho?, pensó Hermione.
—Supongo que creías que yo era otra —lo desafió ella enfadada.
—¿Igual que tú desearías que yo fuera otro? —replicó él.
Mientras Hermione se esforzaba por recuperar la compostura, Harry salió con ella a la calle, cerró la puerta con llave y le entregó las llaves antes de guiarla a su coche.
Ella estaba demasiado absorta en sus pensamientos como para poner pegas al caballeroso control de la situación de él. ¡Había deseado que él le hiciera el amor! No, se corrigió a sí misma, lo que había querido había sido hacerle el amor ella, y casi se lo había dicho.
—No tiene sentido que mantengas este silencio de desaprobación conmigo porque no soy Ron —dijo él—. ¡Afronta ya la realidad!
Hermione no confiaba en sí misma lo suficiente para responder. Sacudió la cabeza, llena de frustración.
—Buenas noches, caballero, señorita. ¿Desean tomar algo en el bar o prefieren ir directamente a su mesa?
Harry miró a Hermione.
—Directamente a la mesa, por favor —respondió ella, dándose cuenta de que, a pesar de todo, tenía mucha hambre.
También advirtió que les sentaron en la mejor mesa del restaurante. Tenía unas vistas impresionantes del río y también del resto de la sala al tiempo que mantenían su intimidad.
¿A cuántas mujeres habría llevado él allí?, se preguntó Hermione sombría. Muchas, a juzgar por la familiaridad con que lo había tratado el maître.
—Me sorprende que Stan me haya reconocido. Hacía mucho que no venía por aquí —dijo Harry en aquel momento.
Hermione se atragantó con el delicioso pan de nueces que tenía en la boca.
—No había ninguna necesidad de que hicieras esto, ¿lo sabes? —dijo ella después, una vez que habían pedido y ya tenían la comida servida—. Después de todo, Ron no va a vernos aquí.
—¿Desearías que lo hiciera? ¿Crees que eso lo pondría celoso?
Hermione exhaló pesadamente y dejó la copa de vino que acababa de levantar.
—Por última vez: no estoy enamorada de Ron. Y lo último que me apetece cuando tengo una cita es que él esté cerca —afirmó, y al verle fruncir el ceño añadió vehementemente—. Tal vez te sorprenda, pero Ron es como un hermano para mí y se comporta como tal cuando tengo una cita. A veces es tan protector que es lo último que deseo.
Se detuvo al darse cuenta de que el vino estaba soltándole demasiado la lengua. ¡Había estado a punto de descubrirse!
—Respondiendo a tu pregunta, te he traído aquí para evitarte la tentación de ir a ver a Ron —explicó Harry secamente—. No necesito preguntarte por qué no quieres que Ron se comporte contigo como un hermano. Está claro que te gustaría que te viera como una amante potencial, pero como no es así…
—Estás malinterpretando lo que he dicho para que cuadre con tus ideas —protestó Hermione enfadada—. Eso no era en absoluto lo que yo quería decir.
Se quedaron mirándose como dos rivales y su discusión terminó sólo porque el camarero llegó a retirarles los platos para continuar con su cena.
