Lamento mucho el tiempo sin actualizar, actualmente estoy haciendo mi Internado en un Hospital, así que he andado muy ocupada y las ideas no fluyen como me gustarían. Aunque tengo los sucesos en mi cabeza no puedo plasmarlos como me gustaría, así que borro una y otra vez. Sin embargo, eso no significa que dejaré esta historia a la deriva, ya que me emociona mucho compartirla con ustedes, espero sea de su agrado. Me alegra ver la acogida que tuvo el primer capítulo, por lo cual espero este otro no les decepcione. ¡No se olviden de dejar su lindo review! Nos estamos leyendo.


2.

El gato en el callejón

Hermione se despertó con la respiración entrecortada y el camisón pegado al cuerpo por el sudor que presentaba, se recordó que estaba a salvo en su cama mientras respiraba por la boca y trataba de normalizar su ritmo cardíaco… a pesar de todo ello no podía recordar qué es lo que le había alterado tanto. Mientras el sueño duraba su cuerpo parecía preso de una gran excitación, mas bastaba sólo abrir los ojos para que todo recuerdo se borrase de su cerebro. Cerró con fuerzas los ojos tratando de rememorar algo referente al sueño pero fue en vano.

Se paró descalza de la cama sintiendo el frío de la madera bajo ella. Abrió la ventana de su pequeño balcón mientras una ligera brisa inundaba el sitio, refrescándolo. A Hermione el clima frío y pesado de Londres le asfixiaba, no podía evitar compararlo con la capital francesa e incluso el Mediterráneo donde su familia solía pasar las vacaciones de verano. En una mesita colocada al otro lado de la habitación reposaban algunos libros que la chica tomase de la biblioteca privada de su padre, los separadores en ellos indicaban el sitio exacto donde había interrumpido su lectura; un caldero negro y algunos rollos de pergamino acomodados eran lo único extra en el sitio.

Encendió la pequeña lámpara junto al buró de su cama, la luz amarilla inundó los muebles circundantes y el reloj que indicaban las tres y media de la mañana. Sabiendo que permanecería despierta por un par de horas más antes de que el sueño regresase, la joven bruja tomó el viejo tomo de Hogwarts, historia de la magia que había dejado inconcluso la víspera anterior. Había repasado ya los libros del curso inglés, segura de que podría ponerse a la par que sus compañeros de escuela, sin embargo, le inquietaba saber que el mismo Albus Dumbledore dirigía dicho colegio y, si bien su puesto de Transformaciones había sido cedido hace años a una bruja de renombre, desconocía cuán diferentes pudieran ser los planes de estudio implementados por el Director.

Debido a lo desactualizado del tomo hubo de buscar su ejemplar de Personajes sobresalientes de la última centuria y, una vez más, el nombre de Harry Potter se hizo presente. Hermione rodó los ojos, contando ya 28 veces en las cuales su lectura mencionaba al llamado "Niño que vivió". Sabía que en la versión actualizada de Hogwarts se incluía un capítulo entero al chico, pero realmente rayaba en lo insano el tener tanta devoción a un personaje.

Ingleses, se dijo.

Sin embargo, tras recordar cómo su padre se emocionaba cuando alguien mencionaba a Meaghan McCormack, la actual guardiana de los Pride of Portree, se dijo que su afición podía estar bien justificada. Harry Potter representaba un símbolo de esperanza para la comunidad mágica. Cuando Lord Voldemort y su victoria parecían inminentes, fue detenido por un bebé. La fama de Harry Potter fue instantánea, acrecentándose al haber sido tomado bajo la custodia de Sirius Black, el único miembro vivo (y libre) de la ancestral familia inglesa, una de las más poderosas e influyentes de la comunidad mágica. Los Black se caracterizaban por ser puristas, emparentándose entre sí o con familias Sangre Pura, razón por la cual Potter era visto casi siempre en compañía de Neville Longbotton. La fotografía que incluía el libro mostraba a un chico de su edad de rebelde cabellera azabache sonriendo egocéntricamente a la cámara.

Aburrida cerró el ejemplar y abrió Pociones avanzadas para la bruja moderna, un préstamo de su madre. Muchos podrían asombrarse de lo talentosa que era Amélie Mercier y cómo había renunciado a una brillante carrera como Auror o Sanador en cualquier lugar del globo terráqueo para casarse con un nacido de muggles. Sin embargo, para Hermione ella siempre sería la madre amorosa que preparaba galletas de mantequilla los fines de semana y pastel de chocolate en los cumpleaños de su padre. Así, los antiguos libros de la bruja habían pasado a ocupar un lugar en el librero de la sala, Hermione solía tomarlos más asiduamente que los recomendados por sus maestros. La receta para un repelente de acromántulas le había valido un punto extra en la clase de Pociones, razón por la cual era tenida en gran estima dentro de la Academia de Beauxbatons.

Pese a ello, su habilidad en esa materia era prácticamente nula comparada a la de su madre, razón por la cual apenas había podido reproducir un par de las recetas allí expuestas. Había una en específico con la que había fallado ya en un par de ocasiones, lo cual le incomodaba un poco. Decidida a no cometer otro error, volvió a repasar todas las instrucciones.

Cuando Claude entró en la habitación de Hermione para decirle que era hora del desayuno se topó con la chica dormida sobre la mesita de su cuarto, sobre ésta descansaban un trozo de pergamino con varias anotaciones, una daga de plata, un par de cucharas de cobre de diferentes tamaños y una báscula muy precisa donde todavía descansaban unos gramos de col masticadora china; en el fondo del caldero negro una poción verde clara burbujeante se podía apreciar, el cabello enmarañado con aroma a rosas y lilas indicaban que había trabajado hasta noche. Sonrió suavemente mientras recogía los enseres regados, evitando con ello que la joven bruja los tirara al despertarse.

El mago revolvió suavemente a la chica, intentando que su despertar fuera lo más suave posible. Cuando la castaña abrió los ojos lo primero que notó fue el aroma a madera del abrigo de su padre. Se frotó los ojos debido al cansancio y parpadeó un par de veces intentando enfocar la mirada.

–Buenas noches, Hermione –bromeó el mayor.

–¿Qué hora es? –murmuró aún adormilada.

–Las 7:30 –avisó–, creí que a esta hora ya llevarías rato despierta, pero veo que nuevamente los nervios te han tenido en vela, ¿qué es lo que preparas ahora?

Como Sanador, Claude tenía un amplio dominio de los ingredientes más usados en las pociones, así que no le fue difícil imaginar cuál era el deseo de su hija.

–Quiero mejorar la poción Crece-Huesos de mamá –avisó la castaña.

Uno por uno fue sacando diferentes frasquitos de vidrio del cajón interno de su mesa, colocándolos en hilera, todos estaban llenos de un líquido de diferentes tonos de verde.

–Veo que la has dejado añejar de diferentes formas –el mago destapó los recipientes y procedió a olerlos uno por uno.

–Pensé que quizás la hora en que fuera preparada o el sitio podría influir en su resultado –informó mientras contemplaba una poción verde botella–. Cambios en el día o la noche no parecen tener diferencia alguna… tampoco que se realice frente a un roble todo el tiempo, aunque sigue siendo necesaria su presencia para el siguiente paso.

–Winikus sabía lo que hacía –comenzó a tapar las diferentes pociones.

–Pero el sabor es desagradable, los magos más jóvenes no quieren tomarla en muchos casos –hizo ver la castaña.

–A Rubens le importaba más la eficacia que la comodidad –comenzó a reír–, debes admitir que fue un gran acierto de su parte el patentarla.

–Generalmente se da el crédito al último mago, aquél que logra encontrar las dosis correcta de ingredientes o el tiempo indicado de reposo… Winikus sólo perfeccionó lo que otros magos de la Edad Media habían comenzado.

–¿Y quieres mejorarla ahora? –le miró confundido– Tu madre logró reducir el tiempo de su fabricación en un día, lo cual nos benefició mucho en el Hospital.

–A costa del sabor… No digo que sea lo más importante de la poción, pero sí que influye mucho en el consentimiento del enfermo… un par de tus pacientes se han negado tajantemente a tomarla a pesar de ser por su bien.

–De acuerdo, ¿has tenido algún avance? –preguntó mientras observaba con detenimiento una poción verde esmeralda.

–Aún estoy en fase de pruebas… –murmuró.

–Dejemos esto de momento, Léonore ha preparado mini quiches para todos –dejó sobre la mesita un frasco que aún cargaba y le besó en la mejilla.

–Voy, debo recoger esto antes –pidió.

El mago salió con tranquilidad del cuarto. Una vez lo hubiese hecho Hermione se enderezó de su asiento, abrió el pequeño cajón nuevamente y sacó del mismo una poción verde oliva. La contempló a la luz del amanecer y colocó frente a la col masticadora china… Claude no había notado que ésta no era necesaria para realizar una poción Crece-Huesos.

Todavía en pijama Hermione bajó las escaleras y fue directa a la cocina, en el camino casi choca con Léonore, quien llevaba un ato de sábanas para lavar. Amélie ya estaba a la mesa, tomando un café cargado y pan francés con mermelada mientras terminaba de escribir una carta. De vez en cuando se asomaba al pergamino y dictaba o corregía a la pluma llena de tinta que se movía por sí misma. Al ver a Hermione dejó lo que estaba haciendo y le sonrió mientras la invitaba a sentarse.

–¿Lograste dormir algo, cielo?

–Apenas… –murmuró mientras tomaba un pequeño quiche y la tetera volaba directo a ella mientras le era servido un chocolate caliente.

–Me he pasado toda la mañana escribiéndole a Charlotte, está muy deprimida desde que nos mudamos a Londres. Ha prometido venir a pasar unos días con nosotros apenas tenga oportunidad, aunque no le gusta viajar a la pobrecita… Tu padre cree que el cambio de ambiente le hará bien, ya sabes que ni siquiera le gustaba ir al Hospital para su chequeo anual.

–¿Papá seguirá atendiendo pacientes a domicilio en Inglaterra? –preguntó, Claude siempre se esforzaba de más por el bienestar del resto.

–Bueno, todavía debe ajustarse al ritmo de San Mungo, pero ya conoces a tu padre, él nunca está quieto en un sitio. De cualquier manera he logrado convencerlo de que se tomara el día para acompañarnos al Callejón Diagón, es el lugar perfecto para encontrar los últimos materiales de la lista de Hogwarts.

–Primero debemos ir a la librería –decretó la castaña con seriedad.

–Nada de eso –Claude entró en la cocina en ese momento, la silla a la derecha de Hermione se movió por sí misma para permitirle sentarse–. Si tú o tu madre pisan la librería no saldremos de allí hasta que se ponga el sol, las conozco perfectamente. Iniciaremos con las tareas que menos les apetecen.

–Oh, ya veo entonces cuál es nuestro primer destino… –suspiró Amélie.

La tienda de Madame Malkin se encontraba llena de magos y brujas de todas las edades, el letrero de la entrada podía apreciarse a una distancia considerable, así que ninguno de los Mercier tuvo problemas para dar con ella. La dueña, una bruja regordeta vestida de color turquesa, les recibió con una sonrisa en los labios mientras invitaba a los padres a tomar asiento. Inmediatamente subió a Hermione en un banquito, examinándola de arriba a abajo mientras telas de diferentes colores volaban hacia ellas.

–Túnicas para toda ocasión, como dice el letrero –dedicó una amplia sonrisa a Claude, quien se sintió ligeramente incómodo–, ¿qué necesitan? ¿Un cumpleaños? ¿Una cena de gala? ¿Quizás para una comida a medio día? ¿Primera cita?

El mago carraspeó suavemente con la última pregunta, no quería ni pensar en dicha posibilidad. Hermione rodó los ojos molesta con dicho comentario. Amélie tomó el mando de la situación al ver el descontento de ambos, un papel que solía interpretar muy a menudo.

–Tres túnicas sencillas de trabajo y una capa de invierno con broches plateados, todas negras.

–¿Hogwarts? –miró a la castaña a los ojos– Si es lo que necesitan sólo debieron traer las antiguas para hacerles ajustes o tomar las medidas de las mismas.

–Acabamos de mudarnos, Hermione iniciará su cuarto curso aquí –respondió Amélie por todos.

–Le va a encantar –decretó Madame Malkin mientras una túnica negra se deslizaba por la cabeza de la joven y el resto se retiraba–, no hay mejor colegio que Hogwarts, hogar de Albus Dumbledore y Harry Potter.

Desde que llegaron a Inglaterra no había pasado un día sin que alguien mencionara a Harry Potter, incluso salía en los cromos de las ranas de chocolate, lo cual a Hermione se le figuraba notablemente exagerado. Tras colocar algunos alfileres en la parte baja de la tela para señalar el largo deseado y parlotear sobre la excelente educación inglesa, finalmente la bruja terminó su trabajo. Claude salió de la tienda con las cajas de ropa flotando detrás de sí, agradeciendo no tener que cargar con ellas como lo harían sus amigos muggle. Amélie y Hermione aún no se ponían de acuerdo acerca del siguiente sitio a visitar, es cierto que la droguería parecía la mejor opción, pero los Mercier usualmente se entretenían en la misma más tiempo del que podían calcular. Apenas se abrieron las puertas de la misma, Hermione obtuvo la respuesta a su pregunta.

–¿Seguros que no tardaremos mucho? –les miró fijamente la joven bruja, sus padres se encontraban allí como un niño en Navidad.

–No podemos prometer nada, cariño –la sonrisa de su madre se ensanchó.

–¿Por qué mejor no te adelantas a la librería? –preguntó su padre mientras seleccionaba raíces secas y partes de animales que necesitaría pronto.

–Si con ello motivo a que mamá salga antes… – suspiró Hermione cuando Amélie preguntó por el precio de los cuernos de unicornio.

La librería no estaba muy lejos, así que antes de entrar en la misma la castaña inspeccionó con la mirada el resto de las tiendas. Estaba la tienda de varitas en el otro lado de la calle, en alguna ocasión la castaña había leído sobre la excelente fabricación de las varitas inglesas, siendo de las más vendidas en toda Europa, incluso había magos de renombre que preferían acudir al país por la suya. Hermione ya tenía una varita, así que no necesitaba comprar nada allí, pasando de largo por la misma.

En ese momento recordó que Otus, el viejo búho cara blanca de la familia, necesitaba unas vitaminas. No sabía con exactitud la edad del ave, un búho traído de América por Claude durante su último viaje al extranjero. Tenía ojos rojos y era de complexión un poco más menuda que el resto, lo cual hacía que resaltara con las lechuzas mensajeras de Inglaterra. Darrel, la lechuza trigueña de la familia, también tenía una coloración llamativa, sobre todo con esos ojos verdes brillantes a la mitad de la cara, pero Amélie la tenía en gran estima para los mensajes, por lo cual sabía cuán mal se pondría la familia con la pérdida de cualquiera de los dos.

La puerta de la tienda de animales mágicos se abrió suavemente cuando Hermione la empujó. Dentro no había mucho espacio, a derecha e izquierda sólo podían apreciarse jaulas de diversos tamaños. El olor era penetrante pero no era eso lo más molesto, sino el ruido producido por los ocupantes de las mismas. En todas partes se escuchaban chillidos, silbidos, aullidos, parloteos e incluso un par de risas. Detrás del mostrador una bruja de melena descuidada la observó con detenimiento. Un mago se acercó a ella mientras sacaba de entre su túnica lo que parecía ser una bola de escamas de bronce que se desenroscó, dejando ver una criatura de patas cortas, orejas peludas y fina cola. Hermione buscó entre los estantes algo que asemejara el apartado de las lechuzas sin éxito alguno.

Gatos de todos los colores fijaron sus ojos en ella, siguiéndola con detenimiento y haciéndola sentir incómoda. No muy lejos de allí un conejo blanco saltaba en su jaula cambiando de forma a diversos utensilios de casa y regresando a su forma de conejo con un sonoro "¡plop!"; una ardilla de cola sedosa daba de vueltas en su jaula para después trepar por la misma y cambiar de colores; tritones de doble cola nadaban en una enorme pecera al fondo de un pasillo; un par de chinchillas se acicalaban entre sí; cerca del mostrador una jaula enorme con lo que parecía una cruza de un ave azul y una serpiente se enroscaba alrededor de unos huevos y comenzaba a tragarlos.

Finalmente el cliente salió de la tienda con su mascota introduciéndose nuevamente en uno de los bolsillos de su chaqueta, luego de lo cual ni siquiera se notó su existencia, Hermione se acercó con cuidado carraspeando ligeramente antes de dirigirse a la bruja en su inglés con ligero acento francés.

–¿Vitaminas para lechuzas y búhos?

–¿Ordinarias o con algún poder en específico? –le miró seriamente la bruja.

–Lechuzas mensajeras –puntualizó la castaña, aunque lo cierto es que no sabía si aparte de ser muy inteligentes, Otus o Darrel poseían algún tipo de poder, pero ya que nunca les había visto hacer nada especial, intuía que no era así.

–¿Alguna molestia en específico? –volvió a inquirir la vendedora.

–Sólo la edad –fue su sencilla respuesta.

–No puedes esperar que vivan mucho –negó con la cabeza mientras sacaba un tónico amarillo detrás del mostrador, luego de lo cual se dio media vuelta y rebuscó entre los frascos que tenía para agregar un par de gotas de esto y aquello, con lo que el líquido se tornó dorado claro–. Si necesitas algo más duradero, tal vez te convenga una lechuza ártica.

–No, gracias –cortó tajantemente, ninguna de sus aves estaba realmente enferma, simplemente le gustaba prevenir antes de que ocurriese.

–Bueno, prueba con esto en su comida –dijo la bruja, empujando el frasco hacia la castaña–, sin embargo, si llegasen a dejar de probar alimento, no me haría muchas ilusiones con ello.

–No será necesario –volvió a negar, preguntándose si acaso solía ser tan fatalista con el resto de sus clientes.

Iba a buscar su monedero en el bolsillo de su túnica cuando sintió que algo rozaba su pierna, dando un pequeño salto y lanzando un gritito del asombro. Un gato de color canela más grande que el promedio se frotaba contra ella mientras ronroneaba mansamente, esperando ganar su afecto con ello.

–¡Crookshanks! –le riñó la bruja.

El gato soltó un bufido mientras clavaba sus ojos dorados en ella, tenía el pelaje sedoso y esponjoso y una cara curiosa que daba la impresión de estar pensando constantemente en algo. A Hermione le pareció precioso, cargándolo de inmediato, a lo que el otro reaccionó con un suave ronroneo de felicidad mientras era acunado por ella.

–Cuánto lo siento, seguramente le has parecido muy simpática, el pobre Crookshanks tiene una eternidad en la tienda –se disculpó la vendedora, extendiendo las manos para quitárselo y, seguramente, volver a encerrarlo en su jaula.

–Está bien, seguramente se sentía algo solo –le acarició por detrás de la oreja, no teniendo intención de devolverlo.

Cuando Claude llegó frente a la librería acompañado de Amélie no vio a Hermione por ninguna parte, sabía que la castaña no entraría sola debido a que necesitaría más dinero del que llevaba consigo para poder comprar los libros que deseara. Hermione jamás tomaba un ejemplar en sus manos si no estaba segura de que al menos contaba con la posibilidad de llevarlo a casa consigo, por lo cual siempre se aseguraba de tener a su padre o madre alrededor. Sin embargo, cuando la vio llegar con un enorme gato color canela en los brazos, se preguntó si no se trataba de un bruja idéntica a su hija con el gato más feo que jamás hubiera visto.

–¿Has comprado a ese animal? –preguntó Amélie con asombro cuando estuvo lo suficientemente cerca para escucharla.

–¿No es precioso? –inquirió rebosando de alegría, sabiendo ambos de inmediato que ese gato valía para Hermione más que los libros que pudiera haber comprado.

–Es único en su tipo –dijo Claude, las piernas del animal estaban algo zambas y su cara parecía haberse aplastado contra una pared de frente–, ¿y tiene nombre?

Crookshanks –aclaró mientras entregaba el tónico a su madre–, también he comprado vitaminas para Otus y Darrel. Crookshanks puede dormir en mi dormitorio estos días, luego irá conmigo a Hogwarts y no molestará a las lechuzas en ningún momento, lo prometo, no le quitaré los ojos de encima.

–Está bien, cariño –respondió Amélie con una sonrisa–. Léonore se quejaba desde que vio una rata en el patio, así que estará encantada con la idea.

–¿Papá? –Hermione dedicó una suave sonrisa y ojos de cachorro al mago, sabiendo que con ello no podría negarle nada a pesar de prohibir llevar más animales a la casa.

–¿Crees que aún podamos devolverlo? –preguntó aunque sabía su contestación.

Crookshanks bufó en respuesta mientras le miraba fijamente con ese par de ojos ámbar, a lo que el otro sonrió suavemente de lado.

–Sólo bromeo, no le negaría nada a Hermione mientras la haga feliz… a excepción de un novio.

–¡Papá! –se sonrojó ligeramente.

–Nadie es lo suficientemente bueno para mi princesa –le rectificó por enésima vez.

–Sabes que eso tarde o temprano ocurrirá, Claude –Amélie rió suavemente, en ese sentido su esposo era celoso.

–Sólo daré mi permiso si ese hombre es un héroe de guerra, un escritor famoso o ha colaborado con la historia de la magia de alguna manera extraordinaria –se cruzó de brazos orgulloso.

–Así que para ti Hermione sólo puede elegir entre Albus Dumbledore, Gilderoy Lockhart o Harry Potter –sonrió la bruja.

–Un escritor famoso y brillante –procedió a aclarar el mago.

–Lo cual nos deja a Albus Dumbledore o Harry Potter –argumentó su esposa–, y ya que el Director de Hogwarts es demasiado viejo para Hermione, sólo nos queda Harry Potter.

–Sé que a Hermione jamás le interesaría alguien como Harry Potter –dijo Claude, los títulos vacíos no eran algo que atrajeran a la castaña y mucho menos la fama de las celebridades.

–¿Podemos volver al tema de Crookshanks? –pidió la castaña completamente apenada.

–Te diré algo, Herms –Claude sonrió suavemente–, acompáñame al juego de los Pride of Portree este fin de semana y el gato es todo tuyo.

–¿Sin trucos? –le miró suspicazmente.

–Y un vuelo en escoba –agregó antes de que la castaña se arrepintiera.

–Sólo el juego –intentó negociar.

–Un juego, un vuelo –contraatacó, extendiendo la mano.

–Un juego y un vuelo –tomó la mano que su padre le daba, sellando el pacto con ello.

–Perfecto. Será mejor que nos apuremos o no estaremos a tiempo para la cena –dijo Claude mientras abría la puerta de la librería con su varita, entrando las dos mujeres antes que él.

En el aparador de la librería y algunas otras tiendas un cartel de "Se busca" estaba colgado, el mismo mostraba a un hombre muy bajito de piel roñosa y pelo ralo y descolorido con una calva en la coronilla. Debajo de su nombre lograba apreciarse la palabra "ALTAMENTE PELIGROSO" en grandes letras mayúsculas. Claude no prestó atención a esto, así como tampoco a la fuerte ola de energía expulsada en el Londres mágico. Justo en el instante en que ellos entraban a Flourish y Blotts siete muggles eran ingresados en diferentes hospitales por pérdida de la conciencia. Uno de ellos fallecería en un par de días. Si alguno de ellos hubiese sido llevado a San Mungo, si el Ministerio de Magia hubiera hecho relación entre este caso y los extraños pulsos de magia ocurridos desde días anteriores, o si Claude hubiera prestado más atención a las notas de los periódicos muggle, quizás los extraños sucesos que se desencadenarían a continuación no habrían ocurrido.